Band of brothers



He aquí una fotografía tomada por el maestro Dobos en la sala de armas de un grupo de tiradores veteranos tiene, a decir de un amigo mío, un aire decimonónico. Ya puestos en escena, también podríamos citar Enrique V, Acto IV, Escena 3, Shakespeare, cuando dice:

We few, we happy few, we band of brothers

Cosas importantes


Queridos lectores:

He aquí un nuevo artículo en Metrópoli Abierta. Esta vez quiero destacar que hay cosas importantes a las que parece que nadie hace caso. Por eso, el título es Cosas importantes. Espero que les guste.

Progreso en el asunto de los presos



En 2010 había, en toda España, casi 18.000 presos preventivos. Aproximadamente un 8% de ese total llevaba en prisión preventiva más de un año. 

A principios de este año, la población reclusa en España era superior a las 50.300 personas y de éstas, poco más de 8.100 eran presos preventivos. Es decir, el total de presos preventivos en España se ha reducido a la mitad, aunque el porcentaje de presos preventivos que llevaban más de un año en prisión ha pasado a ser de algo más del 11%. 

La media de permanencia en prisión como preso preventivo también ha disminuido ligeramente, quedándose en algo cercano a los tres meses.

En Cataluña, hay cerca de 1.400 presos preventivos y uno de cada diez lleva más de un año en prisión esperando juicio. Con todo, son menos que hace diez años. Por lo general, no gozan de ningún privilegio especial (con algunas sonadas excepciones, que ya conocen). 

Esta evolución de la población carcelaria ha pasado desapercibida por los medios y merecería un poco de atención y un análisis más cuidadoso. Porque podría mejorar la situación de muchas personas. Sin embargo, la población carcelaria por habitante y el número de presos preventivos en España es notablemente menor que en países como Bélgica, Holanda, Italia o los países nórdicos. 

El país donde florece el limonero



Una vez me preguntaron qué haría si tuviera muchísimo dinero. No lo pensé mucho. Dije que me iría a vivir a una villa toscana, donde cultivaría limones. Añadí lo de estudiar Historia del Arte en Italia, me parece, pero el asunto de los limones llamó la atención de mi interlocutor. ¡Luis! ¡Que en la Toscana no se plantan limones!, me dijo. Es tierra de viñas, si acaso. Como no me va el vino, no pensé más en ello.

Pero días después, mi interlocutor (que entonces vivía en Italia) volvió a tratar conmigo. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste, de largarte a la Toscana a plantar limones?, me preguntó, casi de inmediato. Pues he conocido a un príncipe italiano que se fue a vivir a la Toscana y tiene limoneros, me soltó. ¡Ahí queda eso! Primero, un príncipe, en una república, que es cosa digna de mención. Segundo, porque el tal príncipe, de rancio abolengo, se dedicó a plantar limoneros, como me hubiera gustado a mí.

Por eso, cuando Acantilado publicó El país donde florece el limonero, de Helena Attlee, graciosamente traducido por María Belmonte, me encontró predispuesto. Y sí, damas y caballeros, en la Toscana cultivan limones (y otros cítricos), aunque suele resguardarse en invierno en una limonaia, un invernadero especial para limones. Las macetas se sacan en primavera y en verano y se refugian en las limonaie en el otoño y durante todo el invierno. Es una costumbre que se inició durante el Renacimiento. El auge del Humanismo coincidió con una curiosidad por la ciencia y la botánica que impulsó el estudio sistemático de los cítricos y la colección de cítricos raros, dando paso a una especie de gabinete de curiosidades vegetal.

De eso y de muchas otras cosas he tenido noticias gracias al delicioso libro de la señora Attlee. Es magnífico. ¿Cómo es posible que un libro que habla del cultivo de los cítricos en Italia sea tan agradable, tan interesante, tan fascinante, como éste? Parecía que el tema no iba a dar mucho de sí. Pues, no. Uno se entera de la relación entre la mafia y las naranjas, de las fortunas que se hicieron en Sicilia gracias a los contratos de la Royal Navy, de recetas sabrosísimas y perfumes raros...

