Otra vez, sin Ley Electoral


Una sesión plenaria del Parlamento de Cataluña.
Pese a ser plenaria, no se ve el pleno por ninguna parte. 

Ya van treinta y cinco años que Cataluña aguanta sin Ley Electoral propia. Treinta y cinco. Cataluña es la única (¡la única!) Comunidad Autónoma sin Ley Electoral, prevista no en uno, sino en dos Estatutos de Autonomía seguidos, el de 1979 y el del 3%. Tenemos una Ley Electoral de prestado, con orígenes franquistas, y a algunos eso les va muy bien. La Ley Electoral de Cataluña es, a todas luces y objetivamente, la gran vergüenza de la política catalana. 

Este mayo, después de inacabables negociaciones en las que nadie se prestó a escuchar al vecino, se aceptó a trámite... y estaba toda por discutir. Todavía no se había resuelto el reparto proporcional de votos y escaños (!?) y allá sigue, sin resolver, una legislatura más. 

Se necesitan dos tercios de la cámara para aprobar esta ley, pero cada partido iba con su propuesta bajo el brazo y no hubo acuerdo ninguno. CiU y ERC querían mantener el actual reparto de votos (porque les conviene) y los demás, no (porque no les conviene). CiU y ERC pretendían aprobar ahora detalles como quién formaría parte de la Junta Electoral y proponían dejar el reparto de votos y escaños (lo que de verdad importa) para otra ocasión. Para eso, que vote Rita, dijeron los demás. Qué vergüenza, todos juntos y cada uno por separado. Qué vergüenza.

Según la Ley Electoral de prestado, hoy vigente, existen cuatro circunscripciones electorales, una por provincia: Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona. Entre todas sumarán 135 diputados al Parlamento de Cataluña. En todas ellas se aplica la ley d'Hondt para distribuir los escaños y para obtener representación parlamentaria se ha de obtener más de un 3% de los votos. Hasta aquí, va todo más o menos bien. No es gran cosa, pero es lo habitual en nuestro entorno. El problema es la representatividad de cada circunscripción, que no se corresponde con el número de habitantes. En la práctica, querrá decir que sacar un diputado en una será más difícil que sacar un diputado en otra. 

La circunscripción de Barcelona es la más perjudicada. Los barceloneses tendrían que estar representados por 102 diputados, pero sólo pueden elegir a 85. En cambio, los tarraconenses escogen a 18 diputados, cuando tendrían que ser 13; los gerundenses escogen a 17, cuando les corresponderían 12; el caso de los ilerdenses es el más llamativo, pues escogen 15 diputados cuando tendrían que escoger a 8, no más.

En la práctica, se traduce en los siguiente; Ha habido elecciones en las que un diputado de Barcelona ha tenido que obtener un 60% más de votos de un diputado de Gerona o Tarragona, y un 120% más que uno de Lérida. 

La primera vez que Maragall se presentó a las elecciones a presidente de la Generalidad de Cataluña, sacó siete mil votos más que Pujol, el de Banca Catalana. Pero Maragall ganó en Barcelona y Pujol, en provincias. Pujol, pues, sacó más diputados y gobernó cuatro años más, porque el socialismo (históricamente) tiene más peso en la ciudad (Barcelona) y la derechona nacionalista, en el campo, en las provincias, en eso que ahora llaman territorio

Esta situación (injusta a todas luces) podría repetirse en cualquier momento y con cualquier partido. De hecho, ha sido una constantes estos últimos treinta y cinco años y explica por qué la derechona nacionalista (CiU y ERC) ha estado sobrerrepresentada y la izquierda (o lo que pasa por serlo), infrarrepresentada, y porque no hay manera de que se pongan de acuerdo. Si el nacionalismo catalán reconoce un ciudadano, un voto, se queda sin mayoría (o con menos mayoría). Sin su concurso, no pueden sumarse dos tercios de los diputados y, en resumen, no hay Ley Electoral de Cataluña. 


Entramos en un debate muy viejo, que justifica la existencia del Congreso y el Senado, por ejemplo, y éste es el de la representatividad territorial. La democracia no se distingue por el gobierno de la mayoría, sino por el respeto y la protección de las minorías, y por eso existen mecanismos para que los habitantes de un territorio puedan tener voz ante la aplastante mayoría de otros territorios más poblados. Pero, por el otro lado, la máxima de un ciudadano, un voto, es sagrada. Existen propuestas sobre la mesa que respeten una proporcionalidad absoluta y otras que la combinen con una representatividad territorial. Personalmente, prefieron una circunscripción única y lo más proporcional posible, pero entiendo que pueda combinarse con una representatividad territorial. Pero qué importa lo que yo prefiera, cuando no hay acuerdo ninguno, ni lo ha habido en treinta y cinco años.

Sin una Ley Electoral propia, el debate sobre un supuesto derecho a decidir, por ejemplo, a decidir lo que sea cuando sea, o la extraña proclamación de unas elecciones plebiscitarias en democracia, incluso el asamblearismo y el consultismo que sirve tanto para un roto como para un descosido, carecen de base y hasta de sentido. El sistema parlamentario aguanta como hasta ahora porque sigue unas reglas del juego iguales para todos, pero chirría al mostrarnos la realidad de una clase política más interesada en apropiarse del poder que en gestionar la res publica. Que en treinta y cinco años haya sido imposible parir una Ley Electoral propia... En fin, no tiene nombre.

La sociedad civil y transversal


Cuando una palabra comienza a estar en boca de políticos y gentes de tertulia, cuando los columnistas de opinión no hablan de otra cosa y los que quieren darse de entendidos la emplean a menudo, agárrense.

De un tiempo a esta parte, la pobre palabra que le ha tocado sufrir tan cruel destino es transversal. Ahora mismo, si su ideología, su partido o su programa no es transversal, despídase. El palabro ha ido más allá de la esfera de la cháchara política, y ahora se emplea con desparpajo en economía y mercadotecnia. Así, un producto ha de tener una imagen transversal o la reforma fiscal ha de ser, igualmente, transversal. Qué miedo.


