Ha ido de poco (Gran Premio de China 2017)


Éste es uno de los grandes premios que nos alejan de los tradicionales grandes premios europeos y americanos, pero desde un punto de vista estrictamente comercial, el Gran Premio de China es inevitable y no queda otra que correr en Shangái. 


Este año, el mal tiempo (más concretamente, la niebla) estuvo a punto de impedir la carrera. Por eso, se partió de la línea de meta con neumáticos mixtos. Y de repente, rapidísimo y sin avisar, el Ferrari de Vettel cambia los neumáticos, pone los blandos, sorprende a todos, va directo hacia la primera posición... y un coche derrapa y se pega un tortazo en la recta de tribunas. Sale el safety car (la pista estaba llena de piececitas de fibra de carbono) y corren todos a cambiar neumáticos. La sorpresa estratégica de Ferrari queda en nada.

Gracias a este incidente en pista, Hamilton y su Mercedes-Benz han conservado la primera posición, pero les ha ido de muy poco. Ha ganado Mercedes-Benz, seguido de Ferrari; en quinta posición, el segundo Ferrari y sexto, el segundo Mercedes-Benz. El tercer puesto ha sido para un Red Bull, el de Verstappen, que ha realizado una carrera magnífica. Aunque ha llegado a ir por delante de Ferrari, no ha podido resistir su empuje. Todo apunta a que Mercedes-Benz sigue delante de todos, pero que, ahora mismo, ha de andar con mucho ojo, porque Ferrari está ahí y no pone las cosas fáciles. Si esto sigue así, podemos divertirnos.

"Viaje a Rusia" y cómo reconocer un buen libro


Joseph Roth disfrazado de albanés, con un revólver en el cinto (un Nagant).

Joseph Roth es uno de mis escritores favoritos. Editorial Minúscula ha publicado algunos de sus artículos periodísticos en varios títulos. Porque el Roth periodista es un Roth que merece la pena conocer y leer. Los escritores periodistas o periodistas escritores, tanto da a final de cuentas, son, hoy, una especie extinguida o, siendo generosos, a punto de extinguirse. Pero hubo una época en que un periódico podía permitirse el lujo (eso es, el lujo) de regalar a sus lectores con las crónicas de Roth, Zweig, Benjamin, Kisch, Reed..., pero el verdadero lujo era comprar el periódico y poder leer alguno de estos artículos que son, en sí mismos, pequeñas maravillas literarias. Insistiendo con Roth, sus Crónicas berlinesas, editadas por Minúscula, son una maravilla. Las recomiendo.

Ya nadie escribe crónicas así. O casi nadie.

Ya había leído Viaje a Rusia y lo he vuelto a leer. Creía que no lo había leído. Un despiste, las prisas, quién sabe. A las pocas páginas me dí cuenta de que sí que lo había leído... y no me importó y seguí leyendo, y disfrutando.

Joseph Roth un año antes de partir a Rusia.
Aunque ya era un novelista de prestigio, el sustento se lo ganaba escribiendo en los periódicos.

La alfabetización en la Unión Soviética. 
Deja el vodka y abre un libro, dice, más o menos, el cartel.
Un buen consejo, aunque Roth nunca soltó la botella.

Creo que ésta es la señal que distingue a un buen libro de otro que no está mal. El buen libro puede leerse otra vez y proporciona placer lo mismo. Si es un libro excelente, proporcionará, además, nuevas perspectivas e imágenes y logrará cautivar al lector algo más, si cabe, descubriendo matices que antes habían pasado inadvertidos y novedades imprevistas. En cambio, un libro que no está mal se puede leer una vez con placer, pero la segunda vez suele ser insulsa, si no directamente aburrida.

Podría alargarme más y echar al aire palabras de mucha enjundia y sobrada pedantería sobre esta cuestión, pero creo que esa reflexión sobre lo que es bueno y lo que no debe hacerla cada lector por cuenta propia. Si no la hace, él se lo pierde.

Esto se nos cae


El Ayuntamiento de Sitges lamenta la pérdida de una propiedad municipal en las mismas narices de la Guardia Urbana de la población, en el mismísimo edificio del Ayuntamiento, el que está en la plaza del Ayuntamiento (de l'Ajuntament, en el callejero). Lo anunció hace un par de días Radio Maricel, que es la emisora del pueblo, y publicó una fotografía en Twitter, la que sigue a continuación.


Si observan con atención, verán que el Ayuntamiento plantó cuatro mástiles para banderas en el suelo de la plaza, justo delante de una ventana, tapándola. Un genio, quien las instaló ahí. Son cuatro mástiles porque tendrían que ondear en ellos las banderas de la nación, la comunidad autónoma, la población y ya puestos, la europea. Echo en falta alguna bandera más, pero mejor dejarlo en cuatro porque, si no, eso parecería el edificio de la ONU. 

Si observan la fotografía con atención, falta una bandera. 

Tal como denuncian los periodistas, alguien se plantó en la plaza y delante mismo de las barbas de los munícipes segó el cable que la sujetaba, la birló y se la llevó a casa. ¡Delante mismo de la ventana! Un hurto en toda regla de la propiedad municipal, llevado a cabo con brillante osadía y práctica impunidad. Que fuera la bandera de España es un detalle preocupante, pero piensen que bien podría haber sido la catalana, la suburense o la de la corona de estrellitas de la Unión Europea. Cualquier día los aficionados a lo ajeno vuelven a provocar más dañó en las arcas (de por sí muy resentidas) del Ayuntamiento de Sitges, un daño que pagamos todos, llevándose otra, o todas. ¡Como que las regalan!

