Errores y pronósticos (Gran Premio de Australia 2019)


¡Otra vez en el Circo! En efecto, ya ha comenzado el Campeonato de Fórmula 1, para pilotos y para constructores, y como sucede cada año, los pronósticos no han dado ni una. Aunque, es verdad, esto no ha hecho más que comenzar.


Ferrari (como, ay, cada año) partía como favorita después de las pruebas de su nuevo bólido, que salieron morrocotudamente bien. Son tres (mejor, cuatro) las grandes novedades. El coche es nuevo y tiene una nueva filosofía aerodinámica (una). El equipo ha cambiado su director y (dicen) su estrategia (dos). El Ferrari estrena un color rojo mate que (siguen diciendo) en persona desmerece un poco, pero que queda de muerte en las fotografías; es el coche más fotogénico del Circo (tres). Por último, pero no menos importante, Lecrerc, un joven piloto de 21 añitos que promete mucho, corre con Ferrari este año y todo indica que es una apuesta de la Scuderia a largo plazo (cuatro).

Pero llegó la hora de la verdad y en la primera carrera todos los pronósticos... No todos, pero exagerar le da un tono más trágico, ¿no les parece? Todos los pronósticos, decía, se fueron a tomar viento. Volvió a imponerse con autoridad Mercedes-Benz en los entrenamientos, en la vuelta rápida y en la carrera, pero el piloto que ganó no fue Hamilton, sino su compañero Bottas, que le arrancó veintidós segundos, que se dice pronto.

Ferrari cometió varios errores. Digamos que los cometió el tándem de Vettel y sus ingenieros de pista. En tercera posición, detrás de Hamilton, intentaron pillarlo cambiando los neumáticos y poniendo unos medios. A las pocas vueltas, la persecución se interrumpió y el desgaste de los neumáticos comenzó a notarse. Lecrerc, en cambio, optó por cambiar más tarde y poner neumáticos duros. Esta estrategia provocó un gran adelantamiento del Red Bull de Verstappen al Ferrari de Vettel. La tercera posición de un Ferrari podría haberse conseguido si el equipo hubiera permitido que Lecrerc adelantara a Vettel (pudo haberlo hecho), pero se prefirió no arriesgar y asegurar los puntos.

En fin, que quedamos cuartos y quintos y todos los pronósticos se fueron al carajo. Hubo errores a porrillo, pero bien repartidos. Espero que la cosa cambie. Por favor, que cambie.

La noche fenomenal



Hay autores que, tan pronto sacan un libro, hago cola para comprarlo. Tal es el caso de Javier Pérez Andújar, que considero uno de los mejores (si lo prefieren, uno de los más originales) escritores que hoy corren por este país. Así que en una reciente visita a mi librería de guardia (La Caixa d'Eines), Carme me dijo: Luis, que ha salido un Pérez Andújar. Estaba sacando los ejemplares de la caja del distribuidor. Fue decirlo y yo lanzarme en plancha. ¡Mío! Antes de conocer el título o de qué iba, preguntas que suelen ser habituales, ya me lo llevaba bajo el brazo de regreso a casa. Carme, por cierto, también es perezandujariana, o perezandujarofílica, o como se llame eso. Porque ambos coincidimos en que, escriba lo que escriba, lo escribe muy bien.

La noche fenomenal (que edita Anagrama) es el título de la última novela de Pérez Andújar y también el título de un programa de la televisión local en el que participan los protagonistas. Son una tribu curiosa y más curiosas son sus aficiones: uno percibe auras, el otro es criptozoólogo, la de más allá es telépata... Se reúnen alrededor de un plató de televisión, o de unas cañas en un bar, para contemplar el mundo desde la parapsicología, de la que son fieles seguidores. Se enfrentarán a un fenómeno extraordinario cuando descubran que, mientras llueve día tras día sin parar, se abren unas grietas en el espacio-tiempo (o en lo que sea) que comunican esta Barcelona con la Barcelona del otro lado, que es exactamente igual a ésta, pero donde sus habitantes sufren unas transformaciones que... que hasta ahí puedo leer. 

