Caravage à Rome - Amis et Ennemis (II)


La exposición era en la planta superior del palacete. La disposición de los cuadros es casi perfecta, como lo es la idea misma de la exposición y cómo se ha organizado. Pero el lugar se queda pequeño ante la afluencia de visitantes y al poco tiempo de estar disfrutando de tan bellos lienzos uno se encuentra rodeado de gente. 

Tendrán que disculpar, pues, que algunas fotografías que hice no tengan la calidad que hubiera querido, pero valgan para ilustrar la exposición.

Como (ya lo he dicho) tuve la fortuna de ser uno de los primeros en entrar en la exposición, me planté a solas delante de una imagen soberbia y magnífica. No exagero si digo que exclamé en voz alta ¡Judith...! El corazón me dio un vuelco. Ahí estaba, toda para mí solito, Judith decapitando a Holofernes, de Caravaggio. Es difícil explicar la emoción que sentí al enfrentarme a esta imagen.

Judith decapitando a Holofernes.
Normalmente, expuesta en el Palazzo Barberini, en Roma.

Judith es Filis (o Fillide) Melandroni, una famosa cortesana romana, es Judith.
La vieja está sujetando la tela en la que se envolverá la cabeza de Holofernes.

La sala no es muy grande y en algunos momentos se concentra demasiada gente.


Caravage à Rome - Amis et Ennemis (I)



Me cuesta viajar, dar el salto, decidirme. Hacía ya mucho tiempo que decía que París era mi asignatura pendiente, pero no daba el paso, no lo daba... hasta que dí con una buena excusa. Ésta fue la exposición Caravage à Rome - Amis et Ennemis (Caravaggio en Roma, amigos y enemigos).

Semejante chispa me hizo preparar las maletas, sacar una entrada para la exposición y plantarme en París. No fue una mala excusa.

La escalinata que lleva a la planta superior es espectacular.

La exposición permanecerá todavía unos días, hasta finales de enero, en el palacio Jacquemart-André, que es también un museo plantado en una de las grandes avenidas de París, la Haussmann. El tal André era un banquero con una gran fortuna y la señorita Jacquemart era una artista que pintaba retratos. Eran los tiempos de Napoleón III y al señor André le iban muy bien las cosas. Se mandó construir una casita que no vean ustedes y pensó en hacerse un retrato. Así se conocieron, así se enamoraron y acabaron en la vicaría. 

Un fresco de Tiépolo en lo alto de la escalinata, ahí es nada.

Una pequeña parte de la colección del Museo Jacquemart-André.

El matrimonio inició una colección de arte en su mayor parte de procedencia italiana. Uno puede contemplar en la casa un fresco de Tiepolo, cuadros de Tiziano, esculturas de Donatello... En fin, una maravilla. Es un pequeño museo digno de verse, del que no se tienen apenas noticias porque el Louvre es un monstruo gigantesco a su lado.

El señor André murió y su señora, finalmente libre de las ataduras del matrimonio, se lanzó de cabeza a coleccionar y ordenar lo coleccionado. Así nació el museo, que incluye, además de la colección de obras de arte del banquero y su señora, algunas estancias del caballero difunto, que la mujer conservó con celo y cuidados. El caserón es, él mismo, otra obra de arte digna de estudio.

La cama de la habitación del marido, el señor André.

La toilette del marido. 
En primer término, la silla en la que se ocultaba el orinal.

La señora de la casa y madre de la estupenda colección artística.

En este museo tan cuco se iban a exponer diez obras de Caravaggio, diez, que un servidor no había tenido la suerte de ver antes en persona personalmente. Amaneció el día de la visita con el menda el primero en la cola, para entrar y disfrutar.

No tienen magdalenas



Ay, Señor... Resulta que aquí no tienen magdalenas.

La Ciudad de las Luces


Anochece, se encienden las luces de la ciudad.

A principios del siglo XX, París comenzó a darse a conocer como la Ciudad de las Luces. La razón de todo ello iba más allá de la invención de la bombilla eléctrica. Para eso ya estaba Nueva York. Podríamos hablar del Grand Palais, esa gigantesca estructura de cristal, o de esas amplias avenidas diseñadas por Haussmann, tan bien iluminadas de día y de noche, pero no era eso exactamente, o no sólo eso.

París brilla, al caer la noche.

No, no, era una cuestión más cultural, más propia de un modo de vida alegre y despreocupado. Recuerden la Belle Époque, antes de la Gran Guerra. Recuerden el París de los años veinte. 

