Es la hora de los lectores



Comienzo a recibir fotografías de mis lectores. ¡Ya tengo el libro!, me dicen, y parecen contentos.

No es para menos. Ha llegado su hora, la de leer, y después de su lectura llegará la sentencia. 

El autor sufre por la sentencia (¡no va a sufrir!), pero también porque su criatura ya ha abandonado el nido. Ya no le pertenece. Bueno, sí, los derechos de autor todavía le pertenecen (lo que queda después de Hacienda, agentes literarios y gastos varios), pero la obra... La obra ya no. La obra ya tiene vida propia. Se pasea por las librerías y se ofrece al primero que pasa, la muy golfa. 

Es una sensación... rara. Supongo que será común en muchos autores. 

Cómo contar manifestantes (a ojo)


Un tema polémico, siempre, es el de contar manifestantes o asistentes a un gran acto público. Existen métodos casi infalibles. Mediante fotografías aéreas in situ y programas informáticos especializados, pueden contarse los manifestantes uno a uno y alcanzar una precisión asombrosa. Lo que ocurre es que, entonces, el resultado provoca más polémica que otra cosa, porque la leyenda del millón es un acto de fe y la razón de los hechos no convence. 

A modo de ejemplo, una misa en Fátima que había reunido cerca de un millón de personas (a decir de los organizadores) no había llegado a sumar ni cincuenta mil, contadas una a una, lo que provocó la airada protesta de los feligreses, que se creían muchos más que 47.981, más menos un 2%. La empresa que contaba manifestantes, por cierto, acabó quebrando porque sus cifras, incontestables, eran constantemente puestas en duda con un ¡No puede ser! ¿No somos un millón? ¡Esto está mal!

En fin... Por eso no es bueno creer lo que nos dicen. Todos mienten.

Si uno quiere ponerse a contar, lo primero que tiene que hacer es calcular la superficie que ocupa una manifestación, en metros cuadrados. Tiene a su favor algún programa de Google que le permite contar distancias y medir la longitud y la anchura de una calle. También, en los tiempos que corren, sobradas fotografías para ver dónde acaba o empieza la manifestación. 

A esos tantos metros cuadrados hay que restar un porcentaje donde los manifestantes no podrán estar: huecos de árboles, entradas a aparcamientos, etcétera. Suele ser alrededor de un 10%, podría llegar a un 20%. Pero eso depende del lugar y ese ajuste mejor hacerlo hacia el final. Esto se hace rápido, es fácil.

Luego, la concentración: ¿cuánta gente hay por metro cuadrado? 

Por regla general:

Si una manifestación se mueve, si la gente camina, nunca podrá superar una concentración de una persona por metro cuadrado. Si camina a paso normal, quizá sea una persona cada tres o cuatro metros cuadrados, como mucho.

Si no se mueve, pero en una fotografía tomada desde arriba en en ángulo de unos 45º pueden verse las piernas de las personas, lo mismo que si caminasen normalmente. Si pueden verse las cinturas de los asistentes, pero no los pies, entonces se mantiene un valor próximo (por debajo) a una persona por metro cuadrado.

De una a dos personas por metro cuadrado estamos en ese punto en que la gente puede moverse sólo un poco, quizá dar un pasito (una por metro), o no puede moverse, porque entonces se tocaría con otra persona (dos por metro).

Tres a cuatro personas por metro cuadrado es apretujamiento. Tres es estar tocándose con todos tus vecinos, lo quieras o no; cuatro es apretarse contra los vecinos, incómodamente, sin casi poder moverse. En un vagón de metro en hora punta se rozan (nunca mejor dicho) las cuatro personas por metro cuadrado. En una manifestación, cuatro personas por metro cuadrado es una cifra peligrosa, si ocupa una gran superficie, pues puede provocar avalanchas, accidentes, desmayos, etc.

Más de cuatro por metro cuadrado es un apretujamiento extremo que implica necesariamente avalanchas. Es muy peligroso.

