Ayer, en los periódicos


Ayer, en los periódicos:


Pues resulta que ¡era broma! ¡Muy buena, por cierto! ¡Bravo! Qué risas que me he echado... Señores, un saludo y mi enhorabuena.

Se non è vero, è ben trovato

Hoy, en los periódicos


Hoy, en los periódicos (y no es broma):



No estamos tan mal


Este tipo nos ha dado una lección a todos.

Lean:

Rodeados de gilipollas


He leído hoy mismo que si la política tira del populismo es porque el populismo tiene éxito. Lamentablemente, continuaba la reflexión, si tiene éxito quiere decir que vivimos rodeados de gilipollas.

Sí, hija, sí, tu himno da para llorar un rato.

Digo esto porque no teníamos bastante con el populismo catalán para que ahora Ciudadanos opte también por arrojar el disimulo a un lado y se lance a la piscina con la misma retórica, las mismas armas dialécticas y las mismas formas, cambiando una banderita por otra y forzando la máquina. Me llevo las manos a la cabeza, con no poco espanto. 

A por todas (las banderas).

Es frentismo puro, es ellos y nosotros hasta la extenuación, es exactamente lo que no tenía que hacerse y se hace, porque, efectivamente, y la frase no es mía, siempre subestimamos el número de personas capaces de cometer estupideces.

Una guerra de nacionalismos no es lo más conveniente, ni ahora ni nunca. A corto plazo, es verdad, suma votos, pero poco después... Mal asunto. La política no tiene que ir de lo que se es o se siente, sino de lo que se hace. Allá cada uno con lo que siente o cree ser, pues ¿no defendemos la libertad? Uno hace un país trabajando por una administración más eficaz y unos mejores servicios sociales, construyendo un sólido Estado del Bienestar, invirtiendo esfuerzos en una educación primorosa, ciencia y cultura, y dejándose de chorradas. A ver quién la tiene más gorda (la bandera) nunca ha llevado a nada bueno. 

Por eso desearía que las únicas ropas que colgaran de los balcones fueran las de la colada y que dejaran todos, unos y otros, de ensuciar las calles con sus grafitos, sus lacitos y tanta banderita. Sois todos, todos, unos pesados. Y unos gilipollas.

El décimo


Hace ya unos años, leí una entrevista a un historiador que sostenía, razonablemente, que la Diputación del General de la Edad Media nada tenía que ver con la Generalidad de Cataluña que tenemos ahora. Hoy el tema ha vuelto a los periódicos (entonces no tuvo eco) y corre una polémica sobre este asunto. 

Al señor Pujol, quien fuera banquero y patriarca de una familia ejemplar, le dio por llamarse a sí mismo, en un alarde de modestia infinita, el 125.º presidente de la Generalidad de Cataluña, para evidenciar que lo suyo era la recuperación de una historia milenaria y tal y cual. Dejando a un lado si salen las cuentas, por qué era el 125.º y no el 123.º o el 127.º (la lista está abierta a interpretaciones), ¿puede darse por buena esta serie? ¿Es lo mismo un presidente de la Generalidad del siglo XX que uno de la Generalidad del siglo XVIII, cuando dejó de existir en su forma antigua? Entre una cosa y la otra, ¿qué?

La antigua Generalidad era una institución medieval en la que formaban los tres estamentos típicos de una república de Platón pasada por el cedazo del cristianismo. Es decir, se repartía entre la Iglesia (que ocupaba, por defecto, la presidencia), la nobleza y la burguesía. Un voto por estamento. Tres votos en total.

Este último estamento, el de la burguesía, era, en teoría, el popular, pero entonces funcionaba un sistema censitario y eso implica que sólo los más adinerados tenían opción al cargo de diputado; un cargo, además, reservado a los gremios, que atenazaban con mano de hierro la actividad económica de la industria y el comercio con una regulación que en la Edad Media podría estar bien, pero que en la Edad Moderna no era más que un estorbo. De democracia, nada, o bien poca cosa. Lo más parecido era el procedimiento de la insaculatio, consistente en meter todas las papeletas en un saco y escoger un cargo sacando una, echándolo a suertes. Así se escogía a muchos diputados.

