Malos tiempos para las cosas del leer


Por el autor.

Estos días se ha publicado una encuesta sobre los hábitos culturales de los españoles que pone los pelos de punta en lo que respecta al leer. Les diré.

Un 98% de los españoles compra cuatro o menos libros al año. En detalle, cinco de cada diez españoles nunca (repito, nunca) compra un libro. Dos, casi tres, de cada diez sólo compra uno. El resto, entre dos y cuatro cada año. Sólo un 2% de la población compra cinco o más libros al año.

Una cosa es que lo compren, pero ¿lo leen? Cuatro de cada diez españoles no leen nunca (repito, nunca) y una mayoría apabullante no se acuerdan de lo último que leyeron. En la encuesta no se pregunta si lograron acabarse el libro que compraron, si les gustó, si simplemente lo entendieron...

Creo que no hace falta decir más, ¿verdad?

Artemisia, ¿modelo de Caravaggio?


Uno de los amigos de parranda de Michelangelo Merisi, conocido como el Caravaggio, fue un pintor llamado Orazio Gentilleschi. En 1603 fueron ambos acusados por injuriar a Giovanni Baglione y escribir unas coplillas que se burlaban del pintor Coglione (Cojones), un asunto que trajo mucha cola y que fue el hazmerreír de toda Roma. Gracias a las actas de ese juicio y a otros documentos de la época, sabemos que Orazio y Michelangelo eran más que conocidos.

Cuando Michelangelo Merisi se enfrentó a la capilla Contarelli, en la iglesia de los franceses en Roma, tuvo claro que tenía que pintar tres escenas antes del Jubileo de 1600. Una, la conversión de San Mateo; otra, su martirio; una tercera, San Mateo escribiendo su Evangelio. Las dos primeras escenas estarían a lado y lado del altar. Mirando hacia él, la conversión a la izquierda y el martirio a la derecha; enfrente, la escritura del Evangelio.

Cuando se abrió la capilla en 1600, después de veinticinco años inacabada, faltaba todavía el San Mateo en el altar. Pero las escenas de la conversión y del martirio causaron una profunda sensación entre el público. Caravaggio, hasta entonces sólo conocido por los coleccionistas y diletantes del arte, se convirtió de la mañana a la noche en una celebridad. Saltó a la fama, como dicen ahora, le llovieron los encargos, pintó la capilla Cerasi, etcétera, y eso explica, en parte, por qué tardó entre uno y tres años en entregar el primer San Mateo y el ángel, entre 1601 y 1603.

El cuadro objeto de mis deseos.
Se perdió el 5 de mayo de 1945, en un incendio, en Berlín.

La historia es conocida. La primera versión del cuadro mostraba a un San Mateo en verdad desconcertado. Un angelito bellísimo guiaba su mano, como enseñándole a escribir. Un ángel impertinente, mandón, frente a un evangelista que tenía toda la apariencia de ser analfabeto y simple. (De hecho, Mateo, el evangelista, era recaudador de impuestos y sabía de letras y números, a la fuerza.) El mensaje era claro: el Evangelio nació con la ayuda de Dios, fue obra de la inspiración divina y se escribió bajo supervisión de las potencias celestiales. Hasta aquí, todo correcto y de acuerdo con la Santa Madre Iglesia.

Pero... Es posible que el modelo empleado por Caravaggio fuera un mozo de las cuadras del cardenal del Monte, de nombre (también es casualidad) Matteo, borrachuzo, cabrón, seguramente analfabeto y modelo habitual del pintor, pues aparece en otras obras. Conocido en todo el barrio, la elección del personaje levantó suspicacias entre los sacerdotes del Cabildo de San Luis, porque, en efecto, nada más adecuado que verlo recibir lecciones de una niña impertinente (de una niña, repito) sobre cómo hay que agarrar la pluma para ponerse a escribir. Para los vecinos del barrio, la santa escena tendría todo el aspecto de una caricatura.

En el cuadro, además, San Mateo ofrece la planta del pie al público y puede verse sucia y (me atrevería a decir) pestilente, más propia de un peón o un mozo de cuadras que de un gran evangelista al uso de aquel entonces. Para colmo de males, cuando el sacerdote alzaba la hostia en el momento de la consagración, ésta quedaba a la altura misma de la planta del pie y los sacerdotes del Cabildo de San Luis fueron sumando ultrajes y acabaron rabiosos y furiosos con Caravaggio.

Cuentan que no rompieron y quemaron el cuadro ahí mismo porque Vincenzo Giustiniani, el señor marqués de Bassano, mecenas y amigo de Caravaggio, se interpuso (físicamente) entre el cuadro y los curas. Ofreció una solución al gusto de todos (es decir, a su propio gusto). Compró el cuadro a Caravaggio (si no recuerdo mal, por doscientos escudos, una fortuna en aquel entonces) y Caravaggio, para cumplir con el contrato de la capilla Contarelli, pintó otro San Mateo y el ángel más... más... Digamos que más aceptable. Es el que todavía se puede ver in situ, en Roma. 

Observen la postura forzada del santo y el precario equilibrio del taburete.
El trompazo está asegurado.

Oh, sí, más aceptable, aunque Caravaggio les coló una trampa a los del cabildo. Fíjense el precario equilibrio del santo sobre el taburete. Aparece el ángel, el sabio alza la vista, se asusta, el taburete está la mitad aquí y la mitad allá... Si la escena prosigue un segundo más, ya tenemos a San Mateo por los suelos. El recurso del taburete dota al cuadro de profundidad y convierte al cuadro en una ventana a la realidad, como decía Leonardo da Vinci en su Tratado sobre pintura, que Caravaggio había leído muy atentamente.

El primer San Mateo y el ángel fue mutilado. El marqués se llevó alrededor de un palmo de tela para que hiciera juego con otros tres evangelistas que tenía y así completar la colección. Hoy nos escandaliza, pero esas cosas solían hacerse. Siglos más tarde, el cuadro acabó en Berlín, en la primera mitad del siglo XIX, y el 5 de mayo de 1945 se perdió para siempre en un incendio de la torre antiaérea de Friedrichshain (la Leitturm Friedrichshain), que seguramente fue provocado por un descuido de los soldados rusos que la visitaron y no, como dicen muchas fichas artísticas, a causa de un bombardeo. Sólo se conserva del cuadro una fotografía del catálogo de los Museos de Berlín, en blanco y negro.

