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Una bonita leyenda se viene abajo

Interpretación de Rubens de la batalla de Anghiari, de Leonardo da Vinci.
Actualmente, este boceto se conserva en el Museo del Louvre.

Corría, y todavía corre, por los libros de historia o de historia del Arte, y en el imaginario popular, el duelo pictórico que tuvo lugar en el palazzo della Signoria de Florencia. Imagínense el espectáculo: a un lado, trabajaba Leonardo y al otro, Miguel Ángel. Ni uno ni otro acabaron la obra; los dos abandonaron Florencia poco después. De esos frescos sólo quedaban bocetos y poco más. Años después, los florentinos contrataron a Giorgio Vasari para que pintara La batalla de Scannagallo, y eso hizo, en 1563, tapando lo que hubiera antes en aquella pared.

Una señora pared, un señor fresco, de siete metros de alto por diecisiete de largo, que, ay, ¿no estaría ocultando una obra del genial Leonardo?

La última vez que estuve en Florencia, a los pies de esa pared estaba el gran aparato que Maurizio Serracini había instalado para dar con los restos de la pintura de Leonardo da Vinci bajo la de Vasari, gracias a una técnica innovadora que, eso decía, iba a revolucionar la historia de la pintura occidental. Lo cierto es que Serracini apenas descubrió unas muestras de pigmento negro que no llevaban a ninguna parte y desperto en los historiadores del Arte una grave urticaria, porque Serracini se rendía ante el espectáculo e ignoraba un tanto el buen trabajo académico.

Todo esto viene a cuento porque hace unos días, una semana, más o menos, se ha presentado en el salón del fresco de Vasari un documentadísimo y exhaustivo trabajo académico que viene a demostrar que, ay, Leonardo nunca llegó a pintar ese fresco que dicen que pintó. La obra que afirma tal cosa se titula (traduzco) El Gran Salón del Palazzo Vecchio y la Batalla de Anghiari de Leonardo da Vinci; estudios y documentos, y ocupa cientos de páginas que dejan poco lugar a la duda.

Sí, nos hubiera gustado mucho que la leyenda fuera cierta, que hubiera un fresco de gran formato de Leonardo justo ahí, escondido a la vista de todo el mundo... pero parece ser que Leonardo nunca llegó a pintar tal fresco. Le encargaron la obra, trabajó en su concepción, hizo bocetos y más bocetos y, eso afirman los estudiosos, llegó a hacer los cartones que luego se emplearían para pintar el fresco. De ahí que pintores como Rubens pudieran dibujar bocetos de la obra de Leonardo. La lástima es que esos cartones o dibujos de gran formato se han perdido, pero los estudiosos están seguros de que Leonardo no llegó a pintar en ese muro. 

La ciencia ha ganado una batalla y ha aclarado un punto de la historia del Arte que guardaba un misterio. Hay consenso entre los historiadores y la documentación aportada dice lo que dice, pero, ay, qué quieren que les diga, el misterio y la leyenda tenían su encanto y su poesía. Ojo, que hemos salido ganando, porque, como bien dijo uno de los caballeros que presentó las conclusiones del estudio, la ignorancia genera monstruos

Bienvenida sea, pues, la ciencia y guardemos la leyenda para los cuentos.

Gran Premio de la Toscana, y ya van mil carreras

En Fiorano se corrió el Gran Premio de la Toscana, en este Campeonato del Mundo tan extraño, después de correr en Monza. Fiorano es un circuito muy emocionante y divertido, aunque es más conocido por las carreras de motociclismo que las de automóviles. Sea como sea, después de quedar muy mal en Monza, Ferrari consiguió que puntuaran los dos automóviles en Fiorano, lo que, visto lo mal que nos va este año, tiene que considerarse afortunado.

Pero lo más importante no fue tanto que se corrió en Fiorano como que ésta fue la carrera número 1000 de Ferrari en la Fórmula 1. Eso es mucho. Es el equipo que más años lleva en la Fórmula 1, y los lleva ininterrumpidamente. Nos ha dado muchas alegrías y algún que otro disgusto. Pero, en cualquier caso, se ha convertido en una leyenda, hasta el punto que la Fórmula 1 sin Ferrari ya no sería la Fórmula 1. 

Les dejo un vídeo de un espectáculo que organizó Ferrari en la plaza de la Signoria, en Florencia. Como siempre en estos casos, un poco cursi y bastante hortera, pero qué le vamos a hacer. Además, como dijo un conocido, de verdad que los italianos saben cómo promover Italia.



Sueño con Florencia

 

El otro día soñé con Florencia, uno de los lugares en los que me he sentido más feliz y más a gusto lejos de casa. Será por el empacho de arte, museos y belleza, y la vista gorda que hacía a tantos inconvenientes. En cualquier caso, se me ocurrió que podía dibujar algo sobre eso, pero no sabía exactamente qué. A fin de cuentas, es muy raro que yo recuerde lo que he soñado y, en este caso, sólo era consciente de haber soñado con Florencia. Así que... Bueno, me salió esto. Interprétenlo como les dé la gana. 

La ristra del reloj del duomo de Florencia



Esta vez, queridos seguidores míos, he publicado una #RistraDeTuits en Twitter sobre la irrupción del reloj mecánico en la Edad Media y el reloj de la catedral de Florencia, que es singular por muchas razones: porque la esfera la pintó Uccello, porque sigue funcionando con la hora itálica y, además, por su ubicación, un tanto singular.

Espero que les guste. Pueden verlo en:

Unos comentarios sobre La cena de Emaús


Adjunto a continuación un enlace al (magnífico) blog Investigart, donde habla de un cuadro de Caravaggio, La cena de Emaús. Sus comentarios y anotaciones son muy interesantes y han de ser tenidas en consideración por alguien interesado. 

He aquí la savonarola de Caravaggio, parte del atrezzo de algunas de sus mejores obras.

Añadiría, por cuenta propia, que los barbudos discípulos a lado y lado del Cristo resucitado son viejos conocidos de los cuadros de Caravaggio, lo mismo que la silla, una savonarola. Ésta era parte del mobiliario del estudio del pintor. Aparece en un listado de bienes del artista que le hicieron una vez que no quiso pagar el alquiler y llevaba con ella ya varios años.

La savonarola, por cierto, es una silla de origen florentino y seguramente coincidió con ella en el palacio Madama, la residencia del cardenal del Monte, que representaba en Roma los intereses del Gran Duque de la Toscana, un Medici. Recordemos que Caravaggio pintó para el Gran Duque una cabeza de Medusa y alguna cosita más, por encargo del cardenal, su mecenas. Cuando abandonó el palacio, se llevó la silla consigo (¿con permiso del cardenal?).

Esa misma savonarola de La cena de Emaús aparece, por cierto, en el primer San Mateo y el ángel (seguramente destruido en mayo de 1945) y en La conversión de San Mateo, que sigue en la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses, en Roma.

