En Florencia se tiran pedos

Un refrán italiano dice que nunca invites a comer a un florentino, porque acabará lamiéndote el plato. Parece ser que los florentinos tienen fama de hambrientos, de glotones, en todo caso, de insaciables. Peor fama les da otro refrán, que sostiene que los florentinos son unos pedorros. Es decir, perdonen ustedes, que pasan el tiempo echando pedos.

Rebollita all'antica maniera

Unos sostienen que ambos refranes son una respuesta a la soberbia toscana; otros, que es lo normal, pues los florentinos son aficionadísimos a las legumbres, que fermentan en demasía, y a las carnes, que también favorecen las flatulencias, y de ahí lo de pedorros; en cuanto a lamer el plato del anfitrión, si hay hambre, hay hambre, qué le vamos a hacer.

Estos dos refranes nos dan alguna pista sobre el comer en Florencia. Se come mucho y bien. Aunque no falta la pasta (riquísima) y es fácil encontrar una pizza, la cocina toscana va mucho más allá y ofrece platos de primera.

Schiacciatta di porchetta e tartufo

No mentaré el nombre de grandes restaurantes. En cualquier guía de la ciudad le hablarán de la cocina toscana creativa, de bodegas particularmente apreciadas, de platos renacentistas reinventados al gusto moderno... Bah. No es un desprecio, al contrario. Les recomiendo encarecidamente que prueben la cocina de primera de la ciudad, si disponen de fondos suficientes. Pero también les recomiendo explorar las calles.

Rebollita settembrina e farrotto con la zucca

Vayan con cuidado con el menú turístico: acecha a la vuelta de cada esquina. Si uno se despista, acaba indigesto y frustrado. Busquen toscanos sentados en la mesa, da igual si están rodeados de turistas. Observen los puestos ambulantes, las pequeñas charcuterías, los lugares donde preparan platos que se comen de pie o en mesas compartidas. No hagan ascos a los bocadillos, a comer en platos de cartón, a compartir mesa con desconocidos.


La cocina toscana es sencilla. Se asienta en productos de gran calidad, especialmente verduras. Los toscanos sienten mucha afición por la cocina y son capaces de discutir durante horas sobre las virtudes de un calabacín o la textura de unas habichuelas. Cuidan mucho estos productos, como cuidan sus vinos, que son de primera.


Si uno atiende, verá que la comida más sabrosa es la que podríamos llamar comida de pobres, donde abunda la verdura y la carne de segunda o tercera y los despojos. Por ejemplo, los florentinos son aficionadísimos a los callos, que consumen con cuchara (trippa alla fiorentina o en salsa verde) o en bocadillo y la sopa nacional es la rebollita, una sopa de verduras de temporada riquísima, y la mejor receta es la de la abuela.

Da Nerbone, en el Mercato di San Lorenzo

Mencionaré un local, por mencionar uno, el Da Nerbone, en el Mercato di San Lorenzo. Hay bofetadas por uno de sus panini de porchetta o de trippa, o por uno de sus platos de pasta o de sopa. La bollita da Nerbone es la cosa más buena (y picante) que uno pueda meterse en la boca y ha hervido durante horas. Recuerde que come donde comen los carniceros, las verduleras, los charcuteros... del mercado. No espere finesses, pero no comerá nada más bueno.

Bollita Da Nerbone

Dejando aparte la cocina popular, existe una gran tradición chocolatera en Florencia. Los mejores cafés y pastelerías de Florencia ofrecerán al distinguido público dulces de chocolate y frutas confitadas a destajo. Se empieza probando y luego el problema es salir del local sin derramar lágrimas por lo que no ha podido comer uno.

Escaparate de la casa Mingone

Florencia, más cerca del cielo (IV)


Una manera de acercarse al cielo es subir escalón tras escalón hasta lo más alto de la Torre de Arnolfo, el Campanile o el Cupolone. Supone un esfuerzo, lo sé, aunque soy de los que piensa que el resultado merece la pena, en los tres casos. La visita a las alturas, sin embargo, agota el fuelle.

Otra manera de acercarse al cielo es más sutil, pero no menos emocionante. Consiste en comerse un maravilloso helado italiano.

La heladería Carabé es suprema y su producto, delicioso, no se lo pierdan; la Carabé es una de las favoritas de los florentinos, lo que demuestra su buen gusto y discreción. Trabaja con productos de temporada y propone helados y granizados poco habituales para el turista. Pero... ¡qué buenos! Doy fe.