Hasta aquí, todo más o menos documentado. Ahora comienza mi (alocada) teoría y mi proposición. Sabemos que Orazio Gentilleschi tenía un par de alas (¿de cisne?) que empleaba para que sus modelos parecieran un ángel, y sabemos que Caravaggio las tomó prestadas más de una vez. Sabemos que Orazio tenía una hija que entonces tenía ocho años, Artemisia, que era muy guapa... ¿Fue Artemisia Gentileschi la modelo de Caravaggio en el primer San Mateo y el ángel? ¿Esa niña impertinente que guía la mano de Matteo es la hija del amigo de Caravaggio? Ésa es mi teoría, ahí la dejo.

¿Fue Artemisia la niña del primer San Mateo y el ángel?
A mí me gustaría mucho que sí, pero...

Si fuera así, cuidado, porque Artemisia Gentilleschi fue luego una gran pintora, grande de verdad, superior a su padre y muy digna sucesora de Caravaggio. El estilo de Artemisia Gentilleschi es propio y personal, como corresponde a los grandes maestros, pero tuvo el valor de manifestarse deudora de las pinturas del de Caravaggio. No lo imita, como suele decirse, sino que se inspira en él, algo muy diferente. Su historia, además, es apasionante. Violada por su pretendiente a los dieciocho años, señalada, a veces perseguida, se abrió paso en un mundo dominado por los varones gracias a su innegable y prodigioso dominio de los pinceles.

Si el ángel del cuadro de Caravaggio fuera la niña Artemisia, la historia sería más bella y más poética, ¿no creen? Nada nos dice que la modelo fuera Artemisia u otra niña cualquiera, nunca sabremos quién fue. ¿Pudo haber sido ella? Sí. ¿Pudo haber sido otra? También. No hay pruebas ni testimonios que nos digan quién fue. Ésa es la verdad y no hay otra.

Pero a mí me da por pensar que fue Artemisia y no sé por qué. Porque me da la real gana, si quieren decirlo así. Porque me parece bien.

Resumen de la situación, en general


Por el autor.

Cosas del escribir y editar


Escribiendo, por el autor.

Mucha gente cree que escribir es fácil. Por lo general, eso cree la gente que no ha escrito nunca. Tampoco hay que confundir la facilidad que uno tiene para escribir con el trabajo de escribir, que no es simplemente escribir y ya está. ¡No sólo de bonitas frases vive el lector! Hay que poner orden y concierto. Hay que borrar, quizá lo más difícil. Hay que enfrentarse a un problema de estructura, escoger los registros adecuados, la mejor forma, plantear riesgos asumibles y reconocer las limitaciones de cada uno. Y escribir, claro, escribir.

Pero pongamos que se hace, que se escribe, y que sale (voilà op!) una novela, un poemario, un ensayo... Uno cree que ahí se acaba todo, que viene un editor, lo lee, le gusta, te paga un adelanto y te lo publica. Luego, a vivir de rentas. Eso es lo que piensa casi todo el mundo. Que escribes tu libro y ya está. ¡Narices! 

Primero, que lo de vivir de rentas ya puede uno sacárselo de la cabeza, que del libro viven las letras, no los escritores. Sobre lo demás, sobre la creencia de que ahí acaba todo... ¡Qué va! El trabajo del editor, si es un buen editor, consiste, básicamente, en poner al escritor al borde de un ataque de nervios, cuestionando todas y cada una de las partes fundamentales de su texto, su forma, su ejecución, su expresión... Hay que ver si el texto resiste o revienta, procurando que resista y no reviente el autor, naturalmente, aunque algunos grandes editores se han hecho famosos merendándose a sus autores crudos o asados. Editar bien es todo un arte y saber lidiar con el editor, otro. 

Si el escritor sobrevive al proceso de edición, la obra tiene posibilidades de tener una cierta coherencia interna y una forma aceptable. Es lo que todos queremos, ¿no? Pero este proceso de prueba y error, de corrección tras corrección y de lucha de titanes (el ego del autor contra el criterio del editor y viceversa) es imprescindible, inevitable y absolutamente necesario. Además, da mucho trabajo y lo que es peor, no hay mucho tiempo para hacerlo. Muchos autores aseguran (en público, pocos; en privado, algunos más) que éste es el trabajo más duro y exigente de todo el proceso de escritura, pero también el más necesario.

Siempre que explico que el trabajo empieza después de haber escrito tu obra, me toman por el pito del sereno. Si fueras un buen escritor, no iban a corregirte tantas cosas, me dicen. Ay... ¡Claro que soy un buen escritor! (¿Qué escritor negaría esta frase? Hasta los malos escritores consideran que ellos escriben bien. ¡Por eso es tan difícil ser un buen editor!) 

Se me ocurre la metáfora del caballo en un ejercicio de doma. El autor es un caballo que tiene cualidades, aunque alguno pasa por burro. El editor es aquel jinete que en el ejercicio de la doma indica al caballo lo que hay que hacer (pero, recordemos, es el caballo quien lo hace). En el mejor caso, el editor propone un paso o un trote; en ocasiones, habrá que recurrir a la fusta, al freno, a las espuelas; algún caso excepcional, pero muy sonado, se ha dado de mordiscos entre autores y editores, literal y literariamente, pero es más el ruido que las nueces en lo que suele ser, excelencias literarias aparte, un choque de burros. Según el caballo y según el jinete, dependiendo del texto sobre el que tengan que cabalgar ambos, puede ser más fácil o más difícil, como es de suponer. No es una buena metáfora, pero sirve para explicar el caso.

Hemingway se las tuvo con su editor una vez y otra. Creo recordar (escribo de memoria y quizá me equivoque) que tuvo que reescribir treinta y siete veces el final de El viejo y el mar. Si no fue El viejo y el mar o no fueron treinta y siete veces, da igual, porque se non è vero, è ben trovato y la idea es ésa. Que quede claro que Hemingway no se suicidó después de un proceso de edición, por mucho que lo insinúen algunos autores recién editados. 

