Ser español cuesta 2.200 euros



La noticia me ha llamado la atención por el titular, que decía (y copio): A cada catalán le cuesta 2.200 euros ser español. Me cago en..., exclamé. ¡Ya han privatizado el Registro Civil! Qué p... manía de privatizarlo todo. Malditos canallas...

Pero, no, no habían privatizado (todavía) el Registro Civil. Eran las palabras del secretario de organización de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), la de las comisiones del Palau, el señor don Josep Rull. Las ha dicho este domingo, cuando ha inaugurado una campaña de propaganda que pretende (cito) convencer a cuatro mil militantes de Convergència de lo mucho que nos conviene tener la caja y la llave de la caja (la caixa i la clau de la caixa, en versión original).

Para los no iniciados en el catalán convergente, no hablaba de La Caixa. De ahí ya tienen la llave. La caixa es una expresión del dialecto botiguer (catalán burgués oriental de clase media o media alta) que ha incorporado CDC a su discurso mediante variaciones semánticas sutiles o no tan sutiles.

Así, en convergente, tener la caja, o la llave de la caja, o ambas cosas a la vez, quiere decir tener una hacienda pública propia, independiente de la española. De hecho, el lema de la campaña que anuncia el señor Rull es Ara hisenda pròpia (Ahora hacienda propia), sin coma, en el original. Los signos de puntuación serán cosa del españolismo, porque interrumpen el discurso.

¡Cómo se nota que CDC nada en la abundancia! Porque me cuesta creer que sea necesario hacer pedagogía (sic) entre los militantes del propio partido y convencer a cuatro mil de ellos de algo que estaba en el programa electoral desde el primer día y que votaron todos a la búlgara, diciendo que sí. Los que acudirán a los actos de la campaña estarán dispuestos a convencerse de lo que haga falta, sea lo que sea, con tal de estar cerquita de las comisiones, por si cae algo. No hacía falta tanta comedia para conseguir su aquiescencia, pero ¡cómo les gusta darse importancia...!

Con el pastón que costará el circo, se nota que en CDC tienen de sobra. ¡Lo que da un 3% bien administrado...!

El señor Rull, decía, argumenta la necesidad de un tesoro público no compartido con el resto de España asegurando que la diferencia entre lo que recaudan las administraciones públicas en Cataluña y lo que gastan luego aquí es de 16.400 millones de euros a favor de esas administraciones públicas. Esos miles de millones divididos entre el total de personas que viven en Cataluña salen a 2.200 euros por cabeza. Ergo, dice el señor Rull, ser español nos cuesta 2.200 euros. C'est voilà!

Es un argumento falaz. Es una mentira.

En primer lugar, porque un catalán paga los mismos impuestos que un gallego, por citar a cualquiera. Paga los mismos impuestos sobre la renta, el patrimonio y el valor añadido de los productos que consume. Las diferencias que existen entre ese hipotético gallego y ese catalán hipotético vienen de los impuestos municipales o de los impuestos que controla la propia Comunidad Autónoma. Es decir, que si un catalán paga más que un gallego por ser español es porque su ayuntamiento le cobra de más. O porque paga un euro más por receta.

Además, señor Rull, es mentira que ser español nos cueste 2.200 euros. Vaya usted sumando, si no me cree: IRPF, IVA, IBI, cánon del agua, tasas en la factura eléctrica, impuestos sobre combustibles, alcohol y tabaco, etc. ¡Eso es mucha pasta! ¡Ojalá ser español me costara sólo 2.200 euros al año! Firmaba ahora mismo.

Pero pongamos que sí, que nos cueste a los catalanes 2.200 euros de más el ser españoles. Aceptemos que eso sea malo, malísimo, y que justifique una independencia fiscal. Apliquemos el mismo método de cálculo y los mismos principios con más detalle.

Examinemos Cataluña provincia a provincia.

Un habitante de las provincias de Lleida, Tarragona o Girona es español y cobra de 1.000 a 2.000 euros por serlo. Los cobra, he dicho. Los recibe, de más. Porque el gasto de la Administración Pública en estas tres provincias es mayor, netamente mayor, que la recaudación. Es mayor en su totalidad o separando las recaudaciones y los gastos según se administren en Madrid o Barcelona. Salen ganando siempre.

En cambio, un habitante del Área Metropolitana de Barcelona paga muchísimos más impuestos, casi el doble, que cualquier otro catalán. ¿Y qué recibe a cambio?

Lo diré de otra manera. El 75% de los catalanes viven en la provincia de Barcelona y generan un 80% de la riqueza del país. En cambio, los gastos de la Generalidad de Cataluña en la provincia de Barcelona no superan el 54% del total. Contando que tres de cada cuatro euros en gasto público en Cataluña los administra directamente la Generalidad...

Por lo tanto, señor Rull, si cree que esos 2.200 euros por catalán son tan injustos, tendría que ser consecuente y exigir que los habitantes de Barcelona paguen muchos menos impuestos, o que la Generalidad de Cataluña abandone las inversiones improductivas en Tarragona, Lleida o Girona y gaste al menos el 80% de su presupuesto en Barcelona. Eso, señor Rull, pueden hacerlo ahora mismo, sin más dilación, y dar ejemplo de lo que usted predica. Si está en lo cierto, será para beneficio de todos, y no de unos cuantos. Si funciona con Barcelona, funcionará con Cataluña. ¡Adelante! ¡Ánimos!

Así, pues, ¡abajo el déficit de Barcelona! ¡Basta de pagarles la fiesta a esos gerundenses, leridanos y tarraconenses! ¡Se acabó vivir del cuento! ¡Fuera esas subvenciones agrícolas! ¡Las carreteras, para Barcelona! ¡El dinero, de quien lo gana! ¡Que trabajen de una vez! Además, que reformen la Ley Electoral de una puñetera vez, que da vergüenza. Consigan que el voto de un barcelonés valga lo mismo que el voto de uno de esos provincianos vividores.

¿A que no hay cojones, señor Rull? ¿A que no?

P.S.: La ilustración es el logotipo de la campaña. ¿Quién y cuánto cobró por él?

Del rumor a la noticia (Barcelona Activa)



Finalmente, los munícipes de Barcelono han dado la cara y han dicho que, sin las ayudas del Servei d'Ocupació de Catalunya (SOC), Barcelona Activa tiene que reestructurarse. Han empleado este verbo, reestructurarse, que es la forma reflexiva de reestructurar, o modificar la estructura de algo. El SOC depende del Gobierno de la Generalidad de Cataluña, es la oficina de empleo catalana, y destinaba 22,6 millones de euros al año a programas de ocupación en Barcelona. Al suspenderse estas ayudas, el presupuesto de Barcelona Activa queda en 27 millones de euros. Del nuevo presupuesto, confirman los responsables del Ayuntamiento de Barcelona, sólo 7,8 millones se destinarán a la promoción de empleo y la ocupación. Menos de una tercera parte de lo que se destinaba el año pasado.