Los florentinos ofrecen muchos helados al peatón. Algunas heladerías no pretenden hacer sombra a nadie y sólo quieren hacer negocio vendiendo helados al turista. Pues la mayoría de éstas ofrecen unos helados que son una maravilla. Pronto se descubre que la tierra natal del turista es incapaz de producir semejante dulce.

Hay muy buenas heladerías. Las guías mencionan la Vivoli, por ejemplo, o la Grom... Los mejores cafés sirven postres helados que provocan gula y placeres intensos. De hecho, la mayor parte de los helados se venden en negocios que se anuncian como Caffè.


Pero un servidor de ustedes pasó por el Mercato Nuovo, se paró delante del escaparate de la Venchi y escuchó una voz que venía del cielo que le llamaba la atención. Al principio, me hice el sueco, pero... En fin... Sería la falta de azúcar, la deshidratación y el cansancio, pero palabra de honor que bajaron legiones de ángeles y me arrebataron del suelo y me llevaron a probar un gelato del Venchi.

¡Madre del Amor Hermoso! ¡Qué cosa más buena!

No imagino el Cielo, el Cielo de verdad, sin una heladería italiana.

En Florencia, más cerca del cielo (III)

La altura protagonista de Florencia es, sin duda, la cúpula de Brunelleschi. Los florentinos la llaman il Cupolone, algo así como el Cupulón. Porque, damas y caballeros, vaya pedazo de cúpula que nos dejó Brunelleschi.


El Cupolone es, a todas luces, una exageración, una cosa desmedida.


Es una estructura de 100 metros de altura interior (medida desde el altar de la catedral) y 114,5 metros de altura exterior (medida desde la calle). Su diámetro exterior es de 45,5 metros; su luz (el diámetro interior) pasa de los 41 metros. Toda ella pesa 37 toneladas y se construyó con cuatro millones de ladrillos especialmente diseñados para la ocasión (basados en el tocho romano) y dispuestos de una manera muy especial, bajo la estricta supervisión de Brunelleschi.


Para maravilla del personal, es una estructura isostática: está diseñada para que ella misma anule los empujes horizontales provocados por el peso de la estructura. De esta manera, el tambor sólo tiene que soportar su peso, ningún empuje lateral, y puede elevarse con elegancia y sin arbotantes. De hecho, son dos cúpulas conectadas y apoyadas entre sí; la interior es más apuntada que la exterior; la interior tiende a desplomarse en dirección contraria al posible desplome de la cúpula exterior, y así se equilibran.

Etcétera, etcétera, etcétera.


Podría hablar muchísimo sobre la cúpula de Brunelleschi, pero prefiero proponer la subida de los 433, o quizás 436, escalones que llevan de la planta de la catedral a la linterna. Cuesta ocho euros la entrada. No hay ascensor, ni aire acondicionado, nada. El camino es estrecho y se va torciendo a un lado a medida que sigue la ascensión.


A la altura del tambor, uno se asoma al interior de la catedral. Hace veinte años, sólo había la barandilla de piedra y la sensación de vértigo, el pánico, era tremebunda. Ahora han puesto un cristal que dificulta los suicidios y permite contemplar el espectáculo con seguridad. Hacia abajo, el vacío; hacia arriba, los frescos con los que Zuccari y Vassari, asociados para la ocasión, pintaron en la cara interior de la cúpula.

Detalle del fresco. Hacia la izquierda, puede verse una de las llamadas grietas estructurales de la cúpula.
In situ, por el autor..

Se trata de la pintura al fresco más grande del mundo, que no la mejor. Representa el juicio final, con Cristo en su Gloria, los santos a un lado y otro y el infierno debajo, lleno de pecadores que sufren las mil y una para disfrute del personal que se lo mira desde el Cielo. Los aventureros que escalan el Cupolone tienen muy lejos el Cielo; pero el Infierno, a tocar de los dedos.


Arriba del todo, el paisaje es... En fin, es el punto más elevado de Florencia y se ve todo lo que se puede ver.

En Florencia, más cerca del cielo (II)


Hay que ver cuánta elegancia reside en el campanario de la catedral de Florencia. El Campanile, así lo llaman, es un diseño de Giotto. Es un edificio bellísimo.