La filosofía del relato se resume en un comentario del narrador protagonista, Javier: Para creer se ha de tener sentido del humor. No se puede creer seriamente en nada. ¡Qué gran verdad! El humor, ahora expresado con una fina ironía, ahora con un juego de palabras, ahora delirante, se combina en más de una ocasión con una melancolía y una poesía que pocos autores saben transmitir tan bien. Es, además, una obra muy personal, casi íntima, poblada de amigos que son y que fueron, y Barcelona (una Barcelona que conozco y una apenas conocida) se convierte en un protagonista más; también París, a su manera. Esta amante descripción de lo conocido y lo que se esfuma ante nuestros ojos es universal, y eso es lo que convierte a La noche fenomenal en un libro muy recomendable, mucho.

Fresco renacentista en el que aparece una mujer tocando el torloroto.
El torloroto tiene un papel en la obra, ya verán.

Vendiendo humo


Queridos lectores: 

¡Otro artículo para Metrópoli Abierta! Se titula Vendiendo humo y en él intento explicar que los asuntos ambientales no pueden afrontarse con alegría y sin rigor, pues son mucho más complejos de lo que parece a simple vista. Complejos, pero también urgentes. Y por eso mismo, porque son complejos, urgentes e importantes, han de ser prioritarios y afrontados de manera objetiva y coordinada, con visión a largo plazo. Algo que hoy... Pero no sigo, ya me leerán.

Verba, non facta


No, no he citado mal el latinajo. Lean el artículo que ha publicado Metrópoli Abierta, titulado precisamente Verba, non facta, y verán por qué.

Alguien tendrá que poner orden


Sé que es una de mis manías. Por eso insisto en este asunto.

Ayer, 8 de marzo, se manifestaron las mujeres por la igualdad de derechos. ¡Muy bien! Salieron a las calles y las llenaron. 

Pero, de nuevo, el baile de cifras de manifestantes. De nuevo, al comparar una manifestación con otra no (me) cuadran las cifras.

La manifestación en Barcelona, a su paso por la Gran Vía.
Fotografía de Ferran Nadeu para El Periódico.

Dicen que ayer en Barcelona se manifestaron 200.000 personas. Ocupando la misma superficie, con aproximadamente la misma densidad de manifestantes, los indepes suman un millón, o medio millón en el peor de los casos, y esa contabilidad ya ha ocurrido varias veces. El mito del millón es persistente y no hay quien lo borre. E insisto, el mito.

En la Diada de 2012 se habló de un millón de personas, incluso de dos millones (sic). Mes y medio después, una huelga general contra los recortes ocupó prácticamente la misma superficie con una densidad igual, si no superior, de manifestantes. Entonces estimaron la participación en algo más de 100.000 personas. (Véase aquí.) No es una excepción, pero sí uno de los casos más llamativos de manipulación contable que conozco.

En fin, me quejo inútilmente. Ayer se manifestaron MUCHAS mujeres y les deseo todo el éxito en sus reivindicaciones. No sólo en Barcelona, sino en toda España. Felicidades, y suerte.

Somos... los últimos


Andaba por ahí la cosa. Quiero decir, por el final. Eso lo sabía hacía ya tiempo, porque las estadísticas nos lo decían muy clarito: el gasto que hace la Generalidad de Cataluña en sanidad, educación y servicios sociales está por debajo de la media española. Pero es que ahora resulta que es ¡el más bajo de todas las Comunidades Autónomas! 

El problema es todavía más grave si consideramos que esto tiene difícil remedio a corto y medio plazo. 

En primer lugar, los amarillos de la antigua Convergència (se llamen como se llamen) y los de ERC tumbaron los presupuestos que habían acordado PSOE y Podemos. De un día al siguiente, Cataluña perdió más de dos mil millones de euros en inversiones públicas y España entera una buena cantidad de mejoras en ayudas sociales. Cabe dentro de lo posible que el próximo gobierno sea de corte neoliberal y poco amigo de los gastos sociales. Gracias. 

En segundo lugar, la inoperancia del Parlamento de Cataluña nos lleva a una prórroga presupuestaria. Otra. Porque en diez años... ¡sólo se han aprobado tres presupuestos!

Cierto que los presupuestos de 2018 no se pudieron aprobar a finales de 2017 por la aplicación del artículo 155, aunque hay que añadir que no se habían preparado demasiado, si es que se habían preparado. Pero entre diciembre de 2017 y mayo de 2018 no hubo gobierno porque los amarillos eran incapaces, ellos solos, de ponerse de acuerdo. Por lo tanto, no hubo presupuestos.

Con el pan no se juega, pero él, dale que te pego.

