El orinal


Queridos lectores míos:

¡Otro artículo en Metrópoli Abierta! Esta vez, se inicia con alguna reflexión sobre el arte y se alarga hasta que se alcanza la política. No sé si estarán o no de acuerdo conmigo, pero eso no importa demasiado. Me importa mucho más que les guste leerme, que les dé en qué pensar..., esas cosas.

Se titula El orinal.

I racconti (Los cuentos)



Giuseppe Tomasi di Lampedusa es famoso por su única y gran novela, El Gatopardo (Il Gattopardo), aunque escribió alguna cosita más: relatos y ensayos sobre literatura. A la sombra de El Gatopardo, una de las mejores novelas del siglo XX, sus otras obras son poco leídas y prácticamente desaparecen. En parte porque, como dijo un crítico literario, Tomasi di Lampedusa es el único escritor que murió sin ser consciente de serlo. Así parece: su novela se publicó póstumamente, en 1958, y sus Cuentos (I racconti) tres años más tarde, y no todos.

Esos cuentos, que he leído en versión original (en italiano), en una edición de Feltrinelli revisada y aumentada... Quizá convenga explicar el por qué de estas revisiones y aumentos que tanto interesan a los lampedusianos. Como Tomasi di Lampedusa no publicó en vida, dejó tras de sí manuscritos escritos a mano, mecanografiados y corregidos unos y sin corregir los otros. Se discute cuál es la última versión, cuál es su orden cronológico, se le da vueltas al asunto. Por eso, esta edición está abundantemente comentada y trufada de notas al pie de página, resultado de una crítica exhaustiva y muy trabajada.

Pero ¿por qué no hablamos de los Cuentos? Pues... son magníficos. Incluso uno, La giogia e la legge (La felicidad y la ley), que los críticos consideran el más flojo es, perdonen que les diga, un cuento comme il faut. El más famoso, con razón, porque es bonísimo, es La sirena (a veces se ha titulado Lighea), pero son igualmente maravillosos sus Recuerdos de la infancia (Ricordi d'infanzia), que son, se diría, unos apuntes de la memoria escritos para sí mismo, y queda I gattini ciechi (Los gatitos ciegos, o así), que podría considerarse un primer capítulo, una introducción o un ensayo (o prueba), como quieran llamarlo, de otra novela gatopardesca. En cualquiera de estos cuentos, se aprecia que Tomasi di Lampedusa era un escritor realmente bueno, muy bueno.

Sé que no todos mis lectores podrán leer los Cuentos de Tomasi di Lampedusa en italiano, pero también se publicaron en castellano en 1990 y me ha dicho un pajarito que este otoño, quizá en invierno, se publiquen de nuevo (esta vez, tomando como referencia la versión corregida y aumentada publicada por Feltrinelli). Los recomiendo, de verdad que los recomiendo.

A la luz de las farolas (Gran Premio de Singapur 2018)


Mal fin de semana para Ferrari. Porque Singapur, eso dicen siempre, favorece a los Ferrari, pero no se ha notado demasiado. En los entrenamientos, se clasificaron tercero y quinto, y así han acabado la carrera. Mercedes-Benz, primero y cuarto. En medio, un Red Bull. Cuentan que en carrera el Ferrari podría haberlo adelantado cuando ha cambiado de neumáticos, pero que un error del equipo... En fin, lo de siempre, mi gozo en un pozo y los campeonatos de Constructores y de Pilotos, más lejos.


Además, soplan tiempos de cambio en Ferrari. Contratarán para correr el año que viene a un jovencísimo Leclerc (veinte años tiene ahora el chaval) y Räikkönnen dejará Ferrari y quién sabe si la Fórmula 1. Lástima, porque el finlandés me cae bien (aunque sea un tipo muy particular), pero ¡ojo! El tal Leclerc parece que apunta formas.

Dejando estas tonterías a un lado para meternos con eso de correr a la luz de las farolas (focos, en verdad) en un país lleno de miserias por aquí y ricos obscenamente ricos por allá. Un servidor añora la Fórmula 1 que ya no volverá y estas cosas tan modernas del espectáculo... Psé.

