¡Felicidades, Chiringuito!



El Chiringuito cumple un siglo de historia y aquí nadie dice nada. Caramba, carambita. Sitges inventa un tipo de establecimiento de gran éxito, introduce una nueva palabra en los diccionarios y... ¿nada?

Bah, yo lo digo. Felicidades, Chiringuito, muchas felicidades.

Personajes de la Fiesta Mayor








Finalmente, ¿la diablesa?

La mojiganga



La moixiganga (mojiganga, en español) es un baile de origen levantino. Baile de los valencianos, lo llamaban, y derivó en los castells y los castellers, que también se llaman xiquets, por ser xiquet (muchacho) voz que significa valenciano.

Este baile es de los más antiguos. Se consideró que era esencialmente pagano e impropio de procesiones religiosas, por levantar torres y hacer alarde de virilidad ante el santo patrón, pero consta que durante los siglos XVII y XVIII se ofrecieron bailes de valencianos en lugares como Sevilla, pues era baile de fama en toda España y los bailarines valencianos corrían de aquí para allá con el número ensayado.

Bien entrado el siglo XVIII, se prohibieron muchas mojigangas porque habían perdido su sentido religioso y eran excusa para juerga y tocamientos. Pero la tradición se refugió en la zona de Valls, Reus y Tarragona, donde se convirtió, hacia principios del siglo XIX, en lo que ahora llamamos castells.

Sin embargo, una variante del baile de los valencianos viajó hasta el Penedés y más allá. Era la variante religiosa, llamémosla así, la que ahora llamamos moixiganga propiamente dicha. Los bailarines se mueven al ritmo de una música de chirimías en una coreografía muy elaborada, para acabar formando un cuadro del Via Crucis subiéndose unos encima de otros. Esas figuras, la música y la compleja escenografía nacieron durante la segunda mitad del siglo XIX y se han conservado más o menos intactas hasta ahora.

Es, por lo tanto, el baile más antiguo de la Fiesta Mayor. Algunos bailes pueden presumir de cien años de historia y tradición, pero ningún otro puede presumir de más de ciento cincuenta. De ahí el respeto que los indígenas sienten por él.

Me explicaron una anécdota, que desconocía. La mojiganga de Sitges dejó de interpretarse en la Fiesta Mayor de 1984 (ni me acordaba, estaba por otras cosas, entonces), pero no se perdió gracias a los niños.

En efecto, en la Matinal Infantil de Santa Tecla de ese mismo año, apenas treinta días después de la Fiesta Mayor, los niños bailaron la mojiganga. El pueblo aplaudió a rabiar y los mayores, arrepentidos, bailaron la mojiganga de nuevo en la procesión de Santa Tecla, que fue mojiganga solemne y meritoria.

Rito iniciático, de tránsito o chupete



Ah, los antropólogos... Dales un rito iniciático u otro de tránsito y no verás persona más feliz en este mundo. Así que pillan que tal o cual comportamiento entre una etapa y otra de la vida, se vuelven majaras de puro contento.

Mejor un rito salvaje, como una circuncisión o un tatuaje a sangre y fuego. A tanto no llego, pero ofrezco a los estudiosos un curioso rito que ha nacido espontáneamente entre los papás, las mamás y los niños indígenas. Es el llamado (por mí) Rito del Chupete.

Los bebes sienten una gran afición por el chupete. Ahora vendrá un freudiano y nos dirá por qué, pero yo sigo hablando, no nos venga con tonterías. A una cierta edad, se inicia un conflicto entre la autoridad paterna y la criatura. Los padres consideran que el niño ya tiene edad de dejar el chupete y el niño no lo suelta ni loco.

En éstas, los papás y las mamás descubrieron la fascinación que los pequeñajos sienten por los gigantes. Estos tótems bailarines, faliformes, enormes, son causa de maravilla entre los tiernos infantes. No pregunten el por qué a un freudiano, les aviso de nuevo.

Los papás y las mamás aprovecharon esta fascinación para inventarse un rito de tránsito original y (eso me han dicho) eficacísimo. Consiste en decirle al niño que ofrezca en sacrificio su chupete al gigante. El niño, con el pasmo en el cuerpo y el chupete en la mano, ve como éste se ata con una cinta a la mano del tótem y ya no lo volverá a ver si no es de lejos. Le ha ofrecido la goma más querida a cambio de un momento de proximidad e intimidad, de transcendente complicidad entre el dios y el niño.