El caso es que transversal es aquello que se atraviesa en el camino recto. También se dice que es aquello que va de lado a lado. No nos olvidemos de la familia transversal, la formada por parientes políticos y lejanos. Así, cuando un partido político nos ofrece un programa transversal, nos está diciendo: 

a) que se cruza en el camino recto que nos lleva hacia delante, lo que me parece inconveniente.

b) que va de lado a lado. Lo que quiere decir que querrá satisfacer a propios y extraños, a cualquiera, piense lo que piense, crea lo que crea, sea rico o pobre, gordo o flaco, de izquierdas o de derechas. En vez de hablar de un programa común, de una unidad política, de una coincidencia o suma de intereses, ponen lo de transversal y se quedan tan contentos.

o quizá c) que implica a los parientes de los socios de esos partidos políticos. Es decir, está ofreciendo un programa nepotista. En la práctica, es lo que hacen casi todos, repartiéndose el pastel.

Sin entrar en detalles, hoy se interpreta transversal en política y tertulias como a) y c) (pero esta última no se dice en voz alta).

Yo, la verdad, no creo que ningún partido o programa político que se precie tenga que ser transversal. Quien mucho abarca, poco aprieta, y si un programa político ha de ser tan poco definido que sea capaz de satisfacer tanto al obrero de la construcción en paro como al promotor inmobiliario que amasa fortunas, no me interesa. Será poco honesto. 

En vez de un gris difuminado, yo quiero los colores claros y distintos. Quiero que me digan: Yo defiendo esto y esto, y no gustará a todo el mundo. El verdadero oficio del político (y del economista), y mi deber como ciudadano a la hora de votar, es escoger y apechugar con las consecuencias de haber escogido. 

El programa transversal es el que se niega a escoger una opción entre varias y las confunde todas. Es, en suma, el que se niega a tener un ideario político (y un programa de actuación) definido. ¡Qué bonito!

Lo peor, al menos en Cataluña, es que los partidos políticos se han metido en vena la idea de ser transversales (es decir, en renegar en voz alta, de cara a la galería, de un ideario político claramente definido) para que todo el rebaño siga al mismo pastor (mientras se pelean por ver quién será el pastor). Todos quieren ser transversales, todos. Al menos, de palabra. De obra siguen pensando en qué hay de lo mío. Y no se les ocurre nada mejor para ser transversales que acudir a un concepto anacrónico, el de la sociedad civil.

La sociedad civil o tercer estado es la que lleva a sus espaldas al primer y segundo estados, la nobleza y la Iglesia (a día de hoy, los políticos y los tertulianos).

La sociedad civil es un concepto platónico. Según Platón, la sociedad la formaban tres estamentos. El de los filósofos, que luego serían los sacerdotes de la Iglesia; el de los militares, que luego serían los aristócratas; el formado por el resto, el que sería propiamente la sociedad civil, porque no es ni militar ni eclesiástica. Las cortes de las monarquías europeas tenían representantes de los tres estamentos y el voto de toda la sociedad civil valía tanto como el voto de la nobleza o el voto de la Iglesia. Por eso siempre perdía, dos a uno, hasta que dijo que hasta aquí hemos llegado y vas a ver tú ahora.

Lo que nos ha costado dejar de ser sociedad civil para ser ciudadanos...

Hablar de la sociedad civil después de haber pasado por la Ilustración y la Revolución Francesa no tiene mucho sentido. Lo tenía en el siglo XVIII, quizá. Hoy, con nuestra Constitución en la mano y la historia a nuestras espaldas, la sociedad civil la forman todos los ciudadanos. Mejor dicho, sólo hay sociedad civil, no hay nada más que sociedad civil, todos (curas y soldados incluidos) somos sociedad civil. Aunque, es verdad, ¡qué bonito es hablar de la sociedad civil! Suena chachi.

Por lo tanto, cuando el presidente Mas, el señor Junqueras o un tertuliano sabiondo hablan de presentar una lista de candidatos formada por representantes de la sociedad civil, están diciendo a) una obviedad o b) una gilipollez. Porque todos los partidos políticos, todos, presentarán una lista con representantes de la sociedad civil y todos y cada uno de los parlamentarios, todos, ya son representantes de la sociedad civil. De hecho, son diputados elegidos para representar a la sociedad civil. Los partidos políticos, todos los partidos políticos, son representantes de la sociedad civil.

Considerar que los políticos son una cosa y la sociedad civil, otra... Mal asunto. Querrá decir que todavía no nos ha llegado la Ilustración. ¡Y eso que tenemos Francia al lado!

La cuestión es que los políticos confunden la sociedad civil (nos confunden a todos nosotros) con unas asociaciones determinadas... que sólo responden ante sus socios. Y no son muchos. 

Si esas sociedades están por la labor de defender el ideario transversal que se propone, se alude a ellas hablando de la sociedad civil. Si no, se las ignora. Para complicarlo todo un poco más, los partidos políticos quieren demostrar que sus listas son transversales implicando en ellas a la sociedad civil. Es decir, quieren demostrar que sirven tanto para un roto como para un descosido sumando candidatos que se han manifestado a favor de su ideología, aunque hasta ahora no hayan ejercido como diputados, por ejemplo. Pero son famosos, da igual por qué. Es tal el desprestigio de los partidos políticos y de su acción política que pretenden disimularlo con una cortina de humo formada por las palabras sociedad civil y transversal

Al mismo tiempo, un amplísimo elenco de asociaciones ciudadanas serán excluidas de la sociedad civil (¿?) porque no están a favor o no apoyan explícitamente esa ideología transversal. Se manifiesta, mediante un retorcido lenguaje, que los partidarios de esta ideología excluyen de la ciudadanía a los que no piensan como ellos y no apoyan sus acciones. Qué bonito.

A poco que se piense, un despropósito.

El resultado podría ser interesante de ver, pero de mal vivir. Imagínense un tercio del Parlamento de Cataluña, quizá más, quizá menos, formado por gentes como Nuria Feliu, Pep Guardiola o Joel Joan, más el neoliberal Sala Martín y sus chaquetas de colorines y la iluminada monja Forcades. Imagínense que ganan y que tengamos que depender de sus decisiones para que funcione la sanidad pública o la red de ferrocarriles. Imagínense que pierden y tenemos que verlos cuatro años en el Parlamento, dando la nota. No diré más.