Instrumento para contar manifestantes, hoy en desuso.

En su día, las cabinas telefónicas iban fantásticamente bien para realizar estos cálculos, pues una cabina de las antiguas media, aproximadamente, un metro cuadrado. A ver cuántos cabían ahí adentro facilitaba el cálculo. A falta de cabinas, tenemos los platos de ducha. El tamaño más habitual es de 80 cm de lado (si es cuadrada) y habrá que hacer números y conversiones. 

Una persona por plato de ducha cuadrada de 80 cm de lado sería una persona y media por metro cuadrado. Sólo pueden moverse un poco (no caminar) sin salir de la ducha. Comprobarán que dos personas en la ducha de 80 cm de lado ya invita a mantener una relación íntima que pueden acabar con la mampara hecha trizas, y se trata de una concentración de tres personas por metro cuadrado.

Ojo. Si uno se sitúa en el centro de la ducha, será uno por unidad de superficie. Si en cada esquina del plato de la ducha se sitúa una persona, también, porque sólo un cuarto de persona estará dentro del plato de ducha y cuatro veces un cuarto es uno. Si la ducha tiene una mampara, no será posible situarse en la esquina y tendrán que colocarse dentro, y entonces comprobarán la diferencia entre uno y cuatro.

Luego está la concentración media y eso es lo más difícil. Porque aquí hay dos personas por metro cuadrado y aquí se puede caminar tranquilamente. La media es una por metro cuadrado, más o menos. El arte del contador será evaluar (gracias a las fotografías, por ejemplo) el peso de cada concentración en relación a la superficie y echar las cuentas. 

Un ejemplo. En el 10% de la manifestación había tres personas por metro cuadrado; en el 40%, digamos que dos por metro cuadrado (o casi); el resto, media persona por metro cuadrado (pues se podía caminar lentamente); eso da 1,35 personas por metro cuadrado. En cambio, la impresión es que había mucha más gente, porque uno presta atención al meollo, no a los alrededores.

Por lo general, no hay que fiarse de la impresión que provoca una muchedumbre, sino apreciar los detalles.

Fácil, difícil, bueno, malo


Fácil, difícil. Bueno, malo. 
Necesitamos que nos lo enseñen otra vez.

En algunos asuntos se confunden las cosas, unas con otras, y luego pasa lo que pasa. Hay quien las confunde a propósito, porque le interesa confundir, y hay quien las confunde porque no se ha parado a pensar o es, simplemente, tonto, sean dichas las cosas por su nombre. Así, por ejemplo, suele confundirse a una nación (conjunto de ciudadanos) con el Estado, al Estado con el gobierno de éste y su administración, al gobierno con el partido e incluso al partido con su líder. En el llamado prusés, estas confusiones están al orden del día y son buscadas y promovidas a propósito.

Así, cualquier observación sobre la corrupción o los recortes en la sanidad pública (por decir algo), que tanto gustan a quienes hoy mandan en Cataluña, se interpreta como un ataque contra la verdadera religión, y se dice España esto o España lo otro cuando lo que quiere decirse es que el gobierno del PP ha hecho tal o cual, que no es lo mismo. Y viceversa: los catalanes tal y cual, y si acaso son cuatro imbéciles que nos mandan, o algún descerebrado suelto, y Santiago cierra España cuando alguien se mete con el PP, que razones para ello no faltan. Por lo tanto, precisión y puntería, por favor. 

Pero, claro, entonces surge la cuestión. Cuando uno sostiene que quiere irse porque está harto del PP, uno responde que sí, que vale, que muy bien, porque uno también está hasta las narices del PP, pero entonces, hijo, ¿por qué no haces algo para que el PP no gane las siguientes elecciones? Porque si te metes en los berenjenales del prusés y del uno a cero, macho, ¿qué conseguirás? Primero, conseguir afianzar al PP (y a los que mandan ahora en Cataluña, también, que son lo mismo) en sus poltronas; segundo, un lío de mil pares de narices, que no traerá más que problemas; tercero, lo que no conseguirás seguro es lo que dices querer, pero irás haciendo daño por el camino. Mal asunto, ¿no?