El enlace es éste (y vale la pena):

El Renaixement



He de confesar una debilidad, de muchos conocida: mi afición por el Renacimiento y el Humanismo, su arte y su filosofía. Cuando me pilla un amanecer en Florencia, me da lo mismo cualquier inconveniente si al final puedo embelesarme con los frescos de Santa Maria Novella, con una visita al Bargello o la vista de la cúpula de Brunelleschi desde la ventana de mi alojamiento. Es una Florencia soñada, lo sé, no es del todo real, es un mito. Pero es mi mito, y no me lo toquen.

Por eso descubrí en una librería y adquirí inmediatamente un breve ensayo de Peter Burke, uno de esos brillantes pensadores que alumbran nuestra visión de la historia de la cultura y el pensamiento occidental como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, cuando se ponen. Tienen (merecida) fama sus libros sobre el Renacimiento y El Renaixement es un breve ensayo con treinta años a cuestas que puede considerarse un resumen de sus ideas al respecto. Lo edita y publica, en catalán, Àtic dels Llibres, y ahí lo tienen, en medio de un catálogo de brillantes novelas y ensayos escogidos con cuidado y acierto. De poder hacerlo, los compraría y leería todos, pero el martirio del buen lector es que le falta tiempo para ello.

¿Qué puedo decir de este librito? Quizá señalar cuál es la tesis del autor. El Renacimiento es un mito. Un mito de mistificación: no fue exactamente como nos lo cuentan; un mito de metáfora: sirve para explicar un gran cambio en la cultura y la ideología de Occidente. A partir de ahí, el resto, que es un gozo leer (y más si, como les cuento, el Renacimiento les pone).

Muy recomendable, en serio.

Socavón e inundaciones



Leo en los periódicos que en el Lungarno Torrigiani, en la orilla del Arno entre el Ponte Vecchio y el Ponte dell Grazie, frente a la Galleria degli Uffizi, en Florencia, se ha hundido el suelo y ha dejado un socavón de 200 metros de largo, espectacular. Por suerte, no ha habido víctimas, aunque muchos automóviles han sido dañados. No se sabe muy bien qué ha ocurrido. El corrimiento de tierras puede haber sido debido al río o a una cañería rota. Los bomberos estudian el terreno y esperan que los edificios vecinos no hayan sido afectados.


El susto vuelve a traer a la memoria lo que sucedió en Florencia el 4 de noviembre de 1966. Un día dedicaré una o varias entradas a la terrible inundación que casi acaba con la ciudad y su patrimonio artístico, pero hago notar que todavía hoy en día, tantos años después, pueden descubrirse recuerdos de los estragos que ocasionó aquella inundación.


Dos imágenes de la inundación del 4 de noviembre de 1966.

Toda la gloria del Renacimiento es, al fin y al cabo, tan frágil... Sin contar con las vidas perdidas.

Un reportaje de la RAI sobre las inundaciones.

¿Un nuevo Caravaggio?


Con cierta frecuencia, aparece en la prensa la noticia del hallazgo de un posible nuevo Caravaggio. Se hace mucho ruido y luego, pasados unos meses, no se vuelve a saber más del cuadro. En El cuaderno de Luis he señalado varios nuevos Caravaggios y en su mayor parte han acabado así. Suele suceder y no tendría por qué sorprendernos. Ya he dicho más de una vez que Caravaggio hizo algunas copias de sus propios cuadros y que muchos de sus contemporáneos, también. Sumen esto a los muchos cuadros perdidos del autor y ya tienen la excusa para nuevos hallazgos.

El retrato de Beatrice Cenci en el calabozo, por Guido Reni.

La historia del Judith y Olofernes se remonta a 1599, cuando Beatrice Cenci muere decapitada en Roma. Cuenta la leyenda (no hay pruebas de la veracidad de la historia) que Caravaggio presenció la ejecución en compañía de su amigo Gentilleschi y su hija, que luego sería más famosa que el padre, Artemisia. Probablemente también con Guido Reni, autor del retrato de Beatrice Cenci pocos días antes de su ejecución. Siguieron la ceremonia sangrienta desde el Ponte di Sant'Angello, se cuenta, y se añade que Caravaggio quedó muy impresionado. A entender de muchísima gente, Beatrice no había merecido morir así y Caravaggio, queriendo honrar a la joven, pintó el cuadro.

(Para más información, acudan a la Biblia, donde se narra la historia de la viuda Judith, que emborrachó y luego decapitó al general enemigo, Holofernes, y léanse las Crónicas Italianas de Stendahl, donde se incluye el relato Los Cenci. También escribió Dumas sobre el caso. Leer les hará bien y les abrirá nuevas perspectivas.)

Giuditta e Oloferne, de Caravaggio.

En su época, se vendió a un precio altísimo. Caravaggio era el pintor mejor pagado de Roma y consiguió que el banquero Ottavio Costa pagara 400 escudos por la obra (el ciclo de San Mateo de la Capilla Contarelli se vendió, todo él, al mismo precio). El cuadro tiene, aproximadamente, poco menos de metro y medio de altura y casi dos metros de anchura. Aparecen tres personajes y el escenario es sencillo, propio de los tableaux vivants que Caravaggio preparaba para el cardenal del Monte. Un fondo oscuro, invisible. Una cortina de terciopelo rojo (que aparece en varios de sus cuadros más famosos). Una cama. Y ya está.

Judith, la heroína, es la amiga de Caravaggio (llamémosla así) Filis (o Fillide) Melandroni, que aquí contaría con unos dieciocho o diecinueve años. A su lado, una vieja sirvienta espera con un saco, donde se guardará la cabeza de Holofernes. Se ha apuntado que la vieja podría estar inspirada (si no directamente copiada) de los dibujos de Leonardo da Vinci que guardaba el cardenal del Monte y a los que Caravaggio tuvo acceso. El decapitado Holofernes podría ser un autorretrato. 

Con tan pocos medios, Caravaggio crea una grandísima obra de arte. La escena provoca un gran impacto visual, pero el análisis en detalle de la disposición de las figuras y la geometría del lienzo nos muestra la autoría de un genio. El uso de la luz, el detalle, el empleo de una paleta de colores tan restringida, los homenajes a los grandes maestros que se esconden en la obra, etcétera, hacen de éste el cuadro favorito de muchos caravaggistas.

La copia de Finson de la segunda versión de Caravaggio.
Fíjense en la disposición de las figuras, que ha cambiado.

Una carta fechada en 1607, un tal Frans Pourbus, neerlandés, dice haber visto una segunda versión del cuadro, pintada por Caravaggio, en el taller de su compatriota Louis Finson. Y ya está, no tenemos más noticias del cuadro, si existió realmente. Sólo tenemos un cuadro de Finson que es una (posible) copia de esa segunda versión de Judith y Holofernes. Quizá, más que copia, sea una interpretación. Esa copia está hoy en Nápoles (pertenece a la Banca Intesa San Paolo). 

