Comienza la promoción



Queridos lectores, si alguno tengo: 

Comienzan las citas para promocionar la Historia torcida de la Filosofía. De aquí a unos días, sufriré una entrevista en una emisora de radio y luego, en otra. No me supone un problema y lo admito como parte del trabajo de un autor. Pero, si me paro a pensar en ello, impone un poco.

Un coche de policía


Si alguna simpatía tuve por Ciudadanos, hace ya tiempo que se marchitó. Se arrojaron a la piscina del neoliberalismo y algunas de sus formas me desagradan. No respetaré sus ideas, pero sí su derecho a sostenerlas y defenderlas, siempre desde la razón y la crítica, la suya y la mía. Lo dicho vale para todas las demás formaciones políticas: cualquier idea merece ser tenida en cuenta y ha de ser discutida de manera crítica y racional; a la que interviene la fe y el fanatismo (una cosa y la otra son inseparables), a la que la república (la res publica, lo que es de todos) se convierte en una creencia, en un nosotros frente a un ellos y no en un ejercicio responsable de la confrontación de políticas e ideas, mal asunto, muy mal asunto.

Cerca de donde trabajo está la sede de Ciudadanos de Barcelona. Es llamativa, porque el color naranja de la formación no es precisamente discreto y sus ventanales ocupan toda una planta baja y un entresuelo, que se ven de una hora lejos. Esta mañana, al pasar por delante de su sede, un coche patrulla de la policía montaba guardia y se acababa de retirar otro que había reforzado la vigilancia esta noche pasada. Hasta ahora, y llevo un año pasando por delante cada día, no había visto policías de guardia; pero la situación (así, en cursiva) lo ha aconsejado.

En el mismo orden de cosas, una sede del PSC que lleva unos meses en mi barrio, que visitan de vez en cuando dos y el cabo (qué dedicación a la causa tienen algunos militantes, no deja de asombrarme a mí, que soy tan vago)... Esa sede, decía, fue apedreada ayer con unos ladrillos de considerable tamaño y dos personas que estaban ahí dentro sufrieron una agresión a manos del tipo que, a ladrillazos, se abrió paso hasta el interior de la sede. Un exaltado, me cuentan, y no hace falta que me lo juren. No es la primera, ni será la última, agresión que un partido político sufre en Barcelona. Añado, inmediatamente, que quienes más agresiones sufren son aquéllos cuyas ideas no coinciden con las que se exaltan desde el poder de la plaza de Sant Jaume, dato a tener en cuenta.

Lo que tendrían que ser anécdotas aisladas (pues siempre habrá cafres de uno u otro signo) se convierte en, hace ya tiempo que es, un síntoma de enfermedad política. Si no puedo decir en voz alta lo que pienso por miedo al insulto, al descrédito..., no creo que vayamos bien. Lo que quería decir desde el principio y digo ahora es que todo esto me produce una insondable tristeza. La sociedad en la que vivo está enferma y no veo médicos cerca.

En una democracia, la voz discrepante ha de ser atendida y combatida siempre desde la razón, si uno no está de acuerdo con ella, y su libre expresión ha de ser un tesoro, mientras no atente contra el bien común acudiendo al fanatismo (entonces, ni agua). Entre otras cosas, porque incluso el personaje más imbécil puede tener una buena idea o decir algo sensato. Quien, automáticamente, tilda de fascistas a los que no piensan como él se aproxima algo más que la media a lo que es un fascista, o demuestra muy a las claras que no sabe, no conoce o no ha experimentado el fascismo de verdad y que quizá tendría que conocerlo o experimentarlo, para hablar con propiedad y darse cuenta de lo idiota que ha sido; posiblemente el bocazas no sea más que un estúpido, en la mayor parte de los casos, y la estupidez es algo lamentablemente común. Pero también es cierto que hay quienes se aproximan más al fascismo que otros, y son aquellos que van con la fe por delante, la verdad a medias y la razón, de vacaciones en el exilio.

En librerías




Antepasados ilustres


Hacia 1740 (no recuerdo la fecha exacta), el conde don Juan de Soravilla tuvo que poner los pies en polvorosa perseguido por una muchedumbre de maridos cornudos y padres de doncellas desfloradas. Salvó la vida de milagro y vivió en el exilio el resto de sus días. Ahí queda eso, pero nada que ver conmigo, que no me como un rosco y que perdí el título nobiliario hace lo menos un par de siglos por eso que llaman línea de primogenitura. Con este ejemplo quiero ir a parar a que una cosa es lo que hicieron tus abuelos o tus padres y otra es la que hagas tú ahora. Tú eres responsable de tus actos, no de las tropelías que cometió un antepasado, eso ha de quedar claro. 

Eso viene al colación porque la prosperidad de Cataluña (quizá, mejor dicho, de algunos catalanes) se fundamenta en sucesos poco convenientes y vergonzosos para el discurso oficial, sea el nuestro, el de ahora mismo, o sea el de hace aproximadamente un siglo. Véase.

La primera, en la frente. Gracias a los Decretos de Nueva Planta (publicados entre 1707 y 1716) se abolieron las servidumbres medievales en los reinos de Valencia, Aragón y Mallorca y del Principado de Cataluña, como también las del reino de Castilla, que suelen pasarse por alto. La manufactura y el comercio conocieron un importante beneficio al librarse de tales ataduras y en fecha tan temprana como 1724 ya había en Barcelona varias salas de esgrima y se solicitaban permisos para abrir algunas más. Recordemos que la esgrima era, entonces, una afición limitada a gentes adineradas y no es baladí notar la llegada de maestros de armas italianos y franceses a Barcelona. 