¿Por qué fracasó el Tripartito? Porque se metieron en camisas de once varas en vez de hacer lo que tendrían que haber hecho: una política social y progresista y acabar con el nacionalpujolismo, y no fomentarlo. ¿Qué hicieron? ¡Consulten las hemerotecas! Desde luego, no demostraron paciencia y savoir faire, porque las cosas bien hechas se hacen despacito y con buena letra, sino que se dedicaron a eso tan catalán de fer volar coloms (echar a volar a las palomas, que equivale a hacer castillos en el aire) y regalaron el gobierno al Govern dels Millors, expertos de la tijera.

Si uno quiere borrar el modelo de política social, económica, etcétera, del PP (que es también el modelo de Juntos por el Sí y la CUP, idéntico), lo que tiene que hacer es hacerlo bien, plantear opciones, gestionarlas con acierto y demostrar que funcionan con bien para todos. 

Oh, sí, ya lo sé, eso es muy difícil... y no nos vemos capaces. ¡Da mucho trabajo! Precisa de personal preparado e inteligente. Es mejor montar un pollo. Eso lo hace cualquiera y es más emocionante. Dejas que unos fanáticos la líen parda y ya lo tienes, el pollo. Vale, bien, monta el pollo, pero luego no te quejes, idiota.

Menos mal que nos queda Portugal. Y la frase sirve como colofón gracioso, pero también como ejemplo. Pregúntense qué pasa en Portugal, averígüenlo y aprendan.

¡En las librerías!


Llegó el día.

La Historia torcida de la Filosofía al completo ya está en las librerías.


En efecto, hoy mismo ha salido a la venta el segundo volumen.

¡Pasen y lean!


Mañana, en las librerías


Damas y caballeros, lectores todos. Mañana, oficialmente, sale a la venta en librerías el segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía.

Además, la editorial ofrece un descuento por la compra de los dos volúmenes. Véase aquí.

Impaciente es poco.


Pasar el cepillo


En los últimos días se han celebrado dos jornadas que merecen ser reseñadas. El sábado pasado fue el Día Internacional de la Esgrima, que celebramos con mucho gusto, y ayer mismo se celebró el principal acto litúrgico de la alt-right catalana, la Diada. Mientras el público celebraba su fe, ocurrió lo inevitable: como en toda liturgia, los celebrantes pasaron el cepillo. Amén.

En toda liturgia, no falta el cepillo.
En el fondo, se trata de eso.

El señor don Artur Mas insistió mucho en este asunto. Si todos y cada uno de los que participaron en la consulta del nouene, decía, pone un poquito, no mucho (sic), con eso ya cubrían la cantidad que le reclama el Tribunal de Cuentas a él y a once cargos públicos más, que es superior a los cinco millones de euros. Eso sale a 445.000 euros per cápita, poco más o menos. Si uno no puede pagar, tendrán que pagarlo los otros, pero entre todos tendrán que devolver esa cantidad de dinero público que se gastó sin permiso. 

Un grupo punk de los años ochenta propuso una solución.
Lamentablemente, ha sido descartada.

La insistencia del señor Mas, que no pedía más que cada familia pusiera cinco euros para la causa (sic, de nuevo), coincide con las cuotas extraordinarias que la Asamblea Nacional de Cataluña y Òmnium Cultural han pasado a sus socios para crear lo que llaman una caja de resistencia. Se trata de un gesto arriesgado porque, según estas mismas organizaciones, y a ellas me remito, la mitad de los asociados inscritos son morosos y no pagan las cuotas casi desde el mismo día en que se apuntaron. 