No creo que acabe plantando limones en la Toscana, pero seguro que exprimiré un par para hacerme una limonada tan pronto ponga fin a esta entrada de El cuaderno de Luis. Y como se me está haciendo la boca agua, no les diré nada más y nada menos que disfruten de esta lectura, que es absolutamente recomendable.

Las dos caras de la ratafía


Queridos lectores:

Una vez más, Metrópoli Abierta publica uno de mis artículos. Se titula Las dos caras de la ratafía. No pido que estén de acuerdo conmigo, pero ojalá les guste.

Llueve bajo los árboles


Después de llover y llover se han roto las nubes y un azul precioso ha manchado el cielo gris, arrancando blancos deslumbrantes en los huidizos cúmulos. A pie de calle, llovía bajo los árboles.

Montserrat Caballé (1933-2018)


En 1965, Montserrat Caballé cantó en el Carnegie Hall de Nueva York sustituyendo a la soprano protagonista, que había caído enferma. Cantó la ópera Lucrezia Borgia (en versión concierto) y tuvo un éxito apabullante. Veinte minutos de aplausos y un títular en la prensa neoyorquina que decía (literalmente) Callas + Tebaldi = Caballé. No fue éste su estreno en la ópera, porque ya había subido a un escenario años antes, pero sí fue su consagración como una de las más grandes sopranos entonces en activo.  Hoy decimos, sin ambages ni complejos, que ha sido una de las más grandes sopranos del siglo XX.

De familia humilde, pudo ingresar en el Conservatorio del Liceo gracias al mecenazgo de una familia burguesa catalana, y de ahí a la gloria operística. Eso sí, propulsada por una tenacidad a prueba de bombas y mucho, mucho trabajo. Ochenta papeles protagonistas y óperas de toda clase y condición; medallas, premios, homenajes y distinciones por docenas; un éxito arrollador en el bel canto; fama... y problemas con Hacienda. Fue una verdadera diva.

Nos ha dejado y queda atrás su humor, su trabajo y su magnífica voz. Venga un ejemplo de su voz, que no sé si es el mejor o el más adecuado, porque, aunque aficionado, no llego a ser un gran connaisseur. Gracias por cantar, por cantar tan, tan bien, y buen viaje.


Harakiri (Gran Premio del Japón 2018)



Lo de Japón ha sido para hacerse el harakiri, que se dice vulgarmente. Aunque mejor sería llamar seppuku al suicidio por desentrañamiento... y no exagerar tanto, que sólo es un juego. Sí, la Fórmula 1 no es más que un juego, aunque un juego muy bestia, muy caro y muy refinado. En fin... 

En las vueltas de clasificación para los puestos de la parrilla de salida, Ferrari metió la pata con la elección de neumáticos. Se puso a llover y los cambiaron en mal momento. No consiguieron las primeras posiciones. En carrera, un par de topetazos y unos competidores muy buenos han hecho que la clasificación final haya quedado con los dos Mercedes-Benz primeros, los dos Red Bull segundos y los dos Ferrari, detrás. El Campeonato de Constructores y el de Pilotos queda lejos y se vuelve muy cuesta arriba.

Pero yo sigo con Ferrari. Es lo que hay.

Me entra morriña


Queridos lectores míos:

¡Un nuevo artículo para Metrópoli Abierta! Esta vez se titula Me entra morriña y... y no diré más. Léanlo, a ver si les gusta.

Manifestantes lesionados por manifestante


Mayo de 2011, contra los manifestantes del 15-M.

Vamos a tomar como referencia la manifestación en la que se desalojaron 200 personas acampadas en la plaza de Cataluña y que acabó a palos, disolviendo a unos 15.000 manifestantes a favor del movimiento 15-M; eso fue a finales de mayo de 2011. Hubo 120 heridos (37 de ellos policías). Eso da 8 heridos por cada mil manifestantes (un 31% policías). Los antidisturbios eran de los Mossos d'Esquadra.

Paréntesis. Hay que considerar que una persona que se lleva un porrazo, pongamos por caso, no tiene la consideración de herido. Si es atendido por los servicios médicos, puede serlo, pero no siempre lo será. Si sólo ha sido contusionado, por ejemplo, no lo será. En estos casos, un herido puede darse de alta ahí mismo (al lado de la ambulancia, para entendernos) o ser enviado al servicio de urgencias de un hospital. Por eso no es lo mismo atendidos por los servicios médicos que heridos. Fin del paréntesis.

