Hay que soltar lastre


Queridos lectores:

Una vez más, un artículo de un servidor para Metrópoli Abierta. Se titula Hay que soltar lastre y señala una lenta decadencia de Barcelona (ergo, de Cataluña) de profundas raíces. Ustedes mismos, aunque no estén de acuerdo conmigo.

Te lo juro por Snoopy



Dicen algunos que resulta intolerable que un tipo, al acceder a un cargo oficial donde le piden que jure o prometa la Constitución, añada a la palabra dada la coletilla por imperativo legal. Yo no creo que sea intolerable, pero sí una tontería, porque todos los que juran o prometen la Constitución al acceder a dicho cargo (insisto: todos) la juran o prometen por imperativo legal, porque así lo exige la ley, el reglamento o lo que sea, y porque, si no, no te dan el cargo.

Del mismo modo, las razones que te llevan a decir por qué estás ahí son cosa tuya, y exponerlas en público son ganas de llamar la atención sin necesidad. Así, tanto da que uno jure o prometa la Constitución porque representa o ha sido elegido o es la encarnación del mismísimo pueblo elegido, sea tal o cual, porque la república esto o lo otro, porque soy bueno o porque ¡arribaspaña! ¡vivaspaña!, que da igual, que no nos importa, y si añade lo del imperativo legal, pues ganas de que se note que tú no haces como los demás... aunque estés haciendo lo mismo. 

Si uno los tuviera bien puestos, a la pregunta de si jura o promete respondería con un no. Y ya está. Se quedaría sin el cargo, pero bien a gusto. Pero que no le quiten el cargo, ¿eh? Eso no. Así que, si hace falta, juro por Snoopy y por imperativo legal lo que haga falta.

Dicho esto, cuánta tontería, en serio. Cuánta tontería y qué poca formalidad. 

Niki Lauda (1949-2019)



Vi correr a Niki Lauda, pero no me acuerdo. Lo vi correr veintiocho vueltas al circuito de Montjuïc, en 1973; no pudo acabar la carrera. En aquella época corría con un BRM. Al año siguiente lo haría con un Ferrari. Aquel año ganó un Lotus con el motor Ford Cosworth V-8, el de Fittipaldi. También pude ver a Pescarolo, Regazzoni, Ickx, Reutemann, Stewart o Hill, por ejemplo, nombres que todavía hoy hacen soñar a los aficionados al automovilismo. 

Pero, como iba diciendo, no me acuerdo. Tenía entonces ocho años y mi recuerdo se limita al mucho ruido que hacían los coches de carreras de la época, al sol que caía de plomo sobre la tribuna y a lo cerca de nosotros que pasaban esos escandalosos bólidos. Recuerdo taparme las orejas con ambas manos para defenderme del petardeo de esos broncos motores. En 1975, uno de esos aparatos todo ruido y estruendo perdió un alerón y se llevó a cinco espectadores por delante, poniendo fin a un circuito realmente espectacular (pero muy peligroso).

Esto nos pone en situación. Lauda fue un gran campeón en una época de grandes campeones. Tres campeonatos del mundo y veinticinco victorias sabrán a poco cuando vemos las estadísticas que se gastan ahora, pero en su época eso fue una gran hazaña. Si además contemplamos el esfuerzo que hizo por llevarse dos de esos campeonatos después del gravísimo accidente de Nürburgring, el mérito se multiplica. 


En Ferrari, Lauda fue un revulsivo y, que se sepa, fue el primero que le dijo a Enzo Ferrari (literalmente) que su coche era una mierda. Otros, y sólo más tarde, le dijeron al jefe que su coche parecía un camión (sic) o que era lento, pero una mierda, ninguno. La afirmación provocó el espanto de todo el mundo, porque el Commendatore era un ogro, un tirano, un tipo desalmado con una única obsesión, ganar, que pasaba por encima de lo que fuera con tal de sumar una victoria más. Pero sabía reconocer a un buen piloto en cuanto lo veía. Así que se tragó el piropo y Lauda, a partir de ese momento, hizo del Ferrari un coche ganador. 

