El primero de verdad (II)


Hablábamos del primer reloj de pulsera que viajó al espacio exterior. Casi todo el mundo cree que fue el que llevaba Yuri Gagarin en la muñeca, un Sturmanskye con un calibre especial (y, a partir de ese momento, espacial) de 17 rubíes. Pero ya anuncio ahora que no fue ése. 

También hablamos de la bomba atómica, del inicio de la Guerra Fría y de la fabricación de cohetes. Todo eso ¿qué tiene que ver con el reloj que digo? ¡Tranquilos! Poco a poco nos vamos acercando.

Tenemos a un lado la bomba atómica y al otro, un cohete balístico, capaz de transportar una carga considerable en una parábola con un alcance de 100, 200, 1.000 km... Si el cohete fuera más potente, podría llegar a situarse en la órbita terrestre. Desde una órbita ¡podría sobrevolar cualquier parte del planeta! Atención, que si, además, pudiera transportar una carga mayor, podría llevar consigo una bomba atómica y entonces el enemigo no tendría dónde esconderse. 

Dos y dos son cuatro. Los EE.UU. y la Unión Soviética se lanzaron de cabeza a construir bombas atómicas más pequeñas (y más potentes) y cohetes más grandes, capaz de cargar más peso a más distancia.

Son los cohetes los que ahora nos interesan.

Soviéticos y norteamericanos sabían que el espacio era la nueva frontera y todos querían conquistarla y dominarla. Un cohete capaz de poner en órbita una carga importante podría servir para situar en órbita un satelite de comunicaciones o uno que pudiera sobrevolar al enemigo y fotografiarlo a discreción. Además, comenzaron a sumarse muchas y diferentes aplicaciones científicas posibles y entre ellas estaba la de enviar un astronauta al espacio. Si uno era soviético, aviso, no enviaba astronautas al espacio, sino cosmonautas. 

Uno de los signos de la Guerra Fría fue la carrera nuclear, horrible y nefasta amenaza, una locura; pero, inseparable de ella (al menos, al principio), arrancó la carrera espacial, que ha sido y sigue siendo uno de los grandes hitos de la historia de la Humanidad. 

Koriolov, uno de los héroes de la carrera espacial.
Un gran ingeniero.

Los soviéticos, al principio, partían con ventaja. Tenían mejores cohetes que los americanos. El genio detrás de esta ventaja era Serguéi Pávlovich Koroliov, que algunos llaman el Von Braun soviético. Bah, no hay color.

Nació en Ucrania, sufrió las hambrunas, fue purgado por Stalin y pasó seis años en un gulag... Pero, a su muerte, en 1966, había sido mil veces condecorado y considerado héroe. 

En 1930 ya diseñaba cohetes; en 1932 ya había diseñados tres motores de cohete de combustible líquido y un año más tarde volaba el primero de ellos. En 1934, publicó un primer trabajo sobre vuelos estratosféricos. Sus trabajos pronto fueron subvencionados por los militares, naturalmente.

Preso por Stalin, ayudó a diseñar el legendario Ilyushin Il-2.

En 1938 sufrió una purga y fue internado en un gulag. Casi perdió la vida y su salud quedó maltrecha el resto de su vida, pero, todavía preso, participó en el diseño de dos aviones legendarios, el Túpolev Tu-2 y el Ilyushin Il-2. En 1944, se le retiraron todos los cargos y, a las órdenes de los serrvicios secretos, se puso a diseñar cohetes otra vez.

Un cohete R-1 en 1947, la versión rusa del A-4 alemán (V-2). 
El equipo para transportarlo, cargarlo de combustible y dispararlo era una mezcla de camiones y máquinas alemanas, norteamericanas y soviéticas, muy variopinta.

Le tocó estudiar los cohetes V-2 capturados a los alemanes en 1945 y diseñar la copia soviética de este cohete, el R-1. Luego diseñó el R-2, que doblaba en potencia y alcance al alemán. Siguieron el R-3, el R-4, el R-5... Todos con miras a ser empleados por los militares.

Un cohete R-7 iniciando el despegue, como el que puso en órbita al Sputnik o a la perrita Laika.

Pero se inició entonces el Programa Espacial Soviético. En 1953, propuso emplear el R-7 para lanzar un primer satélite artificial en la Academia Rusa de las Ciencias, cuatro años antes que los norteamericanos. Cuando éstos propusieron la idea en el Año Geofísico Internacional (1957), los soviéticos respondieron poniendo en órbita al Sputnik, ese mismo 4 de octubre. Los EE.UU. recibieron el primer gol de la carrera espacial, una inesperada bofetada en toda la cara, y en los meses que siguieron, los cohetes de Koroliov siguieron enviando satélites al espacio, mientras los cohetes de Von Braun se hacían añicos intentándolo.

Y nos vamos acercando a lo del reloj, calma.

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