Comienza la promoción



Queridos lectores, si alguno tengo: 

Comienzan las citas para promocionar la Historia torcida de la Filosofía. De aquí a unos días, sufriré una entrevista en una emisora de radio y luego, en otra. No me supone un problema y lo admito como parte del trabajo de un autor. Pero, si me paro a pensar en ello, impone un poco.

Un coche de policía


Si alguna simpatía tuve por Ciudadanos, hace ya tiempo que se marchitó. Se arrojaron a la piscina del neoliberalismo y algunas de sus formas me desagradan. No respetaré sus ideas, pero sí su derecho a sostenerlas y defenderlas, siempre desde la razón y la crítica, la suya y la mía. Lo dicho vale para todas las demás formaciones políticas: cualquier idea merece ser tenida en cuenta y ha de ser discutida de manera crítica y racional; a la que interviene la fe y el fanatismo (una cosa y la otra son inseparables), a la que la república (la res publica, lo que es de todos) se convierte en una creencia, en un nosotros frente a un ellos y no en un ejercicio responsable de la confrontación de políticas e ideas, mal asunto, muy mal asunto.

Cerca de donde trabajo está la sede de Ciudadanos de Barcelona. Es llamativa, porque el color naranja de la formación no es precisamente discreto y sus ventanales ocupan toda una planta baja y un entresuelo, que se ven de una hora lejos. Esta mañana, al pasar por delante de su sede, un coche patrulla de la policía montaba guardia y se acababa de retirar otro que había reforzado la vigilancia esta noche pasada. Hasta ahora, y llevo un año pasando por delante cada día, no había visto policías de guardia; pero la situación (así, en cursiva) lo ha aconsejado.

En el mismo orden de cosas, una sede del PSC que lleva unos meses en mi barrio, que visitan de vez en cuando dos y el cabo (qué dedicación a la causa tienen algunos militantes, no deja de asombrarme a mí, que soy tan vago)... Esa sede, decía, fue apedreada ayer con unos ladrillos de considerable tamaño y dos personas que estaban ahí dentro sufrieron una agresión a manos del tipo que, a ladrillazos, se abrió paso hasta el interior de la sede. Un exaltado, me cuentan, y no hace falta que me lo juren. No es la primera, ni será la última, agresión que un partido político sufre en Barcelona. Añado, inmediatamente, que quienes más agresiones sufren son aquéllos cuyas ideas no coinciden con las que se exaltan desde el poder de la plaza de Sant Jaume, dato a tener en cuenta.

Lo que tendrían que ser anécdotas aisladas (pues siempre habrá cafres de uno u otro signo) se convierte en, hace ya tiempo que es, un síntoma de enfermedad política. Si no puedo decir en voz alta lo que pienso por miedo al insulto, al descrédito..., no creo que vayamos bien. Lo que quería decir desde el principio y digo ahora es que todo esto me produce una insondable tristeza. La sociedad en la que vivo está enferma y no veo médicos cerca.

En una democracia, la voz discrepante ha de ser atendida y combatida siempre desde la razón, si uno no está de acuerdo con ella, y su libre expresión ha de ser un tesoro, mientras no atente contra el bien común acudiendo al fanatismo (entonces, ni agua). Entre otras cosas, porque incluso el personaje más imbécil puede tener una buena idea o decir algo sensato. Quien, automáticamente, tilda de fascistas a los que no piensan como él se aproxima algo más que la media a lo que es un fascista, o demuestra muy a las claras que no sabe, no conoce o no ha experimentado el fascismo de verdad y que quizá tendría que conocerlo o experimentarlo, para hablar con propiedad y darse cuenta de lo idiota que ha sido; posiblemente el bocazas no sea más que un estúpido, en la mayor parte de los casos, y la estupidez es algo lamentablemente común. Pero también es cierto que hay quienes se aproximan más al fascismo que otros, y son aquellos que van con la fe por delante, la verdad a medias y la razón, de vacaciones en el exilio.