París era entonces una ciudad que ofrecía espectáculos y diversiones a todas horas. Los turistas norteamericanos, especialmente después de la Gran Guerra, elevaron a la categoría de leyenda un París lleno de cafés y bares en los que no valía la Prohibición. París era una fiesta, de Hemingway, es el paradigma de un París mítico y luminoso, legendario, en la que una generación de grandes escritores echó a perder el hígado dándole al vino, al pastís y todo lo que pudiera echarse al coleto.

Hoy París, como la mayoría de las grandes ciudades occidentales, es en verdad luminosa. Pero algo en París, algo inasible, me dice que ilumina más que las demás. Quizá porque alumbre el espíritu, quizá porque sus luces son otras, las del Siglo de las Luces. Quién sabe. Cuando a uno le da por imaginar, imagina cualquier cosa.


París y el Sena


Una barcaza convertida en vivienda, atracada en uno de los muelles de París.

A la izquierda, el Quay d'Orsay.
Podríamos traducirlo como Muelle o Dársena de Orsay.


Luego están las islas, la isla de la Cité y la de San Luis, donde el Sena se parte en dos.

¿Qué sería de París sin el Sena? La idea que todos tenemos de París incluye el Sena, los puentes sobre el río, los paseos y muelles de sus orillas, incluso las barcazas que transportan mercancias unas o turistas las otras, pues el Sena es navegable, hasta cierto punto.

Den un paseo a orillas del Sena, sin tiempo, sin prisas.


Cualquier rincón permite disfrutar del Sena.

Una visita obligada (la Torre Eiffel)


Fue llegar al hotel, registrarme, deshacer las maletas en un pispás y salir corriendo hacia la Torre Eiffel. Las razones de esta prisa son mías, pero no me arrepiento de ellas.

Mi primera imagen de la Torre Eiffel.
Así, de sopetón. Un poco torcida.

Uno cree que la Torre Eiffel es omnipresente en el cielo de París, quizá por culpa de las películas. Pero la verdad es que uno puede pasear horas y horas por París sin ver asomar siquiera la puntita del armatoste. Eso sí, cuando asoma por primera vez, el corazón del turista da un vuelco. En mi caso, la aparición fue súbita y de cuerpo entero.

Desde ahí arriba se ve todo París, todo, o eso dicen.

La Torre Eiffel es impresionante vista desde lejos, vista desde cerca y ya no digamos vista desde dentro. Vale la pena subir hasta arriba del todo (a unos trescientos metros de altura), al tercer piso, aunque el billete para el ascensor cueste un ojo de la cara. Pero las vistas desde el primer y el segundo piso son también espectaculares y más económicas. Eso sí, prepárense para hacer colas.

Uno no se da cuenta de lo grande que es hasta que no se acerca a verla.

Uno puede subir o bajar andando hasta el primer o el segundo piso. El primer piso asoma a cincuenta metros sobre el suelo y el segundo, a ojo, asomará hacia los cien metros. Me da pereza buscar la cifra exacta en las enciclopedías y guías de viaje. Recorrer esas escaleras es del todo recomendable, aunque parece que no se acaben nunca y si hace frío, hace frío, les aviso. 

El Sena. Al fondo, en el centro, el Grand Palais y el puente Alexander.

La mayor sensación de vértigo podría darse en las escaleras, pero la encuentro más acusada en el ascensor. También, las apreturas, porque los turistas se apretujan como en el metro para ascender o descender. 

El autor, en el segundo piso de la Torre Eiffel. 
Al fondo puede distinguirse la cúpula dorada de los Inválidos.

El paisaje, cómo no, es impresionante. Si además uno tiene la suerte de dar con un día luminoso, ni les cuento.

El segundo piso es mucho más amplio que el tercero.
En cada piso hay dos niveles.

Con el paso de los años, la Torre Eiffel se ha convertido en un símbolo, en una seña de identidad de París y toda Francia. Es un prodigio de la ingeniería (la de su época) y es, también, un cachivache bastante inútil, puesto que tuvieron que inventar la radio para darle alguna utilidad aparte de ser un balcón muy alto sobre la ciudad. 

La Torre Eiffel al anochecer, a orillas del Sena.

Cuando la levantaron, personajes ilustrísimos y conocidos pidieron su derribo. Era, eso decían, fea. Pero yo, qué quieren que les diga, la encontré maravillosa. En su clase, es única, y recuerden que uno tiene algo de ingeniero aquí adentro. De ahí estas querencias, supongo.