¿Todavía llevas chupete? El mío lo entregué ayer al gigante, para que te enteres.

Las autoridades, que no falten


La Fiesta Mayor es una fiesta popular y las autoridades representan al pueblo de una o de otra manera. Por lo tanto, tienen un papel, semejante al del santo en angarillas. Se sacan de paseo, para que vean a la gente de cerca, y para que los vean a ellos.

Las autoridades civiles son los representantes políticos del común; las autoridades militares (entre las que, con mucha imaginación, se incluirá el jefe de la Guardia Urbana) representan el brazo ejecutivo del pueblo e imponen la Ley, así, con mayúsculas. Que no falten las autoridades eclesiásticas, mediadoras entre Dios y los indígenas, que se limitan, hoy en día, a la participación del señor rector.

Las autoridades desfilan en las procesiones de los días 23 y 24, donde pasan casi desapercibidas. Reciben un baño de humildad. Nadie les hace caso. Así que llegan detrás del santo (otra humillación para los cargos políticos, el no ir delante), el público abandona las aceras o espera a que pasen deprisa para aplaudir a la banda.

Pero las autoridades tienen momentos de gloria en la Fiesta Mayor. El mejor papel se lo reservan los curas para sí. La mañana del 24, para celebrar la festividad de San Bartolomé, con Bartolo presente, todos los bailes y una multitud de indígenas presuntamente católicos, el rector ofrece la misa de la Fiesta Mayor, l'Ofici.

L'Ofici es caluroso (muy caluroso) y me han dicho que emocionante. Suenan las chirimías en homenaje al santo y los bailes participan en la Eucaristía de una u otra manera. El señor rector, aprovechando que tiene la parroquia llena hasta la bandera, algo insólito, larga un sermón largo tiempo gestado, que hasta duerme a las ovejas y no se acaba nunca.

¡Comienza la Sortida d'Ofici!

Pasado el suplicio de calores, sermones y chirimías, le toca el turno de saberse autoridad a las autoridades civiles. Se inicia la Sortida d'Ofici, donde se tiran petardos y se baila delante del Ayuntamiento. Las autoridades civiles ocupan el balcón engalanado y se lo pasan en grande presumiendo de tal privilegio. Las autoridades, abusando de su poder, llevan consigo a los niños y a algún amigo, para que disfruten con ellos la vista desde el balcón. Este año invitaron a un consejero del Gobierno de los Mejores, que contempló al pueblo de cerca, pero desde arriba, no fuera a pillar algo.

Las autoridades contemplan al pueblo desde las alturas.

Desde hace poco tiempo, se suman actos patrióticos a la Sortida d'Ofici, que son novedad. Así, por ejemplo, la banda municipal entona Els Segadors, que es el himno oficial de Cataluña desde 2006 y que se interpreta en la Sortida d'Ofici desde hace dos, tres, como mucho cuatro años, que yo sepa (pero igual me equivoco).

Resulta que Els Segadors tiene letra y el público congregado en el lugar va y canta el himno patrio. Es una pena, pero Els Segadors no se puede bailar. No da para tanto.

La primera estrofa arranca débil (el himno pilla por sorpresa al personal), pero el segundo verso ya se canta con fuerza. Luego viene una segunda estrofa, que no suena tan fuerte como la primera, porque la letra ya no la sabe tanta gente y unos corren a cantar lo que ha cantado antes el vecino. Las voces, pues, van una nota por detrás de la música.

Cuando la banda ataca la tercera estrofa, el primer verso casi no se canta. De hecho, escuché un (traduzco) ¡Coño! ¿No se había acabado? La mitad del público balbuceó la tercera estrofa y la otra mitad empleó la letra universal para himnos patrios (LUHP), que es (apunten, por si la necesitan): naniana naná naniana... También se cantó la universal chorus appliance of national anthems (UCANA): lalalá lalalá... En fin, que se cantó más mal que bien, pero se cantó. Afortunadamente, no se sumaron las chirimías al fervor patriótico. Se agradece.

