La brillante oratoria del presidente


Hace unos días, fue noticia que el presidente de la Generalidad de Cataluña, el señor Puigdemont (el del flequillo, no se confundan), fue sonoramente pitado en el acto de dar por iniciadas las fiestas de un barrio popular de Badalona. Razones para la pitada no faltan, cada uno tiene las suyas, pero quizá convendría leer el discurso que hizo el personaje ante los ciudadanos de Badalona. Aquí lo tienen, convenientemente traducido:

Buenas tardes a todos, buenas tardes. 
[Muchos pitos y gritos de protesta.] 
¿Me dejáis hablar? Y si no os gusta, silbáis después. 
[El presidente tutea al público, menuda muestra de respeto... Siguen los pitos y flautas.]
Dejadme hablar. 
[Se acostumbra el hombre al desacuerdo del público y la gente se cansa de soplar. Así que empieza.] 
Estimada alcaldesa, querido presidente: 
[Pausa significativa, pero no por los pitos, sino por ver a ver qué digo.] 
Quiero que sepas que para mí es un verdadero honor haber podido aceptar tu invitación y estar a vuestro lado en lo que es un evento de los más importantes que se pueden hacer en un pueblo, porque veo espíritu de pueblo, que es las fiestas populares. 
¿Qué es una fiesta popular? Una fiesta popular es cuando todos, todos, nos reunimos en el espacio público, hacemos un esfuerzo para construir una oferta lúdica que ponemos al servicio de todos y algo muy importante, que tú has señalado en tu discurso, que es que nos abrimos y nos gusta que la gente venga a vernos. 
Espero que disfrutéis mucho de la fiesta. Seguro que sí. 
Muchas gracias. Sabed que para mí es un verdadero honor estar en uno de los barrios más importantes de la zona metropolitana.
[Se acabó lo que se daba. Apoteosis de pitos y protestas. El orador cede el micrófono, con señales de alivio, porque ya puede irse a casa y sentirse querido en otra parte. Fin.]

Dejando aparte el tuteo que gasta el tipo, su oratoria da mucho en qué pensar. Por ejemplo, se menciona el Volkgeist (el Espíritu del Pueblo), tan ensalzado en el idealismo alemán desde que lo inventara Herder, aunque... Bien, ahí lo dejo. Sus definiciones, observaciones, reflexiones... no tienen desperdicio. No hace falta ser crítico literario o haber leído la Oratoria de Cicerón para adivinar que el presidente padece limitaciones del lenguaje, en grado crónico, y que un maestro de escuela le hubiera mandado repetir la redacción. ¡Y dicen que fue periodista...! ¡Claro que no se venden periódicos!

Yo pregunto si un tipo que habla así es la persona idónea para encabezar una revolución nacional. Qué digo una revolución nacional... ¿Le dejarían escribir una columna de opinión a la semana, a un tipo que prepara un discurso y le sale esto?

Ah, el poder y la estulticia conjuntados... Qué peligro.


La gran fuga del abuelo



Imagínense a un niño que adora a su abuelo, aunque su abuelo comienza a mostrar los efectos de una demencia senil. No recuerda el nombre de su querido nieto y a veces se olvida de quién es, por ejemplo, y cree que la residencia donde vive es... ¡un campo de prisioneros de la Luftwaffe! Porque el abuelo en cuestión había sido piloto de la RAF, uno de los pocos que vencieron en la desesperada Batalla de Inglaterra. Ahora cree que vuelve a vivir esos tiempos de antaño y con la ayuda de su nieto pretende escapar de los alemanes y volver a pilotar su Spitfire.

Éste es el argumento de La gran fuga del abuelo, un cuento (yo mejor diría una novela infantil) escrito por David Walliams y que en España edita Montena. No suelo comentar esta clase de libros, pero en este caso haré una excepción porque es el primero que ha leído mi sobrino Cissé por propia iniciativa... ¡y le ha encantado! 

Había leído cuentos, sus padres procuran leerle algo cada día y le animan a leer constantemente, pero este libro ha sido especial. No sólo se ha sentido fascinado por la historia, sino que ha comenzado a investigar por su cuenta. Yo mismo le he buscado películas en internet como ésta, para que viera qué es un Spitfire y cómo vuela.


No contento con esto, partiendo de la documentación y la información que ha conseguido, ha procedido a construir su propio Spitfire. Su hermana se ha sumado a la fiesta. Es más pequeñita y en vez de pintar sus aviones mimetizados y con las insignias y distintivos de la RAF, los ha pintado de colorines, y podrían pasar perfectamente como aviones de entrenamiento.

Aquí tienen el resultado:

La escuadrilla Soravilla.

Luego he sabido del gran éxito que ha tenido este libro, y de lo bien valorado que está por muchos lectores. En mi opinión, es un libro que merece todos los elogios, aunque ya sé que no soy precisamente neutral, en este caso.

Sentido y sensibilidad



Confesaré un grandísimo pecado lector. A estas alturas de mi vida, que son muchas alturas, no había leído nada de Jane Austen. Así, tal cual, dicho con desvergüenza y no poco arrepentimiento. Porque acabo de leer Sentido y sensibilidad y todavía estoy aplaudiendo.

Ay, los clásicos... Por algo son clásicos. Me fascinó Sentido y sensibilidad desde la primera página, con esa elegante y discreta escritura, que ya no se ve, con esa manera de narrar y retratar a las personas con tanta ironía como profundidad. ¡Cuánto he disfrutado!

En otro orden de cosas, causa cierto pasmo contemplar una sociedad en la que una persona de treinta y cinco años es ya demasiado vieja como para enamorarse, o donde un personaje aconseja a otro que tenga paciencia con la suegra porque, en fin, tiene ya cincuenta años y sería muy dudoso que pudiera vivir diez años más. Las protagonistas, Marianne y Elinor, suman diecisiete y diecinueve años. Lo que nosotros llamaríamos novietes o tonterías de adolescente son, en su caso, verdaderos pretendientes a los que cabe analizar con cuidado, porque a poco que una se descuide anda metida en matrimonios. La exquisita educación de las señoritas Dashwood nos parece lejana e irreal, y quizá por ello también fascinante, etcétera.

Pero el mérito de la obra no es, ni mucho menos, esta suma de anécdotas. Son muy bienvenidas, naturalmente, pero lo que me ha enamorado es el dominio de la escritura, el delicado juego de decir, mostrar y explicar que muy pocos escritores dominan y que Austen domina a la perfección, en serio. 

No pretendo decir más. Sólo quería descubrir mi pecado y apelar al perdón. Aunque tardía, la dicha ha sido buena y Sentido y sensibilidad, un placer.

¿No la han leído? ¿A qué esperan?

Ahora tú, ahora yo (Gran Premio de Canadá 2017)


El pasado fin de semana la Fórmula 1 pasó por Canadá y yo, con estos pelos, retrasado. Por lo tanto, no me alargaré demasiado. El Ferrari de Vettel rompió el alerón delantero en los primeros pasos de la carrera (esas cosas pasan) y tuvo que cambiarlo. Como Mercedes-Benz cuenta con Hamilton y Hamilton en Canadá se mueve como pez en el agua, no desaprovechó la oportunidad y se llevó la carrera a casa; su compañero quedó segundo. ¡No está nada mal! Vettel tuvo que remontar desde atrás del todo y acabó cuarto, lo que tampoco está mal, porque fue sumando puntos y se llevó a casa el elogio de los periodistas del Circo, y su compañero, Raikkonen, tuvo que conformarse con la séptima posición, mejor que nada, pero no como para tirar cohetes. 


En la clasificación general, Vettel (Ferrari, 141) aguanta en la primera posición, con Hamilton (Mercedes-Benz, 129) pisándole los talones. En el Campeonato de Constructores, Mercedes-Benz (222) ha pasado a Ferrari (214), como Ferrari pasó antes a Mercedes-Benz. Es un ahora tú, ahora yo muy interesante y ojalá siga así hasta el final. Gane quien gane, será divertido.

La Santa Catalina de Caravaggio (Índice)


Después de haberme dejado ir en algunas entradas sobre un cuadro de Caravaggio, sin más ayuda que la memoria y la imaginación, improvisando, creo que lo mejor será ordenar lo que he escrito con este breve índice.