Recordemos que hace poco Barcelona Activa se reestructuró (ésta vez, sí) y dobló, más que dobló, el número de altos cargos. Ya lo conté, en una entrada llamada Rumor y pesadumbre. Como bien señaló un lector, tendría que haberse llamado Rumor y podredumbre. Desgraciadamente, sólo resta la pesadumbre... y como dije hace pocos días, ahora hay tres nuevos cargos de confianza (sic) en la alta dirección y un total de trece nuevas direcciones operativas. Una repentina inflación de cargos, inexplicable. Con la noticia en la mano, realmente inexplicable.

Inexplicable, sí, porque en enero de 2012 Barcelona Activa perderá 55 trabajadores, los que se encargaban de la promoción del empleo y la ocupación en Barcelona con los fondos del SOC. Antes, sin embargo, ¡tendrá 15 nuevos cargos directivos! ¡Caramba!

Como muchos entes públicos estos últimos tiempos, Barcelona Activa engorda por arriba y adelgaza, casi se deshace, por abajo. ¿Sobran directivos? Tranquilos, que ponemos más y más inútiles. ¿Que faltan empleados públicos para cubrir el servicio? Tranquilos: los echaremos a la calle, bajaremos el sueldo a los que queden y privatizaremos su trabajo, para que los directivos puedan preparar los contratos para las empresas privadas que harán lo mismo peor y mucho más caro (ya saben, en lo privado manda el beneficio, no el servicio). Además, así se ganan las comisiones que darán para la suite del Hotel Palace de don José Antonio, por ejemplo, por citar un gasto anecdótico, una gota del océano de latrocinio y corrupción que nos ahoga.

Ésta ha sido y ésta es la tónica de la gestión de la Administración Pública de CiU, en el Gobierno de la Generalidad de Cataluña y en los ayuntamientos. ¿Que los demás partidos también...? Sí, también; pero esto es lo que lleva haciendo CiU desde que llegó, intensamente, con ansia y frenesí, en todo lo público, y especialmente en sanidad, educación, servicios sociales... Quien no quiera verlo, que no lo vea.

Pero hablábamos de Barcelona Activa.

Más de 100.000 ciudadanos de Barcelona están en paro. Cuando le preguntaron a la señora Sònia Recasens, la segunda teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona y responsable final de la política laboral del municipio, si era razonable reducir los programas de ocupación y promoción de empleo de Barcelona Activa con tanto paro alrededor, la señora respondió: No queremos que nos definan los programas desde el Gobierno central o la Generalitat, queremos diseñar nuestras prioridades. Señalo que las prioridades no se diseñan, pero lo que añadió a continuación irrita al más calmado. Con un cinismo que sólo puedo atribuir a una maldad asquerosa o a la más solemne estupidez, la señora Recasens dijo de los 55 trabajadores que perderán su empleo en Barcelona Activa que no es misión del ayuntamiento una política (cito) de beneficencia y asistencialista, que promueva contratos laborales de seis meses para crear puestos temporales en la Administración. Lo de beneficencia y asistencialista es de juzgado de guardia, pero luego se superó y añadió que aquí no pasa nada, porque, vuelvo a citar, estoy convencida de las bondades del mercado laboral. ¡Será hija de p...!

Las prioridades diseñadas por la señora Recasens y los de su calaña son, a saber: promoción económica de las empresas (subvenciones a los empresarios); más colaboración con el sector privado (privatización); menos programas de formación para personas en paro (ya se apañarán); menos ayudas a las personas en riesgo de exclusión social (ya se apañarán); menos ayuda a la formación, orientación y acompañamiento de trabajadores que forman su propia empresa (ya se apañarán); y para contener el gasto, más cargos directivos y menos empleados públicos (razonable, ¿no?).

Desde 1986, Barcelona Activa se ha mostrado como uno de los entes públicos más eficientes en la lucha por una economía productiva y un trabajo de calidad. Ha formado desde entonces hasta ahora a más de 100.000 personas que han creado su propia empresa o que han reconducido su actividad laboral y su caso se pone (se ponía) como ejemplo en muchas administraciones públicas europeas.

Pero ya lo dice la señora Recasens, que aquí nadie nos dice cómo tenemos que hacerlo y si uno es pobre y no tiene trabajo, por algo será. Fíjense en ella, una perfecta cretina y teniente de alcalde. Pues, que le den, que le den y que le duela.

El «conseller» y la bomba de calor

Es una historia verídica, que conozco de primera mano, pero tengo que censurar algunas de las partes para evitar comprometer a determinadas personas y entidades. Sin embargo, aunque los protagonistas acaben siendo anónimos, la historia no se resiente por ello.

Comenzó todo el día que las oficinas centrales de un Departamento (Consejería) de la Generalidad de Cataluña ocuparon lo que había sido un almacén industrial en el centro de Barcelona. Se gastaron un pastón arreglando el edificio de arriba abajo, pero sólo consiguieron un ambiente opresivo para los empleados públicos. Las razones eran evidentes: los techos eran tan bajos que incumplían la normativa de seguridad e higiene en el trabajo; si uno levantaba los brazos tocaba el techo; prácticamente no había iluminación natural, ni directa ni indirecta; la iluminación artificial era deficiente; el sistema de calefacción parecía el túnel de secado de un lavacoches; el sistema de aire acondicionado tenía dos posiciones, congelado o asado; la ventilación era ruidosa e ineficiente... Las bombas de calor se apiñaban en el techo, en perfecto desorden, se descacharraban solas, gastaban lo propio y más y no servían para nada más que para gastar electricidad. Una maravilla.

El conseller, que era un recién llegado, ocupó el ático y lo reformó a base de bien. Espacios amplios, bien amueblados con madera y cuero, amplios ventanales, una terraza inmensa, la cafetera ésa de las capsulitas... Lo primero que dijo fue que quería un sistema de climatización independiente del que empleaba la tropa a sus pies, en los pisos inferiores, pues él quería estar fresquito en verano y calentito en invierno y no respirar los efluvios oficinescos del común.