Es una opinión personal, pero considero el himno patrio fuera de lugar. Entonarlo en medio del jolgorio es propio de aguafiestas. ¿A qué, ponerse solemne ahora? Además, Els Segadors es un himno ampuloso, con pretensiones insatisfechas (musicalmente hablando). No tiene la fuerza de La Marsellaise ni la notable enjundia de los himnos compuestos por Haydn, Mozart o Gounod. En circunstancias festivas, la pachanga del himno italiano o el etílico Asturias, patria querida tendrían mejor salida.

De hecho, en las mejores fiestas populares se aparcan los himnos patrios y se entonan cosas como Las vacas del pueblo ya s'han escapau, riau riau..., que son más propias de la situación y mucho más divertidas. ¡Eso son himnos de Fiesta Mayor, caramba!

Reivindico castells sólo para mayores de edad.
No es decente jugar así con los niños.

Si fue el himno, no lo sé, pero después de entonar Els Segadors se vació la plaza y se inició la función castellera. Con poco público, pero todas las autoridades todavía presentes, se procedió a poner en peligro la integridad física de menores de edad, que suben a lo más alto de una torre humana sin que el público se escandalice por ello. Al contrario, ¡aplauden!

Esta costumbre me saca de quicio y me pregunto si no tendría más mérito hacer castells sólo con personas mayores de edad. Pero nadie se atreve a proponerlo y no hay cojones, perdonen ustedes. Pero, ay, en toda fiesta folclórica se dan esta clase de actos bárbaros y crueles: se corren toros embolados, se echan cabras desde lo alto del campanario, se decapitan patos o se arriesga uno a que un niño se parta la crisma cayendo torre abajo.


Abriendo la churrería



De pequeñito, a veces compraba churros en la calle Barcelona, de Sitges. Pero el tiempo se come la patria de uno, que es la infancia, y la despedaza hasta dejarla irreconocible.

A Dios gracias, la churrería del Paseo Marítimo aparece cada verano, desde hace unos años, para alegrar los corazones y los estómagos con sus fritangas y dulces. Ofrece chocolate a altas horas de la noche o de madrugada y trabaja a destajo para indígenas y forasteros.

Pillé a los churreros abriendo el establecimiento a primera hora (es decir, bien pasadas las doce del mediodía), abriendo esos enormes portones y prometiendo felices churros a la población.

Me entró hambre.

La Cubanita, el bebercio institucional



Las tribus que estudian los antropólogos más eminentes tienen todas un brebaje propio, que emplean normalmente para pillar cogorzas. Los antropólogos eminentes no hablan de curdas, borracheras o melopeas, sino de la búsqueda de un estado más allá de la consciencia que los indígenas emplean, se supone, para alcanzar un arrebato místico y religioso que les aproxime tanto a la Madre Tierra como a la tribu a la que pertenecen, etcétera. En vez de juerga dicen rito iniciático o de tránsito o cualquier otra memez y mientras los indígenas van con un chisquete de más, los antropólogos imaginan un porqué bien disparatado.

Hace unos años, la tribu suburense le daba al vino, un vino inseparable del Mediterráneo, peleón, barato y que se subía pronto a la cabeza. Los bailes dejaban todos tras de sí el rancio olor del sudor mezclado con vapores de espíritu de uva y las camisas blancas e impolutas pronto amanecían manchadas de rojo sangre. Los bailarines iban con la bota colgando, como parte de su uniforme, y de vez en cuando le daban al licor.

Hoy, que vivimos tiempos bárbaros, la reina de las bebidas espiritosas y embriagadoras es la cerveza. Se abandonó el vino y llegó la bebida del norte gótico, elaborada con grano fermentado, amarilla y espumosa. El vaso de plástico lleno de cerveza presta a derramarse es inseparable de la Fiesta Mayor y los bailes, que no pueden cargar con barriles de cerveza en la procesión, dependen de esos vasos, a los que acuden durante las pausas.

Pero alguien señaló que la Fiesta Mayor necesitaba un bebercio propio y único. Era preciso que los indígenas (y los forasteros, ya puestos) pillaran la cogorza de rigor con un líquido refrescante a la vez que embriagador. Con la bendición de las autoridades, que han colaborado en la propaganda del nuevo combinado, ha nacido la Cubanita, la bebida de la Fiesta Mayor.