Pero la acumulación de capital que permitió dar el gran salto se produjo a mediados del siglo XVIII, cuando se derogó el monopolio de las Américas y los marinos catalanes pudieron comerciar desde Barcelona, Tarragona o los puertos del Maresme, entonces los más activos. El capital que luego explicaría el auge industrial de Cataluña procedió de dos actividades que... eh... En fin, procedió del contrabando de licor y el tráfico de esclavos.

En aquel entonces, el vino catalán era de muy mala calidad y la uva recolectada se empleaba para hacer aguardiente, a falta de nada mejor. Entonces surgió el negocio: los suministros de ron de la Royal Navy escaseaban y sin ron no había flota capaz de batirse. Algún corsario inglés pasó por Cataluña, compró ese aguardiente amarillo que aquí se producía, vio que, pese a no ser excelente, tenía mucho alcohol y de ahí a suministrar de grog a la Royal Navy, un paso. El grog, ese legendario licor de los marinos británicos, es, en su origen, groc, que en catalán es amarillo, por si no lo sabían. Ah, y por si no sabían otra cosa: todas esas ventas (que sumaron mucho dinero) se hacían de contrabando, porque, por aquel entonces, la Royal Navy era... ¡el enemigo! Es decir, los primeros terratenientes catalanes que acumularon el capital necesario para las inversiones comerciales e industriales eran, directamente, delincuentes (lo menos, oficialmente, hasta 1808).

Lo del tráfico de esclavos es más jodido y menos divertido, por razones obvias. Aunque Cádiz era el puerto principal de este mal negocio, los capitanes catalanes hicieron una gran fortuna con este mercadeo de personas y los terratenientes catalanes que se instalaron en Cuba, también. Las grandes fortunas catalanas que se iniciaron a partir de 1830 provienen, en su mayor parte, de ese tráfico abyecto. Suenan apellidos como Güell, Vidal-Quadras, López, Blanco, Rovirosa... que ya sabíamos, y muchos más que no sabemos.

Eso que tanto disimulamos, que es nuestra historia.

Un libro reciente sobre este asunto, muy serio, ha sido publicado por la Editorial Icaria, Negreros y esclavos (http://www.icariaeditorial.com/libros.php?id=1668) y gracias a él sale a la luz que don Artur Mas, que fuera presidente de la Generalidad de Cataluña y maestro de la tijera, luego devorado por sus propios hijos (metáfora política), tiene antepasados negreros.

Eh, ya vale. No tiene la culpa. No pasa nada. El tipo no es responsable de lo que hicieron sus antepasados. Eso he dicho y eso mantengo. Pero ¡vaya antepasados! 

Su tatarabuelo, Joan Mas Roig, capitán del falucho Pepito, transportó a 825 esclavos de África a Brasil durante la segunda mitad de 1844.  Pere, el Pigat (el Pecoso), su hermano, ya era capitán de una goleta negrera con 18 añitos de edad y siguió traficando con esclavos veinticinco años más, lo menos, capitaneando varias naves a lo largo de su carrera y transportando, en total, algunos miles de esclavos. En 1861 todavía viajaba con esclavos a bordo de Barcelona a Cuba.

Aquí, el señor Mas haciendo ver que trabaja, posando para el fotógrafo.
Al fondo, la famosa rueda de timón de la que presume tanto.

El personaje se valora por lo que hace, no por quién fue su tatarabuelo. Ya saben que mi valoración del señor Mas no es muy positiva y la causa es su nefasta política de recortes, exaltaciones patrias e ideologías carcas; no tenía ni idea de quién era o qué hacía su antepasado tal o cual, y no importaba demasiado, ni me importa, a la hora de opinar sobre sus actuaciones. Ahora bien, ¿no se acuerdan de su afición a dejarse ver con la rueda del timón de sus abuelos? 

El señor Mas, posando con la rueda del timón y esa modestia natural en él.

Recuerden: Durante los primeros meses del prusés, no se hablaba del choque de trenes, sino de un viaje a Ítaca, y el señor Mas se autonombraba el timonel que nos llevaría por la derrota más segura hacia ese anhelado puerto, y venga a fotografiarse con la rueda del timón de marras, aquí y allá. ¿No se acuerdan o prefieren olvidar? Porque también es mala suerte que después de presumir durante tantos años de un linaje marinero, resulte que los marinos en cuestión eran, ay, negreros.

¡Cras! y adiós (Gran Premio de Singapur 2017)


Pintan bastos después de esta carrera para Ferrari, y eso que pintaban oros después de una clasificación excelente. Mercedes-Benz no parecía estar en su mejor momento ni en el mejor lugar y la pole fue a parar al primer Ferrari. El día de la carrera, hoy, ha llovido a raudales y todos los equipos han cambiado neumáticos. Luego, se han dicho, ya se secaría la pista.


La lluvia fue premonitoria. Nada más salir... ¡Cras! Raikkonen intenta avanzar por el exterior y por un quita de allá que vengo yo, choca y desmonta su coche. Con tan mala fortuna, además, que le da por detrás a Vettel, que tiene que abandonar tres curvas después, por daños. Así, sin dar siquiera una vuelta, los dos Ferrari se han visto fuera. Ha ganado Mercedes-Benz, claro, quién, si no.

Hay quien dice que no sólo hemos perdido la carrera, sino también, seguramente, el campeonato.

Es la hora de los lectores



Comienzo a recibir fotografías de mis lectores. ¡Ya tengo el libro!, me dicen, y parecen contentos.

No es para menos. Ha llegado su hora, la de leer, y después de su lectura llegará la sentencia. 