Así se hizo. Como el ático se freía al sol y disponía de tantos ventanales, el equipo de climatización del conseller sumaba casi tanta potencia como el equipo de climatización de sus huestes. Todo a punto, mi conseller, ya puede usted ocupar las nuevas oficinas dispuestas para su disfrute y solaz.

A poco de instalarse el conseller en su nueva oficina, corrió la voz. Si uno quería congelarse, no había más que subir a verlo. El séquito del conseller gastaba jerseys y bufandas en plena canícula. Como era verano y el conseller un tipo caluroso, creyeron que era una de sus excentricidades (que no eran pocas). Pero llegó el invierno y el frío continuó, o se acentuó. Cuando la gripe diezmó al séquito del conseller, saltó la alarma.

¡Este trasto no funciona!, gritó el conseller, y se le oyó desde el otro lado de la bufanda. Pues la bomba de calor va a la máxima potencia, le respondían los jefes de mantenimiento, que no entendían nada. El drama continuó cuando cambiaron la bomba de calor por otra más potente, y ésta por otra, pero sin resultado alguno. Seguía haciendo frío, un frío de tres pares de narices, de ésos que te dejan las orejas azules.

Al final, fue un auxiliar administrativo quien, mientras incubaba una pulmonía, descubrió el porqué de la cámara de congelación. Alguien había instalado una fotocopiadora al lado del sensor de temperatura. El aire caliente de la fotocopiadora (que está a unos cincuenta grados centígrados) caía justo encima del sensor. El sensor leía 50 ºC y le decía al termostato que el conseller estaba asándose vivo en su despacho. El termostato, vista la emergencia, ordenaba a la bomba de calor que echara adentro todo el frío que pudiera producir; todo, y algo más. Por eso, el conseller, sus asesores, servidores y secuaces vivían en una cámara de congelación durante todo el día.

Cambiaron la fotocopiadora de sitio el día que hubo una crisis de gobierno y el conseller abandonó el cargo. ¡También es mala suerte...!

Ése no es el final de la historia. Días después, con el nuevo conseller recién instalado, volvieron a cambiar el sistema de aire acondicionado porque el anterior no funcionaba correctamente. Y ahora, sí. Fin.

El rarísimo Patek Philippe, Phillipe o Felipe, ya puestos




Un buen amigo mío, aficionado a la relojería, me ha dado a conocer una historia curiosa, que no he podido verificar, pero que doy por cierta.

Cuentan que los relojes de Patek Philippe et Cie. tenían mucho éxito. Adrien Philippe, un relojero francés, había inventado un método revolucionario para darle cuerda a los relojes. En 1838, los relojeros de la familia Audemars habían decidido darle cuerda al reloj a través de la corona, no con llave. Hasta entonces, la corona sólo se empleaba para remontar (para poner el reloj en hora). Phillippe examinó el invento, vio que podía mejorarse y patentó un sistema para remontar y darle cuerda al mecanismo con una sola corona.

El señor Phillipe tropezó entonces con un conde polaco, Antoni Patek, que vivía en el exilio de Ginebra por no vivir en el exilio de Siberia, ya que había combatido en la caballería polaca contra los rusos en 1831. El conde puso el capital y el relojero, el ingenio. Así nació la marca Patek Phillippe et Cie. Los detalles los dejo para los curiosos, que sabrán dónde buscar.

Cuenta mi amigo que, en 1854, un tipo espabilado decidió falsificar los relojes de esta marca. Se hizo con máquinas de baja calidad, pero gastó dinero en las cajas, mandando que las construyeran de oro de 18 quilates. Luego mandó poner la marca en todas partes y vendía los relojes como buenos, cuando costaban menos de la mitad.

Pero he aquí que lo pillaron, porque el muy tonto ordenó grabar aquí y allá Patek Phillipe y no Patek Phillippe, y esa falta de ortografía en el apellido del francés le costó una multa y una compensación tales que se le fueron las ganas de falsificar más.

La historia, se non è vera, è ben trovata, que diría Dante.

Enmerdar



Según el Gran Diccionari de la Llengua Catalana, emmerdar viene de merda y es un verbo transitivo que significa embrutar de merda (ensuciar de mierda), que acepta una figura reflexiva, embrutar-se de merda (ensuciarse de mierda), y que, en sentido figurativo, es embolicar (enredar, confundir, liar).

La lengua española acepta el verbo enmerdar que, a decir de la Real Academia de la Lengua, es ensuciar, llenar de inmundicia, también en sentido figurado.

En catalán, según la misma fuente, merda (mierda) proviene del latín merda y se documenta por primera vez en catalán en el siglo XIV. Así, será, en un sentido vulgar, excrement de l'home i d'un gran nombre d'animals (excremento del hombre y de un gran número de animales). También se acepta que signifique borrachera, y se dice de uno que ha pillado una cogorza que ha agafat una merda. Un merda, en catalán, también es un tipo que aparenta lo que no es, que se da importancia sin tenerla. Como en castellano, merda es el núcleo de muchas expresiones catalanas, la más divertida de las cuáles es, a mi entender, ésser cul i merda (ser culo y mierda), que es como ser uña y carne.

Con el mismo origen latino, la palabra española mierda reúne más significados. Acudiendo a los académicos, mierda es el excremento humano, el excremento de algunos animales, la grasa, suciedad o porquería que se pega a la ropa o a otra cosa (en la parla coloquial), una cosa sin valor o mal hecha (también coloquial) o una persona sin cualidades ni méritos. Un merda catalán y un mierda castellano se parecen pero no son lo mismo, y es una lástima, porque me gustaría decir de más de uno que es un mierda sumando los dos significados, resultando una persona que, sin cualidades ni méritos, va dándose una importancia que no se merece.

Todo surge de un informe de la policía que, con todo detalle, describe la financiación de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) a través de un entramado de fundaciones y chanchullos. CDC es el partido del señor Mas y estamos hablando del caso Millet (y Montull) y del latrocinio del Palau de la Música Catalana. El juez que instruye el caso ha recibido un texto que pone en negro sobre blanco lo que ya sabíamos todos, que CDC en particular y CiU en general son una máquina de cobrar comisiones que vende a su madre al mejor postor.

Es cierto, el informe no es una prueba, pero es lo que se sabe que ha ocurrido sin lugar a dudas. También es cierto que la rapiña y la corrupción no son exclusivas de CiU, pero hay que reconocer que se han aplicado a ello con tesón y han perfeccionado métodos que nos llenan de pasmo y asombro.