La bebida de la Fiesta Mayor es obra de don Albert Montserrat, que no sé quién es. En una nota oficial, el Ayuntamiento de Sitges nos proporciona esta información y otra, más interesante, que será la composición del bebercio. Atención, aviso: El Ayuntamiento de Sitges vuelve a caer en las garras del mercado y patrocina marcas y comercios, por ver si se lleva una comisión. Cómo aprietan los tiempos que corren.

La Cubanita se asienta sobre una base de granizado de limón de la Gelateria Olivier, que muchos todavía conocen como los italianos. Al granizado de limón elaborado en Sitges por tan prestigiosos artesanos se le añade Ron Bacardí (porque don Facundo Bacardí nació en Sitges y porque Bacardí patrocina las fiestas) y Elixir de Bacardí (por la misma razón). Una hojita de albahaca pone la guinda al combinado y ¡ya está!

El Ayuntamiento de Sitges asegura que la Cubanita es una propuesta (cito) para saborear todavía más la gran fiesta de una manera refrescante. Luego añade (vuelvo a citar) que la bebida se puede tomar a cualquier hora del día.

Los de Bacardí montaron una juerga etílica para celebrarlo, que llaman party o más propiamente, en argot, evento. Acudió Mortadelo como representante político del pueblo y también acudieron las llamadas fuerzas vivas de la Villa, que no se pierden una donde puedan soplar grátis. Las fotografías del evento salen en internet y pueden verse las fuerzas vivas cayendo una tras otra en un estado de estupidez etílica. El cuaderno de Luis no reproducirá este rito de pérdida de consciencia porque puede haber niños leyendo.

Terrores atávicos


Si los bailes de diables representan el caos ocasionado por el pecado, las bèsties representan, qué se yo, el terror máximo, el monstruo, la fuerza de la naturaleza desatada, lo más contrario que se pueda imaginar al orden que proporciona la cultura. Ése es el discurso antropológico. El indígena no llega a tanto. El indígena le dirá que el drac y l'àliga son personajes distinguidos y apreciados por los sibaritas del pim, pam, pum.

Son dos, por ahora, las bestias que escupen fuego y pólvoras en la Fiesta Mayor. Hubo un tiempo en el que sólo reinaba una, el drac. Fue un reinado largo y solitario, que permitió prescindir del alquiler de una bèstia de Vilafranca del Penedès.

El drac, la bestia recién salida del armario.

Cuentan que el drac nació como un monstruo marino. Luego, con el tiempo, emulando la evolución, el bicho que salió del agua, el monstruoso anfibio, se tornó verde y le nacieron escamas de reptil. Se convirtió en un monstruo de tierra firme, de la solana mediterránea, un monstruo que acecha entre vides y olivares bajo el sol estival.

Cuando se restauró a fondo y se recuperó el diseño original, el principal temor de los restauradores fue que el pueblo se sublevara al descubrir de nuevo al monstruo marino. El monstruo terrestre forjó generaciones y generaciones de indígenas que quizá se tomaran a mal descubrir que lo que tomaban por una cosa era en verdad otra. Por lo que sé, superada la consternación inicial, el indígena ha aceptado al drac recién salido del armario, acuático y de colorines. Mira por donde, que creía que era lagartija y ha resultado ser salamandra. Qué cosas y mira tú qué bien.

L'àliga. ¡Cuidado con este pájaro!

El àliga es un terror aéreo. Se supone que vuela y tiene alas. También ha cambiado de color, hasta dar con esta tonalidad rojiza que gasta ahora. Representa... Qué sé yo. A mí me da que es un grifo, más que una águila. Pero ¡qué más da! Los diseñadores de esta bèstia supieron cargarla con tantas pólvoras que no tiene nada, nada que envidiar al drac en potencia de fuego. Algún indígena (siempre en voz bajita) asegura que escupe más chispas que el drac.
 
Tenía que ser así, tenía que ganarse el respeto del indígena, que rara vez aprecia la novedad. A mí me da que es más siniestro, pero eso es por la novedad. Yo lo he visto llegar e imponerse a las reticencias a base de echar humo y fuego. Las nuevas generaciones indígenas creen que ha estado ahí toda una vida. La de ellos, es cierto, y no lo ven tan excepcional como yo lo veo.
 