Las quejas del Instituto Luther King


Les adjuntaré el enlace de una noticia que tendría que aparecer en las portadas de todos los periódicos, para poner las cosas en su justo sitio. 


El Confidencial publicó las quejas del Instituto de Educación e Investigación Martin Luther King Jr., de la Univeridad de Stanford, California, en los EE.UU. Su director, Clayborne Carson, deja de vuelta y media al presidente Torra y a esa manía que tienen los amarillos de mentar en vano la lucha por los derechos civiles en los EE.UU. comparándola con su proceso. También, la grabación original de la entrevista. Lean, lean, en:


Déjenme apostillar una cruel y obscena paradoja: que un político que considera que el pensamiento y la acción de los hermanos Badía, de Cardona y compañía sea una referencia política e ideológica modélica compare su lucha con la de los derechos civiles en los EE.UU. Ahí lo dejo.

Para más información:
El famoso discurso de I have a dream en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU.:
Los 440 artículos publicados por el presidente Torra antes de ser presidente:
Lean, comparen, saquen sus propias conclusiones.

De vuelta a clase


Yo también vuelvo a clase después del paréntesis de agosto. A clase de esgrima, a tirar con sable. Basta con un mes para descubrir que el óxido no se deposita sólo en los metales, y que habrá que recuperar fuerzas, estilo y pericia. ¡En eso estamos! No es que tuviera muchas fuerzas, ni estilo, ni pericia, ya puestos, pero algo había y tendré que dar con ello.


Así que pulí hoja y cazoleta de mi sable y regresé a las clases la semana pasada. Uno, dos, marcha, fondo, romper, parar en quinta, responder, etc. La frustración es grande, pero el empeño es mayor y las ganas de mejorar, todas.


También, para ponerme en situación, eché mano del video y ayer me puse Captain Blood (Michael Curtiz, 1935), la película que resucitó a los espadachines en Hollywood después de la Gran Depresión y la incorporación del cine sonoro. Hay que ver a Flynn y Rathbone batiéndose en la playa, una toma que hicieron toda seguida, en directo y sin dobles. Aunque luego uno y otro harían demostraciones de esgrima más finas, esta escena arrancó el aplauso espontáneo de los extras que la vieron, y del equipo de producción, Curtiz incluido, porque ambos actores la ensayaron en secreto y fue, en verdad, una agradable y sorprendente sorpresa.

(Entre nosotros, alguna vez he puesto en práctica algún golpe visto en las películas, con buenos resultados. Pero visto en películas antiguas, que conste, porque los combates a espada o sable de las películas de ahora nada tiene que ver con la esgrima de verdad. Una pena, ¿no?).

A ver qué quemamos hoy


Hace nada, los supremacistas blancos se manifestaron en la Universidad de Virginia, en Richmond, Virginia, EE.UU., ante el monumento a Jefferson Davis, que había sido presidente de los Estados Confederados del Sur. Las autoridades pretendían retirar el monumento de la vía pública porque Davis había defendido la ruptura de la Unión y la esclavitud. Muchos desfilaron aquella noche con antorchas y esa visión provocó una tormenta emocional entre los defensores de los derechos civiles. Que Trump simpatizara abiertamente con los manifestantes no hizo más que empeorarlo todo. 


Todo porque los desfiles con antorchas, en los EE.UU., se asocian inmediatamente y sin discusión al supremacismo blanco, la extrema derecha más rancia y el fanatismo religioso, todo junto, y se asocian instintiva e históricamente con el linchamiento de un negro, la quema de libros o la simple intimidación que provoca una manifestación de fuerza de quien no siente respeto por sus vecinos.

Sucede igualmente en Europa. La historia del siglo XX sitúa los desfiles con antorchas en el catálogo de gestos que una sociedad democrática, abierta y tolerante debería evitar. Por ética y estética. Cuando, hace nada, los neonazis alemanes se manifestaron, lo hicieron con antorchas y la imagen provocó más alarmas que todas las declaraciones de los líderes republicanos (de extrema derecha) juntos. 

Se manifiestan de forma semejante los seguidores del proto/pre/para/pseudo (a elegir) fascismo europeo, o del fascismo a secas, que han llegado al poder o pretenden llegar a él en Hungría, Polonia, Ucrania, Suecia, Francia, Austria o Italia. Preguntad a un ciudadano europeo qué piensa de quien desfila con antorchas, o preguntadle quién es, y apuntad su respuesta.