Mientras me pregunto si birlar otra bandera que no fuera la española hubiera armado más o menos ruido (siendo el hecho, en esencia, el mismo, el del robo de una parte del mobiliario público, un acto de vandalismo contra lo que es de todos y pagamos todos), me pregunto también de quién fue la idea de colocar los mástiles ahí mismo. Como he dicho, no sólo estorban la vista desde la ventana, sino que, además, cualquiera que pasa por ahí puede birlar una bandera cuando le dé la gana, como se ha podido comprobar. Eso me hace preguntar, además, por qué no se arrían las banderas al caer la noche, por qué no se izan luego de buena mañana. No pido que toquen la corneta los urbanos, ni que se planten firmes, como en las películas. Pero dejar las banderas ahí, abandonadas, es poco menos que una provocación a los amigos de lo ajeno.

Yo recordaba las banderas colgando del balcón, como suele ser lo habitual. Por eso pregunté qué hacían ahí, plantadas en el suelo. La respuesta y la excusa del Ayuntamiento de Sitges es preocupante. Según Radio Maricel, los técnicos municipales aseguran que no pueden fijarse los mástiles ni en el balcón ni en la fachada del edificio, porque (cito) no podría resistir su peso. ¡Caramba! Ni el balcón ni la fachada del edificio podrían resistir el peso de los mástiles... pero bien resiste al pleno municipal en pleno (valga la redundancia) cuando toca Fiesta Mayor. Ay... ¡Un día tendremos un disgusto!

Porque, ahí está lo dicho por los técnicos del municipio, el Ayuntamiento de Sitges está al caer.

El filósofo risueño


Demócrito, visto por Velázquez.

Cuentan que en Abdera tomaban a Demócrito por loco. El buen hombre reía, reía y no dejaba de reírse. Lo suyo era la risa, con un deje irónico. Respondía con chistes, se choteaba de las vanidades y decía verdades como puños con una sonrisa en la boca. A tal punto llegó la risa del sabio (pues sabio era) que llamaron a Hipócrates, uno de los doctores más famosos del mundo antiguo. Le pidieron al médico que diagnosticara su mal y que, dentro de lo posible, pusiera fin a su locura.

¡Mira quién anda ahí!, saludó Demócrito, con unas risas. Hipócrates pidio que los dejaran a solas y se encerró con el filósofo. Ahí pasaron un ratito, un rato, un largo rato, mientras se les oía conversar y de tanto en tanto, reír. Más se alargaba la visita, más se reían médico y paciente. Hasta que, al fin, regresó Hipócrates y dijo, con estas mismas palabras, mientras se secaba las lágrimas de risa, que no había conocido a hombre más cuerdo en toda su vida.

Demócrito, visto por Coype.

Demócrito vivió un siglo, o un poco más, quizá. Un mal día, amaneció sin la facultad de reír o de reírse de sí mismo. Consciente de ello, se suicidó. No sabemos exactamente cómo, pero no debió de resultar gracioso.

Recordemos a Demócrito como merece. El aburrimiento no es serio y la risa es la mejor respuesta contra fanáticos e idiotas. Prueba de que una ideología no es buena es comprobar que sus seguidores no aciertan a reírse de sí mismos y aceptan muy mal que otros se rían de ellos. En cambio, una mente sana es una mente que tiene la risa a punto. Esto es algo que, con mucha frecuencia, se nos olvida. 

El incendio de la torre antiaérea de Friedrichshain (y IV)


En este caso, algunos detalles sobre el incendio de la torre L de Friedrichshain dan en qué pensar. Cierto que el incendio fue, casi con total seguridad, no premeditado, pero...

El 5 de mayo de 1945, la torre seguía intacta. Al día siguiente, el fuego ya había arrasado la Leitturm Friedrichshain. Días después, hubo más incendios menores. No puede asegurarse exactamente cuántos, ni siquiera cuándo, arrasaron la torre. 

La literatura oficial soviética acusó a los conservadores del Kaiser Friedrich Museum de haberlos provocado, y los conservadores del Kaiser Friedrich Museum han acusado directamente a la soldadesca soviética. El profesor Kümmel, director de los museos de Prusia durante la Segunda Guerra Mundial, acusó a los nazis, aunque es posible que lo hiciera para sacarse las pulgas de encima en un proceso de desnacificación. Kümmel fue uno de los artífices del saqueo sistemático de los bienes culturales europeos que llevaron a cabo los nazis y trabajó muy a gusto con ellos hasta que perdieron la guerra. Es un testimonio del que no puede fiarse uno.

Howard, un oficial de la MFAA en Berlín, visitó varias veces la torre de Friedrichshain y dejó por escrito que es imposible sacar nada en claro en medio de tanta confusión. Norris, otro oficial de la MFAA y luego investigador del desastre, tampoco se atreve a decir quién fue o qué pasó.

La torre L de Humboldthain, idéntica a la de Friedrichshain.
Observen, en el tejado, a la izquierda, el radar (un Rheinland A, quizá) y un telémetro, a la derecha (seguramente, un Kommandogerät 40).

Dado todo por perdido, la torre fue abandonada a su suerte. Quedó bajo administración soviética en verano de 1945, aunque los americanos siguieron visitando la torre hasta bien entrado otoño. A decir de todos ellos, la encontraron siempre sin guardia y nunca tuvieron problemas para entrar o salir de ella. No fueron pocos los que aprovecharon estas visitas para llevarse algunas algunas antigüedades consigo, recogidas entre las cenizas. Desde entonces, a lo largo de todos estos años, algunas han sido devueltas a las autoridades alemanas. Otras, no.