En librerías




Antepasados ilustres


Hacia 1740 (no recuerdo la fecha exacta), el conde don Juan de Soravilla tuvo que poner los pies en polvorosa perseguido por una muchedumbre de maridos cornudos y padres de doncellas desfloradas. Salvó la vida de milagro y vivió en el exilio el resto de sus días. Ahí queda eso, pero nada que ver conmigo, que no me como un rosco y que perdí el título nobiliario hace lo menos un par de siglos por eso que llaman línea de primogenitura. Con este ejemplo quiero ir a parar a que una cosa es lo que hicieron tus abuelos o tus padres y otra es la que hagas tú ahora. Tú eres responsable de tus actos, no de las tropelías que cometió un antepasado, eso ha de quedar claro. 

Eso viene al colación porque la prosperidad de Cataluña (quizá, mejor dicho, de algunos catalanes) se fundamenta en sucesos poco convenientes y vergonzosos para el discurso oficial, sea el nuestro, el de ahora mismo, o sea el de hace aproximadamente un siglo. Véase.

La primera, en la frente. Gracias a los Decretos de Nueva Planta (publicados entre 1707 y 1716) se abolieron las servidumbres medievales en los reinos de Valencia, Aragón y Mallorca y del Principado de Cataluña, como también las del reino de Castilla, que suelen pasarse por alto. La manufactura y el comercio conocieron un importante beneficio al librarse de tales ataduras y en fecha tan temprana como 1724 ya había en Barcelona varias salas de esgrima y se solicitaban permisos para abrir algunas más. Recordemos que la esgrima era, entonces, una afición limitada a gentes adineradas y no es baladí notar la llegada de maestros de armas italianos y franceses a Barcelona. 

Pero la acumulación de capital que permitió dar el gran salto se produjo a mediados del siglo XVIII, cuando se derogó el monopolio de las Américas y los marinos catalanes pudieron comerciar desde Barcelona, Tarragona o los puertos del Maresme, entonces los más activos. El capital que luego explicaría el auge industrial de Cataluña procedió de dos actividades que... eh... En fin, procedió del contrabando de licor y el tráfico de esclavos.

En aquel entonces, el vino catalán era de muy mala calidad y la uva recolectada se empleaba para hacer aguardiente, a falta de nada mejor. Entonces surgió el negocio: los suministros de ron de la Royal Navy escaseaban y sin ron no había flota capaz de batirse. Algún corsario inglés pasó por Cataluña, compró ese aguardiente amarillo que aquí se producía, vio que, pese a no ser excelente, tenía mucho alcohol y de ahí a suministrar de grog a la Royal Navy, un paso. El grog, ese legendario licor de los marinos británicos, es, en su origen, groc, que en catalán es amarillo, por si no lo sabían. Ah, y por si no sabían otra cosa: todas esas ventas (que sumaron mucho dinero) se hacían de contrabando, porque, por aquel entonces, la Royal Navy era... ¡el enemigo! Es decir, los primeros terratenientes catalanes que acumularon el capital necesario para las inversiones comerciales e industriales eran, directamente, delincuentes (lo menos, oficialmente, hasta 1808).

Lo del tráfico de esclavos es más jodido y menos divertido, por razones obvias. Aunque Cádiz era el puerto principal de este mal negocio, los capitanes catalanes hicieron una gran fortuna con este mercadeo de personas y los terratenientes catalanes que se instalaron en Cuba, también. Las grandes fortunas catalanas que se iniciaron a partir de 1830 provienen, en su mayor parte, de ese tráfico abyecto. Suenan apellidos como Güell, Vidal-Quadras, López, Blanco, Rovirosa... que ya sabíamos, y muchos más que no sabemos.

Eso que tanto disimulamos, que es nuestra historia.

Un libro reciente sobre este asunto, muy serio, ha sido publicado por la Editorial Icaria, Negreros y esclavos (http://www.icariaeditorial.com/libros.php?id=1668) y gracias a él sale a la luz que don Artur Mas, que fuera presidente de la Generalidad de Cataluña y maestro de la tijera, luego devorado por sus propios hijos (metáfora política), tiene antepasados negreros.

Eh, ya vale. No tiene la culpa. No pasa nada. El tipo no es responsable de lo que hicieron sus antepasados. Eso he dicho y eso mantengo. Pero ¡vaya antepasados! 