Ayer me crucé con un grupo de manifestantes que paseaban con las teas encendidas y en alto y esgrimían banderas negras y otras de partidos neerlandeses e italianos situados en la derecha más extrema. Se me fue el alma a los pies.

Me da igual quién sea o qué defienda. Desfilar con antorchas, hoy, aquí, es una salvajada, un acto intimidatorio, por ofensivo, un insulto a la libertad y el respeto que nos merecemos. ¡Mira que no hay maneras de manifestarse y van y eligen desfilar con antorchas! 

Los imaginé quemando libros. Los vi capaces de ello.

Antes de contar manifestantes


Esto se publicó el año pasado en El País. Siempre he defendido lo mismo, que nunca nos hemos manifestado un millón de personas, ni en Barcelona ni en Madrid, así que me alegro de ver que alguien más coincide conmigo. Ahí lo dejo.


El vals de las horas


¡Venga otro artículo de opinión para Metrópoli Abierta! Este, además, con un poco de guasa. Va sobre horas y horarios y se postula una postura que afirma que ya está bien de tocarnos las narices con cambiar la hora de comer, por decir algo. Se titula El vals de las horas. Que estén de acuerdo o no, poco importa, mientras les haya gustado.

Viaje al fin de la noche



Alguien dijo que, si quieres disfrutar de un libro, mejor será que no conozcas al autor. Se dice que los autores, en persona, suelen provocar el rechazo de los lectores; los creían más altos, más guapos, más inteligentes (sí, más inteligentes)... Uno se hace a la idea de cómo será ese autor que tanto le gusta y resulta que es una persona que no tiene nada que ver con esa idea. Pero también hay quien insiste en conocer al autor, porque sin ese conocimiento será imposible comprender del todo su obra. En fin, es éste un debate largo y que daría para mucho, pero que afecta inevitablemente al Viaje al fin de la noche, porque lo escribió Louis-Ferdinand Céline.

Cuando supe de Céline, llegaron a mis oídos dos noticias que me pusieron en un brete. Por un lado, me dijeron gentes de fiar que su Viaje al fin de la noche era un libro de lectura obligatoria; es decir, un gran libro, un libro que vale la pena leer y que deja poso en el lector; es, además, una de las obras más influyentes en la literatura del siglo XX. Vale, bien, habrá que considerarla. Por el otro, gentes igualmente fiables me dijeron que Céline era de todo menos guapo, y a su biografía me remito. En ella, asoma un tipo que milita en el antisemitismo francés (que es un antisemitismo feroz), colabora con los nazis y declarado desgracia nacional (sic) en Francia. Era un personaje poco aconsejable, vamos a decirlo así, y la polémica va allá donde van sus libros.

Finalmente, me planté en mi librería de guardia y encargué un ejemplar de Viaje al fin de la noche. En este caso, la edición de bolsillo publicada por Edhasa, traducida por Carlos Manzano. Quería juzgar por mí mismo.

¿Qué les voy a contar de esta novela? Vamos a ver... Todo comienza cuando Ferdinand Bardamu, el protagonista, se enrola en el ejército de la manera más estúpida posible y se encuentra, de repente y como quien dice, en medio de la Primera Guerra Mundial. Logra librarse de la milicia gracias a una herida, una condecoración y el acierto de hacerse pasar por loco. Luego pasa una temporada en las colonias, en África. Luego emigra a los EE.UU. Regresará a Francia, se licenciará como médico, abrirá una consulta en un barrio marginal y acabará trabajando en un espectáculo de variadades y en un manicomio, y me dejo muchas peripecias por el camino. Cuentan (y parece que es verdad) que Viaje al fin de la noche tiene mucho de autobiográfico y que Céline se inspiró en él mismo, sus amantes y sus aventuras y que descargó en la obra todo lo que llevaba dentro.