La versión de Artemisia Gentilleschi, la florentina.
Hay quien sostiene que la versión de Artemisia supera a la de Caravaggio.
Es más una cuestión de gustos que de méritos.

Artemisia Gentilleschi, la pintora hija del amigote de Caravaggio, Orazio, pintó al menos dos Judith decapitando a Holofernes. Una se conserva en Nápoles y otra, en Florencia. La de Caravaggio se conserva en Roma, en la Galleria Nazionale dell'Arte Antica, en el palazzo Barberini.

Ha saltado la liebre cuando, el 31 de marzo pasado, el equivalente al Diario Oficial francés ha decretado, basándose en la Ley 111-2 de Patrimonio, que se ha denegado el permiso de exportación a una tela (cito) recientemente descubierta y de gran valor artístico. Podría ser un tesoro nacional de Francia, porque podría ser, en efecto, el segundo Judith y Holofernes de Caravaggio. Ahora mismo, cuando escribo, no se han publicado fotografías de la obra, no se sabe de quién es, cómo ha dado con ella, a quién se la ha vendido... y la opinión de los expertos se conoce con cuentagotas. 

Mina Gregori, por ejemplo, una de las personas que más sabe de Caravaggio, sospecha que no es un original, pero su opinión no es concluyente, ni mucho menos. No porque sea buena o mala caravaggista y no haya acertado con las últimas atribuciones, no por eso, sino porque es todo más complejo que un me parece a mí. A modo de ejemplo, algunos de los cuadros atribuidos a Caravaggio que cuelgan en las paredes de algunos museos no son considerados unánimemente como tales. A Caravaggio le iba meter bulla, eso dicen todos.

Firenze? Orrore!


Hace días, un buen amigo mío me anunció que iba a pasar una semana en la Toscana, en una villa, invitados por no sé quién (tampoco viene al caso). Inmediatamente, me carcomió la envidia y con apenas un hálito de voz biliosa (los celos...) le pregunté qué pensaba hacer por ahí. Me dijo que iba a invertir un par de días en visitar Florencia, quizá un poco más, y que luego visitaría Siena. De hecho, quería pedirme consejo. Se lo dí, muy emocionado.

Luego, partió. 

Cada vez que un servidor habla de Florencia, asoman las lágrimas a sus ojos, pues la tengo por una de las ciudades más bellas del orbe. Ahí he pillado yo verdaderos empachos de arte (de Arte, perdón) y me he dejado arrastrar por la belleza como el Arno arrastra las aguas hacia el mar. Mi entusiasmo se comprende por esa ligazón emocional que da haber pasado ahí algunas de las horas más felices de mi vida.

De ahí mi interés por conocer la opinión de mi amigo a la vuelta de su viaje, que sólo verme maldijo Florencia. Fea, fea, muy fea, y sucia, muy sucia, llena de gente, calurosa, muy calurosa... Yo ya le había advertido de los inconvenientes de Florencia en julio: turistas, turistas, más turistas y mucho calor. 

Cuando me había dicho que su intención era conducir por Italia, me había llevado las manos a la cabeza. Mi amigo, tan señor en el conducir, no ve más allá de un cambio automático y una autovía castellana, amplia y vacía, siempre al volante de un sedán de buen tamaño. Te va a dar algo si conduces en Italia, le había advertido. Acerté.

Su viaje comenzó con el trayecto por carretera del aeropuerto a la villa en cuestión. En vez de viajar treinta kilómetros en línea más o menos recta, viajó más de cien dando vueltas y revueltas y no disfrutó del paisaje. Se perdió (y eso que le advirtieron en la agencia de alquiler de automóviles para que se llevara un GPS). Dos horas tardó en dar con un pueblecito que nunca supo dónde estaba. Ni ahora, cuando le pregunto. 

La personificación del Enemigo, en la mente de mi amigo viajero.

Peor todavía, en los días siguientes, cuando viajó con sus amigos, su mujer, su niño, en un convoy formado por tres coches, se sintió acosado (sic) por los automovilistas italianos y su particular manera de conducir, por las carreteras de la Toscana (estrechas, sin arcenes y mal asfaltadas) y por el aparente descuido con el que los italianos tratan a sus coches pequeños. Mira que te lo dije... Pero él, entre furioso y asustado, todavía se altera cuando oye las palabras Fiat Panda. ¡Son un pueblo bárbaro!, se irrita todavía. ¡Brutos, bestias!

Los Uffizi, a rebosar de gente.

En Florencia le dió un soponcio. Literalmente. Le recomendé la Galleria degli Uffizi, cómo no, donde pilló un ataque de nervios. La gente, la gente, tanta gente, tan maleducada, dando empujones... Como no es muy ducho en las cosas del arte (del Arte, perdón) y viajaba en grupo, los cartelitos que anunciaban las obras le parecieron insuficientes, porque no explicaban nada, y la disposición del museo le pareció no mala, sino malísima. Se perdió algunas grandes obras, o las vió y no se enteró, y hasta tuvo sus palabras con un turista francés aficionado a dar empujones. Le dió un flato nervioso y salió de ahí irritado es poco. ¡Parecía la Sagrada Familia!, se queja todavía (es de Barcelona).

A los Uffizi hay que ir estudiado, le dije, con la guía comprada y leída antes de entrar, y a ser posible fuera de temporada alta. Lo mismo sucede en el Louvre, que a poco que se acerca uno a la Gioconda penetra en lo peor de la muchedumbre. Pero él, la verdad, no vió nada y disfrutó menos. Aunque a él le parezca que no, le comprendo. Pero considera (y no hay quien le saque de ahí) que es uno de los peores museos que ha conocido en su vida.

Los calores del verano y la muchedumbre de turistas.
La tormenta perfecta.

¡Hay que pagar para todo!, se queja todavía. No se sacó la Firenze Card y no visitó ni la Santa Croce, ni Santa Maria Novella, ni la Academia, ni San Marco, ni el Palazzo Pitti, ni... Nada. En parte, normal, que sólo tenía un par de días, pero es que no visitó nada. 

Incluso en medio del horror, surge la belleza.

Nada, nada... No. Recordó que le había mencionado el Bargello, uno de los más bellos museos de Florencia, que no suele recibir muchas visitas. Allá fue y gracias a Dios (¡gracias!) se dejó impresionar por el Davide de Donatello. El de bronce, no el de mármol. Quedó fascinado y no para de hablar de ese muchachito esculpido con tanta gracia. A su hijo, videojugador compulso, el Davide le pareció... Bueno, no les digo lo que le pareció. 

Comió así asá. Estuvo tentado a comer en un chino (peccato!). Se perdió los puestos callejeros de tripería o embutidos, la porchetta y otras maravillas. El bistecco alla fiorentina pensado para turistas no le provocó tanta emoción como los cochinillos de Segovia (eso lo comprendo) y su afición por comer en un restaurante con mantel, cuchillo, tenedor, largas sobremesas y cierta categoría lo alejó de la gastronomía más divertida. Además, como no es aficionado a los helados... (doppio peccato!). En fin, un desastre. ¡Menos mal que le gustó el caffè!