Ayer, en la sesión de control parlamentario al Gobierno de la Generalidad de Cataluña, dos diputados le pidieron explicaciones a don Artur Mas sobre el particular. Solicitaron que acudiera al Parlamento para aclarar todo este asunto. El señor Mas, cómo no, se negó a ello. Los estudiosos de los sutiles matices de la política catalana observaron que no utilizó el yonohesidismo, sino el yonopuedosaberlotodoísmo y el tutambienismo. Es decir, no dijo que CiU no había cobrado comisiones (yonohesidismo), sino que él no sabía si las había cobrado y (caramba) no tenía por qué saberlo (yonopuedosaberlotodoísmo) y luego acusó al acusador (tutambienismo).

Al segundo diputado, que le preguntó exactamente lo mismo, le respondió (cito) Usted lo que busca es enmerdarlo todo, y no le proporcionó ninguna otra respuesta. Por eso me he interesado tanto por el significado de enmerdar.

Puestos a enmerdar, quizá el señor Mas y su Gobierno de los Mejores pueda enseñarnos cómo, porque lo hace muy bien, lo de enmerdar, quiero decir. Allá por donde pasa, allá deja un recuerdo. El partido que dirige se financia regular y continuamente con fondos de dudosa procedencia. ¿Y quién paga? Los propietarios de las autopistas de peaje, la empresa que disfruta del monopolio eléctrico en el país, la empresa que se aprovechará de la inminente privatización de la distribución de agua potable, las concesionarias de la obra pública... También podríamos señalar, por señalar, la tremebunda corrupción de la cúpula directiva de la sanidad pública catalana, donde quien no ha recibido por aquí, ha recibido por allá, de manera cuanto menos fea. Etcétera, que es un no parar.

Por lo tanto, ayer el señor Mas se comportó como un mierda, porque se mostró sin cualidades ni méritos, y como un merda, porque se daba a sí mismo una importancia que no tenía, pues mandar en un partido que vive a todo trapo y no saber, ni preguntarse nunca, de dónde sale tanto dinero...

La sanidad está en venta



Es muy sano y recomendable, especialmente cuando tratamos asuntos políticos y sociales, abrir los ojos, desatascar las orejas, aplicarse en lo que se lee, atender a lo que se dice y luego, con el mejor criterio posible, preguntarse por qué uno está o no está de acuerdo con lo que se ha dicho o escrito, o qué argumentos emplearía para rebatir o apoyar esa idea que le ha llamado la atención. El sentido crítico alerta, siempre, y las ideas preconcebidas encerradas en el cuarto de los trastos. Esto último es lo más difícil, porque son muy escurridizas y siempre se escapa alguna.

Como dijo Nietzsche, quien esté de acuerdo con todo lo que digo no merece leerme. Y esta frase nunca ha sido más cierta que en política, donde discutir (en el buen sentido del término) es el verbo que tendría que definirla.

Todo esto viene a cuento porque les recomiendo leer un panfleto recientemente publicado que ha tenido bastante éxito: La sanidad está en venta (Y también nuestra salud). El prólogo es de don Vicenç Navarro, una eminencia en Economía Aplicada, Ciencias Políticas y Sociales, etc., y los autores son cuatro: Carles Muntaner, Clara Valverde, Gemma Tarafa y Joan Benach, por estricto orden aleatorio, copiado de la portada del libro. Toda esta tropa de pensadores se ha relacionado con un grupo nacido en el seno de la Universidad Pompeu Fabra que es bastante crítico con el neoliberalismo imperante (lo cual no deja de ser paradójico, porque la Pompeu Fabra...).

El libro defiende que la salud es un bien común. Por lo tanto, es obligación de los Estados preservar, mantener, mejorar, proteger, ese bien común, que va más allá de una atención sanitaria de calidad, gratuita y universal para todas las personas, sin distinción de ninguna clase. En efecto, la salud de la población, o de una parte de ella, tiene mucho que ver con el nivel de renta, las desigualdades sociales, la seguridad en el trabajo... Escoger una vida saludable y ser atendido en caso de enfermar son derechos adquiridos por las personas, derechos que ha de defender el Estado y el conjunto de las naciones. Un sistema de salud pública favorece a todos y cada uno de nosotros y al conjunto de la sociedad, ayuda a superar las desigualdades sociales, es un instrumento de justicia social, etcétera.

Decir esto hoy en día y en voz alta es casi una provocación, aunque sea tan evidente. Por eso, cualquier intento de privatizar, mercantilizar, vender, recortar, externalizar... el sistema de salud público es un atentado contra el Estado del Bienestar y una ofensa contra las personas y los ciudadanos. En palabras de los autores y prologuista del texto, es una estrategia del neoliberalismo para hacerse con el negocio de la salud, algo que provocará que todos salgamos perdiendo.

Como ya saben algunos de mis avezados y pacientes lectores, los pocos amigos que me quedan y la gente que se aburre como las ovejas oyéndome o leyéndome, soy un ferviente, fervoroso, decidido defensor de la sanidad pública, universal y gratuita (y de tantos otros componentes del Estado del Bienestar). Por lo tanto, al leer algunas cosas que dicen los autores me he puesto muy contento. Leyendo otras, no tanto.

Sea dicho que no creo que Cuba sea un ejemplo a seguir. Es cierto que tiene un sistema sanitario público de primera, pero a qué precio. Algunos análisis políticos aquí o allá me parecen... no me parecen acertados, o son simplemente infantiles.

Considero especialmente lamentable que los autores crean que el lobby farmacéutico sea el responsable de no considerar las medicinas alternativas como viables y aplicables en un sistema de salud pública, cuando a poco que uno sepa de qué va el asunto sabe que las prácticas de las medicinas alternativas no tienen nada que envidiar a las peores prácticas del lobby farmacéutico (propietario de los grandes laboratorios de homeopatía, por ejemplo) y además... ni curan ni son medicina, sino tonterías.

Finalmente, los autores y el prologuista ponen toda la ilusión del mundo en la lucha por recuperar los derechos perdidos a través de la democracia participativa, que es lo más guay del Paraguay, leído el panfleto, y defienden el consenso como mecanismo político... Yo, en cambio, soy un descreído y la democracia participativa ésa me parece demagogia (en el sentido griego del término) y la considero más propia como paso preliminar de un sistema totalitario que como utopía. Además, eso del consenso es una gilipollez. Encima... ¡Ay, qué he dicho...! Olvídenlo, olvídenlo, porque no es el momento de discutir de filosofía política, que hemos venido a hablar de su libro. Lo diré de otra manera: ese remedio no es práctico. No vayamos a discutir ahora de por qué no funciona la democracia representativa y la división de poderes, porque es el campo de batalla de otra guerra. No he dicho nada.