A modo de introducción:

La historia y la iconografía de Santa Catalina de Alejandría:

El ambiente cultural en el que fue pintado el cuadro:

La explicación de la escenografía del cuadro:

Varios niveles de lectura sobre el lienzo:

Podría haber dicho muchas más cosas, pero lo dejamos aquí por hoy.

La Santa Catalina de Caravaggio (El lienzo)


Vamos, por fin, a examinar el lienzo de la Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio. Vuelvo a reproducir la obra, empleando la imagen electrónica que proporciona el museo mientras no sea con fines comerciales. Los detalles de la imagen se han extraído de otras imágenes disponibles públicamente en internet.

Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio. 
Santa Catalina de Alejandría, c. 1598 
© Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Primera lectura del cuadro: Salta a la vista que la imagen representa a Santa Catalina de Alejandría. Es fiel a la iconografía de la santa y ahí están todos los elementos. Se apoya en la rueda, en la que se ven unos pinchos. Lleva en la mano una espada. Viste ropa elegante, propia de una persona de condición (recordemos que Catalina presumía de buena familia, si no de familia real). Se arrodilla sobre un cojín de terciopelo rojo donde está depositada una palma. A buen entendedor, pocas palabras: es la palma del martirio. Además, la mujer que aparece en el lienzo es joven y bella, como corresponde a la santa alejandrina. 

En este primer nivel de lectura del lienzo, pues, Caravaggio ha satisfecho el encargo del cardenal del Monte. Éste, devoto de Santa Catalina, quería que Caravaggio la pintara para su colección particular.

Caravaggio emplea una rueda rota como atrezzo, a la que pinta dos pinchos para que se vea que es la rueda del martirio. La encontraría en la calle, o en las cuadras del palacio Madama.

Vayamos un poco más allá. Caravaggio emplea muy pocos elementos escenográficos: una rueda (rota) a a que ha pintado un par de pinchos, para que no se diga; un almohadón de terciopelo rojo, que imagino prestado de algún asiento del palacio Madama; la palma del martirio; la espada. El suelo desnudo y el fondo oscuro, de un color pardo tirando a negro, que quizá represente un lienzo o una cortina, priva de todo paisaje. Toda la imagen se centra en una mujer arrodillada, apoyada a medias en la rueda, sosteniendo, acariciando, la espada contra sí. La figura está inclinada hacia la izquierda del espectador, formando una diagonal que podría parecer inquietante, que la larga espada subraya. La palma, que sube de izquierda a derecha, hace de contrapunto y equilibra un poco el conjunto. 

En el rostro es donde mejor se aprecia el foco luminoso.
La mujer es Filis Melandroni, entonces una joven de dieciocho años.

La luz proviene de la derecha y resalta la cara y el pecho de la santa, que brilla con luz propia sobre el fondo oscuro. Como Caravaggio prefería iluminar por la izquierda o empleando varios focos luminosos, se dice que el cuadro se exponía en un lugar iluminado por una ventana a la derecha del cuadro. Algo parecido sucede en La conversión de San Mateo, en la capilla Contarelli. 

La camisa de la santa, de blanco de plomo, ocupa el centro del cuadro, ligeramente elevado. Aunque la carga está descompensanda (la rueda a la izquierda, la santa apoyándose sobre ella...), esa luz empuja a mirar hacia el centro. En comparación, la cara está aproximándose a la sombra. Esta lucha de equilibrios provoca cierto interés y una cierta desazón.

Sabemos que el cardenal del Monte encargó el cuadro después de un tableaux vivant dedicado a la santa, en su palacio. Afirmo que el lienzo no representa tanto una Santa Catalina canónica como la Santa Catalina que se representó en un tableaux vivant aquel lejano 1598. Como un recuerdo de una gran representación, quizá. Es decir, a medida que profundizamos en la lectura descubrimos que no es una representación solamente, sino la representación de una representación. Comienza el juego, y no acaba.

Aunque se diga que son Marta y María Magdalena, son Annuccia y Filis. 
Annuccia ya había posado para dos o tres lienzos de Caravaggio.
Éste parece ser el primer posado de Filis para el pintor.

¡Y vaya juego! Comencemos por la santa, que no es tan santa. Es Filis (o Fillide) Melandroni. Es una cortesana, por no decir una puta de Roma. Su madre vendió (y cobró) su virginidad cuando la muchacha tenía catorce años. A partir de aquel entonces, sería una mujer de armas tomar. Su ficha policial no está libre de incidentes violentos. Filis, cuchillo en mano, no dudaba en marcarle la cara a una mujer por meterse con ella o con su negocio. Amiga íntima de Anna Bianchini, Annuccia, tendrá un golpe de suerte cuando Caravaggio, aficionado al bebercio y al puterío, contrata a su amiga como modelo. Annuccia, pelirroja, será María cuidando del Niño en su exilio hacia Egipto, será una llorosa María Magdalena (en solitario, o lamentándose después en la Muerte de la Virgen)... y compartirá protagonismo con Filis. 

Filis entra en el palacio Madama de la mano de Caravaggio, o quizá se convierte en modelo de Caravaggio cuando entra en el palacio Madama por sus propios medios. Porque la situación es la siguiente: un noble florentino, de rancio abolengo, Giulio Strozzi, se enamora de Filis y le va detrás. Filis aprovecha la ocasión para progresar socialmente, ganar dinero, conocer gente... Más adelante, Giulio y Filis podrían haberse casado en secreto, lo que equivale a decir exactamente que Filis se convierte en la única y exclusiva amante del florentino, no en su mujer legalmente o ante la Iglesia. Sacará un enorme rédito de esta unión, mientras el joven Strozzi no sacará más que cuernos de esa unión. Cuando Filis muera, a los 39 años, habrá hecho fortuna y vivido con holgura de medios. Es un caso raro entre las cortesanas de Roma.

Filis sujeta la espada de Caravaggio, con la que años después cometería homicidio.
Puede apreciarse una deformación en la articulación del dedo anular de la mano izquierda, posiblemente debida a una rotura mal soldada, un defecto que también se aprecia en otros lienzos. La espada es una espada ropera milanesa, de hoja larga (a la española, como era la moda entonces). Fíjense con qué cariño acaricia la santa el instrumento del martirio, o con qué cariño Filis acaricia la espada del pintor, que viene a ser lo mismo.

Siete u ocho años después de pintar este cuadro, Caravaggio matará con su espada (esa misma espada que Filis acaricia en el lienzo) a Ranuccio Tommassoni. En esta muerte se cuentan varios factores, como las peleas entre bandas (los Tommassoni eran del bando español y la banda de Caravaggio y Longhi, del francés), los líos de putas (parece ser que los Tommassoni ejercían el proxenetismo) y muy seguramente Filis, que podría haber acudido a Caravaggio para vengarse de Ranuccio, para meter cizaña, para protegerse de los Tomassoni... Quién sabe. En cualquier caso, Filis y Caravaggio permanecerán unidos en las fichas policiales, en las tabernas y palacios de Roma y quien sabe si fueron amantes en algún momento. Nada puede asegurarse.

La punta de la espada manchada de sangre se cruza con la palma del martirio.
¿Es sangre o un reflejo del almohadón de terciopelo rojo?
Otra vez el juego entre la representación y lo representado.

Yo diría que sí que fueron amantes, y el porqué está en este cuadro. Fíjense con que sensualidad acaricia Filis la espada de Caravaggio, y no hay que ir muy lejos para saber que la espada que penetra la carne (véase manchada de sangre en la punta) es una metáfora de la penetración en el acto sexual. Lo sé yo y lo sabían en el Cinquecento. 

El cardenal del Monte y los que podían permitirse el lujo de admirar su colección sabían quién era Filis Melandroni y reconocían la ropa con que viste en el cuadro por ser la que utilizaba cuando ejercía de cortesana del séquito del señorito Strozzi. El cuadro, pues, muestra a una prostituta con intenciones seductoras, vestida con sus mejores galas, mirando a la cara de un espectador (masculino) que asiste estupefacto a esta proposición.