El tipo del carrito



Rindo homenaje al tipo del carrito. Sin él, sin tantos otros, no sería posible la Fiesta Mayor.

El tipo del carrito carga con la munición de una colla de diables o de una de las bèsties. Va detrás de los timbales, empujando una caja ignífuga y manteniéndola a salvo de chispas y fuegos, no vaya a prender la munición que acarrea.

Se aprendió dolorosamente que llevar los petardos en un morral era un juego peligroso. De vez en cuando, se colaba una chispa y ¡pum! El susto estaba garantizado y más de uno se ha hecho daño en la breve historia de los bailes de pólvoras indígenas.

De ahí el tipo del carrito, que empuja en silencio, lejos del aplauso y del reconocimiento, sin el auxilio del ánimo del pueblo, la munición que permite proseguir con el jolgorio. Anónimo, discreto, no sé qué haríamos sin él.

Bailes de fuego y pólvora




El protagonista



No admito discusión. El protagonista de la Fiesta Mayor no es Bartolo, ni Lucifer, ni Mortadelo, ni la banda municipal, sino el niño que, con grandes ojos, contempla el paso de los gigantes y cabezudos y que aprende a ser valiente petardo va y petardo viene.

Lucifer


Lucifer, rey de pólvora y fuego.

Los bailes de pólvoras son mis favoritos. Por varias razones. Una de ellas, porque no gastan chirimías, lo que se agradece mucho. Pero la principal es, sin duda, que me fascina el fuego y el humo de las pólvoras. Esa niebla blanquecina con olor a azufre y potasa, donde las sombras negras de los dimonis avanzan lentamente, maza en alto, en medio de un estruendo ensordecedor de timbales y petardos, siempre consigue levantarme una sonrisa. Si es la bestia flamígera la que avanza a la carrera, provocando el pánico con la lluvia de chispas que arranca de su boca, mejor.

Uno de los protagonistas de estas escenas es Lucifer, o Llucifer, en catalán. Lo visten con sombrero de copa y capa. Su maza es metálica, una caja que puede soportar la quema simultánea de una docena de petardos. Lucifer es temido a la vez que admirado.

Es el antagonista de San Bartolomé, es el caos en persona, es un tipo que se supone bebedor, fumador y follón, por ser quien es, un personaje tremebundo. Pasean al santo por la población para espantarlo a él, a Lucifer, que es en verdad el dueño de las calles. Acuden al santo para que el rey de los demonios no pronuncie los versos impenitentes, cínicos, faltones y groseros que descubren la hipocresía y la falacia indígena.

Inútilmente. El angelito que, en el entremés que representan los bailarines, vence y humilla finalmente a los demonios sólo los castiga por chivatos, pero no censura sus puyas contra Fulano o Mengano. Seguro que alguno las merece.
 

La noche de los fuegos

Las pólvoras, siempre a punto.

En argot indígena, la noche de los fuegos es la que va del 23 al 24 de agosto. Se llama así porque hacia las once de la noche queman unos fuegos de artificio. El gasto de pólvora es notable y durante años ha sido motivo de orgullo indígena.

Pero la noche de los fuegos es más que eso. Se suceden muchos acontecimientos de gran importancia.

La noche de los fuegos está a punto de comenzar.

Para los niños, la aventura de salir hasta las tantas de la noche y ver tanto los fuegos de artificio como los bailes de pólvoras y las bestias bajar por la escalinata de la Punta, justo delante de la parroquia de San Bartolomé y Santa Tecla, es algo inolvidable. Tanto ruido, tanto estruendo, tanta gente y tantos colores.

Para los menos niños, existe el empalmar. Empalmar no es... En fin, no es eso. Es pasar la noche de los fuegos en vela, empalmar un día con otro. Es ver cómo queman los fuegos de artificio, es jugar con las chispas que echan las bestias y los bailes de diablos, es acudir al baile con orquesta en el Paseo Marítimo, es intentar mantenerse despierto hasta que, cuando amanece, salen otra vez los bailes y entremeses en la Matinal.

Al día siguiente, lo único que queda es un adolescente cansado, con resaca y que ha ligado menos que un cordel, pero es todo un rito iniciático. Es, por antonomasia, el Rito.

