La cinta amarilla


Cuando las personas quieren manifestarse suelen emplear símbolos. Uno de ellos es una cinta de un determinado color, que se anuda en alguna parte (en un objeto, alrededor del cuello o de la muñeca, en forma de lazo...), y que, no hay más remedio, ha de ser de un color primario. Porque no va uno por ahí diciendo que la cinta ha de ser del pantone tal y cual, o verde-gris con un tanto por ciento de magenta, otro de añil y una raya de través a un sexto del borde que ocupe un tercio de la superficie de color escarlata, pongamos por caso. No, no, no funciona así. Han de ser de un color básico: blanco o negro, rojo, azul, amarillo, verde, rosa... Si no, estamos apañados.

Últimamente, en Cataluña es frecuente ver cintas amarillas en las solapas de algunos viandantes, o pintadas en el suelo o las paredes. La gente lleva esas cintas para mostrar su apoyo a los miembros del gobierno de la Generalidad de Cataluña y de las asociaciones que prácticamente formaban parte de él, que están en prisión preventiva por orden judicial o huidos de la justicia. Esos personajes hicieron gala, en público y en privado, en repetidas ocasiones, de desobedecer las leyes y pasárselas por el forro. Si merecen o no merecen tal o cual acusación o más o menos pena de prisión, no lo sé yo, porque de leyes sé lo justo, pero que cometieron delito lo veo tan claro como el agua y en consecuencia... Pero, en fin, el asunto está en los tribunales y uno es libre de manifestar su opinión, ¿verdad? Por lo tanto, ahí van las cintas amarillas.

Pero, ojo, a la que uno deja atrás Cataluña, la cinta amarilla tiene otro significado. Mejor dicho, otros, en plural.

Un retrato de Remington, Lieutenant Powhatan H. Clarke, Tenth Cavalry1888.
Entonces se popularizó el pañuelo amarillo entre las tropas de caballería de los EE.UU.

El origen de la cinta amarilla está, quién nos lo iba a decir, en el ejército de los EE.UU. Los vivos en el uniforme de la caballería de los EE.UU. (U.S. Cavalry para los amigos) es el amarillo. Su origen se remonta a las cintas de color amarillo que los puritanos se anudaban en el brazo cuando luchaban a las órdenes de Cromwell, en la Guerra Civil inglesa (1642-1651). Muchos puritanos acabaron huyendo de Inglaterra, años después, y siguieron identificándose con la cinta así que se reunían formando milicias, y de ahí el color que pronto se identificó con la caballería. 

Una imagen icónica de la película Apocalypse Now.
Robert Duvall hace del teniente coronel William Bill Kilgore, del 7.º de Caballería.
Con el pañuelo amarillo, naturalmente.

Cuando las Guerras Indias, era costumbre en la caballería llevar un pañuelo anudado alrededor del cuello, muy útil para proteger el rostro del polvo, por ejemplo. Las ordenanzas no decían de qué color era o tenía que ser ese pañuelo y los había de todos los colores, a gusto de cada uno. Pero el amarillo iba a juego con el uniforme y a finales del siglo XIX se popularizó la idea de un pañuelo amarillo (que pocos llevaban, en verdad). Hasta tal punto se hizo popular esa idea que ahora el pañuelo amarillo forma parte inseparable del ethos de la caballería de los EE.UU. (que ya no va a caballo). Y de este pañuelo, la cinta amarilla.

No se la pierdan, en serio.

Uno de los himnos de la caballería de los EE.UU. es She Wore a Yellow Ribbon, donde una muchacha lleva un lazo amarillo alrededor del cuello en recuerdo de su amado, que se supone que también lleva un pañuelo amarillo por corbata, uno que anda por ahí a caballo masacrando indios. Es una marcha (o canción) muy pegadiza que inmortalizó John Ford con una película del mismo título (aquí traducida como La Legión Invencible), de 1949, la segunda de su famosa trilogía de la caballería, que ganó un Oscar a la mejor fotografía en color. Si no la han visto, ¡véanla! Vale la pena, en serio.


Cuando estalló la Gran Guerra y los EE.UU. entraron en ella, los estadounidenses llevaban cintas amarillas para honrar a los conciudadanos que estaban en el frente, orgullosos de su sacrificio, esperando que volvieran a casa, como en la canción. Lo mismo hicieron en la Segunda Guerra Mundial y en las que vinieron después. Support Our Troops es el lema que suele acompañar a la cinta. En Canadá, la cinta amarilla también sirvió para honrar al ejército durante la Segunda Guerra Mundial y desde entonces. 

La cinta amarilla también se usa para expresar el apoyo al ejército en Alemania, Dinamarca y Suecia (además, en Suecia el amarillo es el color del ejército desde el siglo XVII, lo menos).

Hay que esperar a los años setenta para que la cinta amarilla, hasta el momento reservada para asuntos militares en los países anglosajones, tuviera relación con rehenes o prisioneros civiles. La culpa la tiene un cuento (publicado en 1972 por Reader's Digest) y una canción, Tie a Yellow Ribbon Round the Ole Oak Tree, escrita por Irwin Levine y L. Russell Brown, interpretada desde entonces por muchos cantantes, que fue un rotundo éxito. El cuento va de un convicto que le pide a su amada que coloque una cinta amarilla en un árbol delante de su casa para que él pueda saber cuál es tan pronto lo dejen libre. Por lo visto, ya no se acordaba ni de dónde vivía.