Pero... No podemos quedarnos ahí. Porque Caravaggio va más allá y es ahora, cuando sabemos que la imagen es la imagen de una imagen, que la santa no es tan santa, que la espada no es precisamente el instrumento del martirio... Es ahora cuando, oh, maravilla, volvemos a componer la imagen iconográfica de Santa Catalina de Alejandría con tan pocos y simples elementos, y descubrimos que es mucho más grande que las imágenes convencionales. No pinta a una reina, virgen y mártir, ni una escenografía histórica y grandilocuente, sino a una cortesana que se hace pasar por la santa en un escenario vacío... y ¿saben qué? ¡No importa! Es más Santa Catalina ahora que antes. Es más próxima y más sublime que una iconografía convencional. En este juego de lecturas y apariencias se amaga la genialidad del cuadro.

La Santa Catalina de Caravaggio (Los tableauxs vivants)


La tradición de los tableauxs vivants (que podría traducirse como retablos vivientes) se remonta a los autos sacramentales medievales. Francisco de Asís fue uno de sus impulsores, empleándolos para dar a conocer, en manifestaciones populares, la Historia Sagrada y los relatos de los Evangelios. Esos espectáculos se fueron alejando de los círculos más cultos y refinados, pero a finales del siglo XVI habían regresado a los salones cortesanos. Esta vez, la temática se había ampliado, yendo de lo sagrado a lo profano, y se sumaban las escenas de la mitología pagana a las vidas de santos o representaciones de la Pasión de Cristo, por poner algún ejemplo.

Si bien su origen fuera probablemente italiano, ese arte se había refinado en la corte del rey de Francia (de ahí el nombre de tableaux vivant) y ahora regresaba a Italia de la mano de quienes querían contrarrestar la influencia cultural de la corte española en Roma. En pocas palabras, el cardenal del Monte, mecenas de Caravaggio, tuvo mucho que ver con su puesta de largo en Italia.

En un tableaux vivant se reunían todas las artes. La obra de arte total de Wagner, pues, no es ninguna novedad y es más vieja que el hambre. Quiero decir con eso que no se limitaba a reproducir una o varias escenas teatrales (en la que los actores permanecían en posición estática, como los personajes de un retablo, y de ahí su nombre), sino que se sumaban otras artes a la fiesta. 

De entrada, la música, pues la escena solía venir acompañada de composiciones musicales para uno o varios instrumentos. También, de recitales de poesía, que muchas veces solían cantarse con el auxilio de la orquesta de cámara que he dicho. La pintura tenía también algo que decir. La misma disposición escénica, que reproducía una escena bíblica o mitológica, era fruto de una composición de masas, volúmenes, colores, como si de un lienzo se tratase. Pero también estaba la misma escenografía que envolvía a los actores. Las más de las veces, además de recurrir a elementos de decoración (tapices, cortinas, muebles), el pintor de la corte reproducía un paisaje que servía de fondo a la representación y no eran pocas las veces que un lienzo tenía un papel protagonista en el escenario.

Cuando Caravaggio se fue a vivir al palacio Madama, los tableauxs vivants del cardenal del Monte eran celebrados en los palacios de toda Roma, y considerados todo un acontecimiento en la vida cultural y social de la Ciudad. De la Ciudad culta. El pueblo llano vivía ajeno a ellos y se contentaba con los populares actos sacramentales. Caravaggio se vio muy pronto implicado en estos pequeños acontecimientos de la más refinada y exquisita cultura del momento.

Il suonatore di liuto, de Caravaggio.
Hay quien afirma que el músico es Montoya, el castrato del palacio Madama.
La partitura y los instrumentos proceden de las colecciones del cardenal del Monte y de Vincenzo Giustiniani, a las que Caravaggio tenía acceso. El pintor, además, sabía leer e interpretar música.

El cardenal del Monte era una persona austera pensando en sí mismo: comía frugalmente, vestía sin grandes adornos, calzaba siempre (a decir de los cronistas) un par de viejos zapatos, pudiendo, como cardenal y príncipe de la Iglesia que era, vivir con gran lujo sin que nadie se lo hubiera echado en cara. Pero toda esa austeridad se iba a tomar viento cuando el cardenal se dedicaba a la ciencia o al arte. Era protector de matemáticos, físicos, poetas, artistas... y se codeaba con todos ellos. Su biblioteca era inmensa y muy bien dotada. Aprovechaba su influyente posición para disponer incluso de obras prohibidas por el Index Librorum (un pecado compartido por algunos de sus amigos, con quienes intercambiaba libros). En su corte vivía el gran Montoya, un castrato español que pasaba por ser el mejor cantante del momento, y su colección de instrumentos musicales era la envidia del barrio. ¡Qué decir de la pintura y las obras de arte! Su colección de pinturas y esculturas podría ser hoy comparable a la de los mejores museos de Europa.

Lo que merece la pena destacar es que el cardenal del Monte era el faro del mundillo cultural romano. Era el coleccionista que marcaba tendencia. Su gusto (siempre exquisito) era la referencia de cualquier aficionado a la pintura, la escultura, la poesía o la música de Roma, y conocía de primera mano el ambiente artístico de Florencia, Venecia y Lombardía. Recibía visitas frecuentes de personajes influyentes (en el ámbito político, pero también en el artístico) de Francia, Flandes y Alemania, sabía del quehacer de los turcos y conocía al dedillo las tendencias de moda en la corte española, que él, por su parte, combatía ofreciendo entretenimientos y obras de arte de mayor enjundia. El arte y la política iban de la mano, quizá más que nunca, en aquella Roma agitada y revuelta.

El cardenal del Monte tenía fama de piadoso y veneraba con especial devoción a Santa Catalina de Alejandría. Así que no se lo pensó dos veces y organizó un tableaux vivant que narraría la vida y milagros de la santa. Caravaggio, a las órdenes del cardenal, tuvo un papel protagonista en aquella representación, que haría historia.

Milesi, el poeta (y amigo personal de Caravaggio), compuso unos gozos a Santa Catalina de Alejandría. Pedro Montoya, el castrato del palacio Madama, cantaría acompañado por un grupo de músicos entre los que se encontraba el cardenal del Monte y su adversario político (a la vez que amigo) el cardenal Odoardo Farnese, que acompañarían con sus laúdes y guitarras el recitar de poetas y cantantes. Los tableauxs vivants del cardenal del Monte, como se ve, exigían la participación y la colaboración del público, que se entregaba a ello con devoción.

Caravaggio se encargaría de la escenografía y hacía las veces de director artístico. Su propuesta fue, simplemente, revolucionaria. Lo nunca visto.

Entre las propiedades de Caravaggio destaca el espejo que aparece en Marta y María Magdalena (que son, a su vez, Anna Bianchini, llamada Annuccia, y Filis Melandroni, que haría las veces de Santa Catalina). Quizá se valiera de este espejo en el tableaux vivant que nos ocupa.

Caravaggio había estudiado tratados de óptica y perspectiva en la biblioteca de su mecenas y sorprendió a todos los presentes con un escenario completamente a oscuras, en el que no se veía nada. De repente, a la señal, mientras Montoya comenzaba a recitar una cantiga y Caravaggio descorría una cortina (o algo parecido) y con la ayuda de uno o varios espejos concentraba la luz en un lugar del escenario.

¡Oh, maravilla! Allá donde todo era oscuridad, mientras la música se alzaba sublime, se iluminaba la figura de Santa Catalina, bellísima. Destacaba con luz propia sobre un fondo oscuro. Caravaggio, en vez de pintar una escenografía, un decorado, había conseguido un efecto sorprendente con un juego de luces y sombras. La luz recreaba la escena, que se plasmaba sobre un fondo negro. Una bella modelo hacía las veces de Santa Catalina y más de uno se sorprendió en reconocerla. Era Filis (o Fillide) Melandroni, una cortesana por la que un noble florentino, Giulio Strozzi, sentía una especial predilección. En el siguiente apunte hablaremos de ella.

Hoy estamos acostumbrados a un escenario vacío que sirve de marco a la figura protagonista, sea en el teatro, en la ópera o en el cinematógrafo. Pero en Roma, en 1597, la idea de Caravaggio dejó a todos sin habla. ¡Nunca se había visto nada parecido! ¡Qué osadía! Se quedaron todos sin habla y me atrevo a decir que hasta la música enmudeció un segundo, antes de proseguir con el recitativo.

El cardenal del Monte fue el primer sorprendido. Cierto que había dado carta blanca a Caravaggio, pero creía que emplearía su arte en una escenografía convencional. En cambio, empleo ese juego de luces y sombras y un atrezzo mínimo, simbólico. Construyó un mundo entero con poquísimos elementos y fue ahí, ahí mismo, donde su pintura se mostró tal y como se proponía ser. 