Amanece con nubes bajas y miren ustedes.


Viaje a París


Queridos lectores de El cuaderno de Luis:

El día 5 me desperté muy de madrugada y corrí al aeropuerto. Me esperaba una semana en París, de la que rendiré cuentas en ésta y otras entradas que seguirán. 

¡Hacía tanto tiempo que no me tomaba unas vacaciones de verdad, que no hacía un viaje...! 

Ni que decir tiene, damas y caballeros, que disfruté como un enano.

Les diré que todas las fotografías que ilustrarán mis comentarios las habré hecho yo, a no ser que se diga lo contrario. Por eso quiero disculparme por la calidad de algunas de ellas. Me niego a utilizar el flash en los museos o iglesias y algunas saldrán desenfocadas o movidas. 

¡Comienza el viaje!

El trajín de los aeropuertos es la parte más aburrida de todo el viaje.

Me equivoqué de parada de metro yendo del aeropuerto al centro de París y tuve que salir a la calle. 
Y ¿qué es lo primero que veo de la Ciudad de las Luces?

Aquí parte del equipo del turista.



Todavía me estoy riendo (o no)


Estoy fuera una semana, desconecto y cuando regreso ¡me encuentro esto!

Por favor...

El presidente Torra y sus consejeros volvieron a celebrarse a sí mismos dando coba a uno de los elementos que han conformado su ideario nacional-católico, en un fiestorro en el que, visto lo visto, parece que corrió el vino o pusieron algo en el agua. Seamos honestos y señalemos que algunos de los invitados al acto se manifiestan sobradamente incómodos en esta ceremonia. Sólo hay que verlos.

No así el presidente Torra, que se encuentra en su elemento folklórico. Lo que es gobernar, no sé, pero beber del botijo bendecido, hacer ristras de ajos o bailar al son de una gaita parece que es lo que le va y le pone.

Vean el vídeo que publica el sitio web del Huffington Post (está publicado en muchos otros lugares) y opten por alguna de las siguientes opciones:

a) Resistan el ataque de vergüenza ajena que produce.
b) Ríanse bien a gusto ante el ridículo que hace el personal.
c) Desespérense ante quienes deciden el futuro de lo público aquí y ahora.
d) Vale cualquier opción, o más de una.


Las instituciones hace tiempo que han perdido la dignidad que merecen, o merecemos.

¡Samba! (Gran Premio de Brasil 2018)



No seguí la carrera del Gran Premio de Brasil, aunque me cuentan que fue entretenida y que, más que nunca, se vio que Ferrari y Mercedes-Benz iban a la par, o muy cerca de ello. Sin embargo, ganó un Mercedes-Benz y el otro quedó quinto; los Ferrari quedaron tercero y sexto. Mercedes-Benz se llevó el Campeonato de Constructores otro año más. 

En resumen, otro año en el que casi ganamos algo. Casi. Los bólidos han ido mucho mejor y podían haber ganado algo de verdad. Por qué no lo han hecho, ya se verá.

Felicidades a Mercedes-Benz. Lo ha hecho muy bien.

En breve, cosas de París


Queridos lectores míos:

Si se han fijado, El cuaderno de Luis llevaba una semana sin dar señales de vida. La razón es un viaje que un servidor de ustedes ha hecho a París. A París, tal cual. 

Han sido las primeras vacaciones de verdad en mucho tiempo y ahora mismo estoy haciendo la digestión de tantas cosas como he visto, descansando de la fatiga del turista, seleccionando algunas entre cientos de fotografías e intentando preparar algunos apuntes para este espacio, que puedan ustedes disfrutar. También sufro morriña post-viajera, porque ¿qué no daría ahora mismo por una vida muelle en París? Además, aunque he visto tantas cosas, ¡tantas cosas más han quedado sin verse!

En breve, cosas de París.

Equipo del turista que esto suscribe en su habitación del hotel, en París.

El nuevo barrio de Makinavaja


El 9 de noviembre, Metrópoli Abierta publicó este artículo, El nuevo barrio de Makinavaja, donde me preocupo por todo lo que sucede en la Barceloneta. Espero que les guste.

El nudo gordiano


El pasado 5 de noviembre, publiqué otro artículo en Metrópoli Abierta, titulado El nudo gordiano, que versa sobre algunas de las enrevesadas dificultades que tiene y tendrá el gobierno municipal de Barcelona.