Su tatarabuelo, Joan Mas Roig, capitán del falucho Pepito, transportó a 825 esclavos de África a Brasil durante la segunda mitad de 1844.  Pere, el Pigat (el Pecoso), su hermano, ya era capitán de una goleta negrera con 18 añitos de edad y siguió traficando con esclavos veinticinco años más, lo menos, capitaneando varias naves a lo largo de su carrera y transportando, en total, algunos miles de esclavos. En 1861 todavía viajaba con esclavos a bordo de Barcelona a Cuba.

Aquí, el señor Mas haciendo ver que trabaja, posando para el fotógrafo.
Al fondo, la famosa rueda de timón de la que presume tanto.

El personaje se valora por lo que hace, no por quién fue su tatarabuelo. Ya saben que mi valoración del señor Mas no es muy positiva y la causa es su nefasta política de recortes, exaltaciones patrias e ideologías carcas; no tenía ni idea de quién era o qué hacía su antepasado tal o cual, y no importaba demasiado, ni me importa, a la hora de opinar sobre sus actuaciones. Ahora bien, ¿no se acuerdan de su afición a dejarse ver con la rueda del timón de sus abuelos? 

El señor Mas, posando con la rueda del timón y esa modestia natural en él.

Recuerden: Durante los primeros meses del prusés, no se hablaba del choque de trenes, sino de un viaje a Ítaca, y el señor Mas se autonombraba el timonel que nos llevaría por la derrota más segura hacia ese anhelado puerto, y venga a fotografiarse con la rueda del timón de marras, aquí y allá. ¿No se acuerdan o prefieren olvidar? Porque también es mala suerte que después de presumir durante tantos años de un linaje marinero, resulte que los marinos en cuestión eran, ay, negreros.

¡Cras! y adiós (Gran Premio de Singapur 2017)


Pintan bastos después de esta carrera para Ferrari, y eso que pintaban oros después de una clasificación excelente. Mercedes-Benz no parecía estar en su mejor momento ni en el mejor lugar y la pole fue a parar al primer Ferrari. El día de la carrera, hoy, ha llovido a raudales y todos los equipos han cambiado neumáticos. Luego, se han dicho, ya se secaría la pista.


La lluvia fue premonitoria. Nada más salir... ¡Cras! Raikkonen intenta avanzar por el exterior y por un quita de allá que vengo yo, choca y desmonta su coche. Con tan mala fortuna, además, que le da por detrás a Vettel, que tiene que abandonar tres curvas después, por daños. Así, sin dar siquiera una vuelta, los dos Ferrari se han visto fuera. Ha ganado Mercedes-Benz, claro, quién, si no.

Hay quien dice que no sólo hemos perdido la carrera, sino también, seguramente, el campeonato.

Es la hora de los lectores



Comienzo a recibir fotografías de mis lectores. ¡Ya tengo el libro!, me dicen, y parecen contentos.

No es para menos. Ha llegado su hora, la de leer, y después de su lectura llegará la sentencia. 

El autor sufre por la sentencia (¡no va a sufrir!), pero también porque su criatura ya ha abandonado el nido. Ya no le pertenece. Bueno, sí, los derechos de autor todavía le pertenecen (lo que queda después de Hacienda, agentes literarios y gastos varios), pero la obra... La obra ya no. La obra ya tiene vida propia. Se pasea por las librerías y se ofrece al primero que pasa, la muy golfa. 

Es una sensación... rara. Supongo que será común en muchos autores. 

Cómo contar manifestantes (a ojo)


Un tema polémico, siempre, es el de contar manifestantes o asistentes a un gran acto público. Existen métodos casi infalibles. Mediante fotografías aéreas in situ y programas informáticos especializados, pueden contarse los manifestantes uno a uno y alcanzar una precisión asombrosa. Lo que ocurre es que, entonces, el resultado provoca más polémica que otra cosa, porque la leyenda del millón es un acto de fe y la razón de los hechos no convence. 