(Ahora, cuando vayan al teatro, descubran una escena oscura, la luz directa sobre el actor, y luego vean como el director de escena presume de una escenografía moderna, permítanse una sonrisa irónica y un silencio suficiente. ¡Moderna...! ¡Todo está inventado!)

El lienzo de Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio es un encargo del cardenal del Monte posterior a la representación del tableaux vivant que he reconstruido aquí (mezclando ficción y realidad). Es, podríamos llamarla así, un recuerdo de aquel momento. La obra se comprende y valora mejor si uno es consciente de lo que representa, y representa no sólo la iconografía de la santa, sino también un suceso profano en los salones del palacio Madama. Lo que vemos en el lienzo es lo que vieron los invitados del cardenal del Monte (y el propio del Monte) tan pronto se hizo la luz en una sala a oscuras. Vieron eso y nada más que eso mientras el castrado Montoya recitaba a Milesi o interpretaba una cantiga de Monteverdi. Me hubiera gustado ver la cara que pusieron todos, la que pongo yo, seguramente, cuando me planto ante este maravilloso lienzo.

Finalmente, una nota: No se pierdan este maravilloso vídeo sobre tableauxs vivants basados en la obra de Caravaggio, representados en el Museo Diocesano de Nápoles. Entenderán mucho mejor todo cuanto pueda haber dicho.


La Santa Catalina de Caravaggio (La corte del palacio Madama)


El cardenal Francesco Maria del Monte.

En 1598, Caravaggio vivía y trabajaba en el llamado palacio Madama. Hoy es la sede del Senado de la República de Italia, pero, en aquel entonces, era propiedad de la familia Medici desde los tiempos de León X. A finales del siglo XVI y principios del XVII residía en el palacio el cardenal Francesco Maria del Monte, pariente de los Borbones de Navarra (por lo tanto, pariente de los Medici) y embajador de Florencia en Roma. 

En aquella época, la política romana se dividía en dos partidos, el francés y el español. El primero pretendía que el papa fuera menos dependiente de la política imperial de la corona española reconociendo a Enrique IV de Navarra como legítimo rey de Francia. Cuando Enrique dijo que París bien valía una misa, el papa Clemente VIII lo reconoció como legítimo rey de Francia, al fin, porque así podría contrarrestar el inmenso poder de España en los asuntos (normalmente terrenales) de la Iglesia. Pero el rey Felipe de turno (el III) defendía su postura patrocinando al bando español en Roma, contrario a los intereses del rey Enrique. Durante años, España había ayudado a la Liga Católica en una guerra civil francesa, que pretendía el trono para el candidato de Guisa, no para Enrique de Navarra. 

Los dos partidos se enfrentaban a cara de perro en las calles. Las partidas y bandas de bravucones que se citaban para romperse la cara en los alrededores de las termas de Diocleciano estaban patrocinadas por las grandes familias italianas. Porque, en Roma, el asunto de Francia y España se había convertido en una excusa más para que las grandes familias tomaran partido unas contra otras, como siempre habían hecho. En el bando francés militaban los Medici, Sforza, Giustiniani, Aldobrandini, Crescenzi... y uno de sus capitanes era (naturalmente) el cardenal del Monte. Entre las familias que formaban el bando español destacaba una por encima de las demás, los Farnese, y el cardenal Farnese en Roma, Odoardo, era el capitán del bando español (como su hermano Alessandro había sido líder militar de los ejércitos de la Liga).

Lo que en las calles acababa a puñadas y puñaladas, provocando altercados y desórdenes públicos con relativa frecuencia (en los que, por cierto, iba a verse envuelto Caravaggio), en los palacios se trataba con guante de terciopelo.

El cortile d'onore (principal patio interior) del palacio Madama.

Asombrará a muchos que siendo capitanes de dos bandos tan contrarios y enfrentados Odoardo Farnese y Francesco Maria del Monte fueran tan buenos amigos. Consta que cuando el cardenal Farnese iba de putas (perdón), debidamente disfrazado de incógnito, era acompañado por el cardenal del Monte. Jugaban a seducir mozas fácilmente seducibles. El cardenal Farnese se plantaba delante de la casa de la moza y comenzaba a cantar una serenata; el cardenal del Monte le acompañaba con el laúd o la guitarra. El juego acababa con Odoardo en feliz fornicio con la moza y con Francesco Maria feliz de vuelta a casa, porque los gustos del cardenal en cuestiones de sexo no eran tan elementales como los de Odoardo.

(Paréntesis. Parece ser que, mientras sus facultades mentales fueron normales, el cardenal del Monte fue discreto hasta tal punto de que no pudieron señalársele aventuras galantes, fuera de las anteriormente dichas. Sin embargo, cuando envejeció... En esa época, mandaba que le trajeran niños a su habitación, los mandaba desnudar delante de él y entonces, a la vista de ellos, se masturbaba, y luego, satisfecho, los despedía, sin haberlos tocado siquiera. Los testigos coinciden en que, por aquel entonces, el cardenal ya chocheaba, víctima de algún tipo de demencia senil. Muchos historiadores sospechan que el cardenal del Monte había sido siempre homosexual, pero no pueden asegurarlo ni probarlo tajantemente. En mi opinión, su sexualidad era... ¿cómo decirlo? ¿Particular? ¿Era acaso un voyeur? ¿Un pedófilo? ¿Un poco de todo? Fin del paréntesis.)

Aspecto del palacio Madama en el siglo XVII.

La amistad entre el cardenal del Monte y el cardenal Farnese no se limitaba a las aventuras galantes en la noche romana. Compartían afición por el arte. En aquella Roma de finales del siglo XVI, el mayor coleccionista de arte de la ciudad era, sin duda, el cardenal del Monte. Atesoraba en el palacio Madama más de mil quinientas grandes obras. Si no era del Monte, era su mejor amigo, Vincenzo Giustiniani, marqués de Bassano, banquero y patrocinador del corso contra los navíos turcos, que también atesoraba otras tantas piezas en su palacio. Uno y otro, el cardenal y el banquero, fueron los grandes mecenas de Caravaggio. 

El cardenal del Monte descubrió a Caravaggio cuando pasó por la tienda de un tal Valentino, tratante de arte, que tenía su negocio en la plaza Navona. Allí pudo ver los primeros lienzos del genial pintor y no se lo pensó dos veces. Compró sus cuadros y le ofreció habitación y taller en el palacio Madama. Caravaggio, entonces muerto de hambre y pobre de solemnidad, dijo inmediatamente que sí. Del Monte y Giustiniani comprarían para su colección casi dos docenas de lienzos y conseguirían, en muy poco tiempo, que Caravaggio fuera el pintor mejor pagado de Roma (es decir, de Italia), aunque, por el momento, sólo fuera conocido por los más exquisitos coleccionistas y no por el gran público. Caravaggio saltó a la fama cuando pintó los lienzos que decoran la capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses. Dos años después, abandonó el palacio Madama y se instaló por su cuenta.

Los magníficos frescos de Annibale Carracci en la Gran Galería del palacio Farnese, en Roma.

El cardenal Farnese también era un gran aficionado al arte y tenía en nómina, trabajando exclusivamente para él, a Carracci, un pintor que hoy suele pasar desapercibido para el gran público, pero un gran pintor. Mientras Caravaggio pintaba para del Monte, Carracci decoraba el palacio Farnese en Roma con unos magníficos frescos, que todavía causan admiración, aunque hay que pedir hora para verlos. El palacio de quien fuera capitán del bando español es hoy embajada de Francia, un guiño del destino que no está desprovisto de humor.

Carracci y Caravaggio juntos, en la capilla Cerasi, en la iglesia de Santa Maria del Popolo.
La obra de Carracci preside la capilla, sobre el altar, pero ante la crucifixión de Pedro y la conversión de Pablo que pintó Caravaggio suele pasar desapercibida y anónima.