Esta institución es semejante a tantas otras de corte medieval en toda Europa que fueron desapareciendo a partir del siglo XVII y XVIII, ya fuera por los decretos de los monarcas absolutos, ya fuera, más tarde, por las revoluciones liberales, que cambiaron el régimen estamentario por uno parlamentario e instituyeron la democracia parlamentaria como la conocemos hoy día, que es incompatible con este viejo sistema. La Diputación del General fue suprimida a principios del siglo XVIII en España, junto con instituciones semejantes en los demás reinos de la Corona. Esa supresión acabó con el rígido sistema gremial medieval y permitió que el comercio y la industria, ya libres de ataduras, iniciaran un prodigioso crecimiento a lo largo de todo el siglo, favorecido por la obertura del comercio con las Américas años después. 

Fue en 1931 cuando, recién instaurada la II República Española, se procedió a crear un gobierno autónomo en Cataluña. La idea original era crear una república federal, una propuesta política de larga tradición en Cataluña, pero esta idea no cuajó. El Gobierno de la República propuso llamar Generalidad de Cataluña a este gobierno autónomo, porque ya existía el nombre, pero podría haberlo llamado de cualquier otra manera. El parecido entre una institución democrática y otra medieval, si existe, es casual. Macià fue el primer presidente de esta institución democrática. 

Cuando se nos echó encima la Guerra Civil, se suprimió otra vez, de facto, pero hubo dos presidentes más en el exilio, Irla y Tarradellas, que tomaron el relevo al presidente Companys. La muerte de Franco y el regreso de Tarradellas supuso la reinstauración de esta institución. Por cierto, la única institución de la II República Española que fue repuesta durante la Transición. 

Si consideramos la continuidad desde 1931 hasta hoy, salen diez presidentes: Macià, Companys, Irla, Tarradellas, Pujol, Maragall, Montilla, Mas, Puigdemont y el nuevo, Torra. Todos ellos, a diferencia de los de la antigua Diputación del General, escogidos mediante sufragio universal (Macià sólo con el sufragio de los ciudadanos varones) en una democracia parlamentaria. Torra sería, pues, el décimo.

Considerar que es el 131.º o por ahí es llenarse de ínfulas y apelar al folklore, o confundir churras con merinas. Es sostener que el Bugatti tan hortera que fabrican los de Volkswagen para millonarios rusos aburridos es lo mismo que los automóviles que fabricaba Ettore Bugatti en Molsheim, Alsacia, antes de la Segunda Guerra Mundial, por poner un ejemplo. Pues, no. El Bugatti de verdad era el que había antes y lo de ahora es una apropiación de una marca para vender más. Eso no es tradición ni continuidad, sino oportunismo y propaganda. Hablo de Bugatti, claro, pero también podría hablar de lo otro con las mismas palabras.

Contra los franceses (libelo)


El libelo es un género literario que está en desuso, pero que ha dado páginas brillantes a los más destacados cascarrabias. Algunas obras de eruditos, filósofos e intelectuales a lo largo de la historia tendrían que ser consideradas libelos, y podríamos citar a muchos ensayistas británicos o alemanes, españoles, italianos... ¿franceses? ¿Por qué pregunto por los franceses? Porque el libelo que ha caído en mis manos se titula Contra los franceses.


Recordemos qué es un libelo. La RAE apunta dos definiciones. Una, la más común, la de un escrito en que se denigra o infama a alguien o algo; la segunda, en desuso, un libro pequeño. Aunque algunos libros o artículos que hoy se publican podrían considerarse libelos, están muy lejos del espíritu del verdadero libelo.


En 1980 comenzó a circular por Madrid un libelo anónimo (un libelo que se precie ha de serlo) titulado Contra los franceses. Lo tenía todo: estaba muy bien escrito, tiraba con bala y no dejaba títere con cabeza. Asomaban en sus páginas la burla socarrona, la indignación, ciertas e imprescindibles dosis de cinismo y una abierta provocación. Estaba escrito con mucha gracia y su autor daba sobradas muestras de erudición. Causó pasmo, polémica y sobre todo una pequeña revolución en algunos círculos, que se morían por leer el libelo. He leído esa edición de 1980, que es hoy pieza de colección.

En 2016, la editorial Elba volvió a publicarlo. Esta vez, venía con la firma de su autor, Manuel Arroyo-Stephens. Éste es todo un personaje de la cultura, librero, editor y (ya ven) autor de libelos. 