A finales de junio de 1945, llegó a Berlin un personaje ilustre, que tendría en adelante una estrecha relación con los depósitos de Friedrichshain. Venía recomendado por Lázarev, del Comité de las Artes, y era historiador, arqueólogo y profesor de la Universidad Estatal de Moscú. Me refiero a Vladimir Blavatsky, de ahora en adelante teniente coronel y responsable ante el Comité de las Artes de los depósitos de Friedrichshain.

Blavatsky inspeccionó el interior de la torre a principios de julio de 1945, acompañado por el restaurador Ivánov-Júronov y unos cuantos zapadores. Todavía entonces se creía que los alemanes habían minado los ocho sótanos del búnker y ésa era una de las razones que hacían que los rusos no se acercaran demasiado.

Blavatsky hizo de la torre antiaérea un símil de yacimiento arqueológico y seis meses más tarde inició las excavaciones. Resultó que pudo rescatar muchos vasos y esculturas, que fueron a parar todas al Museo Pushkin, en Moscú, y todavía siguen allí. Pero ¿qué rescató? No se sabe a ciencia cierta. Los inventarios, informes y catálogos que redactaron los rusos se perdieron en las estufas del museo Pushkin, porque el invierno en Rusia es muy frío. A nadie le interesaban esos viejos papeles. No se conservan más que catálogos parciales de las excavaciones en Friedrichshain.

Mientras tanto, aparece un personaje misterioso en la escena del crimen, vamos a llamarla así. Hablo del llamado conde Kamensky, un personaje singular que tenía un comerció de antigüedades en el número 3 de Teltower Damm, en la zona administrada por los soviéticos. Contaba con un permiso especial del Ministerio Soviético de Comercio Exterior y anunciaba en toda la ciudad que compraba a buen precio toda clase de objetos artísticos. Los oficiales de la MFAA aliada sospechaban que trabajaba para SMERSH, el servicio ruso de espionaje. 

La cuestión es que en febrero de 1946, un experto alemán en pintura barroca, el doctor Winkler, realizó unas tasaciones para el conde Kamensky y recibió como pago un lienzo. Qué sorpresa la del doctor Winkler al comprobar que ese lienzo pertenecía a la colección del Kaiser Friedrich Museum. Según la versión oficial, tenía que haberse perdido en el incendio de Friedrichshain, aunque, no parecía calcinado.

El doctor Winkler denunció el caso a los americanos y éstos se presentaron en las oficinas del conde Kamensky. El conde se hizo el tonto. Afirmó que había pagado veinticinco mil marcos por el cuadro a un oficial ruso, el capitán Evdómikov. No hubo manera de dar con el capitán Evdómikov. La MFAA denunció el caso a la Comandancia de Berlín. Poco después, Kamensky desapareció y no se ha vuelto a saber de él nunca más.

La torre G de Friedrichshain nunca pudo ser completamente derruida. Hoy yace sepultada bajo tonelaas de cascotes en un parque berlinés. En la fotografía puede apreciarse un trenecito que, cargado con cascotes, comenzará a formar la colina que es hoy. 

A mediados de 1946, los rusos volaron la torre. Utilizaron veinticinco toneladas de dinamita para echarla abajo. Después de la terrible explosión, la torre seguía en pie y se vieron obligados a dinamitarla de nuevo. Luego sepultaron los restos de la torre bajo miles de toneladas de cascotes que habían retirado de las calles de Berlín y cubrieron de tierra esa montaña, que hoy es el Volkspark Friedrichshain, un parque donde crecen los árboles y juegan los niños.

Finalmente, en agosto de 1946 degradaron al coronel Voloshin, que fuera comandante de la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército, y lo enviaron de vuelta a casa, acusado de contrabando. Se había apropiado de algunas requisas para uso personal, se dijo. Si fue cierto o fue una más de las paranoicas conspiraciones imaginadas por el régimen de Stalin, no hay manera de saberlo.


Bibliografía básica sobre el incendio de la torre L de Friedrichshain:

www.lostart.de --- Sitio web con una base de datos con obras de arte perdidas durante la Segunda Guerra Mundial. En inglés y alemán.
http://www.smb.museum/en/exhibitions/detail/das-verschwundene-museum.html --- Una retrospectiva de los museos berlineses sobre las obras dañadas o perdidas durante la guerra.
Defense of the Third Reich 1941-45, de Steven J. Zaloga, ilustrado por Adam Hook, Osprey Publishin Limited, 2012. --- Guía ilustrada sobre las torres antiaéreas nazis en la Segunda Guerra Mundial.
Stolen Treasure, de Konstantin Akinsha y Grigorii Kozlov, editado por Weinfeld & Nicolson en 1995. --- El libro que descubrió, con abundante documentación inédita, el trabajo de las Brigadas de Trofeos soviéticas en Alemania. Imprescindible.
El saqueo de Europa, de Lynn H. Nicholas, editado por Ariel en 1994. --- Otra gran obra sobre la suerte de tantas obras de arte en Europa y el saqueo de los nazis.
Das Geheimnis der 434 Gemälde aus dem Leitturm Friedrichshain, de Hartwig Niemann, editado por Taschenbuch en 2013. --- Lamentablemente, en alemán. Detalla la pérdida de la Gemäldegallerie (la Pinacoteca) en la torre L de Friedrichshain.

El incendio de la torre antiaérea de Friedrichshain (III)


El incendio de Friedrichshain se llevó por delante los depósitos del Schloss Museum, el Museum für Völkerkunde, el Deutsche Museum y el Kaiser Friedrich Museum. En total, más de setecientos treinta y cinco metros cúbicos de obras de arte. 