En la taquilla le piden cinco euros y le ofrecen 414 escalones. Uf, la ascensión promete, pero valen la pena todos y cada uno de los escalones. Los florentinos cuentan unas trescientas mil ascensiones por año. (En Cataluña, en cambio, se contarían millones.)

Giotto diseñó una torre con base cuadrada (de casi 14,5 metros de lado) y una altura de unos 110 metros, o más, porque el proyecto original lo coronaba una pirámide, un pincho, de treinta metros de alto. Cuando Giotto se murió, el pincho se fue con él a la tumba. Hoy, la torre mide casi 85 metros y ya está bien así.


El Campanile es singular por muchas razones. En vez de situarse en la parte posterior de la catedral, donde iban entonces los campanarios, Arnolfo di Cambio la colocó delante, en primera fila, dándole protagonismo. Se supone que la cúpula que había proyectado también le movió a ello, porque el campanario pegado a la cúpula no quedaba bien. Pero Arnolfo di Cambio se murió antes siquiera de iniciar las obras del campanario.

Entonces aparece Giotto. Treinta años después de muerto don Arnolfo, en 1334, Giotto di Bondone se pone como maestro albañil a construir los cimientos del edificio. Luego, comenzó a levantarlo. Tres años más tarde, Giotto muere sin ver acabada la obra. Ya van dos. Eso sí, será para siempre il Campanile di Giotto.

Andrea Pisano se hace cargo del proyecto. La peste del 48 se lo lleva por delante, junto a la mitad de los florentinos, y ya van tres. En 1349, Francesco Talenti proseguirá la construcción del campanario y corregirá los problemas de estática y dinámica del diseño original. Reforzará las pilastras sin que se note demasiado, conservando la ligereza original del diseño. Éste sí que verá acabado el edificio.


La ascensión es lenta, escalón a escalón, por lugares estrechos, pero el turista aventurero se ve obsequiado con varias etapas en las que contemplará el mundo a través de esas oberturas tan inmensas que Talenti hizo posible. No se privará del vértigo, porque caminará por encima de una reja que da al piso de abajo... que está muy abajo.


Cuentan los que de esto saben que la torre puede dividirse en cinco niveles, siguiendo los motivos de su decoración. Los dos primeros niveles no tienen ventanas. Toda la torre está adornada con mármol blanco de Carrara, verde de Prato, rosa de Maremma y rojo de Siena, hábilmente combinados entre sí, una maravilla de ver. La mayoría de los medallones y esculturas originales que decoraban el Campanile pueden verse hoy en el Museo dell'Opera del Duomo, uno de los mejores museos de la ciudad.


Tras muchos esfuerzos, uno llega a la terraza de arriba del todo, tocando el cielo de Italia. No les digo nada del paisaje, que es tremendo. Además, el Campanile es la mejor tribuna para contemplar en todo su esplendor la altura más famosa de Florencia y uno de los edificios más asombrosos del mundo, la cúpula de la catedral.


Pero ¿no habíamos dicho que era un campanario? Lo es, lo es, y cuenta con siete grandes campanas, a saber: Il Campanone (1705), de dos metros de diámetro, 2,10 de altura, pesa 5.385 kg y da un La2. La fundió Antonio Petri. La Misericordia (1830), 1,52 metros de diámetro, unos 2.100 kg, da un Do3 y la fundió Carlo Moreni. L'Apostolica (1957), con un diámetro de 1,25 m, 1.200 kg, y da un Re3. La fundió Barigozzi, que también fundió las otras cuatro campanas en 1956: L'Annunziata (diámetro, 1,15 metros, 856,5 kg, Mi3); la Mater Dei (95 cm de diámetro, 481,3 kg, Sol3); L'Assunta (diámetro, 85 cm, 339,6 kg, La3); y L'Immacolata (diámetro, 75 cm, 237,8 kg, Si3).

Puede usted considerarse afortunado si pilla el plenum en el campanario, que es cuando, por alguna razón especial, suenan las siete campanas al unísono. Pero tampoco le hará un feo al sonar de las horas o el ángelus mientras tienen Florencia a sus pies.

En Florencia, más cerca del cielo (I)

La única manera de estar más cerca del cielo es echarse a volar. Como eso no sucede, uno tiene que conformarse con subir por las escaleras a lo más alto.

Hay tres edificios en la ciudad a los que uno puede subir y luego presumir de ello. En la taquilla le dirán que no hay ascensor, le anunciarán unos cuantos cientos de escalones y le dirán que allá se las apañe usted si no puede con ellos. Son la cúpula de la catedral, el campanario, también de la catedral, y la torre del ayuntamiento. Los tres edificios son parte inseparable del paisaje de Florencia.