Las espadas de Caravaggio


Dejo aquí un apunte, señalando que seguramente será incompleto y es posible que, en algún momento, erróneo. Pero ha podido más la osadía que la prudencia. Va de espadas.

Michelangelo Merisi, más conocido como Caravaggio, tiene fama de follonero y peligroso y suele ser representado como un tipo violento, presto a desenfundar los aceros. Consta en los archivos policiales de Roma que se paseaba con una espada al cinto, y que fue detenido por ello. Caravaggio argumentó que era un caballero y que, por lo tanto, podía portar espada. El asunto era peliagudo, porque las ínfulas de Caravaggio se enfrentaban a la ley vigente en la Ciudad y tuvo que ser el cardenal del Monte, su mecenas, quizá con la ayuda del banquero Giustiniani, otro de sus mecenas, quien le libró de una buena. Porque caballero, lo que se dice caballero, no lo era entonces.

Ya sabrán, por lo demás, que Caravaggio se vio metido en diversos lances de armas. En uno de ellos, intentó emascular a Ranuccio Tomassoni y acabó seccionándole la femoral. Tomassoni murió desangrado horas después; Caravaggio, descalabrado en la misma pelea por otra espada (o por un garrote), de poco pierde la vida y tuvo que huir de Roma, acusado de asesinato. Nunca más regresaría.

Cabe preguntarse cuál sería, o cómo sería, la espada de Caravaggio. Lo más propio, dada su biografía y la época en la que se movió, es que fuera una espada ropera a la española, quizá una fabricada en Milán. La esgrima de finales del siglo XVI estaba dominada por la escuela española, que favorecía el uso de espadas roperas de hoja recta cada vez más delgada y alargada. Sin embargo, estaba surgiendo la escuela italiana con fuerza, que llevaría a luchar en otra postura, menos erguida, con las piernas más flexionadas, y que con el tiempo daría pie a la escuela francesa, donde la espada ropera disminuiría su longitud y poco a poco iría convertiéndose en un espadín. Pero hacia 1600 faltaba todavía mucho para eso.

En la época de Caravaggio, predominaba la espada renacentista. La mayoría de las espadas en uso tenían diseños anteriores a 1550, aunque en la segunda mitad del siglo XVI se estaban produciendo cambios de importancia en las hojas y las guarniciones. La espada más propiamente barroca, de cazoleta o lazo, comenzaba a apuntarse, sólo apenas.

Las espadas anteriores al siglo XVI tenían un pomo normalmente esférico y sin botón, de gran tamaño, y una cruz de arriaz simple y recta. Su hoja era relativamente ancha y era frecuente emplearla a dos manos. Pero entonces nacen las patillas o ganchos, que protegen los dedos que pasan por encima de la cruz, y poco después surgirán los pitones en las espadas españolas, en la parte inferior de la patilla. Igualmente, a principios del siglo XVI comienzan a verse los anillos superiores sobre el arriaz, con la misma misión de proteger la mano que empuña la espada. Son, todavía, espadas pesadas, profesionales, más propias de la milicia que de un particular.

Caravaggio pinta espadas como las descritas en más de una ocasión, con conocimiento de causa, pues las esgrimen personas que tienen necesidad de ellas (para decapitar, por ejemplo) o son soldados.


En el Martirio de San Mateo, en la capilla Contarelli, el verdugo del apóstol empuña una espada con anillos superiores sobre el arriaz y pomo redondo. Uno de los testigos también lleva al cinto una espada (ropera) con anillos, y el arriaz tiene una forma ligeramente sigmoidea.


La espada que empuña el asesino de San Mateo aparece de nuevo en la Conversión de San Pablo, en la capilla Cerasi. Se puede apreciar ahora que tenía el pomo abotonado. Cabe, pues, preguntarse, si Caravaggio no tendría una espada como ésta de su propiedad, o si sería la espada de alguno de sus amigos (pienso especialmente en Onorio Longhi, el más peligroso de todos ellos).


En el David con la cabeza de Goliat, expuesto en Viena, Caravaggio pinta una espada más simple, sin anillos, pero con un botón en el pomo, que no es redondo, sino facetado. Parece un arma pesada, de reminiscencias medievales, aunque sus adornos son renacentistas. Podría tomarse como el instrumento de un verdugo, también, por su gran tamaño.