La lista de obras perdidas para siempre pone los pelos de punta: más de ocho mil piezas consideradas como antigüedades chinas, precolombinas o egipcias, estatuillas, vasos canopos, cerámica, sarcófagos, amuletos, una impresionante colección de vasos griegos, casi tres mil piezas de cristalería de valor excepcional, cuatrocientas de las mejores esculturas y bajorrelieves del Renacimiento, sin contar con los cuatrocientos diecisiete lienzos de la Gemäldegalerie (la Pinacoteca), que no fueron a las minas.

Una de las salas del Kaiser Friedrich Museum antes de la guerra.
Prácticamente todo esto se perdió en el incendio.

De la Pinacoteca se perdieron ciento cincuenta y ocho obras de la Escuela Italiana, entre las que destacan setenta y una pinturas de la colección Solly, diez de la colección Giustiniani y los grandes lienzos de las colecciones de los Lecchi y Hohenzollern. También, ochenta y nueve pinturas holandesas, cincuenta y cuatro flamencas y sesenta y siete pinturas alemanas. Entre todas estas pinturas hay obras de Fra Angelico, Luca Signorelli, Caravaggio, Rubens, Chardin, Zurbarán, Murillo, Reynolds y un larguísimo etcétera que parece que no se acaba nunca.

El primer San Mateo y el ángel, de Caravaggio, perteneciente a la colección Giustiniani y perdido para siempre (se supone) en el incendio de la torre L de Friedrichshain.

A decir de muchos, desde el punto de vista de la pérdida de obras de arte figurativas, el desastre de Friedrichshain sólo es comparable con el incendio del Palacio y el Alcázar de Madrid de 1734, donde se perdió tanto de la colección de la Corona Española. Desde el punto de vista museístico, sólo el saqueo de los museos de Bagdad podría superarlo.

Pero ¿quién incendió la torre L de Friedrichshain?

Los soviéticos no tardaron en hablar de saboteadores nazis. En la época de Stalin, cualquier otra conclusión estaba prohibida o fuera de lugar, aunque también consta la posibilidad de un accidente o de un incendio fortuito en algún informe oficial de la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército.

La idea de saboteadores nazis no es descabellada, pero es poco realista. El complejo antiaéreo de Friedrichshain llevaba días abandonado y había sido concienzudamente saqueado por los berlineses y los soviéticos en busca de alimentos, ropa o cualquier cosa de valor. Asombra que las celdas con las obras de arte en su interior permanecieran aparentemente intactas el día anterior al incendio. Eso demuestra que los merodeadores no buscaban enriquecerse, sino sobrevivir, y que no tenían tiempo que perder en forzar puertas, empresa en la que podrían verse sorprendidos por una patrulla de la policía militar. Es cierto que la locura nazi pretendía arrasar Alemania ante la derrota, para castigar al débil pueblo alemán, que no había sabido estar a la altura de los planes de Adolf Hitler, y para no dejar nada al enemigo. Esos planes malvados incluían las obras de arte. Pero incendiar la torre L en medio de Berlín... A mí no me parece la opción más evidente.

Años más tarde, hubo voces que acusaron a los soviéticos. Pero entonces no se conocían los informes de la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército, que se publicaron en los años noventa. Leyendo esos informes se ve que los soviéticos fueron los primeros en sorprenderse por el incendio. Eso no descarta que hubiera sido algún soldado soviético, queriendo o sin querer, el que ocasionó el incendio.

Yo me inclino por pensar en un incendio accidental. Un grupo de curiosos, un berlinés buscando algo que comer, un saqueador aficionado... Cualquiera de ellos con una antorcha en la mano. Alguien pudo encender un fuego para calentarse o cocinar algo. Además, después de una batalla, con todos los restos de explosivos y municiones sueltos por ahí... Quién sabe. El riesgo era evidente, el peligro estaba servido y al final, pum, se quemó.

El incendio de la torre antiaérea de Friedrichshain (II)


Las torres antiaéreas de Friedrichshain fueron abandonadas a su suerte entre el 30 de abril y los primeros días de mayo. Cuando Berlín se rindió, la zona llevaba varios días sometida a toda clase de saqueos. Los berlineses buscaban comida y artículos de primera necesidad; los soviéticos, un botín para llevar de vuelta a casa. No obstante, las torres antiaéreas fueron pronto vigiladas por la policía militar y las tropas del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, eufemismo de policía política). 

La torre G de Friedrichshain meses después de la batalla. 

Los soviéticos creían que esas torres podían guardar algunos de los tesoros más codiciados del Tercer Reich, como, por ejemplo, uranio para fabricar bombas atómicas, planos de cohetes como la V-2, archivos de la Gestapo o de los servicios secretos, incluso algún jerarca nazi disfrazado entre los refugiados. Algo de verdad había en ello. SMERSH (la más secreta y terrible agencia de espionaje soviético) dio con algunos archivos de los servicios secretos nazis en la torre del Zoo que todavía dan que hablar. También encontraron mil ciento cincuenta metros cúbicos de obras de arte de los museos berlineses que tuvieron que desalojar ¡en dos días! porque los americanos, después del reparto de Berlín, se iban a quedar con la zona. 

Se encargó de ello la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército, comandada por el coronel Boloshin y el académico Belokópitov. Las cajas de los camiones acogieron el Altar de Pérgamo, el Oro de Troya, gran parte de la Pinacoteca, un inmenso botín, y fueron yendo y viniendo del Tiergarten a Tempelhof. En cuestión de horas, partieron del aeropuerto varios vuelos especiales, uno tras otro, con las grandes piezas de los museos berlineses. Dias más tarde, trenes y convoyes. El destino de todos aquellos embalajes fue Moscú y Leningrado. Algunas de esas obras fueron devueltas a Alemania y otras, simplemente, se perdieron.