¡Alto ahí! Esto, en España es lo más normal del mundo. Prácticamente todos los partidos políticos, sindicatos y semejantes tienen un índice de morosidad elevadísimo, tan alto que han tenido que inventarse la figura del simpatizante (que no paga, o paga cuando quiere) para disimular el problema del morro de sus afiliados. No se libra nadie, de este mal endémico. Aquí no íbamos a ser menos que los demás.

La cultura está muy mal, añado.

Justo antes de la Diada, lo recolectado por estas organizaciones para ese fondo judicial, ya sea mediante cuotas o contribuciones voluntarias, dicen que sumaba alrededor de 750.000 euros, cifra que habría que considerar con reserva (hay quien habla de 450.000). Así que, como no llegaba para el gasto, pasaron el cepillo, para ver si la gente ponía un poquito, no mucho y salían los números. Eso hicieron. Ahora mismo, no sé cuánto habrán recaudado en la liturgia de ayer, y eso que la curiosidad me mata, pero mi asombro y maravilla no tiene igual: ¡hubo gente que pagó!

A ver... Que estamos hablando de altos cargos de la antigua CDC, del 3%, del caso Palau, de la red mafiosa catalana per excellence, ladrones no de guante blanco, sino de despacho oficial, una red de clientes, sobornos y extorsiones de la que apenas sabemos un poquito, unas gentes aficionadísimas al dinero ajeno... ¿y les pagamos para que no me tengan que devolver mi dinero? ¡Vamos, hombre!

El caso del señor don Artur Mas es sangrante. En primer lugar, porque era uno de los jefes de la panda. Si conocía sus activades, malo, por cómplice; si no las conocía... Bueno, hay que ser muy tonto para no sospechar siquiera. En fin... Eso, en primer lugar. Es sangrante, en segundo lugar, porque en sus cuatro años y pico como presidente de la Generalidad de Cataluña cobró en sueldos y salarios casi 700.000 euros, dietas aparte, y desde que no es presidente ha cobrado 225.000 euros más (más un despacho en el Paseo de Gracia, un coche oficial, secretaria, etc., a cargo del erario público aparte). No se vayan todavía, que aún hay más.

De aquí a cinco años, cobrará una pensión de casi 90.000 euros al año, más la pensión de jubilación que tenga por lo que hubiera trabajado antes. Durante su presidencia, vivió prácticamente con todos los gastos pagados (es lo habitual, no tendría que escandalizarnos, va con el cargo) y poco antes había heredado de su padre más de dos millones de euros que éste tenía en Liechtenstein, escondidos, y que regularizó ante el fisco cuando le pillaron. Es decir, que pagando su parte de lo exigido por el Tribunal de Cuentas no iba a quedar pobre.

Sé de algunos que no miraron al cielo, pero no dejan de mirar la bolsa.

Éste, éste pide un poquito, no mucho. Éste, que se cepilló las rentas mínimas de inserción, condenando a más de cien mil personas a la miseria más absoluta. Éste, que recortó más de un 10% el presupuesto de la sanidad y la educación públicas mientras subvencionaba a escuelas privadas de alto copete y repartía concesiones sanitarias entre grupos privados afines. Éste, que ha dejado morir a miles de personas sin pagarles las ayudas de la Ley de Dependencia que les debía, y que ha recortado esas ayudas en más de un 20%. Etcétera, no creo que valga la pena proseguir.

Pues, pasan el cepillo para él... y la gente paga. 

Llegados a este punto, es evidente que algo no funciona.

P.S.: Por si preguntan, el acto litúrgico de ayer ocupó una superficie de 165.000 metros cuadrados. El Ayuntamiento de Barcelona y los oficiantes sostienen que se apretujaron seis personas por metro cuadrado, de media (ojo); El País defiende que fueron tres personas por metro cuadrado; la Delegación del Gobierno, poco más de dos y Sociedad Civil Catalana, poco menos de dos. Recuerden, son densidades medias. Escojan la cifra que les parezca más correcta y saquen ustedes la cuenta. Yo ya tengo mi cifra y me parece razonable.

Los primeros lectores



Un amable lector me ha enviado esta fotografía. 

El segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía ya está en las bibliotecas de los lectores más impacientes y este miércoles, en todas las librerías.

Gracias.

Aviso a la población


En el Estado de Florida (EE.UU.), las autoridades se han visto obligadas a publicar el siguiente aviso, que traduzco acto seguido:

Lamentamos tener que insistir en este punto, pero rogamos a las personas que tengan armas de fuego que se abstengan de disparar al huracán.

No es broma.


El Renaixement



He de confesar una debilidad, de muchos conocida: mi afición por el Renacimiento y el Humanismo, su arte y su filosofía. Cuando me pilla un amanecer en Florencia, me da lo mismo cualquier inconveniente si al final puedo embelesarme con los frescos de Santa Maria Novella, con una visita al Bargello o la vista de la cúpula de Brunelleschi desde la ventana de mi alojamiento. Es una Florencia soñada, lo sé, no es del todo real, es un mito. Pero es mi mito, y no me lo toquen.

Por eso descubrí en una librería y adquirí inmediatamente un breve ensayo de Peter Burke, uno de esos brillantes pensadores que alumbran nuestra visión de la historia de la cultura y el pensamiento occidental como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, cuando se ponen. Tienen (merecida) fama sus libros sobre el Renacimiento y El Renaixement es un breve ensayo con treinta años a cuestas que puede considerarse un resumen de sus ideas al respecto. Lo edita y publica, en catalán, Àtic dels Llibres, y ahí lo tienen, en medio de un catálogo de brillantes novelas y ensayos escogidos con cuidado y acierto. De poder hacerlo, los compraría y leería todos, pero el martirio del buen lector es que le falta tiempo para ello.

¿Qué puedo decir de este librito? Quizá señalar cuál es la tesis del autor. El Renacimiento es un mito. Un mito de mistificación: no fue exactamente como nos lo cuentan; un mito de metáfora: sirve para explicar un gran cambio en la cultura y la ideología de Occidente. A partir de ahí, el resto, que es un gozo leer (y más si, como les cuento, el Renacimiento les pone).

Muy recomendable, en serio.

Qué pena, penita, pena


Este verano quedé para cenar con unos amigos de toda la vida, gente que conoces desde que dejaste los pantalones cortos. La jornada se presumía feliz: viejas amistades, aventuras que contar, una comida estupenda, el mar, una terraza fresquita... Regresé a casa con el corazón encogido. No tanto por los estragos que provoca el paso del tiempo (todos tenemos una edad), sino por los estragos que ocasiona la política. En efecto: a algún imbécil se le ocurrió mencionar el prusés y la liamos en un pispás. 

Cierto que el alcohol ayudó. Admito que el punto de vista de un abstemio sobre una discusión de gentes animadas (ejem) por el alcohol es más pesimista de lo habitual, y como un servidor no prueba una gota de alcohol ni en broma... Pero lo que asomó a gritos fue el odio, un odio ideológico e irracional, un enfrentamiento a cara de perro entre ellos y nosotros que me hizo regresar a casa verdaderamente asustado y apenado, sin haber abierto la boca, además. Tuve miedo, ésa es la verdad. ¿Qué os han hecho? In vino veritas, suele decirse, y aunque no fue vino, sino un combinado de ginebra, el resultado puede considerarse equivalente.

Días después, y esta vez sin alcohol de por medio, una conversación informal entre varios conocidos se convirtió en otro monólogo a gritos. Alguien pisó el prusés y con un conocido de carácter normalmente afable y delicado se encendió él solito, vertió por su boca (a gritos) ese caldo bilioso formado por nosotros y ellos, supremacismo, intolerancia e irracionalidad, y me volvió a arruinar el día. Cualquier intento de civilizar el encuentro fue inútil y suerte que llegó la hora de irme, que ahí siguieron chillándose, animándose unos a otros, ellos solitos.

Había vivido episodios parecidos, pero no tan intensos como los de este último mes. Me siento rechazado, extraño, en mi país, y desconfío. Sólo me faltó una sesión parlamentaria que resumo en las malas formas y evidente desequilibrio emocional de la presidenta del Parlamento de Cataluña. Con ver su cara y comprobar su falta de educación (¡en sede parlamentaria!) está todo dicho. Las formas, las formas... Lo de leyes, reglamentos y violaciones de derechos se desprende de manera evidente si observamos sus formas y no creo que haga falta un dictamen técnico para ver que eso no pudo ser bueno.

Pena, pena, mucha pena, no me cabe sentir nada más que pena por lo que nos han hecho.

Dos mejor que uno



A una semana de su aparición en las librerías, Principal de los Libros ofrece un descuento promocional para quien compre los dos volúmenes de la Historia torcida de la Filosofía.

También pueden adquirirse por separado, naturalmente.

Primer volumen, que va de la Grecia clásica a la fundación de las universidades europeas.
Segundo volumen, que va del final de la Edad Media y principio del Renacimiento hasta ahora mismo.

En fin, que se publica la (completa) Historia torcida de la Filosofía ya mismo, como quien dice.

La semana que viene


Pues, sí, se publica la semana que viene.

Aquí me tienen, impaciente.


Vaya... (Gran Premio de Italia 2017)



Para qué engañarnos: los ferraristas nos hemos llevado una decepción en Monza. Este circuito, histórico, es hoy mismo el más rápido del campeonato y los bólidos sobrepasan aquí o allá los 340 km/h, que se dice pronto. Eso beneficia a los motores de Mercedes-Benz, que son ligeramente más potentes que los Ferrari, ahora mismo. Vale, sí, pero en Monza Ferrari suele echar el resto.

Esta vez no lo consiguió. La clasificación para la parrilla fue accidentada por culpa de la lluvia (se alargó horas) y Ferrari, que podría haber resultado beneficiada, quedó en verdad perjudicada. En carrera, no hubo nada que hacer. Mercedes-Benz se quedó con las dos primeras posiciones y Ferrari, con la tercera y la quinta. 

Ahora mismo, Hamilton ha pasado por delante de Vettel en el Campeonato de Pilotos y Mercedes-Benz se afianza en el de Constructores. ¿Quedará así? Eso habrá que verlo.

Turismo, cultura, deporte e idiotas


El origen del éxito de San Sebastián, los baños de mar.

En San Sebastián, Donostia para los amigos, viven del turismo. Es así desde tiempos inmemoriales; es decir, desde hace poco más de un siglo, desde que la gente bien de toda España iba a esta bella ciudad a tomar los baños, eso que ahora decimos ir a la playa. Era un turismo de categoría y eso explica que una parte de la ciudad tenga un aire parisino similar, por ejemplo, al de una parte de la ciudad de Barcelona, porque uno imita lo que le gustaría ser, siempre ha sido así.


Si antes viajaban los que podían, ahora es turista uno cualquiera. ¡Todos somos turistas! Entre el automóvil, los billetes de avión y los hoteles por internet, una mejora de la economía y un largo etcétera, ser turista ya no es un lujo, sino una costumbre extendida. Ciudades como San Sebastián o Barcelona son redescubiertas no ya por esos antiguos caballeros con bigote y damas con sombrilla, sino por mucha gente que quiere, por ejemplo, contemplar la mona de Pascua más grande del mundo (la Sagrada Familia) o comerse unos pinchitos como Dios manda (en el Barrio Viejo de San Sebastián). 

El resultado era previsible: la Sagrada Familia es la meca del espectáculo kitsch y los pinchitos ya no son lo que eran, además de una subida general de precios (de bares y restaurantes, de alquileres, etc.), el inconveniente de la mucha gente en verano y una deshumanización de algunas zonas de la ciudad, que se convierten en una especie de Disneylandia y dejan de ser un barrio de vecinos. Se quiera o no se quiera, el turismo se convierte en la principal fuente de riqueza generada por la ciudad (más de un 13% en Donostia y más de un 16% en Barcelona), o casi, pero también en un problema. (En algunos casos, en un serio problema.)