Más sencilla es la espada que aparece en Salomé con la cabeza de Juan el Bautista expuesto en la National Gallery. Es un instrumento de diseño renacentista italiano, podría pasar perfectamente por un diseño de finales del siglo XV. Pomo redondo, sin botones, arriaz recto, sin anillos ni patillas, hoja más delgada que la de una bastarda medieval, etc.


A los pies del David con la cabeza de Goliat que se expone en el Museo del Prado, podemos ver el arriaz exageradamente curvado (¿presto a ser patilla?) de una espada cuyo diseño comenzó a verse a finales del siglo XV.


Puestos a hablar de decapitaciones, mencionaremos que la de Juan Bautista en Malta se ejecuta con un puñal (ni siquiera una daga), después del degüello, y que la otra excepción la constituye el bracamarte (falcione, en italiano) que empuña Judith decapitando a Holofernes. El bracamarte es una suerte de sable (pues sólo tiene un filo, generalmente curvo), más corto que una espada, muy popular durante el Renacimiento, aunque ya no tan frecuente a finales del siglo XVI. Me da por suponer que el bracamarte que empuña Filis Melandroni (la modelo que empleó Caravaggio para hacer de Judith) pertenecería a la colección de alguno de sus mecenas, porque parece más un un instrumento de bonito que de uno funcional. 

Pero, como decíamos, en la segunda mitad del siglo XVI se producen cambios en las guarniciones y se estilizan las espadas. Comienzan a diferenciarse los modelos civiles de los militares. Comienza a generalizarse el guardamanos. Combinado con los anillos y las patillas, forma una guarnición cada vez más compleja.


La que lleva al cinto el Caballero de la Orden de Malta presenta un arriaz que se inclina hacia abajo en el gavilán de parada y hacia arriba en el gavilán de guardia (no llega a ser guardamanos) y que cuenta con patillas y anillos superiores; el pomo está abotonado. Es una espada militar. La del propio caballero, casi seguro.


El David que puede verse en la Galleria Borghese, en Roma, empuña una espada parecida, aunque tiene el arriaz recto, anillos con pitones y patillas, pero no guardamanos. Que la guarnición sea de un metal dorado (¿bronce o latón?) me inclina a pensar que no es un instrumento militar.


La espada más propia y popular de su época la vemos en uno de los presentes en La conversión de San Mateo, en la capilla Contarelli, que lleva una espada típica de finales del siglo XVI. Pomo esférico (más grande de lo habitual y parece que sin botón), guardamanos, arriaz recto, anillos, patillas y pitones.


Un modelo muy semejante lleva el caballero que aparece en La buenaventura expuesto en el Museo del Louvre, en París. Su espada es típica de uso civil, y su guarnición está ya muy elaborada, con patillas enlazadas con los anillos superiores e inferiores y pomo con botón. El tamaño del anillo superior y el del pomo parecen demasiado grandes, aunque es posible que la función del anillo fuera la de una suerte de guardamanos.


La espada más elaborada (y moderna) de las que pinta Caravaggio es la del caballero de La buenaventura que puede verse en los Museos Capitolinos de Roma. Lleva guardamanos enlazado con los anillos superiores mediante una barra puente. Es un bello ejemplo de espada de la escuela española. Curiosamente, en una Buenaventura el caballero lleva una espada y en otra Buenaventura, otra. ¿Se compró una espada nueva nuestro querido pintor?


Tengo para mí que esa espada es la misma que acaricia sensualmente la Santa Catalina de Alejandría expuesta en el Museo Thyssen, en Madrid. Es, entre todas, la espada más bella pintada por Caravaggio y casi, casi, la protagonista del cuadro. Me inclino a pensar que es la propia del pintor (o, al menos, una de ellas, pues podría haber tenido más de una, como he insinuado un poco antes). Responde a una espada ropera de finales del siglo XVI, con arriaz, guardamanos, anillos, etcétera, seguramente forjada en Milán al estilo español. La hoja, esbelta y larga, muestra la elegancia de un arma casi perfecta, forjada en una época en que la escuela de esgrima española era la más alta escuela. 

Añado, finalmente, que esta entrada ha sido modificada para incluir la espada que aparece en la Conversión de San Pablo y esta nota final, dejando a un lado alguna corrección en el resto del texto. Quede dicho que aparecen más espadas en los cuadros de Caravaggio, y otras armas, corazas o escudos, pero que un examen de todo este arsenal merecería un estudio mucho más serio y detallado que éste, que ha sido apenas un apunte. Quizá me anime a seguir otro día, no lo sé.