La misión de las Brigadas de Trofeos era la del saqueo sistemático de Alemania para recaudar lo que el regimen soviético llamaba reparaciones de guerra. Fábricas enteras de motores de aviación, relojes o cámaras fotográficas fueron incautadas, desmontadas y llevadas a la Unión Soviética. También, oro, joyas, obras de arte. La Brigada de Trofeos que se encargó de apropiarse de las obras de arte de Berlín fue la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército. Fue ella la que se dio de bruces con la catástrofe.

El panorama después de la batalla.
La torre G, abajo, y la L, arriba, de Friedrichshain.

Aunque las torres estaban vigiladas, la vigilancia dejaba mucho que desear y tanto militares como civiles entraban y salían de las torres sin que nadie les llamara la atención. La torre que mereció la atención del NKVD fue la del Zoo, pero la de Friedrichshain quedó prácticamente abandonada. Fue saqueada. Las colecciones de los museos de Berlín estaban guardadas bajo llave, en unas celdas, pero cualquiera habría podido forzar alguna cerradura, saltarla a tiros o volarla con una granada. ¿Fue así? Se sabe que tanto el día 3 como el día 4 de mayo las colecciones permanecían en el interior de la torre, aparentemente intactas. Así lo atestiguan tanto cuidadores alemanes de los museos que, después de la batalla, se atrevieron a preguntarse por la suerte de sus colecciones como oficiales soviéticos que inspeccionaron las instalaciones junto con ellos.

En algún momento entre la tarde del día 5 y la mañana del 6 de mayo se incendió la torre L. Aunque era un monstruo de hormigón armado, no faltaba combustible en su interior. A decir de los oficiales alemanes, el suficiente para que los generadores eléctricos funcionaran a pleno rendimiento durante dos o tres meses. Además, toda clase de munición, enseres de todo tipo... El incendio arrasó el interior de la torre. Como era tan gruesa y poco ventilada, el incendio convirtió la torre en un horno, que alcanzó temperaturas muy elevadas. Dentro, recordémoslo, había cientos de delicadas obras de arte.

El mismo día 6 de mayo, alertados por un desesperado conservador de los museos de Berlín, acudieron los oficiales de la Brigada de Trofeos del 47.º Ejército a la torre L de Friedrichshain. En efecto, había habido un incendio. No pudieron penetrar en la torre, debido al calor acumulado. Cuando lo hicieron, buscaron los depósitos de las obras de arte. No fue inmediatamente, dejaron pasar unos días. 

Descubrieron un panorama desolador. Forzaron las puertas de varias celdas para descubrir en su interior los restos calcinados de lienzos y retablos, perdidos para siempre. Un testimonio estremecedor es el de un oficial soviético que abrió la puerta de una de estas celdas y contempló por última vez la colección de esculturas renacentistas italianas de los museos de Berlín. El mármol, debido a las altas temperaturas, se había convertido en cal y cuando el oficial abrió la puerta de la celda dejó entrar el aire fresco y el oxígeno. Delante de sus propios ojos, literalmente, esculturas y bajorrelieves quedaron echas polvo y desaparecieron de una vez y para siempre.

El incendio de la torre antiaérea de Friedrichshain (I)


Es incontable la cantidad de obras de arte de todo tipo que se han arruinado o perdido por culpa de la guerra. Ahora mismo, en Oriente Medio, los estragos son tremendos. Los yacimientos arqueológicos y los museos de Siria e Iraq están pagando las consecuencias de la estupidez humana. Sin embargo, quiero prestar atención a un suceso que ocurrió en Berlín, en 1945. Hablaré del incendio en la torre antiaérea de Friedrichshain.

La Segunda Guerra Mundial fue un reto para los conservadores de los museos de toda Europa. Los bombardeos aéreos sobre las ciudades en la retaguardia ponían en peligro sus colecciones, y todas las naciones que sufrieron la guerra hicieron lo que pudieron para ponerlas a salvo. Se vaciaron los museos. Unas obras de arte fueron llevadas bien lejos de las grandes ciudades, como fue el caso de las obras del Louvre. Otras fueron a parar a refugios antiaéreos, como las del British Museum. En Alemania se hizo lo propio con las grandes colecciones de Berlín o Dresde, por ejemplo, y con los miles de objetos artísticos que los nazis habían saqueado en los países que habían conquistado.

Los objetos de arte en poder del régimen nacionalsocialista fueron conservados en grandes minas de sal en Merker (Alemania) o Altaussee (Austria), lejos de los terribles bombardeos aliados sobre las grandes ciudades, o en lugares como Berchtesgaden o Neuschwanstein, castillos o fortalezas aisladas. Pero algunas obras de arte, ya fuera por su tamaño o por su delicadeza, no pudieron sacarse de las grandes ciudades. ¿Qué hacer con ellas?

Los alemanes habían iniciado un programa de construcción de torres antiaéreas en las grandes ciudades alemanas en 1941. Eran grandes torres de cemento armado que se elevaban en el centro de las grandes ciudades. En el techo de esas imponentes moles se instalaban cañones antiaéreos y directores de tiro (radares y telémetros). Hoy en día todavía pueden verse algunas de ellas en Austria y Alemania.

En Berlín se alzaron tres complejos antiaéreos alrededor de una Flakturm (torre antiaérea). A saber, Flakturm I (Berliner Zoo), Flakturm II (Friedrichshain) y Flakturm III (Humboldthain). Cada uno de estos complejos estaba formado por dos torres, la G y la L. 

Una pieza doble de 128 mm Flak 40 en la torre G del Zoo-Tiergarten.

