No apto para el vuelo


Las tropas aerotransportadas tuvieron su momento de gloria en la Segunda Guerra Mundial. En aquellos tiempos, la única manera de dejar caer soldados tras las líneas enemigas era dejarlos caer con paracaídas desde un avión, aunque el resultado solía ser un tanto caótico, con centenares de soldados desperdigados por todas partes. Además, no podía arrojarse material pesado con paracaídas. Por lo tanto, si uno quería llegar a un sitio en concreto tras las líneas enemigas o pretendía llevar consigo material pesado (motocicletas, jeeps, cañones o cosas por el estilo), tenía que emplear planeadores.

Los primeros asaltos con planeador los llevaron a cabo los alemanes en la batalla de Francia, en 1940. Su asalto al fuerte de Eben-Emael, en el canal Alberto, Bélgica, fue un prodigio de osadía. Los planeadores alemanes aterrizaron, casi literalmente, en el techo del fuerte. La lección fue aprendida y pronto todos los países beligerantes comenzaron a preparar sus propias fuerzas aerotransportadas, y sus propios planeadores.

La relación entre los paracaidistas y los planeadores es difícil de explicar, pero no es buena. En el ejército de los EE.UU., los soldados que saltaban en paracaídas recibían una paga mayor que los que saltaban en planeador, porque se consideraba más peligrosa una cosa que la otra. Sin embargo, pregunten a cualquier paracaidista si se siente a gusto en un planeador sobre territorio enemigo, y le dirá que no. Era fácil que los pasajeros de un planeador acabaran mareados y el peligro de partirse la crisma en un mal aterrizaje no era pequeño, por no hablar de caer derribado por la artillería antiaérea. En tal caso, no había paracaídas para nadie.

Un Horsa en pleno vuelo.

Cuando comenzó a prepararse la invasión y a organizarse una fuerza aerotransportada seria, hubo que pensar en planeadores de combate. El primer planeador de los aliados, el Hotspur, solo admitía ocho pasajeros. Iban a necesitar algo más grande. Entonces se presentó en sociedad el Airspeed AS.51, más conocido como Horsa, en honor de un rey vikingo que no sé qué hizo en Inglaterra, pero nada bueno, seguro.

Observen el diseño modular del Horsa. 
Un prodigio de la ingeniería.

El Horsa se diseñó para veinticinco plazas, con todo el equipaje. También podía transportar un jeep o un cañón contracarro de 57 mm. Estaba todo construido de madera, en tres secciones que se atornillaban entre sí. Disponía de un tren de aterrizaje tipo trípode y era capaz de aterrizar en pistas muy cortas, gracias a sus flaps y a un freno paracaídas. La cola se separaba del cuerpo con facilidad, permitiendo salir a toda prisa del aparato, y la carlinga también podía levantarse, para facilitar la carga o descarga. 

Remolcado por un bombardero, rumbo a la Europa continental.

Se construyeron más de 3.600, aunque no se conoce la cifra exacta, y participaron en las principales operaciones aerotransportadas, sirviendo tanto a los americanos como a los británicos. Estuvieron en Sicilia, el Día D, la operación Market-Garden o el cruce del Rin. Aunque, en teoría, uno podía recuperar el planeador y volverlo a utilizar, eso sucedía muy rara vez, si es que sucedía alguna. Durante la guerra, transportaron a miles de soldados aliados y toda clase de material.

No sobrevive ningún Horsa original. Si acaso partes del fuselaje en un museo u otro. Sin embargo, gracias a los planos originales, conservados todos ellos, pudo construirse un Horsa idéntico a los que se emplearon el Día D. La intención era emplearlo en la película The Longest Day (1962) y filmarlo en pleno vuelo, cruzando el Canal de la Mancha. No pudo ser. Las autoridades británicas, después de examinar el planeador, lo declararon no apto para el vuelo. Hoy se exhibe en Francia, al lado del puente Pegasus, en el museo de Ranville, Normandía. Otras reproducciones (en total, unas nueve), empleadas en otras películas, se exhiben aquí y allá, en los EE.UU. y en Europa. Pero ninguna es apta para el vuelo, según la ley, pese a ser reproducciones exactas de las originales.