Luego escogieron a un fascistoide, Torra, incapaz, él sólo o con ayuda, de gobernar, y hemos llegado a marzo de 2019 sin siquiera tener un proyecto de presupuesto para 2019 que haya pasado por las manos de los consejeros. El de 2018 no fue aprobado porque, de nuevo, la mayoría amarilla no supo ponerse de acuerdo. No parece que el de 2019 vaya a ser diferente. Bueno, sí. Ni siquiera existe un borrador de ese presupuesto, miel sobre hojuelas.

Tal cual. Decir inútiles es poco. Como no hay acuerdo, 2019 volverá a pasarse con una prórroga de los presupuestos de 2017. Resulta difícil de creer que tanta incompetencia se concentre en tan pocas personas.

Al grano. Veamos las cifras. En números relativos, comparables. Lo que invierte cada Comunidad Autónoma por habitante en sanidad, educación y servicios sociales. Hay que considerar que el presupuesto disponible por habitante en Cataluña es aproximadamente el mismo que la media española. Eso añade sal a la herida.

Gasto social presupuestado per cápita, de media en toda España: 2.551,70 €.
En Cataluña, 2.207,20 €. Es decir, un 13,5% inferior.
Es la Comunidad Autónoma que menos gasto social per cápita tiene presupuestado. ¡La última de la lista! Seguro que saldrán con que el déficit fiscal... ¡Alto ahí! Con un déficit fiscal igual o superior al catalán, Valencia gasta 2.712,40 € y Baleares, 2.468,60 € per cápita.

El gasto en sanidad, per cápita, en España, sale de 1.337,50 €.
En Cataluña, es de 1.180,90 €. Un 11,7% inferior.
En Valencia, de 1.338,60 € y en Baleares, de 1.465,4 €, para que puedan comparar. Sólo Andalucía tiene un gasto sanitario inferior, 1.158,30 €. Somos los penúltimos, por poco, pero Andalucía tiene una prórroga presupuestaria, por lo que no ha podido ponerse al día. Veremos.

En educación, somos los terceros por la cola. La peor Comunidad Autónoma seríá Madrid, con 729,80 € per cápita, seguida de Asturias, con 739 € y Cataluña, con 756,2 €. 
Pero aún así estamos un 13,6% por debajo de la media española, que se sitúa en los 874,90 € per cápita, y lejos de Baleares, con 850 €, y Valencia, con 995,40 €.

El gasto en servicios sociales no está tan mal, porque hay seis Comunidades Autónomas que gastan menos que nosotros, que gastamos 270,10 € per cápita. Baleares es la que menos gasta, 153,30 € per cápita, aunque Valencia es la tercera que más gasta, 378,40 € per cápita.
El gasto medio en España es de 299,30 € per cápita. Nos situamos, pues, un 9,6% por debajo de la media.

Éstas son las cifras, esto es todo. Poco más puede decirse. Puede preguntarse, eso sí, en qué se gastan el dinero esos inútiles que nos gobiernan, o puede asegurarse que, a la vista de lo expuesto, sumado a los recortes de los últimos diez años, detrás de las banderas abandonamos a la gente. Es un hecho.

Si creen que no es importante, lean esto, entre muchas otras cosas:

El triunfo de la belleza



Uno de mis autores favoritos es Joseph Roth, al que me aficioné con una cierta edad. Hoy, después de haber leído muchas de sus obras y obritas, lo tengo en gran consideración. Incluso cuando uno se enfrenta a un breve relato, como El triunfo de la belleza, que hoy podría considerarse incorrecto, misógino, incluso rancio, por gentes que aprecian más las apariencias que el arte.  

Digo esto porque, en efecto, El triunfo de la belleza narra la desgraciada historia de amor de un joven diplomático austríaco que se enamora de una femme fatale, y nunca mejor dicho lo de fatal. Y hasta aquí puedo leer y no sigo. Breve, con párrafos que ocultan un mundo y una verdadera genialidad narrativa, el librito se lee en un pispás y deja un buen recuerdo. Muy recomendable.

El asesinato de Roger Ackroyd



Ocurre todo en un tranquilo pueblecito inglés, típico y tópico. El deporte nacional de los lugareños es el chismorreo. Nunca pasa nada que no pase por el escrutinio de chafarderas y correveidiles. Un día, se instala un extranjero en la casa adyacente a la del doctor Sheppard, el médico del pueblo. En el pueblo le llaman Porrot y les irrita saber tan poco de él. Parece que se dedica a la horticultura e intenta cultivar calabacines de primera. Luce un gran mostacho, es algo peripuesto y el doctor cree que se trata, sin duda, de un peluquero retirado.