Creo sinceramente que los ciudadanos se han de implicar más en la política. Como sea. Una de las razones que me impulsa a creerlo es que tenemos que evitar que puedan producirse situaciones tan potencialmente vergonzantes como la que acabo de imaginar. Por el bien de todos, sean exigentes con los políticos, déjense de transversalidades y defiendan sus derechos con uñas y dientes. Por favor.

Ay, que llueve (Gran Premio de la Gran Bretaña 2015)



Lo dicho, ay, que llueve, pero ¿no estamos en Silverstone? Aquí se corre mucho y muy deprisa y que llueva es la cosa más normal del mundo, pues ¿acaso el paraguas no forma parte del uniforme de cualquier británico que se precie? Pues, claro, ¡llueve!

Pero no es lo mismo que llueva cuando uno va tan tranquilo caminando que a no sé cuántos por hora en un bólido. Y eso es lo que ha pasado, pero del modo más rocambolesco posible. Ahora llueve aquí, ahora llueve allá, ahora llueve, ahora no llueve, porque han pasado por encima de la pista dos chubascos que han obligado a cambiar neumáticos una y otra vez. 

Esto ha sido la mala suerte de Williams, que ha perdido la segunda y la tercera posición de esta manera tan tonta. A Ferrari le ha ido bien y mal. A Vettel, muy bien, que se ha encontrado tercero yendo sexto. A Raikkonen, mal, que ha pasado de ser quinto a ser octavo. En resumen, no han acertado con la estrategia y podrían haberlo hecho un poco mejor.

Ah, noticia, McLaren ha puntuado, ¡al fin! Ha sido Alonso, que ha acabado la carrera. Que los Mercedes-Benz hayan vuelto a ganar, los dos, ya no es noticia.

Concisión


Primera edición de Los Miserables en inglés, de Hurst & Blackett.

Victor Hugo, después del golpe de Estado del que pronto sería proclamado como Napoleón III, tirano de opereta, pérfido y miserable bufón, vivió en el exilio belga, donde, tras muchos trabajos y esfuerzos, escribió la que sería su obra más conocida, denostada por Flaubert, pero aplaudida por todos los demás literatos de su época y por millones de lectores desde entonces, que no es otra ni más ni menos que Los Miserables, la que pronto sería traducida a varios idiomas e impresa en Italia, Grecia y Portugal, y que, aprovechando que su autor viajó a Inglaterra para quedarse ahí una temporada, pronto sería traducida al inglés, dejándonos una de las mejores anécdotas del personaje y de las relaciones de los escritores con sus editores, puesto que, poco después de publicarse en francés, Victor Hugo hizo llegar una copia de su novela a su editor, Hurst & Blackett, acompañada de una nota que decía:

?

Como toda respuesta, Victor Hugo recibió una carta de la editorial que decía:

!

Ni que decir tiene que se publicó en inglés y fue todo un éxito.

Ah, qué maravilla, la concisión.

Cocina con mal genio



Como pueden leer, en este restaurante ofrecen medallones de solomillo con huevo cabreado. Después de consultar los manuales al uso, uno se pregunta si el huevo cabreado se cocina con mala leche. Es una pregunta que dejo en el aire, por si alguno se pica.

Mi viejo amigo


Ya habrán notado que el verano ya está aquí. Parece que se haya presentado de la noche al día y ahora todo son urgencias. ¿Hace calor? Pues, sí, pero ¿hace falta que me lo recuerden?


A la vista del panorama, ahí me tienen, rebuscando en el altillo. ¿Dónde habré metido el ventilador? La minipimer me cuenta que la última vez que lo vieron estaba de picos pardos con la yogurtera, No es más que una tontería de verano, susurra.

Flechas de plata



Siguiendo una tradición de origen incierto, los automóviles de competición se pintan de un color u otro dependiendo del país de origen. La publicidad ha acabado con esta costumbre, al menos en parte, y ahora se pintan los bólidos con los colores de un refresco, una marca de cigarrillos, un banco o lo que haga falta. Pero los Ferrari siguen siendo rojos y en los Mercedes-Benz predomina el gris.

En los años treinta, ésta era la práctica habitual, y persistía todavía en los años cincuenta y sesenta. Los automóviles británicos (Bentley, Lagonda, Aston Martin, Jaguar) se pintaban todos de verde oscuro; los franceses (Bugatti, Delahaye), de azul; los belgas (Minerva), amarillos; los españoles (Pegaso, Elizalde), azules y blancos, aunque también se aceptaban rojigualdos; los más famosos, los italianos (Alfa Romeo, Maserati, Ferrari), de color rosso corsa, rojo de carreras. El color de los automóviles alemanes era un gris plateado, clarito, que los alemanes muchas veces sustituyeron por el simple pulido de la carrocería de aluminio o de una aleación semejante. De ahí que los Mercedes-Benz y los Auto-Union que comenzaron a ganar una carrera tras otra en los años treinta, imbatibles, avasalladores, invencibles, fueran bautizados como Flechas de Plata (Silberpfeile). 

Hitler saludando a Rosemeyer.
La fotografía se comenta en el libro.

Los alemanes desembarcaron en las carreras de automóviles con unos medios y una organización nunca antes vista. Además, el régimen nazi supo ver en la supremacía de Mercedes-Benz y Auto-Unión un reclamo publicitario de primer orden. Las carreras de automóviles se convirtieron en un asunto político de la máxima importancia y los pilotos de carreras, en héroes nacionales. Uno de ellos, Rosemeyer. Es, también, un personaje del libro que recomiendo.

Flechas de plata es un libro de Walter Kappacher, un escritor austríaco, que ha sido galardonado con el premio Georg Büchner, que otorga la Academia Alemana de la Lengua. Lo he leído gracias a la traducción de Claudia Baricco, que publica Adriana Hidalgo, una editora argentina. 

Un periodista en horas bajas, además recién abandonado por su novia, quiere escribir un libro sobre las Flechas de Plata. Descubre que uno de los ingenieros del antiguo equipo de Auto-Union todavía vive. Va a visitarlo y pronto escapa con él del asilo donde vive, porque éste quiere regresar, al menos una vez, a su viejo hogar. 