El autor sufre por la sentencia (¡no va a sufrir!), pero también porque su criatura ya ha abandonado el nido. Ya no le pertenece. Bueno, sí, los derechos de autor todavía le pertenecen (lo que queda después de Hacienda, agentes literarios y gastos varios), pero la obra... La obra ya no. La obra ya tiene vida propia. Se pasea por las librerías y se ofrece al primero que pasa, la muy golfa. 

Es una sensación... rara. Supongo que será común en muchos autores. 

Cómo contar manifestantes (a ojo)


Un tema polémico, siempre, es el de contar manifestantes o asistentes a un gran acto público. Existen métodos casi infalibles. Mediante fotografías aéreas in situ y programas informáticos especializados, pueden contarse los manifestantes uno a uno y alcanzar una precisión asombrosa. Lo que ocurre es que, entonces, el resultado provoca más polémica que otra cosa, porque la leyenda del millón es un acto de fe y la razón de los hechos no convence. 

A modo de ejemplo, una misa en Fátima que había reunido cerca de un millón de personas (a decir de los organizadores) no había llegado a sumar ni cincuenta mil, contadas una a una, lo que provocó la airada protesta de los feligreses, que se creían muchos más que 47.981, más menos un 2%. La empresa que contaba manifestantes, por cierto, acabó quebrando porque sus cifras, incontestables, eran constantemente puestas en duda con un ¡No puede ser! ¿No somos un millón? ¡Esto está mal!

En fin... Por eso no es bueno creer lo que nos dicen. Todos mienten.

Si uno quiere ponerse a contar, lo primero que tiene que hacer es calcular la superficie que ocupa una manifestación, en metros cuadrados. Tiene a su favor algún programa de Google que le permite contar distancias y medir la longitud y la anchura de una calle. También, en los tiempos que corren, sobradas fotografías para ver dónde acaba o empieza la manifestación. 

A esos tantos metros cuadrados hay que restar un porcentaje donde los manifestantes no podrán estar: huecos de árboles, entradas a aparcamientos, etcétera. Suele ser alrededor de un 10%, podría llegar a un 20%. Pero eso depende del lugar y ese ajuste mejor hacerlo hacia el final. Esto se hace rápido, es fácil.

Luego, la concentración: ¿cuánta gente hay por metro cuadrado? 

Por regla general:

Si una manifestación se mueve, si la gente camina, nunca podrá superar una concentración de una persona por metro cuadrado. Si camina a paso normal, quizá sea una persona cada tres o cuatro metros cuadrados, como mucho.

Si no se mueve, pero en una fotografía tomada desde arriba en en ángulo de unos 45º pueden verse las piernas de las personas, lo mismo que si caminasen normalmente. Si pueden verse las cinturas de los asistentes, pero no los pies, entonces se mantiene un valor próximo (por debajo) a una persona por metro cuadrado.

De una a dos personas por metro cuadrado estamos en ese punto en que la gente puede moverse sólo un poco, quizá dar un pasito (una por metro), o no puede moverse, porque entonces se tocaría con otra persona (dos por metro).

Tres a cuatro personas por metro cuadrado es apretujamiento. Tres es estar tocándose con todos tus vecinos, lo quieras o no; cuatro es apretarse contra los vecinos, incómodamente, sin casi poder moverse. En un vagón de metro en hora punta se rozan (nunca mejor dicho) las cuatro personas por metro cuadrado. En una manifestación, cuatro personas por metro cuadrado es una cifra peligrosa, si ocupa una gran superficie, pues puede provocar avalanchas, accidentes, desmayos, etc.

Más de cuatro por metro cuadrado es un apretujamiento extremo que implica necesariamente avalanchas. Es muy peligroso.

Instrumento para contar manifestantes, hoy en desuso.

En su día, las cabinas telefónicas iban fantásticamente bien para realizar estos cálculos, pues una cabina de las antiguas media, aproximadamente, un metro cuadrado. A ver cuántos cabían ahí adentro facilitaba el cálculo. A falta de cabinas, tenemos los platos de ducha. El tamaño más habitual es de 80 cm de lado (si es cuadrada) y habrá que hacer números y conversiones. 

Una persona por plato de ducha cuadrada de 80 cm de lado sería una persona y media por metro cuadrado. Sólo pueden moverse un poco (no caminar) sin salir de la ducha. Comprobarán que dos personas en la ducha de 80 cm de lado ya invita a mantener una relación íntima que pueden acabar con la mampara hecha trizas, y se trata de una concentración de tres personas por metro cuadrado.

Ojo. Si uno se sitúa en el centro de la ducha, será uno por unidad de superficie. Si en cada esquina del plato de la ducha se sitúa una persona, también, porque sólo un cuarto de persona estará dentro del plato de ducha y cuatro veces un cuarto es uno. Si la ducha tiene una mampara, no será posible situarse en la esquina y tendrán que colocarse dentro, y entonces comprobarán la diferencia entre uno y cuatro.

Luego está la concentración media y eso es lo más difícil. Porque aquí hay dos personas por metro cuadrado y aquí se puede caminar tranquilamente. La media es una por metro cuadrado, más o menos. El arte del contador será evaluar (gracias a las fotografías, por ejemplo) el peso de cada concentración en relación a la superficie y echar las cuentas. 

Un ejemplo. En el 10% de la manifestación había tres personas por metro cuadrado; en el 40%, digamos que dos por metro cuadrado (o casi); el resto, media persona por metro cuadrado (pues se podía caminar lentamente); eso da 1,35 personas por metro cuadrado. En cambio, la impresión es que había mucha más gente, porque uno presta atención al meollo, no a los alrededores.