La torre G o Gefechtsturm, torre de combate, tenía una base cuadrada de 70,5 metros y una altura de 39 metros. En el techo se habían instalado cuatro piezas dobles de 128 mm (FlaK 40) y ocho montajes cuadruples de cañones automáticos de 20 mm y algunas piezas automáticas de 37 mm. Una potencia de fuego descomunal. Luego estaba la torre L o Leitturm, mal traducida como torre ligera, pero en verdad torre de mando, donde se instalaba la dirección de tiro y el puesto de mando. La torre L tenía cuatro montajes cuadruples de cañones automáticos de 20 mm en el techo, aparte de las antenas de radar y comunicación. Su base era de 50 por 23 metros y su altura, de 39 metros, como la de la torre G. Las de Berlín fueron las primeras torres, del llamado Tipo 1.

Se diseñaron las torres para que también pudieran servir de refugio. Se calculó que cada complejo podría acoger ocasionalmente a 10.000 personas, que quedarían protegidas por paredes de más de 3,5 metros de acero y hormigón, que se creían impenetrables. Las torres antiaéreas fueron escogidas como el refugio ideal para las obras de arte de los museos berlineses que no podían abandonar la ciudad. En la torre L de Friedrichshain se almacenaron piezas procedentes de los museos berlineses en diversas celdas blindadas. Pinturas, esculturas, porcelanas, jarrones...

Una pieza cuadruple de 20 mm en la torre G de Friedrichshain.

La guerra se torció y llegó a Berlín. No sólo en forma de bombardeos aliados, sino de tropas soviéticas de a pie, que invadieron la ciudad en una terrible batalla final. Las torres antiaéreas resultaron ser defensas duras de roer. Ni siquiera los cañones soviéticos de 203 mm tirando a bocajarro hacían mella en sus paredes, así que los soviéticos, incapaces de tomarlas al asalto, las rodearon y sitiaron. En su interior se apiñaban los refugiados. En las de Friedrichshain llegaron a apiñarse más de 30.000 en la torre G y más de 10.000 en la torre L, superando con mucho la cifra de refugiados prevista en su diseño. Faltos de agua y alimentos, desesperados, se rindieron al fin. La última torre en rendirse, la del Zoo-Tiergarten, se rindió el 2 de mayo de 1945.

Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945. La ciudad entera capituló el 2 de mayo. Aunque todavía hubo algún combate y tiroteos esporádicos durante unos días más, la batalla había terminado. Alemania se rindió incodicionalmente el 8 de mayo. Entre una cosa y la otra, se había incendiado la torre L de Friedrichshain.

Noches sin dormir



He de reconocer que no había leído nada de Elvira Lindo, fuera de, ocasionalmente, algún artículo escrito por ella para El País. Hay tanta gente de la que no he leído una línea y que me convendría leer... El año pasado, una amiga mía con un gusto literario exquisito, que se gana la vida como editora de mesa (no diré ni dónde ni quién es), me regaló Noches sin dormir, de Elvira Lindo. La acabo de leer toda hace nada, como quien dice. Brave! Brava! para mi amiga, que acertó, y Brava! para Elvira Lindo, porque me ha gustado mucho lo que ha escrito.

Elvira Lindo se propuso escribir algo sobre Nueva York cada día de su último invierno en la ciudad, después de once años viviendo en ella. El libro es una pequeña joya que nos descubre la Gran Manzana vista desde dentro, que no es tan maravillosa como nos dicen. En palabras de la misma autora, es cutre, pero añado que es también fascinante. Lo es o lo parece, tal y como la describe. Adornada con fotografías de la autora, que no sé si serán buenas o malas, pero que ahí están, no defraudará a los curiosos y se descubrirá interesante para un aficionado a la buena lectura. Ha sido una sorpresa muy agradable. Recomiendo su lectura.

El regreso (Gran Premio de Australia 2017)


¡Ha vuelto el Circo! La Fórmula 1 ya está de nuevo aquí y ya se ha celebrado la primera carrera, en Melbourne, Australia. Ha habido (una relativa) sorpresa.

En Australia, la Fórmula 1 quizá haya dado un gran salto.
O quizá no. Pero puestos a saltar...

Estos meses se ha hablado mucho de los cambios en la Fórmula 1. Uno de los más importantes es que Ecclestone ya no está al frente, y esto sí que es un cambio. Pero los que quería señalar son los cambios técnicos. Hay más libertad para hacer evolucionar el motor, se emplean neumáticos más anchos, el coche es también más ancho, importa más la carga aerodinámica y la revolución de verdad viene por la velocidad en el paso de curva, que crece de modo significativo. Será más difícil adelantar por la anchura de los bólidos, pero la velocidad en curva pondrá en su sitio a los peores conductores. Otro factor a tener en cuenta es que los neumáticos durarán más, lo que importa, y mucho, en la estrategia de los equipos. 

Se ha dicho que Mercedes-Benz no lo tendrá tan fácil este año. Ferrari, se sigue diciendo, se ha acercado mucho y quizá se enfrente a las Flechas de Plata en igualdad de condiciones. Eso está por ver, pero sí que parece que ha mejorado mucho y como uno es de Ferrari de toda la vida, gane o pierda, celebra esta noticia. Además, hay que decirlo, que Mercedes-Benz no tenga por delante un camino de rosas es una buena noticia para todos los aficionados, porque las carreras tendrán más interés. Honda ha decepcionado, y mucho, y Red Bull está delante, intentando pillar a los alemanes e italianos. Se verá. Es pronto para asegurar nada.

Vettel, corriendo en la primera posición.