Rosemeyer, intentando batir la marca de velocidad en carretera.
Poco después, se mató.

El viejo habla del intento de Rosemeyer de batir la marca de velocidad, intento en el que dejó la vida. Mientras el relato se aproxima a ese momento fatal, el ingeniero comenzará a hablar de sí mismo y de su vida y pronto estará hablando de su trabajo en las fábricas secretas de motores para los cohetes V-2, en los montes austríacos, durante la Segunda Guerra Mundial, donde acabó malherido y mutilado por culpa de un sabotaje.

Motores del cohete V-2 abandonados en una fábrica subterránea.
El escenario de parte de la novela es semejante a éste.

Poca gente sabe que murió más gente fabricando las V-2 que en los bombardeos que se hicieron con este cohete sobre Londres o Amberes. En la excavación de inmensos túneles y en los trabajos forzados en las fábricas de cohetes murieron no menos de 20.000 prisioneros procedentes de campos de concentración. Sometidos a un trato inhumano, a condiciones de trabajo peligrosísimas, mal alimentados, agotados, hacinados, murieron cruel e innecesariamente, como moscas. 

Kappacher salta del mundo de las carreras de automóviles a esta historia desconocida del horror nazi sin apenas darnos cuenta. Escrito con aparente distancia y una cierta frialdad es, en verdad, un relato íntimo y casi poético que deja ir pinceladas de un horror que está ahí, pero que no se ve demasiado cerca. Trufado de referencias al mundo del automóvil, de la ingeniería, de las carreras, de los cohetes, va dejando ir el lastre de un silencio que ha durado demasiado tiempo y que el autor apenas esboza; pero con ese esbozo es más que suficiente.

Es un buen libro, recomendable sin reservas. Pero si usted, además, es aficionado a los automóviles, incluso a los cohetes, mejor que mejor. En Austria, el recuerdo de esas actividades secretas y terribles en sus idílicos valles seguro que ha causado conmoción.

Ah, una pequeña observación, que pueden pasar por alto. Los automóviles que aparecen en la faja de la cubierta no son Auto-Union, sino Mercedes-Benz. 

Panegírico de un sinvergüenza


Un panegírico es una alabanza, por escrito, de alguien. También, una oración fúnebre que ensalza las virtudes de un fiambre, cuando nadie se atreve a recordar que el finado, en vida, hubiera estado mejor muerto. En cualquier caso, el panegírico es una figura clásica de la oratoria y un recurso obligado para muchos que viven del cuento y que precisan señalar su devoción, su fidelidad, su entrega, a un líder, una causa o un sueldo a finales de mes. 

Nada que objetar: alabar a un amigo, a un tipo que te cae bien, a alguien que defiende algo que crees justo y necesario puede ser casi un deber; dejar caer palabras bonitas alrededor del jefe, de ése que tiene en sus manos el poder de quitarte el pan de la mesa, no es tan hermoso, pero se comprende. En suma, el panegírico puede ser sincero, pero ¡son tantos los panegíricos interesados! Como dijo el poeta, allá cada uno con sus palabras, que una vez escapan del cerco de los dientes o caen por la tinta para acabar en el papel, las carga el diablo. 


Es noticia que estos días se presentará en sociedad un panegírico en forma de libro. Roser Pros Roca, periodista y autora del ensayo, recoge y selecciona el testimonio sobre el legado político (sic) de Jordi Pujol, lider patrio y ladrón confeso, de los siguientes personajes: Lluís Bonet, Miquel Esquirol, Miquel Sellarès, Rosa Bruguera, Joan Rigol, Joaquim Ferrer, Carme-Laura Gil, Jesús Conte, Enric Pujol, Mateu Turró, Jordi Porta, Elisenda Paluzié, Antoni Dalmau, Josep Gomis, Josep Grau, Pere Macias, Joan B. Culla, Salvador Cardús, Jordi Panyella y Ernest Folch.

El libro es noticia porque contiene el primer texto publicado por Jordi Pujol después de confesar que tenía dineros guardaditos en Andorra. El evasor fiscal lo escribió el 25 de mayo. El libro se titula Jordi Pujol, del relat al silenci (Jordi Pujol, del relato al silencio), y lo publica Editorial Gregal. El texto que decimos, firmado por Jordi Pujol, es el prólogo del panegírico a veinte manos. A decir de la nota de prensa, el texto promete una visión poliédrica (sic) y con perspectiva (sic) del personaje. 

La historia del prólogo váyanse a saber si es cierta, pero así se cuenta y vamos a darla por buena. El editor, Jordi Albertí, iba a publicar el panegírico tal cual estaba cuando recibió una llamada del mismísimo Jordi Pujol, que quería prologarlo. ¿Cómo se enteró el fulano? No lo sabemos, alguien se chivó, pero el libro ya estaba en la imprenta y tuvieron que parar las máquinas (literalmente). Digamos que no fue un si quieres, te escribo un prólogo, sino un tienes que publicar mi prólogo, aquí lo tienes. El editor cedió. La anécdota resume el proceder del protagonista, un mandamás acostumbrado a ser obedecido sin chistar. 

Se comprende que el editor cediera: ¡yo hubiera cedido! ¡Paren las máquinas! Los negocios son los negocios y hemos pisado oro. La publicación del prólogo iba a ser una noticia segura y la publicidad incrementa las ventas. Le faltó tiempo para escribir una nota de prensa y enviar copia del prólogo a tutti quanti. ¡Muy hábil!

Todos los periódicos de la derechona española (ABC, La Razón, etc.) y la derechona catalana (El Punt-Avui, Ara, La Vanguardia, etc.) han publicado la misma nota de prensa... con intenciones completamente diferentes, como es de suponer. Porque no hace falta cambiar una coma del texto para que el fanático de la fe pujolera se emocione ante el panegírico y el irascible antipujolista se indigne ante la ofensa. Las emociones de catalufos y españolitos están siempre a flor de piel. Es la ley de Poe hecha nota de prensa (busquen en güiquipedia) y el jolgorio estaba asegurado.

Mucho ruido ¿para qué? Para una cursilería.

