Pues, tampoco (Gran Premio de España 2016)



Este fin de semana, Barcelona sufrió las siete plagas de Egipto, como dijo un escritor al que sigo de cerca. A saber: el fútbol, las elecciones, los turistas... y así hasta la séptima, que era la carrera de Fórmula 1, que se corría en Montmeló. Fue una carrera muy divertida y también extraña. Quizá por eso fue divertida.

La principal causa de tanta diversión fue que en la primera vuelta, no bien trazadas cuatro curvas, los dos Mercedes-Benz se embistieron el uno contra el otro y quedaron ambos fuera de carrera. Su apabullante dominio quedó hecho unos zorros y Ferrari, que estaba esperando una oportunidad como ésa (y tenía a sus jefazos en los boxes, siguiendo la carrera a pie de cañón), se lanzó al ataque. Pero también Red Bull se lanzó al ataque. 

Se demostró que Ferrari corría más (en la recta sacaba a los Red Bull casi 20 km/h de ventaja), pero era más inestable. Lo ganado en la recta se perdía en las curvas y la estrategia del cambio de neumáticos no fue (quizá) la mejor. Ganó un piloto con 18 añitos, el chaval, Max Verstappen, que lo hizo muy bien, y detrás fueron los dos Ferrari. Raikkonen no pudo con el chaval (aunque se acercó mucho) y Vettel sólo se libró de Ricciardo porque en la última vuelta éste pinchó una rueda y quedó cuarto. Segundo y tercero, no está mal, pero sabe a poco. Los ferraristas de verdad vivimos acostumbrándonos a esta sensación.


La Batalla de los Soldados


La Guerra de Secesión de los EE.UU. (1861-1865) la conocemos por las películas y poco más. Mientras en los EE.UU. existe una amplísima e inagotable oferta bibliográfica y museológica sobre su guerra civil, los europeos solemos pasarla por alto y desconocemos casi todo de ella. Este problema se extiende incluso entre los aficionados a la historia militar, como es mi caso.

Posición sudista en Missionary Ridge. después de la batalla. Al fondo, Chattanooga.
Subir esta cuesta en condiciones normales no es fácil Si encima te disparan...

El 25 de noviembre de 1863, cerca de Chattanooga, en el estado de Tennessee, tuvo lugar la batalla de Missionary Ridge. A un lado, los soldados de la Unión, bajo el mando del general Grant, que contaba con unos 56.000 hombres. Al otro, el Ejército de Tennessee, a las órdenes del general Bragg, que contaba con unos 44.000 hombres bien atrincherados. 

En septiembre, la Unión había sufrido una severa derrota en Chickamauga y su ejército había tenido que refugiarse en Chattanooga. Las tropas sudistas, al dominar las alturas de Missionary Ridge, tenían Chattanooga al alcance de la mano y los del norte se encontraban prácticamente sitiados. A poco que el Ejército de Tennessee reuniera fuerzas para atacar de nuevo, caería Chattanooga y las fuerzas de la Unión en el Oeste quedarían diezmadas. Así que Grant, nuevo comandante en jefe de la Unión, se propuso poner las cosas en orden en el Oeste y evitar un descalabro. Para eso tenía que tomar las alturas de Missionary Ridge y echar de ellas a los sudistas de Bragg. No iba a ser fácil.

Como Bragg no se decidía a atacar las posiciones de la Unión, fue Grant quien atacó primero. Lo hizo el Ejército de Tennessee del general Sherman (no hay que confundir éste con el Ejército de Tennessee de Bragg) y poco pudo hacer. La posición sudista era sólida y sus tropas se habían atrincherado. Además, Sherman no tuvo uno de sus mejores días y la cosa estuvo a punto de acabar muy mal. Sherman no consiguió más que matar gente para nada.

En esta imagen de la batalla, los oficiales animan a sus tropas a ir hacia delante. 
La realidad no fue ésa.

Viendo que Sherman se había metido en serios apuros, Grant ordenó un ataque en el centro. No pretendía ser el principal ataque, sino uno que distrajera tropas del sur para que Sherman pudiera rehacerse e intentar de nuevo rebasar el flanco enemigo. Las tropas escogidas para ese ataque eran las del Ejército de Cumberland, las que habían sido derrotadas dos meses antes en Chickamauga. El general que las había llevado a la derrota, Rosencrans, había sido sustituido por el general Thomas, amigo íntimo de Grant (había sido su compañero de habitación y juergas en la academia militar de West Point). Nadie esperaba que esas tropas hicieran gran cosa, ni se había pedido que lo hicieran. Se decía que su moral era baja y el plan de Grant no era romper el centro de la línea enemiga, sólo entretenerlo. Pero...

Thomas tenía unos 23.000 hombres formados en cuatro divisiones, una al lado de otra. Enfrente tenía atrincherados a 20.000 sudistas y cien cañones, que no son pocos, defendiendo el cerro de Missionary Ridge. El objetivo de Thomas era asaltar y ocupar la primera línea de trincheras, nada más que eso. De hecho, era una línea de chichanabo, que los testigos de la batalla describen como una línea muy débil. Las posiciones más fuertes eran la segunda y tercera líneas.

Los soldados llegando a la cima del cerro.
Nadie se lo había pedido.

Los soldados de Thomas, al grito de ¡Chickamauga! ¡Chickamauga!, se lanzaron al asalto. Recibieron de lo lindo antes de llegar a la primera línea sudista, pero llegaron... y siguieron avanzando. Los sudistas los ametrallaban y fusilaban de cerca y desde la segunda línea, pero los del norte, al grito de ¡Chickamauga! ¡Chickamauga!, no se detuvieron para nada y siguieron adelante. Algunos oficiales se pusieron a la cabeza de sus tropas en ese avance (mejor dicho, corrieron tras ellas), pero la mayoría de los comandantes gritaban órdenes ¡para detener el ataque! ¡Alto! ¡Alto! gritaban, ¡No hay que ir más allá! ¡Alto, he dicho! Pero los soldados del Ejército de Cumberland pasaban de largo y ya enfilaban la cuesta del cerro. 