Los valientes pasajeros de un planeador británico.

Ahora que venga un paracaidista a decirnos que los pasajeros de los planeadores no corrían tantos riesgos. No aptas para el vuelo...

El puente Pegasus



Stephen E. Ambrose es conocido por el relato que hizo de la Compañía E (Easy) del 2.º Batallón del 506.º Regimiento de Infantería Paracaidista de la 101.ª División Aerotransportada de los EE.UU. El libro, Band of Brothers, dio paso a una serie de televisión producida por Steven Spielberg y Tom Hanks después del éxito de la película Save Private Ryan. Seguramente conocerán su título en castellano, Hermanos de sangre. El autor, que murió en 2002, también escribió un magnífico libro sobre el Día D. Pero antes ya había escrito Pegasus Bridge: June 6, 1944, que Inédita Editores ha traducido como (cómo no) El puente Pegasus.

Es un libro basado en una rigurosa reconstrucción de los hechos a partir del relato oral de los protagonistas, lo que le da un tono periodístico y fresco, y una aproximación más humana a los grandes hechos de armas. En este caso, narra uno de los golpes de mano más brillantes llevados a cabo por los paracaidistas británicos, que libraron el primer combate del Día D al tomar los puentes sobre el río Orne y el canal de Caen, vitales para sostener el flanco izquierdo de la invasión. 

Aunque el golpe de mano es conocido y protagoniza escenas de películas y ensayos, sus detalles no lo eran y este librito resulta muy interesante para los que sentimos curiosidad por estas cosas. Ambrose reconstruye casi al minuto el ataque a los puentes, pero también los largos meses de preparación y el destino de quienes fueron los primeros soldados de la primera batalla del desembarco de Normandía. Para los interesados, muy recomendable.

Equidistancias


Los amarillos se rigen por el lema O conmigo o contra mí, propio del fanatismo e impropio del ejercicio de la política. Por eso, cargan con todas las pólvoras contra aquéllos que critican las acciones del Gobierno de España, pero también las del amarillismo imperante. En verdad, el Gobierno de España pone las cosas fáciles a quienes quieran criticarlo, y no hace falta entrar en detalles, que nos conocemos todos; el grotesco y esperpéntico caos del amarillismo tampoco invita a las alabanzas. Pero el fanatismo es lo que tiene y los amarillos emplean el término equidistante con un deje despectivo, en son de burla o, mejor dicho, de desprecio. A la que uno cuestiona un poco, un poquito, el prusés, queda fichado como equidistante y, por lo tanto, repudiado.

¿Quién sacó a relucir el término equidistante? La historia del lenguaje alrededor del prusés es apasionante y un caso digno de un doctorado de semiótica, pero quién empleó equidistante por vez primera para definir a un tipo que considera el gobierno del PP una catástrofe nacional y el gobierno de los amarillos, otra (aunque, maticémoslo, no tan mala) fue seguramente un tipo de la nueva izquierda (vamos a llamarla así), que no sé si son los que ahora sí que pueden, los comunes, los de Colau, los de Podemos o quiénes, porque, la verdad, no me aclaro con ese lío de coaliciones que llevan. En un intento de jugar con dos barajas e intentar contentar a tirios y troyanos, se inventaron eso de ser equidistantes, en vez de llamarse neutrales, por ejemplo. Cuanto más retorcido el término, mejor: coyuntura mejor que situación; proceso participativo mejor que consulta; etc. Equidistante sonaba bien.

Metáfora de la equidistancia.
El mundo real, sin embargo, rara vez tiene dos brazos y dos platos iguales.

En propiedad, un tipo equidistante es el que se mantiene a la misma distancia de éste que de aquél. Una distancia física (mesurable en metros, en segundos, etc.) u otra moral o filosófica. En algunos casos, la equidistancia es la mejor opción. Por ejemplo, cuanto más lejos esté de esos dos, mejor, porque no quiero saber nada del uno ni del otro, porque mi batalla es otra. De ahí que el mejor equidistante sea, en verdad, el distante, el que no quiere saber nada de tanta tontería y se mantiene lo más lejos posible, como bien explicó en su momento el escritor Javier Pérez Andújar.