Por lo general, no hay que fiarse de la impresión que provoca una muchedumbre, sino apreciar los detalles.

Fácil, difícil, bueno, malo


Fácil, difícil. Bueno, malo. 
Necesitamos que nos lo enseñen otra vez.

En algunos asuntos se confunden las cosas, unas con otras, y luego pasa lo que pasa. Hay quien las confunde a propósito, porque le interesa confundir, y hay quien las confunde porque no se ha parado a pensar o es, simplemente, tonto, sean dichas las cosas por su nombre. Así, por ejemplo, suele confundirse a una nación (conjunto de ciudadanos) con el Estado, al Estado con el gobierno de éste y su administración, al gobierno con el partido e incluso al partido con su líder. En el llamado prusés, estas confusiones están al orden del día y son buscadas y promovidas a propósito.

Así, cualquier observación sobre la corrupción o los recortes en la sanidad pública (por decir algo), que tanto gustan a quienes hoy mandan en Cataluña, se interpreta como un ataque contra la verdadera religión, y se dice España esto o España lo otro cuando lo que quiere decirse es que el gobierno del PP ha hecho tal o cual, que no es lo mismo. Y viceversa: los catalanes tal y cual, y si acaso son cuatro imbéciles que nos mandan, o algún descerebrado suelto, y Santiago cierra España cuando alguien se mete con el PP, que razones para ello no faltan. Por lo tanto, precisión y puntería, por favor. 

Pero, claro, entonces surge la cuestión. Cuando uno sostiene que quiere irse porque está harto del PP, uno responde que sí, que vale, que muy bien, porque uno también está hasta las narices del PP, pero entonces, hijo, ¿por qué no haces algo para que el PP no gane las siguientes elecciones? Porque si te metes en los berenjenales del prusés y del uno a cero, macho, ¿qué conseguirás? Primero, conseguir afianzar al PP (y a los que mandan ahora en Cataluña, también, que son lo mismo) en sus poltronas; segundo, un lío de mil pares de narices, que no traerá más que problemas; tercero, lo que no conseguirás seguro es lo que dices querer, pero irás haciendo daño por el camino. Mal asunto, ¿no?

¿Por qué fracasó el Tripartito? Porque se metieron en camisas de once varas en vez de hacer lo que tendrían que haber hecho: una política social y progresista y acabar con el nacionalpujolismo, y no fomentarlo. ¿Qué hicieron? ¡Consulten las hemerotecas! Desde luego, no demostraron paciencia y savoir faire, porque las cosas bien hechas se hacen despacito y con buena letra, sino que se dedicaron a eso tan catalán de fer volar coloms (echar a volar a las palomas, que equivale a hacer castillos en el aire) y regalaron el gobierno al Govern dels Millors, expertos de la tijera.

Si uno quiere borrar el modelo de política social, económica, etcétera, del PP (que es también el modelo de Juntos por el Sí y la CUP, idéntico), lo que tiene que hacer es hacerlo bien, plantear opciones, gestionarlas con acierto y demostrar que funcionan con bien para todos. 

Oh, sí, ya lo sé, eso es muy difícil... y no nos vemos capaces. ¡Da mucho trabajo! Precisa de personal preparado e inteligente. Es mejor montar un pollo. Eso lo hace cualquiera y es más emocionante. Dejas que unos fanáticos la líen parda y ya lo tienes, el pollo. Vale, bien, monta el pollo, pero luego no te quejes, idiota.

Menos mal que nos queda Portugal. Y la frase sirve como colofón gracioso, pero también como ejemplo. Pregúntense qué pasa en Portugal, averígüenlo y aprendan.

¡En las librerías!


Llegó el día.

La Historia torcida de la Filosofía al completo ya está en las librerías.


En efecto, hoy mismo ha salido a la venta el segundo volumen.

¡Pasen y lean!


Mañana, en las librerías


Damas y caballeros, lectores todos. Mañana, oficialmente, sale a la venta en librerías el segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía.

Además, la editorial ofrece un descuento por la compra de los dos volúmenes. Véase aquí.

Impaciente es poco.


Pasar el cepillo


En los últimos días se han celebrado dos jornadas que merecen ser reseñadas. El sábado pasado fue el Día Internacional de la Esgrima, que celebramos con mucho gusto, y ayer mismo se celebró el principal acto litúrgico de la alt-right catalana, la Diada. Mientras el público celebraba su fe, ocurrió lo inevitable: como en toda liturgia, los celebrantes pasaron el cepillo. Amén.

En toda liturgia, no falta el cepillo.
En el fondo, se trata de eso.

El señor don Artur Mas insistió mucho en este asunto. Si todos y cada uno de los que participaron en la consulta del nouene, decía, pone un poquito, no mucho (sic), con eso ya cubrían la cantidad que le reclama el Tribunal de Cuentas a él y a once cargos públicos más, que es superior a los cinco millones de euros. Eso sale a 445.000 euros per cápita, poco más o menos. Si uno no puede pagar, tendrán que pagarlo los otros, pero entre todos tendrán que devolver esa cantidad de dinero público que se gastó sin permiso. 

Un grupo punk de los años ochenta propuso una solución.
Lamentablemente, ha sido descartada.

La insistencia del señor Mas, que no pedía más que cada familia pusiera cinco euros para la causa (sic, de nuevo), coincide con las cuotas extraordinarias que la Asamblea Nacional de Cataluña y Òmnium Cultural han pasado a sus socios para crear lo que llaman una caja de resistencia. Se trata de un gesto arriesgado porque, según estas mismas organizaciones, y a ellas me remito, la mitad de los asociados inscritos son morosos y no pagan las cuotas casi desde el mismo día en que se apuntaron. 