El prólogo firmado por Pujol se titula Petjades (Huellas) y lo repito: es muy cursi. También es afortunadamente breve (tres párrafos, apenas una página). Comienza diciendo que la vida es un rastro de pisadas (suerte que no añade que van haciendo camino, no se ha atrevido a tanto) y luego prosigue (en catalán, en el original): La vida y el desierto son bastante largos y a veces difíciles, o engañosos, para que el caminante no pueda estar nunca seguro de llegar al mar y a los grandes palmares [o palmerales]. No puede ser tan pretencioso. Pero si ha caminado mucho y con ánimo positivo [,] puede pensar que, pese a las marradas [marrar es desviarse del camino recto], sus huellas no serán borradas por un viento impetuoso y hostil. Ni su relato definitivamente silenciado. U olvidado. 

Ay... Pujol nunca ha escrito bien, pero al jefe todo se le perdona.

El libro ¿será bueno o malo? Qué más da, es un panegírico, un monumento de alabanzas al profeta escrito por fanáticos de su religión, versos de gentes agradecidas a un personaje al que deben mucho de su particular fortuna y medios de (buena) vida. Favor por favor, esos veinte personajes agradecidos colaboran todos en el panegírico de un sinvergüenza. ¿Por qué? Porque no son capaces de concebir que han sido engañados... o porque han sido colaboradores activos del engaño. Quizá por ambas cosas a la vez, no se descarta.

No adivino en esa lista de veinte personajes voces críticas, que cuestionen ese legado político a la vista de las verdaderas actividades de quien lo predicó. No sé, algún socialista de la vieja escuela, por ejemplo. Ni una sola voz agria o contraria, contraria de verdad. Ni un sindicalista de origen inmigrante, ni un fiscal del caso Banca Catalana... No hubiera costado nada sondear esa otra perspectiva sobre su legado político, digo yo. Pero, no, el legado político que nos deja don Jordi Pujol Soley es inmaculado, incuestionable, bello en sí mismo, por sí mismo, luz del mundo y artículo de fe, aunque huela a chorizo.

Dicho esto, ya tendré encima gritos, pitos, incluso algún aplauso, porque Jordi Pujol, el de Banca Catalana, fue, es y será hasta que se muera y después de muerto una figura polémica. La épica y el heroismo con el que se ha disfrazado durante todo este tiempo adquieren una nueva dimensión a la luz de lo (poco) que sabemos sobre sus negocios y redes clientelares, sobre su ambición de poder y la estrategia que ha seguido para perpetuarlo. 

Quizá esa épica y ese heroismo tuvieron un origen honesto, quizá el árbol se torció, quizá era así desde la semilla, quizá ha sucedido lo que tenía que suceder, porque la historia se presenta como inevitable, o quizá pudiendo elegir hacer bien las cosas, optó por hacerlas como las hizo. Chi lo sà! Ni los hechos son simples ni los personajes, planos, y Pujol ha sido siempre un personaje retorcido en extremo, lleno de recovecos, aristas, abismos, tics, gargajos y lugares desconocidos. Pretender que su legado político no tiene o ha tenido nada que ver con esa naturaleza perversa y oscura que se adivina detrás de la fachada es mentir, a sabiendas o sin querer, pero mentir. Aislar el legado político de Pujol de su ambición personal, mafiosa y mercantil es aplicar la guillotina a la realidad.

Por lo tanto, no podemos examinar eso que llaman su legado político como si fuera un ente aislado e independiente. No vamos a negar la épica y el heroismo del lejano origen político de Jordi Pujol, un tipo que se apuntó a un ideario nacional-católico y se manifestó muy pronto enemigo de inmigrantes por suponerlos un peligro para la cultura y la dignidad de los catalanes. Ingresó en prisión en mayo de 1960. El feo asunto de su detención, tortura y prisión (convenientemente publicitado) fue suficiente para convertirlo en héroe y mártir y borrar esas manifestaciones ideológicas de juventud, que sólo pueden calificarse de vergonzosas. No obstante, su mujer, Marta Ferrusola, nos ha ido regalando con comentarios racistas en voz alta una y otra vez, incansable, mostrando que esa ideología tan disparatada no ha muerto en el círculo más intimo de la familia.

Después de dos años y medio de prisión, Pujol se pone a trabajar en el banco de su papá, Banca Catalana, en la familia desde 1959. Los sindicalistas (en su mayoría, inmigrantes) apresados, torturados y encarcelados durante el franquismo no tuvieron tanta suerte.

Bajo el franquismo, Banca Catalana se expandió y creció de manera espectacular y sus socios se repartieron sustanciosos dividendos mientras el negocio iba acumulando un déficit monstruoso. El quebranto de Banca Catalana arruinó a cuarenta mil accionistas catalanes y el rescate bancario nos costó el equivalente al rescate de Bankia a día de hoy. Pero todos los miembros del consejo de administración se forraron, mientras tanto.

Cuando quisieron llevarlo a juicio (y razones objetivas para ello no faltaron), Pujol montó el pollo de una persecución política y se hizo el mártir. Ganó las elecciones y el día de su investidura, una multitud azuzada y enardecida por el pujolismo intentó linchar a los diputados socialistas del Parlamento de Cataluña. Pujol, entonces, gritó desde el balcón de la plaza de Sant Jaume ¡A partir de ahora, de ética hablaremos nosotros! 



Ahí se cimentó y consolidó el pujolismo, ahí perdió el socialismo, que cedió ante el corrupto por miedo a ser acusado de anticatalán y allá sigue, indeciso, derrotado y traidor, que todavía no se ha recuperado del susto. ¿Qué mejor ejemplo para ilustrar el empleo que hizo el pujolismo de la política catalana en beneficio propio? ¿Es ése el legado político del que hablan en el panegírico? 

¿En qué momento ese héroe del antifranquismo cambió? ¿Cuándo convirtió la política en amparo, excusa, encubrimiento, instrumento, de negocios que, amablemente y por no ofender, llamaremos poco claros, dejando tras de sí una biografía subterránea donde hay mierda para dar y repartir a manos llenas? Qué apasionante tema para una novela. 