Eduardo Lago cuenta que, cuando escribió Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, pasó por un larguísimo proceso de edición y que la traducción al inglés de Llamadme Brooklyn desembocó en un durísimo editing, que revisó el texto una y mil veces. Cuando le preguntan por el caso, Eduardo Lago habla del mucho trabajo que le cayó encima, muy duro, y en seguida añade qué bien le fue y qué buen provecho sacó de él. 

Aquí me tienen, pues, en esa subterránea labor desconocida por el gran público. Trabajando y esperando. Es lo que hay y no quisiera que fuera diferente.

Los pedetes


El nombre con el que bautizar a la antigua CDC (Convergència para los amigos) trajo mucha cola. De hecho, hasta hace un par de días el nuevo partido (ejem) no ha tenido nombre. 

Ya es mala puntería escoger el nombre ocupado por uno de tus socios de gobierno.
El texto del tuit dice: Pedimos a dirección congresual de la antigua CDC q(ue) informe a los congresistas sobre conflicto nombre Partido Demócrata CAT
No hicieron ni caso y pasó lo que pasó.

Los mismos, mismamente reunidos alrededor de lo mismo para lo mismo no querían el mismo nombre que definía su mismidad y se pusieron a escoger un nuevo nombre para nombrarse a sí mismos, empresa que ocasionó varias situaciones de esperpento y ridículo que pudieron haberse evitado. Porque los publicistas contratados por ellos mismos escogieron dos mierdas de nombre (perdón) que los mismos militantes abuchearon, y luego, a instancias de los mismos, acabaron escogiendo el nombre de un partido que ya existía... Por cierto, de un partido que era el socio de estos mismos en su coalición de gobierno, Juntos por el Sí y por lo mismo, añado.

En Europa ya existe un Partido Demócrata Europeo que Pasqual Maragall ayudó a crear mediante el Partido Catalán Europeo cuando dejó de ser socialista. Está relativamente afianzado en Francia e Italia.

Al final, después de muchos bochornos que disimulan como pueden con malas excusas que sólo engañan a los mismos que creen en lo mismo que ellos mismos quieren que crean, después de todo eso, decía, se ha impuesto que Convergència Democràtica de Catalunya (Convergencia Democrática de Cataluña, por si algún lector es de allende las fronteras de esta casa de locos) se convierta en, ¡atención!, Partido Demócrata Europeo de Cataluña... o Partido Demócrata Europeo Catalán, que es lo mismo, aunque los antiguos convergentes prefieren el sustantivo al adjetivo, porque impone más mentar a Dios que dejarlo al margen. Unos dicen que se escribe PDECAT y otros PEDECAT.

El problema de las similitudes no es exclusivo de la antigua CDC.
El logotipo del PP se parece demasiado al de los demócratas del Parlamento Europeo.

El nombre causa impresión, no me digan que no, aunque está pillado por los pelos, porque ya existen partidos con nombres parecidos. Pero también es un nombre hueco, como su mismidad neoliberal y ensimismada. Lo peor es que el nombre tiene un serio inconveniente. Si los antiguos socios de CDC eran convergentes, los del PEDECAT ¿qué son? 


El diseñador de los antiguos convergentes viaja en Vueling. Seguro.

Ellos mismos se llaman a sí mismos demócratas, pero ¡coño! Se supone que demócratas somos todos y esa apropiación me parece indebida. Si hubieran dicho liberales... ¿No están en el Grupo Liberal Europeo (perdón, en la Alianza de Liberales y Demócratas Europeos, ALDE)? Como Ciudadanos, UPyD y el PNV, ahora que pienso. Además, lo correcto sería decir la verdad, que el PEDECAT es nacionalista y neoliberal, pero lo de nombrar al emperador desnudo en público no es agradable.

Total, en resumen, no le demos más vueltas... Los militantes del PEDECAT serán los pedetes

Seguro.

P.S.: Me dicen que los pedetes (latinajo) forman un género de roedor anomaluromorfo de la familia Pedetidae. Viven en África y suelen llamarse liebres saltadoras, aunque no tengan parentesco con las liebres. 

Un pedete. 
Los antiguos convergentes ya tienen mascota.

Contrariamente a lo que se dice por ahí, no se llaman pedetes porque se tiran pedos, sino porque tienen los pies muy grandes. Que quede constancia de ello.

Tampoco (Gran Premio de Malasia 2017)



Esta vez ha habido novedades, pero no han sido las que Ferrari hubiera querido. Tampoco nos ha ido tan bien como nos hubiera gustado. De hecho, son una advertencia para la Scuderia. Los Red Bull han quedado en primera y segunda posición y el Mercedes-Benz de Rosberg, tercero. Un Ferrari, cuarto. Hay que explicar el tercer puesto de Rosberg, porque tiene mucha miga y no poco dramatismo, algo que se agradece. 

En la salida misma, el Ferrari de Vettel se pasa de frenada o no sé qué demonios hace y ¡pam! El bólido de Rosberg hace un trompo y el Ferrari se rompe, quedando fuera de la carrera sólo empezar. ¡Vamos bien! Rosberg queda el último (¡el último!) y tiene que ir a por todas y al final acaba tercero. ¡No está nada mal! Además, tiene suerte. El otro Mercedes-Benz, el de Hamilton, que le disputa el Campeonato, va y se rompe. El motor revienta y echa llamas y espumarajos, quedando fuera de carrera a catorce vueltas del final, cuando iba primero. ¡Sorpresa! Porque esto es tan raro en Mercedes-Benz... Un poco de teatro no está mal. Los McLaren, los dos, en los puntos. Otra buena noticia.

Breve visita a San Sebastián


Cien años y dos meses después de nacer, mi tía, la última de su generación de Soravilla, nos dejó hace unos días. De ahí mi apresurado y repentino desplazamiento a San Sebastián, una ciudad que guarda algunos recuerdos de mi infancia y de mi familia, lejanos y borrosos, pero siempre presentes. El motivo y el lugar pronosticaban añoranza y melancolía. 