Caravaggio y Carracci tenían todos los números para convertirse en enemigos despiadados uno del otro. Sin embargo, Caravaggio dijo siempre de Carracci que era el mejor pintor de Roma y le mostró respeto y admiración. Carracci, por su parte, reconoció el genio de Caravaggio y no compartió las críticas de la Academia a su trabajo. Salta a la vista que sus estilos eran muy diferentes y que tanto el uno como el otro no se dejaron influenciar ni se imitaron mutuamente. Caravaggio estaba un poco hasta las narices de ver como otros pintores de gran fama en Roma comenzaban a imitarle, si no a copiarle directamente, y todo porque el caravaggismo se había puesto de moda entre los coleccionistas. Supongo que descubrir que Carracci se negaba a ello le interesó y le gustó. Carracci, por su parte, abducido por el cardenal Farnese, vivía alejado de la hipocresía mercantilista de la Academia y no tuvo reparos en anunciar que Caravaggio pintaba como el mejor.

Tratado de perspectiva de Guidobaldo del Monte, hermano del cardenal del Monte, publicado en 1600. Es prácticamente seguro que Caravaggio leyó este libro.

En el palacio Madama, además de arte había libros. Una biblioteca magnífica. Porque del Monte no sólo era mecenas del arte, sino también de la ciencia y la filosofía. Lo mismo que Giustiniani, era aficionado a la alquimia, la matemática, la astronomía... En el palacio Madama, Caravaggio tuvo acceso a las grandes obras sobre teoría del arte y es más que probable que leyera el tratado de pintura de Leonardo da Vinci y un buen puñado de tratados de óptica y perspectiva. 

Google Maps nos ofrece esta vista aérea de los alrededores del palacio Madama. A la izquierda, el círculo más pequeño señala donde un tal Valentino tenía su tienda, en la que vendió los primeros lienzos de Caravaggio. A la derecha, un círculo más grande señala el palacio Madama, donde vivía el cardenal del Monte y donde se alojó Caravaggio. A la derecha, el palacio Giustiniani, de su otro gran mecenas, el marqués de Bassano. Unos metros hacia el norte, la iglesia de San Luis de los Franceses, donde Caravaggio se dio a conocer ante el gran público. Todo, como ven, a pocos pasos de distancia.

Porque, atención, Caravaggio era un personaje muy culto y en el palacio Madama tenía acceso a la biblioteca. Nuestro amigo sabía latín, tocaba varios instrumentos musicales y sabía leer partituras, tenía rudimentos de matemáticas, sabía algo de óptica... ¡Cuidado! No era solamente ese bruto borracho y peleón que asoma en las biografías. Además, había tenido la oportunidad de tratar con Galileo (un protegido del cardenal del Monte), con varios grandes matemáticos de la época (entre los que contar a un hermano del cardenal del Monte, Guidobaldo), con una docena de influyentes cardenales, con poetas, músicos, arquitectos y pintores de primera línea... Es posible que conociera a Rubens, incluso.

Por aquel entonces, Caravaggio ya conocía al abate Crescenzi, confesor de Felipe Neri, que tan importante papel tendría en el encargo de las pinturas de la capilla Contarelli. El cardenal del Monte simpatizaba con el Oratorio y los seguidores de Felipe Neri (algo que no hacía demasiada gracia al bando español, por cierto). Fue en el palacio Madama donde la religiosidad de Caravaggio se inclinó hacia la Chiesa povera (la Iglesia de los pobres). También fue en el palacio Madama donde conoció la doctrina de los jesuitas y donde contactó (con la ayuda de Vincenzo Giustiniani) con la Orden de Malta. Que Caravaggio fuera de putas y follones, de vinos, peleas, juergas y tabernas, no quita que no fuera, al mismo tiempo, un personaje especialmente devoto. Es uno de los aspectos del pintor que más cuesta de comprender hoy en día, pero ahí está.

Caravaggio alcanzó su madurez pictórica en el palacio Madama. Una madurez que va más allá de la técnica del pincel, una madurez que también alcanza a su intelecto, que normalmente pasa desapercibida, pero sin la cual es imposible comprender su genio y su valía.

La Santa Catalina de Caravaggio (Hagiografía e iconografía)


Como es lógico, la protagonista de Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio es Catalina, la santa. Caravaggio no la representó protagonizando conversiones y milagros, sino que pintó su imagen iconográfica. Es decir, una imagen que resumiera (nunca mejor dicho) su vida y milagros y que fuera identificable por quienes contemplaran el cuadro. Eso nos obliga a saber de la vida y milagros de Santa Catalina de Alejandría. 

Hay quien sostiene que Santa Catalina es una respuesta cristiana a la persona de Hipatia de Alejandría. Ésta era una filósofa (en verdad, una matemática y astrónoma) que, a sus sesenta años, fue salvajemente linchada por una turba de fanáticos cristianos, que pasearon su cadáver mutilado por las calles de la ciudad hasta depositarlo a los pies del altar de su iglesia. Un acto de caridad verdaderamente espeluznante.

El asunto mostró claramente a los paganos que los cristianos eran contrarios a la libertad de credo (como luego se demostró sobradamente) y llenó de infamia su recuerdo. Quien abraza esta teoría dice que Catalina sería (digámoslo así) una Hipatia cristiana, un contrapunto. Los publicistas cristianos no eran malos, como prueba que Hipatia murió a sus sesenta años (anciana para la época) y en cambio Catalina ya era filósofa a sus dieciocho, además de ser una bellísima doncella, con la que apetecía casarse (y de ahí vinieron muchos de sus problemas). La heroína, si guapa, mejor.

Típica imagen iconográfica de Santa Catalina de Alejandría.
La espada, la corona, la rueda...

Lo cierto es que los primeros documentos que hablan de Catalina de Alejandría datan de unos 500 años después de su muerte y un examen de su leyenda medianamente objetivo nos muestra que es un disparate histórico de los pies a la cabeza. No existe prueba alguna de su existencia, aunque no puede descartarse que hubiera una Catalina en Alejandría que inspirase el cuento. Pero, de haber habido tal Catalina, no sería la Catalina del santoral.

Como todas las leyendas de santos, la historia de Santa Catalina de Alejandría es fantástica y poética, tiene un toque de ingenuidad tan maravilloso como disparatado. Es también, cómo no, crudelísima, con escenas de brutalidad verdaderamente bestias, porque, no lo olvidemos, Catalina murió mártir.

Esta Santa Catalina porta corona, ropajes nobles, libro y espada.

Dice la leyenda que Catalina era de sangre real y apunta a los reyes de Sicilia... aunque en Sicilia, alrededor del siglo III dC, no había reyes. Pero ¿qué importa? Sangre real o nobilísima, en cualquier caso. De buena familia. Educada exquisitamente. De ahí que la niña fuera un prodigio y dechado de sabiduría y que a sus dieciocho años fuera una filósofa de gran inteligencia y agudos razonamientos. Además, se había convertido al cristianismo. ¿Cómo?

Por lo visto, se le apareció la Virgen con el Niño y ella se ofreció en matrimonio (místico) con Él. Como todavía no estaba bautizada, Él le dijo que era muy fea para casarse. Se bautizó y entonces Él aceptó su matrimonio. Catalina hizo del Cristo su único esposo, lo que impedía su matrimonio con quien quisiera desposarse con ella y fuera de carne y hueso. De virgen y mártir ya tenemos la virginidad resuelta. 

El matrimonio místico fue una metáfora medieval muy extendida a partir del siglo VIII, justo cuando nace la leyenda canónica de la santa. Lo digo por si preguntan.

En éstas que el emperador romano... perdón, bizantino (el Imperio era ahora el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente)... el emperador, da igual si de aquí o de allá, se presenta en Alejandría. La leyenda nos dice que era un emperador malo, malísimo, el terror de los cristianos, a los que perseguía con saña y crueldad infinita. También, que era lujurioso, lascivo... En fin, que no le faltaba de nada. Un malo perfecto para el cuento. Ahora sólo falta la heroína.

El emperador acude a un templo para oficiar un sacrificio en honor de los dioses. Recordemos que el emperador era la primera autoridad política y religiosa del Imperio, de cualquier religión, algo que los cristianos no aceptaban. A Catalina no se le ocurre nada más que interrumpir la ceremonia para echarle en cara al monarca el punto de vista cristiano del asunto. El malvado emperador se molesta por la interrupción, pero la contemplación de tan bella moza aparta de su cabeza una inmediata ejecución. Así que envía a un pequeño ejército de filósofos para que convenzan a Catalina del error de su religión (y, de paso, querrá obligar a Catalina a casarse con uno de ellos, que podrá escoger a discreción).