Gran parte de ese problema tiene su raíz en las políticas seguidas por las administraciones públicas implicadas que, en esencia, no han seguido ninguna política y se echan las culpas las unas a las otras. Fuera de promocionar el turismo, no han previsto lo que podría suceder una vez vinieran los turistas y gran parte de los inconvenientes que genera el turismo tienen que ver con una falta de regulación o previsión de las autoridades. Con el caso de Mallorca bien visible y conocido desde hace muchos años, asombra que nadie haya aprendido nada. Mientras éstas, las autoridades, se encuentran más perdidas que un paraguas, sin saber qué hacer, surge una cosa que ahora llaman turismofobia, que en algunos casos extremos se confunde fácilmente con la fobia a quien no es como yo quiero que sea.

Todos los turistas son unos bastardos, menos yo cuando marcho de vacaciones.

Entre estos últimos grupos está uno llamado Bildu, que fuera antes representante del terrorismo etarra en las cosas de la política y que ha probado suficiente y sobradamente a lo largo de toda su trayectoria su asco fanático por la diferencia de sentimiento u opinión. A esta organización le va la turismofobia (la mala, quiero decir) como al pie un zapato viejo. Porque ¿quién es el turista? ¿No es acaso un tipo de fuera que viene a cambiar nuestra manera de ser? ¡Malditos extranjeros...! ¡Maldito cosmopolitismo...! Así que se han sumado a la idea de otros grupos turismofóbicos (a la CUP barcelonesa, quiero decir, por poner un ejemplo) y han iniciado una campaña de pintadas, amenazas y amedrentramientos contra el turismo, por marcarse méritos. Es la costumbre y lo que les va, aunque no sea civilizado.

Pero la política obliga a proponer medidas políticas y Bildu se ha visto forzada a proponerlas. ¿Cuál ha sido su genial idea? En un folleto del grupo municipal de Bildu en San Sebastián, una especie de diario de ocho páginas que han repartido por docenas, propone una solución que, además, señala muy claramente qué modelo de país tienen en la cabeza.

Para acabar con el turismo, dicen, hay que reducir drásticamente las actividades culturales y deportivas que se llevan a cabo en la ciudad en los meses de verano. Así, con un par. Hay que dejar de subvencionar el Festival de Cine de San Sebastián, su festival de jazz, las reuniones internacionales de niños deportistas... Hay que acabar con la cultura y el deporte subvencionado, así, sin discriminar en absoluto. Dicen que sólo en verano, pero la retirada de subvenciones propuesta va más allá y apunta a una ciudad yerma de propuestas lúdicas, culturales o deportivas importantes durante todo el año. Sólo valdrá el vino y el fútbol. ¿La cultura? ¡Que le den a la cultura! ¡La cultura sólo trae problemas!

Los responsables de esta propuesta sostienen que los turistas, que acuden a la ciudad principalmente por su rica oferta cultural, perdidos los alicientes, perderán el interés y ya no vendrán. Lógico. Serán los donostiarras los que disfrutarán entonces de la ciudad y de su oferta cultural... Calla, que ya no habrá oferta cultural. Vaya, no había pensado en ello. Pero vino sí que habrá, ¿no? Y fútbol. ¡Bah! Entonces, ¿de qué se podrán quejar?

Lo que quizá no hayan pensado tan geniales estrategas es que el turista que acudirá entonces a San Sebastián ya no estará, efectivamente, interesado en la cultura, sino en el vino, como he insinuado, y que hacer de la ciudad un lugar más inculto lo único que conseguirá es, como es evidente, el incremento del turismo de borrachera y la extensión de la estulticia, por no hablar de cómo se verán las calles un domingo por la mañana. 

La desesperación del sabio es que la inteligencia es limitada, pero la tontería, infinita. Qué gran verdad.