La Mostra, al fin


Tantas entradas sobre Roma y perdonen ustedes. Todo porque un servidor quería ver lo nunca visto: la Mostra sobre Caravaggio de la Scuderia del Quirinale, en Roma. Cualquier excusa es buena para plantarse en Roma, dirán, pero ésta era bonísima e inexcusable.

El lunes a primera hora me presenté en la exposición. Me dejaron entrar media hora antes y salí de ahí pasado y bien pasado el mediodía. Gente, mucha gente, pero ¡qué maravilla! No tengo palabras. Durante años he visto fotografías y más fotografías de estos cuadros. Ni una sola es capaz de hacer justicia a sus colores, ni una sola es capaz de impresionarme tanto.

En la fotografía, la cola que me recibió. Poco después ya estaba dentro, admirándome del Canestro di Frutta... y de todos los demás cuadros.

No me pregunten cuál me gustó más. No sabría decirlo. Todos. A la fuerza, tantas horas pasé contemplándolos. Nunca más volveré a verlos todos juntos.

Aquella tarde me acerqué al Tíber para ver anochecer y cené en la Piazza Navona, dejándome acariciar por el rumor de las fuentes, las campanas de Sant'Agnese y el pasar del tiempo, lento y perezoso, de los instantes perfectos.

No podía ni debía de hacer otra cosa antes de partir de vuelta a casa.

Le Poste Vaticane


Los filatélicos que visitan Roma no pierden la oportunidad de cruzar la frontera y entrar en el estanco de los servicios postales de la Ciudad del Vaticano (Poste Vaticane). Porque el Estado más pequeño del mundo es, qué paradoja, uno de los países con más ajetreo postal del planeta. Editan un montón de sellos (la mayoría, de colección) y envían millones de cartas y postales cada año. Piensen que el ferrocarril del Vaticano (sí, el Vaticano tiene un ferrocarril, han leído bien), el ferrocarril del Vaticano, decía, dedica su línea ferroviaria íntegramente al servicio de correos.

Inquietud


Esta imagen no deja de inquietarme. Será una metáfora, ¡un presagio!, pero no sé de qué. Quizá sólo sean sillas vacias, y eso también sería inquietante, porque no concibo algo así sin poesía de por medio.

La cúpula de San Pedro


Juan Pablo II inauguró hacia 1990 (no recuerdo la fecha) un ascensor para subir cómodamente hasta el tambor de la cúpula de San Pedro en Vaticano, diseñada por Miquelangelo Buonarroti. Se agradece el progreso, pues el tambor está a cien metros del suelo. Cien metros. Parecen pocos, pero es la altura de la nave de la basílica. Recomiendo subir a la cúpula (sin ascensor) y asomarse al interior del templo desde arriba. Es imposible que no se arrugue el ombligo del turista, que no le sobrevenga un vértigo espantoso (y a la vez, dulce). Aunque la cúpula de Brunelleschi en Florencia está mejor construida y es más perfecta en muchos sentidos, su tambor está veinticinco metros por debajo del tambor de San Pedro. El hombre es capaz de hacer maravillas con un poco de ladrillo y argamasa. Lástima que gaste tantos esfuerzos en hacer el bestia.

San Pedro en Vaticano


Vano orgullo. En la nave central de San Pedro, una guía dice (en latín): La catedral de Tal Sitio llega hasta aquí (señal); La basílica de Tal Otro Sitio llega hasta aquí (señal); etc. ¡A ver quién la tiene más grande! Entre los católicos, la más grande es la de San Pedro en Vaticano, y punto final. Así han acabado las palabras de quien predicaba modestia, la de los pajarillos del cielo y los lirios de los campos. Tenerla más grande que los demás nos costó el Protestantismo y un siglo de guerras de religión. Pero antes de entonar el mea culpa, comprobemos que ningún protestante levantó nada igual, y admiremos la maravilla del disegno de Bramante y Miquelangelo. Una vez nos hayamos visto arrebatados por el estupor, la maravilla, incluso por una sensación de soberbia desmedida, a medias fruto de una exaltación estética y de la falta de azúcares (la vida del turista es muy sacrificada), una vez arrebatados, digo, volvamos al mea culpa y comprobaremos cuánto cuesta sentirse culpable de tanta belleza.

