Cartas filosóficas



Si uno habla de la Ilustración, uno de los primeros autores que le viene a la cabeza es Voltaire. Curiosamente, su contribución a la filosofía en particular o al pensamiento en general no es muy notable; de sus manos no salió ningún tratado político de la altura de los que publicaron Montesquieu, Locke o Rousseau, ningún trabajo filosófico como el de Kant o Hume, ni siquiera aportaciones significativas a la matemática, la medicina, la física o lo que sea. Sin embargo, Voltaire es la Ilustración en persona, vivita y coleando. 

Voltaire es el maestro de la ironía. Su Cándido, por ejemplo, ataca a Leibniz con una ferocidad brutal, pero sin dejar de sonreír, como quien no quiere la cosa. Voltaire es amable, elegante y también muy pagado de sí mismo, vanidoso. Es famoso su enfrentamiento con Hume porque éste le robaba protagonismo (Hume era de natural accesible y tenía un fino sentido del humor) o cómo le hizo la pelota a Federico de Prusia para ganarse sus favores. También, por ser el autor de la voz de Dios en la Enciclopedia. Voltaire es grande como divulgador, como reivindicación del libre pensamiento, como personaje que lleva una época consigo y la representa. 

En Francia lo adoran, y no es para menos. En el Panteón de París lo veneran. Ahí me compré, hace un año, sus Cartas filosóficas (publicadas en francés por Flammarion), que he leído ahora y con relativa dificultad, porque el francés lo leo, pero no demasiado.

Las Cartas filosóficas las escribió Voltaire desde Inglaterra (pocos años después de ser instaurado el Reino Unido) y son una muestra más de las mejores dotes de observación, perspicacia e ironía de su autor. Tanto es así que no tardaron en ser prohibidas en Francia, pues las autoridades creyeron que algunas comparaciones entre las instituciones inglesas y las francesas no era tolerables. Eso dio más fama a Voltaire, todo hay que decirlo.

Hay que leerlas con cierta perspectiva histórica, pero también con el ánimo dispuesto a una sonrisa y la cabeza despierta. Muy volteriano todo. Las recomiendo encarecidamente. Aunque sé que no serán aptas para todos los públicos, son fáciles de leer, se explican muy bien y a fin de cuentas hacen observaciones que hoy siguen siendo igualmente válidas y necesarias. Por ejemplo, la carta Sobre la inserción de la viruela, en la que señala la estupidez de quienes se oponían, ya entonces a las primeras vacunas, vamos a llamarlas así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario