La maldición del manuscrito
Pocas cosas hay tan desesperantes como tener que editar el manuscrito de una obra que no es mala, sino malísima, y que no tiene otro remedio que no sea volver a ser escrita por uno que sepa. Pero peor es que no puedas decir que no a ese trabajo, y estás obligado por razones que no vienen a cuento a tener que hacer la comedia y el paripé del lector interesado.
Estos días sufro una de estas lecturas horribles y no conozco pérdida de tiempo más sangrante. Alguna semejante, es cierto, pero pocas tan frustrantes. ¡Con tantas cosas interesantes que tengo entre manos!
No te dará mucho trabajo, me dijo. Ahora ya tengo oficio y no tendrás que corregir casi nada, añadió. Luego se la envías a tu agente y a ver si me la publican, porque el tipo que me publicaba [era un negocio de autopublicación] cerró las oficinas y ahora trabaja desde casa y ya no me fío. Quiero que me publiquen en serio, y como tú estás metido en el ajo...
Socorro.
El palito de las narices
Queridos lectores:
Como verán en este artículo que me ha publicado Metrópoli Abierta, quería hablar de una cosa y he acabado hablando de otra. Porque me gustaría hablar de cosas más amables, o de algunas que no me hicieran llevar las manos a la cabeza. Pero ahí tienen el panorama y ¿qué puedo hacer yo? Escribir El palito de las narices, por ejemplo. Espero que les guste.
¿Quién ha ganado?
En los EE.UU. han estado de elecciones presidenciales, de diputados y más cosas. El 4 de noviembre votan muchas cosas, pero resulta extraño que días después todavía no se sepa quién ha ganado las elecciones a la presidencia del país. Tienen un sistema muy particular, que no me he preocupado mucho de conocer a fondo, pero que parece tener algunos fallos. Lo menos, no es ágil. En las elecciones europeas está todo resuelto en cuestión de horas, si nos ponemos a comparar. En serio, a veces nos quejamos de nuestro sistema electoral de puro vicio.
Otra cuestión es qué pasará con Trump. Ganó antes y esta vez, aunque pierda, se habrá llevado millones y millones de votos. Convendrá analizar cómo se combate contra esa clase de gente que emplea el sistema para reventar el sistema, porque, en cierta manera, nos va la vida en ello.
Que un tipo que miente como respira, que lleva un peinado raro, que no parece muy listo, que rompe todo lo que toca, sea un líder que arrastra tanta gente detrás de sí, se llame Trump o se llame Puigdemont, nos tendría que preocupar.
Menudo susto
Menudo susto, ¿verdad?
Quedar como el culo (con perdón)
El buen soldado
He leído El buen soldado, de Ford Madox Ford, magníficamente traducida por Victoria León e igualmente magníficamente editada por Sexto Piso. Tengo que repetir magnífica otra vez, porque es, indudablemente, una obra magnífica. También he repetido los sufijos -mente... No sé qué me pasa.
El narrador, el señor Dowell, habla de los años que él y su mujer, Florence, coincidieron en un balneario alemán con el matrimonio Ashburnham, Edward y Leonora, en los primeros años del siglo XX. Y año tras año, en las mismas fechas, compartían comidas, excursiones y charlas intranscendentes. Los Dowell procedían de la costa este de los EE.UU. y los Ashburnham, de la campiña inglesa. Todos rentistas, gente de dinero, de esa rancia aristocracia de buena familia. A su manera, aquellas reuniones eran, a decir del señor Dowell, perfectas. La apariencia indolente y perezosa, las formas exquisitas, el lento transcurrir del tiempo, las rutinas perfectamente establecidas y repetidas año tras año... Pero bajo esa apariencia de perfección se desataban terribles sucesos.
A medida que avanza el relato, el narrador, que habla a un hipotético oyente, recuerda los sucesos que arrasaron aquella idílica relación. Va y vuelve constantemente del pasado al presente y en cada viaje el idílico escenario se torna más terrible, más oscuro, más triste. El autor, Ford Madox Ford, quiso titular la obra La historia más triste, pero el editor consideró que, en tiempos de la Gran Guerra, El buen soldado vendería más y quedaría mejor. Y así quedó el título.
El relato es un increíble tejido de episodios sueltos, incluso repetidos, que van descubriendo la cruel y triste realidad de esas cuatro vidas. Bajo la superficie se larvan suicidios, pasiones y locuras, luchas intestinas, amores y odios, que poco a poco irán mostrándose en un juego narrativo que es, simplemente, la obra de un maestro.
Es un novelón. Puede que no para todos los públicos, pero sí para cualquiera que guste de la mejor literatura.