De ahí y de su origen militar viene la asociación de la cinta amarilla con los presos de guerra o los rehenes en manos de terroristas, que, después de su significado militarista puro, es el uso más extendido en los países de habla inglesa (incluyendo algunos asiáticos) desde la crisis de los rehenes en Irán y las operaciones militares en los Balcanes y Oriente Medio, y que supongo (es un suponer) que ha inspirado a mis conciudadanos, aunque la comparación entre los rehenes de un grupo terrorista y la de un preso preventivo en una democracia occidental es odiosa.

En una escuela, la Semana de la Cinta Amarilla, en octubre, a favor de la salud mental.

Pero la cinta amarilla tiene otro significado y éste es universal e institucionalizado. Comenzó en Nueva Zelanda, uno de los países con más suicidios per cápita del mundo, como una campaña de concienciación ciudadana a favor del cuidado de las enfermedades mentales y la prevención del suicidio. Supongo (es un suponer) que estas cintas amarillas no son las que han inspirado a mis conciudadanos, aunque no se descarta. El Día Mundial de la Salud Mental es el 10 de octubre y cuenta con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud. Las cintas amarillas asoman entonces por todo el mundo.

Fallecidos en el naufragio de un ferry en Corea del Sur.
La cinta amarilla sería en señal de luto y recuerdo.

En Asia, especialmente, la cinta amarilla se emplea en señal de luto por los fallecidos en una gran catástrofe. En las Filipinas, en China, en Corea, se han llevado cintas amarillas a causa de naufragios o inundaciones con cientos de víctimas.

Hay más cintas amarillas por ahí perdidas, y expondré unas cuantas:

PzKpfw. IV F de la 14.ª División Panzer en Rusia, en 1942.
En el círculo, la insignia del lazo amarillo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la cinta amarilla fue la insignia de la 7.ª División de Cazadores de Montaña de las SS, Prinz Eugen, 1942-1945, culpable de atroces crímenes de guerra en Yugoslavia. También fue una de las insignias de la 14.ª División Panzer, 1940-1945, que fue aniquilada en Stalingrado y reconstruida en 1943.

En Australia, se emplea para mostrar apoyo al cuerpo de bomberos y como símbolo de las campañas de protección de los bosques.

En Hong Kong se emplea para reivindicar el sufragio universal desde que forma parte de China.

En Japón la cinta amarilla es la señal de haber sido honrado por la Medalla de Honor, un equivalente a la Legión de Honor francesa, por ser un modelo de virtudes profesionales para el resto de los japoneses.

En las Filipinas, se asocia con el Partido Liberal de la familia Aquino.

En Singapur, se emplea para apoyar la reinserción de los presos en la sociedad (y no sé si este uso es el que puede haber inspirado a mis conciudadanos).

En los EE.UU., además de honrar al ejército con ella, se emplea para llamar la atención durante la búsqueda de una persona desaparecida (generalmente, niños, adolescentes o ancianos).

En fin, que hay donde escoger.

Lecturas del Quijote


No suelo contar demasiadas cosas sobre mí, pero creo que ésta merecía ser contada un día u otro.

Cuando trabajaba en la Generalidad de Cataluña, cayó en mis manos un ejemplar de bolsillo de El Quijote que la Junta de Castilla-La Mancha había impreso como regalo, celebrando el centenario del libro o algo parecido. Era una versión sencilla, sin notas a pie de página, el texto plano, las cubiertas rústicas sin solapas, de papel de pulpa, muy gordo. Lo descubrí cuando uno de mis antiguos compañeros limpiaba un armario y tiraba a la basura toda clase de folletos y papelotes inútiles.

¿Qué es eso?, pregunté. Un libro, me contestó. ¿Lo tiras? El sujeto en cuestión se lo miró un rato, se encogió de hombros y soltó: Total, es El Quijote..., e hizo el ademán de dejarlo caer en la bolsa de los papelotes. Trae, le dije, y le arrebaté El Quijote de las manos, salvándolo de un indigno final.

Ese libro, rescatado de las garras de la estulticia, formó de ahí en adelante parte de mis cosas y adornó mi mesa mejor que cualquier lujo, y lujo era. En los momentos de zozobra, que no fueron pocos en aquella caverna, echaba mano del libro y lo abría por cualquier página, al azar. Bastaba a veces con un párrafo, pero otras era precisa una página, o alguna más, para liberarme del hastío, el aburrimiento, la ira, la zozobra, el desencanto, habituales en mi puesto de trabajo, que no eran de extrañar considerando que quienes me impartían órdenes no solían ni siquiera leer en pogüerpoin y habían estado a punto de reciclar El Quijote de una vez y para siempre porque, total, era un libro.

Abría sus páginas, decía, y descubría que todavía hay sensatez en el mundo, y mirad que hablo de Alonso Quijano y su criado, Panza. Vuelta la cordura, proseguía con mis trabajos. De tanto en tanto, algún personaje me veía leer El Quijote, fruncía el ceño y decía: ¡Mira que eres raro! Respondía yo: ¿Lo has leído? Ponía el personaje cara de susto. ¡No!, exclamaba. Todavía no sé si les ofendía la pregunta. Tú te lo pierdes, concluía, y quizá leía una frase cervantina en voz alta, que de puro bien escrita era medicina para el alma. Con este truco me saqué a muchos imbéciles de encima.