El general Grant, boquiabierto, contempló el ataque y preguntó por qué no se obedecían las órdenes que había dado. Sólo había pedido una distracción, no un ataque en toda regla. ¡Los van a matar a todos!, exclamó. Un general le respondió: Señor, a ésos no los detiene ni el mismísimo infierno

En este grabado, los soldados sudistas corren a poner a salvo sus cañones.
Viéndolas venir, que suele decirse.

Aquel ataque podía ser un desastre. Se volvió a ordenar el alto. Pero ¡quiá! Los generales de brigada que conseguían alcanzar a sus tropas (que corrían cuesta arriba ¡delante de ellos!) les daban el alto, sí, pero los soldados seguían adelante, desobedeciendo las órdenes directas de sus superiores. Sólo la brigada del general Wagner, después de perder uno de cada cinco hombres en el primer asalto (es decir, en menos de quince minutos), aceptó retroceder hasta la primera línea de trincheras, pero cuando vio que las brigadas vecinas no se detenían y seguían adelante, dejó atrás a su general (¡Volved! ¡Volved os digo!) y renovó el ataque. ¡Chickamauga! ¡Chickamauga! ¡Nadie nos deja atrás!

¿Qué sucedió? Algo increíble. El centro sudista se colapsó, se vino abajo. Se quebró la línea defensiva y cundió el pánico. No fue una retirada, sino una espantada. Huyeron todos al grito de ¡Sálvese quien pueda! El pánico se extendió a toda la línea y Missionary Ridge cayó en menos de un par de horas, toda la posición. El ataque de las tropas de Thomas resultó imparable, arrollador.

Capturaron 40 cañones y 60 armones de artillería, hicieron unos 4.000 prisioneros y provocaron, entre muertos y heridos, unas 2.500 bajas en las tropas de Bragg. Pero murieron en ese ataque más de 700 hombres y más de 4.000 fueron heridos. Algunos regimientos quedaron reducidos a la mitad de su tamaño de antes de la batalla.

Poco después de la batalla, una trinchera abandonada.

Los historiadores de la Guerra de Secesión dicen que el ataque del Ejército de Cumberland en Missionary Ridge fue one of the most dramatic events of the war (lo nunca visto) y los expertos militares dicen que es el caso más notable en toda la guerra del éxito de un ataque frontal contra un enemigo atrincherado que está en una posición predominante. Yo me atrevería a decir que no sólo es el caso más notable del éxito..., sino uno de los pocos casos donde tuvo éxito una cosa así.

Ya ven. Desobedeciendo a sus generales, pasándose sus órdenes por el forro, los soldados del Ejército de Cumberland ganaron la batalla, dejándose la piel. Por eso, en algunos libros en vez de decir Missionary's Ridge Battle se dice the Soldier's Battle, la Batalla de los Soldados. Un buen nombre para una batalla que no ganaron los generales, si es que alguna vez son ellos los que ganan las batallas.

Maten al mensajero


Cuando salta un escándalo de corrupción o malversación de fondos públicos, pocas veces conocemos el destino de quien avisó de que tal cosa estaba sucediendo. Es más, muchos asuntos sucios no salen a la luz y se ahogan en los pasillos, y ¿qué ha sido de quien avisó de que algo no funcionaba como era debido? 

La pregunta es una. Si usted trabaja en una administración pública, por ejemplo, y descubre un caso de corrupción, ¿qué hará? ¿Lo denunciará? Se suman las preguntas, porque si quiere usted denunciarlo, ¿a quién lo denunciará? ¿Y qué te pasará si lo denuncias? Lamentablemente, nada bueno.

En la mayor parte de los casos de corrupción, el funcionario o el empleado público que hace saltar la liebre pierde su trabajo, ha de recurrir a los abogados para defenderse (y eso cuesta dinero), sufre acoso o ninguneo en su lugar de trabajo, puede encontrarse traicionado por sus compañeros (que, por miedo o por otras razones, se apartarán de él o testificarán en su contra). Es más, las pruebas que pudiera haber correrán una extraña suerte y muchas de ellas, simplemente, desaparecerán. 

Búsquenlos y los encontrarán. Se han escrito artículos y filmado documentales donde se pone el dedo sobre la llaga. Si quien denuncia la corrupción y la malversación de fondos sufre un castigo y el corrupto y malversador se va de rositas (y así sucede en la mayor parte de las ocasiones), ¿quién denunciará el mal uso del dinero público? 

La señora justicia carga muchas veces contra el mensajero.
Demasiadas.

Por poner un ejemplo, algunos de los funcionarios que denunciaron parte de la trama Gürtel o el caso Pretoria han perdido su trabajo y están siendo perseguidos y arruinados por toda clase de pleitos que promueve ¡la Administración Pública! Un trabajador de TV3 que avisó de un posible ERE en la plantilla de esta televisión está siendo juzgado y amenazado con ¡siete años de cárcel! ¡Por revelar a cuánto asciende un sueldo público!

Ayuntamientos y Comunidades Autónomas acaban descargando su ira no contra el pecador (el cargo corrupto o malversador), sino contra el mensajero que descubrió el pecado. Acosados, ninguneados, maltratados y traicionados, así viven los funcionarios valientes. A la luz de estos sucesos, que pasan desapercibidos por el gran público, pero que conocen los funcionarios próximos al corrupto, no es difamar decir que muchos gobiernos municipales y autonómicos actúan como verdaderas mafias. 