Ésa era una de las principales virtudes de Lauda, su capacidad técnica, su paciente tesón, que detectaba posibles mejoras y defectos en los coches que pilotaba, que tenía mano para llevarlos a ganar con eficacia y sin arriesgarse más de la cuenta. Ferrari le debe dos Campeonatos del Mundo y Mercedes-Benz, su génesis y estrategia actual como escudería, por ahora imbatible. Su lucha por la seguridad de los pilotos merece también ser señalada y admirada. No exagero si digo que el empeño de Lauda por la seguridad ha salvado la vida de muchos pilotos, mecánicos y espectadores de la Fórmula 1.

Para muchos, como yo, Lauda era el símbolo de una época que siempre consideraremos mejor, y no sabemos muy bien por qué, le teníamos cariño. 

Cuestión de dinero


Queridos lectores:

He aquí otro artículo para Metrópoli Abierta, titulado Cuestión de dinero, sobre un tema que hace unos días en mi blog. Va sobre el poder adquisitivo de los votantes de los diferentes partidos en las últimas elecciones. Espero que les interese.

Ay, la política...


Barcelona, grafito, mayo 2019.

La vanidad de la caballería



Gatopardo Ediciones publica, traducida por Teresa Clavel, La vanidad de la caballería (La vanità della cavalleria), de Stefano Malatesta, publicada en italiano en 2017. Malatesta es un autor italiano, escritor, crítico, periodista, reportero de guerra, un poco de todo, que ha tenido una vida entretenida y tiene una manera de contar las cosas verdaderamente atractiva. 

La vanidad de la caballería es un libro que se centra principalmente en hazañas (y desastres) militares, no todos de la caballería, pero sí muchos. Malatesta aporta un tono irónico, a veces casi humorístico, pero a veces también extremadamente serio, sobre la guerra, que subraya el valor de algunos hombres y señala la falsedad de algunos mitos. Desfilan por sus páginas húsares, caballeros medievales, guerreros mongoles, lores ingleses metidos en medio de alguna guerra colonial, marinos, mariscales de Napoleón, guerrilleros valientes y desesperados, metidos todos en historias a la vez trágicas y singulares, donde abundan los héroes, pero también algunos imbéciles. 

Con una mente lúcida, que rinde honores a quien los merece, paseamos de la mano de Malatesta por escenarios bélicos de toda clase y condición, sea Trafalgar, Waterloo, las mesetas de Asia, el campo de Agincourt, el África negra de principios del siglo XX, Etiopía, Sicilia, el centro de Europa y lo que se tercie. ¡No nos aburriremos nunca! Al menos, yo. Me lo he pasado en grande leyendo este libro, que recomiendo a quien quiera pasar un buen rato de lectura.

Hacer un Pollock


En los días que toca limpieza, me siento súbitamente tentado a hacer un Pollock con los productos de limpieza. A veces no puedo resistirme. El resultado quizá sea pobre, pero lo que es seguro es que será efímero.


Reflejos


Pillada de improviso, con el teléfono, la fachada se convierte en un espejo improvisado.


Adiós (Gran Premio de España 2019)



No está hecha la vida para un seguidor de Ferrari en estos días que corren. Si algunos de los fiascos de esta temporada hasta ahora, en la que partíamos como favoritos (para variar), podían deberse a tal o cual cosa, ya no valen excusas. Mercedes-Benz volvió a situar los dos coches en primera y segunda posición (ya van cinco veces seguidas esta temporada) y Ferrari tuvo que conformarse con quedar cuarto y quinto. Tendría que producirse un milagro para que no digamos adiós ahora mismo al campeonato, sea de Marcas, sea de Pilotos, sea cual sea. Algo no funciona.

Pero es posible que también digamos adiós al Gran Premio de España de Fórmula 1 que se rueda en Montmeló, Barcelona. Parece ser que Holanda propone otro circuito. Aquí hace ya tiempo que el gobierno municipal de Barcelona no está por la labor y la Generalidad de Cataluña está por otras cosas. De hecho, cuando el inefable presidente Torra afirmó que la Fórmula 1 no se marchará de Cataluña, comencé a decirle adiós, adiós... 