¡Alto ahí! Esto, en España es lo más normal del mundo. Prácticamente todos los partidos políticos, sindicatos y semejantes tienen un índice de morosidad elevadísimo, tan alto que han tenido que inventarse la figura del simpatizante (que no paga, o paga cuando quiere) para disimular el problema del morro de sus afiliados. No se libra nadie, de este mal endémico. Aquí no íbamos a ser menos que los demás.

La cultura está muy mal, añado.

Justo antes de la Diada, lo recolectado por estas organizaciones para ese fondo judicial, ya sea mediante cuotas o contribuciones voluntarias, dicen que sumaba alrededor de 750.000 euros, cifra que habría que considerar con reserva (hay quien habla de 450.000). Así que, como no llegaba para el gasto, pasaron el cepillo, para ver si la gente ponía un poquito, no mucho y salían los números. Eso hicieron. Ahora mismo, no sé cuánto habrán recaudado en la liturgia de ayer, y eso que la curiosidad me mata, pero mi asombro y maravilla no tiene igual: ¡hubo gente que pagó!

A ver... Que estamos hablando de altos cargos de la antigua CDC, del 3%, del caso Palau, de la red mafiosa catalana per excellence, ladrones no de guante blanco, sino de despacho oficial, una red de clientes, sobornos y extorsiones de la que apenas sabemos un poquito, unas gentes aficionadísimas al dinero ajeno... ¿y les pagamos para que no me tengan que devolver mi dinero? ¡Vamos, hombre!

El caso del señor don Artur Mas es sangrante. En primer lugar, porque era uno de los jefes de la panda. Si conocía sus activades, malo, por cómplice; si no las conocía... Bueno, hay que ser muy tonto para no sospechar siquiera. En fin... Eso, en primer lugar. Es sangrante, en segundo lugar, porque en sus cuatro años y pico como presidente de la Generalidad de Cataluña cobró en sueldos y salarios casi 700.000 euros, dietas aparte, y desde que no es presidente ha cobrado 225.000 euros más (más un despacho en el Paseo de Gracia, un coche oficial, secretaria, etc., a cargo del erario público aparte). No se vayan todavía, que aún hay más.

De aquí a cinco años, cobrará una pensión de casi 90.000 euros al año, más la pensión de jubilación que tenga por lo que hubiera trabajado antes. Durante su presidencia, vivió prácticamente con todos los gastos pagados (es lo habitual, no tendría que escandalizarnos, va con el cargo) y poco antes había heredado de su padre más de dos millones de euros que éste tenía en Liechtenstein, escondidos, y que regularizó ante el fisco cuando le pillaron. Es decir, que pagando su parte de lo exigido por el Tribunal de Cuentas no iba a quedar pobre.

Sé de algunos que no miraron al cielo, pero no dejan de mirar la bolsa.

Éste, éste pide un poquito, no mucho. Éste, que se cepilló las rentas mínimas de inserción, condenando a más de cien mil personas a la miseria más absoluta. Éste, que recortó más de un 10% el presupuesto de la sanidad y la educación públicas mientras subvencionaba a escuelas privadas de alto copete y repartía concesiones sanitarias entre grupos privados afines. Éste, que ha dejado morir a miles de personas sin pagarles las ayudas de la Ley de Dependencia que les debía, y que ha recortado esas ayudas en más de un 20%. Etcétera, no creo que valga la pena proseguir.

Pues, pasan el cepillo para él... y la gente paga. 

Llegados a este punto, es evidente que algo no funciona.

P.S.: Por si preguntan, el acto litúrgico de ayer ocupó una superficie de 165.000 metros cuadrados. El Ayuntamiento de Barcelona y los oficiantes sostienen que se apretujaron seis personas por metro cuadrado, de media (ojo); El País defiende que fueron tres personas por metro cuadrado; la Delegación del Gobierno, poco más de dos y Sociedad Civil Catalana, poco menos de dos. Recuerden, son densidades medias. Escojan la cifra que les parezca más correcta y saquen ustedes la cuenta. Yo ya tengo mi cifra y me parece razonable.

Los primeros lectores



Un amable lector me ha enviado esta fotografía. 

El segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía ya está en las bibliotecas de los lectores más impacientes y este miércoles, en todas las librerías.

Gracias.

Aviso a la población


En el Estado de Florida (EE.UU.), las autoridades se han visto obligadas a publicar el siguiente aviso, que traduzco acto seguido:

Lamentamos tener que insistir en este punto, pero rogamos a las personas que tengan armas de fuego que se abstengan de disparar al huracán.

No es broma.


El Renaixement



He de confesar una debilidad, de muchos conocida: mi afición por el Renacimiento y el Humanismo, su arte y su filosofía. Cuando me pilla un amanecer en Florencia, me da lo mismo cualquier inconveniente si al final puedo embelesarme con los frescos de Santa Maria Novella, con una visita al Bargello o la vista de la cúpula de Brunelleschi desde la ventana de mi alojamiento. Es una Florencia soñada, lo sé, no es del todo real, es un mito. Pero es mi mito, y no me lo toquen.

Por eso descubrí en una librería y adquirí inmediatamente un breve ensayo de Peter Burke, uno de esos brillantes pensadores que alumbran nuestra visión de la historia de la cultura y el pensamiento occidental como sólo saben hacerlo los historiadores ingleses, cuando se ponen. Tienen (merecida) fama sus libros sobre el Renacimiento y El Renaixement es un breve ensayo con treinta años a cuestas que puede considerarse un resumen de sus ideas al respecto. Lo edita y publica, en catalán, Àtic dels Llibres, y ahí lo tienen, en medio de un catálogo de brillantes novelas y ensayos escogidos con cuidado y acierto. De poder hacerlo, los compraría y leería todos, pero el martirio del buen lector es que le falta tiempo para ello.