Dicho esto, a la vista del contenido del paréntesis, imagino que, más que una disputa filosófica, aquello fue una competición de varones para ver cuál de ellos era capaz de llevársela al huerto. Es decir, de filosofía, lo que entendemos por filosofía, poca, aunque los cronistas medievales insisten en la sutileza de ese ejército de sofistas y en la profundidad del debate en la que tiraban todos contra la tesis de Catalina.

La cuestión es que Catalina, al final del debate, había convertido a cincuenta de estos sofistas al cristianismo (sic) y seguía soltera. El emperador pilló un berrinche y mandó degollar a los cincuenta, sin pensárselo dos veces. Éstos aceptaron el castigo con alegría, seguros de ser recibidos en el Paraíso con los brazos abiertos. 

Entonces fueron Constanza y Porfirio a tratar con Catalina. Constanza era la mujer del emperador y Porfirio, el jefe de la guardia. Quizá Constanza quisiera convencer a Catalina para que se casara con Porfirio (o con quien fuera) porque el emperador ya le estaba echando el ojo a la moza. ¿El resultado de la reunión? Constanza se convirtió al cristianismo. Porfirio y doscientos soldados de la guardia imperial (¡doscientos!) también.

Segundo y notable berrinche del emperador. Mandó matar a Porfirio y a los doscientos soldados recién convertidos al cristianismo, organizando un considerable degüello. A su señora le reservó un trato especial: mandó que le arrancaran los pechos y luego la decapitó.

Ahora le tocaba el turno a Catalina. Mandó azotarla con un escorpión (un látigo con bolas de acero con pinchos). Cuenta la leyenda que Catalina pasó la prueba con nota, pues sanó milagrosamente de sus heridas. Se insinúa que bajaron unos ángeles del Cielo a proporcionarle los primeros auxilios tan pronto los verdugos la depositaron en la celda, más muerta que viva.

La bellísima Santa Catalina pintada por Rafael, expuesta en Londres.
Su único atributo, en este caso, es la rueda.

Mosqueado por la inefectividad del escorpión, el emperador mandó que la ataran a la rueda. Lo de la rueda es una tortura que no se sabe muy bien en qué consistía. Te ataban a una rueda llena de pinchos y según unas versiones esa rueda estaba engranada en un mecanismo que daba vueltas y vueltas y tú padecías un rato. Según otras fuentes, te ataban a la rueda llena de pinchos y te echaban a rodar pendiente abajo, hasta que la rueda caía por un barranco o se estrellaba contra una pared. Antes de morir del golpe padecías un rato, también. La rueda medieval, que luego emplearía la Inquisición con tanta afición hasta el siglo XIX (en España), se inspira en éstas, pero no es exactamente igual.

Aquí tienen a los ángeles liberando a Santa Catalina de la rueda.

La cuestión es que ataron a Catalina en la rueda y... ¡zas! ¡Pum! Primera versión: Dios envió un rayo desde el cielo que se cargó la rueda y todo el aparato, dejando libre e incólume a Catalina y chamuscados a los verdugos. Si la primera versión pasa por casual, la segunda es maravilla, porque en ésta bajaron unos ángeles del Cielo y desmontaron la máquina, ahí, delante de todo el mundo, haciéndola trizas. 

Ahora sí que el berrinche imperial fue de los que hacen historia. El asunto se zanjó deprisa y corriendo. Se acercaron unos soldados a Catalina y ahí mismo la degollaron y decapitaron. Fin.


La tumba de Santa Catalina de Alejandría en el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, que aparece en la imagen inferior. Es un lugar maravilloso.

¡Alto! ¡No tan deprisa! Porque prosigue la leyenda y dice que su cuerpo se lo llevaron en volandas unos ángeles al Sinaí. Unos monjes (cristianos) que habitaban en el lugar encontraron, siglos después(quizá en el siglo VIII), el cuerpo momificado de una joven en una cueva e inmediatamente dedujeron (¿cómo?) que los ángeles lo habían depositado ahí (sic) y que era, sin duda, Santa Catalina de Alejandría. Se la llevaron al convento, que es desde entonces conocido como el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, donde también veneran la zarza que viera arder Moisés camino de la Tierra Prometida. 

La he visto, la zarza. Ya no arde sin consumirse. Es un pedazo de zarza.

Aunque ni un solo hecho de los relatados puede probarse (ni siquiera que existiera la tal Catalina), la historia tuvo mucho éxito y Santa Catalina de Alejandría fue venerada como una de las catorce santas más eficaces del santoral (sic). Sólo Santa Bárbara podía hacerle la competencia, qué barbaridad. Luego su fama tuvo altibajos. Veneradísima en la Edad Media, su fama decayó en el siglo XIV. Pero no demasiado.

Santa Catalina de Alejandría se representa en la iconografía cristiana (católica y ortodoxa) con una corona (porque era de sangre real) o ropas nobles (porque, si no de sangre real, era al menos de muy buena familia). También, a veces, con un libro en la mano (por lo de filósofa), aunque, con más frecuencia, esgrimiendo la espada que acabó con su vida. No falta la palma del martirio (los mártires agitarán las palmas delante del Trono) y no puede faltar la rueda, en cualquiera de sus variantes. Recordemos estos símbolos cuando, más adelante, hablemos de la Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio.

Dada su leyenda, Catalina de Alejandría es la patrona de la virginidad de las monjas ingresadas en un convento, que, como ella, se han casado todas con Dios. También lo es de las mozas solteras, para que sigan siendo vírgenes, naturalmente. Por supuesto, porque ocupa el lugar de Hipatia en la iconografía cristiana, es patrona de las mujeres que estudian y también de los filósofos. Su paso por la rueda la convierte igualmente en patrona de los carreteros y los mecánicos. El asunto de la rueda también inspiró a los relojeros; existe una rueda dentada en el mecanismo de algunos relojes llamada rueda catalina, por eso de los pinchos. Que coloquial e informalmente las tetas se llamen catalinas supongo que tendrá que ver con el final de la mujer del emperador, pero no lo sé seguro, sólo lo supongo.

La Santa Catalina de Caravaggio (Introducción)


Me he propuesto escribir una serie de apuntes en El cuaderno de Luis sobre un cuadro de Caravaggio, Santa Catalina de Alejandría. ¿Por qué? ¿Necesito un porqué?

Se cree que Caravaggio pintó el cuadro hacia 1598. Fuera entonces, poco antes o poco después, es inmediatamente anterior a las pinturas del ciclo de San Mateo de la capilla Contarelli en la iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma. Fue propiedad del cardenal del Monte, que lo encargó, y hoy puede verse en el Museo Thyssen-Bornemisza, en Madrid, donde está catalogado con el número de inventario 81(1934.37). Es un óleo sobre lienzo (el soporte de prácticamente toda la obra de Caravaggio) de 173 x 133 cm. Sólo puedo añadir que las veces que lo he visto me he quedado embobado delante de él, fascinado.

Para ilustrar esta serie de apuntes, he descargado la imagen del cuadro que ofrece el Museo Thyssen-Bornemisza, con condiciones. Su uso no ha de ser comercial (no lo es ni quiere serlo), sino educativo o académico (digamos que es educativo); se reproduce tal cual, toda ella entera y sin modificaciones, y si en apuntes posteriores aparecen detalles del cuadro que acompañen a mis pedantes disertaciones, no serán de esta imagen, sino de otras accesibles públicamente en internet. Etcétera. Ah, sí, he de añadir autor, título y esas cosas, como sigue:

Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio. Santa Catalina de Alejandría, c. 1598 © Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Aquí tienen la imagen que nos va a interesar durante unos días. Si pinchan en ella, la verán a lo grande. 



Una medalla para el Monstruo de Espagueti Volador


En un Estado como el nuestro, el gobierno tendría que ser ajeno a las creencias e identidades personales. Es decir, tendría que ser laico. Está ahí para defender que cada uno crea en lo que le dé la gana, mientras permite que los demás también tengan ese derecho. Por lo tanto, el Estado tendría que ser neutral y no meterse en asuntos religiosos. Mientras uno cumpla con las leyes y no haga daño, que crea o no crea en el dios que le venga en gana o que se identifique con la ideología que prefiera.