Les recomiendo muy, pero que muy vivamente leer Contra los franceses. No les pido que estén de acuerdo con lo que dice (de eso se trata), pero sí les aseguro que, a poco que tengan sentido crítico y sentido del humor, se les escapará la risa y poco después estarán dándole vueltas al asunto del que acaban de reírse. Es una obrita (un libelo) de mucho mérito.

Perro come perro



Sajalín Editores es una de esas editoriales exquisitas que publica libros magníficos. Su colección de novela policíaca es poco menos que brillante y publica a Edward Bunker, que no es poco. Bunker es uno de esos autores cuya biografía es, en sí misma, una novela. El autor fue un delincuente peligroso aficionado a la lectura y después de muchas visitas a cárceles y reformatorios y varios delitos a cuestas, se hizo famoso escribiendo relatos policíacos. Uno de ellos es Perro come perro, que Sajalín Editores publica traducido por Zulema Couso.

El argumento gira alrededor de Troy Cameron, que sale de prisión después de pasarse quince años entre rejas. Le esperan dos antiguos compañeros. Uno, Mad Dog McCain, es un tipo peligroso, enganchado a las drogas, que va dejando un rastro de cadáveres a su paso. El otro, Diesel Carson, un matón que parece haberse establecido y trabaja para un sindicato mafioso. La especialidad de Troy es planificar y ejecutar atracos y robos a mano armada y deja la prisión con un proyecto en la cabeza. Entonces... Entonces no diré nada más. 

El estilo de Bunker es directo e hipnótico. El lector no tarda en ponerse en la piel de Troy Cameron y contempla el mundo desde la perspectiva de la delincuencia. El estilo es directo, parco, en apariencia simple. Su concisión no es gratuita y el ritmo de la narración se sostiene de principio a final. Bumker no hace concesiones, dejando a un lado algún intento de justificar los actos de sus protagonistas. Pero es el lector el que tiene la última palabra a la hora de juzgar la bondad de las razones de unos y otros. La aparente simplicidad oculta una estructura sólida, unos personajes muy bien definidos y una trama que parecerá desordenada, pero que atrapa de la primera a la última página.

Muy recomendable.

La Oficina «Anti»fraude de Cataluña


¡Vaya, vaya...! Ahora puedo decir tranquilamente que yo ya lo dije. La Oficina Antifraude de Cataluña (OAC) fue durante unos años la Oficina «Anti»fraude de Cataluña, o un fraude de oficina. Les explicaré:

El 29 de junio de 2016, después de ser pillado trapicheando información con el ministro de Interior, el señor de Alfonso, director de la OAC, fue destituido y su lugar lo ocupó la señora Masià, directora adjunta. Lo primero que hizo fue una purga estalinista-convergente; véase aquí:

Quienes querían que salieran a la luz las irregularidades cometidas por el tándem De Alfonso-Masià se encontraron de hoy para mañana de patitas en la calle.

La señora Masià duró en el cargo poco más o menos un mes. Sólo un mes. Después de su paso por una comisión parlamentaria para explicar qué pensaba hacer o dejar de hacer en la oficina, la calaron todos y pusieron a otro director, el señor Gimeno. Quien, por cierto, prometió hacer una auditoría interna. Ya lo expliqué en su momento, aquí:

La señora Masià pidió regresar al cargo que había ostentado antes en la oficina, pero no la quisieron ni volver a ver. El caso está en los tribunales. Si diesen la razón a la señora Masià, cobraría una indemnización, pero no la volverían a admitir, me dicen mis informantes.

¿Por qué el nuevo director tenía que hacer una auditoría sobre la OAC? Véanse unas cuantas razones: 
Etcétera.

Gran parte de todo lo que publiqué en su día se debe a la colaboración de algunos lectores de El cuaderno de Luis, que me enviaron información y documentación pública y publicada sobre el asunto, a la que muchos periodistas no habían hecho mucho caso. Otra información que me hicieron llegar no la publiqué, por no poder contrastarla con otras fuentes, o por no buscarme un lío. Todo lo que publiqué se había publicado antes en la prensa o en el DOGC y similares, lo que proporciona cierta seguridad. 

Todo este rollo del ya te lo dije viene a cuento porque se ha publicado el Informe de la Sindicatura de Cuentas sobre el ejercicio 2015 de la Oficina Antifraude de Cataluña. Aquí tienen el informe:

De modo muy resumido, tanto el director De Alfonso como la directora adjunta Masià cobraron complementos que no tenían derecho a cobrar y su manejo del dinero era todo menos transparente, además de arbitrario. Encima, algo de eso podría ser delito, ojo. Léanlo ustedes mismos o busquen en la prensa.