Cuando me despidieron, hace ya unos años, quise recuperar ese ejemplar de El Quijote. No pude. Ya lo habían tirado a la basura. Sin hacer preguntas, mientras, en otra parte, me comunicaban la noticia. 

Ah, mi Quijote... Añoro esa costumbre y la reivindico. No es cierto que un libro te cambie la vida, pero que te ayuda, sí, claro, y mucho. Gracias, Cervantes.

La clase de esgrima



La clase de esgrima (Miekkailija, 2015) es una coproducción finesa, estonia y alemana dirigida por Klaus Härö, con un guión de Anna Heinämaa, interpretada por Märt Avandi, Ursula Ratasepp, etcétera. Estuvo nominada para llevarse un Oscar o un Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y las críticas la dejan bien, sin llegar a tirar cohetes. Es, en pocas palabras, una película que se deja ver, amable, correcta. Además, va de esgrima, y ahí me han dado.

El argumento se basa (me dicen) en hechos reales. Endel Nelis huye de Leningrado y se instala como profesor de educación física en un pueblecito de Estonia, Haapsalu. El ambiente es agobiante, por varias razones, y no es la menor vivir bajo el régimen de terror de Stalin. De hecho, Nelis intenta pasar desapercibido en Haapsalu porque durante la guerra... No diré más. Pero sí diré que practica la esgrima (tira con florete) y sin querer, como quien dice, acaba dando clase de esgrima a los niños del pueblo, aunque el director del colegio considera que la esgrima es una práctica feudal y, por lo tanto, poco socialista. Ahí germina el drama, y ahora sí que no digo más.

Por si les interesa, la parte de la esgrima está muy bien llevada. Y la consideración poco socialista de la esgrima es real, pero cambió en seguida cuando vieron el éxito de los tiradores húngaros (y socialistas) en los Juegos Olímpicos. La historia de la esgrima en Hungría justo después de la Segunda Guerra Mundial merecería mucho más espacio que éste. Otro día será.

La película vale la pena. En serio. También proporciona material para pensar un poco acerca de la grandísima suerte que tenemos de vivir aquí y ahora y no allí, entonces. Tendríamos que pensárnoslo dos veces antes de mencionar palabras como represión, por ejemplo, visto lo que pasaron (y pasan) gentes menos afortunadas que nosotros. 

Siguiendo la lógica


Las cosas tienen su lógica o carecen de ella. Según Marta Rovira, diputada autonómica de ERC, en unas declaraciones a la emisoria de radio RAC 1, recogidas por la agencia EFE, El Gobierno español nos hacía llegar por múltiples vías que, si continuábamos por este camino [declarar la república catalana], habría escenarios de violencia extrema, con muertos en la calle. Añadió la señora que Directamente nos decían esto: que habría sangre y que teníamos que parar porque no dudarían esta vez, y que esta vez no serían pelotas de goma, sino balas. Luego dijo que en un cuartel se habían detectado movimientos de armas (sic). Vaya.

Estremecedor documento gráfico:
Las tropas, listas para el baño de sangre.

Quizá por ello (hipótesis) el señor Puigdemont se sopló el flequillo, alumbró la luz, vio el percal y accedió a convocar elecciones autonómicas, no fuera a intervenir el Gobierno de España a sangre y fuego y se suprimiera la autonomía a cañonazos. Curiosamente, fue la señora Rovira (a gritos, me dicen) la que montó el pollo más considerable para que el señor Puigdemont no convocara elecciones autonómicas y proclamara, en cambio, la república catalana. Tanto se desgañitó ella y tanto se agitó su entorno que el del flequillo se sumó al donde dije digo digo Diego y se proclamó la república catalana... o algo parecido.

¿Hubo violencia? No. No la hubo. ¿Ni siquiera un poquito? Nada. Se proclamó y... Les explicaré. La reacción violenta del Estado fue la siguiente: Hubo un anuncio en el BOE la mañana siguiente y días después, el requerimiento de un par de jueces. Eso de las balas, la sangre y el drama quedó para el cine. En la calle, calma chicha. Fin.

A decir verdad, no hubo violencia, pero tampoco hubo un gran alborozo en la calle, ni una feroz resistencia, nada. Hubo una fiesta en la plaza de Sant Jaume, eso es todo, que se apagó sola al caer la noche y que se celebró toda ella bajo la bandera española, que no dejó de ondear en la sede de la Generalidad de Cataluña todo el rato que duró la juerga. Tocadas las diez, ya se había retirado todo el mundo. Fue muy anodino, lo menos en Barcelona. Si no llega a ser por la televisión o los periódicos, que le sacaban punta al lápiz, ni nos enteramos. Hay más ruido en la calle cuando el Barça gana al Real Madrid (o viceversa) o cuando gana (o pierde) la selección española de fútbol un partido de cuartos de final.

Fíjense el razonamiento que siguió la señora Rovira en su momento más decisivo. Chicos, si proclamamos la república, habrá muertos por la calle, porque tirarán con bala. Por lo tanto, president, proclama la república ahora mismo y venga la violencia. Pero ¡no avises al pueblo de la que se les va a echar encima! Disimula, pon buena cara, déjalos ahí plantados (¡mira qué contentos que están!) y sal por la puerta de atrás. Así se hizo. Lógico, ¿no?