Lo que quiero y quería decir es que conviene saber qué piensan los demás y reflexionar sobre este asunto. La sanidad está en venta es una oportunidad para ponerse a ello.

Si usted es un neoliberal de derechas muy extremas y se deja llevar por un fondo de mitología nacional-católica, si usted es, por ejemplo, alguien como don José Antonio Duran, o simpatizante del Gobierno de los Mejores, es decir, de los secuaces del Muy Honorable señor Mas, que son tal que así, este libro le provocará urticaria. Pero le convendrá leerlo. Es posible que no le convenza, pero le recomiendo el ejercicio de la argumentación.

Si se dice usted de izquierdas, lo más posible es que confunda churras con merinas. La sanidad está en venta podrá ayudarle a comparar unas y otras y así será capaz de poner en duda lo que defienden algunos que hasta ahora le habían convencido de su izquierdismo. Si participa en asambleas, ya tendrá argumentos para montar berenjenales. Si quiere, podrá investigar sobre teoría social o política.

Cualquier persona con inquietudes sobre este asunto puede echarle un vistazo y tendrá material de reflexión entre las manos.

Pero ya les digo, y sin ánimo de ofender: La sanidad está en venta es un panfleto, con todo lo bueno y lo malo de los panfletos. Otras obras de mucha más enjundia están a su alcance, pero ésta está bien para romper el hielo. Lean y critiquen, y suerte con la crítica (que es el examen y juicio acerca de alguien o algo).

No tengo miedo



Niccolò Ammaniti escribió Non ho paura (No tengo miedo) en 2001. Dos años después, una película basada en esta novela era candidata al Oscar por la mejor película de habla no inglesa, y ya se había llevado el Donatello a casa. Porque la historia tiene un intríngulis notable, que provoca la curiosidad del lector. Pero ¡mejor la novela!

Uno comienza a leer y se enfrenta a una novela en primera persona sobre los felicies años de la infancia. En 1978, en un pueblecito italiano (del sur de Italia), Michele Amitrano sale de excursión con sus amigos en bicicleta, y entonces... Entonces, ese relato que pintaba bien toma un rumbo imprevisto y ya no pinta bien, sino mejor (para el lector, no para los protagonistas). Mantiene el tono de la novela sobre la infancia desaparecida, pero se adentra en el mundo del horror y la novela negra, y ya he dicho demasiado.

Es un buen libro. No es una mayúscula obra literaria, pero es una obra bien escrita, muy bien tramada y de muy agradable lectura, que uno quiere seguir hasta el final. La recomiendo.

La publica Anagrama, con la traducción de Juan Manuel Salmerón.

¿Quién da más por un 250 GTO?



35 millones de dólares, que son 28 millones de euros, poco más o menos, es lo que ha pagado un coleccionista por el Ferrari 250 GTO que se había construido ex profeso para Stirling Moss, una de las leyendas del automovilismo. Por eso, este Ferrari no es rosso corsa, sino verde. No es el verde inglés de toda la vida, sino un verde manzana, algo más clarito, pero que también representa a los bólidos del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Olé.

Este cacharro lo tenía un holandés que trafica con vinos, don Eric Heerema. Hace diez años le dijeron de loco para arriba porque había comprado el auto por 8,5 millones de dólares, una burrada, mucho dinero a dónde vas a parar. Pues ¡díganle tonto al caballero! Hace un par de días se lo ha vendido a un coleccionista estadounidense (el señor Craig McCaw) por 35 millones de dólares, ya he dicho.

Es el segundo automóvil que bate la marca de precios en lo que va de año. El primero había sido otro Ferrari 250 GTO, negro, vendido por 32 millones de dólares. La marca anterior a ésa, quién sabe. Se mencionan un Bugatti Tipo 57 SC Atlantic de 1936, un Ferrari P4, el Bugatti Royale Coupé Kellner... Yo qué sé.

Ferrari construyó dos series del 250 GTO entre 1962 y 1964. Su intención no era otra que homologar un derivado del 250 SWB para poder competir en la categoría Gran Turismo Grupo 3 de la FIA (Federación Internacional de Automovilismo). De ahí las siglas GT; la O significa Homologado, que en italiano va sin hache.

En 1962, esa regulación exigía que se fabricaran al menos cien vehículos para poder entrar en las competiciones como GT 3. Pero Ferrari... En fin, que demostró (una vez más) ser más listo que la FIA y solucionó el problema construyendo sólo 39 GTO: 33 GTO normalitos; tres 330 GTO, porque en vez del motor 250 tenían el motor 330 (de cuatro litros de cilindrada), que se reconocen por el capó abultado; y tres GTO Tipo 64.

El automóvil resultó ser una bestia invencible. El día de su estreno (las 12 Horas de Sebring de 1962), plantó cara a los Ferrari Testa Rossa que, en teoría, pertenecían a una categoría superior. Corría tan rápido y tan bien que los mismos ingenieros de Ferrari no acabaron de creérselo, porque, en esencia, aunque era un coche potente, no era demasiado innovador. Durante tres años seguidos, entre 1962 y 1964, ganó todos los campeonatos para Gran Turismo que se inventó la FIA para fastidiar a Enzo Ferrari. Fue el último de los grandes automóviles de carrera con el motor delantero.

Por cierto, el Ferrari 250 GTO tenía una caja de cambios de cinco velocidades... ¡de Porsche!

Se le considera uno de los mejores automóviles deportivos de los años sesenta y alguno dice de él que ha sido el mejor Ferrari de todos los tiempos. Es bonito, sí, bellísimo, aunque a mí me gusta más el 250 SWB, qué quieren que les diga.

Pero 28 millones de euros... Nos hemos vuelto locos.

¿Es correcto hablar de un déficit fiscal?



La definición de déficit es muy clara. Si sumados todos los ingresos no hay dinero suficiente para pagar lo que hay que pagar, tenemos un déficit, o un descubierto, que es lo mismo. Si hablamos de la Administración Pública, es la parte que falta para levantar las cargas del Estado, reunidas todas las cantidades destinadas a cubrirlas. Lo mismo.

Fiscal es un adjetivo que define todo lo relativo al fisco; es decir, lo que se refiere al erario o tesoro público y por extensión, lo relativo al sistema de recaudar fondos para el Estado. También queda claro.

Por lo tanto, un déficit fiscal no es otra cosa que una redundancia si hablamos de economía política, porque, en la Administración Pública, cualquier déficit es un déficit fiscal. Eccolo!