Ahora bien, algunas interpretaciones de la equidistancia no son las mejores. A principios de septiembre, saltándose todo el ordenamiento jurídico y sin respetar los derechos políticos y parlamentarios hasta ese momento vigentes, los amarillos intentaron imponer un régimen prácticamente autoritario suprimiendo la actual Constitución e imponiendo otra cosa (catalana) que un gobierno (catalán) podía cambiar a discreción, por el procedimiento de urgencia y en cuestión de horas, sin que la oposición pudiera siquiera proponer alternativas o discutir al detalle la propuesta, y un sistema judicial impuesto a dedo por la presidencia de la Generalidad de Cataluña. Sea usted o no partidario de la independencia de Cataluña, siendo ecuánime, no tendrá más remedio que afirmar que los derechos de la ciudadanía, la separación de poderes o las garantías que supone un Estado de derecho, por ejemplo, iban a ser mucho peores en el sistema propuesto que en el entonces (y ahora) vigente. ¿El de ahora es mejorable? Sí, no lo dudo, pero el propuesto lo empeoraba.

En cambio, la aplicación del artículo 155 es reversible, legítima y legal y no ha habido para tanto. De hecho, hemos pasado unos días más tranquilos, que buena falta hacía. No todos comparten mi opinión y algunos creen que no ha sido legítima o legal, por ejemplo. Por eso, se ha presentado hace poco un recurso ante el Tribunal Constitucional por la aplicación de esta ley, y veremos qué se concluye, pero hay que notar que la Ley de Transitoriedad Jurídica que aprobaron los amarillos no permitía que ésta fuera cuestionada, bajo ningún concepto. Es decir, no era lo mismo ni proporcionaba las mismas garantías. 

Podemos decirlo así: Una cosa era muy mala y podía haberse evitado y la otra, simplemente, no es buena, pero no hubo más remedio que aplicarla (añadiendo que se ofreció la oportunidad de no aplicarla a cambio de un adelanto electoral). Los que se definen a sí mismos como equidistantes (con una nota de orgullo) dicen, por el contrario, que una cosa fue mala y la otra, igual de mala (a veces incluso peor, por ser de derechas quien la aplicó). Los que insultan a otros llamándolos equidistantes no soportan que se compare lo que ellos hicieron con lo que hizo el Gobierno de España y se pongan ambos a la misma altura de maldad o incompetencia.

En una balanza de contrapeso, no funciona la equidistancia.
En el mundo real, tampoco (o pocas veces).

Ojo: no hay que ser equidistante. Hay que ser ecuánime.

Es decir, si tal cosa es mala porque la hace A, es igual de mala si la hacen B, C o D. Si tal cosa es mala o no lo es según la haga A, B, C o D, entonces no somos ecuánimes y no podremos afirmar que nuestros juicios son objetivos y racionales, porque no lo son. Algunas equidistancias pertenecen al primer caso, pero algunas, al segundo.

Si uno defiende la medicina y otro se planta defendiendo tonterías como el reiki, la homeopatía o la acupuntura, no hay que ser equidistante. Todo lo contrario. Hay que estar con la ciencia y mantenernos distantes del disparate. Lo que vale para curar enfermedades del cuerpo, vale para manejar un cuerpo político. Equidistancias, las justas. Ecuanimidad, siempre.

Porque, en resumen, en política hay que ser ecuánimes, porque la política tendría que basarse en hechos contrastables y verificables y en juicios racionales, pero ¡qué les voy a contar! Pasen, vean y luego lean, que es una manera de conservar la inteligencia en medio de tanta tontería.

Cosecha de Reyes



Cuál sería mi sorpresa al encontrar, entre toneladas de carbón... Por cierto, ¿nadie está interesado en unos cuantos quintales de antracita? ¡Al grano! Entre tanto mineral, dí con una funda nueva para el sable (En garde!) y alguna cosita más.


