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¡Vamos a la playa!


Quítenselo de la cabeza:
Esta playa NO existe.

Ayer salió Sitges en un telediario. ¿Algún evento cultural? ¡No! Una cuestión de territorio. Verán:

Una bañista con ganas de guerra se quejaba de otra bañista, que la había echado de la primera línea de costa. Es difícil saber cuál de las dos era usurpadora del lugar donde extender la toalla, clavar la sombrilla y tumbarse al sol. Una abuela sostenía que había madrugado y que a las ocho de la mañana había ocupado el terreno para que pudieran disfrutarlo sus nietos (sic). La otra no parece darle crédito. Lo quiere todo para sí, ha dicho. Cuando llegué, no había nadie. ¡Mentira!, salta la madrugadora. ¡Mentira, tú!, le responde la otra... Etc.

La gente hace cosas muy raras así que llega a la playa.

El fenómeno se repite año tras año y lo que me extraña, sinceramente, es que no se llegue a las manos o se arregle el asunto a cuchilladas, visto cómo están los ánimos. Entre los calores y la deshidratación por un lado y la concentración de personas por el otro, entre la violencia que supone ver tu espacio invadido por los pinreles del vecino y la incomodidad de convertir un momento de relajo en una lucha a muerte por un palmo de tierra, me extraña que la mortalidad en las playas no sea mucho más alta.

Las abuelas acaparadoras de terreno son especies hostiles. En la playa de Sant Sebastià, por no salir de Sitges, son profundamente territoriales. Colocan las sillas y tumbonas en primera línea, refuerzan la posición con toallas y sombrillas y se turnan en la guardia mientras destrozan con sus comentarios envenenados a cualquier hijo de vecino. Forman una barricada impenetrable y son una molestia inconcebible. ¿Qué decir de las sombrillas? ¡Un no parar de agravios!

Los munícipes estudian la creación y privatización del paseo hipomóvil.
No quieren bajarse del burro, en su línea.

Los recortes y la privatización del espacio público son evidentes. Las tumbonas de alquiler, que son una concesión municipal, llegan casi hasta las olas y el espacio de arena que no ha sido alquilada a una empresa disminuye día tras día. Los servicios públicos no son los que eran. Además, campa el egoísmo por todas partes y no hay piedad para con el prójimo. Neoliberalismo, populismo, egoísmo, mala educación, colillas en la arena y pipí en el agua marcan el escenario político del verano. Ahora ya saben por qué todos los otoños son calientes, porque la gente regresa de las playas quemada y con ganas de guerra.

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