Hacía muchos años que no pisaba la ciudad y la última vez que estuve ahí fue un visto y no visto con un propósito semejante. Fue un llegar de madrugada, pasar pocas horas en un hotel, esperando a ver salir el sol, un correr a un cementerio y un regresar de inmediato a Barcelona, aguijonado por la obligación y la necesidad. En el brevísimo tiempo que tuve para mí, descubrí no recordar prácticamente nada de los lugares que había conocido cuando niño y ese desconcierto me ha perseguido todos estos años. 


Esta vez, tan pronto pisé la estación del ferrocarril, se abrieron las puertas de mi memoria, de los largos viajes en coche-cama, que no se acababan nunca, de las calles por las que paseábamos la familia y yo, de dónde pasábamos las noches, de dónde íbamos a dar de comer a los patos... Aunque la obligación ha marcado esas horas pasadas en San Sebastián, es verdad que he podido disfrutar de algunas horas para mí y mis recuerdos, aunque, dicho así, suena melodramático, y no lo ha sido. Ha sido, quizá, un descubrimiento. 


San Sebastián es una ciudad bellísima, que merece conocerse. Bebe y vive de la cercanía de Francia y ha sido una elegante ciudad de veraneo durante muchísimos años. De ahí el estilo de sus calles y avenidas, de una arquitectura fácilmente reconocible, de ese aire tan particular que tiene la ciudad, en la que no desentonaría tropezar en verano con un señor tocado con un canotier. Se come estupendamente, vaya uno a sumarse a un menú popular, vaya de pinchos por el barrio viejo o se meta en un restaurante de alto copete, que los hay y muy buenos. 


La ciudad me recibió con los brazos abiertos y un cielo brillante y luminoso. Un verano delicioso, un calorcito acariciado por una brisa suave, y eso que ya era otoño. No había prisa. Tuve unas horas por delante para explorar cuatro lugares que recordaba de niño (ahora sí, ahora los recordaba) y pasear lenta y despreocupadamente por la Concha. Feliz o más bien tranquilo. Después de un buen comer en un local anónimo y popular (imposible en Barcelona), partí hacia mis obligaciones familiares, reconfortado por la dulce bienvenida. 

El día siguiente fue muy propio del lugar y quizá también de la situación. Algo más frío y lluvioso. Esa llovizna que ahora cae, ahora no cae, débil, que hace del País Vasco un lugar verde y fértil, de prados y bosques frondosos, pero también melancólico. San Sebastián no se entiende sin esa pátina gris y el brillo de las calles húmedas, los paraguas y los chubasqueros. Por eso, hay que verla también así. Lejos de entristecerme, la disfruté más todavía, el rato que tuve para mí después de las ceremonias, las despedidas y esperando volver a casa. 

Me gustaría mucho volverla a ver, en otras condiciones, que lo merece. Aunque sea por el recuerdo que tengo de ella.

Scaramouche



Tan pronto me apunté a esgrima (ahora hace un poco más de un año) dí con Scaramouche, la novela de Rafael Sabatini (en este caso, traducida por Manuel Pereira Quintero y publicada por la colección de Grandes Clásicos Mondadori, muy bien editada y encuadernada). 

Cartel publicitario de la época, pensado para los cines.

Naturalmente, que no les quepa la menor duda, tenía en la cabeza la magnífica película de 1952, dirigida por George Sidney y protagonizada por Stewart Granger (André-Louis Moreau) y Mel Ferrer (Noel, Marques de Maynes), y me dejo a las señoras (Eleanor Parker y Janet Leigh) porque... ¡A ver! ¡Dejémosnos de historias! Aquí lo que pone al personal es cuando Scaramouche desenvaina la espada y dice aquello de En garde! y se lía parda.

Un clásico arquetípico del cine de aventuras y espadachines, con una escena final en la que Granger y Ferrer cruzan los aceros (muy teatralmente) durante casi siete minutos. Por cierto, que filmando esas escenas Stewart Granger se cayó de un palco y casi se nos mata. Pero ¡todo por Scaramouche! ¡Brillante! La película está cargada de humor y es muy entretenida. Es además, y uno no espera menos, kitsch hasta la médula (¡cómo visten! ¡qué decorados!...). Hombre, no es Shakespeare, pero nadie se lo pide y es un diamante, una joya del Hollywood de verdad. 

La pelea en el teatro entre Granger y Ferrer es el momento culminante de la película y una de las mejores luchas de espadachines de toda la historia del cine. ¡Genial!

¡No nos olvidemos del trabajo de los guionistas! Ronald Millar y George Froeschel pillaron la obra de Sabatini (escrita en 1921) y no vean lo que hicieron con ella. La novela había tenido un gran éxito y ya había sido llevada al cine en 1923, pero ¿quién se acordaba del cine mudo? Millar y Froeschel se leyeron la novela y lograron extraer de ella la esencia. Eso sí, sacaron las tijeras y se llevaron por delante casi todo y reunieron los recortes que quedaron como mejor les pareció. El marqués de La Tour d'Azyr se convirtió en el marqués de Maynes (es un nombre más adecuado para Hollywood) y se cambió la historia toda ella de arriba abajo. 


Si han visto la película, lean la novela sin miedo, porque no sabrán el final, ni la parte del medio ni siquiera el principio. Pero en lo esencial, la película sabe interpretar al personaje protagonista, André-Louis Moreau, y el guión, aunque se parezca al argumento de la novela lo que yo a Stewart Granger, es magnífico.

La novela es una novela que ahora llamarían comercial de género histórico, aunque podría decirse que es un melodrama (lo menos, en una de las tramas principales). Sabatini dijo que era un romance en tiempos de la Revolución. O quizá lo dijera su editor, para vender más. Pero decir todo eso sería faltarle al respeto. Ya es un clásico. Una novela popular clásica, si lo prefieren. Ha sobrevivido al paso de los años con la frente muy alta, algo que no pueden decir muchas otras novelas de su especie.

Primera edición de la novela. 1921.