El síndrome Leonardo


Queridos lectores:

He aquí un nuevo artículo publicado por Metrópoli Abierta, titulado El síndrome Leonardo. Espero que les guste y que les dé en qué pensar.

Un programa muy interesante



El otro día, como tantos otros días antes, puse una lavadora para hacer la colada y el asunto, tan trivial, casi acaba en tragedia. Oh, la lavadora hace un ruido muy raro, exclamé. Detuve su marcha, abrí el tambor... y me sorprendió una humareda espesa y el inconfundible olor a quemado de gomas, plásticos y componentes eléctricos.

En resumen, no pasó nada, pero acabo de estrenar lavadora. Ahí la tienen, nuevecita. La he cargado con la colada y hacía tiempo que no seguía un programa con tanta atención. Además, ¡sin pausas publicitarias! Desde luego, mejor que la tele, cuando arrancan las campañas electorales.

Ellos



Suelo desconfiar de las autobiografías y la mayor parte de las veces tengo razón por haber desconfiado. Los que escriben abiertamente sobre sí mismos suelen mentir y dan alas a una vanidad superlativa. Cierto es que un buen escritor suele escribir sobre sí mismo y que su vanidad no es pequeña, pues, de entrada, supone que lo que cuenta es interesante. Pero el más frecuente autobiógrafo va muchos pasos más allá y cruza descuidadamente el límite de lo soportable. 

Por eso tan pocos relatos de la propia vida alcanzan mi beneplácito. Requieren una honestidad y una (casi siempre falsa, pero convincente) modestia que pocos pueden permitirse, un desparpajo y un estilo difícil de alcanzar y, por último, cosas que contar. Porque si hablan más de lo que vieron que de ellos mismos, si ejercen más de testigos que de protagonistas, la nota sube. ¿Mienten? Claro. Pero si mienten con gracia... Así, entre una cosa y la otra, se salvan algunas letras de Stendhal, de Churchill o de Casanova, el veneciano, mientras que muchas otras, escritas por personajes incluso insignes, caen o merecen caer en el olvido.

No es el caso de Ellos, escrita por Francine du Plessix Gray. Fue entrar en mi librería de guardia y verme asaltado por Carme. Luis, éste te gustará, me dijo. Y acertó. (¿Cómo se lo hace para acertar siempre?)

Ellos es un libro editado y publicado por dos editoriales, que han sumado esfuerzos para comprar los derechos y costear la traducción, la corrección, etcétera, lo que agradecemos mucho, porque el libro lo merece. Son las editoriales Periférica y Errata Naturae. La traducción es de Ángeles de los Santos. 

La familia de la autora atesora historias para empezar y no acabar, tanto por parte de madre como por parte de padre. Parientes aventureros y aristócratas, amantes, poetas, artistas, viajeros, sinvergüenzas, jugadores, borrachos, hombres de negocios, todos metidos en medio de la historia europea, abriéndose camino en la Revolución Rusa o escapando del nazismo en los años treinta y cuarenta. No faltan ingredientes para hacer de la historia de la familia algo más que divertido, y las primeras páginas de Ellos parece (sólo parece) que van por ahí. Luego vendrá el mundo del glamour, de Vogue y otras revistas de moda, de fiestas interminables, de codearse con Dalí, con Dior, con Yves Saint-Laurent o Marlene Dietrich...

La edición americana de Ellos (Them, A Memoir of Parents).
En la imagen de la portada, Alex y Tatiana, los verdaderos protagonistas de la obra.

Pero lo que Ellos es es otra cosa. Es una seria, incisiva, muchas veces cruel, investigación sobre los protagonistas de esta historia, que son la propia autora, su madre, Tatiana, y su padrastro, Alex Liberman. Bajo la luz del glamour quedan las sombras de la vanidad, el egoísmo, la frustración, la soledad, el miedo, y el amor, también, por supuesto.