Una cosa es lo que te digan los periodistas de un caso lejano y otra vivirlo o verlo muy de cerca. Conozco casos de personas que han perdido su trabajo por no conceder una subvención a un amigo de la familia Pujol y he visto expedientes abiertos y órdenes de despido por denunciar que un director general cobraba dietas por comidas, viajes y festejos que nada tenían que ver con su trabajo; también he visto a empleados apartados de su trabajo y posteriormente acosados por superiores e iguales porque habían cuestionado un trámite a todas luces ilegal; he visto cómo se arreglaban concursos o cómo se pedía un porcentaje de un contrato o se amañaba un pago para que pareciera que no iba con tal persona, pasando por encima de la opinión, incluso de la negativa, de empleados públicos. ¡No hablemos de los consejos de administración! Cobrar dietas por asistir a un consejo de administración que no se ha celebrado realmente llegó a ser la norma. Lo he visto y sufrido, no me digan que son cuentos.

Dieciocho años de trabajo en la Generalidad de Cataluña (pujolera, tripartita y procesionista) me han ofrecido sobrados ejemplos. Supongo que un empleado público de otras administraciones autonómicas o municipales también las habrá visto parecidas. En prácticamente todos estos casos desaparecen los papeles, se borran las bases de datos, la gente se olvida apresuradamente de aquello que vio o se dijo... El mensajero sólo tiene su palabra contra la de un alto cargo sin vergüenza alguna que cuenta con el apoyo de toda una institución dominada por sus cómplices. Si lo denuncia, está vendido.

Esto no es la excepción, sino la norma. Si no hacemos pronto alguna cosa, ya me dirán ustedes. O se protege por ley (¡se premia!) al denunciante o esto se va al carajo.



Después del baile



Acantilado ha publicado un librito titulado Después del baile. Son tres relatos cortos escritos por Tolstói y traducidos por Selma Ancira, tres caprichos deliciosos para amantes de las buenas letras. Los tres relatos son Después del baile (que da título al librito), Tres muertes y ¿Cuánta tierra necesita un hombre?

¿Cuál prefiero? Los tres apuntes están magníficamente escritos. El primero es impecable y el tercero es una fábula con moraleja, al estilo de los viejos cuentos. Pero me quedo con el segundo, Tres muertes, porque me ha llegado al corazón y demuestra por qué Tolstói es grande, grande de veras. Pero ésta es una preferencia personal y cada uno tendrá una propia. Sin ir más lejos, el editor (supongo) habrá preferido Después del baile, que es el título que ha escogido para el librito y ¿Cuánta tierra necesita un hombre? es una pieza muy querida por los lectores que conocen bien a Tolstói.

Lean estos tres breves relatos, escojan ustedes mismos. Son fáciles de leer y cualquiera de ellos es literatura de la mejor que podrán encontrar por ahí. Disfrutarán con este librito, créanme.

Aquí no paga ni Dios (y menos, los militantes)


Leo en los periódicos que la legislatura Picapiedra se acaba porque Pedro y Pablo no han podido, no han querido o no han sabido ponerse de acuerdo para formar un gobierno, aunque nada sabemos de las artimañas de Wilma y Betty a favor o en contra de esa opción. La consecuencia es que habrá nuevas elecciones en junio y que algunos partidos tienen que escoger de nuevo a sus candidatos. Entre éstos, CDC.

No sabía que en CDC se daban las primarias. Pero cuentan los periódicos que Francesc Homs se enfrentará a Silvia Requena por ver cuál de los dos se convierte en la cabeza de la lista de los parlamentarios convergentes. Pero también he leído que uno de cada cuatro militantes de CDC no podrá escoger entre el que fuera portavoz del gobierno de la Generalidad de Cataluña y la que es profesora de Ética en una facultad de Derecho. ¿Por qué no? Básicamente, porque no paga las cuotas que corresponden a los militantes del partido. En números redondos, 8.000 militantes de CDC no pagan y presumen de carné de CDC. Un 25% de su militancia. Tela.

Poderoso caballero.

El caso de CDC no es, ni mucho menos, único. Coincide la epidemia de elecciones primarias debidas al efecto Picapiedra con la renovación de la presidencia de la Asamblea Nacional Catalana, una organización política procesionista. Parece que la lucha por el poder es enconada y que vuelan los cuchillos y silban las balas en los pasillos, pero no quería hablar de eso. Hace un año, la organización presumía de tener más de 40.000 militantes y otros 40.000 simpatizantes que pagaban unas cuotas y tal. Hoy sólo podrán votar 34.000 (en números redondos) porque muchos militantes y simpatizantes decidieron darse de baja no pagando la cuota y se estima que la tasa de morosos entre esos 34.000 socios es tanto o más alta que la de CDC. 

La tasa de morosidad no es una exclusiva del procesionismo catalán. No. ¡Ni mucho menos! Es una epidemia de la política y los movimientos sociales españoles. Partidos políticos, sindicatos y grupos semejantes lo viven cada día. De hecho, algunas de estas organizaciones no pueden subsistir sin subvenciones o ayudas más o menos encubiertas. 

Ser militante de un partido puede salir muy barato, si no se paga.

CCOO, UGT, CSIF y USO, los cuatro sindicatos más importantes en España, han perdido más de 580.000 afiliados entre 2009 y 2015. Entre 2011 y hoy mismo, el PSOE ha perdido 40.000 militantes (en su mayor parte, por falta de pago). Una de las estrategias para intentar retenerlos fue rebajar la cuota, que paso de 140 a 60 euros al año. Ni así. UPyD cobraba 240 euros al año y ya ven qué ha sido de ella.

El PP presume de no haber perdido afiliados, pero aquí hay trampa, porque al militante que deja de pagar la cuota lo cuentan como simpatizante y a la hora de sumar afiliados no distinguen una cosa de la otra. Algunas voces dicen que estos últimos cuatro años el PP podría haber perdido más de 50.000 militantes (los que pagan), que habrían pasado a engrosar la cifra de simpatizantes (que no pagan). Algunos especialistas sostienen que la proporción de militantes se habría reducido a la mitad (sic) desde que comenzó la crisis. Y eso que el PP es el partido más barato y sale a 20 euros al año.