Entre los presentes recibidos, destacan los vídeos de una mítica serie de la BBC, la que protagonizó Peter Cushing entre 1956 y 1966 haciendo las veces de Sherlock Holmes. Por méritos propios, forma parte de las interpretaciones más estimadas por los sherlockholmesianos, y en verdad el físico de Cushing es ideal para interpretar al detective consultor del 221B de la calle Baker. Así, sumo algunas películas más a mi pequeña colección sobre Sherlock Holmes. ¡Bravo!

Libros, claro, que no falten. Hablaré de todos ellos en detalle un día u otro. Ahora, venga su presentación.


El primero, una concesión a la literatura de evasión, con el Eva, de Pérez-Reverte. El tal Falcó, un cínico agente secreto del bando franquista durante la Guerra Civil, es un personaje que ha llegado para quedarse en un par de novelas y seguramente en una tercera. Si habrá más, pregúntenle a don Arturo.


Luego, un título de Ático de los Libros que enseguida me llamó la atención, Montecassino, de Peter Caddick-Adams. Leí su doble biografía de Rommel y Montgomery y me causó muy buena impresión. Además, prestaba atención a algunos asuntos militares, como el trabajo de los Estados Mayores, que en muchos otros ensayos suelen pasarse por alto y su visión de la campaña de Italia durante la Segunda Guerra Mundial me interesa. Le tengo muchas ganas.


El tercer libro, acompañado de muy buena prensa, es el precioso volumen de La guerra en Grecia y Roma, de Peter Connolly, que es también un caramelo para un servidor de ustedes, que le pondrá la mano encima tan pronto como pueda. Dicen y cuentan que es de lo mejor en su género. Vamos a ver.


Finalmente, como cada año, les pedí el Ferrari con todos los gastos pagados a Sus Majestades y tal, pero me temo que tendrá que ser otro año. Quizá con los derechos de autor de la Historia torcida de la Filosofía... ¡Quién sabe!

Qué está pasando en Cataluña



Eduardo Mendoza es una persona sensata y culta. Estos dos adjetivos no son frecuentes, hoy en día, y tenemos que agradecer que, además, escriba muy bien. Catalán de toda la vida, barcelonés por más señas, se siente incómodo con el nacionalismo y lo ha manifestado en numerosas ocasiones. A la vista del prusés y sus excesos, con el ánimo encogido por cierto pesimismo (porque, como es sabido, los buenos humoristas son todos pesimistas), se propuso escribir un pequeño panfleto con sus reflexiones personales que tituló Qué está pasando en Cataluña y que publica Seix Barral. 

Me lo dejaron en el plato en una comida familiar, durante estas fiestas. Ayer pasé de la cubierta. Se lee en un abrir y cerrar de ojos, en un pispás, casi sin que uno se dé cuenta. Como su autor es persona sensata y culta, ya lo he dicho, da gusto leerlo. Uno no tiene que estar de acuerdo con todo lo que dice, pero entonces se obliga a razonar con la misma cordura que su autor, y éste es un ejercicio tan saludable como raro en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Yo, por ejemplo, no creo en el carácter de los pueblos (sí en el de las personas). Si acaso, los pueblos tienen una cultura y es fácil comprobar como esa cultura es manipulada constantemente por el poder, sabe Dios para qué, aunque nos lo imaginamos. Mendoza, en cambio, habla del carácter catalán y llegados a este punto entiendo lo que dice y sueño con sentarme en un café a discutir amablemente sobre este aspecto, dispuesto a aprender y comprender, que es como hay que discutir entre personas civilizadas. No sé si Mendoza me convencería, creo que no, pero seguro que saldría de esa conversación mejor que entré.

Breve, claro, conciso, Mendoza expone con un estilo soberbio lo que él piensa, y me da igual lo que usted piense, porque, sea lo que sea, se aprende mucho observando cómo escribe, cómo expone, con qué cuidado traza su argumento este gran escritor. La aparente simplicidad del texto amaga un profundo dominio del lenguaje y el discurso, y un trabajo que no habrá sido fácil. ¡Prueben de escribir así! Verán por qué, acto seguido, aplaudo al maestro.

¿Qué es la Ilustración?


