El anónimo héroe dibujante


El primer automóvil blindado diseñado para un uso militar se remonta a 1906. Era un Peugeot que, así que salía de la carretera, se atascaba en el barro. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, la imaginación suplió a la falta de medios y en los primeros meses del avance alemán sobre Bélgica y Francia se emplearon automóviles en descubiertas con muy buenos resultados. Queda constancia de oficiales británicos de buena familia que emplearon automóviles pagados de su bolsillo para emplearlos en incursiones contra los boches. Algunos de estos vehículos los blindaron en la herrería del pueblo, con planchas de calderería y hoja de lata. Otro tanto se dice de los junker prusianos que tenían enfrente. 

Bélgica, 1914. Un Talbot, propiedad de un oficial británico y blindado artesanalmente.

De esta manera tan extraordinaria, los militares aceptaron al fin la necesidad de disponer de automóviles blindados para misiones de exploración y descubierta, en soporte de la caballería. Quizá fuera ya un poco tarde, porque ya se había enquistado la guerra de trincheras en el frente occidental, pero todavía había sitio para los automóviles blindados en Rusia o en el Medio Oriente.

En 1915, los alemanes encargaron a Daimler, Ehrhart y Bussing los prototipos para una autoametralladora blindada, que así bautizaron a la criatura. A principios de 1916 pudieron evaluar los tres prototipos y dieron por buenos los tres, caramba. A los pocos meses, el ejército alemán imperial contó con el primer batallón de autoametralladoras blindadas, el Panzerkraftwagen Maschinengewehr Abteilung I, y perdonen ustedes.

La autoametralladora Bussing A5P, imponente cacharro.

Las autoametralladoras alemanas eran unos cacharros monstruosos. Medían unos diez metros de largo y pesaban entre nueve y diez toneladas cada una. Llevaban a bordo un jefe de carro, dos conductores (uno conducía hacia delante y otro, hacia atrás) y seis ametralladores. El blindaje de 7 a 9 mm de grosor era apenas suficiente para detener un balazo o un tanto de metralla. Eran lentos, ruidosos, y sus tripulantes se movían en un ambiente claustrofóbico, angosto, calurosísimo y agobiante. Eran, cito a un militar británico, extravagantes.

En 1916 estuvieron en Verdún (donde no hicieron nada más que atascarse en el barro y pasaron desapercibidos por los franceses) y luego partieron hacia Rumanía, donde el batallón tuvo mucho más éxito a las órdenes del general von Schmettow, un general de caballería. Los británicos habían oído hablar de las autoametralladoras alemanas, pero todavía no habían visto ni una. 

En julio de 1917, en Rusia, Kerensky lanzó una ofensiva que a la postre acabó mal y puso los cimientos del éxito de la Revolución Rusa. Todavía lejos de semejante conmoción, el avance de los rusos en Brzezany contó con el apoyo de una unidad de automóviles blindados de la marina británica (RNAS) a las órdenes del comandante Oliver Locker Lampson. Fue en este sector del frente ruso cuando se produjo el que dicen que fue el primer encuentro documentado entre automóviles blindados de la Primera Guerra Mundial. 

Autoametralladora Lanchester de la RNAS, el servicio de automóviles blindados de la marina, en Rusia. Observen la bocina y las llantas de radios. Pesaba entre dos y tres toneladas y contaba con dos tripulantes, el conductor y el ametrallador.

Los autoametralladores Lanchester de la RNAS avanzaban por una carretera que descubrieron bloqueada por una especie de monstruo mecánico (uno de los autoametralladores alemanes). A unos quinientos metros de distancia, comenzaron a dispararse los unos contra los otros. Ningún bando dio su brazo a torcer. Los Lanchester se acercaban, disparaban y se retiraban para volver a cargar sus ametralladoras, uno tras otro. Pero los boches, allá quietos, fueron respondiendo al fuego con fuego. Largo rato se sucedieron estos ataques inútiles, mientras los blindajes de pacotilla iban abollándose por culpa de los balazos enemigos.

Así hubieran seguido hasta hoy si los británicos no hubieran cambiado de táctica. Mandaron traer un Seabrook, un camión blindado que llevaba encima un cañón de la marina de tres pulgadas (76,2 mm). Se acercó el camión a la carretera, se puso detrás de un Lanchester, enfiló a los boches y ¡pum! Bastaron dos o tres cañonazos (no acertó ni uno) para alertar a los alemanes. ¡Cuidado, que tiran en serio! Los de la autoametralladora alemana pusieron pies en polvorosa. Es decir, se retiraron a sus propias líneas con una lentitud exasperante, traqueteando por un camino polvoriento mientras el cañón de tres pulgadas tiraba al tuntún, por ver si le daba. Ahí acabó todo.

Un camión Seabrook de la RNAS con un cañón de tres pulgadas. Observen los uniformes de la marina y los paneles que se despliegan para poder emplear el cañón.

En medio de esta batalla, el comandante Lampson preguntó qué era eso que bloqueaba la carretera. Era la primera vez que veía algo tan feo y tan grande. Será una de esas autoametralladoras alemanas de las que tanto hablan, se dijo, y supo de inmediato que tenía que dar aviso de su existencia al Cuartel General. También supo que aquella batalla era una oportunidad única de examinar la autoametralladora enemiga y analizar tanto sus puntos fuertes como sus puntos débiles. 

Se volvió y señaló a uno de sus oficiales. Le ordenó que tomara los lápices y un cuaderno e hiciera unos dibujos detallados del blindado alemán. Mejor, de cerca, añadió. No se pierda usted detalle, le dijo, al despedirse de él. No había cámara fotográfica a mano, qué quieren que les diga.

Allá fue el valiente dibujante. Se acercó peligrosamente al enemigo, escondiéndose en la cuneta y agachando la cabeza. Durante poco más o menos una hora, entre dos fuegos, dibujó pacientemente las formas del blindado alemán, que se movía arriba y abajo, lentamente, a un tiro de piedra. Aquí unas ruedas, aquí unas mirillas, aquí lo que parece una trampilla del motor... Llovían las balas a su alrededor y él, impertérrito, pasó por todos los peligros sin dejar de dibujar, boceto tras boceto. 

Desconocemos el nombre del dibujante y no hemos visto sus dibujos. ¡Estarán en alguna parte! Porque sabemos que causaron pasmo e impresión en el Alto Mando y que el Cuartel General mencionó el suceso, que consta en los anales de la RNAS y la marina británica. A mi entender, el tipo del cuaderno mereció una medalla como la copa de un pino y sus dibujos, un lugar en algún museo de renombre. Quizá no fueran una verdadera obra de arte, pero nunca pintar del natural fue tan arriesgado. Recordamos con admiración al dibujante anónimo y le dedicamos estas líneas.

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