Me ahorraré los comentarios. No quisiera malgastar el verbo.

Tracción animal


Schopenhauer, el filósofo, aparte de venerar a sus caniches, solía lanzar las más duras invectivas a los cocheros que, desde lo alto de sus pescantes, hacían chasquear el látigo. No soportaba ese sonido, decía siempre, y el maltrato hacia los animales enervó al filósofo hasta el fin de sus días y lo empujó a reafirmarse en su sincera opinión sobre la condición humana, que, todo sea dicho, era nefasta.

Una fotografía de El País de una de las calesas pronto prohibidas.

Los carruajes tirados por caballos han desaparecido de las grandes ciudades y en Barcelona quedan un par de calesas (literalmente, dos) que se utilizan para pasear turistas a 40 euros la hora. Al final de las Ramblas se oye, de vez en cuando, el clop, clop, clop de las herraduras de un tiro parsimonioso y funcional, muy alejado del brío y el encanto de los tiros de campeonatos de hípica. En algunas fiestas populares, como Sant Medir o Els Tres Tombs, salen más caballos, asnos, burros y hasta bueyes tirando de carros, carretas y carruajes, que sabe Dios quién guarda y dónde, pero son cosas de un día y no se vuelven a ver. También, y no es broma, se ofrecen entierros en Barcelona donde pasean a uno en un carro tirado por caballos antes de darle sepultura.

No sé si el Ayuntamiento de Barcelona también prohibirá esto.

Pero en verano de 2015 una yegua (se llamaba Neret) sufrió un colapso debido a un golpe de calor, en medio de la calle, y hubo de ser sacrificada ahí mismo, tras dos horas en las que se intentó reanimarla. La Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales (FAADA) (www.faada.org) organizó una campaña de recogida de firmas para conseguir la prohibición de la tracción de sangre (i.e., tracción animal) en Barcelona. Reunió 60.000 firmas, aproximadamente (desconozco cuántas fueron validadas, la mayoría). Además, una nueva entidad llamada Prou Tracció a Sang (Basta de Tracción de Sangre) se ha sumado al carro con manifestaciones y protestas. 

Éstas y otras personas (humanas) han conseguido que el actual Ayuntamiento de Barcelona haya anunciado que prohibirá las calesas para turistas en junio del año que viene. Ha sido una victoria parcial, porque parece que sólo prohibirá la explotación comercial y lucrativa de las calesas para turistas (o similares) y se mantendrán esas tradiciones populares que decía, contra las que también combaten los animalistas. Pero éstos no se desaniman. Hemos abierto una brecha en esta blindada situación que afecta a caballos en todo el territorio, dicen, ufanos. (Nota: Recuerden que, en Cataluña, el territorio es lo que no es Barcelona y su área metropolitana.)

Se prohíben, pues, los vehículos con tracción animal con fines comerciales y lucrativos... ¡Mentira!

Vehículos de tracción animal con fines lucrativos y comerciales, ¿no?

Tal cual. Mentira. ¿Han oído hablar de los rickshaw? Llámese bicitaxi, que es más fácil de pronunciar y más propio. Son triciclos de alquiler. Suelen ser de tres plazas. Dos van cómodamente sentados y un tercero pedalea y conduce, sea delante o detrás de los viajeros. Los bicitaxis son fáciles de ver en algunas zonas de la ciudad y no son precisamente pocos. El bicitaxista pedalea, sudando a mares, mientras dos gordos turistas (en los bicitaxis, no sé por qué, rara vez son delgados) disfrutan del viaje.

Los bicitaxistas hace ya tiempo que se quejan al Ayuntamiento de Barcelona acerca de sus condiciones laborales y de las multas que reciben, porque insisten en querer circular por toda la ciudad y la Guardia Urbana insiste en multarlos por ello. ¿Son bicicletas o qué son? ¿Pueden ir por zonas peatonales, por el carril bici? Cuidado, porque les va el pan en ello. 

Los bicitaxis, además, lucen publicidad.
Haylos de diferentes modelos y colores, pero todos de tracción humana.

No ayuda que la regulación del sector sea (seamos amables) confusa y que, por ejemplo, la concesión de licencias sea uno de los principales motivos de queja. Se otorgan a empresas que contratan y explotan a bicitaxistas, pero algunas veces se deniegan a bicitaxistas que intentan ir por su cuenta. Uno de los principales motivos de queja es que la normativa sostiene que un vehículo a motor para pasear turistas ha de contar con licencia municipal, pero ellos ¡qué motor ni qué niño muerto! ¡Que van a pedales! (Aunque algunas veces cuentan con ayuda de tracción eléctrica, ojo.)

Como todavía no se ha colapsado ningún bicitaxista en medio de la calle y no se ha tenido que sacrificar ahí mismo para que no sufra, estas quejas de los bicitaxistas caen siempre en saco roto y nadie les hace ni caso. Pero, ahora les hablo desde mi corazón, encuentro humillante esta explotación del bicitaxista. Un carro tirado por caballos no me molesta. Me desagrada el maltrato animal, naturalmente, que conste, pero si las bestias de tiro están bien cuidadas... Pero ver a un bicitaxista me remueve las tripas y considero que el espectáculo de la explotación del hombre por el hombre en una ciudad tan aparentemente moderna como Barcelona es una grandísima obscenidad. 