¿Qué puedo decir de este librito? Quizá señalar cuál es la tesis del autor. El Renacimiento es un mito. Un mito de mistificación: no fue exactamente como nos lo cuentan; un mito de metáfora: sirve para explicar un gran cambio en la cultura y la ideología de Occidente. A partir de ahí, el resto, que es un gozo leer (y más si, como les cuento, el Renacimiento les pone).

Muy recomendable, en serio.

Qué pena, penita, pena


Este verano quedé para cenar con unos amigos de toda la vida, gente que conoces desde que dejaste los pantalones cortos. La jornada se presumía feliz: viejas amistades, aventuras que contar, una comida estupenda, el mar, una terraza fresquita... Regresé a casa con el corazón encogido. No tanto por los estragos que provoca el paso del tiempo (todos tenemos una edad), sino por los estragos que ocasiona la política. En efecto: a algún imbécil se le ocurrió mencionar el prusés y la liamos en un pispás. 

Cierto que el alcohol ayudó. Admito que el punto de vista de un abstemio sobre una discusión de gentes animadas (ejem) por el alcohol es más pesimista de lo habitual, y como un servidor no prueba una gota de alcohol ni en broma... Pero lo que asomó a gritos fue el odio, un odio ideológico e irracional, un enfrentamiento a cara de perro entre ellos y nosotros que me hizo regresar a casa verdaderamente asustado y apenado, sin haber abierto la boca, además. Tuve miedo, ésa es la verdad. ¿Qué os han hecho? In vino veritas, suele decirse, y aunque no fue vino, sino un combinado de ginebra, el resultado puede considerarse equivalente.

Días después, y esta vez sin alcohol de por medio, una conversación informal entre varios conocidos se convirtió en otro monólogo a gritos. Alguien pisó el prusés y con un conocido de carácter normalmente afable y delicado se encendió él solito, vertió por su boca (a gritos) ese caldo bilioso formado por nosotros y ellos, supremacismo, intolerancia e irracionalidad, y me volvió a arruinar el día. Cualquier intento de civilizar el encuentro fue inútil y suerte que llegó la hora de irme, que ahí siguieron chillándose, animándose unos a otros, ellos solitos.

Había vivido episodios parecidos, pero no tan intensos como los de este último mes. Me siento rechazado, extraño, en mi país, y desconfío. Sólo me faltó una sesión parlamentaria que resumo en las malas formas y evidente desequilibrio emocional de la presidenta del Parlamento de Cataluña. Con ver su cara y comprobar su falta de educación (¡en sede parlamentaria!) está todo dicho. Las formas, las formas... Lo de leyes, reglamentos y violaciones de derechos se desprende de manera evidente si observamos sus formas y no creo que haga falta un dictamen técnico para ver que eso no pudo ser bueno.

Pena, pena, mucha pena, no me cabe sentir nada más que pena por lo que nos han hecho.

Dos mejor que uno



A una semana de su aparición en las librerías, Principal de los Libros ofrece un descuento promocional para quien compre los dos volúmenes de la Historia torcida de la Filosofía.

También pueden adquirirse por separado, naturalmente.

Primer volumen, que va de la Grecia clásica a la fundación de las universidades europeas.
Segundo volumen, que va del final de la Edad Media y principio del Renacimiento hasta ahora mismo.

En fin, que se publica la (completa) Historia torcida de la Filosofía ya mismo, como quien dice.

La semana que viene


Pues, sí, se publica la semana que viene.

Aquí me tienen, impaciente.


Vaya... (Gran Premio de Italia 2017)



Para qué engañarnos: los ferraristas nos hemos llevado una decepción en Monza. Este circuito, histórico, es hoy mismo el más rápido del campeonato y los bólidos sobrepasan aquí o allá los 340 km/h, que se dice pronto. Eso beneficia a los motores de Mercedes-Benz, que son ligeramente más potentes que los Ferrari, ahora mismo. Vale, sí, pero en Monza Ferrari suele echar el resto.

Esta vez no lo consiguió. La clasificación para la parrilla fue accidentada por culpa de la lluvia (se alargó horas) y Ferrari, que podría haber resultado beneficiada, quedó en verdad perjudicada. En carrera, no hubo nada que hacer. Mercedes-Benz se quedó con las dos primeras posiciones y Ferrari, con la tercera y la quinta. 

Ahora mismo, Hamilton ha pasado por delante de Vettel en el Campeonato de Pilotos y Mercedes-Benz se afianza en el de Constructores. ¿Quedará así? Eso habrá que verlo.

Turismo, cultura, deporte e idiotas


El origen del éxito de San Sebastián, los baños de mar.

En San Sebastián, Donostia para los amigos, viven del turismo. Es así desde tiempos inmemoriales; es decir, desde hace poco más de un siglo, desde que la gente bien de toda España iba a esta bella ciudad a tomar los baños, eso que ahora decimos ir a la playa. Era un turismo de categoría y eso explica que una parte de la ciudad tenga un aire parisino similar, por ejemplo, al de una parte de la ciudad de Barcelona, porque uno imita lo que le gustaría ser, siempre ha sido así.