El actual director de la Oficina Antifraude de Cataluña, por cierto, ha sido incapaz en todo el tiempo que lleva en el cargo de detectar el fraude en su propia oficina, cosa que prometió hacer. Ahí lo dejo, para que ustedes mismos opinen.

Algunos apuntes de El cuaderno de Luis de 2015, período analizado por la Sindicatura de Cuentas, ya mencionan algunas de las irregularidades detectadas por los auditores o antecedentes del mismo comportamiento en otros cargos anteriores de su directora adjunta. Por ejemplo:
Etcétera.

Sírvanse ustedes mismos.

¿Lo dije o no lo dije?

Vamos a contar mentiras, tralará


Aquí les dejo otro artículo para Metrópoli Abierta. Va de contar mentiras, la nueva línea de la política de aquí y de todas partes, parece, y se titula (previsiblemente) Vamos a contar mentiras, tralará.

Hago un inciso. Cuando escribí el artículo, hace unos días, no se sabía quién podría ser el siguiente presidente de la Generalidad de Cataluña. Aposté por Pilarín Bayés y me equivoqué. En su lugar, ha sido escogido un energúmeno, pero ésa es otra historia y no es éste el momento de hablar de ella.

Espero que les guste. Si no, ¡paciencia!

Una televisión en negro y otra en amarillo


Es mucho lo que se dice sobre la manipulación de las televisiones públicas. El caso de TV3 es tremebundo, hasta nauseabundo. Cuando se echa en cara esta manipulación de la televisión pública catalana (más que notoria y descarada), se responde mencionando el caso de TVE, la televisión pública española, que tampoco se esconde. Sin embargo...


No sé si se habrán fijado, pero les cuento. Desde hace una temporada, los presentadores de TVE visten de negro los viernes. Ellos y ellas protestan así contra la manipulación de los contenidos de los noticiarios y la dirección de los informativos, a la que acusan de parcialidad política. Los trabajadores del Ente han pedido un cambio del Consejo de Administración de RTVE. Ha habido, además, dimisiones, protestas y manifestaciones, declaraciones en medios de comunicación, etcétera, y digo etcétera porque la historia todavía no ha terminado. La dirección presiona, pero los periodistas insisten en defender una televisión pública de verdad, no de unos sí y de otros no.

Desde aquí les doy muchos ánimos. Seguid así, dando ejemplo.

Puede decirse que hoy mismo la televisión pública española está manipulada, pero también que existe un rayo de esperanza para que deje de estarlo, porque los profesionales de TVE defienden su independencia y protestan contra la parcialidad política del medio. Es fácil predecir que TVE cambiará tan pronto la dejen cambiar. En cambio, en TV3 siguen de amarillo y no parecen darse cuenta de lo que están haciendo (o seguramente sí que sepan lo que hacen, peor me lo ponen). 

La valoración de la altura moral y profesional de unos y otros la dejo en sus manos. 

Puf... (Gran Premio de España 2018)


Vaya... El circuito de Montmeló, me dicen, está en la cuerda floja. Por varias razones. Una de ellas, que ya no llena como llenaba (con esos precios, no me extraña). Otra, que el Ayuntamiento de Barcelona no está por la labor, y la Generalidad de Cataluña, de aquella manera, porque anda en otras cosas. El clima político tampoco ayuda, y en Madrid ya corren voces que proponen un circuito urbano (los que, según se dice, son más espectaculares y atraen más público). Así que ojo o nos quedamos sin carreras.


En fin, es lo que hay. El de Montmeló es un circuito muy técnico, lo que es bueno, pero poco favorable a los adelantamientos, lo que no es tan bueno. Por eso fue tan importante que Mercedes-Benz se hiciera con los dos primeros puestos en la parrilla de salida, seguido de los dos Ferrari. En carrera, puf. Sí, puf. El segundo Ferrari ha sufrido un desfallecimiento y ha tenido que abandonar. Puf... El motor ha perdido potencia súbitamente. El primero no ha cambiado los neumáticos cuando debía y una estrategia que no ha sido la mejor lo ha dejado en cuarta posición, detrás de los dos Mercedes-Benz y un Red Bull. Ay, Señor, ya empezamos como el año pasado.