A bote pronto y sin ánimo de sentar cátedra, a ojo, una cuarta parte de los afiliados a los partidos políticos, sindicatos, organizaciones políticas o empresariales y demás es morosa. Uno de cada cuatro afiliados no paga, punto. No importa que sea el partido de izquierdas o de derechas, de rancio abolengo o de nueva creación: el problema de los afiliados que no pagan es universal.

Hay que ahorrar. ¿Por qué ser militante si puedo ser simpatizante?

Por eso tiene tanto éxito la figura del simpatizante, que te permite mostrar tu apoyo a una idea o ideología gratuitamente, sin compromiso alguno. Además, uno puede ser simpatizante del PP y de Podemos, simultáneamente y sin despeinarse, por poner un ejemplo. Por eso, fíate tú de los simpatizantes. Según las encuestas demoscópicas, una cuarta parte de los simpatizantes de un partido político ¡votan a otro partido cuando hay elecciones! No sólo no pagan, sino que votan al adversario. ¡Para llevarse las manos a la cabeza!

Fíate tú de tus socios. Con afiliados así, ya me dirás a dónde vamos.

Casas, viajes y comilonas


Dos noticias me han llamado la atención esta semana en esas páginas que los diarios suelen llamar Política, pero que bien podría llamarse Sucesos, incluso, a veces, Esperpento. Una tiene que ver con los viajes y otra, con las comilonas. 

Tanto viajar de arriba abajo provoca sueño y cansancio.

La de los viajes (y las casas) la protagoniza el inefable Puchi, Puigdemont en su tarjeta de visita, alias Mocho en los mentideros convergentes. Puchi, tan pronto ha dejado de ser alcalde de Gerona, ha abandonado su piso en la ciudad con unas prisas que llaman la atención. Tanto es así que decir que tenía domicilio en la ciudad sólo para justificar su alcaldía es algo más que una hipótesis. Se ha instalado donde vivía antes y ha querido vivir siempre, en una urbanización con campo de golf (es un hombre sencillo) y ahora están todos los vecinos intrigados porque la policía autonómica está buscando dónde aterrizar con el helicóptero para buscar a Puchi si un día llega tarde a una reunión. Más de uno se pregunta si el aparato les arruinará el césped del green, o como se llame.

El caso es que el complejo del palacio de la Generalidad de Cataluña incluye una residencia oficial que está ahí, muriéndose de asco. Es una vivienda que ya la quisiera para mí. Lujosa, confortable, al lado de la oficina, con todos los gastos pagados. Pero lo de los gastos no es un problema para Puchi. Se ha subido el sueldo base de presidente un 6,5% sólo acceder al cargo (y sale por algo más de 145.000 euros brutos al año), al que sumar las dietas de desplazamiento del campo de golf a su oficina, y eso que lo llevan. En fin... Privilegios del cargo y aquí uno, mirándoselos con envidia.

Será por tanto privilegio que ahora anuncia que le ha pillado gusto a la silla y quiere repetir (¡coño! ¡yo también repetiría!), dándole un disgusto al señor Mas, que también quiere repetir (¡no te digo!), aunque los disgustos se reparten a partes iguales cuando las últimas encuestas dicen que CDC, o como quieran llamarla, podría ser la tercera fuerza política en unas elecciones, detrás de ERC (que la doblaría en votos y parlamentarios autonómicos) y C's (con los mismos parlamentarios, pero más votos). Ya se verá, que las encuestas las carga el diablo.

El viaje, el viaje... Se nos va Puchi a Bélgica en viaje oficial un fin de semana. Es decir, que el viaje se justifica por su condición de presidente de la Generalidad de Cataluña. Y se paga con fondos públicos. Por eso mismo, tiene que justificarse el porqué y el gasto que ha supuesto. Es su primer viaje oficial al extranjero (si no se cuenta Madrid). Con él viajaba un séquito numeroso, que incluye a un consejero (Romeva), algún que otro diputado y una numerosa comitiva de periodistas de TV3 y compañía. Toda una tropa. Un pastón en billetes de avión.

La recepción oficial en la Delegación del Gobierno (catalán) en Bruselas. La fotografía es de www.gencat.cat y muestra que los únicos presentes en la recepción fueron, comitiva aparte, los que trabajan en la delegación, que no se pierden una comida gratis (especialmente, los becarios).

Pero, maldita la gracia, el viaje sólo sirve para entrevistarse con los jefes de un partido nacionalista flamenco y dar una charla inaugural en la fiesta de la flores de un pueblecito de los alrededores de Bruselas, la XXXV Floralien Gent, en Gante. Fuera de verse con los flamencos (olé), con los que se firmó hace años un convenio de colaboración (es decir, bla bla bla, pero poca o ninguna chicha), nada de nada. El viaje podrían habérselo ahorrado (¿cuánto costó?). El ridículo, también. 

El partido nacionalista flamenco del que hablo es el más votado de Bélgica (consiguió un 19% de los votos en las últimas elecciones) y es un contrincante directo de otro partido nacionalista flamenco de extrema derecha, de donde procede, escisión mediante, al que disputa el mismo espacio electoral. Es un partido que, como es típico de los Países Bajos y alrededores, combina una política económica neo (y ultra) liberal, muy de derechas, con algunas medidas progres de hacer bonito: ecología, sexo y tal. Debajo de esta superficie chachi, se amaga un discurso que me atrevo a llamar racista contra lo que no sea flamenco, contra los francófonos belgas, los inmigrantes y los refugiados, especialmente. Algo muy feo. 