El adolescente suburense no desea nada más que empalmar... ¡Ya me entienden, caramba! Una vez pasa la noche más o menos despierto con su colla (grupo de amigotes), deja atrás la niñez y se busca novio o novia con derecho a roce.

Es una prueba difícil, porque hay horas malditas, entre las tres y las cinco de la madrugada, donde uno se aburre como una ostra, mortalmente, y está muy, muy cansado y no hay ni orquesta ni nada que hacer. Sobrevivir a esta pausa sin caer en los brazos de Morfeo es una odisea. Si hay brazos que le tomen a uno, entonces ya no tiene mérito, pero es cansado lo mismo.

Se queman fuegos de artificio.

Una vez el indígena se torna adulto, deja de empalmar. Quiero decir... ¡Ya saben qué quiero decir! Se vuelve comodón. Muchas veces, las antiguas colles (grupos) de amigos siguen viéndose por la Fiesta Mayor. Organizan una cena en casa de alguien o en un restaurante, acuden a ver cómo queman los fuegos de artificio y visto lo visto, acaban tomando copas en un lugar tranquilo mientras recuerdan aquellos tiempos en los que empalmaban, como hoy sus hijos.

¡Cómo pasa el tiempo! Los mismos que antes corrían a emborracharse y buscar el roce de tal o cual, por ver qué ocurría, hoy corren a exigir un comportamiento de monaguillo virginal a sus vástagos, que saben más latín del que nosotros, los de mi generación, sabremos nunca.



¡Vengan las chirimías!


Tocan y tocan y tocan sin parar, las chirimías al andar.

Aunque me ría de ellas, señalando su estridente son, las chirimías (en catalán, gralles) son la firma sonora de la Fiesta Mayor. No se concibe una cosa sin la otra. La Fiesta Mayor sin chirimías quedaría desprovista de alma. Las chirimías sin Fiesta Mayor son como el dentista sin anestesia.

No sé en otras partes, pero los indígenas suburenses sienten por les gralles (las chirimías) y los grallers (los que tocan las chirimías) una pasión sin igual. En el concierto de chirimías que abre los actos multitudinarios de las festividades dedicadas a San Bartolomé, se presencian actos de arrebatamiento místico entre el público cuando tal o cual colla de grallers (agrupación de chirimías y tamboriles) alcanza un agudo impensable, pongamos por caso. Así es, no bromeo. Saltan lágrimas de ojos vidriosos y vítores de gargantas que gritan hasta el ahogo. Uno piensa que es el calor, el alcohol y la deshidratación, pero también es una emoción que, en palabras de sus protagonistas, sale de muy adentro.

Más preocupante resulta que el indígena auténtico es capaz de volver a escuchar el concierto no una, sino dos o tres veces más, por televisión, ya sea porque lo ha grabado en vídeo, ya sea porque las televisiones locales lo retransmiten varias veces (repito: varias veces) en diferido. Un servidor de ustedes, un urbanita desligado del folclore, de cualquier folclore, contempla con pasmo (y cierto temor) esta manifestación local.

Una pausa, en la sortida d'ofici.
Llevan soplando 24 horas y faltan 12 horas más de chirimías.

Casi todos los bailes y entremeses (excepto los que cargan pólvoras) se hacen acompañar de chirimías. El soplador de chirimías pasa dos días soplando y soplando las mismas melodías, luchando para tocarlas cada vez mejor, adornándolas aquí o allá. Hay que reconocerle tesón y sacrificio, hay que aplaudir sus esfuerzos y saludarlo con agradecimiento, como merece.

Que perdonen mis risas y que reciban mi enhorabuena y mi reconocimiento. Sin ellos, nada sería lo mismo.
 

Mecenazgo y patrocinio de la Fiesta Mayor


¡Vaya con la economía! No hay un duro en ninguna parte. Los munícipes de la población, con Mortadelo a la cabeza, se devanan los sesos para ver de dónde sacan el dinero para sus cosas.

Así, la fiscalidad municipal es muy amiga de inventarse impuestos y tasas. Se da el caso de que en Sitges uno paga para que pasen los basureros a recoger la basura. Hasta aquí, normal. Pero también se paga por el derecho a generar basura, aunque uno no la genere. ¡Qué gran imaginación la de Mortadelo y compañía!