A modo de ejemplo, una misa en Fátima que había reunido cerca de un millón de personas (a decir de los organizadores) no había llegado a sumar ni cincuenta mil, contadas una a una, lo que provocó la airada protesta de los feligreses, que se creían muchos más que 47.981, más menos un 2%. La empresa que contaba manifestantes, por cierto, acabó quebrando porque sus cifras, incontestables, eran constantemente puestas en duda con un ¡No puede ser! ¿No somos un millón? ¡Esto está mal!

En fin... Por eso no es bueno creer lo que nos dicen. Todos mienten.

Si uno quiere ponerse a contar, lo primero que tiene que hacer es calcular la superficie que ocupa una manifestación, en metros cuadrados. Tiene a su favor algún programa de Google que le permite contar distancias y medir la longitud y la anchura de una calle. También, en los tiempos que corren, sobradas fotografías para ver dónde acaba o empieza la manifestación. 

A esos tantos metros cuadrados hay que restar un porcentaje donde los manifestantes no podrán estar: huecos de árboles, entradas a aparcamientos, etcétera. Suele ser alrededor de un 10%, podría llegar a un 20%. Pero eso depende del lugar y ese ajuste mejor hacerlo hacia el final. Esto se hace rápido, es fácil.

Luego, la concentración: ¿cuánta gente hay por metro cuadrado? 

Por regla general:

Si una manifestación se mueve, si la gente camina, nunca podrá superar una concentración de una persona por metro cuadrado. Si camina a paso normal, quizá sea una persona cada tres o cuatro metros cuadrados, como mucho.

Si no se mueve, pero en una fotografía tomada desde arriba en en ángulo de unos 45º pueden verse las piernas de las personas, lo mismo que si caminasen normalmente. Si pueden verse las cinturas de los asistentes, pero no los pies, entonces se mantiene un valor próximo (por debajo) a una persona por metro cuadrado.

De una a dos personas por metro cuadrado estamos en ese punto en que la gente puede moverse sólo un poco, quizá dar un pasito (una por metro), o no puede moverse, porque entonces se tocaría con otra persona (dos por metro).

Tres a cuatro personas por metro cuadrado es apretujamiento. Tres es estar tocándose con todos tus vecinos, lo quieras o no; cuatro es apretarse contra los vecinos, incómodamente, sin casi poder moverse. En un vagón de metro en hora punta se rozan (nunca mejor dicho) las cuatro personas por metro cuadrado. En una manifestación, cuatro personas por metro cuadrado es una cifra peligrosa, si ocupa una gran superficie, pues puede provocar avalanchas, accidentes, desmayos, etc.

Más de cuatro por metro cuadrado es un apretujamiento extremo que implica necesariamente avalanchas. Es muy peligroso.

Instrumento para contar manifestantes, hoy en desuso.

En su día, las cabinas telefónicas iban fantásticamente bien para realizar estos cálculos, pues una cabina de las antiguas media, aproximadamente, un metro cuadrado. A ver cuántos cabían ahí adentro facilitaba el cálculo. A falta de cabinas, tenemos los platos de ducha. El tamaño más habitual es de 80 cm de lado (si es cuadrada) y habrá que hacer números y conversiones. 

Una persona por plato de ducha cuadrada de 80 cm de lado sería una persona y media por metro cuadrado. Sólo pueden moverse un poco (no caminar) sin salir de la ducha. Comprobarán que dos personas en la ducha de 80 cm de lado ya invita a mantener una relación íntima que pueden acabar con la mampara hecha trizas, y se trata de una concentración de tres personas por metro cuadrado.

Ojo. Si uno se sitúa en el centro de la ducha, será uno por unidad de superficie. Si en cada esquina del plato de la ducha se sitúa una persona, también, porque sólo un cuarto de persona estará dentro del plato de ducha y cuatro veces un cuarto es uno. Si la ducha tiene una mampara, no será posible situarse en la esquina y tendrán que colocarse dentro, y entonces comprobarán la diferencia entre uno y cuatro.

Luego está la concentración media y eso es lo más difícil. Porque aquí hay dos personas por metro cuadrado y aquí se puede caminar tranquilamente. La media es una por metro cuadrado, más o menos. El arte del contador será evaluar (gracias a las fotografías, por ejemplo) el peso de cada concentración en relación a la superficie y echar las cuentas. 