Si antes viajaban los que podían, ahora es turista uno cualquiera. ¡Todos somos turistas! Entre el automóvil, los billetes de avión y los hoteles por internet, una mejora de la economía y un largo etcétera, ser turista ya no es un lujo, sino una costumbre extendida. Ciudades como San Sebastián o Barcelona son redescubiertas no ya por esos antiguos caballeros con bigote y damas con sombrilla, sino por mucha gente que quiere, por ejemplo, contemplar la mona de Pascua más grande del mundo (la Sagrada Familia) o comerse unos pinchitos como Dios manda (en el Barrio Viejo de San Sebastián). 

El resultado era previsible: la Sagrada Familia es la meca del espectáculo kitsch y los pinchitos ya no son lo que eran, además de una subida general de precios (de bares y restaurantes, de alquileres, etc.), el inconveniente de la mucha gente en verano y una deshumanización de algunas zonas de la ciudad, que se convierten en una especie de Disneylandia y dejan de ser un barrio de vecinos. Se quiera o no se quiera, el turismo se convierte en la principal fuente de riqueza generada por la ciudad (más de un 13% en Donostia y más de un 16% en Barcelona), o casi, pero también en un problema. (En algunos casos, en un serio problema.)

Gran parte de ese problema tiene su raíz en las políticas seguidas por las administraciones públicas implicadas que, en esencia, no han seguido ninguna política y se echan las culpas las unas a las otras. Fuera de promocionar el turismo, no han previsto lo que podría suceder una vez vinieran los turistas y gran parte de los inconvenientes que genera el turismo tienen que ver con una falta de regulación o previsión de las autoridades. Con el caso de Mallorca bien visible y conocido desde hace muchos años, asombra que nadie haya aprendido nada. Mientras éstas, las autoridades, se encuentran más perdidas que un paraguas, sin saber qué hacer, surge una cosa que ahora llaman turismofobia, que en algunos casos extremos se confunde fácilmente con la fobia a quien no es como yo quiero que sea.

Todos los turistas son unos bastardos, menos yo cuando marcho de vacaciones.

Entre estos últimos grupos está uno llamado Bildu, que fuera antes representante del terrorismo etarra en las cosas de la política y que ha probado suficiente y sobradamente a lo largo de toda su trayectoria su asco fanático por la diferencia de sentimiento u opinión. A esta organización le va la turismofobia (la mala, quiero decir) como al pie un zapato viejo. Porque ¿quién es el turista? ¿No es acaso un tipo de fuera que viene a cambiar nuestra manera de ser? ¡Malditos extranjeros...! ¡Maldito cosmopolitismo...! Así que se han sumado a la idea de otros grupos turismofóbicos (a la CUP barcelonesa, quiero decir, por poner un ejemplo) y han iniciado una campaña de pintadas, amenazas y amedrentramientos contra el turismo, por marcarse méritos. Es la costumbre y lo que les va, aunque no sea civilizado.

Pero la política obliga a proponer medidas políticas y Bildu se ha visto forzada a proponerlas. ¿Cuál ha sido su genial idea? En un folleto del grupo municipal de Bildu en San Sebastián, una especie de diario de ocho páginas que han repartido por docenas, propone una solución que, además, señala muy claramente qué modelo de país tienen en la cabeza.

Para acabar con el turismo, dicen, hay que reducir drásticamente las actividades culturales y deportivas que se llevan a cabo en la ciudad en los meses de verano. Así, con un par. Hay que dejar de subvencionar el Festival de Cine de San Sebastián, su festival de jazz, las reuniones internacionales de niños deportistas... Hay que acabar con la cultura y el deporte subvencionado, así, sin discriminar en absoluto. Dicen que sólo en verano, pero la retirada de subvenciones propuesta va más allá y apunta a una ciudad yerma de propuestas lúdicas, culturales o deportivas importantes durante todo el año. Sólo valdrá el vino y el fútbol. ¿La cultura? ¡Que le den a la cultura! ¡La cultura sólo trae problemas!

Los responsables de esta propuesta sostienen que los turistas, que acuden a la ciudad principalmente por su rica oferta cultural, perdidos los alicientes, perderán el interés y ya no vendrán. Lógico. Serán los donostiarras los que disfrutarán entonces de la ciudad y de su oferta cultural... Calla, que ya no habrá oferta cultural. Vaya, no había pensado en ello. Pero vino sí que habrá, ¿no? Y fútbol. ¡Bah! Entonces, ¿de qué se podrán quejar?

Lo que quizá no hayan pensado tan geniales estrategas es que el turista que acudirá entonces a San Sebastián ya no estará, efectivamente, interesado en la cultura, sino en el vino, como he insinuado, y que hacer de la ciudad un lugar más inculto lo único que conseguirá es, como es evidente, el incremento del turismo de borrachera y la extensión de la estulticia, por no hablar de cómo se verán las calles un domingo por la mañana. 

La desesperación del sabio es que la inteligencia es limitada, pero la tontería, infinita. Qué gran verdad.


Modus operandi del alcalde de l'Ametlla de Mar


Estos días ha pasado desapercibida una noticia publicada en El País que me ha dejado patidifuso. No sé si indignarme (¿otra vez?) o echarme unas risas. El artículo es éste: El alcalde que quiso hacerse rico deprisa, de Oriol Güell. Lean, lean, que no tiene desperdicio.

El caso, levantado por el Juzgado de Instrucción número 1 de El Vendrell, que investiga el caso 3%, nos muestra un caso que es singular en sí mismo, pero también sintomático de lo que ocurre, no diré en la sombra, sino a la vista de todo el mundo, en Cataluña.

El protagonista, en una fotografía publicada por El Punt-Avui en 2011.

Andreu Martí, que fuera alcalde de l'Ametlla de Mar entre 2003 y 2015, se presentó a las elecciones municipales como claro favorito. Muy mal tenía que ir todo para no ser el próximo alcalde de su pueblo. 