El Pantheon (II)


M.AGRIPA ME FECIT, reza la inscripción. Me construyó Marco Agripa.

Estamos en el Pantheon (el Panteón), uno de los edificios más prodigiosos del mundo. Hay que decir que ha perdido mucho. El mármol y el estuco que forraban el edificio volaron hace tiempo, y el bronce y el pan de oro que forraban la cúpula por dentro y por fuera, también. Hasta las puertas del templo se las llevaron, que fueron a parar a San Giovanni Laterano (si no me equivoco, que recito de memoria). Aún así, desnudo, el Pantheon tira para atrás. El diámetro de la cúpula semiesférica es de cuarenta y cinco metros, muy semejante al diámetro del tambor de la cúpula de San Pedro en Vaticano o del tambor de la cúpula de Santa María de las Flores, en Florencia.

El Pantheon fue cristianizado y hoy es templo católico. Yacen bajo el suelo de mármol algunos reyes, pero el más grande de todos es Raffaello di Sanzio, Rafael, otro de los grandes genios de la pintura. No pudieron escoger un sitio mejor.

No sé qué tiene el Pantheon que siempre me emociona. He visto la linterna iluminada de rojo al anochecer, y la he visto azul como el cielo. Y una vez que se apagaron las luces, no las eché en falta.

El Pantheon (I)


El Foro (IV)


El Foro (III)




El Foro (II)


Esto es Roma, o lo que queda de Roma, de la primera Roma que merece tal nombre. Durante siglos fue la cantera de la Ciudad y los papas se hacían con las columnas para levantar iglesias. Pastaron cabras entre las hierbas y ¿quién prestaba atención a las ruinas? Nadie, aunque Roma, la verdadera Roma, seguía viva en Occidente, quizá más viva que nunca. Roma fue Roma porque fue más que la suma de unas piedras. Hasta tal punto que si hoy tenemos Europa, es porque ayer tuvimos Roma. Estas ruinas, rescatadas finalmente del olvido, tendrían que venerarse como un lugar sagrado.

El Foro (I)


El Foro está hecho unos zorros, todo roto y desquiciado. Apenas queda un edificio en pie, del mármol que forraba el Palatino sólo queda el recuerdo y las palestras, los templos, las basílicas, tienen que imaginarse, más que verse. Pero estas piedras que piso son las mismas que pisó Horacio, el poeta, y desde lo alto de aquel muro Cicerón clamó contra Marco Antonio y se condenó a muerte. Allí mataron a César, allí lo incineró el pueblo, y todavía llenan de flores su tumba y lloran los idus de marzo. En este foro se leyó la Eneida por primera vez y corrían los chascarrillos de Cátulo. Ése es el Umbilicus Mundi, el ombligo del mundo, y uno comprueba que todos los caminos llevan a Roma. Vale.

Turistas y viajeros


El turista se pregunta qué aventura le espera a la vuelta de cada esquina. El turista es un tonto ingenuo, mientras que el viajero se las da de listo y va con la boca llena, exclamando: ¡Aventuras, a mí...! Al turista se la dan con queso continuamente, pero forma parte de su condición. Al viajero se la dan con queso lo mismo, pero el muy imbécil todavía se sigue creyendo listo. El turista, en fin, es capaz de emocionarse con una tontería, y en el fondo se trata de eso, no de otra cosa. El viajero no quiere dejarse sorprender. Pues ¿saben qué les digo? Que él se lo pierde.

Hasta debajo de las piedras


El metro de Roma tiene forma de X, con dos líneas, la A y la B, que se cruzan en Termini. Cualquier otra capital europea tiene un mapa del metro mucho más complicado. Pero Roma es Roma, qué le vamos a hacer, y los romanos echan la culpa a las piedras. No les falta razón porque mueves una piedra y ¡zas! surge la historia. Así, sin avisar. Los ingenieros romanos se enfrentan no a una capa freática, sino a múltiples capas históricas, y cada una de ellas reclama ejércitos de arqueólogos y funcionarios de Patrimonio, que detienen las obras a la primera de cambio. Es lo que hay. Sólo un cafre como Mussolini pudo abrir la Via dell'Impero al lado del Foro, arrasando con todo, arqueólogos incluidos. ¡Qué estropicio, por Dios!