Pasa algo parecido con medio ambiente y el adjetivo medioambiental. El medio y el ambiente son una misma cosa, por si no lo sabían. Un medio ambiente implica que existe un medio que no es el ambiente, lo que no tiene sentido. También podría referirse a un ambiente medio, un ambiente ideal promedio de todos los ambientes. En cuanto a medioambiental, sólo hay que señalar que se dice ambiental.

Pero hablamos tanto del medio ambiente que es inútil resistir el embate de la estulticia. Si la teoría del lenguaje de Wittgenstein es cierta y las palabras significan lo que significan gracias al uso, esto va a peor. Así que le llamamos medio ambiente, en vez de medio natural (por ejemplo) y ya damos por perdida la empresa de enseñar a leer y escribir a nuestros líderes patrios. Si somos burros, hay que rebuznar.

¡A lo que íbamos! Si uno habla del déficit del Estado, habla de déficit fiscal, por definición; y sobra fiscal, porque se le supone. Y si habla de déficit fiscal, redundando tal que así, no puede hablar de otra cosa que no sea del déficit del Estado. Punto, no hay más.

Pero son tantas las veces que se habla del déficit fiscal y tantas las veces que uno no sabe de lo que está hablando en verdad que se acepta como buena la expresión de marras y acabamos comiéndonosla con patatas, queriendo o sin querer. Si no me creen, fíjense en un líder patrio de cualquier signo o condición que hable del déficit fiscal y pregúntense a qué se refiere. Ya les digo yo ahora que no hablará del déficit del Estado.

Sumamos, pues, una nueva perversión del lenguaje, que nos arrebata el buen decir y una pizca de sabiduría y libertad.

Ya sabíamos que el medio ambiente no era el ambiente del medio; sospechábamos que un acuerdo puntual no era el que se firmaba a su hora; nos parecía que una solución global no se refería a los aeróstatos; lo de un genocidio cultural todavía nos inquieta, porque supone el exterminio sistemático, la muerte, de la gente que comparte una determinada cultura, no subir el precio de los libros; nos dijeron que la discriminación de género no era más que un género de discriminación, el de la discriminación sexual; nos sorprendió saber que para ser solidario no hace falta compartir la suerte del otro; nos preocupa que se diga los ciudadanos y las ciudadanas, porque el abandono del genérico ciudadanos supone que los ciudadanos (varones) y las ciudadanas (mujeres) son intrínsecamente diferentes en su condición política y social, es decir, que tienen que discriminarse los ciudadanos de las ciudadanas porque no son una misma cosa y no gozan de los mismos derechos u obligaciones; sabíamos que un edificio sostenible es el que se aguanta en pie y no se derrumba, pero ahora ya no sabemos qué es; nos dejó pasmado uno que dijo que sufría mejoras; etc.

Venga, pues, el déficit fiscal para completar el desaguisado.

Mujeres en minoría



Ha llegado a mis manos una declaración del Órgano Paritario de Políticas de Igualdad (OPPI), también conocida como la Comisión de Igualdad. Transcribiré el inicio de la declaración, que traduzco tal cual. Mantengo los signos de puntuación donde los dejó el autor, aunque, quedan avisados, los dejó en mal sitio. Vamos allá.

La declaración dice:

Esta semana se ha vuelto a reunir con Función Pública, la Comisión de Igualdad, también llamada (OPPI) que es un órgano de consulta y participación que trata todos los temas relacionados con la igualdad de oportunidades de las mujeres dentro de la Administración de la Generalidad y la de otros colectivos minoritarios dentro de la Administración. En este órgano hay representación paritaria de miembros de Función Pública y de los sindicatos de la Mesa General de Empleados Públicos de la Generalidad. Etc.

De lo escrito se deduce que las mujeres son un colectivo minoritario como los demás y que hay tantos representantes sindicales como de la Generalidad alrededor de la mesa. No sabía yo que las mujeres formaban un colectivo minoritario. Lo que hay que leer.

La primera travesía del Solar Impulse



Ya hablé una vez del Solar Impulse. Estos días vuelve a ser noticia porque este curioso aeroplano que cuesta ochenta millones de euros sigue dando de qué hablar, atravesando largas distancias sin más ayuda que la del piloto. En 2010 voló 26 horas seguidas, pero no salió de Suiza. El pasado 24 de mayo aterrizó en Barajas (Madrid), donde ha estado esperando a que mejore el tiempo para lanzarse de nuevo a la aventura y volar hasta Marruecos, donde se espera que llegue pasadas las once de la noche. Es su primera travesía internacional. La primera etapa de este vuelo lo elevó hasta los 9.000 metros de altura y lo impulso a la escalofriante velocidad de 50 km/h por encima de los Alpes y los Pirineos.

Tiene mérito, porque el piloto tiene que abrigarse bien y respirar a través de una máscara porque la cabina no está ni presurizada ni climatizada, y ahí arriba pega un frío...

En cada etapa se van turnando los señores Piccard (uno de los impulsores de la aventura) y Borschberg (un piloto militar e ingeniero suizo). Comenzó Borschberg, que trajo el avión desde Suiza, y continuará Piccard, que lo llevará hasta Marruecos.

Piccard viene de familia de inventores locos y aventureros de la mejor especie, de los que convendría que hubieran más en cada generación. Su abuelo, Auguste, fue el primero en alcanzar la estratosfera, en globo, en 1931. Su padre, Jacques, por el contrario, inventó un batíscafo y se fue para abajo en vez de para arriba, descendiendo hasta los casi 11.000 metros por debajo del nivel del mar en la fosa de las Marianas. Y él, Bertrand, fue el primero en dar la vuelta al mundo en globo sin escalas y querrá ser el primero en darla, en 2014, a bordo de un avión solar.

¡Suerte!

Rumor y pesadumbre



Llega a mis oídos un rumor. Los ciento cincuenta trabajadores de Barcelona Activa, SA, temen por sus puestos de trabajo. Muchos tienen contratos temporales o de obra o servicio, porque la calidad del trabajo nunca ha sido una prioridad en esta empresa. Barcelona Activa, SA, es una empresa pública del Ayuntamiento de Barcelona que se dedica a la promoción de la actividad empresarial en la ciudad, fomenta la creación de nuevas empresas, etc. Se llenan la boca con el verbo emprender y derivados.

Hasta hace poco, Barcelona Activa, SA, contaba con ocho altos cargos directivos (es decir, ocho personas que se llevaban un salario de unos cien mil euros per cápita al año, de media). Eran, son, cargos digitales: los escoge a dedo el mandamás. Se dispararon las alarmas y los rumores cuando se dijo que la contribución del Gobierno de la Generalidad a Barcelona Activa, SA, disminuiría un 54%.