Comenzaremos por un edificio civil, la torre del ayuntamiento, que unos llaman Palazzo Vecchio (el Viejo Palacio) y otros, Palazzo della Signoria (Palacio de la Señoría, el antiguo gobierno de la República de Florencia). Es a la vez museo (un gran museo) y sede del Ayuntamiento. Fue también residencia de los Medici hasta que se trasladaron al Palazzo Pitti, en el Oltrarno, al otro lado del río.

Cuentan que fue el gran arquitecto Arnolfo di Cambio el que comenzó a construir este palacio-fortaleza en 1299, pero murió antes de ver terminado el edificio. La torre de la que hablamos se conoce como Torre de Arnolfo.


Se eleva hasta los 94 metros sobre el suelo, metro más o menos. Su estructura es muy inteligente, aunque su apariencia sea un tanto desgarbada. No está centrada en el edificio, sino hacia un lado. Se apoya sobre una torre que existía antes justo ahí mismo, la torre de los Foraboschi, llamada también Torre de la Vaca. La Vaca era el nombre de la campana, no piensen ustedes ahora en la señora Foraboschi.


La torre la vemos ahora como algo bonito, pero era (en cierto modo, sigue siendo) un símbolo de poder y está preparada para repeler un asalto de la chusma enardecida. Porque un gobierno republicano como el de la Señoría, con los Quinientos al frente, no está libre de algarabías; y un Medici ejerciendo de tirano, tampoco. Un entendido en asuntos militares señalará por dónde tiraban con la ballesta o los agujeros en el suelo por donde echar piedras o agua hirviendo contra los asaltantes. La estrechez de las escaleras hace que un solo hombre, mejor si grueso, pueda detener a todo un ejército.


A mitad de la torre está l'alberghetto, el hotelito. Es una celda donde se encerraron en su día a presos que convenía mantener presos a toda costa. Allá esperó Savonarola su final y poco antes Cosme II de Medici, su exilio. El reloj es del siglo XVII y sustituye a otro más antiguo. Funciona todavía, y es puntual. Sólo tiene la aguja horaria y una esfera de doce horas. La torre cuenta con tres campanas, enormes, y en lo más alto, con una veleta de tres metros, con el lirio de Florencia y un león rampante. La de ahora es una copia; la original la guardan en el salón de plenos del Ayuntamiento y los visitantes pueden verla visitando el museo.


En la billetería anuncian 222 escalones, pero es una trampa. Porque para iniciar la ascensión hay que subir dos plantas del Palazzo Vecchio, que no son precisamente bajas, y luego plantarse en la entrada de la torre. No serán menos de 400 escalones, contando desde la calle. El esfuerzo vale la pena, especialmente si consigue llegar arriba cuando el tramonto (el anochecer). El espectáculo es bellísimo y si es afortunado puede ver como el silencio se hace añicos bajo el toque de campanas.

Encrucijada


Desproporciones


En broma (quizás en serio) las florentinas dicen que el chico más guapo de Florencia es il Davide (el David). El de Buonarroti, se entiende. Hace veinte años, podían hacérsele fotografías en la Accademia. Hoy, está prohibido. Las imágenes que acompañan a este apunte se han publicado en internet. Lástima.

Pero, aunque no puedan hacerle fotografías, nada les impide quedarse horas contemplando el mármol. Si se fijan en el público, las mujeres prefieren contemplar su espalda (donde el culo) y los varones, verlo cara a cara.

Cuentan que Miguel Ángel trabajó en el David durante dos años y medio, en un bloque de mármol de Carrara que tenía apodo: el Gigante. La escultura tenía que decorar la catedral, pero el jurado que valoró su trabajo... Por cierto, qué jurado. Lo formaban, entre otros, Andrea della Robbia, Piero di Cosimo, Pietro Perugino, Leonardo da Vinci, Sandro Botticelli y Cosimo Rosselli, lo que no está nada, pero que nada, mal.


Cuando los jurados vieron el impresionante David, decía, se quedaron mudos de asombro. Se les fue de la cabeza la idea de colocarlo en la catedral, y pretendieron que todo el pueblo pudiera contemplarlo a discreción, dejándole un puesto de honor en la Logia dei Lanzi. Pero Miguel Ángel, más tozudo que una mula, consiguió otro emplazamiento, justo delante del Palazzo della Signoria, al aire libre. Hace poco más de un siglo, sustituyeron el original por una copia y guardaron esa maravilla en la Accademia, donde continúa recibiendo un millón setecientas mil visitas al año.