Il ponte di Sant'Angelo

Chist, anochece. Ahora toca escuchar.

La capilla Contarelli (III)


Caravaggio pintó cuatro cuadros para la capilla Contarelli. Hacia 1599, La conversión de San Mateo y El martirio de San Mateo. A finales de 1600 recibió el encargo de pintar el cuadro que presidiría el altar, San Mateo y el ángel. Los dos cuadros que pintó con el mismo motivo se datan en 1601 (el mismo año que pintó la capilla Cerasi).

Las instrucciones eran precisas. San Mateo tenía que escribir el Evangelio al dictado de un ángel. Caravaggio volvió a reclamar a Matteo, el borrachín, y lo sentó en una silla savonarola, la misma que aparece en La conversión de San Mateo o La cena de Emaús. Pinto a Matteo tal como era: sucio y simple. Un ángel bellísimo con alas de cisne (me inclino a pensar que la modelo fue una hija de Longhi) guía la mano de Matteo. El ángel, un ángel impertinente, se inmiscuye en la escritura y Matteo aparece como analfabeto (y seguramente lo era). Déjame, que ya me pongo yo, parece que diga.

El cuadro causó el horror del cabildo de San Luis. La planta del pie de Matteo, sucísima, quedaba justo donde la hostia en el momento de la consagración, y los curas se tomaron el cuadro como una burla. Lo descolgaron y quisieron destrozarlo ahí mismo. El marqués de Giustiniani salvó el lienzo in extremis. Se comprometió a conseguir de Caravaggio otro cuadro para el altar a cambio de quedarse él con el primero, para su colección.

El segundo cuadro de San Mateo y el ángel es mucho más convencional. Amaga una broma, sin embargo. Para dar sensación de profundidad, el evangelista se arrodilla sobre un taburete, que hace como que sobresale del cuadro. A poco que nos fijemos, Caravaggio pintó a San Mateo justo antes de darse un tremendo batacazo por causa del ángel, pues el equilibrio del evangelista es poco menos que precario. Las bromas de Caravaggio abundan en sus cuadros romanos.

El primer San Mateo y el ángel fue a parar a Berlín en 1825 como parte de la colección Giustiniani. Sólo conservamos de ella una imagen en blanco y negro.

El 5 de mayo de 1945, un incendio arrasó la torre antiaérea de Friedrichshain, uno de los refugios de los museos berlineses. La lista de obras perdidas para siempre pone los pelos de punta: más de ocho mil piezas consideradas como antigüedades chinas, precolombinas o egipcias, estatuillas, vasos canopos, cerámica, sarcófagos, amuletos, una impresionante colección de vasos griegos, casi tres mil piezas de cristalería de valor excepcional, cuatrocientas de las mejores esculturas y bajorrelieves del Renacimiento, sin contar con los cuatrocientos diecisiete lienzos de la Gemäldegalerie (la Pinacoteca), demasiado grandes o demasiado delicados para ir a parar a las minas de sal donde se refugió el resto de la colección.

De la Pinacoteca se perdieron ciento cincuenta y ocho obras de la Escuela Italiana, entre las que destacan setenta y una pinturas de la colección Solly, diez de la colección Giustiniani y los grandes lienzos de las colecciones de los Lecchi y Hohenzollern. También, ochenta y nueve pinturas holandesas, cincuenta y cuatro flamencas y sesenta y siete pinturas alemanas. Entre éstas, obras de Fra Angelico, Luca Signorelli, Caravaggio, Rubens, Chardin, Zurbarán, Murillo, Reynolds y un larguísimo etcétera que parece que no se acaba nunca.

A decir de muchos, desde el punto de vista de la pérdida de obras de arte figurativas, el desastre de Friedrichshain sólo es comparable con el incendio del Palacio y el Alcázar de Madrid de 1734. Desde el punto de vista museístico, sólo el saqueo de los museos de Bagdad podría superarlo.

Todavía se desconocen las causas del incendio.