Sin embargo, este principio elemental de la democracia liberal (la nuestra) se lo pasan por el forro muchos gobernantes. No entraré en el trapo de hablar de un ministro de Interior que va condecorando vírgenes por ahí, aunque de un ministro del Interior que dice relacionarse cotidianamente con un ángel de la guarda que se llama Marcelo y que le ayuda a aparcar el coche puede esperarse cualquier cosa. De quien uno no se lo esperaba es de José María González, llamado Kichi, alcalde de Cádiz. 

Kichi (permítaseme la libertad de llamarlo así) se presentó como candidato de Cádiz Sí Se Puede, uno de esos grupos que orbitan alrededor de Podemos. El caballero ha hecho bandera de laicismo siempre que le han preguntado y tan pronto sale alcalde, ¿qué hace? Pues va y otorga la Medalla de Oro a la Virgen del Rosario, la patrona de la ciudad. No ha sido él solo, porque la decisión de Kichi y los suyos ha sido apoyada por otros munícipes. En cambio, los socios de Kichi, de Cádiz en Común (que también andan por Podemos o por ahí), le han recordado al señor alcalde que la Medalla de Oro es para personas físicas o jurídicas, algo que no es, ni queriendo, la Virgen del Rosario. Pero Kichi y los demás munícipes, la condecoran lo mismo.

La Virgen del Rosario, condecorada por los munícipes gaditanos.

Porque, a ver, una cosa es que le den la medalla a la cofradía que saca a pasear el santo por Semana Santa, por interés cultural y tal, vale, pero otra es dárselo al mismo santo. Primero, porque no le corresponde (quizá sí a título póstumo, si fuera gaditano, aunque...). Segundo, porque es decir en voz alta que el laicismo se lo pasa uno por el forro. 

La excusa de Kichi es populista, popular o una mala excusa, como prefieran llamarla, que en eso no me meto. Ha dicho que habían solicitado la condecoración seis mil firmas de gaditanos, asociaciones de vecinos, cofradías... Y él no puede decir que no al pueblo, y si el pueblo quiere colgarle una medalla a la Virgen del Rosario, pues se le cuelga. Amén.

Imagen del Monstruo de Espagueti Volador en una vidriera.

Ni cortos ni perezosos, los simpatizantes del MSF, deidad que en castellano es más conocida como el Monstruo de Espagueti Volador... 

Igual no saben de qué hablo. La idea del Monstruo de Espagueti Volador fue una original respuesta de algunos escépticos a los creacionistas americanos. La postura que los creacionistas llevaron a los tribunales del Medio Oeste es que tenían derecho a explicar en los colegios, en igualdad de condiciones y en clase de ciencias, la teoría de la Creación (bíblica o semejante) y la teoría de la Evolución de Darwin, como si fueran igualmente válidas (científicamente hablando). Eso es una barbaridad. Desde tiempos de Guillermo de Ockham (m. 1349) sabemos que la fe es una cosa y la ciencia otra, muy distinta, y la teoría de la Evolución es tan robusta como la que dice que la Tierra es redonda.

Los pastafaris creen que el Monstruo de Espagueti Volador creó el mundo.

Para demostrar la tontería que supone decir que una creencia religiosa es ciencia, los defensores del evolucionismo inventaron la religión del Monstruo de Espagueti Volador y acudieron a los tribunales. La teoría de la Creación del mundo por mano de Yavhé tenía tanto derecho a ser enseñada en las escuelas en clase de ciencias como la tenía la teoría de la Creación del mundo por mano del Monstruo de Espagueti Volador, en igualdad de condiciones. ¿O no? Los pastafaris (así se llaman los seguidores del MSF) armaron mucho ruido y desde entonces MSF acude allá donde sea necesaria su intervención.

Acudió esta vez, cómo no, a Cádiz.

Agárrense. Ahora mismo, se han recogido más firmas para que el Ayuntamiento de Cádiz otorgue la Medalla de Oro de la ciudad al Monstruo de Espagueti Volador que las que se recogieron para solicitar la condecoración para la Virgen del Rosario. ¿Qué hará Kichi? Seguramente, se negará a condecorar al MSF. Pero ¿por qué? Objetivamente, si la medalla puede llevársela la Virgen del Rosario, también el MSF puede llevársela. Si no puede llevársela el MSF, la virgen, tampoco. Si la virgen sí y el MSF no, entonces Kichi, guapo, más te vale no llenarte la boca hablando de laicismo y ya nos explicarás el porqué de esta discriminación por motivos religiosos.

¿Qué dice la Virgen del Rosario a todo esto? No creo que diga nada. Es alcaldesa perpetua de Cádiz desde 1967 y no se le conoce un solo decreto municipal en cincuenta años. Con esa dedicación a las labores de gobierno, no creo que le importe demasiado lo que haga Kichi, la verdad. Laissez faire, dice, que es lema liberal por excelencia.

Falcó



Lorenzo Falcó es un espía. Una especie de James Bond ibérico, cínico, desalmado, eficaz en su trabajo y carente de escrúpulos... Lo de siempre, vamos. Reclutado por el Almirante en tiempos de la Segunda República Española, metido en asuntos sucios sobre los que más vale no preguntar, ahora sirve al bando de los militares que se han sublevado contra el Gobierno, en los inicios de la Guerra Civil Española. A este personaje le cae encima una misión de las que hacen historia: organizar el rescate de... ¿Puedo decirlo?

En fin, Pérez-Reverte monta una de espías de primera especial en un libro, Falcó, que se lee casi sin querer, en un pispás. Sus principales personajes tienen el inconfundible sello perezrevertiano, y uno no espera menos. Se ciñen todos a los cánones del género: traidores, agentes dobles, héroes, villanos... Hay de todo. La obra está bien escrita, es eficaz en su propósito (entretener), despierta las ganas de seguir leyendo. ¿Qué más quieren? Con lo que corre por ahí, ¡bravo! 

Porque la obra será comercial, claro que lo es, pero don Arturo hace muy bien su trabajo. No sólo porque funciona como un reloj, sino porque las piezas están bien trabajadas y pulidas. Ya les digo yo que esta artesanía no se ve a menudo. Hacía mucho que no leía un Pérez-Reverte y el reencuentro me ha satisfecho.

Falcó ha provocado cierta polémica porque el personaje trabaja para el bando nacional y los malos de la función serían los republicanos. Hay quien considera que esto no es correcto. A ver... Creo que al personaje le va más estar donde está que en el otro lado. Da más juego y es más coherente que sea así, siendo quien es y cómo es. Y puestos a juzgar, no sé yo si el malo de la función no será el mismísimo Lorenzo Falcó. Menudo personaje.

¡Doblete! (Gran Premio de Mónaco 2017)


Correr por las calles de Montecarlo es una pesadilla y me atrevería a decir que una insensatez. Es un circuito urbano lleno de muros, curvas retorcidas, en el que no se puede adelantar ni en broma... Pero es Montecarlo. Lo digo de memoria, no se fíen, pero me parece que es, junto con Monza y Silverstone, el circuito más antiguo, con más solera, de la Fórmula 1. En los años veinte ya se corría en Montecarlo. Sin embargo, Monza y Silverstone han cambiado mucho desde entonces y el Grand Prix de Mónaco, apenas. 

Un Bugatti, seguido de un Alfa-Romeo, en Montecarlo.
Eran otros tiempos.

Es el único circuito en el que admito de buena gana el glamour y la obscena exhibición de lujo en forma de yates, casino, jet-set y James Bond echándose unos martinis con vodka al coleto. Porque forma parte del espectáculo. Las carreras de automóviles, cuando eran populares de verdad, idolatraban el circuito de Montecarlo, porque alimentaba la leyenda de unos pilotos que vivían deprisa y se mataban como moscas, consumiendo champán en el pit-lane y bellas señoritas entre carrera y carrera. Ahora no es así, y no sé si para bien o para mal, porque el lujo asoma en todas partes alrededor de la Fórmula 1 y lo popular se limita al televisor.

El ganador pasando cerca de la tapa de una alcantarilla.