Visitó Siena y le gustó (normal). En parte, porque había muchos menos turistas. Le fascinó su catedral y luego, buscando dónde comer, dió con un local que le pareció muy señor, a su medida, en la mismísima Piazza del Campo di Siena, donde, cuando le pasaron la factura, le robaron todo menos los calzoncillos, hecho que su señora insiste en recordar (y recriminarme a mí, cuando me ve). Pero, hijo, cómo se te ocurre..., me defiendo, inútilmente. Él no responde, por no iniciar una escena con su señora, que no me quita los ojos de encima, hostil.

En fin... Supongo que si Stendhal se levantara de su tumba y visitara hoy la Santa Croce, se volvía corriendo por donde había venido y el síndrome de Stendhal sería otro. 

Pero qué pena, me digo, qué pena.


Florencia, c. 1860



Me ha llegado esta fotografía del Campanile, el Duomo y el Cupulone que (me dicen) es de 1860. 

Aquí está, en color sepia, en apariencia gastada, pero también bien hecha. Si está bien fechada, la exposición fue larga y la cámara, aparatosa, tuvo que instalarse sobre un trípode. Quizá en Orsanmichelle, pero quién sabe.

Tomaron la fotografía en la época del Grand Tour, cuando los turistas viajaban durante días para llegar a su destino y gastaban un mes en descansar del viaje y otro tanto en explorar la ciudad y la campiña que la rodeaba. Qué tiempos aquéllos, si uno podía permitírselo.

Qué añoranza.

El reloj del Duomo vuelve a dar la hora (itálica)


La máquina del reloj del Duomo di Santa Maria del Fiore.

El otro día me comunicaron una gran noticia... lo que a mí me parece una gran noticia, con eso me basta. El reloj de la catedral de Florencia (il Duomo) vuelve a funcionar como es debido. Vuelve a dar la hora, pero no la hora normal y corriente, sino la hora itálica, y dentro de nada explicaré qué es eso de la hora itálica, que tiene su miga.

El reloj de la catedral de Florencia es singular por muchas y pintorescas razones. Fíjense que era el reloj principal de la Iglesia en la ciudad más rica de Italia (quizá de Europa) y, de ser usted el señor obispo, ¿dónde hubiera mandado usted colocar el tal reloj? Donde se viera, ¿verdad? En un lugar bien visible, que todos los florentinos puedan verlo y guiarse por su mesura del tiempo. Pues, no. 

Parece pequeño, pero no lo es. 
Es que la catedral es ¡enorme!

En vez de ubicar el reloj en la fachada exterior de la iglesia, en el campanario, ¿dónde lo ponen? ¡Dentro de la catedral! Dentro quiere decir dentro, en el interior, y no es broma. En lo alto de la nave central, en la fachada interior, justo encima de la entrada. No se ve desde las capillas o naves laterales (doy fe de ello) y si uno quiere saber cuál es la hora de la iglesia (de la ciudad) tiene que adentrarse en la catedral un buen trecho, dar media vuelta y levantar un poco la cabeza.

El por qué está ahí es objeto de debate. Florencia era la capital de la industria y las finanzas de Europa y los florentinos, unos tipos muy apegados a las cosas materiales y muy entretenidos con los mejores artistas del mundo. Quizá colocar el reloj en lo alto de la nave central de la catedral, pero dentro de la catedral, fuera una estratagema clerical para que los florentinos entraran en la iglesia, aunque sólo fuera para saber la hora. 

No es una teoría descabellada. Cuando el predicador Savonarola se hizo con el poder en Florencia, sembrando el fanatismo religioso y la intolerancia entre los florentinos, comenzó a quemar artículos de lujo (sedas importadas, obras de grandes maestros, libros incunables) en su hoguera de las vanidades, convencido de que los florentinos, con la excusa de los negocios y la cultura, dedicaban poco tiempo a Dios. Poco después, Savonarola fue también chamuscado. Él se lo buscó.

Vista del palazzo Vecchio o della Signoria. Vean el reloj.
Perspectiva desde donde quemaron a Savonarola, más o menos.

Pero esta teoría está contestada por otro reloj, el del palazzo della Signoria. Un reloj de propiedad municipal, en lo alto de la torre del centro político (no religioso) de la ciudad. Lo fabricó Niccolò di Bernardo da San Friano en 1353, año en que lo tuvo a punto, y su máquina aguantó siglos en la torre. La sustituyeron en 1667 y el reloj nuevo todavía sigue ahí, dando la hora (con razonable precisión, además). Es decir, que los florentinos no necesitaban entrar en la catedral para saber qué hora era.

Ahora bien, existe otra versión del porqué. El reloj lo pagaron los gremios de Florencia, lo que ahora llaman la sociedad civil y no la eclesiástica. Quizá ubicaran el reloj en el interior del templo para recordarle al señor obispo cuánto tiempo llevaba sermoneándoles desde el púlpito, que no callaba, el hombre. Porque hay que recordar que en las misas de aquella época no había asientos, se asistía al oficio de pie y la iglesia se llenaba de punta a rabo de feligreses. Existen documentos contemporáneos que recordaban cuántas horas (sic) había estado predicando tal o cual sacerdote, y un predicador famoso llenaba iglesias como hoy llenan estadios los cantantes famosos. Así, pues, en la catedral de Florencia podían sumarse miles de florentinos y un obispo parlanchín predicando más tiempo del debido podía perjudicar tanto el beneficio de los gremios como la paciencia de los ciudadanos capitalistas. 

Sin embargo, esta versión, que yo daría por buena con los ojos cerrados, no goza de mucho predicamento. En su lugar, se llega a insinuar que el reloj era un memento mori, un recuerdo de nuestra condición de seres mortales, aquello del tempus fugit y que el final de los tiempos te pille confesado. El reloj se convierte en algo místico, en un instrumento religioso. No está mal como teoría, incluso es bastante razonable, pero llegados a este punto sospecho que no podremos saber jamás y sin duda alguna por qué quien fuera tuvo la idea de colocar el reloj dentro de la iglesia y no dando a la calle.

La ubicación es una de sus singularidades. La otra es la esfera.

Aunque no diera la hora, sería uno de los relojes más bellos del mundo.
Pintado por Paolo Uccello. Un frescos de siete por siete metros, aproximadamente.

El reloj de la catedral florentina se conoce también como el reloj de (Paolo) Uccello, el gran pintor. Sólo por eso merecería una atención desmesurada, porque Uccello es uno de los más grandes artistas del Renacimiento. 

En 1433, decoró la esfera del reloj de la fachada interior de la catedral, con tal arte y maestría que da gusto verla. Ahora bien, su pintura esconde algunos misterios. Paolo di Dono, es decir, Paolo Uccello, (ahora citaré a Vasari) pintó las horas en la esfera encima de la puerta principal en el interior de la iglesia, con cuatro cabezas en las esquinas pintadas al fresco. Vale, bien, ¿y de quiénes son esas cuatro cabezas? 