Kant, Manolo para los amigos, es un grandísimo filósofo. Sin embargo, sus obras tienen fama (muchas veces merecida) de ser de difícil lectura y muy pesadas de leer. Lástima, porque su obra es una de las más influyentes y fundamentales del pensamiento occidental. Suyo es el último intento de dar carta de autenticidad a la metafísica y pardiez, que casi lo consigue.

Pero lejos de esos textos críticos de tanta enjundia, escribió algunos pequeños opúsculos, principalmente sobre política y moral, que son una pequeña maravilla y que recomiendo leer a cualquiera que esté interesado tanto en la Ilustración como en la política. Son breves, tratan de asuntos que interesan a todos y aunque a veces Kant se nos va por las ramas (es Kant, qué le vamos a hacer), su magnífica intuición, lógica y precisión merece nuestra atención. 

Taurus ha recogido algunos de estos textos en un librito que titula como uno de sus ensayos más famosos: ¿Qué es la Ilustración? En este ensayo, precisamente, proclama el Sapere audem! que marca toda una época, una filosofía y un reto presente y futuro. Hablará de la paz perpetua, de una federación mundial de Estados, del derecho a expresar libremente las ideas de cada uno... Es una lectura básica y actual. Oh, sí, ¡mucho más actual de lo que creen muchos!

Si tiene algo entre las dos orejas llamado cerebro y lo utiliza de vez en cuando para razonar sobre nuestra sociedad, lea esto de Kant. En serio, léalo. Y piense después. Kant es muy grande, ya verán por qué, y también verán por qué tantos líderes que nos rodean son tan, tan pequeños.

Tabarnia


Para Heidegger, el Mundo era el progreso, la Ilustración, el cosmopolitismo, y por lo tanto era lo malo. La Tierra, en oposición, era la guardiana de la esencia del ser (humano). Su culto a lo ancestral, cerrado y conformador de una esencia patria se oponía radicalmente a un espíritu valiente, abierto y dispuesto a compartir porque, eso decía, en el progreso perdemos aquello que nos define esencialmente. Este argumento le iba que ni pintado para defender sus tesis nacional(social)istas y eso es lo que se dibuja cada vez más a menudo en los mapas de todo el mundo, una tensión naciente, cada vez más aguda, entre la Tierra y el Mundo.

En la ciudad se reúne el Mundo al que se opone la Tierra.

La ciudad, por definición, es a la vez motor y consecuencia del progreso, es un lugar abierto y cosmopolita, donde se reúnen personas, capitales e ideas que han de compartir un pequeño espacio, y no puede ser de otra manera. La ciudad es la encarnación del Mundo que definió Heidegger, que era más del campo, de la Tierra. 

En el Mundo.

En la Tierra.

Nacieron las ciudades como hogar de la industria, el comercio, el arte, la cultura, la ciencia... y hoy en día se señala un nuevo auge de la ciudad, semejante al que se vivió en la Edad Media y luego en la Revolución Industrial. Las ciudades ganan peso en la economía y la política y quieren gozar de más independencia frente a los gobiernos centrales y regionales. Son más dinámicas y su administración es la más próxima al ciudadano. Tanto si cree en el Estado del Bienestar (como es mi caso) como si prefiere el liberalismo económico, la ciudad tendría que disponer de más poderes.

En los países más desarrollados de la Unión Europea, el presupuesto público se reparte más o menos así: un 40% para el Estado, un 20% para los gobiernos regionales, un 40% para las ciudades. En España, en cambio, el presupuesto para las ciudades es apenas del 20%, contra un 40% para el Estado y otro tanto para las Comunidades Autónomas, y eso crea tensiones. Las crea especialmente en Madrid y Barcelona, las dos grandes urbes españolas. Sevilla, Bilbao o Valencia, aunque son núcleos urbanos importantes, no tienen la masa crítica suficiente, pero sí que podrían compartir algunas reivindicaciones de esas dos grandes zonas metropolitanas.