A poco que se analice el caso de Pujol y su relación con el poder, se comprenderá que sus intereses políticos iban de la mano de sus intereses particulares. Su programa político se rendía a las necesidades de sus negocios, y sus negocios corrían paralelos a su programa político. Eran la cara y la cruz de una misma moneda, cuerpo y alma, dicho y hecho. No puede disociarse una cosa de la otra, y es de sentido común que no se pueda. Los últimos cincuenta años del catalanismo tienen que leerse con esta visión de conjunto o no se entienden. Cuántas cosas no habrán tapado las banderas, se admira más de uno. 

Pero, ya lo hemos visto, hay gente perseverante en la defensa de Jordi Pujol. Sostienen que sus negocios eran una cuestión personal (sic), que suelen condenar por compromiso, no demasiado convencidos. Pronto pasan por alto el escollo para señalar lo que les interesa, su legado político (así lo llaman). A decir de estos personajes, este legado político es independiente de su vida privada (o económica). Esto es intelectualmente estúpido y además, contrario al sentido común. ¿Puede fiarse alguien de las verdaderas intenciones de un tipo que predica ética y patriotismo y se lleva sus ahorros al extranjero para no pagar impuestos? 

El panegírico del sinvergüenza, que se da en este libro, pero en tantas otras partes y ocasiones, se queda en el intento de sostener que existe un legado político inmaculado, etéreo y meritorio por sí, en sí y para sí. Que fuera el instrumento de canalladas no parece importar demasiado y el resultado es de una hipocresía que ya no mueve a escándalo, sino a risa. 

En el fondo, qué pena. Porque escribir sobre el mal es mucho más interesante que hacerlo sobre el bien (literariamente hablando) y se ha perdido la oportunidad de hacerlo. ¡Y mira que había material...! Razones para cuestionar y poner en cuarentena el legado político de Jordi Pujol no faltan, sea uno del partido que sea, piense lo que piense, crea en lo que crea. Ese mundo gris, oculto, retorcido y villano del personaje desaparece y queda un pristino legado político que parece un unicornio rosa dando saltitos bajo un arco iris. Es lo que tienen los panegíricos: a veces se le va a uno la mano diciendo lindezas.


El aciago destino del soldado Brandt


Los flamencos pronuncian V(f)aterloo, y los británicos, Guaterlú, aunque se escriba Waterloo. Casi todo el mundo (franceses incluídos) pronuncia el nombre como los ingleses, Guaterlú, quién sabe por qué. Abba tiene una canción y el nombre se emplea para decir que a todo cerdo le llega su San Martín... o su Waterloo. Como todos ya saben, la de Waterloo fue la gran derrota de Napoleón Bonaparte.

Aficionados a las batallitas disfrazados de artilleros franceses y quemando pólvoras.
Celebración del 200.º aniversario de la batalla de Waterloo.

También fue una carnicería. Los cronistas contemporáneos se llevaron las manos a la cabeza al contemplar la matanza. Los muertos y heridos se amontonaban unos encima de otros y muchos de los que salvaron la vida pasaron la noche al raso, porque la batalla acabó justo al anochecer, y así, abandonados, acabaron de morirse. Estamos hablando de cuarenta y cinco mil, quizá cincuenta mil muertos en poco menos de ocho kilómetros cuadrados.

Cuentan que el duque de Wellington lloraba como un niño al regresar a su cuartel general. La comitiva de generales y oficiales de Alto Mando cabalgaba en silencio, en medio de la más negra noche, sin más compañía que el sonido de los ayes y lamentos que provenían de todas partes. Toda la población de los alrededores había acudido al campo de batalla, a saquear todo lo que pudiera saquearse, y corrían por el campo armados de cuchillos y carentes de escrúpulos, sin que los soldados pudieran hacer nada para evitarlo. Horrible.

A diferencia de otras ocasiones, nadie celebró la victoria. Lo más triste después de una derrota es una victoria, diría el general aliado, de vuelta a casa, todavía consternado por el espectáculo.

Años después, los historiadores militares y los arqueólogos quieren reconstruir la batalla con el mayor detalle. A decir de los entendidos, la batalla de Waterloo no se conoce bien precisamente porque es tan conocida, y perdonen la paradoja. Ha sido una de las batallas sobre las que más se ha escrito. Los británicos, los prusianos y los franceses han escrito miles y miles de páginas sobre ella, y todos barriendo para casa. Los británicos dicen que fueron ellos los que ganaron; los prusianos, que no, que fueron ellos; los franceses se excusan diciendo que Napoleón no tuvo uno de sus mejores días, que pasó la batalla sentado en el orinal, doliéndose de las almorranas, y acaban echándole las culpas a Grouchy, al mal tiempo, a la mala suerte o quién sabe a qué. 

Con este panorama, es muy difícil hacer un relato objetivo de la batalla y por eso se han aliado los historiadores militares y los arqueólogos. Argumentan que los restos arqueológicos proporcionarán una información objetiva a partir de la que será posible reconstruir los momentos cruciales de la batalla. Con la perspectiva del 200.º aniversario de la batalla, se lanzaron todos al monte.

Construcción del túmulo o la colina del León, monumento conmemorativo de la batalla, hacia 1827. Como puede apreciarse en la imagen, el paisaje del campo de batalla quedó muy alterado.

Pero ¡qué difícil lo han tenido y lo siguen teniendo! En primer lugar, el campo de batalla que tenemos hoy se parece poco al de hace doscientos años. El monumento de la colina ha puesto todo el paisaje de la época patas arriba, y no ha sido el único cambio. Además, los saqueadores primero y los anticuarios y coleccionistas de recuerdos después han recorrido el campo de batalla durante años, de una punta a otra, buscando chucherías. Los arqueólogos encuentran balas de mosquete, pedazos de metralla, algún botón, alguna hebilla, alguna moneda y poco más. 

El campo de batalla era entonces y hoy sigue siendo zona de campos de cultivo. Después de la matanza, los campesinos belgas (flamencos) araban la tierra y no eran pocas las veces que tropezaban con los huesos de un soldado muerto en la batalla. Pero hoy en día eso es raro, más que raro, ¡rarísimo!