La Policía Nacional el 1 de octubre de 2017.

Las cifras de heridos en la jornada del 1 de octubre de 2017 son polémicas. La Generalidad de Cataluña estimó que fueron 893 heridos; el Ministerio del Interior añadió 39 policías nacionales y guardias civiles heridos, pero, días más tarde, elevó la cifra hasta 431 contabilizando contusiones, arañazos, patadas y mordiscos (sic); no todos estos últimos casos pueden ser considerados como heridos. 

Tampoco los que aparecen en las cifras de la Generalidad de Cataluña, que suman a cualquier persona que acudió a los servicios médicos, estuviera o no estuviera herida, y suma a la estadística mareos o ataques de pánico o de ansiedad, por ejemplo, que fueron muy numerosos. En los juicios que se han llevado a cabo contra los antidisturbios no se han podido documentar más de 270 heridos, aproximadamente. 

Eso da una estadística con un margen de error muy considerable, pero podemos asumir que ese día votaron dos millones de personas. Podemos contarlas como manifestantes. Otra manera de contabilizar el caso es que una décima parte de esos votantes fue la que plantó cara en los puntos de votación a las fuerzas del orden, y es una cifra tanto muy generosa como muy aproximada. Hablaríamos, entonces, de 200.000 manifestantes. La cifra sería posiblemente inferior, lo que incrementaría el porcentaje de heridos por manifestante.

El peor de los casos posibles, con 1.324 heridos (un 32% policías y guardias civiles) y 200.000 manifestantes, salen 6,6 heridos por cada mil manifestantes. Si nos remitimos a las cifras de heridos documentadas y judicialmente aceptadas, serían más de 300 heridos (un 12% policías), y salen 1,6 heridos cada mil manifestantes, aproximadamente. 

Si en vez de 200.000 manifestantes consideramos 100.000, estas cifras porcentuales se doblan; si consideramos 50.000, se cuatriplican. Si consideramos como manifestantes a los dos millones de votantes, las cifras se reducen un orden de magnitud; por ejemplo, no serían (en el peor de los casos) 6,6 heridos cada 1.000 manifestantes, sino cada 10.000.

El 29 de septiembre de 2018, en Vía Layetana.

Un año más tarde, en la contramanifestación contra el Jusapol, que reunió a unas 3.000 personas, hubo 24 heridos (ninguno policía, hasta donde he podido saber); sale por 8 heridos cada mil manifestantes. 

El 1 de octubre de 2018, a las puertas del Parlamento de Cataluña. 
Los incidentes se agravaron por falta de previsión, denuncian los sindicatos policiales.

El 1 de octubre siguiente, ayer, frente al Parlamento de Cataluña y en Vía Layetana, hubo 43 heridos, 32 de ellos policías (un 74%); eso da alrededor de 14 heridos cada mil manifestantes, contando 3.000 manifestantes. Pero es una cifra muy variable, pues ¿cuánta gente había cuando la policía comenzó a repartir? ¿6.000? ¿2.000? ¿1.000? Por eso, la cifra de heridos por cada mil manifestantes podría ser tanto la mitad como el doble de la que he dado (todo señala hacia una cifra más alta). En ambas manifestaciones, los antidisturbios volvieron a ser Mossos d'Esquadra.

Etcétera, que hay muchos ejemplos.

Véase como una cifra que puede considerarse normal es un margen entre 4 y 8 heridos cada mil manifestantes en el momento de la actuación de los antidisturbios. Heridos leves todos. 

Uno o varios heridos graves en una manifestación es ya preocupante y ha de estudiarse cada caso. El mal uso de las pelotas de goma dejó tuertos a dos jóvenes en la celebración de una final de la Copa de Europa de fútbol en 2009 (Mossos d'Esquadra), a Ester Quintana el 14 de noviembre de 2014 (Mossos d'Esquadra) o a Roger Español,  el 1 de octubre de 2017 (Policía Nacional). Eso señala que hubo o bien un mal uso de los medios disponibles o bien un grado de violencia excesivo en algún punto, por parte de la policía, de los manifestantes o de ambos. Por supuesto, también podría darse un accidente. Cuando se emplea la violencia, lo más probable es que alguien se haga daño.