Scaramouche pertenece a una especie de novelas que fueron extremadamente populares y que están bien escritas, con mucha competencia. No pidan un Proust, pero recuerden a Dumas, a Doyle, Salgari... Sus personajes llegaron para quedarse y ahora hablamos de ellas, las historias, y de ellos, los personajes, con añoranza y nos parecen (deben de ser) alta literatura. Ni punto de comparación con la mierda comercial que se escribe ahora, y perdonen ustedes el exabrupto. 

Los personajes de Sabatini son sólidos y su retrato psicológico es digno de elogio. Sí, pasan por el peaje del melodrama (qué remedio), pero uno no espera menos de ellos. Cuando tienen que cargar con un estereotipo, lo hacen con magistral elegancia y le dan la vuelta a su favor. ¡Qué difícil es hacer eso! La escritura del autor tiene trazas de una gran genialidad y conoce su oficio. Hoy, en cambio, en la prosa comercial la escritura parece un trámite y los personajes son tan absurdamente huecos... En fin, perdonen mis lamentos, pero créanme, Scaramouche es un novelón de los que ya no se escriben (dicho en guasa, pero también dicho en serio).

De hecho, me vienen ganas, ahora mismo, de volver a poner la película y buscar, más tarde, El capitán Blood, de Sabatini. En la película, de 1935, Errol Flynn y Basil Rathbone se enfrentan a espada en la playa... Dicen que al acabar de filmar la escena, todo el equipo, figurantes incluídos, arrancó a aplaudir y vitorear, espontáneamente, tan bien lo hicieron. Qué grandes espadachines.

El duelo entre Flynn y Rathbone.

Los "panzer" con motor a gas (y III)


Las bombonas de gas manufacturado permitían mejores prestaciones que los gasógenos. Por ejemplo, no hacía falta esperar media hora para que arrancase el motor. Pero las bombonas son especialmente vulnerables y uno no se atreve a meterse en un campo de batalla con la bombona a la vista.

Carro Tiger (sin torreta) con las bombonas de gas en los terrenos de una Escuela de Conducción.

Eso explica por qué muchos carros de combate (a gasógeno o que cargaban bombonas) tienen un aspecto tan extraño y desgarbado, porque, en un vano intento de proteger el gasógeno o las bombonas de la metralla, se alzan planchas de blindaje... o de madera. El conjunto en un carro de combate con gasógeno recuerda a una vieja y asmática locomotora. Pero muchos carros que empleaban bombonas de gas en las Escuelas de Conducción prescindieron de tantos adornos.

Las bombonas de gas se empleaban para mover a los carros medios o pesados. Los más habituales, los cazacarros y cañones de asalto, armados o desarmados, ya fueran los Marder sobre el chasis checo del modelo 38 o los StuG III, sobre el chasis de un PzKpfw III. En parte, porque eran más baratos y empleaban chasis de carros ya obsoletos. Pero también hay fotografías de PzKpfw IV G o H con bombonas (unas 25 tm) y del PzKpfw V, Panther (45 tm), ambos carros medios. El más llamativo de todos, el Tiger. 

Un Panther con bombonas de gas.
La fotografía ilustra por sí misma por qué este carro duraría poco en zona de combate.

Es muy importante el empleo de estos carros en las Escuelas de Conducción. Los StuG III y los PzKpfw IV eran los modelos más numerosos en las divisiones acorazadas, seguidos por el Panther. El Panther pretendía sustituir al PzKpfw IV, aunque no pudo ser. Los problemas de su caja de cambios (provocados, en parte, por la falta de materias primas para aleaciones) eran una pesadilla. Se fueron corrigiendo, pero un conductor mal entrenado no hacía nada más que agravar el problema. De ahí que esos Panther con bombonas de gas fueran tan preciados en las Escuelas de Conducción (y paradójicamente, tan raros).


Dos ejemplos de carros pesados Tiger que empleaban motor a gas.
Arriba, en el campo de maniobras de una Escuela de Conducción.
Abajo, en un desfile (nocturno).

El Tiger, el legendario carro pesado alemán, era otra cosa. Sobre todo era complejo. Era una máquina muy cara y muy refinada, reservada para los mejores tanquistas en batallones selectos. Requería muchas horas de formación sacarle todo el provecho a un Tiger y eso explica que hubiera más Tiger con bombonas de gas en las Escuelas de Conducción en Alemania. Eso sí, uno de estos monstruos (65 tm) consumía las bombonas a un ritmo escalofriante. Cuenten que bebía de tres a cinco litros de gasolina por km y hagan los cálculos con el gas.

En los últimos días de la guerra, el ejército nazi empleó los carros de combate de las Escuelas de Conducción como último recurso. Aunque los vehículos con bombonas eran altamente vulnerables al fuego enemigo, se ha documentado el uso de algún Marder, algún StuG III e incluso el de un Panther con motor a gas. Normalmente, cuando el enemigo se arrimaba demasiado a la escuela. Su éxito fue relativo, por no decir la verdad, que el enemigo ni se enteró.

Los "panzer" con motor a gas (II)


Vehículos de una Fahrschule del ejército alemán.
Debajo del gasógeno y las bombonas está un PzKpfw II.

El gasógeno solía instalarse sobre vehículos comerciales o militares sin tantos refinamientos y, como ya he dicho, se instalaron 200.000 gasógenos en Alemania. Los gasógenos más curiosos y desconocidos por el gran público son los que se instalaron en semiorugas y carros de combate del ejército. Son anacrónicos, raros, espectaculares por lo grotesco, y uno se pregunta si eso (la cursiva muestra un deje escéptico), si eso, decía, podía funcionar.

Los principales usuarios de estos vehículos eran las Fahrschulen (Escuelas de Conducción) del ejército, donde le enseñaban a uno a conducir cualquier cosa, de un automóvil a un Königstiger. La falta de gasolina perjudicó mucho el nivel de preparación y entrenamiento de las tropas panzer. En 1943 comenzó a notarse; en 1944 el problema era ya crónico y perjudicó de forma apreciable a la eficacia de las divisiones blindadas alemanas. 