Frente borrascoso


Hace ya tiempo que se han desatado todos los demonios en la política catalana. Ya van corriendo por ahí a cara descubierta (léase con desfachatez o sin vergüenza) y es cuestión de tiempo que alguno se haga daño a sí mismo o lo haga a los demás. En un breve lapso de tiempo, he contemplado dos sucesos que no auguran nada bueno. 

El tresporcientismo celebrándose en voz alta y sin vergüenza.

El primero es que el antiguo presidente de Banca Catalana, protagonista de una quiebra bancaria sin parangón y chorizo confeso, junto con la familia, que también se benefició, recibió un sonado homenaje. El público abarrotó el local y se puso en pie para ovacionarlo. Entre los asistentes, tantos beneficiados del clientelismo instalado en estas latitudes, devolviendo el favor. Siento vergüenza. El tipo, además, sigue presumiendo de ética, moral y tal y cual, y la gente le compra la manta.

La Moreneta, fíjense en la Moreneta...
Dios mío, quién nos manda.

El segundo, un síntoma. Un energúmeno con ninguna experiencia de gobierno de ninguna clase ha sido escogido a dedo por un tipo que fue escogido a dedo por un tipo que fue escogido a dedo por el antiguo presidente de Banca Catalana para ser presidente de la Generalidad de Cataluña. Creo no haberme descontado con los dedos. La particularidad es que si el primero pensaba en términos supremacistas, sabía callárselo (no así su mujer), mientras que este personaje se ha dado a conocer (por escrito, además) como un individuo de la extrema derecha más reaccionaria y supremacista del país. Nada parece señalar una leve, minúscula, lejana esperanza de que sea la persona ideal para conseguir sosiego en la política y respeto por los demás. Es, a juzgar por lo que ha dejado escrito, una mala persona.

¿Que en España no andan mejor? Un poco mejor sí. Si esto lo hiciera el PP, ya verían la que se organizaba a cambio. Pero, sí, están... ¡estamos! muy mal. Entre los másters, los corruptos que salen de hasta debajo de las piedras y las derechas jugando a ver quién la tiene más larga y robándole votos a la izquierda, no sé a dónde iremos a parar.

El problema es que me largaría con gusto a la Toscana, a pasar mis últimos días lejos de tanta estulticia como la que gastan tantos de mis paisanos, pero ¿qué ocurre en Italia? Que los de la Liga y los del movimiento Cinco Estrellas están a punto de ponerse de acuerdo para gobernar. Gobiernen o no, me han jodido el exilio, porque lo siguiente sería Nueva Zelanda y queda lejos.

Nada, que vienen borrascas.

¡Un millón de visitas!


Hoy le he echado un vistazo a El cuaderno de Luis y ¡oh, sorpresa! ¡Ya lleva un millón de visitas! ¡Un millón! Que se dice rápido y parece fácil. 

En fin, queridos y pacientes visitantes y lectores, gracias, y espero veros de nuevo. 

Un millón... Eso es mucho, ¿no?

Todos a una


Queridos y pacientes lectores:

Vuelvo a publicar un artículo de opinión en Metrópoli Abierta. Se titula Todos a una y versa sobre las malas relaciones entre los sindicatos y el Ayuntamiento de Barcelona. Estén de acuerdo o no con lo que digo, espero que el artículo les guste.


La muerte de Napoleón



Simon Leys, autor de La muerte de Napoleón, nos dice en un postfacio de la obra que ésta le salió casi sin querer; sin saber cómo, mejor dicho. ¡Qué fortuna más graciosa! Porque gracias a ella disfrutamos de una novelita (una novela corta) de mucho mérito y muy agradable lectura. Publicada por Acantilado y traducida por José Ramón Monreal, es de ésas que vale la pena leer, y no le llevará mucho tiempo.

La excusa del argumento tiene un punto cómico (y trágico, en el fondo). Bonaparte escapa de su exilio en Santa Helena, gracias a una secreta conjura bonapartista, pero acaba en Francia como un personaje anónimo y teniendo que valerse por sí mismo. No cuento más. Pero algunas páginas nos ponen en medio del enfrentamiento entre la verdad y la realidad (que no siempre son una misma cosa), ante la belleza de un instante o el dolor de un recuerdo. La escena de Waterloo, la del gendarme en la frontera o la del manicomio, por no hablar de la inmensa escena final, son dignas de ser leídas con cuidado y atención, pues fueron escritas en estado de gracia.