Esta inventiva recaudatoria es muy popular entre los indígenas del lugar. Todos la conocen.

¿No me creen? Vayan a un centro provisor de cerveza (una tasca) y mencionen el asunto de las basuras. Entonces verán surgir de lo más profundo de las gargantas indígenas expresiones como Aquest maleït fill de puta! (¡Bendito sea su nombre!), N'estic fins els collons! (¡No sabes cuánto me alegra!) o Són una trepa que només saben viure del cuentu! (¡No te cuento lo bien que nos ha ido!). Estas expresiones no son exclusivas de la blanca Subur, pues se ciñen al repertorio etnográfico-sentimental mediterráneo y pueden encontrarse algunas muy similares en Quíos, Grecia, por poner sólo un ejemplo.

No es un problema menor:
¿De dónde sacamos el dinero para pagar los bailes?

A lo que íbamos. La Fiesta Mayor de Sitges es un fenómeno antropológico, etnográfico y etílico de primer orden, y eso cuesta dinero. Tanto que se planteó en reunión discreto-secreta de los munícipes y las fuerzas vivas del lugar de dónde sacar el dinero para pagarla.

Lo primero que vino a la cabeza de los insignes prohombres de Sitges fue rotular con propaganda las camisetas de los bailarines de la procesión. Les parecerá una barbaridad, pero piensen que la institución religiosa más importante de Cataluña, el F.C. Barcelona, ha prostituido la bandera nacional catalana empleándola de camiseta y adornándola con propaganda de una dictadura árabe.

Si el Barça hace tal barbaridad y en vez de provocar escándalo, se forra vendiendo el engendro a 60 euros la camiseta made in China, ¿por qué el ball de bastons no puede llevar un anuncio de Nike en la camisa?

La geganta mora se propuso para anunciar crema desodorante.
No se aprobó la moción.

Fácil, porque el indígena suburense es un purista de narices, y si ve en la capa de los gegants un anuncio de McDonald's, monta un pollo considerable y asalta el Ayuntamiento a sangre y fuego. Se permiten muchas maldades a los munícipes, muchas, pero tocar la Fiesta Mayor... Eso ¡jamás! Se descartó la idea.

A otro se le ocurrió que els dimonis llevaran una hucha colgando. Así, uno se acercaría y le pediría al dimoni: ¿Me pone un petardo, por favor? La carta da derecho a escoger: 5 euros por una carretilla normalita; 10 euros por una carretilla especial; 15 euros por una carretilla king size; 50 euros por cargar la maza de Llúcifer toda ella.

En las capas, anuncios de licores y tabacos.
Añádase la tasa por petardo.

Pero los munícipes descartaron la idea. Los dimonis son personajes aficionados al vicio y al pecado, que gastan más de lo que tienen en alcohol, tabaco y mujeres, y la sisa de las huchas podría ser considerable. ¿Qué harían las colles de diables con esas huchas cargadas de tasas por petardo? ¡Que San Bartolomé nos asista!

¿Qué hicieron? Acudieron al alcohol. En el cartel que anuncia la Fiesta Mayor, el logotipo de Estrella Damm abulta más que el logotipo del Ayuntamiento de Sitges y ocupa el lugar de honor (a la derecha). En muchos carteles, Ron Bacardí aparece al pie del letrero. A nadie ha parecido importarle.

Turistas anglosajonas bajo un anuncio de la Fiesta Mayor.
Estrella Damm, Bacardí y la imagen psicodélica.

Otro intento de sacar cuartos al indígena fue, a título experimental, restringir el uso de un tramo del Paseo Marítimo, que se llenó de sillas y se ofreció para ver los fuegos de artificio de la noche del día 23 cómodamente sentado. El precio, cinco euros por silla. Que no falte el alcohol. Se ofrecía al público pagano la degustación de una copa de cava de garrafón después de la traca final.

Desconozco el éxito de la iniciativa, pero cabe preguntarse si se extenderá la zona de pago o si acabaremos pagando por ver la procesión cívico-religiosa. Todo puede ser. Mientras sirvan cava de garrafón, no habrá objeciones.