Los vehículos de una Fahrschule. En la fotografía se aprecian a simple vista los chasis de un carro checo modelo 38, un PzKpfw I, un PzKpfw IV con suspensión intercalada (un prototipo experimental), dos PzKpfw III, un semioruga FAMO... De todo, y algún gasógeno.

En las Fahrschulen se empleaban toda clase de cacharros. Eran frecuentes los carros de combate capturados al enemigo (sobre todo, franceses) y los propios, obsoletos. Por razones obvias, el gasógeno sólo podía instalarse en carros de combate ligeros, en su mayoría PzKpfw I, obsoletos incluso antes de la guerra, pero también PzKpfw II, los modelos 35 o 38 checos y una colección de Beutepanzeren (carros capturados), como los R35 o H35 franceses. Adaptados para el adiestramiento y aprendizaje, se denominaban oficialmente así: Fahrschulenpanzerwagen (a lo que añadir modelo y tipo) Holzgas (por funcionar con gasógeno).

Repetimos la fotografía. El refrito con gasógeno.

Algunos de estos cacharros son grotescos. Se construían vehículos ad hoc que imitaban a carros propios. Las fotografías muestran a un PzKpfw I B con la torreta de un PzKpfw III que le viene grande y un gasógeno detrás que forman una especie de monstruo de Frankenstein que, sinceramente lo digo, me gustaría ver funcionar, para ver si es verdad que puede moverse. Otros, a las fotografías de la época me remito, imitan piezas de artillería autopropulsada o cazacarros, con más o menos gracia, y es cosa de verlos haciendo maniobras con el gasógeno a cuestas. Pero ¿se emplearon en combate? 

La 233.ª División de Reserva Acorazada (233. Res.Pz.Div.) fue creada en agosto de 1943 y pasó gran parte de la guerra en Dinamarca, como fuerza de ocupación. En uno de sus batallones de Panzergrenadieren servían no menos de siete SdKfz 251/1 (Ausf. B o C, no lo sé) con gasógeno. El SdKfz 251 era el semioruga blindado que empleaba la infantería de las divisiones acorazadas alemanas. Era, por lo tanto, un vehículo de combate. Es cierto que dos de estos siete (o más) semiorugas provenían de las Escuelas de Conducción, pero el resto fue provisto de gasógenos por los mecánicos de la división. 


Los famosos SdKfz 251/1 Ausf B (o C) Holzgas de la 233.ª División Acorazada.

Una de las principales misiones de esta división fue la de formar cuadros y reclutas de las divisiones acorazadas alemanas, pero hacia el final de la guerra, cuando Hitler echaba mano de todo lo que tenía, se agregó a otras unidades y se convirtió en la Pz. Div. Holstein (febrero de 1945) y de nuevo en la 233.ª Pz. Div. (ya no de reserva, en abril de 1945). Fue enviada al frente y simplemente se desintegró en el proceso. ¿Los semiorugas a gasógeno conocieron el fuego enemigo? No sé yo.

Un soldado americano y unos miembros de la Resistencia en un carro con gasógeno.
Observen las planchas laterales (¿de madera?) para proteger el gasógeno.

En Francia, sí. Existen fotografías de al menos un PzKpfw II (¿modelo G?) capturado por la Resistencia y empleado contra sus antiguos propietarios. El cacharro monta un aparatoso gasógeno en la parte trasera y un puñado de guerrilleros (y un soldado americano) cabalgan sobre él. ¿Se trata de un posado para la fotografía? Sí, pero que la Resistencia empleó esos cacharros contra los alemanes también es sabido. Y que los alemanes los emplearon contra la Resistencia, también. Los testimonios de las tropas aliadas señalan que los alemanes, en su desesperada batalla, emplearon cualquier cosa capaz de funcionar, por muy viejo o estrambótico que fuera. 

Los misteriosos carros de combate con gasógeno de Berlín.
Ésta es la fotografía más nítida del conjunto.

Una serie de fotografías desconcertantes muestran a lo menos tres PzKpfw I Ausf B modificados en las calles de Berlín, hacia el final de la guerra. Llevan un gasógeno Imbert (muy aparatoso) y parecen disfrazados de carro de combate, con un blindaje curvado delante y un cañón en casamata allá en lo alto. Desde luego, uno no se los imagina plantando cara a los carros de combate soviéticos que entraron en Berlín, que se los habrían cepillado en un pispás y con una mano atada a la espalda. ¿Entraron en combate?

El misterio queda (parcialmente) resuelto cuando se descubre que los supuestos cañones no eran más que tubos y todo, el atrezzo de una película. Por lo visto, los chicos de la UFA acudieron a una Fahrschule en busca de ayuda y entre los cineastas y los militares montaron unos cacharros que daban el pego. Pasan por rusos, dijo uno, y la magia del cine hizo el resto. No sé si se llegó a estrenar la película.

Los "panzer" con motor a gas (I)


Esquema de un gasógeno alemán de la Segunda Guerra Mundial.

El gasógeno, por si alguien no lo sabía, es un aparato donde se produce una combustión pobre en oxígeno de un combustible sólido (como carbón, leña, residuos vegetales, etc.). Se genera un gas combustible, con partes significativas de hidrógeno, monóxido de carbono e hidrocarburos, además de toda clase de porquerías. El gas del alumbrado empleado a finales del siglo XIX procede de un proceso de gasificación del carbón y los gasógenos, capaces de generar el gas que puede alimentar el motor de explosión de un automóvil, nacieron en Francia, hacia 1920. Aunque funciona (porque funciona) es sucio e ineficiente, además de voluminoso y engorroso.

Gasógeno empleado para un autobús de línea.
Este mismo aparato se empleó para mover algunos carros de combate.

El mismo aparato de gasógeno en un carro de combate alemán.
El cuerpo es de un PzKpfw I Ausf B  y la torreta, de un PzKpfw III.
Empleado en una Escuela de Conducción del ejército.