Acto seguido, los altos cargos directivos de Barcelona Activa, SA, pasaron de ocho a diecisiete, sin previo aviso ni publicidad. Repito, de ocho a diecisiete de un día al siguiente. El organigrama ha cambiado. Ahora hay tres nuevos cargos de confianza (sic) en la alta dirección y un total de trece nuevas direcciones operativas. Una repentina inflación de cargos, inexplicable.

Cuando los periodistas preguntaron a los responsables de Barcelona Activa, SA, por qué razón se había doblado el número de altos cargos directivos sin avisar a nadie, la empresa respondió (cito textualmente) que la actividad empresarial había disminuido en Barcelona.

Piensen lo que ustedes quieran, pero éste es sólo un ejemplo, y así nos va.

Remordimientos y banalidades (I)


La televisión alemana entrevistó hace pocos días a Shalom Nagar. El señor Nagar vive en Holon, en las afueras de Tel Aviv. Hoy tiene 76 años, pero entonces, cuando le tocó ser el verdugo, contaba apenas con 26. Yo no quería hacerlo, confesó. Se hizo un sorteo, y yo extraje la paja más corta. El reo fue ejecutado en Ramala, cerca de Jerusalén, a medianoche, hace cincuenta años. Le colocamos la soga alrededor del cuello, cuenta el señor Nagar. A continuación apreté el botón que abrió la trampilla. Durante un año tuve pesadillas. Aún las tengo de vez en cuando.

El señor Nagar era entonces y sigue siendo un judío sefardita. El Gobierno de Israel seleccionó con mucho cuidado a un grupo de veintidós soldados de leva para que hicieran de guardias del preso. Procuraron que sus familias no hubieran sido afectadas por el Holocausto, para evitar la venganza personal o el maltrato del prisionero. Querían juzgar a Adolf Eichmann por sus crímenes, pero también convirtieron el proceso en un instrumento de propaganda, tanto para justificar la misma existencia de Israel como para anunciar que los asesinos nazis no podrían vivir tranquilos en lo que les quedase de vida. En consecuencia, el prisionero recibió un trato exquisito por parte de sus carceleros.

Su detención había sido más polémica. El 11 de mayor de 1960 un grupo de agentes israelíes secuestró y drogó a Eichmann, y éste despertó en un avión de El-Al rumbo a Haifa, en un asiento de primera clase. Como el avión ya era territorio israelí, fue debidamente arrestado. Al principio, el gobierno israelí dijo que él no había sido, que habían sido unos judíos que habían actuado por su propia cuenta y riesgo, ¿y quién iba a negarse a arrestar a Eichmann servido en bandeja de plata? Luego se supo lo que ya todos sabían, que había sido capturado por el Mossad.

Hasta entonces, Eichmann había vivido en Argentina. Se dice que había escapado fácilmente de Europa, que los servicios secretos aliados lo dejaron ir. Los peronistas, que nunca habían ocultado su simpatía por el nacionalsocialismo alemán, lo recibieron con los brazos abiertos y rechazaron las numerosas demandas de extradición. Israel optó por la vía directa e ilegal, pero muy efectiva, de saltarse los convenios internacionales a la torera. Argentina se puso de los nervios, pero no pudo protestar demasiado porque había dado amparo a un criminal de la peor especie. Con todo, el asunto provocó agrios debates en las Naciones Unidas.

Sí, Eichmann fue tratado con mucho cuidado e innumerables precauciones. El señor Nagar declaró a la televisión alemana que era él quien llevaba la comida al prisionero, y quien la probaba antes, por si la habían envenenado. A decir del verdugo, el comportamiento del señor Eichmann era correcto, amable, rutinario. Si yo no hubiera sabido qué había hecho ese hombre, hubiera dicho que era un santo, exclamó delante de los micrófonos, un tanto contrariado. No me atrevo a decir que el señor Nagar, después de dos años cuidándolo, había entablado amistad con el prisionero, pero sí que es evidente que la ejecución le ha provocado remordimientos durante mucho tiempo.

Hubiera dicho que era un santo, dijo el señor Nagar de Eichmann.

De santo, nada.

Remordimientos y banalidades (II)


Adolf Eichmann era austríaco. Pertenecía a una agrupación de extrema derecha de antiguos combatientes y tenía experiencia en organización industrial. Se apuntó a las SS para hacer carrera (sic). En 1934, había trabajado en la administración de Dachau. En 1938, ya era un tipo importante en la organización: había ayudado a organizar los Servicios de Seguridad de las SS en Austria y se había convertido en un funcionario de la Oficina Central para la Emigración Judía, que pronto hizo suya. Entonces, la emigración judía era el eufemismo que ocultaba los planes para hacer desaparecer los judíos de Europa.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Eichmann era ya Hauptsturmführer de las SS (capitán) y trabajaba en la RSHA (Reichssicherheitshauptamt o Oficina Central de Seguridad del Reich). Pronto sería el jefe de la RSHA Referat IV B4 (Subdepartamento IV-B4 de la RSHA), es decir, la unidad encargada de los asuntos judíos y de su evacuación. Siguen los eufemismos. En 1940 ya era Sturmbannführer de las SS (comandante); pocos meses después, Obersturmbannführer de las SS (teniente coronel).

En otoño de 1941, su jefe, Heydrich (el Carnicero) ya le dijo que el objetivo de la RSHA Referat IV B4 no era expulsar a los judíos, sino eliminarlos. Matarlos, a todos. En 1942, Heydrich convocó la Conferencia de Wannsee, una reunión de miembros de las SS, políticos, empresarios y militares que discutieron los aspectos prácticos de la Solución Final, el genocidio. Eichmann fue el secretario de la reunión y salió de ella como Administrador del Transporte de la Solución Final de la Cuestión Judía. Es decir, Eichmann organizaría el transporte y almacenamiento de los judios necesario para echarlos de su casa y llevarlos a las cámaras de gas en Polonia.

Aunque el III Reich era un pozo de corrupción, ineptitud e ineficiencia monumental, hasta límites difícilmente imaginables, la capacidad administrativa de Eichmann hizo posible que se transportaran millones de judíos de su casa hasta uno de los varios campos de exterminio. Fue un esfuerzo logístico desproporcionado y criminal. Desproporcionado, porque el servicio ferroviario alemán, ocupado como estaba con la Solución Final, no pudo satisfacer las necesidades logísticas del ejército en tiempos de guerra; criminal, porque aquellos trenes se destinaban al exterminio de millones de seres humanos inocentes.