Las cuatro miran al centro, tienen un halo... pero no sabemos si son los cuatro evangelistas o algunos profetas bíblicos. Conociendo a Uccello, hasta podrían ser paganos; conociendo a los florentinos, podría ser cualquiera que pusiera dineros para comprar el reloj. La discusión persiste, tantos siglos después, que si son tal, que si son cual, aunque nadie discute la maestría de Uccello. Ah, no, eso jamás. Y si la discutiera alguien, que se prepare a recibir la visita de un amigo de la familia. No es una amenaza, es un aviso. Quien haya visto en persona esa magnífica esfera al fresco, me dará la razón (o morirá negándomela).

No es un fresco pequeño, ni mucho menos. La esfera que pintó Uccello no llega por poco a los siete metros de diámetro. Y ahora vienen más singularidades del reloj, una tras otra. 

Es una esfera de 24 horas en números romanos en orden ascendente. Es decir, el XXIIII (que no XXIV) abajo, donde las 6 de su reloj. Pero (perdonen la manera de decirlo) la manecilla corre en sentido contrario a las manecillas del reloj. Que se entienda. En vez de girar hacia la derecha, gira hacia la izquierda.

Para más inri, agárrense, marca la hora itálica. 

La hora itálica es una pesadilla para el relojero, y verán por qué. La hora itálica es, en verdad, la llamada juliana, de Julio César. Muchos sabrán que César introdujo el calendario de Sosígenes de Alejandría y para no llamarlo calendario soso o de Sosígenes, o alejandrino, lo llamó juliano, para colgarse la medalla de tantos méritos. Pero pocos sabrán que con el calendario introdujo también el horario juliano. Si el calendario juliano era un buen invento, el horario juliano, una pesadilla.

El horario juliano divide el día en 24 horas. Hasta ahora, bien. Pero la vigésimocuarta hora (la 24.ª) no corresponde a la medianoche, sino a la puesta del sol. Se pone el sol, comenzamos a contar las horas: 1, 2, 3... hasta que al día siguiente volvemos a empezar así que se pone el sol.

Esto es una jodienda, perdonen ustedes, porque el día no dura lo mismo en invierno o en verano. De hecho, ningún día dura lo mismo que el siguiente a lo largo de todo el año. Ni ninguna noche. La variación de la longitud del día cada día escapaba de la precisión de los relojes de campanario (aunque se aproximaba a las cifras reales en relojes de mesa, infinitamente más complicados). Así que ya ven ustedes a ése de ahí, el relojero de la catedral de Florencia, echando a correr cada atardecer, por poner en hora el reloj de la catedral. 

Aunque este caballero es uno de los restauradores, pónganse en el lugar del relojero de la catedral en el siglo XV o XVI, corriendo a poner en hora, cada día, este cachivache.

Consta en los archivos florentinos al menos un descalabro del relojero por caerse de arriba abajo con las prisas de poner el reloj en su hora. Un tropezón en las escaleras y ¡patapum! Aunque hubo uno que cayó (no sé cómo) de las alturas y aterrizó en la nave del templo. ¡Paf! No consta su muerte, de milagro, pero si un batacazo que mereció su puesto en los archivos de la república. Sería un trompazo sonado, imagínenselo. Al atardecer, dentro de la catedral, mientras se ruega a Dios Nuestro Señor por el tipo de interés del arriendo de la lana, ¡Ay, que me voy! ¡Patapaf! ¡Cáspita, el relojero!

(Si no me creen, consulten Las máquinas del tiempo y de la guerra, de Carlo Maria Cipolla, donde se proporcionan abundantes ejemplos de accidentes de relojeros medievales y renacentistas.)

Uccello pintó la esfera en 1433, pero la pinto ¡cuando todavía no había reloj! El pintor acabó el fresco en un santiamén y el relojero tardó diez años más en completar la máquina. Angelo di Niccolo, en 1443, la dió por terminada. De ese reloj original se sabe bien poco, quizá menos. Se han encontrado pesos y contrapesos de relojería en la catedral y se sospecha que serían de ese reloj original.

Después de una o más caídas del relojero de la catedral de arriba abajo, fue necesario repararlo y ponerlo al día, digámoslo así. Al relojero, también. La familia della Volpaia, relojeros, puso manos a la obra. En 1497, Lorenzo della Volpaia puso sus manos en el reloj y lo dió por arreglado. Era un gran relojero, Lorenzo, que había asombrado al mundo con un planetario que quitaba el hipo (pero ptolemáico, no copernicano). Su hijo, Camillo, tuvo que reconstruir lo que había desmontado el padre, y consta que puso su mano en el reloj del Duomo entre 1546 y 1547, cuando él mismo ya era un gran maestro relojero.

No acabó de ir bien, y llegado este punto ya no sé si empleaba todavía la hora itálica y procuraba el tormento del relojero catedralicio o si ya se conformaba con las 24 horas del día tal y como las entendemos nosotros. Pero dicen que se estropeaba con frecuencia, y eso sólo se explica por una constante manipulación. Es decir (aquí soy yo quien supone), que todavía empleaba la hora itálica y el relojero seguía escaleras arriba y abajo cada vez que se ponía el sol, maldiciendo a Julio César y su manía de meter mano al horario.

Hasta que alguien dijo basta y hasta aquí hemos llegado. En 1688 se cambiaron las pesas y contrapesas por un péndulo, ganando en precisión. En este sentido, la decisión de la Opera di Santa Maria del Fiore (la Obra de la Catedral) fue de un modernismo impresionante para la época, al introducir la mecánica más moderna de aquel entonces en sus tripas relojeras. En 1761, otro relojero florentino, Giuseppe Borgiacchi, volvió a cambiar toda la maquinaria del reloj. No lo haría mal, porque es el mismo reloj que todavía funciona hoy en día.

Pero el maestro Borgiacchi cambió la maquinaria y algún imbécil cambió la esfera de Uccello. Se pusieron doce horas en vez de veinticuatro y se cambió la aguja horaria original. Ahí queda eso. El fresco de Uccello, a tomar viento. La hora itálica, también.

Suerte de los restauradores y los historiadores. El fresco y la aguja originales se restituyeron en los años sesenta y setenta del pasado siglo. Regresó el magnífico reloj antiguo... y la hora itàlica. Cambiaron una ruedecita de la máquina del maestro Borgiacchi y andando.

El profesor Palmieri metiendo mano a la máquina del reloj.

Hoy es noticia que han restaurado la máquina con mucho cuidado y esmero, porque comenzaba a oxidarse y ya bailaban los ejes. Había envejecido por el uso. Ha corrido con los gastos una empresa relojera florentina, Officine Panerai. Los profesores Andrea Palmieri y Ugo Pancani, que saben de relojes antiguos lo que no está escrito, han sido los encargados de la restauración. 