Y me provoca tanta irritación como desconcierto que se reúnan miles de firmas para evitar que un caballo tire del carro mientras docenas de bicitaxistas se dejan el bofe paseando turistas y nadie se inmute o se escandalice por ello. Es algo que me supera.

¿Qué le vamos a hacer?


Estos días, no sé por qué, me siento feliz, por encima de la media. Quizá sea la luz de estos días radiantes, quizá sea... No sé qué puede ser, porque todo sigue más o menos igual, como siempre, sin más novedades. No tengo nada más que decir. 

La Gran Mentira


La Gran Mentira o un montón de mentiras, una detrás de otra, durante años. Ahora las llaman post-verdades, aunque dos millones de personas creyeron en ellas, con los ojos cerrados, dejándose llevar, sin dar muestras de sentido crítico (tampoco de sentido común) y dando rienda suelta a algunos demonios de la peor calaña, que haberlos, haylos, defensores de un nacionalismo supremacista y exclusivista (valga la redundancia), dando por bueno un concepto de las leyes y la democracia cuanto menos peculiar. 

Entre estos dos millones ¿hubo gente de buena fe? Naturalmente, la mayoría, jamás diré lo contrario. Pero se hacen muchas barbaridades con la buena fe por delante. ¡Cuántos se dejaron engañar y se engañaron a sí mismos! También se dieron sobradas muestras de panfilismo e ignorancia entre el rebaño. El sesgo de confirmación les daba siempre la razón y en algunos (siempre demasiados) apareció la bestia negra del fanatismo y el odio. Ciegos, sordos, se dejaron arrastrar por la Gran Mentira... y ahí siguen instalados.

De sus líderes no puede decirse nada bueno, ni nada nuevo, porque todo era sabido, todo era evidente. O mintieron a posta para beneficiarse de alguna manera o creían en lo que decían. No sé cuál de las dos opciones es más alarmante. Queda una tercera opción, que es psicológicamente interesante y muy posible: que se creyeran sus propias mentiras, que vivieran aislados en un mundo de luz y de colores, ajenos a la realidad. Entonces, la preocupación que siento por ellos y por todos sube algunos enteros.

Han destrozado todo lo que han tocado. El prestigio del país y sus instituciones ha quedado por los suelos; la economía, perjudicada; la política, desprestigiada y herida; el honor, si tal cosa vale mencionarse, ni está ni se le espera, porque salió corriendo a la primera de cambio. Han despertado lo peor de las banderas, de todas las banderas, las de aquí y las de allá. Si alguien creía que la Gran Mentira no era peronismo de derechas (incluso, según yo creo, de extrema derecha), si creía que era progresista o europeísta o social o chachi, que compruebe sus efectos en España y en la misma Cataluña. Le felicito, joven, que diría aquél después del estropicio.

La Gran Mentira... Ahora, dos millones de ciudadanos se enfrentan a las fases del duelo. Algunas podrán darse a la vez. Me cuentan que esas fases son:

Una fase de negación, en la que sostendrán que no ha sido una Gran Mentira, en la que continuarán engañándose a sí mismos con los argumentos más inverosímiles. Estamos en ello y muchos no saben salir de ésta. Confusión, ridículo.

Una fase de enfado, indiferencia o ira, en la que comenzarán a cabrearse y buscarán culpables. Esperen a las elecciones y verán. Se tienen unas ganas entre ellos... Van a salir traidores de hasta debajo de las piedras y las puñaladas serán moneda corriente.

Una fase de negociación, donde intentarán salvar lo que se pueda de la Gran Mentira, para que no se pierda del todo y poder seguir creyendo en ella, aunque ya comienzan a reconocer que no era verdad; con eso están tentando, por ejemplo, a la señora Colau, que, reconozcámoslo, creía en la Gran Mentira como los demás. 

También hay una fase que llaman de dolor emocional, que es cuando te pones triste y te deprimes y te lamentas y tal. No hay para menos. Añadiría la vergüenza, pero no se da entre los dirigentes de la Gran Mentira.

Queda la fase de aceptación, en la que se reconoce que la Gran Mentira era eso, una mentira muy grande, y no queda más remedio que comérsela con patatas y seguir adelante como sea, enfrentándose a la realidad. Para ésta todavía falta y la veo lejos.

Aún así, es posible que ganen las elecciones los promotores de la Gran Mentira. Porque la fase de negación pesa mucho, y la de negociación, también. Pero la Gran Mentira es ya, indiscutiblemente, una mentira muy grande.


Llegados a este punto falta, por cierto, una historia de la Gran Mentira en su verdadera dimensión, que es trágica por las consecuencias, pero altamente cómica, por ridícula, surrealista, inverosímil y estúpida, en la que no se salva nadie, ni de un bando ni del otro, y que quizá concluya con el cambio de peinado de Puigdemont, como se inició con el cambio de peinado de Mas, cuando, ¿lo recuerdan?, comenzó a disimular las entradas y las canas mientras pactaba con el PP la reforma laboral y recortaba los presupuestos sociales a destajo. Luego rodearon el Parlamento de Cataluña unos jóvenes justamente cabreados y ya conocen el resto.