Además, Eichmann estuvo implicado en más aspectos de la Solución Final: trabajó en el Museo de la Cuestión Judía; contempló las ejecuciones masivas en Rusia y propuso alternativas más económicas (sobre el tipo de munición empleada, por ejemplo); estudió de cerca los autobuses de la muerte y colaboró en la selección del Zyklon B (el compuesto principal de un insecticida) como gas genocida; ayudó a diseñar los campos de exterminio; distribuyó los guetos polacos cerca de los nudos ferroviarios, para facilitar su evacuación; negoció con los aliados el (fracasado) plan de conseguir camiones y material de guerra a cambio de judíos, con la promesa de que ese material sólo se emplearía contra los eslavos (i.e., los rusos); se encargó personalmente de la Solución Final en Hungría, los últimos meses de la guerra, siendo responsable directo de la ejecución de casi medio millón de húngaros; etc.

Eichmann informó a sus superiores que, gracias a su organización, a principios de 1945 se habían eliminado cuatro millones de judíos en instalaciones fijas (campos de exterminio) y dos millones más in situ (Einsatzgruppen y guetos). El balance de su trabajo era positivo, pues antes de la guerra vivían en Europa once millones de judíos y la Solución Final que él había organizado se había aplicado sólo durante dos años, aproximadamente.

Pero el fin estaba tan cerca que Eichmann recibió la orden personal de Himmler de detener la Solución Final y procurar que desaparecieran todas las pruebas, mientras él negociaba con los Aliados (separadamente) una paz que le permitiera seguir combatiendo a los rusos. Pero él, Eichmann, siguió en Hungría, ejecutando judíos, pese a las órdenes recibidas.

Los rusos entraron en Hungría, como una tromba. Cuando le tocó hacer de soldado y luchar en el frente, Eichmann... desapareció.

Remordimientos y banalidades (III)


El juicio a Adolf Eichmann finalizó el 15 de diciembre de 1961. Tras quince minutos de deliberación y pruebas que señalaban su culpabilidad más allá de cualquier duda, los tres jueces que formaban el tribunal lo condenaron a morir en la horca.

El señor Nagar, su verdugo, relató su muerte en la televisión alemana. Lo vi ahorcado. Su rostro estaba pálido, los ojos le salían de las órbitas, le colgaba la lengua, y de ella goteaba un poco de sangre. Las últimas palabras de Eichmann fueron un recuerdo para Austria, Alemania y Argentina y esa insistencia en su inocencia, pues él sólo había cumplido órdenes; algunos dicen que también dedicó un recuerdo a la familia y que moría creyendo en Dios.

Durante el juicio, celebrado a la vista de todo el mundo, la revista The New Yorker envió a una corresponsal de excepción: Hannah Arendt. Esta filósofa, especializada en teoría política, que compartía algunos puntos de vista con el existencialismo, la fenomenología o el marxismo (además de compartir durante un tiempo cama con un reconocido cantamañanas nazi, Heidegger), era ciertamente una reportera excepcional. Porque la teoría política de la señora Arendt puede (debe) ser discutida, pero su lucidez, su crítica y su capacidad de obseración, no, desde luego que no.

De su experiencia en ese juicio escribió un ensayo celebérrimo: Eichmann en Jerusalén (Un informe sobre la banalidad del mal). Lo recomiendo (aunque Arendt nunca es de lectura fácil, siempre es interesante).

Uno esperaba que la persona correspondiente al currículo de Eichmann fuera la personificación del Mal, un personaje escalofriante, capaz de congelarle a uno la sangre. Pero, qué va, Eichmann era un tipo vulgar, soso, un amante de la rutina, un funcionario eficiente, ambicioso, que hacía lo que le decían de la mejor manera posible, sin plantearse si estaba bien, mal o regular. La burocracia se había comido a la ética; lo importante era un trabajo limpio, eficiente, bien organizado, y eso era bueno; lo malo sería no trabajar bien; no había sitio para el bien o el mal en esta moral genocida.

A ver, Arendt dice (y lo repite con insistencia) que Eichmann no tenía disculpa posible y sostiene su culpabilidad, pero observa que tanto mal que hizo no lo hizo porque fuera un personaje tremendamente cruel, brutal o peligroso, ni porque fuera un sádico monstruoso, sino que hizo tanto mal porque era, en el fondo, un operario eficiente de un sistema que procuraba el exterminio de los judíos (o de quien fuera). Deja entrever que el sistema es el verdadero culpable y entonces...

Pero de ahí surge la idea de la banalidad del mal, una expresión acertadísima. El malvado es en verdad un tipo anodino que no se preocupa por lo que significa lo que hace, sino por cómo hacer lo que le han dicho que hay que hacer. Se trata de un trabajo, del cumplimiento de un reglamento, de unas órdenes que hay que cumplir... El espíritu crítico se ha ido al carajo por el camino, en alguna parte, y el monstruo más peligroso es aquél que actúa sin remordimientos. No hay compasión, pero tampoco sadismo.

La señora Arendt dispara todas las alarmas, porque insinúa que la condición humana es tal que cualquiera puede caer en la banalidad del mal. Se trata de evitarlo, dice, y en eso estamos.

La teoría de la banalidad del mal (en principio, una teoría filosófica-política) fue (y es) muy criticada. Los críticos afirman que esos personajes banales saben en verdad que cometen un crimen, pero encuentran en su trabajo una justificación suficiente; también aseguran que en un régimen totalitario y brutal (pero también en un sistema democrático), el mal puede ser considerado trivial, superficial y uno puede manipular la ética a su antojo, como si fuera una cuestión puramente burocrática. ¿Es el miedo el que nos obliga a expulsar la capacidad crítica a patadas de nuestro yo? ¿El miedo a qué? Si no es el miedo, ¿qué es?

Curiosamente, algunos experimentos de psicología parecen indicar que la banalidad del mal no es sólo una reflexión filosófica, sino parte de la condición humana.

Suerte que nos queda un verdugo con remordimientos. Para el señor Nagar, no fue banal el acto de matar al responsable de tanta muerte y tanto horror. El señor Nagar, un recluta, pensó en lo que estaba haciendo. Quizá sea esta la clave: basta con pararse a pensar un momento para alejar de uno el cáliz del mal. Y quizá por eso mismo la maldad tiene tanto éxito: nos dispensa de pensar.

Así, pues, por favor, sean críticos. Es un ruego.