En 1860, Giovanni Panerai abrió La Bottega di Orologeria (una tienda-taller de relojería) en el Ponte alle Grazie. Al principio vendía relojes suizos de postín, pero acabó fabricando sus propios relojes y éstos cobraron fama cuando los buzos de la Real Armada Italiana escogieron los Panerai para llevarlos encima y bajo el agua. Hoy, Officine Panerai sigue abierta en la Piazza San Giovanni, su sede central en Florencia. Estos caballeros relojeros han corrido con los gastos de la restauración de la máquina del reloj del Duomo y la han restaurado toda, toda de arriba abajo. La han dejado como nueva. Como había dicho, una gran noticia.

Nota: Casi todas las fotografías de este apunte y parte de la información provienen de:


Respuesta de Adrián Pino Olivera


Estimado Luis,

Por casualidad he encontrado tu artículo sobre mi acto poético en la Galería Uffizi y, además de agradecerte que me hayas dedicado una entrada, querría comentarte que me ha sorprendido la frialdad y el menosprecio con el que hablas de mi acción.  Y creeme, no te escribo en modo niñato cabreado ni en modo famoso ofendido. Porque no soy ninguna de las dos cosas. Soy una persona sensible.

Opino que uno de los grandes males de nuestro mundo es poner a parir a alguiem sin preguntar, sin entender, sin sentir. Me da pena. Me hubiera gustado que me hubieras escrito, poder hablar contigo y explicarte los motivos de mi acción.  Porque créeme,  yo no busco la fama. La fama es otra más de las lacras que nos hacen infelices. Si yo he acudido a los medios ha sido para lanzar un mensaje: todos somos libres. Y todos deberíamos amarnos desde la libertad. Porque esa es la esencia humana. Y la esencia del Arte. Y eso es en lo que creo.

Muchas gracias por leerme. Un abrazo renacentista.

Adrián

(En respuesta a:
http://www.luissoravilla.blogspot.com.es/2014/03/un-nuevo-sindrome.html y con permiso del remitente.)

Un nuevo síndrome


La nascita di Venere. El famoso lienzo se expone detrás de un cristal antibalas porque es el objeto del deseo de muchos perturbados. Según como le da la luz, el cristal refleja y no se ve muy bien. Pero el cuadro es magnífico en vivo y en directo, doy fe.

Se ha publicado en los periódicos, formando parte de esa colección de noticias curiosas que sirven para llenar el vacío, pero que resultan ser las más interesantes de todas. El suceso que narran las agencias acaeció en Florencia, el pasado sábado 22 de marzo.

Ya saben que existe el llamado síndrome de Stendahl. Dicen que es una indisposición real, pero verdaderamente rara. Tanto que muchos dudan de su verdadera existencia, porque las más de las veces es una combinación de agotamiento físico y mental más un tanto de deshidratación, falta de azúcares y mal dormir. En teoría, a uno le da la pájara después de haber contemplado tanta belleza, queda con el entendimiento fuera de sí, como deprimido, desinflado, a veces ansioso, en cualquier caso echo unos zorros. Stendahl en persona dijo: Sufrí lo que los alemanes llaman un ataque de nervios

A ojo, los servicios médicos de Florencia atienden un centenar de casos al año. Las más de las veces no tienen nada que ver con Stendahl, pero afirman que se dan casos auténticos. ¡Hay que conservar la leyenda! ¿Cuántos no van a Florencia para ver si les da la pájara esta? ¡Más de uno!

Ahora tendremos que inventar un nuevo síndrome o reconocer que existen casos agudos del síndrome de Stendahl que habían escapado hasta ahora a los perspicaces ojos de los investigadores. El pasado sábado, decía, la Galleria degli Uffizi estaba llena de turistas. Siempre está llena de turistas, qué le vamos a hacer, pero ¡qué pinacoteca! 

La cuestión es que un turista (español, por más inri) va y se planta en la sala donde se expone la obra de Botticelli. Comienza a arrojar pétalos de rosa por el suelo y se desnuda delante de La nascita di Venere (El nacimiento de Venus). Comienza a decir burradas (¡Esto es poesía!, clama en voz alta) hasta que queda en pelota picada delante del cuadro. Tal como vino al mundo, se arrodilla delante del lienzo y no va más allá, porque ya vienen a buscarlo y se lo llevan envuelto en una manta, mientras grita como un desesperado Freedom! Freedom! (¡Libertad! ¡Libertad!) en inglés. ¡Pudiendo gritar Mon amour, je t'aime! en francés o Cara mia! Mi prendono! Morirei lontano da te!... que queda más bonito...! Qué pena, qué desperdicio.

Comienza el espectáculo. Arroja pétalos de rosa a su alrededor y a los pies de la diosa, en pelota picada y ante los visitantes del museo.

Rinde pleitesía a la diosa, arrodillándose ante ella, mientras dice en voz alta que eso que hace es poesía.


Los vigilantes del museo se arrojan sobre el fulano y lo tapan con una manta, no vaya a resfriarse. 

Nadie se hizo daño ni dañó ninguna obra. ¡Menos mal! Don Antonio Natale, director del museo, comentó el suceso restándole importancia, porque está acostumbrado a tratar con toda clase de arrebatos ante la maravilla expuesta, aunque no tenga por costumbre tratar con desnudos integrales entre el público. Quizá sufrió el síndrome de Adán, dijo, socarrón. ¡Mecachis! ¡Un nuevo síndrome!

En cualquier caso, queda saber si nos enfrentamos a un chalado, a un sinvergüenza que quiere ser famoso, a un artista en plena performance (que ahora podrá decir que es un artista incomprendido), a un caso exageradísimo de síndrome de Stendahl o qué. Sea lo que sea, la noticia no tiene más importancia. Lo más importante es que la Venus sigue intacta, sólo faltaría.

P.S.: Acabo de tener noticia de este personaje a través de los periódicos. Se llama Adrián Pino Olivera y es de Barcelona. Le ha faltado tiempo para hablar de sí y de su actividad artística. Al parecer, es artista metido en performances y miembro de un colectivo de teatro del instante (sic), llamado nakadaska (http://nakadaska.com/index.html). Dice que los carabineros le trataron bien, que uno hasta le tapó con su abrigo (es que hacía frío, dice), pero niega que su actuación fuera obscena. Fue un acto de libertad, sostiene, y por eso gritó Freedom! Freedom! Bah, qué quieren que les diga. Se ha perdido toda la poesía. Prefería mil veces un chalado en éxtasis que un tipo intentando llamar la atención sobre su obra. La poesía de este caso se ha ido a tomar viento. Eso demuestra que el Arte (el arte, si prefieren) puede ser un aguafiestas y un fastidio. Qué pena.

El David de ArmaLite


Armalite fabrica armas de fuego desde 1954. Diseñó el AR-15 y lo vendió a Colt. El actual fusil de asalto del ejército de los EE.UU. es una evolución del AR-15, uno de los mejores diseños de armas automáticas del siglo XX. Otros fusiles de Armalite están en el origen de los mecanismos del SA80 británico o del G36 alemán. Pero, por una cosa o por otra, la empresa cesó sus actividades en los años setenta. 