Un ejemplo. En el 10% de la manifestación había tres personas por metro cuadrado; en el 40%, digamos que dos por metro cuadrado (o casi); el resto, media persona por metro cuadrado (pues se podía caminar lentamente); eso da 1,35 personas por metro cuadrado. En cambio, la impresión es que había mucha más gente, porque uno presta atención al meollo, no a los alrededores.

Por lo general, no hay que fiarse de la impresión que provoca una muchedumbre, sino apreciar los detalles.

Fácil, difícil, bueno, malo


Fácil, difícil. Bueno, malo. 
Necesitamos que nos lo enseñen otra vez.

En algunos asuntos se confunden las cosas, unas con otras, y luego pasa lo que pasa. Hay quien las confunde a propósito, porque le interesa confundir, y hay quien las confunde porque no se ha parado a pensar o es, simplemente, tonto, sean dichas las cosas por su nombre. Así, por ejemplo, suele confundirse a una nación (conjunto de ciudadanos) con el Estado, al Estado con el gobierno de éste y su administración, al gobierno con el partido e incluso al partido con su líder. En el llamado prusés, estas confusiones están al orden del día y son buscadas y promovidas a propósito.

Así, cualquier observación sobre la corrupción o los recortes en la sanidad pública (por decir algo), que tanto gustan a quienes hoy mandan en Cataluña, se interpreta como un ataque contra la verdadera religión, y se dice España esto o España lo otro cuando lo que quiere decirse es que el gobierno del PP ha hecho tal o cual, que no es lo mismo. Y viceversa: los catalanes tal y cual, y si acaso son cuatro imbéciles que nos mandan, o algún descerebrado suelto, y Santiago cierra España cuando alguien se mete con el PP, que razones para ello no faltan. Por lo tanto, precisión y puntería, por favor. 

Pero, claro, entonces surge la cuestión. Cuando uno sostiene que quiere irse porque está harto del PP, uno responde que sí, que vale, que muy bien, porque uno también está hasta las narices del PP, pero entonces, hijo, ¿por qué no haces algo para que el PP no gane las siguientes elecciones? Porque si te metes en los berenjenales del prusés y del uno a cero, macho, ¿qué conseguirás? Primero, conseguir afianzar al PP (y a los que mandan ahora en Cataluña, también, que son lo mismo) en sus poltronas; segundo, un lío de mil pares de narices, que no traerá más que problemas; tercero, lo que no conseguirás seguro es lo que dices querer, pero irás haciendo daño por el camino. Mal asunto, ¿no?

¿Por qué fracasó el Tripartito? Porque se metieron en camisas de once varas en vez de hacer lo que tendrían que haber hecho: una política social y progresista y acabar con el nacionalpujolismo, y no fomentarlo. ¿Qué hicieron? ¡Consulten las hemerotecas! Desde luego, no demostraron paciencia y savoir faire, porque las cosas bien hechas se hacen despacito y con buena letra, sino que se dedicaron a eso tan catalán de fer volar coloms (echar a volar a las palomas, que equivale a hacer castillos en el aire) y regalaron el gobierno al Govern dels Millors, expertos de la tijera.

Si uno quiere borrar el modelo de política social, económica, etcétera, del PP (que es también el modelo de Juntos por el Sí y la CUP, idéntico), lo que tiene que hacer es hacerlo bien, plantear opciones, gestionarlas con acierto y demostrar que funcionan con bien para todos. 

Oh, sí, ya lo sé, eso es muy difícil... y no nos vemos capaces. ¡Da mucho trabajo! Precisa de personal preparado e inteligente. Es mejor montar un pollo. Eso lo hace cualquiera y es más emocionante. Dejas que unos fanáticos la líen parda y ya lo tienes, el pollo. Vale, bien, monta el pollo, pero luego no te quejes, idiota.

Menos mal que nos queda Portugal. Y la frase sirve como colofón gracioso, pero también como ejemplo. Pregúntense qué pasa en Portugal, averígüenlo y aprendan.

¡En las librerías!


Llegó el día.

La Historia torcida de la Filosofía al completo ya está en las librerías.