En cierto modo, el argumento no es el protagonista de la obra, sino el lenguaje y el crudo, cínico, amargo, bestial, retrato que hace de los personajes y situaciones descritas, de la sociedad en la que viven, del absurdo y desesperanzado rumbo de sus vidas. Es brutal. Para ello, Céline emplea un registro vulgar, descarnado, que, como él mismo diría, no está para hostias; oral, cotidiano, que parece (sólo parece) ajeno a lo que consideraríamos literario; no tiene reparos en mostrarse obsceno, en tirar de palabrotas, en plantear temas y situaciones desagradables, incómodas...

A pesar de esta manera de escribir, que parece (sólo parece) improvisada, frenética y apasionada, tan desprovista de adornos, es capaz de alcanzar momentos de un lirismo y una poesía que, al menos a mí, me han conmocionado. También, de despertar emociones que hacía tiempo que no me despertaba una novela. Cuando un sargento en África le habla de su hija, en Francia; cuando una de sus pacientes se desangra después de un aborto y las gotas de sangre caen sobre el enlosado, ploc, ploc...; cuando se enfrenta a la guerra, al calor tropical, a América... En fin, que eso no lo escribe cualquiera, de verdad que no. Hay que ser muy, muy bueno para escribir así, mucho.

El retrato que hace de la sociedad de su tiempo (de todos los tiempos, en verdad), y de las personas en general, es atroz y desesperante. También certero y revelador. No es menos significativa la distancia que el autor (el protagonista) deja entre él y el mundo, para poder contemplarlo fría y cínicamente, para retratarse a sí mismo también perdido sin remedio entre frustraciones y miserias. Céline afirmó alguna vez que era un lírico cómico, y es cierto que este descarnado retrato se hace desde el humor y la poesía, y no es por ello menos bestia... y no es por ello menos bello.

En cualquier caso, después de haber leído y apenas digerido esta obra, no puedo sino aplaudir. No sé qué más decir. Y sí, Céline era, en persona, un tipo poco recomendable, incluso despreciable. Pero Viaje al fin de la noche es, en cambio, una grandísima obra.

El sable modelo 1777


Estos días, después de pensármelo mucho y darle muchas vueltas, he comprado una réplica del sable à la hongaroise modelo 1777, el sable preferido por los húsares durante las guerras de la Revolución, el Consulado y el Primer Imperio. Alguno llegó a emplearse durante los Cien Días.

El sable modelo 1777 del autor (una réplica).

El sable modelo 1777 fue diseñado por Boutet, de Versalles, quien fuera entonces uno de los mejores armeros de Europa, si no el mejor. Era una evolución de los sables que empleaban los húngaros, que en Francia fueron cogiendo una forma más o menos definitiva en los modelos de 1760 y 1767. En 1776, Boutet presenta el nuevo sable à la hongaroise (también llamado à la hussarde), y se convierte en el sable de reglamento de los húsares, los regimientos de élite de la caballería ligera francesa.

Este modelo fue seguido enseguida por el modelo 1777, que es prácticamente el mismo. La vaina, eso sí, será más gruesa, porque el modelo 1776 tenía una vaina demasiado fina y se abollaba con facilidad. Es característica su guarda con forma de estribo, a imitación de los sables húngaros, y pasa por ser uno de los sables de caballería ligera mejor equilibrados en su día.

El mismo sable, envainado.

En la bibliografía se verá que, muchas veces, es también nombrado como modelo 1786. Eso es porque aquel año se forjó una importante cantidad de estos sables en Klingenthal, que engrosaron las armerías de Francia y que gozaron de mucho prestigio por su calidad. No puede decirse lo mismo de algunas hojas que luego fueron forjadas durante el período revolucionario.

También se conocen como modelo 1795 o AN-IV, en nomenclatura revolucionaria, pero son los mismos sables. Varían, eso sí, las marcas de los punzones. Seguirían fabricándose durante algunos años más.

Luego apareció el sable modelo AN-IX, uno de los mejores sables de caballería que se han forjado jamás, muy imitado desde entonces. Pero los húsares, muy celosos de sus húngaros, no acabaron de aceptar el nuevo sable. Napoleón les dio licencia para seguir con el modelo antiguo, porque cualquiera se metía con un capricho de los húsares. No sé quiénes se creen que son, se quejaba el Peladito con frecuencia de los húsares, viendo cómo se pavoneaban y cachondeaban de él, y está documentado. Además, Josefina le puso los cuernos una vez con un capitán del 1.º de Húsares. ¡Pelillos a la mar! Si los necesitaba, ahí los tenía, donde hiciera falta y sin chistar.