¡Lástima, qué lástima, que nos falte quien pudiera explicar la Gran Mentira en su verdadera y absurda dimensión! Porque sólo se me ocurre para contarla alguien como Chiquito de la Calzada, que en paz descanse. ¿Se imaginan? Va Puidemón por la gloria de mi madre y el fistro le dice...


¡Samba! (Gran Premio de Brasil 2017)



¡Bueno! Al menos acabamos bien la temporada. En Brasil, el Ferrari de Vettel ha adelantado en la primera curva al Mercedes-Benz de Bottas y se ha mantenido en la primera posición de principio a fin (dejando a un lado el baile de posiciones con el cambio de neumáticos). El segundo Ferrari se ha mantenido tercero y así ha seguido. Es de notar el mérito de Hamilton y su Mercedes-Benz, que salía el último, desde boxes, y ha remontado hasta la cuarta posición. Bravo.


Ésta ha sido la última carrera en la Fórmula 1 de Felipe Massa, un piloto muy querido en el Circo. Tuvo un bólido en Ferrari, ¿recuerdan? Que todo te vaya bien ahí fuera, Felipe.

La chica de tinta y estrellas



Tuve una agente literaria que me contó una vez que un autor (no diré su nombre) pilló un grandísimo cabreo porque una novela que había escrito en serio acabó publicándose como novela juvenil. El autor en cuestión se consideró groseramente insultado, mientras yo, que acababa de publicar mi primera novela, hubiera dado mi alma por vender tanto como esa dicha novela juvenil. 

Digo esto porque estoy un poco hasta las narices de cierto esnobismo que considera que un libro para chavales ha de estar, por fuerza, mal escrito. Añado que yo me inclino más hacia otro bando, hacia el que piensa que no existe una distinción clara entre una novela juvenil y otra para adultos, en muchos casos (en otros, no, es evidente), y que tanta razón tiene quien sostiene que Verne o Stevenson son propios de lectores con acné como quien sostiene que son escritores completamente adultos. ¡Lo que disfruto leyendo La Isla del Tesoro...! Que fue escrita, ojo, apuntando directamente a un público menor de edad. Pues eso, ni más ni menos.

La chica de tinta y estrellas, de Kiran Millwood Hargrave, una joven poeta y novelista, es una obra que fácilmente podría considerarse juvenil con todas sus letras. Ático de los Libros, en cambio, la publica como publica otros relatos considerados para adultos y corre un riesgo al hacerlo así. Pero ¿por qué no? Traducida por Claudia Casanova, nos ofrece un relato fantástico, a ratos poético, que ha merecido importantes premios y buenas críticas. Merecidos, señalo, porque es una obra fresca, original, a ratos bella y a ratos emocionante, que puede leer cualquier chaval o sus padres, sin miedo, simplemente porque está bien escrita. ¿Que la historia está trufada de fantasía y de cosas maravillosas y tal y cual? Bueno, ¿y qué? Forma parte del juego, ¿no?

Isabella, la hija de un cartógrafo, vive en la isla de Joya, sometida a los caprichos de un tiránico gobernador. Su mejor amiga, también es casualidad, es la hija del gobernador. Un mal día, su amiga desaparece. Como han sucedido cosas horribles (que no pienso contar ahora), el asunto pinta muy mal y se organiza una misión de rescate, en la que participará Isabella, y hasta aquí puedo contar. Así que aventuras, magia, misterio y todas esas cosas que tanto entretienen. ¡A leer!

La autora demuestra, y con esto acabo, que la literatura juvenil puede proporcionar textos de calidad y buenas lecturas, lo que se agradece muchísimo. Ojalá tenga éxito la apuesta de Ático de los Libros, porque esta novela lo merece. Si tienen un chaval a mano, regálenle La chica de tinta y estrellas. Si no, échenle un vistazo, que nunca está de más quitarse años de encima.

Heroísmo


Como bien saben muchos lectores, Cataluña ha vivido eso que llaman jornadas históricas, una detrás de otra, y es lo propio que en tales jornadas se den actos de heroísmo, especialmente si hablamos, como se nos quiere hacer creer, de una revolución, de una sublevación contra el Estado (opresor y tal) y de la creación de una nueva república libre y cursi. Ya sabemos que la revolución y todo lo demás ha quedado en agua de borrajas, pero lo del heroísmo vamos a tener que reconocerlo. Véase. 

Apuntaba maneras, el heroísmo, después de los sucesos del nueve de noviembre de hace unos años, que han acabado en los tribunales. Los principales promotores de tales sucesos mostraron un grandísimo valor afirmando que donde dije digo digo Diego, que no se trataba de nada transcendental, que no había para tanto como habían dicho, que habían exagerado un poco, etcétera, pero, sobre todo, afirmando que ellos no habían sido, que habían sido los voluntarios y los funcionarios que habían cedido a la presión que les llegaba de arriba y de los lados. Ahí están sus declaraciones. Yo sólo pasaba por ahí. A mí, que me registren. Yo no fuí. 