El caso de Madrid está mejor resuelto porque está, por un lado, el Ayuntamiento de Madrid y por el otro, una Comunidad Autónoma uniprovincial. Dejando a un lado el área metropolitana madrileña, el resto de la provincia apenas tiene peso demográfico, social o económico, por lo que un gobierno regional es el gobierno de una gran ciudad y sus alrededores. Dista mucho de ser la solución perfecta, pero es un buen punto de partida. 

En Barcelona, en cambio, la Comunidad Autónoma (Cataluña) ahoga a la zona metropolitana de Barcelona, que suma alrededor de cinco millones de habitantes (más de 1.700.000 en Barcelona ciudad y el resto a su alrededor, a los que sumar la zona costera hasta más o menos Tarragona, que también dependen de ella). Cuando el alcalde Maragall quiso crear un gobierno metropolitano de Barcelona, para gestionar el Mundo de esta gran urbe, el corrupto presidente Pujol puso por delante la Tierra e hizo todo lo posible para impedirlo. De ese intento sólo subsiste el Área Metropolitana de Barcelona (formada por 25 municipios) que gestiona algunos servicios públicos básicos (el agua y el alcantarillado, por ejemplo) y el transporte público. 

La consecuencia de todo ello es que el voto metropolitano vale menos que el voto del territori (en catalán, del territori quiere decir, eufemísticamente, de pueblo, o, en heideggeriano, de la Tierra); que la metrópoli barcelonesa genera bastante más del 80% de la riqueza del país y recibe menos del 60% de la inversión pública (el resto de Cataluña tiene superávit fiscal); que la situación se eterniza porque los partidos en el poder (nacionalistas, de la Tierra) no obtendrían el mismo rédito electoral si un voto del Mundo (Barcelona) valiera lo que un voto de la Tierra (el territori); etc. Así que Barcelona vive ahogada y no puede dar más de sí porque no le dejan, y esto es un hecho objetivo.

Repito: Esta situación se da en otras grandes ciudades europeas y americanas, pero también asiáticas o africanas. Las ciudades quieren más poder e independencia porque se ven sujetas a una rémora, la Tierra, que no las permite avanzar y progresar lo suficiente. Véase, sin ir más lejos, lo sucedido en Londres en relación con el Brexit.

La solicitud de hacer de Tabarnia una nueva Comunidad Autónoma ha conseguido casi 200.000 firmas en menos de seis días. Poca broma.

Hace unos años, en plan de broma, alguien propuso independizar Barcelona (la zona metropolitana) del territori, de la Tierra, de Cataluña, del resto, y bautizó Tabarnia al Mundo en Cataluña. A mí me hubiera gustado más Cataluña Oriental, pero Tabarnia ha caído en gracia.

La guasa empleaba exactamente los mismos argumentos que empleaban los independentistas catalanes y la verdad es que si una cosa vale para un caso, vale para el otro. Lo que entonces quedó como una anécdota (que comenté en su día en El cuaderno de Luis, hace un par de años) hoy molesta, y mucho, al independentismo. Su reacción ante la broma ha sido tan visceral que no ha hecho más que extenderla como una mancha de aceite, y más se extiende la idea de Tabarnia, más duele. 

Duele porque es poner a los amarillos ante el espejo de una realidad que niegan persistentemente. La primera, que todos y cada uno de sus argumentos a favor de la independencia de Cataluña valen lo mismo para la separación de Tabarnia de Cataluña. Porque si un argumento es válido para que una parte de la sociedad rompa el contrato social que la une con la otra parte en un Estado social, democrático y de derecho (como es el caso), el mismo argumento tiene que ser válido para que una parte de esa parte pueda también romper con ésta, y así ad infinitum. De hecho, la Ley de la Claridad del Canadá va por aquí, léanla, y por eso no gusta nada a los amarillos.

La segunda realidad es que pone en evidencia que Cataluña no es un solo pueblo apegado a la Tierra, à la Heidegger, sino que existe una parte importante de ese pueblo más aficionada al Mundo. Existen dos millones de catalanes apegados a la Tierra con la cerrazón heideggeriana y el resto, a su bola; un pueblo en amarillo y otro, multicolor. Ésa es la realidad con la que tienen que vivir... y no es la verdad en la que creen. No es un pueblo, una república y un presidente, sino algo más y mejor, afortunadamente. Pero, ay, entre la Tierra y el Mundo se abre el abismo de la estupidez.