Pero cada uno tiene los amigos que busca. Convergència se entiende a las mil maravillas con este partido flamenco, aunque no ha sido admitido en ALDE, el grupo parlamentario liberal europeo (donde están ellos, los convergentes, UPyD y C's) y está con los demás grupos de extrema derecha o difícil clasificación del Parlamento Europeo, en una especie de grupo mixto que reúne a lo mejor de cada casa. 

Un periodista de buena fe (o con mala leche, todo hay que decirlo) le preguntó a Puchi por qué no se reunía con el presidente de la Comisión Europea. Puchi, con todo el morro, respondió (casi literalmente) que no se había reunido con él porque no le había dado la gana, porque a él le recibe el presidente de la Comisión Europea sólo con pedirlo, que para chulos, yo.

Poco después, el portavoz de la Comisión Europea dijo que Puchi había pedido (porfa, porfa) una reunión con el presidente, pero se le dijo que no, que no iba a poder ser. Ni por la mañana, ni por la tarde... No y no. ¿Por qué no? Problemas de agenda, fue la respuesta oficial. ¿Problemas de agenda? ¡Qué va! ¡Fin de semana! ¿A santo de qué me pierdo yo el sábado o el domingo por atender a ése, que sólo me meterá en líos? Dile que estoy reunido.

Puchi negó la mayor. Él no había pedido reunirse con nadie, dijo. Pero sí que se lo había pedido. De hecho, había pedido reunirse con cinco cargos. ¡Cinco! A saber: con el presidente de la Comisión Europea, con el presidente del Parlamento Europeo, con dos vicepresidentes del Parlamente Europeo y con un comisario de la Comisión Europea, y todos ellos han confirmado la petición y sus problemas de agenda. Ninguno de ellos quiso echar a perder su fin de semana por tan poca cosa y todos se hicieron el sueco. 

Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, pero Puchi sigue insistiendo, cuando le preguntan. Él no había pedido reunirse con nadie (si acaso, fue su secretario, añade, en serio que lo añade). Y si se pone chulo, a él le recibe el presidente de la Comisión Europea y el Sha de Persia con sólo chasquear los dedos, que bueno es uno. Vale, sí, pero menos lobos, Caperucita.

Don Gerardo Camps, señalando.
¿Quién paga mis comilonas? ¡Tú!

Con todo, la noticia que merece una especial mención y un marco de oro es el apetito de Gerardo Camps, consejero de Hacienda de la Generalidad Valenciana y vicepresidente segundo de su Consejo Ejecutivo (gobierno) cuando mandaba el PP.

El caballero se gastó en comidas a cargo del erario público, atención, 553.000 euros entre 2007 y 2011. Salía de la oficina, se metía en un restaurante de lujo, se ponía las botas y cargaba la factura a las cuentas de la consejería, la Sociedad de Proyectos Temáticos (que nadie sabe qué es o qué hace) o la Ciudad de las Artes, según el día. Ni dietas ni nada. Y valga lo de las dietas por el dinero y por las comilonas, que no se ahorró dineros en buscar la mejor pitanza para alimentarse bien a gusto.

Lo de comer a cargo del erario público, un arte.

Según denuncian ahora, se gastaba una media de 400 euros por comida (sic). Hagan ustedes la cuenta, porque son algo más de 100.000 euros al año en restaurantes. Solía pedir vinos de 40 euros la botella (por no abusar) y lo mejor de la carta. No se cortaba un pelo y le daba igual llamar la atención. Comió 125 veces en un mismo restaurante a lo largo de un año, dicen. Supongo que cuando entraba por la puerta el maître ya le besaba los pies. Un habitual de la casa. ¡Menudo cliente!

Cuentan los que ahora denuncian el caso que don Gerardo era un caradura y un vividor (sic). Lo menos.

El vértigo de Babel



Hace ya unos años, un amigo me recomendó que no perdiera de vista a un filósofo francés, Pascal Bruckner, porque, dejando a un lado lo que pueda hacer o haber hecho en el terreno de la filosofía más obtusa y técnica (me temo que sea aficionado a Hegel, Dios mío), escribe unos ensayos llenos de sentido común y que aciertan en el clavo, criticando algunos aspectos de nuestra sociedad que merecen ser criticados, y haciéndolo de tal modo que se entienden y, además, tienen enjundia.

Como siempre en estos casos, lo importante no es estar o no estar de acuerdo con el filósofo, sino discutir con él el problema, razonar con él, obligarse a tomar una postura u otra. Bruckner propone puntos de partida muy interesantes, se carga de razones, señala realidades, se explica claramente y no deja indiferente; por eso es un autor que vale la pena leer. 

Acantilado ha publicado un ensayo breve de Bruckner escrito en 1994, cuando Europa se enfrentaba a su inutilidad, como ahora mismo. Yugoslavia había reventado por todas partes y vivía una guerra civil. En los países del Este se vivía el inmediato post-comunismo. En Europa se preguntaba todo el mundo qué era ser europeo y qué tendría que ser. Bruckner, en medio de este berenjenal, se pregunta qué es el cosmopolitismo de verdad, qué implica, qué significa, qué lo distingue de una globalización que arrasa por donde pasa, y concluye que el verdadero cosmopolitismo no es eso que llena la boca de algunos, sino algo difícil, conseguido apenas por una minoría, pero no por ello menos necesario. 

Como dice él mismo, por encima del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, están los derechos del hombre. Sigue: Sí a todas las diferencias, a condición de que se sometan a la universalidad de los principios y las normas y no aleguen su legitimidad para sabotear la idea misma de género humano; sí al romanticismo de las pequeñas sociedades, pero bajo la jurisdicción de la Razón; sí a todas las naciones, pero bajo la égida de una Europa potencialmente supranacional como espacio de razón, de paz y de seguridad.

Uno estará o no estará de acuerdo con lo que dice, pero ahí está la gracia. Un ensayo muy recomendable, en su tiempo y en los tiempos que corren. 