Este año, ha ganado Ferrari. Es una buena noticia para el espectáculo y muy buena para los ferraristas, que no veíamos un Ferrari arriba en Montecarlo desde hace demasiados años. En los entrenamientos, Raikkonen quedó primero y Vettel, segundo. En carrera, Vettel ha aprovechado un cambio de neumáticos para apurar al máximo y adelantar así a su compañero. Se han invertido las posiciones y Ferrari ha conseguido la primera y la segunda posición. Mercedes-Benz ha tenido que conformarse con una cuarta y una séptima, que tienen cierto mérito considerando que no lo han tenido fácil.

Ahora mismo, Vettel suma 129 puntos y Hamilton, 104, 25 menos. Ferrari supera a Mercedes-Benz 196 a 179. La cosa está reñida. Podrá ganar cualquiera (aunque ya saben ustedes quién prefiero yo que gane, no nos vamos a engañar).

Margarita se llama mi amor


La legislación europea, española y catalana dicen que una vaca no puede ir por ahí sin los papeles en regla. Que se entienda: el propietario de la vaca ha de poder explicar la historia de la vaca con pelos y señales (de dónde viene, por dónde ha pasado, lo que se conoce como trazabilidad); la vaca ha de haber pasado todos los controles sanitarios correspondientes, tanto de sanidad animal como los que corresponden a la salud pública. Porque, ojo, una vaca puede estar enferma (de tuberculosis, por ejemplo) y transmitir su enfermedad a otras vacas o animales, incluso al hombre. Si la vaca es lechera o proporciona carne para consumo humano o animal (perritos, gatitos, etc.), razón de más para saber si está o no está enferma, y cuál es su enfermedad. 

Por estas razones, el tránsito de una vaca de un lugar a otro está regulado y precisa de una autorización. Si una vaca padece una enfermedad contagiosa, mejor que no se junte con otras vacas, ¿no? Las vacas suelen llevar dos crótalos (pendientes) en las orejas que la identifican. A partir del código que aparece en esos crótalos, el inspector veterinario puede conocer la trazabilidad del animal y los controles sanitarios a los que ha sido sometido, información que servirá para autorizar o denegar un traslado, por ejemplo, o para saber si su leche o su carne son aptas para el consumo. 

Margarita, la protagonista vacuna del cuento.

Cualquier ejemplar de ganado sin trazabilidad ni control sanitario ha de ser sacrificado en condiciones especiales (para evitar la transmisión de posibles enfermedades), y sus restos no serán aptos para el consumo. Por seguridad alimentaria. Por salud pública. Eso dice la ley. Pero el propietario de Margarita, la vaca de lidia protagonista de esta historia, pasó de todo, de la salud pública y de su madre, y los papeles de la vaca le importaron un bledo hasta que una vecina lo denunció por tener una vaca suelta en el campo de al lado sin ningún control sanitario (lo que es, potencialmente, un peligro). Y ahí comienza el lío.

El propietario de Margarita se había encariñado con la vaca. La tenía como animal de compañía, dice todavía, no como ejemplar de ganado. Como quien tiene un perro o un gato, vamos. Pero, de compañía o no, Margarita no había pasado por ningún tipo de control sanitario y era exigible su sacrificio. También una multa de tres mil euros al propietario, por saltarse a la torera las leyes sanitarias, dicen los periódicos. Así lo comunicó a su propietario la consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación de la Generalidad de Cataluña, que tiene la competencia en estos casos.

El propietario de Margarita no esperaba algo así y comenzó la negociación con los responsables sanitarios para salvar a Margarita del matadero. La negociación iba encarrilándose y si Margarita pasaba por todos los controles sanitarios... 

Los veganos que han acogido a Margarita protegen a los animales no humanos.
Pero nadie acoge a las pobres lechugas, que también tienen sus derechos.

Pero, mientras batallaba contra el Estado (música épica, por favor), el propietario de Margarita acudió a los animalistas de Wings of Heart (sitos en Madrid, como su propio nombre indica) y siguiendo su consejo se puso en contacto con la Fundación ProVegan, que mantiene un santuario de animales, una especie de refugio. El tipo no se lo pensó dos veces y saltándose (de nuevo) las leyes a la torera, llevó a Margarita a esas instalaciones. Recuerden, es preciso un permiso para el traslado de una vaca, por las razones sanitarias antes expuestas.

Los proveganos, por su parte, iniciaron una campaña de recogida de firmas por internet que, a decir de sus promotores, lleva contadas más de 170.000 adhesiones, aunque uno puede firmar dos veces y sin dar su DNI, como he podido comprobar personalmente. Salvad a Margarita, proclaman. A Margarita no nos la van a tocar. Prefiero Margarita for president (no lo haría peor que el que tenemos ahora, seguro).

No es el primer caso en que salvan a una vaca del matarife. Los salvadores de Carmen, una vaca madrileña acogida en un refugio similar, consiguieron recoger casi 80.000 firmas. Las autoridades cedieron y no la mataron. Carmen no fue, pues, sacrificada, pero todo tiene un precio. La seguridad sanitaria del refugio donde vive Carmen ha quedado en entredicho y hoy no pueden ni entrar ni salir animales de él, por una cuestión de sanidad pública. Es decir, el salvamento de Carmen ha impedido el salvamento de otras vacas madrileñas igualmente necesitadas y las instalaciones en las que vive están en cuarentena.

El traslado de Margarita sin papeles y sin permisos hace inevitable la multa y traerá cola. La seguridad sanitaria del refugio provegano está comprometida y tanto ellos como el propietario de Margarita tendrán que cargar con las consecuencias. Ahora mismo, el sacrificio de Margarita parece inevitable, aunque bien podría salvarse porque su caso ha llegado a los periódicos, donde la parte del control sanitario y del peligro que supone para la salud de las personas y los animales no ha merecido mucha atención. ¡Hay que vender periódicos! Mejor el drama, es más goloso. No me negarán que es más emocionante la lucha de una vaca contra el Estado, la denuncia de la crueldad de las leyes y el heroico esfuerzo provegano por preservar las enfermedades que Margarita pudiera propagar por ahí que el trabajo de unos funcionarios normalmente mal pagados, peor tratados (por sus jefes y por el público) y faltos de medios para proteger la salud pública.

Dejando a un lado las consideraciones sanitarias del caso (que son las verdaderamente importantes), y aparcando las cuestiones administrativas, me llama la atención la alegría con que uno se salta la ley y le jalean, y especialmente la hipocresía que reina por ahí.

Margarita es una vaca de lidia.
Si tuviera hijos, correrían en los correbous.

Margarita es una vaca de lidia y en Cataluña, por razones políticas, se prohibieron las corridas de toros. Digo políticas y no humanitarias, éticas o lo que sea porque la prohibición, aunque inicialmente impulsada por agrupaciones animalistas y vegetarianas, con todo el derecho del mundo y bien razonada desde su punto de vista, acabó siendo la bandera de algunos partidos políticos para defender una idea de patria bien determinada y excluyente. No se alzaron contra las corridas de toros porque fueran una salvajada (lo son), sino por lo que (según ellos) representaban, desde un punto de vista patriótico y cultural y tal y cual. No entraré en el debate, muy torticero y mentiroso. La idea es que el sufrimiento del toro les importaba un pimiento. Si se hubieran preocupado por los toros en vez de por las banderas, seguramente habrían prohibido también los correbous o encierros, en vez de promoverlos (sic). Si una corrida de toros puede resultar desagradable, un correbous no lo es menos y es posible que lo sea más. Pero... Ah, amigos. Eso de la coherencia no se sabe muy bien qué es en mi tierra.

Margarita es una vaca en tierra de correbous. Para más inri, una vaca de lidia. Todos claman contra la crueldad que obliga a sacrificarla, qué drama. Mientras tanto, están frotándose las manos, preparándose para los correbous de este verano en su pueblo y en el pueblo vecino, que prometen. Ahí podrán estirarle del rabo al toro, gritarle, patearle, en público, con la aquiescencia y el beneplácito de sus conciudadanos... ¡Dios mío! No sé si soy testigo de un episodio de hipocresía flagrante o de manifiesta estupidez. Lo siento, pero eso es lo primero que me viene a la cabeza pensar leyendo los titulares de los periódicos. Salvad a Margarita, pero no me toquéis los correbous. Tampoco, el monumento a la victoria en la batalla del Ebro de Tortosa, patria chica de Margarita. Éste es el nivel.

(Ya estoy contando cuánto van a tardar tanto los defensores de la vaca Margarita como los defensores de los correbous en meterse conmigo.)