En efecto, hoy mismo ha salido a la venta el segundo volumen.

¡Pasen y lean!


Mañana, en las librerías


Damas y caballeros, lectores todos. Mañana, oficialmente, sale a la venta en librerías el segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía.

Además, la editorial ofrece un descuento por la compra de los dos volúmenes. Véase aquí.

Impaciente es poco.


Pasar el cepillo


En los últimos días se han celebrado dos jornadas que merecen ser reseñadas. El sábado pasado fue el Día Internacional de la Esgrima, que celebramos con mucho gusto, y ayer mismo se celebró el principal acto litúrgico de la alt-right catalana, la Diada. Mientras el público celebraba su fe, ocurrió lo inevitable: como en toda liturgia, los celebrantes pasaron el cepillo. Amén.

En toda liturgia, no falta el cepillo.
En el fondo, se trata de eso.

El señor don Artur Mas insistió mucho en este asunto. Si todos y cada uno de los que participaron en la consulta del nouene, decía, pone un poquito, no mucho (sic), con eso ya cubrían la cantidad que le reclama el Tribunal de Cuentas a él y a once cargos públicos más, que es superior a los cinco millones de euros. Eso sale a 445.000 euros per cápita, poco más o menos. Si uno no puede pagar, tendrán que pagarlo los otros, pero entre todos tendrán que devolver esa cantidad de dinero público que se gastó sin permiso. 

Un grupo punk de los años ochenta propuso una solución.
Lamentablemente, ha sido descartada.

La insistencia del señor Mas, que no pedía más que cada familia pusiera cinco euros para la causa (sic, de nuevo), coincide con las cuotas extraordinarias que la Asamblea Nacional de Cataluña y Òmnium Cultural han pasado a sus socios para crear lo que llaman una caja de resistencia. Se trata de un gesto arriesgado porque, según estas mismas organizaciones, y a ellas me remito, la mitad de los asociados inscritos son morosos y no pagan las cuotas casi desde el mismo día en que se apuntaron. 

¡Alto ahí! Esto, en España es lo más normal del mundo. Prácticamente todos los partidos políticos, sindicatos y semejantes tienen un índice de morosidad elevadísimo, tan alto que han tenido que inventarse la figura del simpatizante (que no paga, o paga cuando quiere) para disimular el problema del morro de sus afiliados. No se libra nadie, de este mal endémico. Aquí no íbamos a ser menos que los demás.

La cultura está muy mal, añado.

Justo antes de la Diada, lo recolectado por estas organizaciones para ese fondo judicial, ya sea mediante cuotas o contribuciones voluntarias, dicen que sumaba alrededor de 750.000 euros, cifra que habría que considerar con reserva (hay quien habla de 450.000). Así que, como no llegaba para el gasto, pasaron el cepillo, para ver si la gente ponía un poquito, no mucho y salían los números. Eso hicieron. Ahora mismo, no sé cuánto habrán recaudado en la liturgia de ayer, y eso que la curiosidad me mata, pero mi asombro y maravilla no tiene igual: ¡hubo gente que pagó!

A ver... Que estamos hablando de altos cargos de la antigua CDC, del 3%, del caso Palau, de la red mafiosa catalana per excellence, ladrones no de guante blanco, sino de despacho oficial, una red de clientes, sobornos y extorsiones de la que apenas sabemos un poquito, unas gentes aficionadísimas al dinero ajeno... ¿y les pagamos para que no me tengan que devolver mi dinero? ¡Vamos, hombre!

El caso del señor don Artur Mas es sangrante. En primer lugar, porque era uno de los jefes de la panda. Si conocía sus activades, malo, por cómplice; si no las conocía... Bueno, hay que ser muy tonto para no sospechar siquiera. En fin... Eso, en primer lugar. Es sangrante, en segundo lugar, porque en sus cuatro años y pico como presidente de la Generalidad de Cataluña cobró en sueldos y salarios casi 700.000 euros, dietas aparte, y desde que no es presidente ha cobrado 225.000 euros más (más un despacho en el Paseo de Gracia, un coche oficial, secretaria, etc., a cargo del erario público aparte). No se vayan todavía, que aún hay más.