La nota del jefe


El único papel sobre la mesa era una nota dirigida a él.

Dicen los periódicos que cuando Puigdemont fue elegido presidente de la Generalidad de Cataluña encontró el despacho completamente limpio de papeles, con la excepción de una nota en un sobre, sólo para sus ojos. Para los lectores de los periódicos amarillos esa nota no existe; para los lectores de los demás periódicos, se menciona apenas en uno o dos y se olvida, acto seguido, porque les parece que no merece más atención. 

Quede dicho que no puedo asegurar que la anécdota sea cierta, cuando los periódicos mienten más que hablan. Pero nadie ha desmentido la noticia, ni el autor de la nota ni el receptor de la misma. Si es mentira, a unos y a otros les parece lo más natural del mundo y no les parece extraño, lo que ya dice mucho de todo este asunto. Si es verdad...

Cuando uno deja un cargo y lo cede al siguiente, es de recibo y señal de buena crianza saludar al recién llegado y desearle suerte. Si acaso, en una visita informal, que servirá para informarle de dónde están los lavabos, enseñarle cómo funciona el termostato, presentarle al personal de la oficina y cosas por el estilo, que son informaciones muy útiles y bienvenidas. Por eso, que el presidente Puigdemont encontrara una nota en la mesa (una sola, dejada ahí a propósito para ser leída en privado), en principio, no tendría por qué ser raro. En principio, digo.

El autor de la nota.

Porqué ¿quién escribió esa nota? Jordi Pujol, el expresidente de Banca Catalana, evasor fiscal confeso, capo de una particular familia que semeja mafiosa a poco que uno la va conociendo, aquel que aseguró que, a partir de ahora, de ética hablaremos nosotros. Sí, en efecto, la nota que dejaron a propósito encima de la mesa, de una mesa limpia de cualquier otro papel, era de Jordi Pujol. 

¿Quién dejó la nota? ¿Cómo hizo para que la dejaran ahí? Entre Pujol y Puigdemont están Maragall, Montilla y Mas, así que no era una nota de saludo o bienvenida de un presidente al siguiente, porque eso le hubiera correspondido a Mas, creo. 

Por lo que dice la prensa, era una nota llena de consejos e instrucciones. Chaval, cuida de lo nuestro (lo mío). Haz esto, haz lo otro, no hagas lo de más allá... Por encima de todo, hazme caso a mí

Todo parece indicar que el presidente Puigdemont leyó la nota y la guardó en el fondo de un cajón, o quién sabe dónde, y que no hizo demasiado caso de ella, o quizá sí, yo qué sé. Si hizo bien o mal por hacerle o dejarle de hacer caso, no me importa, porque lo que me importa es ¡¿quién se ha creído Jordi Pujol que es?! ¡¿Quién se cree la gente que es para dejarle obrar así?!

Ese gesto denota muchas cosas: su modestia, y ya me entienden; el poder que todavía detenta (intenten ustedes dejar un sobre encima de la mesa del presidente y verán); la consideración de una institución pública como algo propio, indiscutida; el poder en las sombras de la familia, y ya sabemos de qué familia; el silencio de todo el mundo (nadie pregunta, nadie se escandaliza, todos callan o miran hacia otro lado)... Esa nota es, en sí misma, un mundo, un síntoma, de un cuerpo político enfermo (y el cuerpo político incluye tanto a los que mandan como a los mandados, ojo).

Poco importa lo que dijera la nota. Es el hecho de la nota en sí. 

Para redondear todo este asunto sólo falta la cabeza de un caballo. Ya la pongo yo.




¡Felicidades, campeón! (Gran Premio de México 2018)


El campeón.

Ha ocurrido lo que todo el mundo decía que iba a ocurrir, que Hamilton ganara en México el Campeonato de Pilotos 2018 de la Fórmula 1... ¡y ya van cinco veces! Ante algo así, tan grande, sólo nos resta felicitar al campeón. ¡Bravo!


Sigue abierto el Campeonato de Constructores, aunque con ventaja para Mercedes-Benz. En México, los dos Ferrari subieron al podio, detrás de un Red Bull, y sumaron un montón de puntos que nunca vienen mal. ¿Conseguirán eso tan difícil? Por lo que se ve, están mecánicamente a la par con los Mercedes-Benz y si los pilotos dan lo mejor de sí y no cometen errores... Queda una brizna de esperanza, ¿no? Poquita, pero quien no se consuela es porque no quiere.