Cinco novelas cortas



La colección Alba Minus, de Alba Editorial, publica Cinco novelas cortas de Antón P. Chéjov, seleccionadas y traducidas por Víctor Gallego Ballestero. A estas alturas del cuento, uno ya sabe que se trata de un libro altamente recomendable, pero a poco que lee uno descubre por qué, porque Chéjov, en cualquiera de estos cinco ejemplos, no defrauda ni un poco así. Lo que sigue es cuestión de gustos. 

A mí me impresionó especialmente Una historia aburrida o La sala número seis, pero, como he dicho, se trata de algo personal, porque los demás relatos son igualmente buenos. ¿Qué más puedo decir? Lo que se dice siempre, y es verdad: qué profundidad psicológica, qué detalles más cuidados, que giros da la historia, qué cambios de perspectiva... y qué narices, que es Chéjov. Así aprende uno a leer y escribir, con los grandes. Muy recomendable. 

Rusia gótica



La editorial Nevsky Prospects (www.nevsky.es) publicó, en 2009, un librito que recogía un selecto grupo de cuentos sobre brujas, fantasmas, licántropos, etcétera, un género romántico de pe a pa. Traducidos por James y Marian Womack, éste fue uno de los primeros libros de la editorial. Leídos por un servidor de ustedes años después, han provocado la sonrisa y el aplauso. 

Dudo que los nombres de Karamzín, Sómov, Baratynski, Lérmontov, Zagoskin o Pogorelski les resulten familiares, si no es por casualidad. Sin embargo, son autores rusos que tuvieron un gran éxito en su día (al menos, en Rusia) y una gran influencia sobre los rusos que sí que conocemos, Pushkin, Tólstoi y compañía. Nevsky reúne varios cuentos de estos autores que son, simplemente, deliciosos. No se trata de saborear un plato exótico, sino de disfrutar, una vez más, con un tipo de relato clásico y magistralmente escrito. Recomiendo este libro con los ojos cerrados.

La murga de los momentos históricos


¿Qué es un momento histórico? Un momento que merece ser anotado en los libros de historia. Se emplea para señalar algo que está pasando ahora que se supone tan importante que los historiadores futuros no podrán dejar de notarlo o anotarlo. La pregunta no es lo que es, sino qué puede ser un momento histórico. 

Un momento histórico en ciernes, y lo sabían.

En ocasiones, algo muy gordo se adivina que será un momento histórico. Por ejemplo, cuando el hombre pisó la Luna o cuando se dejó caer la bomba atómica desde la panza del Enola Gay sobre el Japón. Pero la mayor parte de los momentos históricos pasan desapercibidos para los contemporáneos. Un descubrimiento científico, una obra de arte, un manifiesto político, la creación de una empresa, una decisión económica... que dejarán una huella clara en la historia pasan por nuestro lado que no nos damos ni cuenta. Suelen ser, ahora mismo, insignificantes.

Los contemporáneos somos así, no nos enteramos de nada de lo que nos está pasando y no distinguimos lo esencial e importante del ruido de fondo. En parte, porque carecemos de perspectiva (y no podemos tenerla) y en parte, porque nos deslumbramos con acontecimientos que nos parecen el no da más y que serán la chirigota de nuestros descendientes, si alguna vez se fijan en ellos. Somos carne de anecdotario e inanidad. Pero hay un vicio mucho peor, que es insistir en que tal cosa que hacemos o decimos es (no podría ser, es) un momento histórico. ¿Por qué? ¡Porque lo digo yo!

En Cataluña nos han apabullado con un montón de momentos históricos en los últimos años. Eran tantos los momentos que se proclamaban como históricos que, a decir verdad, uno se preguntaba (y sigue preguntándose) si no serán momentos histéricos. Tanta historia junta no suele darse, la verdad. Ni en los mejores tiempos de Roma se sucedían los momentos históricos a semejante ritmo. Quien haya sufrido esta murga, ya sabe de qué va y tiene dos opciones: sumarse a la histeria (con frustración final) o sumarse al escepticismo (frustrado, de entrada).

El otro día entrevistaron en televisión a uno de los máximos promotores de tantos momentos histórico-histéricos, el señor Mas. Fíjense qué poco hace que ya no manda. Pues fue verlo en televisión y exclamar ¡Qué antiguo todo! Qué pasado de moda. Qué viejo. Qué rancio. Ni historia ni momento histórico ni nada. Bastan pocos meses para que el olvido sepulte tantos pretendidos momentos históricos. Ya me dirán de aquí a unos años si no tengo razón. Si la tengo, ni se acordarán de habérmela discutido y se amagarán tras el olvido, su tabla de salvación. Si no la tengo, ya me daré cuenta solito, no se preocupen, porque la historia se me habrá echado encima.

Por eso, curado de momentos históricos, atiendo a una entrevista que le hacen a un político de izquierdas. Ya saben que la situación política en España está chunga. No ha podido cimentarse el gobierno Picapiedra (de Pedro y Pablo, como gustan llamarse) y de Mariano, mejor no hablar, que sentado en la puerta sin hacer nada, contempla los cadáveres de sus enemigos. Todos barrían para casa y ninguno ha sido capaz de ceder o llegar a un acuerdo para sacar el país adelante. Ésta será una legislatura breve, que habrá sido incapaz de escoger gobierno (cuando acabe, que oficialmente todavía no ha acabado). En junio, regresamos a los colegios electorales, para ver qué sale, y todo parece señalar que saldrá muy parecido. Lo que salga luego en verdad ya lo veremos, porque las encuestas las carga el diablo.