En esta primera carrera los Ferrari han demostrado que vienen fuerte. Ha ganado uno (Vettel) y el otro ha quedado cuarto. En medio, los dos Mercedes-Benz. Cuentan los cronistas que ha sido un error estratégico de los alemanes, que han entrado a cambiar sus neumáticos cuando había demasiado tráfico, y que entonces Ferrari ha aprovechado la ocasión. Aunque los ferraristas celebramos el resultado (cómo no), no hay que echar las campanas al vuelo. Pero si esto sigue así, gane quien gane al final, será más divertido. ¡Que siga, por favor! ¡Que siga!

Cosas del oficio de lector


El otro día pasé por la librería Malpaso (en el cruce entre las calles Girona y Diputació), donde trabaja una amiga, y me llevé dos alegrías a casa, o tres, si contamos el libro que compré. La primera, un regalo a mi vanidad: mi amiga me pidió que le firmara y dedicara un ejemplar de mi libro, cosa que hice con sumo placer, porque a nadie le amarga un dulce. La segunda, que me presentaron a Patricia Escalona, editora de Malpaso, que estaba por ahí de casualidad o algo parecido. A juzgar por los libros que publica, su trabajo es excelente. 

"Patricia, te presento a Luis", dijo mi amiga. "Es escritor", añadió. En un arranque de falsa modestia (hipócrita que es uno), dije que no había para tanto, que era escritor, lector, lo que fuera. Lector... "Ya sé lo que es eso", me dijo Patricia, muy simpática. "Todo el mundo me dice: ¡Qué guay! ¡Tu trabajo es leer! ¡Y no saben lo que es eso! ¡Ay, si lo supieran...!" Como se me escapó una sonrisa, añadió: "Ya sabes de qué hablo, ¿verdad?".


Sí, ya sabía de qué me estaba hablando. No es tarea fácil ni agradecida tener que leer cientos y cientos de páginas que, simplemente, no pueden publicarse. ¿Por qué? Porque son malas. De hecho, los manuscritos se dividen en tres grandes categorías: los malos, los muy malos y los peores. De vez en cuando surgen cosas excepcionales. Algunos son tan extraordinariamente malos o inverosímiles, extraños, que algunas editoriales (doy fe) los guardan como oro en paño, en una especie de museo de los horrores. La visión de esas monstruosidades es fuente tanto de risa como de espanto, y uno tiene que remontarse a los gabinetes de curiosidades del siglo XIX para encontrar algo semejante. 

También surge, es cierto, algún manuscrito publicable. Incluso alguno entretenido, interesante, hasta bueno. En esos casos, el lector, apabullado por semejante descubrimiento y novedad, celebra el evento exagerando las virtudes de lo que ha leído, porque sabe que ese manuscrito todavía tiene por delante una dura prueba, que sólo superan uno de cada diez candidatos. Así y todo, si conoce a un lector profesional quizá lo descubra un día sonriendo en una librería. Éste lo leí yo, susurrará, señalando a un libro, casi como si se tratara del mismísimo autor.


En mi caso, combino la escritura con la lectura. No me considero un buen autor, pero intento mejorar en cada frase y me gusta aprender y sufrir. Cada libro que leo (y cada manuscrito) me enseña nuevos caminos que merecen explorarse (o evitarse). Brunelleschi, el genial arquitecto, pasó muchos años en Roma estudiando edificios mal construidos, que habían colapsado bajo su propio peso, y extrajo de ellos valiosísimas lecciones que le valieron para levantar la cúpula de la catedral de Florencia. Algo parecido hago yo, aunque no creo que vaya a levantar algo tan grande, ni de lejos.

Decía que combinaba escritura con lectura porque conozco los dos extremos. Sé la de horas e ilusiones que ha invertido el infeliz que ha escrito el manuscrito que estoy leyendo ahora. Cuanto más malo, malísimo o peor es, peor me siento yo. Primero, por leerlo, claro, porque hay momentos en que te preguntas por qué el autor no se dedicaba a la papiroflexia en vez de a la escritura. ¿Quién le habrá metido en la cabeza que vale para escribir? Algunas páginas merecen palabrotas dichas en voz alta. Pero en segundo lugar, ahí quería ir, es imposible no pensar en tantas ilusiones y tantos trabajos como ha puesto el autor. ¿Cuántas horas habrá invertido en escribir algo... tan malo? ¿No ha leído lo que ha escrito o lo ha leído y cree que está la mar de bien? ¿Cree realmente que merece ser publicado, que tiene alguna oportunidad? ¿Lo cree sinceramente? 

Me irrito más de una vez y más de dos, y algún día me he puesto de un humor de perros enfrentándome a un manuscrito horrible que me veía forzado a leer. Pero (casi) siempre no me da por ahí. Será porque suelo ponerme en el lugar del autor. Entonces... Pobre... ¡Me da una pena...! Mientras escribo un demoledor informe de lectura, no dejo de pensar en esta íntima y particular tragedia, no lo puedo evitar.


Luego imagino lo que dirán de lo que yo he escrito. Imagino que nada bueno. Yo me pondría las botas en un informe de lectura contra mí mismo, estoy seguro. Imagino a otro lector acordándose de mí, con ganas de enviarme de cabeza al infierno de los escritores frustrados. Por eso, quizá por eso, se da esa suerte de complicidad que lamenta tener que redactar un informe de lectura honesto, que condene el manuscrito a la papelera. Pero uno es un profesional y a la que se pone ante el informe, la simpatía la deja en un aparte y se convierte en un verdugo implacable. Si un manuscrito es malo, es malo, y ahí van mis argumentos. A veces, después de haber enviado el informe, tengo un leve remordimiento... que se me pasa en seguida, no vayamos a exagerar.

Por eso sonreí cuando Patricia observó que yo ya sabía de qué estaba hablando. ¡Vaya si lo sé...! ¿Te pagan por leer? ¡Qué guay!, dicen.