Otra gran muestra de valor fue el paso por sede parlamentaria de las dos leyes que, de facto, implicaban la dicha revolución, que el público conoce como ley de transitoriedad y ley de referéndum, que se aprobaron con una reforma previa del reglamento del Parlamento de Cataluña un poco tramposa (otro episodio heroico). Fue un acto de valor supremo el no atreverse a aprobarlas con una mayoría cualificada, como exigen las más grandes disposiciones de la patria y como hubiera sido lo propio, sino el aplicar la fuerza de una mayoría absoluta, que tiene más valor aprobar algo justito que por una gran mayoría. Pero fue mayor el heroísmo al negar a la oposición su derecho a debatir y hacer propuestas sobre dichas leyes, y el no otorgar más que un par de horas a la preparación del debate también mostró al mundo una clase de valor parlamentario ciertamente inédito. Demostraron no tener miedo a las palabras y los argumentos del adversario, una vez es amordazado, claro, y el amordazamiento reclama cojones, dicho en plata. Esto es, valor.

El desgraciado primero de octubre mostró muchas clases de heroísmo. Hubo gentes que pusieron la cara y recibieron de lo lindo. Sus razones tendrían y respeto su arrojo. Pero las hubo que llevaron a niños y ancianos para parapetarse detrás de ellos, lo que supone una muestra más del heroísmo del que hablamos. Es curioso que ninguno de los promotores del festival se arriesgó a que le partieran la cara, mostrando una valentía digna de alabanza. En cambio, la alcaldesa de Hospitalet de Llobregat y la de Barcelona se metieron entre la policía y los manifestantes allá donde fueron a votar, arriesgando su jeta, para que no hubiera violencia, como si la temieran, y por ese temor (y por su militancia política, también) no han merecido el reconocimiento de los héroes que se otorga a los forjadores de las jornadas históricas.

Pero el colmo del heroísmo fue ese día en el que la república asomó sólo la puntita. Sí pero no. La proclamo, la suspendo... Bueno, no la proclamo. O sí. No sé. El pasmo ante tanto ingenio político se apoderó del público y el gobierno (el otro, el malo de la función) tuvo que preguntar si sí o si no, y lo preguntó dos veces, y las dos veces respondieron los héroes con su monumental astucia un ni sí ni no ni todo lo contrario. Una gran muestra de valor dialéctico, que pretende poder afirmar con seguridad el yo no he sido o el fuí yo, según sople el viento.

Llegó el día. Bueno, otro día. Uno más. Es un no parar. En éste, se acordó una celebración de elecciones a cambio de no aplicar el 155, que es como la Estrella de la Muerte del Imperio. Pero, no. El señor Puigdemont nos sorprendió con un acto completamente heroico: se arrugó frente a unos tuits y algunos manifestantes y prefirió no cumplir con su palabra, dando sobradas muestras de valor por ello y dejando vía libre al 155 del que tanto hablan. Fueron al parlamento, a proclamar una república. Más heroísmo, me dirán. Vale. Votaron en secreto, sin dar la cara, mostrando al mundo la pasta de la que están hechos los héroes, y lo que votaron vuelve a ser un sí pero no, porque, aunque implícitamente se entiende un sí, explícitamente es un bla bla bla que puede ser tanto interpretado como sí, como no, como no sé o como me pareció ver un lindo gatito.

Lo mejor viene ahora, cuando proclamada o no la república que decían, se larga el gobierno de esa recién nacida, en pleno, a Perpiñán. Una estampida. No lo digo yo, lo cuenta La Vanguardia. Mientras, unos miles de personas celebraban el suceso en la plaza de Sant Jaume (bajo una bandera española que no se retiró, ojo). Nadie salió al balcón, nadie se dirigió al público, nadie nada. Silencio. Ahí te las apañes, porque estaban todos camino de Francia, dando sobradas muestras de valor. Si la república llega a proclamarse de verdad, qué ridículo. Correr el riesgo de semejante ridículo, ¿no es un acto heroico?

Pues, eso. Al César lo que es del César y un respeto para los héroes.

Léxico familiar



Lumen ha vuelto a publicar algunas de las mejores obras de Natalia Ginzburg. Otras editoriales también han vuelto a ella (Acantilado, Àtic dels Llibres...) y empleo han vuelto porque las obras de Ginzburg tuvieron un momento de gloria hace unos años y luego... Sucede con algunos autores contemporáneos, que parece que no pueden ser tan buenos como son porque son, simplemente, contemporáneos. Quizá haya pasado eso con Ginzburg que es, salta a la vista, una autora de primera división. 

Lessico famigliare, o Léxico familiar en esta versión española (traducida con cuidado por Mercedes Corral) es una de las obras más famosas de Natalia Ginzburg. Como en tantas otras obras suyas, el lector se enfrenta a un lenguaje en apariencia sencillo, simple, que va relatando sin darse importancia, como si nada, y de repente uno sabe que se está enfrentando a una gran obra. ¡Es tan difícil escribir así, tan difícil...! 

Es una de sus obras más famosas, he dicho, pero también, quizá, una de las más personales e intimistas, pues su familia, y ella misma, protagonizan la obra, y lo hacen a través de lo que suelen decir, las expresiones, las frases, las palabras, que adquieren un significado propio en el reducido círculo de una familia, entre amigos y conocidos. No hay acción, no hay romance, no hay... Impera lo cotidiano, hogareño y privado de un entorno muy definido. Algo tan, tan particular que no puedo dejar de admirar el valor de ponerlo sobre un papel. El resultado es bellísimo y conmovedor.