El gasógeno se convirtió en uno de los símbolos de la autarquía franquista y la miseria de la postguerra española. Pero España no fue el único país en echar mano del gasógeno en los años cuarenta. La Segunda Guerra Mundial hizo del petróleo algo precioso y naciones neutrales como Brasil o Suecia tuvieron una significativa parte de su parque móvil movida con gasógenos, a falta de nada más. Por supuesto, los países en guerra u ocupados también echaron mano del gasógeno; en toda la Europa ocupada, pero también en el Reino Unido, incluso en los Estados Unidos y Canadá. En Dinamarca (ocupada desde 1940 por la Alemania nazi), el 90% de su parque móvil acabó funcionando con gasógeno. Es el caso más extremo.

Mercedes Benz 170 de 1940 con gasógeno.
Este modelo fue también empleado por el ejército.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Alemania fabricó unos 200.000 gasógenos para ser instalados en automóviles, camiones... y carros de combate, de los que pronto hablaremos. Además, invirtió mucho tiempo y dinero en producir combustibles a partir del carbón. Es famosa la gasolina sintética nazi (quizá hable de ella otro día), pero no lo es tanto el gas generado a partir del carbón. 

El proceso de gasificación a gran escala sirvió para distribuir bombonas de gas que sustituyeron a la gasolina en muchos vehículos civiles y militares. Sea con gasógeno, sea con bombonas, cientos de miles de vehículos alemanes emplearon gas en vez de gasolina. A la fuerza; una de las razones que explica la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial fue su fracaso a la hora de asegurar sus suministros de petróleo: fracasó la rebelión en Irak, fracasó la invasión del Cáucaso, no pudo cruzar el canal de Suez, perdió los campos de petróleo y las refinerías rumanas entre 1943 y 1944.

Un camión militar con capacidad de carga de cinco toneladas (un estándar) que funcionara con gasógeno necesitaba un kg de madera por km, aproximadamente. El gasógeno tenía que arrancarse al menos media hora antes de partir y la potencia que rendía el motor era un 20% inferior a la que hubiera rendido un motor diésel. Esto explica por qué el gasógeno no es apto para una unidad de combate, pero sí quizá para otros usos. Por lo tanto, el gasógeno o las bombonas de gas se dejaron para las labores de apoyo o de baja prioridad, como los camiones de suministros o los vehículos de las tropas de ocupación. 

El Escarabajo a gasógeno, un invento de tiempos de guerra.
Observen el abultamiento del morro.

El mismísimo doctor Porsche trabajó en la instalación de gasógenos en su criatura más famosa, el KdF Wagen (la versión militarizada del Volkswagen) y su derivado, el Kübelwagen (o Kübel, para los amigos). Empleó un gasógeno modelo T230 y lo instaló en una especie de joroba en la parte delantera. ¡Porsche siempre tan original! La mayoría de los gasógenos se instalaban en la parte trasera o, en algunos camiones, justo detrás de la cabina. 

El Kübel Tipo 239 (o 230). 
Observen el abultado morro, donde se esconde el gasógeno.


El Kübelwagen y el Kdf Wagen (versión militar).
Ambos, con el gasógeno T230.

Un Kübel con gasógeno (Tipo 239) modificado como furgoneta.

Raro entre los raros. Un Kdf Wagen con gasógeno T230 sobre un chasis de Kübelwagen.

La silueta del KdF Wagen y del Kübelwagen con gasógeno es más elegante (digámoslo así) y el modelo de Kübel con gasógeno se denominó Tipo 239 (también, tipo 230) Holzbrenner o Holzgas, por eso del gasógeno. Se construyeron... Bien, no se sabe exactamente cuántos se construyeron, pero alguna cifra entre los 300 y los 700, todos juntos. A modo de curiosidad, los primeros Kübel con gasógeno se enviaron... ¡al desierto! Qué cara pondrían las tropas de Rommel cuando vieron llegar unos automóviles que funcionaban con leña en medio del Sáhara. Un poema.

Nueva sede, viejos vicios


La nueva sede convergente antes de ser convergente.

En 1998, la Convergència de Jordi Pujol padre, que fuera presidente de Banca Catalana y de la Generalidad de Cataluña, compró a Enher (hoy Endesa) su sede en la calle Córcega por 625 millones de pesetas, un precio claramente inferior al precio de mercado de aquel entonces. 

Hubo quien dijo que salió tan barata en agradecimiento por el apoyo de CiU a la Ley del Sector Eléctrico, que salió adelante en tiempos de Aznar y consistió en la liberalización y privatización de las empresas eléctricas y la supresión de su carácter de servicio público. Los gobiernos de Pujol apoyaron con entusiasmo desmedido esa ley, doy fe. Pero todo esto de un favor que se paga con otro favor, claro, no pudo demostrarse (y no interesó demasiado demostrarlo).

Luego viene una larga historia de enredos, comisiones, clientelismo, caciquismo y trapicheo, hasta que esa flamante sede fue requerida como garantía por el juez que instruye el caso Palau de la Música, porque CDC se había forrado a base de bien Millet y comisiones mediante, y eso es tan cierto que da vergüenza dudarlo, digan lo que digan al final los tribunales. El cambio de nombre (todavía no consumado) del partido es consecuencia directa de la porquería que comenzamos a descubrir bajo la alfombra.

Salió en los periódicos que CDC se vendió la sede en 2015 por 3,5 millones de euros, en la que ha seguido un año pagando un alquiler. La vendió a un fondo de inversión de Hong Kong, Platinum, que está comprando edificios a destajo en Barcelona. El juez ha exigido a cambio la garantía de otras propiedades inmobiliarias y CDC sigue con su patrimonio vigilado de cerca por los jueces. Ya no tiene la sede embargada (expresión que les jodía mucho) sino varias sedes embargadas (que, no sé por qué, les parece menos grave).

CDC sigue siendo CDC porque lo de PDC no cuela, al existir varias formaciones políticas con ese nombre o muy parecido en España (una de ellas, presente en la coalición Juntos por el Sí, a la que se apuntó CDC, que también es puntería), pero en su nueva sede, en el número 339 de la calle Provenza (Provença, en catalán), tocando al paseo de Sant Joan, ya se lee en la puerta Hola! en un bocadillo, y parece que quien salude sean las siglas del (todavía no autorizado) PDC. La nueva sede del viejo partido tiene unos 2.000 metros cuadrados de oficinas, un tercio de la superficie que ocupaba la sede anterior. También es verdad que el número de diputados de CDC es un tercio de lo que llegó a ser.