En 1996, volvió a renacer. Ahora se llama ArmaLite, Inc., y tiene su sede en Geneseo, Illinois, EE.UU. Resucitó gracias a los rifles para francotiradores basados en un diseño del Eugene Stoner, su ingeniero jefe. Cuando se pusieron de moda los fusiles de gran calibre para francotiradores gracias a la Guerra del Golfo, ArmaLite se forró vendiendo su AR-50 a los norteamericanos que querían un cañón en casa, o poco menos.

He dicho un cañón y lo sostengo. El cacharro pesa más de 15 kg, mide más de metro y medio de largo y tira una bala del calibre .50, que es de 12,7 mm. ArmaLite sostiene que podría hacer blanco (contra alguien, y despachurrarlo) a casi dos kilómetros y medio de distancia. Una burrada.

No sé si saben que ArmaLite ha provocado hace muy poco una seria crisis diplomática. No se le ocurre nada mejor a ArmaLite que presentar este años su AR-50A1 como Una obra de arte. En fin, es una opinión. Pero de la manera siguiente:

No es broma, se anuncia así.

Los italianos se lo han tomado muy mal. Su ministro de Cultura (tienen uno, como nosotros) ha saltado diciendo que este anuncio es inmoral e ilegal (sic) y los italianos de a pie, y más los florentinos, han añadido palabrotas de difícil traducción a lo dicho por el ministro. 

La verdad, el anuncio tiene mucho de obsceno. Es una aberración que quita el hipo. Porque se puede jugar con el sentido del humor, si uno quiere, y el David ha sido y será blanco de muchas bromas. Pero resulta que el AR-50A1 no mueve a risa, que es un fusil de francotirador pensado para volarle (literalmente) la cabeza a dos kilómetros de distancia. Es perverso anunciarse así. Llamativo, también. Quizá el anunciante buscaba la polémica, no se descarta.

Ahora quiero que presten atención al detalle. Busquen la pilila del David en el anuncio de ArmaLite. ¡Caramba! No se ve. Anda detrás de una hoja de parra. Será el equipo de camuflaje del francotirador, se supone, pero nos da que no van por ahí los tiros (y nunca mejor dicho). 

El anunciante sabía que el David en pelota picada resulta indigesto para sus clientes, que no dudan en meterle a usted un balazo por menos que nada, pero que no soportan la visión de un pito, ni que venga esculpido por el genial Michelangelo. El cliente de ArmaLite considera que andar por ahí enseñando la verga es motivo suficiente para dispararle a uno. Es así. Venga, pues, la hoja de parra. Dos mutilaciones en un mismo anuncio: la honda por el fusil, la chorra por la parra.

Éste es el de verdad, en pelota picada.
Un cliente de ArmaLite puede comprar una arma para matarle a usted, tan tranquilamente, pero no soportaría esta visión sin escandalizarse. 

Si Freud viviera y contemplara el anuncio de ArmaLite, con ese hermoso muchachote tan fornido y viril sosteniendo un pedazo de fusil que parece un cañón,  de grande, potente y poderoso, pero con las vergüenzas disimuladas por una hoja de parra, no vayan a verse, nos escribía ahora mismo un libro y parte del otro sobre el complejo de David. Es que da para pensar, y mucho, y nada bueno, si me permiten opinar.

Nuestro tiempo


Num fuit, et fortassiserit, felicissimum aeuum.
In medium sordes, in nostrum turpia tempus
confluxisse uides.

(Trad.: Hubo y quizá habrá un tiempo más feliz. En medio de ambos, en nuestro tiempo, confluyen inmundicia e infamia.)

Francesco Petrarca (1304-1374)

A vueltas con Lisa


La Gioconda.

No tengo ni el gusto ni el placer de conocer personalmente el retrato de mona Lisa, apodada la Gioconda. Ni el original que se conserva en el Museo del Louvre ni la copia que hizo un aprendiz de Leonardo que desde hace muy poco se expone en el Museo del Prado. Pero conozco el retrato, no lo iba a conocer. Es el retrato más famoso del mundo.

Todo el mundo quiere ver la Mona Lisa.

A veces cuesta explicar por qué es tan importante la Mona Lisa. La técnica del sfumato o la perfección de la obra no bastan para justificar su fama. Cuando uno se enfrenta con el cuadro por primera vez, me cuentan, se lleva una desilusión, porque uno se lo espera más grande o más... más... no sé: espera más. Pero luego se olvida esa desilusión y persiste la fascinación. Siempre.

Uno de los elementos que más han contribuido a su fama es su historia, que nos empeñamos en ver llena, llenísima, de misterios. La han robado varias veces y siempre ha corrido el rumor de que el Louvre expone una copia, no la verdadera Mona Lisa. La compró a Leonardo un rey de Francia y pasado el tiempo decoró la alcoba de Napoleón Bonaparte. ¡Si hablara...! Pero el misterio más misterioso de todos es ¿quién es en verdad la Gioconda?

Aquí vale todo. Uno sostiene que en verdad la Gioconda es un hombre disfrazado de mujer y otro afirma, además, que ese personaje era el amante de Leonardo, que tenía aficiones homosexuales. Interesante, pero muy poco probable. Otros, en cambio, sostienen que no era Lisa, sino... Escojan quién, que hay donde escoger, una larga lista. Incluso existe quien defiende que la modelo no existió, que es un retrato ideal de cómo tendría que ser una mujer perfecta. Sin ir más lejos, lo que dice Dan Brown de La Gioconda en El código Da Vinci da para mesarse los cabellos. En este caso vale todo, con tal de llamar la atención.

La hipótesis más razonable (y algo documentada) es que la modelo fuera Lisa Gherardini. El misterio no sería tanto quién era o quién encargó el cuadro, sino por qué Leonardo se llevó el retrato consigo en vez de entregárselo a quien lo encargó, Francesco del Giocondo, el marido de Lisa, por qué lo retuvo quince años, por qué tardó tanto tiempo en darlo por acabado y por qué, finalmente, se desprendió de él vendiéndoselo al rey de Francia.

Silvano Vinceti, apodado el detective del Arte.

En éstas sale don Silvano Vinceti, que es presidente del Comité para la Conservación de los Bienes Culturales (una organización privada, no pública) y se lanza a la aventura de dar con los huesos de Lisa Gherardini con la doble intención de a) identificarlos lo más seguramente posible mediante pruebas de ADN y b) reconstruir el rostro de la mujer a partir de la calavera, para comprobar que su rostro se corresponde en verdad con el del famoso cuadro de Leonardo da Vinci y acabar con tantas preguntas de quién era la modelo y tal.

Silvano Vinceti (centro) buscando los huesos de Caravaggio.