Ahora, fíjense en la escultura en sí. David es cabezón, tiene unas manazas tremendas, un sexo pequeñito y no guarda las proporciones debidas entre tronco, cabeza y miembros. Será guapo y forzudo, pero también contrahecho. Algunos críticos de arte intentan justificar a Buonarroti, como si necesitara justificación alguna. Hablan de la perspectiva. Las manazas del David echan por tierra perspectivas y mandangas. Buonarroti esculpió así el David porque le vino en gana, y porque expresaba lo que quería expresar: fuerza. Fuerza.


La cuestión del pene del David, y perdonen ustedes, es un tanto más complicada. La calenturienta imaginación de algunos espectadores requiere un miembro viril enhiesto, enorme, una porra contundente a juego con el caballero. Pero semejante minga, en mármol, no habría durado ni dos días. El mármol es frágil y el pito se habría roto, dice la mecánica. Es tan sencillo como eso. Fíjense en las esculturas clásicas: o tienen la tita pequeñita bien pegada al cuerpo o un trozo de mármol que anuncia que se cayó. Las pollas de Hermes se cayeron, en efecto, y pregunten a los atenienses la que se organizó. Desde entonces, pegaditas al cuerpo y pequeñitas, no fuera a repetirse la historia.

Además, existe una razón estética. En el Renacimiento, no consideraban elegante enseñar la chorra como si fuera una manguera de incendios. Presumían de ella con unas braguetas de las que podríamos hablar mucho, pero los conciertos de flauta sonaban en privado. Así que, Miguel Ángel, por razones a la vez prácticas y estéticas, se conformó con un sexo relativamente pequeño, el detalle escultórico del David más estrictamente clásico de todo el conjunto. Lo demás es novedad, genio y maravilla.


Ahora hablemos de chicas. Una de las más guapas de toda Florencia es Venus, la rubita deliciosa que aparece en La Nascita di Venere, de Boticelli, que hoy puede contemplarse detrás de un cristal blindado y a oscuras en la Galleria degli Uffizi. Lo mismo que ocurría con el David ocurre con esta chica: no pueden hacérsele fotos. Peor todavía, no podemos verle el culo.

Pues la señorita Venus (se casaría con Marte más tarde) aparece en el cuadro bellísima, espectacular. Pero ¡cuidado! Boticelli les está tomando el pelo, incluso ahora mismo.

A propósito, Boticelli no respeta en absoluto las proporciones anatómicas de la bella señorita. El cuello es demasiado largo, la espalda se curva demasiado, el brazo también se alarga más de la cuenta, la diosa se tuerce tanto y aparece tan inclinada hacia un lado que es imposible que guarde el equilibrio y no acabe por tierra. La gracia de todo este asunto es que usted no se había dado cuenta, y que Boticelli quería expresar algo un tanto sublime: que las leyes físicas no tenían poder alguno sobre la diosa del Amor.

Boticelli se había apuntado a los neoplatónicos florentinos y se le nota con este cuadro. Colores claros, protagonismo de la línea, simplicidad y esta refinada desproporción de la diosa que muestra al espectador que la belleza no es física, sino espiritual. Porque la señorita no es como debería de ser, pero sólo nos damos cuenta cuando ya nos ha robado el corazón.

Florencia - Cuaderno de viaje (VIII)



Los carteros florentinos son valientes


Vandalismo en Florencia


Actos de vandalismo en la cúpula de Brunelleschi, in situ.

San Miniato al Monte



Tanto los florentinos como los forasteros se enamoran de esta pequeña iglesia. Se eleva un tanto sobre la ciudad y ofrece un paisaje bellísimo a sus visitantes. También, a los residentes de la zona, porque al lado mismo de San Miniato al Monte hay un cementerio histórico donde reposan los restos de ilustres florentinos: militares heróicos, señores con bigote, doncellas tristes...


Cuentan que Miguel Ángel, ese Miguel Ángel, la consideraba la iglesia más bella de Florencia. Cuando el asedio de 1523, los florentinos instalaron un puesto de artillería justo delante de San Miniato al Monte, y al poco apareció Miguel Ángel y una tropa de voluntarios que cubrieron la iglesia con cestos de tierra, para evitar que algún proyectil enemigo pudiera dañarla.