De aquí a cinco años, cobrará una pensión de casi 90.000 euros al año, más la pensión de jubilación que tenga por lo que hubiera trabajado antes. Durante su presidencia, vivió prácticamente con todos los gastos pagados (es lo habitual, no tendría que escandalizarnos, va con el cargo) y poco antes había heredado de su padre más de dos millones de euros que éste tenía en Liechtenstein, escondidos, y que regularizó ante el fisco cuando le pillaron. Es decir, que pagando su parte de lo exigido por el Tribunal de Cuentas no iba a quedar pobre.

Sé de algunos que no miraron al cielo, pero no dejan de mirar la bolsa.

Éste, éste pide un poquito, no mucho. Éste, que se cepilló las rentas mínimas de inserción, condenando a más de cien mil personas a la miseria más absoluta. Éste, que recortó más de un 10% el presupuesto de la sanidad y la educación públicas mientras subvencionaba a escuelas privadas de alto copete y repartía concesiones sanitarias entre grupos privados afines. Éste, que ha dejado morir a miles de personas sin pagarles las ayudas de la Ley de Dependencia que les debía, y que ha recortado esas ayudas en más de un 20%. Etcétera, no creo que valga la pena proseguir.

Pues, pasan el cepillo para él... y la gente paga. 

Llegados a este punto, es evidente que algo no funciona.

P.S.: Por si preguntan, el acto litúrgico de ayer ocupó una superficie de 165.000 metros cuadrados. El Ayuntamiento de Barcelona y los oficiantes sostienen que se apretujaron seis personas por metro cuadrado, de media (ojo); El País defiende que fueron tres personas por metro cuadrado; la Delegación del Gobierno, poco más de dos y Sociedad Civil Catalana, poco menos de dos. Recuerden, son densidades medias. Escojan la cifra que les parezca más correcta y saquen ustedes la cuenta. Yo ya tengo mi cifra y me parece razonable.

Los primeros lectores



Un amable lector me ha enviado esta fotografía. 

El segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía ya está en las bibliotecas de los lectores más impacientes y este miércoles, en todas las librerías.

Gracias.

Aviso a la población


En el Estado de Florida (EE.UU.), las autoridades se han visto obligadas a publicar el siguiente aviso, que traduzco acto seguido:

Lamentamos tener que insistir en este punto, pero rogamos a las personas que tengan armas de fuego que se abstengan de disparar al huracán.

No es broma.


El Renaixement



He de confesar una debilidad, de muchos conocida: mi afición por el Renacimiento y el Humanismo, su arte y su filosofía. Cuando me pilla un amanecer en Florencia, me da lo mismo cualquier inconveniente si al final puedo embelesarme con los frescos de Santa Maria Novella, con una visita al Bargello o la vista de la cúpula de Brunelleschi desde la ventana de mi alojamiento. Es una Florencia soñada, lo sé, no es del todo real, es un mito. Pero es mi mito, y no me lo toquen.

Por eso descubrí en una librería y adquirí inmediatamente un breve ensayo de Peter Burke, uno de esos brillantes pensadores que alumbran nuestra visión de la historia de la cultura y el pensamiento occidental como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, cuando se ponen. Tienen (merecida) fama sus libros sobre el Renacimiento y El Renaixement es un breve ensayo con treinta años a cuestas que puede considerarse un resumen de sus ideas al respecto. Lo edita y publica, en catalán, Àtic dels Llibres, y ahí lo tienen, en medio de un catálogo de brillantes novelas y ensayos escogidos con cuidado y acierto. De poder hacerlo, los compraría y leería todos, pero el martirio del buen lector es que le falta tiempo para ello.

¿Qué puedo decir de este librito? Quizá señalar cuál es la tesis del autor. El Renacimiento es un mito. Un mito de mistificación: no fue exactamente como nos lo cuentan; un mito de metáfora: sirve para explicar un gran cambio en la cultura y la ideología de Occidente. A partir de ahí, el resto, que es un gozo leer (y más si, como les cuento, el Renacimiento les pone).

Muy recomendable, en serio.