¿Por qué? Porque los campesinos de la zona (y de media Europa) creían que no existía mejor fertilizante en el mundo que los restos de un ser humano. Era una idea muy extendida en aquel entonces, aunque ¿quién podía echar polvo de huesos sobre sus tierras? Sin embargo, los campesinos de Waterloo, Moint Saint Jean, Plancenoit y demás pueblos de los alrededores tenían huesos para dar y regalar. Durante años, durante muchos años, se dedicaron a buscar víctimas de la batalla para hacerse con su huesos, triturarlos y emplearlos como abono. Si no los empleaban en sus campos, los vendían a precio de oro y quien daba con una fosa común, se forraba. El negocio que hicieron los belgas a costa de los cadáveres de la batalla de Waterloo fue tan macabro como lucrativo. 

Los restos del soldado y de la bala que lo mató, in situ.

La consecuencia es que los arqueólogos de hoy en día apenas dan con un hueso de la época. Los avariciosos campesinos belgas no dejaron ni uno tras de sí. Por eso se celebró tanto cuando, en 2012, encontraron un esqueleto prácticamente completo (cuando dieron con él, le faltaba la cabeza) de un soldado muerto en la batalla. Era un varón de veintipocos años. En su pulmón derecho tenía alojado un proyectil de mosquete, que lo habría matado por choque traumático. Se cree que sus compañeros lo enterraron apresuradamente, durante o justo después de la batalla.

Sello de correos británico que conmemora la defensa de la Haye Sainte por la King's German Legion durante la batalla de Waterloo. Brandt quizá estuvo (y murió) aquí.

¿Quién era? Tenían pistas para dar con su identidad. Botones, hebillas, monedas... Inscrita en algunas de sus pertenencias, las iniciales F.B. En algunas piezas del uniforme, KGL. Ah, era un soldado de la King's German Legion, la Legión Alemana del Rey. La KGL la formaban varios regimientos alemanes (en su mayor parte, hannoverianos) que lucharon al lado de los británicos durante las guerras napoleónicas. En Waterloo defendieron la Haye Sainte y Wellington debe su victoria en parte a su tenacidad. La KGL se formó en 1803 y se disolvió en 1816, derrotado Bonaparte al fin y libre Alemania de franceses. Fueron los únicos alemanes que lucharon siempre en contra del Emperador (recordemos que Prusia, Austria y muchos estados alemanes llegaron a ser alguna vez aliados de Napoleón). 

Los restos del soldado Brandt, todavía expuestos al público.

Buscando en los archivos, dieron con la ficha del soldado Friedrich Brandt, de veintitrés años, y es casi seguro (nunca es seguro del todo) que los huesos encontrados por los arqueólogos eran sus restos mortales. Mientras investigaban, los restos del soldado eran exhibidos en un museo próximo al campo de batalla. Una vez identificado el cuerpo, surgió en la Universidad de Birmingham el movimiento Peace for Friedrich Brandt, que pedía enterrarlo. Una vez había sido identificado y se había investigado todo lo que se podía investigar, merecía todos los honores militares y un entierro digno, decían los promotores de este movimiento. ¡No podían celebrar los doscientos años de la victoria contra Bonaparte con el cadáver de un soldado muerto en la batalla expuesto en el museo de al lado! Sería indecoroso, muy poco británico.

Se salieron con la suya y la azarosa y aciaga existencia de Friedrich Brandt ha acabado del todo hace unos días, enterrado en un cementerio militar, como Dios manda, con responso, presenten armas y todos los etcéteras, casi doscientos años después de muerto. God save the King! 

Nos pasamos al parchís (Gran Premio de Austria 2015)


La agencia Reuters nos obsequia con el tipismo austríaco.
Los automóviles, en la pista, donde siempre, pero ¿quién quiere verlos?

Nada, que no hay manera. Los Mercedes van como un tiro y no hay quien pueda con ellos. Esta vez gana Rosberg, pero el segundo es Hamilton. El tercero, un Williams, el de Massa (¡bravo!), porque el Ferrari de Vettel, que iba tercero, ha perdido mucho tiempo en los boxes por culpa de un tornillo rebelde. Al otro Ferrari le ha ido muy mal: Raikkonen ha perdido el control de su bólido y de poco que no se mata. Ha acabado debajo (debajo) del McLaren de Alonso en las primeras curvas. McLaren, por cierto, de mal en peor, que va sumando mala suerte a todo lo malo que tiene y no levanta cabeza ni en broma. 

En resumen, para los aficionados al color rosso corsa, mejor será otro día, que éste no nos comemos un rosco. Si esto sigue así, nos pasamos al parchís.

Hace doscientos años...


Las baterías arrojaron llamas, la colina tembló, de todas aquellas bocas de bronce salió un último y espantoso vómito de metralla, formóse una vasta nube de humo blanqueada por la argentada luz de la luna, y cuando se disipó ya no había nada.

Los Miserables, de Víctor Hugo.
(Trad. Nemesio Fernández Cuesta)

El bicentenario de la batalla de Waterloo


La batalla de Waterloo, una matanza que cumple 200 años.

El 18 de junio de 1815, Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses, rey de los italianos, protector del Rhin, etcétera, se enfrentó a las tropas aliadas en su contra, al mando de sir Arthur de Wellesley, a quien conocerán ustedes como duque de Wellington o simplemente como Wellington, aunque también era entonces marqués de Douro, duque de Ciudad Rodrigo, vizconde de Talavera de la Reina y grande de España. Wellington había mostrado su muy alta capacidad militar luchando contra los franceses en España y Portugal, en la Guerra de la Independencia, que los británicos llaman Peninsular War, y de ahí tanto título español en su tarjeta de visita.

No entraremos en el detalle de la batalla, que da para mucho y no acabaríamos nunca. La batalla de Waterloo es uno de los acontecimientos bélicos que más tinta ha vertido sobre las páginas de los libros y que más ha emocionado a los europeos durante todo este tiempo. Sin ir más lejos y citándolos sólo a modo de ejemplo, La cartuja de Parma comienza con la batalla de Waterloo y ésta tiene un papel brillante en Los Miserables, de Víctor Hugo. 