Esa bienvenida en la entrada (Hola!) pretende demostrar que el nuevo partido (que de nuevo sólo tiene el nombre) es ahora transparente y abierto. Pero... ¿lo es?

CDC nunca dijo por cuánto vendió su antigua sede a Platinum. De hecho, sabemos la cantidad porque la Guardia Civil encontró el contrato de compra-venta en la caja fuerte del tesorero Viloca (junto con un montón de papeles de esas cositas del 3%, ya saben). ¿Tan secreto era el precio? El partido (CDC, PDC o como se llame) nunca ha dicho por cuánto dinero vendió la sede. Nunca, repito. Transparencia, para los negligés, no para nosotros, es su lema.

En el 339 de la calle Provenza, sede de la nueva sede, había unas oficinas de la Generalidad de Cataluña. Ahí estuvieron la Dirección General de Comercio y la Dirección General de Energía. Ahora se han instalado los nuevos convergentes. La broma es que todo queda en casa, si se confunde la Administración Pública con el partido. ¿Quién compró ese edificio a la Generalidad de Cataluña y cuánto pagó por él? Si eran oficinas de alquiler, ¿de quién eran? Mucho más interesante sería saber cuánto ha pagado por su nueva sede el viejo partido. Porque nunca lo ha dicho y no quiere decirlo. Tal cual. Es un secreto.

Puede que todo haya sido correcto y no haya nada censurable en estas operaciones inmobiliarias, pero ¡dejémosnos de historias! Con el currículum de los convergentes, uno tiende a desconfiar. Es la pura verdad, ¿no? Si además ponen tantísimo empeño en que nadie sepa cuánto dinero han manejado arriba y abajo en su cambio de sede y quién ha hecho negocio con ello, se suman más razones para la sospecha. ¡No me digan que no! Que nos conocemos de toda la vida. Desde que el señor Pujol desplumó a más de 40.000 accionistas de Banca Catalana hasta la última, la denuncia de OHL por la extorsión a la que se vio sometida por el señor Viloca o el caso de Ingensan (ambas, en 2015, ayer mismo), es un no parar de alegrías tresporcientistas. Si resulta que no han hecho nada y son tan abiertos y tan transparentes, ¿a qué viene tanto secreto? 

En fin, que he hecho unas preguntas, pero ¿alguien conoce las respuestas? Que nos las dé, por favor. Si puede ser, oficialmente.

Los premios IgNobel 2016



Cada año, desde hace no sé cuántos, se entregan los premios IgNobel, que pasan por chascarrillo, cuando, en verdad, son muy serios. Como dice el lema de esta iniciativa, sirven primero para reír y luego, para pensar. Improbable Research, la organización que otorga los premios y edita una revista mensual, se dedica a promover la ciencia, aunque no se lo parezca a algunos, y algunos premios IgNobel se han dado a investigaciones muy serias y muy bien hechas, pero, como dicen ellos, ¿quién decide qué es importante y qué no?

Este año, los premios no han defraudado: experimentos con calzoncillos para ratas; un estudio mercadotécnico sobre la personalidad de las piedras; una explicación de por qué los tábanos pican menos a los caballos blancos o por qué las libélulas prefieren posarse en unas lápidas y no en otras en un cementerio húngaro (investigación en la que, por cierto, ha sido galardonado un húngaro que investiga en España, en la Universidad de Gerona); un método diseñado por Volkswagen para engañar a los aparatos encargados de medir las emisiones de un motor de explosión; un experimento sobre el picor; otro sobre la cantidad y calidad de mentirosos; uno más sobre el impacto de las frases huecas y grandilocuentes en Facebook; la experiencia de un biólogo que se disfrazaba de cabra y de otro que se pasaba los días haciéndose pasar por un bicho u otro; una autobiografía de un coleccionista de moscas vivas y muertas en forma de trilogía sueca (¡traducida y publicada al inglés!); y, finalmente, una estimación de cómo afecta a nuestra percepción del mundo agacharse y mirar entre las piernas. ¿Les parece poco?

No quiero despedirme sin señalar que España está de enhorabuena. Tres años seguidos, tres, un premio IgNobel ha caído en España, en 2014, 2015 y 2016. Nuestra ciencia vive maltratada y abandonada, es cierto, pero el ingenio de nuestros investigadores nos hace albergar alguna esperanza.

Para más información:

El enlace oficial de Improbable Research que presenta los ganadores de IgNobel 2016. Con enlaces a las investigaciones originales.

La ceremonia de entrega de los premios IgNobel.

Un enlace a Naukas, un blog muy interesante que dedica un buen espacio a explicar los premios uno a uno. A diferencia de los dos enlaces anteriores, éste se explica en español.

Se alzan las torres


Imagen de postal de cómo quedaría el monstruo.
La torre central está achatada, para que quepa.

Los que vivimos cerca de la Sagrada Familia contemplamos el escailain (pronúnciese, sky line) sabiendo que, en cosa de unos años, el monstruo habrá doblado su altura y se habrá convertido en el más alto de Barcelona. Con eso nos han amenazado este año, y los anteriores, ahora que llega la jornada de las puertas abiertas y las bases de las torres centrales se han asentado. No obstante, hacen trampas. Por lo dicho, emplearán piezas prefabricadas y con tensores metálicos, traicionando al espíritu de Gaudí, que pretendía alzarlas con piedra picada, a la antigua, como era de recibo en las catedrales de antaño. Pero hace ya mucho que la Sagrada Familia ya no es de Gaudí, tranvía mediante.

Esto es lo menos que harán con la isla del Ensanche que tienen enfrente.

Fíjense cómo despistan, desviando la atención hacia lo alto. Porque les interese que la gente no mire hacia lo ancho. Según el proyecto vigente, hay que cortar una calle para que puedan ponerse las escalinatas de la puerta principal del templo y arrasar una isla del Ensanche (la que tiene justo enfrente) para poner una plaza que permita contemplar el templo con cierta perspectiva. ¿Qué harán con toda la gente que vive ahí?