El tipo entrevistado estaba a favor de una cosa que llaman confluencia, me parece, que suena a gripe. Mire, que me ha dado una confluencia... Lo que digo siempre: ¿tanto cuesta hablar claro? La cuestión es que Podemos, Izquierda Unida y una legión de confluencias (si no lo digo mal) podrían unirse y sumando votos o diputados sacar más que el PSOE y quizá, quizá, tener suficiente fuerza como para formar un gobierno de izquierdas. ¡Suerte! Pero ¡ay! Salió a relucir el momento histórico, el momento en que eso ocurrirá (el entrevistado lo da por seguro). ¡Un momento histórico! ¡Otro! Éramos pocos y parió la abuela. Aquí nadie aprende la lección, por lo que se ve.

Éste es un momento histórico, ha dicho el personaje, como cuando juega la Selección Española [de fútbol, de qué, si no], que reúne jugadores de varios equipos, ¿no? Pues nosotros haremos lo mismo con las confluencias. Chachi. Se ha retratado. Nos ha retratado a todos.

De esta respuesta (que podría haber salido de la boca de Mariano, por cierto, cambiando confluencias por otra cosa cualquiera) se extraen varias conclusiones:

1) Un momento histórico es cuando juega la Selección Española (de fútbol).
2) Los jugadores de la Selección Española (de fútbol) son de más de un equipo (de fútbol).
3) Las confluencias son, para entendernos, los jugadores de esos equipos de fútbol llamados por el seleccionador (¿y quién es el seleccionador y quién lo escoge?).
4) El objetivo de la alianza electoral de Podemos, Izquierda Unida y compañía es meter goles a los equipos que no han podido formar parte de la Selección Española (de fútbol).
5) Política es fútbol.
6) El objetivo de la política es meter goles y entretener al público. Ya lo decía Mariano, gran aficionado al balompié y lector de Marca.

Uno se pregunta, finalmente, a quién meterán los goles.

Confeccionando las listas electorales.

Mi hastío por el fútbol y mi escepticismo ante los momentos históricos no contribuye, precisamente, a la serenidad con que he de afrontar los días que faltan hasta que me llamen a las urnas. Nos esperan días muy duros, y tanto da que mis lectores sean de izquierdas, de derechas o incluso futbolistas, que el aviso vale para todos.

¿Quién c... me ha j... por detrás? (Gran Premio de Rusia 2016)


Prototipo ruso de para la Fórmula 1.
(Una primicia de El Cuaderno de Luis)

Vettel, uno de los pilotos de Ferrari, aguantó cinco segundos en carrera, hasta que fue embestido (¡dos veces!) por el bólido de un piloto ruso en el Gran Premio de Rusia, que también es casualidad. Dejó ir por radio lo que está escrito y lo que no, y los gestores de la retransmisión de la carrera llenaron de pitidos lo que el alemán largó por el micrófono. ¡Qué manía más estúpida, la de censurar con pitos el verbo acre y el exabrupto! 

Ferrari quedó lejos de Mercedes-Benz. A poco más de treinta segundos, para ser exactos. Alonso, que metió su McLaren en la sexta posición, ya presume de coche. Ganó Rosberg, quedó segundo Hamilton (que adelantó muchos puestos en carrera) y tercero fue el Ferrari de Ice Man, que no sabemos si estaba serio porque es así (es así) o porque veía que los Mercedes-Benz corren más que los demás, con diferencia (lo que es cierto). El próximo Gran Premio, en Montmeló. 

¿La culpa la tiene el latín o la tienen los jueces?


Leo una noticia de ésas que se publican en un rincón del periódico, en letra pequeña, y me enfado. 

Resulta ser que se ha reunido la XVIII Asamblea de la Cumbre Judicial Iberoamericana, con representantes de los veintitrés países que la forman, entre los que se cuenta España. Ha sido en Asunción, Paraguay, y se han preocupado mucho por una cosa: que poca gente comprende qué dice un juez cuando escribe una sentencia judicial. La delegación española, consciente de este problema, ha presentado una propuesta que dice, poco más o menos, que los jueces han de emplear un lenguaje más directo y comprensible. Si las personas afectadas por la sentencia no entienden lo que dice la sentencia...


Hasta aquí, bien. Estoy de acuerdo. Los jueces y los abogados escriben que da pena. Todos sus esfuerzos se vuelcan en volver incomprensible lo que están diciendo. Si alguno de mis lectores ha vivido la desgracia de tener que enfrentarse a un texto legal, sabe de qué le hablo. Si no lo sabe, busque un formulario de Hacienda, que se expresa con un lenguaje muy similar. Parece como si Hacienda no quisiera que usted pague impuestos, porque pone realmente difícil saber en qué casilla debe ponerse una equis. Los jueces, los abogados, lo mismo.



Los señores de la XVIII Asamblea de la Cumbre Judicial Iberoamericana han aplaudido a rabiar la propuesta española. ¡Bravo! ¡Muy bien! Luego han tomado la única resolución (digo bien, la única) de la asamblea, que consiste en suprimir las expresiones en latín de las sentencias judiciales. Porque ésa ha sido la única medida a la que se ha comprometido la XVIII Asamblea de la Cumbre Judicial Iberoamericana para que el lenguaje jurídico sea más accesible al ciudadano. 

Don Carlos Lesmes, enemigo declarado del latín.

¿Quién ha sido la mente pensante que ha propuesto tal cosa? Don Carlos Lesmes, presidente del Consejo General del Poder Judicial, que ya está impartiendo las órdenes oportunas (e incomprensibles) para que los profesores de la Escuela Judicial y los señores jueces, fiscales, abogados y procuradores (y perdón si me dejo a alguno) no empleen latinajos en sus escritos. ¡Menuda memez!

Les pondré tres frases de una sentencia judicial de hace un año, ésta

Una. En el primer motivo planteado, la parte recurrente, con carácter general, denuncia la incorrecta interpretación del contexto normativo aplicable al caso que realiza la Audiencia, principalmente desde la óptica interpretativa de la preferencia de la interpretación literal que, a su juicio, debe determinar el sentido del proceso interpretativo.