Eso sí, a la chita callando y sin ruido, el sable modelo AN-IX comenzó a ser también habitual entre los húsares, especialmente en los últimos años del Primer Imperio. Durante los Cien Días, sólo los húsares más veteranos portaban todavía algún húngaro colgando del tahalí.

Empuñando el húngaro, con guante de esgrima, como Dios manda.

Como nota final, la vaina podía fabricarse en un metal dorado o plateado (es decir, en latón o en acero), y esa elección solía depender del regimiento, incluso del rango de su portador. Aquellos que llevaran correajes y botonadura amarilla o dorada, preferían una vaina de latón a juego; los que la llevaban blanca o plateada, de acerto. Y naturalmente los oficiales solían encargar sables à la hongaroise a medida, adornados con incrustaciones, grabados o filigranas, si no cedían a la moda y acababan empuñando un sable à la mameluque.

En fin, que estoy muy contento con mi adquisición. Cuando uno lo empuña y siente su peso, comprende lo difícil que resultaba ser un buen sablista y siente más respeto por los húsares de antaño. También siente un poco de repelús imaginando los tajos que podría hacer un acero como éste en un enemigo. Como dijo una vez un viejo conocido: el sable de caballería carece de elegancia, es un instrumento de carnicero.

El síndrome postvacacional


Queridos lectores míos:

Ahí va otro artículo para Metrópoli Abierta. Éste se titula El síndrome postvacacional y señala cómo va a afectar a algunos de los inquilinos de la plaza de Sant Jaume, a uno y otro lado. ¡Que sea leve! Y que les guste lo escrito. Ojalá.

La conjura de los fabricantes de bolsas de plástico


Tengo para mí que muchas de las cosas que están sucediendo alrededor del Procés las guía desde las sombras una mano negra. Negrísima. Algún malvado que no se cuida de nada más que de sus propios intereses y que por beneficiarse él es capaz de jodernos a todos, y perdonen ustedes. Pero los últimos acontecimientos han arrojado algo de luz en la oscuridad y he aquí que la conjura (al menos una de ellas) se está descubriendo.

Atiendan:

La Directiva Europea 2015/720 impuso medidas para restringir apreciablemente el uso de las bolsas de plástico. Obligaba a reciclarlas y a fabricarlas con un contenido mínimo de plástico reciclado; también pretende prohibir las bolsas ligeras (con un grosor inferior a 50 micras) en 2021. La idea es hacer desaparecer las bolsas de un solo uso y reducir el consumo de plástico en lo posible, porque provoca muchos problemas ambientales (ahora no entraremos en detalles).

Un Real Decreto publicado el 18 de mayo de 2017 nos puso al día en España con la legislación europea. A modo de ejemplo de sobras conocido, desde el 1 de julio del año pasado nos cobran por cada bolsa de plástico en el supermercado. 

Esto, claro, ha puesto a los fabricantes de bolsas de plástico contra las cuerdas y les está suponiendo un pastón en pérdidas. ¿Y dónde está la mayor concentración de fabricantes de bolsas de plástico en España? ¡Ajá, lo han adivinado! En Cataluña.

Con ánimo euroescéptico (es decir, cagándose en las directivas europeas que les están arruinando el negocio), la ACFBP (Asociación Catalana de Fabricantes de Bolsas de Plástico) metió mano en los acontecimientos que arruinaron del todo la política catalana en la segunda mitad de 2017. 

¿Pruebas? No tengo. Acaso algún indicio. 

Al menos tres socios de la ACFBP están implicados en la compra de las fiambreras de plástico que luego serían empleadas como urnas en la manifestación popular del primero de octubre. El ir y venir del plástico de aquí para allá dejó un buen puñado de comisiones por el camino y alguno estrenó coche aquel otoño. No señalaré a nadie. Mientras tanto, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado llegaron a Cataluña bien provistos de bolsas de plástico. ¿No se lo imaginan? ¡Exacto! La provisión de bolsas para las fuerzas de orden fue cubierta por otros socios de la ACFBP. Un pie aquí y el otro, allá.