El prisionero de Zenda (la novela... y las películas)


Un libro para disfrutar y dejarse llevar por la aventura.

No había leído El prisionero de Zenda, aunque había visto las películas. En plural. Al menos, las dos más famosas, la de John Cromwell, protagonizada por Ronald Colman, Douglas Fairbanks Jr. y Madeleine Carroll, de los años treinta, y la de Richard Thorpe, protagonizada por Stewart Granger, James Mason y Deborah Kerr. Ésta, la segunda, es probablemente la más famosa, y también la más kistch. También existe una versión en cine mudo, de 1922, muy interesante. 


Los carteles de las dos películas.
Cualquiera de las dos merece verse. 
La segunda es más kistch, quedan avisados.

En mi modesta opinión, en las películas la función se la lleva el malvado Rupert de Hentzau. James Mason es un Rupert de Hentzau magnífico, pero yo prefiero al descarado Douglas Fairbanks Jr., más alegre y semejante al Rupert de Hentzau de la novela. Pero no pienso sentar cátedra, porque esto va por gustos y cada uno elige al malo al que mejor se acomoda. Cualquiera de los dos es notable. 

Por supuesto, ambas películas se cierran con el enfrentamiento a vida o muerte de Rudolf Rassendyll y Rupert de Hentzau, sable en mano. La escena es tan famosa que ha sido imitada en numerosas películas y en una de ellas, La carrera del siglo (The Great Race, 1965), la esgrima entre Tony Curtiss y Ross Martin es tan buena que no tiene nada que envidiar a ninguna otra. ¡A lo que íbamos! Son cuatro o cinco minutos de sablazos arriba y abajo que Granger y Mason pasan con muy buena nota, superando a Colman y Fairbanks Jr., que no pelean tan bien (aunque crean escuela). En la novela, el enfrentamiento entre Rassendyll y Hentzau no es exactamente así como se ve en las películas, aunque no será menos emocionante, y no diré más. No pienso quejarme por ello.

El duelo, en 1937. La imagen de las sombras dándose sablazos, un clásico.

El duelo, en 1952. Una de las mejores escenas de esgrima de Hollywood.

El duelo, en 1965. Con florete y sable, y una magnífica esgrima.

La novela... No la había leído. No sé por qué. Quizá porque no se publicaba. La compré hace unos días, publicada al fin por DeBolsillo y Zenda (www.zendalibros.com), con un prólogo de Arturo Pérez-Reverte que, como no podía ser menos, reivindica el placer de una lectura divertida, entretenida... Y eso es lo que es El prisionero de Zenda, una novela para disfrutar. He de reconocer que me arrimé a la novela esperando tropezar con un texto mediocre, prescindible, pero ¡cuánto me equivoqué! ¡Me lo he pasado en grande leyéndola! Me he divertido mucho. Oh, vale, no es un Flaubert, ni un Joyce, pero tiene todo lo que ha de tener para pasar un buen rato y vivir aventuras, sable en mano. Ya no se escriben novelas así, hemos perdido la inocencia y la frescura, hasta el descaro, de El prisionero de Zenda. Qué lástima, ¿verdad?

Resumen del caso


--Está prohibido, no puedes hacerlo.
--Pues lo hago lo mismo. ¡Mirad lo que he hecho! ¡Qué listo que soy! ¡Voy a pasar a la historia por el gol que les acabo de meter!
--Mira que te hemos avisado. ¡A juicio!
--¿Por qué? ¡Si no he hecho nada! ¡Si yo no he sido! ¡Han sido los voluntarios, señoría! ¡Fueron ellos! Yo sólo pasaba por ahí. Además, no entendí cuando me dijeron que no podía hacerlo y de verdad, de verdad, que no lo he hecho.
--No nos vengas con cuentos, que lo hiciste, que lo vimos todos y lo sacaste por la tele, presumiendo de haberlo hecho, ¿o ya no te acuerdas? Pero, va... Seré bueno y sólo te inhabilitaré un poco.
--¿Me has inhabilitado? ¿No podré presentarme a las elecciones que están al caer?
--No, por desobediente. En las siguientes, quizá.
--Entonces ¡lo hice yo! ¡No me arrepiento de nada!
--Pero ¿no fueron los voluntarios?
--¡Quiero ser presidente! ¡Quiero ser presidente! ¡Quiero ser presidente...!


Dando sablazos en Gerona


Ayer participé en una exhibición de esgrima en Gerona, donde la Escola Hongaresa d'Esgrima plantó sus reales y enseñó los rudimentos de tan noble arte a docenas de niños que pasaron por ahí. Fue muy divertido. 

Soy el tipo de la izquierda.

En la fotografía pueden verme lanzando una hábil estocada a un compañero de la escuela, para que no se diga. Ayer cumplió el año y medio justo que practico este entretenimiento. ¡Bien!

Clase y señorío


Leído en la versión electrónica de El Periódico (10 de marzo de 2017) y copiado aquí:

La apertura de la caja fuerte de Rosell se llevó a cabo en octubre del 2015 en el juzgado de instrucción de El Vendrell. En su interior, aparte de los fajos de billetes envueltos en papel de diario, los investigadores encontraron un calcetín de color gris de la marka Nike en cuyo interior había escondido un reloj de la marca Rolex. También hallaron otro reloj de la marca Orient con el nombre y apellidos del investigado grabado en el dorso y varios CD-ROM, así como el disco 'The Rising' del cantante estadounidense Bruce Springteen.

Una de las fotografías que acompaña la noticia.
Puede apreciarse el Rolex y el calcetín.
En un recuadro a la derecha, el detalle de la marca del calcetín.

Un Rolex en un calcetín... ¡Por Dios!