Circunscripción única


En Cataluña, presos de una ley electoral de tiempos de Franco (que no hemos sabido cambiar en casi cuarenta años), disfrutamos de un sistema d'Hondt para el reparto de escaños en cuatro circunscripciones, con provincias sobrerrepresentadas. Siempre hago el ejercicio de comprobar la diferencia del actual sistema con otro con Cataluña de circunscripción única. Manteniendo la Ley d'Hondt y un 3% del voto emitido mínimo para obtener escaño, sale esto:

(Partido / número actual de escaños / número de escaños hipotéticos)

C's / 37 / 35
JxCat / 34 / 30
ERC / 32 / 30
PSC / 17 / 19
Comuns / 8 /10
CUP / 4 / 6
PP / 3 / 5

Si se suprimiera ese límite del 3% (perdón por la casualidad), quedaría todo igual, excepto ERC, que perdería un escaño para dárselo a PACMA, que entraría en el Parlamento de Cataluña.

P.S.: Hace dos días, cuando colgué la lista, se me olvidó apuntar el resultado actual e hipotético de los comuns, fallo que ya está corregido.

Rodeado de amarillos


Ayer me estrené como apoderado de mi partido. Fuí aplicado y obediente y me presenté hacia las ocho de la mañana en el colegio electoral, para encontrarme rodeado de amarillos. En mi colegio había cinco mesas electorales y a primera hora de la mañana ya había cinco amarillos por mesa (interventores aparte) y luego fueron llegando más. Uno contra quince. Luego divisé a dos naranjitos y a media mañana llegó un matrimonio de azules, pero él se puso malito y se quedó ella sola. También me enviaron refuerzos a mí, gracias, un chaval muy majo que tenía un largo historial de elecciones a sus espaldas. La proporción final fue de seis amarillos por mesa, más o menos, interventores aparte, contra uno de cualquier otro color.

El conjunto de los amarillos contenía personajes estereotipados. El más temible de todos ellos, el personaje de la tieta. La tieta es una mujer a la que no quisieras tener de suegra por nada del mundo. Se distingue por su permanente de peluquería, su abrigo de pieles, su maquillaje, su tono imperioso, incontenible, mandón, el que te obliga a callar durante las comidas de Navidad, por no hacerle un feo a tu mujer. Todo lo sabe, todo lo quiere como a ella le gusta, todo lo mangonea y pobre de ti que se te ocurra suspirar que no estás de acuerdo con lo que piensa, porque entonces te tragas el discurso de la tieta durante muchos, muy largos e interminables minutos. Sus intervenciones antes, durante y después del recuento hicieron a un presidente y dos vocales de mesa dignos de ir al cielo en la gloria del martirio. Con una hay suficiente para amenizar la jornada.

En honor a la verdad, el personaje de la tieta es predominante entre los amarillos, pero no es exclusivo. Un incidente de la jornada lo protagonizó una tieta del otro bando que se arrojó con todo su ánimo contra la mesa donde se disponían las papeletas en el orden asignado por la Junta Electoral. ¡Es que no están bien puestas, joven!, aseguró, y sin pensárselo dos veces y delante de todo el mundo, procedió a hacerse con los paquetes y ordenarlos a su gusto. De mutuo acuerdo, auspiciado por la necesidad, la urgencia y el peligro, conseguimos que esa señora abandonara el colegio y dejara las papeletas tranquilas entre todos, amarillos y demás colores, pero nos costó (no exagero) dos horas y la ayuda de la policía. Entre otras cosas, porque a la tieta de fuera se le opuso la tieta de dentro y un debate entre tietas es... En fin, huyan, créanme, salgan corriendo si tal ocurre delante de ustedes. Al final, una sufrida muchacha amarilla, muy voluntariosa, la acompañó hasta su casa porque la tenía vista del barrio y la pobre regresó con un síndrome postraumático.