El señor Vinceti es famoso porque protagonizó el espectáculo de dar con los huesos de Michelangelo Merisi de Caravaggio e identificarlos como tales. Me gustaría que fueran sus huesos, pero he de ser honesto y decir que podrían no serlo, pues hay una probabilidad entre cinco o seis de que no lo sean, ciñéndonos exclusivamente a la genética. La polémica surgió no tanto del experimento en sí, sino del espectáculo que se organizó en 2010 con el hallazgo. Algunos caravaggistas y no pocos historiadores del arte se la tienen jurada al señor Vinceti por montar semejante circo y dar por hecho lo que no es más que posible.

Despejado el asunto de la osamenta del de Caravaggio, Vinceti se echó a la piscina de la Mona Lisa en la primavera de 2011. Primero, buscó los restos de Lisa Gherardini que, ay, no se sabía dónde habían sido enterrados. Vinceti sabía que la mujer se había encerrado a vivir sus últimos años en el convento de Santa Úrsula, en Florencia, una vez muertos su marido y sus dos hijos. Doña Lisa murió allí mismo, en julio de 1542. Pero ¿dónde la enterraron?

Buscando a Lisa.

En el convento, se dijo Vinceti, en alguna de las tumbas que no pertenecían a las monjas, sino a particulares. Se pasó año y medio abriendo tumbas hasta que dió con ocho candidatas a ser Lisa Gherardini, procedentes de cuatro criptas. Como Lisa Gherardini murió con 63 años, descartaron algunos huesos y se quedaron con los restos de tres mujeres. Ahora están siendo sometidos a pruebas de datación por carbono 14, por ver si se corresponderían con una mujer muerta en 1542.

El asunto ya causó revuelo, porque el señor Vinceti no abre una tumba sin dar la nota y el espectáculo está garantizado. Y eso es lo que está pasando ahora, cuando ha abierto la cripta donde reposan los huesos de Francesco del Giocondo y de sus hijos, Bartolomeo y Piero, en la iglesia de la Santísima Anunciación, también en Florencia. Entre nubes de fotógrafos y cámaras de televisión, naturalmente.

Es un lugar bellísimo. La iglesia está al lado del Ospedale degli Innocenti, donde Brunelleschi diseñó una de las más bellas obras arquitectónicas del Renacimiento. La Chiesa della S.S. Anunziata se vio invadida de personajes en bata y mascarillas que comenzaron a abrir una tumba en una de las capillas laterales del templo, ante el pasmo de las beatas florentinas.

En un mes, dicen, se habrá obtenido la huella del ADN de los Giocondo (con suerte). Entonces, compararán su ADN con el ADN de los restos del convento de Santa Úrsula. Si la suerte le sonríe, el señor Vinceti podrá anunciar a bombo y platillo que ha dado con la señora Lisa Gherardini, la Gioconda.

¿Es ésta Lisa Gherardini? ¿Es la modelo de Leonardo?

Aunque el espectáculo ha sido un circo, podría ser que este análisis del ADN de unos y otros restos diera con doña Lisa. Entonces ¿qué? ¿Fue ella la modelo de la Mona Lisa? ¡No podremos asegurarlo! Aunque Vicenti asegura que sí, mediante técnicas de reconstrucción del rostro. ¿Han visto la película Gorky Park? Pues, ya saben de qué hablo. Es un método científicamente discutido.

Si la cuestión del ADN es bastante fiable, ésta, la verdad, deja que desear. Aunque dieran con los huesos de la auténtica Lisa, no podría asegurarse nunca (del todo) que Lisa fue la modelo de Leonardo, dicen los expertos, y no hay reconstrucción del rostro que valga.

Los historiadores del arte sacan sus cuchillos y dicen de Vinceti de todo menos guapo. Que tanto follón no servirá de nada, que no es más que un ejemplo exagerado de curiosidad morbosa, que no aportará ni un poco así al estudio del cuadro, que es todo un montaje, un circo, un negocio... Además, ha saltado una terrible polémica sobre las pruebas y excavaciones de marras, porque parece ser que han recibido subvenciones públicas para llevarlas a cabo y con la de cosas que hay que restaurar... En Florencia, ¡imagínense!

Vinceti se defiende, cómo no. El debate forma parte del espectáculo y él está ahí para azuzarlo. Los más grandes historiadores del mundo llevan décadas realizando hipótesis sobre este cuadro, ha dicho. Luego añade que él resolverá el misterio, naturalmente, cómo no.

Mientras tanto, mientras ya da por finiquitado el caso de la Mona Lisa, el señor Vinceti propone su próximo número de circo: la reconstrucción del verdadero rostro de Napoleón Bonaparte (previa exhumación, naturalmente). Pero ¿no había una mascarilla mortuoria del Emperador?

La que se puede organizar en Francia. No quiero ni imaginármelo. ¡Qué bien se lo pasará Vinceti!

Pinocho, el libro


Carlo Lorenzini, más conocido como Carlo Collodi.

No se si sabían que el final previsto para Las aventuras de Pinocho era que Pinocho muriera en la horca, condenado por sus muchos crímenes. Les juro que es verdad. Luego cambió el final y todos fueron felices y comieron perdices.

Porque hay que señalar que las aventuras de Pinocchio, la marioneta, no estaban pensadas para los niños, sino para los mayores. Las aventuras de Pinocho son la metáfora de un relato de iniciación masónico y una guía en el camino hacia la virtud, ahí queda eso. Pero ya saben qué pasa, que los adultos no están por la virtud y las andanzas de un monigote de madera que habla con un grillo son un cuento magnífico para los chavalines.

Pinocho, preso por sus muchos delitos, camino del juzgado.

Pero ¡quién iba a imaginarlo! ¡El camino de la virtud...! Ya hay algo de eso en La flauta mágica, de Mozart, no es ningún secreto, pero no me lo esperaba en Pinocho. Pero nótese que Las aventuras de Pinocho pertenecen a una época convulsa y llena de cambios en Italia, la Unificación, cuando ser masón era una declaración de intenciones y casi una obligación.

Carlo Lorenzini, que tenía por alias Collodi, fue un periodista y escritor florentino de familia noble, educado en un seminario. Fue en el seminario, qué cosas, donde, gracias a estudiar filosofía y retórica, pudo leer muchos libros listados en el Índice (prohibidos por la Iglesia). Es decir, se empapó de Ilustración y Romanticismo antes de echarse al mundo a luchar por Italia.

Una de las primeras ediciones del Pinocchio.

Trabajó mucho en muchos periódicos y publicó varias novelas, pero nosotros conoceremos siempre a Collodi por dos obras, Storia di un burattino (la historia de un cervatillo llamado Bambinino, Bambi) y Le avventure di Pinocchio. De la Storia di un burattino nació el primer periódico infantil de Italia y uno de los primeros del mundo, Il Giornale dei Bambini. El personaje de Bambi fue tomado por otros autores y cobró mucha fama en Europa.

Cuando murió, Lorenzini fue enterrado en la Basílica de San Miniato al Monte en Florencia. No conozco mejor camposanto.