En éstas, un ilustre vecino, el empresario Roger Ackroyd, aparece con una daga clavada en el cuello, en su despacho. 

Y no sigo leyendo.

El asesinato de Roger Ackroyd no fue la primera novela de Agatha Christie, ni la primera en que aparece Hércules Poirot (porque, sí, en efecto, el tal Porrot era, en verdad, Poirot). Pero fue la novela que catapultó a la fama a la Dama del Crimen. Causó una gran impresión. Su planteamiento (por mucho que hoy digamos que es clásico) fue absolutamente innovador y desató la pasión de los críticos literarios... y del gran público. 

Escrita en 1926, hoy sigue siendo una lectura apasionante y entretenida. Aparece regularmente en algunas listas del estilo de los cien libros del siglo XX o las cien mejores novelas policíacas, con méritos y razones suficientes. Un libro que no tenía más vocación que servir de entretenimiento puede ser (es) una obra interesante desde el punto de vista literario. Porque lo literario no es sinónimo de pesado, profundo o aburrido, como suelen defender algunos.

Esta obra fue adaptada al radioteatro e interpretada por Orson Welles (que hacía las veces de Poirot) y fue llevada al teatro convencional con el nombre de Alibi en 1928, e interpretada 250 días seguidos con Charles Laughton en el papel de Poirot. ¡Cuánto nos hubiera gustado ver el Poirot de Laughton! Años después, en 2000, David Suchet volvería al mismo papel para la famosa serie de la ITV Agatha Christie's Poirot, y creo que hasta los rusos hicieron una película del caso.

No nos despistemos. Si quieren pasar un buen rato, aquí tienen cómo.

Las amistades peligrosas


Queridos lectores:

Aquí les dejo otro de mis artículos para Metrópoli Abierta. Se titula Las amistades peligrosas y dice algo que me parece evidente. Aunque no he sido ni el primero ni el único en decirlo, conviene que se diga. Juzguen ustedes si me equivoco, si me faltan razones, etcétera, pero no se me exalten.

El capitán


Willi Herold, en 1943, con 18 años.

En los primeros días de abril de 1945, el soldado paracaidista Willi Herold se separa de su unidad y se encuentra perdido en la retaguardia. Son los últimos días del Tercer Reich, reina el caos y la locura homicida. Herold, que puede ser capturado y fusilado o ahorcado por desertor en cualquier momento, se encuentra un automóvil abandonado y en ese automóvil, un uniforme de capitán de la Luftwaffe (la fuerza aérea nazi), profusamente condecorado. 

Herold se viste con el uniforme y a partir de ese momento se hará pasar por el capitán Herold, enviado especial del mismísimo Führer... sin documentación alguna que lo acredite. A pesar de ello, llegará a reunir una tropa de unos ochenta hombres, en su mayoría soldados separados de sus unidades que se unirán al Comando Herold. Cometerán toda clase de atrocidades en la retaguardia, hasta que Herold será capturado por los mismos alemanes y condenado. Escapará y un año más tarde, capturado ahora por los ingleses, el verdugo de Emsland (así se le conoce) será guillotinado, después de ser juzgado y condenado a muerte por crímenes de guerra. En su haber, más de 125 ejecuciones, entre las que contar alrededor de un centenar de soldados alemanes acusados de deserción recluidos en el campo de prisioneros de Aschendorfermoor, a mediados de abril de 1945.

Se trata de una historia real, tan sorprendente como espantosa. Herold había luchado en Italia, en Salerno, en Montecassino, era un soldado condecorado que se había negado a servir en el ejército y que había sido expulsado de las Juventudes Hitlerianas por indisciplinado, pero algo en su interior dejó la puerta abierta al monstruo que llevamos dentro. En un terreno abonado a la barbarie como la Alemania nazi de los últimos momentos, el monstruo se creció y se mostró en todo su tamaño. El de Herold no fue el único caso, pero sí uno de los más llamativos.