Con las cifras en la mano, las intervenciones de la policía de turno en mayo de 2011, en octubre de 2017 y en septiembre y octubre de 2018 son semejantes en intensidad y no puede decirse que una fuera más cruel que la otra, aunque la de delante del Parlamento de Cataluña muestra unas cifras preocupantes, debidas a la desorganización y falta de previsión de la policía.

Antiguos y modernos, populismo y democracia


En Occidente, las democracias liberales están bajo la amenaza del éxito de populismos autoritarios, que buscan, y a veces alcanzan, el poder mediante los recursos que ofrecen los derechos civiles, con la intención, implícita y a veces explícita, de modificarlos en provecho propio, no en beneficio de todos. Surgen en momentos de zozobra, suele decirse, pero no a causa de la zozobra, digo yo. Su esencia es cultural. Quiero decir que dicen en voz alta algo que mucha gente guarda dentro de sí. En eso radica su éxito. Durante años, en las encuestas demoscópicas, un porcentaje significativo de la población desconfía de la política, cree que la democracia no es la mejor opción o un grupo significativo de la población se cree diferente y, por eso mismo, con más derechos que los demás. Eso está ahí, latente.

Por lo general, estos movimientos argumentan con falacias, mentiras, burdas simplificaciones y hacen mucho ruido. Se venden, sí, como movimientos, dicen estar más allá de la izquierda o la derecha, dicen representar la voluntad popular y se erigen como los únicos representantes del pueblo, que también será único o, como solía decirse antes, uno, grande y libre. Recogen miles, millones de votos, arrastrados por el sentimiento, no por la razón. ¿Se engaña al público? Yo diría que el público quiere ser engañado, se agarra a una creencia porque, otra vez lo digo, la comparte.

Aunque se comparan a veces con el fascismo, estos movimientos no son exactamente fascistas, pero comparten gran parte de sus fundamentos ideológicos y sus prácticas políticas o propagandísticas. Ambos movimientos parten de la sublimación de una identidad cultural construida a medida, que propicia el sentimiento de pertenencia a un grupo. Eso se manifiesta de muchas maneras. Por ejemplo, mediante actos propagandísticos o lúdicos que muestran la uniformidad de criterio del pueblo; de lo que este movimiento considera pueblo, porque no todos los ciudadanos de pleno derecho son pueblo, sino sólo aquéllos que comulgan con su credo. 

Como en los fascismos y compañía, este populismo autoritario fomenta un sentimiento de supremacía del nosotros frente a los otros. Es cierto que lo crea, lo construye y lo argumenta, pero ese sentimiento ya estaba ahí, entre la población, y de ahí que tenga éxito. Si no existiera este nosotros tan particular, cultural en esencia, no podría enraizarse entre la población.

En estos movimientos se argumenta el sentir frente al razonar, la identidad (colectiva) frente a la crítica razonada o la voluntad del pueblo por encima de las leyes, porque lo que nosotros queremos es lo que quieren todos. No existe el respeto por la minoría y la discrepancia, que es la base de la democracia liberal y la sociedad abierta. Y esto es así porque los seguidores del movimiento se sienten superiores, poseedores de la verdad, y cuando un movimiento político articula este sentimiento y lo convierte en programa político, levanta el velo que ocultaba esta característica cultural latente. No hay más. 

En esencia, a veces oculto a primera vista, a veces de forma evidente, estos movimientos son profunda y específicamente enemigos de la ilustración, el liberalismo (en su concepto clásico) y el cosmopolitismo. Es decir, fomentan sociedades (en)cerradas en sí mismas, uniformes, conservadoras. Allá donde estos movimientos tienen éxito o se manifiestan de forma visible, se comprueba una y otra vez que su votante está muy influenciado por un entorno rural o religioso que marca carácter, o procede de una clase media que se creía fuerte, segura (y superior), y se ha visto empobrecida y enfrentada con una realidad desagradable, que busca culpables y soluciones mágicas y las encuentra en las ideas preconcebidas que esos movimientos sacan a la luz. Por eso es importante el detonante de la crisis, pero esos votantes de una (falsa) clase media que no se resigna a no serlo tenían latente (a veces evidente) el sentimiento de superioridad y pertenencia a un pueblo elegido, que ya se manifestaba en el sentido de su voto (conservador y de derechas, en su mayor parte).