Un buen libro.

Bloqueado por la barretina


Es notable el espacio que los medios catalanes (subvencionados, añado) dedican a una asociación que se llama a sí misma Institut Nova Història, cuyas siglas, INH, tanto recuerdan (no por idénticas) a las de los jesuitas. Las más de las veces, sin embargo, la mención del INH tiene que ver con sus ridículas y esperpénticas tesis o con los favores (económicos, se entiende) que reciben sus miembros del poder establecido en Cataluña. 

Véase, por ejemplo:

Creo que una visita a la Wikipedia será suficiente para considerar quiénes son y ahorrarme los detalles:

Los historiadores serios, los que trabajan con pruebas documentales y rigor histórico, se han quejado varias veces del eco que tiene la pseudohistoria que propaga el INH. El caso es que ya les gustaría a los historiadores de verdad contar con el apoyo político y económico con el que cuentan estos pseudohistoriadores. Hasta la revista Sàpiens publicó una queja de historiadores catalanes contra la Nova Història que tanto degrada su oficio y su trabajo.
Véase:

Para que se hagan a la idea, les añado una lista (no es exhaustiva) de los personajes que el INH asegura que son catalanes o como si lo fueran (publicada en Twitter por @themarquesito). Allá va:
Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Martin Behaim, Abraham Ortelius, Pedro de Alvarado, los hermanos Pinzón y, por supuesto, Colón, el Gran Capitán, Bartolomé de las Casas, Francisco de Orellana, Americo Vespucci, Juan de la Cosas, Mercator, Hyeronimus Bosch, San Ignacio de Loyola, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Juan y Alfonso de Valdés, Don Juan de Austria, el Cid Campeador, Garcilaso de la Vega, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Cervantes, Dante Aligheri, Maquiavelo, Rafael (Raffaello Sanzio, el pintor), Calderón de la Barca, Felipe II, Erasmo de Róterdam, el autor de El lazarillo de Tormes (obra escrita, dicen, originalmente en catalán), Lorenzo Valla, el marqués de Santillana, Hernán Cortés, Francisco Delicado, los Fernández de Cuéllar, Jakob Aertsz Kolom, Juan de Torquemada, Álvaro de Luna, el papa Sixto IV, Juan Jufré, sor Juana Inés de la Cruz, Juan de la Encina, sir Francis Drake, Miguel Servet, Giulia Farnese, Leonardo da Vinci... y lo dejo aquí porque me canso de tantas memeces. 

Compruébenlo ustedes mismos explorando su página web.

Postal catalana y folclórica de 1904.
Lo de folclórica no va con segundas, pues era de una colección sobre folclore.

El caso es que hace un tiempo anunciaron que tenían una prueba irrefutable de que Cristóbal Colón era catalán y su expedición salió de Pals, en Gerona, y no de Palos de Noguer, etcétera. Ésa es que en varias ilustraciones del siglo XVI salían marinos con barretina. Así, tal cual. Prueba irrefutable.
Véase, por ejemplo, ésa y otras muchas tonterías alrededor de la barretina en:

Sí, en efecto, los EE.UU. son cosa catalana.
No lo digo yo, sino el INH. Y lo dice, no es broma.

Ese día, con la ayuda de Ma. Consuelo Sanz de Bremond, que ha dedicado muchos años al estudio del vestuario en las edades Media y Moderna, contestamos en Twitter al INH y sus seguidores. Quedó meridianamente claro lo siguiente, desde el primer momento:

a) La barretina es un bonete, un gorro de uso común en todo el Mediterráneo Occidental (y gran parte del Oriental) y en el interior de Europa Occidental antes, durante y después de los tiempos de Colón. 
b) En cualquier retrato de marineros de la época sería normal que aparecieran una o varias barretinas.
c) Ergo, que en una ilustración (relacionada sólo indirectamente con Colón) aparecieran un tipo con barretina no demuestra que fuera catalán, ni que Colón fuera catalán, ni que fueran los catalanes los que descubrieron América, porque el tipo de la barretina podría ser maltés, genovés, francés, croata, griego, siciliano, sardo, castellano, andaluz... cualquier cosa.