La película El capitán (Der Hauptmann, de Robert Schwentke, 2017) nos cuenta esta historia a su manera. Filmada en un soberbio blanco y negro, nos plantea el dilema del origen del mal, de su aceptación, de nuestra rendición ante el mismo. Quizá la película pierda fuelle hacia el final, pero el conjunto no desmerece. En ocasiones, el absurdo es tal que casi podría considerarse humorístico, si no fuera tan trágico y perverso. Porque, en efecto, seremos capaces de justificar las primeras acciones de Herold, pero ¿cuándo nos daremos cuenta de que ya hace tiempo que nos llevamos arrastrando por el lodo de la maldad?



En garde!


Aquí dejaré el enlace de un nuevo artículo publicado por Metrópoli Abierta. Se titula En garde! y trata de la esgrima, las discusiones y la política. Espero que les guste.

Historia de un alemán


Raimund Pretzel era un alemán de buena familia, abogado, escritor a ratos, ario, que no tenía problemas para ganarse la vida en la Alemania de los años 30. Pero, ah, tenía una novia judía y también conservaba un resquicio liberal en su conciencia. En 1938, huyó con su novia de Alemania y se instaló en el Reino Unido. Para evitar represalias contra su familia y amigos, los que se habían quedado atrás, empleó un pseudónimo en sus libros y escritos: Sebastian Haffner. Por este nombre es conocido desde entonces.


Se dedicó a los ensayos y después de la guerra empleó gran parte de su tiempo en estudiar la convulsa historia de Alemania y a preguntarse por qué los nazis llegaron al poder y cómo pudieron sostenerse durante tanto tiempo y cometer las tropelías que cometieron. Era un autor respetado, pero menos conocido que otros. Cuando murió, en enero de 1999, dejó una obra inédita en el cajón, que fue descubierta y publicada en 2000. Se titula Historia de un alemán - Memorias 1914-1933. Escribió esta obra en 1939, antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, y no quiso publicarla. 

El libro ha obtenido, en sus sucesivas ediciones en Alemania y muchos otros países, un gran éxito y ha catapultado la fama de Sebastian Haffner. Quizá, desde el punto de vista técnico, no sea su mejor obra, pero sí que es la más próxima al lector, al tratar su particular caso de tú a tú, sin amagar su opinión ni disimular sus miedos, sus debilidades o sus preferencias. 

En el momento en que escribe Historia de un alemán, Sebastian Haffner era un liberal de la vieja escuela y la socialdemocracia alemana le había decepcionado enormemente. Tampoco habla bien de los comunistas. Pero los movimientos a la derecha los contempla con creciente preocupación cuando se instala un nacionalismo populista de corte autoritario. En ese suelo abonado germinarán y florecerán los nazis.

En estas memorias, Haffner hace un ejercicio de honestidad y reflexión. Él es un privilegiado, de buena familia, racialmente puro, que podría haberse beneficiado enormemente del advenimiento del nazismo, pero, por el contrario, se siente incómodo y acosado por él y expone con claridad la sensación de una persona impotente que contempla como todo un mundo de orden y libertad se va al garate en un pispás. En los tiempos que corren, cuando los nacionalpopulismos de corte autoritario (y reaccionarios todos) tienen éxito en los EE.UU., en el Reino Unido, en Europa y, por desgracia, en mi barrio, la lectura de la Historia de un alemán muestra paralelismos que erizan los cabellos. ¿Nunca aprenderemos de la historia? ¿Nunca?

No sé quién lo dijo, pero lo suscribo. El exterminio de los judíos que realizaron los nazis, llegando al extremo de los campos, no deja de ser una cuestión técnica y logística. Lo realmente espantoso no es la técnica empleada en la matanza, sino cómo pudo conseguirse ese grado de fanatismo, fundamentalismo o deshumanización, de indiferencia incluso, de quienes permitieron que se llevara a cabo. El porqué. El cómo es consecuencia del porqué.

Historia de un alemán no tendría que ser un libro de lectura recomendable, sino de lectura obligatoria.

Tres opciones


No quiero entrar en el trapo del famoso juicio de marras. Me aburre soberanamente el tema, me aburre soberanamente quien insiste en hablar del tema y no entiendo de matices jurídicos. 

Sólo sé que los acusados presumían en público y en televisión de pasarse la legislación por el forro y que aprobaron, saltándose todas las normas y violando todos los derechos políticos de la oposición, una Ley de Transición Jurídica que prometía, por ejemplo, someter el poder judicial a la voluntad del presidente de su gobierno, cambiar las leyes fundamentales de la república sin necesidad de mayorías cualificadas o ejercer la censura de los medios de comunicación a discreción. No es poco, esto. 