Dos. Al respecto, debe puntualizarse, desde el principio, el carácter instrumental que presenta la interpretación literal de la norma, de forma que no debe valorarse como un fin en si misma considerada, pues la atribución de sentido, objeto del proceso interpretativo, sigue estando en la finalidad y función que informa a la norma.

Tres. Pues bien, en esta línea de interpretación ya trazada, esto es, de la razón tuitiva de la norma y de su alcance imperativo, también hay que resaltar, en sentido contrario a lo alegado por la parte recurrente, que la cuestión planteada no escapa a esta finalidad que informa a la norma.

No veo yo latines por ninguna parte. Y es sólo un ejemplo, de cientos, de miles.

O tempora, o mores...

Esta gente ¿ha leído a Cicerón? No creo. Cicerón habla claro y se entiende todo lo que dice. Con una elegancia y un estilo tal que da gusto leer hasta sus alegaciones en una causa. 

No, señores jueces, no, el latín no tiene la culpa. Son ustedes, que no saben escribir.

Sexo en el metro: cambio de perspectiva


La escena no es apta para menores.

Estos días, los barceloneses andan divertidos unos y escandalizados otros porque se ha dado mucha publicidad a una grabación hecha con un teléfono en un andén de la parada de metro de Liceo. En esa grabación, varón y mujer copulan delante de todo el mundo (iba a decir delante del público) sin manías. Ella, sentada en uno de los bancos, con la espalda apoyada en la pared, las piernas dobladas en alto, y él, con los pantalones bajados, dándole en una postura tal que, de haber resbalado la suela de sus zapatos, se deja los dientes en el asiento. Al fondo se aprecia el común contemplando la escena y no se nos escapa algo muy obvio, que uno se entretuvo filmándolo todo.

Suceden cosas así todos los días, o quizá no. Transportes Metropolitanos de Barcelona dice que revisará las imágenes grabadas en la estación para sancionar a los amantes, después del ruido que ha producido el caso. Hay quien se lleva las manos a la cabeza (qué escándalo), hay quien afirma que ha sido todo un montaje, una especie de performance sexual, y hay quien lo toma a la chirigota. Sí, sí, no son pocas las risas, pero no son menos los que hacen del suceso un drama.

Los más conservadores pueden imaginárselos. La carcunda se ha puesto las botas y ha empleado la artillería contra la señora alcaldesa (como si hubiera sido ella la que pillaron en falta). En el extremo contrario, los mismos que promueven el uso de esponjas marinas para contener las hemorragias menstruales y acabar con la fauna marina cargan contra la hipocresía burguesa porque, dicen, lo que ocurrió en el andén de Liceo es lo más normal del mundo, y lo dicen con una carga de seriedad y convencimiento tal que parece que se alegren de esa transgresión. Se demuestra, una vez más, que los fanáticos, de cualquier bando, son incapaces de sonreír. Pero no sigo por aquí, porque saldría escaldado. Creo que mis lectores tendrán (o deberían tener) el criterio necesario para juzgar por sí mismos.

Por si no saben de qué hablo, un día les cuento lo de la abejita y la flor.

Sin embargo, un comentario en un programa de radio me hizo contemplar el caso desde una perspectiva completamente diferente. Según algunos testigos, contaba un periodista, la mujer que recibió al varón estaba ida, completamente borracha o bajo la influencia de algún estupefaciente. No andaría muy fino el varón, para resolver con tanta urgencia su necesidad, pero si lo dicho es cierto, si la mujer estaba ida y no respondía de sus actos, quizá no estemos ante un caso de exhibicionismo (más o menos censurable), sino que podría ser éste un caso de abusos, incluso una violación. ¡Cómo cambia todo! ¡La historia resulta otra, completamente diferente de arriba abajo!

No sé si fue así, si la mujer sabía o no sabía lo que se hacía o lo que le hacían, si hubo abuso o no lo hubo. No lo sé, insisto, pero esa posibilidad me inquieta. Imaginemos que sea cierta. Allá, delante de todo el mundo, le dieron a una mujer incapaz de defenderse y nadie pulsó el botón de emergencia del andén, nadie llamó a la policía, nadie plantó cara al abusón. Nadie. Se quedaron todos mirando. O haciendo ver que no veían. Alguno jaleó al macho. Eso sí, alguien grabó la cópula y colgaron la película en las redes sociales, porque es lo más guay. A continuación, la carcunda y los que pasan por progres dijeron muchas barbaridades y nos hemos llenado todos la boca de un blablablá insustancial y en el fondo obsceno.

Si ésta es la historia, ¿en qué mundo vivimos? Ésa es la idea que no me quito de la cabeza, pues, aunque no fuera cierta, ¿no podría haber sido posible? Con el corazón en la mano, respondan: ¿Creen que, si se hubiera tratado en verdad de un abuso, hubiera sido diferente? ¿Creen que la gente se hubiera comportado de otra manera? Yo creo que no, lo siento, me apena decirlo. 

Y eso da para una novela, ahora que pienso. ¿Alguien se anima?

¡No tiren al cocinero!


Enrique III de Inglaterra.

Dicen que hoy en día ensalzamos demasiado a los grandes cocineros y que exageramos su importancia. Es posible que así sea, pero hay que notar que nuestra pedantería culinaria ha conocido tiempos mejores.

En 1264, en Kent, se organizó un concurso de tiro al arco en honor del rey Enrique III de Inglaterra. No se sabe cómo ni si fue por accidente, pero una de las flechas tuvo la ocurrencia de clavarse en el cocinero de su majestad y ahí mismo lo mató. A la vista de la muerte del cocinero real, Enrique III ordenó la inmediata ejecución de trescientos arqueros que ahí había, orden que fue inmediatamente obedecida.

Así que, lectores míos, ¡cuidado! ¡No tiren al cocinero!