Muchos de estos movimientos populistas con rasgos autoritarios proceden, precisamente, de la derecha. Pero no toda la derecha es así, no, ni mucho menos. Existe una derecha que defiende la sociedad abierta y su manifestación política como democracia liberal; se puede ser conservador y liberal en lo económico sin caer en esta trampa. Pero algunos han optado por abanderar estos movimientos porque el neoliberalismo económico que defienden y las medidas autoritarias que desean imponer se aplican sin crítica alguna de sus seguidores si vienen envueltas de banderas y consignas populistas. 

Sobran los ejemplos. En los EE.UU. tenemos a Donald Trump de presidente. El caso del Brexit en el Reino Unido es casi de libro. Austria, Suiza, Francia, Alemania, Italia... nos proporcionan más ejemplos. En España, la derecha, o parte de ella, se ha visto tentada varias veces por esta manera de proceder, y está tonteando con ella, porque les parece que atrae votos. Más se inclina esta derecha a caer en la tentación, más asoman las ganas de imitarla desde la izquierda. ¡Mal asunto!

Parecía que España se libraba de estos movimientos de la extrema derecha populista, identitaria y antieuropea (ergo, anticosmopolita) que surge con tanta fuerza en Europa, pero no. Ha sido en Cataluña donde se han manifestado con fuerza. Nosotros, que tanto presumíamos de ser europeos (en un alarde de supremacismo-soft, como si el resto de españoles no lo fueran), lo somos en el peor de los sentidos. Se ha instalado entre nosotros un movimiento populista-nacional catalán y eso da alas a los movimientos populistas contrarios, que todavía son minoritarios, pero que, si esto sigue así, crecerán y lo enrarecerán todo todavía más.

El catalán es un movimiento autoritario (léase la Ley de Transitoriedad Jurídica, felizmente declarada inconstitucional, que eliminaba la independencia jurídica o la libertad de prensa), supremacista-nacionalista (si se me permite la redundancia), ferozmente neoliberal (ni ERC ni la CUP, en la práctica, se han opuesto a los recortes sociales ni a las políticas de liberalización y privatización, más salvajes aquí que en el resto de España), muy carca en lo ideológico (nacional-católicismo, pseudocarlismo, tradicionalismo), anclado en la propaganda y sin más programa que la propaganda misma... Y por encima de todo, cursi y sentimental, muy cursi y muy sentimental, y de ahí la sublimación del papel de víctima en manos de los otros, los que no son nosotros. El menor defecto de los otros es considerado sumamente horrible; la horrenda falta de uno de los nuestros no será más que un pecadillo sin importancia; compárese el juicio sobre la corrupción aquí o allá para verificarlo. También es un movimiento que considera (literalmente) que cosmopolita es un insulto, equidistante (por ecuánime, que critica a todos por igual) otro y que ya comienza a alumbrar un sentimiento antieuropeo en sus declaraciones.

En resumen, esto no sale de la nada y la Crisis pudo ser el catalizador del movimiento, pero no la causa, que estaba ahí, latente, esperando una oportunidad. Quiero decir que la falta evidente de una cultura comúnmente aceptada que sostenga la idea de una sociedad abierta y garante de derechos y libertades, racional, crítica, libre de identidades colectivas sentimentales, cosmopolita, etcétera, es la verdadera causa de todo este follón. Tendremos que apechugar con ello, y ponerle remedio con paciencia, tesón y educación. Sólo así los modernos podremos dejar atrás a los antiguos, y en eso estamos.

Una de vodka (Gran Premio de Rusia 2018)



No diré mucho de lo ocurrido durante el Gran Premio de Rusia de Fórmula 1. Ferrari no lo hizo mal, pero no todo lo bien que hubiéramos querido, porque los dos primeros en llegar a la línea de meta fueron los Mercedes-Benz. Para más inri, Bottas se dejó adelantar por Hamilton, para aumentar la distancia en el Campeonato de Pilotos entre Hamilton y Vettel (50 puntos). La tercera y cuarta posición de Ferrari no está mal, pero ¿verdad que hubiera estado mejor la primera y la segunda? En fin, no todo puede tenerse en esta vida. Trae una de vodka y ánimos.