Admitiré que lo que tenemos ahora precisa reformas, mejoras, incluso un recambio para construir algo nuevo, pero la propuesta secesionista era un retroceso, se mire como se mire, objetivamente. También es responsabilidad de ellos, sus seguidores y secuaces haber convertido Cataluña en un lugar más incómodo, hostil incluso, para quien no comulga con su parecer. Eso no es bueno, punto, y ante el panorama que han dejado sobre la mesa tengo la íntima convicción de que algún delito cometieron todos, y no menor. Pero, claro, puedo equivocarme y seguramente me equivocaré.

Al grano. Al parecer, de las declaraciones públicas de estos personajes se deduce que lo que pasó el último cuatrimestre de 2017 tiene tres explicaciones posibles. ¿Cuál de ellas será la verdadera?

La primera: Creían, querían, buscaban y conjuraban para conseguir la independencia de Cataluña, pero fueron tan inútiles, tanto, en todo, que, cuando llegó el momento, se dieron cuenta de que no tenían nada preparado, que habían disparado con pólvora mojada, y cundió el pánico. Unos escaparon, pies para qué os quiero, y otros se quedaron, completamente desconcertados por el fracaso.

La segunda: El reino del cinismo. No se buscaba la independencia de Cataluña, qué va, pero se engañó a conciencia al público para tener un instrumento de presión política. El público, por otra parte, aplaudía encantado al oír lo que quería oír, ojo, y se sometía (y sigue sometiéndose). Se pretendía asegurar a una nueva generación de dirigentes catalanes que permaneciera, como la anterior, cuarenta años más en el poder, de manera indiscutible. Calcularon mal. Hubo una lucha de poder, porque unos querían su parte del pastel y otros no querían perderla. Entre ellos se vieron impelidos a exagerar los gestos, se les fue la mano, cundió el pánico y unos huyeron y los otros contemplaron el estropicio sin moverse del sitio.

La tercera: Una mezcla de ambas, dirigida por cínicos y fanáticos, y fanáticos cínicos y cínicos fanáticos, en las que tanto daba conseguir una cosa como la otra, a cualquier precio, esperando a que cayera una de las dos, porque cualquiera de las dos cosas iba a sostener a esa minoría en el poder y no era otra cosa la pretendida. Y como no sucedió, como se torció la cosa, cundió el pánico, etcétera.

Creo que no hay más opciones. O sí, puede que haya alguna más, pero eso lo dejo a discreción del lector. Qué pereza... Nos queda, eso sí, el fracaso de un proyecto, el fracaso de una sociedad entera, de un país, que se manifiesta en forma de ira, la frustración, segregación identitaria o una evidente merma de la convivencia. Se les confió un país y mira cómo nos lo han dejado. 

Descubriendo a Caravaggio


Santa Catalina de Alejandría, de Caravaggio.
Imagen cedida por el museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid.
Amplien la imagen y verán ustedes.

Uno de los lienzos de Michelangelo Merisi da Caravaggio que más he disfrutado es el de Santa Catalina de Alejandría. Juega con los símbolos y los significados. A primera vista, es una iconografía más o menos clásica de la santa: la rueda, la palma del martirio, la espada... A poco que observamos con cuidado (y no hace falta esforzarse mucho) veremos que es la imagen de una representación de la santa; es decir, para entendernos, no pinta a Santa Catalina valiéndose de una modelo, sino que pinta a una modelo haciéndose pasar por Santa Catalina, y no sé si me he explicado bien. 


Ante nuestros ojos, Filis Melandroni, entonces una moza de unos dieciocho años, posa para el pintor acariciando su espada ropera (la del pintor). Es un gesto sensual, que viene subrayado por la mirada que dirige al público. Parece decirnos que el degüello es algo dulce y placentero, pues, ¿no te lleva el martirio directamente hacia el Paraíso? Pero también es la espada metáfora de miembros viriles y penetraciones, por aquello de enfundarla, y entonces la lectura del lienzo adquiere nuevas dimensiones. 


El librito me cita, hablando de las espadas de Caravaggio.