La respuesta del INH fue bloquearme.

Es decir, impedirme acceder en Twitter a cualquier cosa que publiquen, y negarse a leer lo que yo publique. Vale, bien.

Dante también era catalán.
Prueba de ello es la barretina, ¿o no?

No me leerán y me importa poco, visto lo visto. Me perderé unas risas, aunque también me ahorraré arrebatos de mal humor. Pero quizá les convenga recordar a los señores del INH que la barretina queda indisolublemente unida al ideario catalán (y catalanista) desde que la emplearan los voluntarios catalanes en el ejército español a las órdenes de Prim, primero en Madrid y luego en África. Como distinción de otras unidades y para fomenta el esprit de corps, se pusieron todos una barretina roja (para que hiciera juego con el uniforme). 

No fueron los únicos en ponerse un gorro rojo en la cabeza. Los voluntarios vascos iban con boina roja, por ejemplo. También la gorra cuartelera del ejército español de la época (un bonete, i.e., prácticamente un tipo de barretina) era roja.

Prim, en plan heroico, al frente de los voluntarios catalanes en Marruecos.
Observen las barretinas.

Antes de eso, la barretina típica era de cualquier color, y de uso frecuente (en España) en todo el Mediterráneo y en la mitad oriental de la península. Pero entonces se hicieron famosos dos poemas que glosaban las hazañas del general Prim: La roja barretina catalana (1860), de Maria Josepa Massanès, y La gorra vermella (1860) de Antonio de Bofarull. Se acabó la variedad cromática de la barretina. De ahí en adelante, para honrar al heroico batallón, la barretina sería roja.

Cuando, en 1880, Jacinto Verdaguer escribió La barretina y le valió un gran reconocimiento público, la suerte de la barretina como símbolo quedó sentenciada. Se convirtió en un icono del catalanismo de cualquier especie, fuera republicano o carlista. 

Sin embargo, la boina y la gorra de visera sustituyeron a la barretina en su uso en el campo y la mar y quedó el gorro como un elemento más del folclore, tan artificial como la sardana o el pan con tomate.

Caravaggio, según Manara




Hace un tiempo, leí el primero de los dos álbumes publicados por Norma Editorial de Milo Manara y su particular visión de la biografía de Caravaggio. Fue aquí. Ahora, leído el segundo álbum, tengo poco que añadir, o mucho, según se mire.

Esta es una viñeta de gran formato del segundo álbum, la última que narra la pintura de Las siete obras de misericordia. Manara en todo su esplendor.

Lo primero, recordar que esta biografía en forma de tebeo es una obra de ficción. No pretende ser un documental, ni falta que hace. Por lo tanto, se permite algunas licencias en la narración de la biografía del pintor, para mantener la tensión narrativa, el ritmo, la estructura y el tono de la obra, ya me entienden. Dicho esto, tengo que añadir que Manara capta muy bien y se aproxima con gran acierto a la figura del pintor, explorando la psicología de un personaje que tanto podía regalar al público la más bella expresión del arte como acabar en un calabozo por sus actos violentos. 

El primer álbum, El pincel y la espada, narra lo que los historiadores llaman su período romano. Es decir (acertó, querido lector), cuando Caravaggio estuvo en Roma. En el segundo, La gracia, narra el período que... que no tiene un único nombre, ése que no fue romano, para entendernos, cuando, fugitivo de la justicia papal, pasa por Nápoles, Malta, Sicilia e intenta regresar, finalmente, a Roma, muriendo a pocas millas del final del camino. En este segundo álbum, Caravaggio busca crear una obra maestra capaz de hacerle merecedor del perdón del papa, de su gracia, y de ahí el título.

El dibujo de Manara es muy bueno, por no decir bonísimo, y su documentación, excelente. El relato se mueve a buen ritmo y el conjunto merece la pena. Lo recomiendo a cualquiera que sienta curiosidad.