Más allá del deber



Como suele ser costumbre, las mejores historias se descubren casualmente y para afirmarme en esta hipótesis supe de esta historia de casualidad, sin querer. Me interesé, investigué y conocí los detalles de la aventura. Finalmente, ha caído en mis manos, gracias a Ediciones Salamina, el libro escrito por Adam Makos y Larry Alexander, Más allá del deber (A Higher Call), resultado de la investigación y los artículos publicados por Adam Makos a partir de la historia que le contó un piloto de bombardero, Charlie Brown. Hoy se conoce como el incidente Charlie Brown y Franz Stigler.

Un B-17 del 379.º Grupo de Bombarderos de regreso en la base.

Poca gente sabe que el porcentaje de bajas de las tripulaciones de bombarderos superó (a veces, ampliamente) al porcentaje de bajas de las divisiones de infantería. Cuando caía derribado un bombardero, se llevaba consigo diez tripulantes, y rara era la vez que podían saltar (casi) todos ellos en paracaídas. Algo parecido cabría decir de los cazas alemanes; no llegó a sobrevivir ni el diez por ciento de los pilotos que comenzaron la guerra y las bajas en el cielo de Alemania al final de la guerra fueron espantosas. Los EE.UU. perdieron casi 10.000 bombarderos en esta campaña y más de 79.000 hombres. Se dice pronto.

En 1943, la 8.ª Fuerza Aérea, con base en Inglaterra, comenzó la llamada operación Pointblank, que pretendía tanto el dominio del espacio aéreo ocupado por los alemanes como el bombardeo estratégico del enemigo. Mientras los británicos y sus aliados atacaban de noche, los norteamericanos optaron por atacar de día. Se iniciaron estos bombardeos en marzo de 1943 y durante algunos meses el dominio del aire fue muy discutido; es decir, que los aviones americanos caían como moscas. Poco a poco se incorporaron cazas de largo radio de acción (P-38, P-47 y P-51) y en 1944 el dominio del cielo sobre Alemania pasó a manos aliadas, aunque siguió muy discutido.

El 20 de diciembre de 1943, en medio de estas terribles batallas a cara de perro, donde los pilotos de caza alemanes luchaban para impedir que sus ciudades fueran arrasadas y los aliados intentaban doblegar la capacidad industrial y la moral de los nazis, un bombardero del 379.º Grupo de Bombarderos (bautizado Ye Olde Pub) quedó rezagado por culpa del impacto de la artillería antiaérea. Luego se enfrentó a unos cazas alemanes (FW 190) y sobrevivió de puro milagro, seriamente averiado. Y entonces, con la mitad de la tripulación fuera de combate, el avión agujereado y destrozado todo él, su comandante, Charlie Brown, tropezó con un solitario caza alemán, el Me Bf 109 de Franz Stigler. 

A la izquierda, Franz Stigler.
A la derecha, Charlie Brown.

De lo que sucedió en ese encuentro, y lo que sucedió antes y después, habla este libro. Podemos criticar algún detalle de la traducción o la edición, incluso algún maniqueísmo de los autores, pero no podemos negar que la historia es muy interesante. Si usted es aficionado a estas cosas, es un libro muy recomendable, y está lleno de detalles que le sorprenderán.

Si quieren ver a los protagonistas de este incidente y lo que ocurrió, pueden ver estos vídeos en YouTube. 


Ay, que se acaba


Hola, queridos lectores, fijos u ocasionales, que todos sois bienvenidos:

Otro artículo para Metrópoli Abierta, titulado Ay, que se acaba. Espero que os guste. O que no os disguste, ya no sé qué preferir. 

Distancias



Mi maestro de esgrima, Imi Dobos, nos citó un proverbio húngaro. Dice así:

Si tu sable es corto, da un paso adelante.

Porque, en esgrima, como en tantas otras cosas, la distancia lo es todo.