El cuadro fue un encargo del mecenas de Caravaggio, el cardenal del Monte, que tenía una gran afición a los tableaux vivants, una especie de teatro en el que uno o varios figurantes reproducían una escena sacra o mitológica ante el público mientras un poeta recitaba o cantaba versos sobre la escena representada. Sabemos que el cardenal del Monte gustaba mucho de tocar el laúd en estas ocasiones con el cardenal Farnese, su adversario político a la vez que compañero de parrandas. 

También damos por hecho que Filis Melandroni participaba como figurante en alguna ocasión y que Caravaggio pudo haber sido el escenógrafo, jugando con las luces. Los pintores cortesanos solían pintar los fondos del escenario de estas representaciones, pero imagínense la modernidad de un escenario completamente a oscuras en el que, de repente, un rayo de luz descubre una escena que antes permanecía oculta. 

Para ilustrar eso del tableau vivant, una muestra.

Este efecto lo vemos en el cine o el teatro muy a menudo, pero el chiaroscuro de Caravaggio fue, en su día, como una bofetada, algo inédito y sorprendente, muy dramático. Vistas así las cosas, y sabiendo que el cardenal del Monte sentía una especial vocación por Santa Catalina de Alejandría y el arte moderno (nunca mejor dicho, y no sé si pillan el chiste), yo doy por más que posible que Caravaggio pintara una de las escenas de un tableaux vivant más que una iconografía clásica, pero con todos los elementos de ésta. 

El lienzo se considera un gran salto cualitativo tanto en la técnica como en la perfección del lenguaje pictórico de Caravaggio. Por si fuera poco, es bellísimo, y no me hacen falta más razones.

La cuestión es que los responsables del museo Thyssen-Bornemisza, en Madrid, creyeron que había llegado el día de examinar a fondo el cuadro y proceder a restaurarlo. Fue una labor minuciosa y meritoria que nos ha devuelto a una Santa Catalina más limpia y reluciente que nunca. Bravi!

Para difundir su trabajo, el equipo de restauradores ha publicado un librito profusamente ilustrado donde se explican los detalles técnicos del lienzo, Descubriendo a Caravaggio. De paso, conocemos mejor cómo pintaba Caravaggio y nos asombra todavía más su genialidad. Como decían las crónicas de la época (a las que quizá habría que conceder más crédito) pintaba sin esbozos preparatorios. Dejaba unas marcas con un estilete o un puñal, quién sabe, sobre la capa de imprimación o las primeras capas de pintura y eso era todo. Eso nos hace admirar con mayor razón el fruto de su trabajo. Pintaba tal cual le salía.

(Personalmente, me ha gustado mucho descubrir que Caravaggio primero pintó la rueda entera y luego, resuelta la composición, la rompió para dejarla tal cual la vemos hoy).

Los restauradores han descubierto tres correcciones principales sobre la marcha. Una, en la mano izquierda de la modelo, que se pintó primero en una posición ligeramente diferente. Otra, en la falda y el manto: la versión final ha crecido un poco y alguna arruga ha cambiado de sitio. Pero quizá sea la tercera corrección la más llamativa. Se trata del color del traje.

En efecto, parece ser que la santa llevaba un traje rojo. Caravaggio lo repintó con tonos azulados y se quedó el que ahora vemos. Los restauradores no creen que sea una pintura por debajo para dar profundidad al color final, porque se trata, sin duda, de un trabajo muy elaborado, con varias capas de rojos y bermellones. Simplemente, cambió el color del traje a última hora. ¿Por qué?


El estudio Descubriendo a Caravaggio no entra en polémicas, simplemente las enuncia. Una posibilidad es que el cardenal, viendo a la santa de color rojo, se echara las manos a la cabeza y pensara que era demasiado provocativa. Pero recordemos que el rojo es color del martirio, también, y que el lienzo era para la colección privada del cardenal, no para su exposición en público, y que el cardenal del Monte... Ay, si les contara... Los restauradores aportan otra teoría, a la que me sumo. El color rojo del traje llamaría demasiado la atención y rompería el efecto dramático del claroscuro que se consigue resaltando la cara y la camisa sobre el resto del lienzo. Quizá lo viera Caravaggio y él mismo hiciera la corrección. Lo cierto es que cambió de opinión a medio hacer y no sabemos muy bien por qué.


Descubriendo a Caravaggio es un librito muy recomendable para los aficionados al arte en general y para los caravaggistas en particular. El precio es una ganga. ¡Cuesta más el envío que el libro! Eso me pasa por no vivir en Madrid. En fin...

Un aplauso para el equipo de restauradores.