Cuenta cosas emocionantes, terribles, como quien no le da más importancia. Por ejemplo, pasa de puntillas, con extrema discreción, sobre la muerte de su marido a manos del fascismo, pero deja esa huella de ausencia y dolor profundo sin que sepamos cómo o dónde exactamente la ha dejado. Habla con tremendo cariño de sus padres, sus hermanos, sus amigos, mostrando precisamente sus defectos cotidianos, que se expresan a través de una cantinela, una frase repetida en incontables ocasiones, un mote... Para el lector, resulta entrañable y por eso mismo, emocionante. Para un escritor, hasta cierto punto desesperante, porque Ginzburg construye algo grande con tan efímeros materiales que despierta una natural envidia. ¿Cómo lo ha hecho?

En suma, Natalia Ginzburg es una autora que hay que leer y esta obra en concreto, Léxico familiar, una obra muy recomendable. Mucho.

Algo asqueroso


¡Hola! Pfff... Perdón.

Se ha publicado recientemente un estudio sobre el impacto de la ingravidez en el cerebro de los astronautas. ¿Creías que el cerebro iba a librarse de ésa? Pues, no. Al flotar ingrávido, la parte superior del cerebro presiona sobre la parte superior del cráneo, afectando a su morfología. También sufre el nervio óptico, presionado por la nueva ubicación del órgano pensante. Hasta qué punto es todo reversible o irreversible o afecta al conocimiento y la psicología de los astronautas, no queda todavía del todo claro. Que los astronautas sufren un impacto psicológico viviendo tal aventura es evidente (me imagino en su lugar y...) y eso complica el estudio, naturalmente.

La medicina está muy interesada en los cambios que se producen en la ingravidez del espacio y sus consecuencias, y conocemos muchas de ellas. Por ejemplo, el mareo y las náuseas. De ésas no se libra ni el más avezado piloto, ni el más experimentado astronauta. Uno de cada cuatro astronautas sufren un mareo que le deja fuera de combate por un día o dos, incapaz de dar pie con bola. Luego suele pasarse, y da igual quien seas o cuántas veces hayas estado antes en el espacio, porque le puede dar (o no) a cualquiera. 

En medio del experimento... ¡Pam! Pfff... ¡Vaya!

También es muy conocida (y lógica) la atrofia muscular, porque en ingravidez ¿para qué necesitamos las piernas? El corazón mismo, dicen, se encoge y se vuelve perezoso. Los médicos e ingenieros que se ocupan de estas cosas han establecido rigurosas tablas de ejercicios gimnásticos para los astronautas que pretendan permanecer una temporada en el espacio, con la intención de combatir esta atrofia, con un éxito relativo. Y como éstas, otras muchas consecuencias de andar haciendo el tonto en órbita.

Aquí, haciendo el tonto en órbita y... ¡Prrrram!
Éste ha sido de los buenos.

Otras consecuencias son menos conocidas, pero tienen un considerable impacto en la vida de los astronautas. En ingravidez, las tripas flotan más o menos libremente y bajo esas condiciones los astronautas sufren más flatulencias de las que sufrirían con un régimen a base de fabada. Los gases remueven las tripas y claman por salir y los médicos de la NASA, enfrentados a tan grave problema, han optado por una solución tan simple como radical. Si te vienen ganas de tirarte un pedo, dicen, no te prives y déjalo ir. Peerse en el espacio es, pues, una necesidad y una obligación. No hay disimulo que valga y los cuescos van y vienen como salvas de artillería en plena batalla en el espacio sideral. Lo de La Guerra de las Galaxias es un juego de niños a su lado.

¡Por Dios, qué peste! ¡Que alguien abra las ventanas!

Sumen al constante peerse que la ducha sea complicada en el espacio y que la higiene personal sea la imprescindible, a base de toallitas de papel, porque no hay lugar para mucho más. Hieden los pies, los alerones y se suma a la orgía el metano y los sulfuros que expelen los cosmonáuticos culos. No es de extrañar que la primera impresión de los recién llegados a la Estación Espacial Internacional (ISS) sea el olor que hace. Es algo asqueroso, confesó, no hace mucho, un avezado astronauta. Pero luego uno se acostumbra, porque uno se acostumbra a todo

La sfida continua (Gran Premio de México 2017)


Ahora ya sí: Mercedes-Benz se ha llevado a casa el título del Campeonato de Constructores y el de Pilotos (Hamilton). En México, Ferrari lo intentó, pero un choque en la primera vuelta alejó de la primera posición a Vettel, que sólo pudo acabar cuarto, detrás de su compañero de escudería; a Hamilton le sobró con llegar noveno. 

 Mercedes-Benz, aprovechando la doble victoria en la temporada 2017, ha publicado un bonito video donde se permite homenajear a Ferrari... o no, según se mire. Es éste:

 

Dicho esto, sólo me queda preguntar por qué los alemanes no echan mano del color de competición de Mercedes-Benz (un brillante azul) o el que suele emplear en carrera (el plata de Alemania), en vez del verde moco de la película. Pero, como sobre gustos no hay nada escrito... Como dice el anuncio, la sfida continua. Ci vediamo!