Sigo. Mientras las empresas asociadas a la ACFBP con mayor capital trasladaban su sede social y fiscal fuera de Cataluña, encargaban ingentes cantidades de tinte amarillo. Parecían adelantarse a los acontecimientos hasta tal punto que es lícito preguntarse si en verdad no los impulsaron o provocaron. Se sabe, por ejemplo, que el presidente Puigdemont recibió una llamada del señor secretario de la ACFBP justo antes de decir a sus consejeros que se iba a por tabaco y aparecer, acto seguido, en Bruselas. ¿Qué le diría? El caso es que fue justo después de estar viendo con ellos el partido de fútbol entre el Real Madrid y el Girona en su casa, sita en una urbanización al lado de un campo de golf, que entre sus vecinos cuenta... ¡Sí, señores! ¡Cuenta con la vecindad del tesorero de la ACFBP! Luego se ha sabido que una parte de la reserva del alquiler del chalet de Waterloo también lo puso un miembro destacado de la ACFBP, y ahí lo dejo.

El resto es más o menos público. Después vino el arresto de varios consejeros y de la huída del resto, que se habían largado sin avisar a los que se quedaron. A partir de ahí, se agitaron las redes sociales. Gracias a la intervención de los mejores publicistas de la ACFBP se consiguió que dos millones de catalanes, catalán más, catalán menos, quisiera comprar al menos una bolsa de plástico amarilla para hacer lacitos que atar a farolas, barandillas y toda clase de mobiliario urbano. La venta de bolsas amarillas ha conseguido que la cifra de ventas de los asociados a la ACFBP se haya incrementado un 43,52% el primer trimestre de 2018 y que supere en 4,8 puntos la producción de bolsas antes de la prohibición. Estas ventas, además, han servido para desprenderse de un estoc de bolsas de plástico amarillo ya prohibidas que no tenían ninguna otra salida en el mercado.

Sin embargo, la ocupación del espacio público con millones de tiras de plástico no reciclable procedentes de bolsas de plástico amarillas está ocasionando problemas ambientales imprevistos. La aparición de fragmentos de plástico amarillo en el estómago de aves, peces y rumiantes en los bosques catalanes se ha incrementado en un 15% en apenas un año y es responsable de la asfixia de un cachorro de oso pirenaico, por lo menos y que se sepa. 

Pero todo lo que sube baja y las ventas de bolsas de plástico amarillas habían disminuido poco antes del verano, aproximándose a los niveles de venta habituales en 2017. Mientras tanto, los plásticos amarillos, expuestos a la intemperie durante días y días, iban adquiriendo un color grisáceo, francamente desagradable, lo que daba una mala imagen al mercado de bolsas de plástico. ¡Había que hacer algo con urgencia!

La ACFBP no se lo pensó dos veces e ideó una estrategia para la renovación de los lacitos confeccionados con tiras de plástico amarillas, lo que supondría otro incremento de su cifra de ventas. ¿Y cómo se renuevan esos lacitos? ¡Arrancándolos, para poner otros en su lugar! En eso están.

Ya lo digo: pruebas no tengo, pero indicios... Todo este follón es una conjura de los fabricantes de bolsas de plástico, la ACFBP. Tenía que decirlo. Ya verán como el tiempo me dará la razón. 

Mientras tanto, los restos de plástico se están colando en nuestro ecosistema y en nuestro paisaje, dejándolo que da pena, y todo por el beneficio de unos pocos y perjuicio de todos los demás, ya ven.

Novedad de última hora.
La ACFBP está diversificando el mercado, promocionando bolsas de plástico de más colores.
Foto in situ, por el autor.



La vuelta rápida y el gran chasco (Gran Premio de Italia 2018)

Este año sí, decían en Ferrari. Hace demasiado tiempo que los Ferrari no ganan en Monza y este año todo parecía señalar que podrían ganar. En primer lugar, ya son muchos los que dicen que por fin el Ferrari está un poco (un poquito) por delante del Mercedes-Benz; en segundo lugar, los dos Ferrari se clasificaron los primeros en la parrilla de salida. 