Hubo un incidente anterior. Un tipo disfrazado con la parafernalia de los amarillos (lacitos, chapas con lemas patrios, etcétera), que era todo un armario, comenzó a increpar a todo bicho viviente, a voz de grito, y me tocó sonreír cuando el tipo me dijo que era (si mal no recuerdo) un perro fascista, un cerdo español, un puto traidor, y me prometía futuros ajustes de cuentas en alguna cuneta. Los amarillos se pusieron blancos, pues temieron que les echáramos en cara el espectáculo, y acudieron a la policía. Con mucha discreción, nos lo sacaron de encima y ya está. Era un tipo con problemas, con independencia de sus colores. Nadie le dio más importancia. Visto y no visto. 

El tercer incidente fue una reclamación por un voto nulo en la última mesa, en el último momento. Las cuentas no cuadraban, no cuadraban, y cuando el desespero se adueñaba del personal y la tieta se encontraba en su salsa, se consiguió cuadrarlo todo. ¡Albricias! Y entonces... ¡Quiero presentar una reclamación! Estaba en su derecho, pero... En fin, qué les voy a contar.

Llegué a la sede del partido con todas las copias de las actas pertinentes bien pasada la medianoche. Nadie parecía muy animado y a mí se me fue el santo al cielo al descubrir que sólo me habían dejado algunos cacahuetes. Mientras rebañaba el plato en busca de algo que llevarme a la boca, uno se subió a una silla y nos dijo que éramos estupendos, los mejores y esas cosas tan épicas que se dicen cuando a uno le han dado del derecho y del revés. Yo, en efecto, lamenté la situación, porque me había hecho ilusión de cenar algo más que el resto de una bolsa de cacahuetes. Estaba reventado.

Pero fue muy divertido y provechoso. Es una experiencia que recomiendo. Además, qué narices, tenía que hacer algo y  no se me ocurrió nada mejor que hacer. Díganme tonto... y échenme más cacahuetes, por favor.

El patio está que da pena


Rull o Turull, uno de los dos (suelo confundir al uno con el  otro), participó en un programa de debate electoral en TV3, donde se puso en evidencia cómo está el patio, y está que da pena. 

En una de éstas, el candidato Domènech, que representa a... Ay, ¿cómo se llaman? Otros que me hago un lío... No sé si son comunes, de Podemos, de Ahora sí se puede o qué... Es igual, ya saben de quién hablo. Pues va el candidato y le echa en cara al otro candidato, al de CDC (porque, recuerden, Junts per Catalunya se presenta bajo el paraguas de ¡CDC! para poder cobrar subvenciones electorales), le echa en cara, decía, los programas sociales del gobierno del señor Puigdemont. 

Mejor dicho, le echa en cara que no hubiera tales programas sociales y que el 30% de los niños catalanes (se dice pronto) vivan en riesgo de pobreza (si no son ya directamente pobres). Una pregunta pertinente. Es más, obligatoria. ¡Bravo por el señor Domènech!

¿Qué respondió el señor Turull, Rull, o quien fuera de los dos? Que yo he venido aquí a hablar de democracia, dijo, con dos cojones, y que si ustedes quieren hablar de pantanos, yo no entro en el juego. Se montó una bronca, porque el señor Rull, o Turull, no sé, dijo que él no pensaba hablar de esas cosas, sino de restituir al presidente, porque hablar de cuántos pobres hay no es democracia, pero pretender que regrese al cargo un tipo que montó el pollo y nos dejó a todos plantados, sí.

Bueno, así está el patio. No parece que esté muy bien.

Sigue lo del patio


El candidato huido de la justicia responde desde Bruselas a una entrevista para La Vanguardia. Van y le preguntan qué le gusta más de España y responde que, entre otras cosas, Cortázar. Entre otras cosas.

Julio Cortázar era argentino. Nació en Bélgica, murió en París, vivió en Argentina hasta los años 50 y luego vivió en varios países europeos, hasta nacionalizarse francés en 1981 en protesta por la dictadura argentina. Es uno de los grandes de la literatura en lengua española del siglo XX (es, por lo tanto, muy grande), pero no fue español (aunque vivió un tiempo en España).

Eso nos pasa por dejar que nos manden gentes que no saben leer. Así está el patio.