La batalla es famosa porque significó el fin definitivo de los sueños imperiales de Napoleón, que sufrió una derrota tremebunda. Puso fin a los Cien Días, el breve segundo reinado del emperador, que escapó de la isla de Elba (su pequeño reino) para echar de nuevo al rey de Francia (Luis XVIII, hermano de Luis XVI) y ponerse él en su lugar. Para asegurarse el puesto, tuvo que ceder muchas prerrogativas de su cargo imperial al senado y volverse más liberal, pero de poco le sirvió, porque después de la derrota, su gobierno se deshizo como azucarillos y el pueblo, harto de guerras, le dió la espalda.

La campaña de Waterloo es a la vez una obra maestra de Napoleón, el estratega, y una derrota anunciada, un cúmulo de errores que no hizo más que estropearlo todo. El ejército imperial ya no era el de antaño y se veía muy superado en número por la alianza de la Séptima Coalición. Sumaba poco más o menos 120.000 hombres. La elección de sus generales no fue la mejor. Davout, su mejor general entonces, quedó en París; Berthier, su mejor y más preparado ayudante, había muerto días antes (¿accidente, suicidio, asesinato?); Ney iba bien para unas cosas, pero no para otras y Wellington podía con él; Grouchy, uno de los mejores generales de caballería de las guerras napoleónicas, recibió órdenes confusas (porque era Berthier el que ponía orden en las instrucciones de Napoleón, y en su ausencia...). Mal asunto.

Enfrente, Wellington, con las tropas británicas, de los Paises Bajos, hanoverianas, de Nassau, Brunswick, etcétera (el paraíso de los aficionados a los soldaditos de plomo, ¡tantos uniformes...!). En total, unos 110.000 hombres. Por el otro, los prusianos, sajones y demás germanos, que sumaban unos 120.000, a las órdenes de un viejo e impetuoso húsar, Blücher, que tenía una especial inquina contra los Bonaparte.

El plan de Napoleón era muy simple: impedir que los dos ejércitos se unieran, porque comenzaron la campaña separados entre sí. Lanzarse contra uno con el grueso del ejército y retener al otro, para que no pudiera acudir en su auxilio. Luego, perseguir al primero (derrotado) con una fuerza menor y lanzarse con el grueso de la tropa contra el segundo. Así, ahora tú, ahora tú, iba a derrotarlos. 

Se lanzó contra los prusianos en Ligny, les dió una soberana paliza. Retuvo a los británicos en Quatre Bras o mejor dicho, éstos resistieron los ataques franceses hasta que tuvieron que retirarse (y eso que eran más). Entonces, el día 18 de junio, con 72.000 hombres, se lanzó contra los aliados (68.000) en el Mont Saint Jean. El mariscal Grouchy, mientras tanto, perseguía a los prusianos con unos 30.000 hombres y poco después los encontraba y derrotaba en Wavre.

La batalla de Waterloo se llama de Waterloo porque ahí se firmó el orden del día y se dió noticia de la victoria. En verdad, se luchó en Mont Saint Jean, unos kilómetros más allá, y Napoleón ni se acercó a Waterloo. Después de varios, sangrientos e infructuosos ataques, de heroicas cargas de caballería de uno y otro bando (los Scot Greys, los coraceros franceses, los lanceros polacos, etc.), cuando parecía que el frente aliado iba a derrumbarse, aparecieron los prusianos y se torció todo. 

Napoleón, abandonando su coupé mientras la Guardia toma posiciones.
Maldita la gracia que le hizo a Napoleón tener que huir a caballo del campo de batalla, con el culo tan perjudicado por las hemorroides. ¡Es lo que tiene perder batallas!

Grouchy vencía en Wavre, pero no había sabido interponerse entre el grueso de los prusianos y Wellington. A última hora de la tarde, el ejército aliado y los prusianos por fin unidos pusieron en fuga a los franceses y los veteranos de la Vieja Guardia Imperial obligaron a Napoleón a salvar su vida, cosa que hizo a uña de caballo. Tuvieron que forzarlo. Él quería morir con sus gruñones (los veteranos) y lo de huir a caballo le daba grima (se cuenta que Napoleón sufrió en Waterloo un ataque de hemorroides y se culpa al mal del culo de la derrota del emperador). Sea como fuere, despacharon al jefe y se enfrentaron a su destino, a la historia y a todas esas cosas que se dicen cuando van a matarle a uno. En cuadro y perfectamente formados, fueron rodeados y conminados a rendirse. La respuesta de su comandante (el general Cambronne) fue histórica: Mérde! 

Varios botes de metralla después, ya no quedaba nada que rendir y la batalla se dió por terminada. Esa misma noche, mientras paseaba por el escenario de la carnicería, Wellington dijo aquello de Lo más triste después de una derrota es el escenario de una victoria.

Restos de un soldado muerto en Waterloo y de la bala de mosquete que lo mató.
Fueron hallados en 2012 y a día de hoy se cree que pueden ser los restos de Friedrich Brandt, un soldado hanoveriano de 23 años al servicio de las tropas hanoverianas del rey Jorge III.

La sangría fue tremenda. Uno de cada tres soldados aliados fue muerto o herido. Los franceses sufrieron unas 45.000 bajas (entre éstas, 10.000 soldados apresados por el enemigo). El Gran Ejército Imperial tuvo que huir, qué remedio, y Napoleón abdicó una vez más, días después. Esta vez, en ver de enviarlo de vuelta a la isla de Elba (en la Toscana), como rey, lo enviaron a la isla de Santa Elena, en el quinto pinto, como invitado de un gobernador británico con el que Bonaparte nunca acabó de llevarse del todo bien.

La paradoja de la campaña de Waterloo es que la batalla de Waterloo fue la única derrota que sufrieron los franceses. Fue más que suficiente. 

Waterloo, por Neyman le Roi.
Como ven, el asunto todavía despierta interés entre los pintores.

La última batalla de la campaña, la batalla de Versalles (hasta ahí llegaron los aliados, en efecto) fue una victoria francesa contra todo pronóstico. Un regimiento de húsares (el 5.º) se lanzó contra dos batallones de infantería prusianos y un regimiento de caballería, poniéndolos en fuga. Poco más de trescientos hombres se las apañaron para espantar a una tropa que quizá sumara diez veces más. Pero a esas alturas del cuento, a nadie le importó. Napoleón ya había abdicado.