Aquí quiero hacer un inciso. En esa clasificación, el Ferrari de Räikkönen dio la vuelta más rápida de toda la historia de la Fórmula 1 (véanla aquí). Se hizo el circuito de Monza en 1 minuto, 19 segundos, 119 milésimas, que es 01:19:119, un número bonito.

En la misma tanda de entrenamientos, un Sauber con Ericsson al volante tuvo un fallo en el DRS (no se cerró) y su coche salió disparado en línea recta en una curva, a unos 340 km/h. Aparte del susto (morrocotudo) nadie se hizo daño, lo que demuestra lo mucho que ha avanzado la seguridad en estas pruebas. 

La carrera fue... un desastre. Desde el punto de vista de Ferrari, claro. Vettel tropezó con Hamilton en las primeras curvas y dio un trompo que lo dejó detrás de todo y con la suspensión desequilibrada. Con todo, ha remontado y ha conseguido acabar cuarto. Pero pudiendo quedar entre los dos primeros... Räikkönen ha mantenido la primera posición frente al Mercedes-Benz de Hamilton hasta la vuelta 45. Ha sido una persecución implacable. Pero el segundo juego de neumáticos del Ferrari ha salido defectuoso y se ha gastado más de la cuenta, hasta asomar un blister. Hamilton ha aprovechado la ocasión y el Ferrari ha acabado segundo (y eso porque no ha pinchado una rueda, suerte hemos tenido). 

¿Otro año que parecía ir bien que acabará mal? En cualquier caso, ha sido una carrera muy emocionante.

Paseando al perrito



En uno de mis paseos, me paré ante un semáforo en rojo, no fueran a atropellarme. A mi lado se detuvo también una señora, que llevaba un perrito en brazos, uno de esos perros pequeñajos, que tanto pueden ser antipáticos como encantadores. Coincidió que una tercera persona también se detuvo ahí mismo, y conocía a la señora del perrito. Eran vecinas. 

Después del hola, qué tal, la conversación que siguió fue más o menos la siguiente:

---¿Quién es este perrito tan bonito?
---Es Cuqui. ¡Cuqui! ¡Saluda a esta señora! ---dijo la del perrito. 
No se lo pensó dos veces y agarró una de las patas del chucho y la agitó, como si fuera una ventrílocua y el perrito, el monigote que suelen utilizar en el espectáculo. El perrito se dejaba hacer, hacía como que saludaba con la patita que movía su ama sin rechistar, pues estaría acostumbrado a estas tonterías.

En éstas, la vecina preguntó a la del perrito por qué llevaba a Cuqui en brazos.
---Ay, mira, pobrecito, está pocho ---respondió la del perrito, mientras le daba de achuchones.
---Oh, sí, pone mala cara... 
---¿Verdad? ¡Mi Cuquirrinín...! ¿Qué le duele a mi Cuqui? ¿Eh?
---Guau ---respondió el perro, un tanto lastimero.
---¿Y qué tiene?
---No sé, chica. El veterinario me ha dicho que Cuqui necesitaba que lo sacaran a pasear, que no podía ser que se pasara el día encerrado en casa. Y aquí me tienes, llevando a Cuqui de paseo, ¿verdad, Cuqui?
El perrito puso cara de circunstancias, qué remedio. Pero la vecina no acabó de ver claro el asunto del paseo de Cuqui y preguntó:
---¿Y entonces por qué lo llevas en brazos? ¿No tendría que caminar?
---Ay, chica, no, que se cansaría. ¿Verdad, Cuqui? ¿Verdad que se cansaría mi chiquitín?

Se puso el semáforo en verde y las vi partir. Me da que Cuqui suplicaba que alguien fuera a salvarlo.

La ley de Poe


Hola, queridos lectores:

¡Otro artículo de opinión en Metrópoli Abierta! Esta vez, enumerando algunos mecanismos psicológicos que permiten el triunfo de la Alt-Right, esa derecha populista y tan poco democrática que ha hecho su aparición en los últimos años, y no hay más que mirar hacia Trump, hacia el Brexit, el gobierno de Italia o el Procés. 

Se titula La ley de Poe.