En los tiempos del emperador romano Decio, ser cristiano era un delito de traición, porque los cristianos se negaban a jurar fidelidad a Roma. Sólo a Dios, decían. Pues, entonces, ustedes mismos, respondían los magistrados romanos. De ahí, los mártires, que fueron centenares.

San Miniato fue el primer mártir de Florencia... y era un turista. Unos dicen que un mercader griego; otros, que Armenio. La cuestión es que, ejerciendo de peregrino, id est, de turista, iba de paso y se quedó en Florencia. Se encerraba en una cueva para rezar y arrepentirse, de donde procede la fama de los hoteles italianos.

Sabio entre los cristianos, un tipo estrafalario entre los hombres de bien, le llegó el turno de ser interrogado por la milicia. Miniato, iracundo, dijo lo que no tenía que haber dicho, que él sólo juraba fidelidad a Dios Padre y que el César era el Anticristo y tal y cual, en vez de dar a César lo que es del César y a Dios, lo que corresponda. Los magistrados romanos se llevaron las manos a la cabeza, pues él solito se había condenado.


Existen dos versiones sobre su martirio. En las dos muere decapitado. En la primera versión, bajaron entonces docenas de ángeles del cielo, tomaron su cuerpo y lo subieron a lo más alto del Mons Fiorentinus, con gran aparato de músicas, cantos y prodigios, donde, a partir de entonces, los cristianos veneraron sus restos. ¡Caramba...!

Pero es la segunda versión la que se da por más creíble en Florencia. Va el verdugo y le arranca la cabeza de un tajo. Va Miniato, toma la cabeza debajo del brazo y se aleja andando del cadalso, para caer unos pasos más allá, que es, sí, lo más alto del Mons Fiorentinus. Se trata de un milagro más razonable.

En el siglo VIII levantaron una capilla en el lugar. La actual iglesia comenzó a levantarse en el siglo XI. Al principio, formaba parte de un monasterio benedictino, pero luego (en el siglo XIV) se la quedaron los clunicienses, que siguen ahí. Sobre quién la pagó y con qué dineros, fue el Arte de la Calimala, el gremio o patronal de los artesanos y comerciantes de lana, poderosísima en Florencia, y muy piadosa (si no había dinero de por medio, naturalmente).


Es una pieza románica excepcional. Su fachada polícroma de mármol es del siglo XI y XII, y Brunelleschi (quién, si no) la modificó y rehizo ligeramente (hoy diríamos que la restauró). En lo más profundo de su cripta, se venera un relicario con los restos de San Miniato. En efecto, Miniato parece pequeño... Pero ¿son los restos auténticos del mártir? No diré ni que sí ni que no, porque no lo sé, pero me da que son reliquias de la remesa carolingia del siglo VIII.


La fachada engaña, véase el dibujo y compárese con las fotografías. En la parte baja, anuncia cinco naves con cinco arcos, pero la iglesia sólo tiene tres naves, la central y dos laterales, como anuncia la parte más alta del frontal. El mármol blanco de Carrara y el serpentino verde de Prato imitan la decoración de la arquitectura clásica romana (el opus reticulatum) tanto en el interior como en el exterior. Un mosaico del siglo XIII en la fachada completa la impresión. Es más que notable que un edificio románico juegue con tanta sabiduría con las estructuras y las formas de la arquitectura clásica, y que mezcle lo cristiano y lo pagano con tanta gracia.


El interior también es singular. La cripta es enorme y el coro y el presbiterio se tienen que elevar sobre la planta. Se accede a ellos a través de dos escalinatas que nacen en las naves laterales. A todas luces, bellísimo e inusual. El ábside es todo un mosaico... Oh, qué mosaico.


El pavimento también es cosa de verse, y algunos frescos y pinturas (los más importantes, de Gaddi). Se conserva un crucifijo milagroso procedente de la iglesia de la Santa Trinità justo donde la reliquia de San Miniato, que está conservada en una capilla diseñada por Michelozzo (siglo XV). En alguna parte está la tumba de un cardenal portugués que sabe Dios qué hace ahí, porque, aparte de Miniato, es el único cuerpo enterrado en la iglesia (en el siglo XV, también).


La caminata vale la pena. El paisaje, también. Es uno de los rincones más bellos de la ciudad.