Convergente (cómo no) y espabilado (lo menos), con esos pronósticos en el bolsillo se presentó en el AndBank de Andorra con su señora para abrir una cuenta de 3.500 euros, cuarenta días antes de las elecciones. Como ven, un tipo previsor y adelantado a su tiempo. Vamos a sacar al vientre de penas, verás como sí, supongo que diría a su señora, al salir de la oficina, muy satisfecho de sí mismo. 

3.500 euros. En 2015, tenía no menos de 2,3 millones de euros en varias cuentas en Andorra y Panamá (que se sepa). Efectivamente, ya no tenía penas en el vientre, aunque la aparición de la policía supongo que le acarreará otras penas.

Además, se presentó a alcalde sin tener propiedades inmobiliarias conocidas, ojo. Hoy tiene dos viviendas, dos plazas de garaje y un trastero, además, con una hipoteca conjunta de 440.000 euros. 

Hago constar que l'Ametlla de Mar es un municipio que tiene poco más de siete mil habitantes. Tendrá turistas, sí, pero es un pueblo, no una gran capital. Con notable eficiencia, el señor Martí levantó una media de 228.000 euros al año (contando a la baja el valor de sus propiedades inmobiliarias conocidas) en un pueblo que cuenta con un presupuesto anual de 15.260.000 euros (en 2015) y una deuda viva de 16.800.000 euros. Eso sale a 32 euros por habitante del municipio y año.

Pueden ver el presupuesto del municipio (2016) aquí mismo, en:
También están disponibles al detalle los de 2014 y 2015 en el sitio web de su ayuntamiento, años en los que se disparó el gasto municipal y la rapiña del alcalde, que se decía: Vamos, vamos, que nos queda poco y se acaba el momio.

Es decir, más de un 1,5% del presupuesto total del municipio fue a parar al bolsillo del señor alcalde durante más de diez años. Si descontamos gastos fijos (salarios, electricidad, amortizaciones, deuda, etc.), el porcentaje sobre lo que hace el ayuntamiento es mucho más alto. Pueden calcularlo, si quieren, porque tienen los datos a mano.

Para comparar, se llevaba tanto en un año como lo que destinaba su ayuntamiento a las partidas de sanidad, medio ambiente, promoción del turismo... (con presupuestos entre los 100.000 y los 200.000 euros al año), casi tanto como las que destinaba a cultura, deporte o alumbrado público (poco más de 300.000 euros cada una) o tanto como la mitad de lo dedicado a educación (más de 500.000 euros), por poner algún ejemplo. Eso no es poco, ¡verdad? ¿Qué servicios se vieron afectados por su avaricia? Ya se verá en los juzgados.

Con todo el morro, con todo el desparpajo. Vámonos a Andorra, querida, que cuando sea alcalde vas a ver qué bien. Así, hasta 2015, que es ahora mismo, como quien dice. Pero es tanta la costumbre que el caso de este sinvergüenza ya no nos solivianta... pero sí que da para unas risas.

Porque el cachondeo no termina aquí. 

Lean (en catalán) la siguiente noticia de El Punt-Avui (30 de junio de 2011): El alcalde de l'Ametlla de Mar se reduce el sueldo un 40% (qué guay). El texto dice que se sacrifica por el pueblo y pasará a cobrar sólo 2.200 euros al mes. Eso son unos 30.000 euros al año, si son catorce pagas. Es decir, antes estuvo cobrando unos 50.000 euros al año, o la parte proporcional si no son catorce pagas y son doce, o quince. Hagan números. Siete mil habitantes, recuerden.

Pero... Siempre hay un pero. Entre el 12 de mayo y el 8 de junio de ese mismo año (2011), el señor alcalde ingresó en sus cuentas andorranas 291.000 euros. Ahora ya puedo bajarme el sueldo, para disimular, diría en casa, desternillándose, el muy granuja. 

Nadie vio nada, nadie sospechó nada, por supuesto. Es la costumbre.

¡Y ahora pasen y vean! Échense unas risas.

Cerquita (Gran Premio de Bélgica 2017)



El pasado fin de semana, se batió el cobre en el circuito de Spa-Francorchamps, uno de los circuitos con más solera del Campeonato y quizá el que tenga el trazado más largo (unos siete kilómetros). Se impuso Mercedes-Benz, porque tiene el motor más potente en un circuito donde prima la velocidad, pero Ferrari estuvo pegado, pegadito, y la separación entre ambas marcas resultó menor de la esperada. Mercedes-Benz quedó primera y quinta y Ferrari, segunda y cuarta. El resultado puso más emocionante todavía el Campeonato Mundial de Pilotos, todavía encabezado por Vettel, pero por muy poco.

Y ahora, Monza. A ver qué pasa. Aunque Mercedes-Benz parte con una relativa ventaja motriz, Monza es Monza, que dijo aquél.

¡Ya los tengo!



Damas, caballeros, queridos lectores todos:

Ya he recibido en casa los ejemplares recién salidos de imprenta del segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía.

Pronto, muy pronto, en librerías.

Un dato irrelevante, pero muy propio


Lanzallamas alemán, c. 1917.

El primer uso documentado del lanzallamas en combate fue en la batalla de Verdún, en 1916. La primera unidad en ser equipada con esta horrible arma fue el 3er Batallón de Zapadores de la Guardia, del ejército alemán. 

El dato irrelevante, pero muy propio, es que el comandante del batallón, antes de la guerra, era jefe de bomberos.

En resumen, pena


Hay quien escribe mejor que yo, y ahí lo dejo. El primer artículo, de Pérez-Andujar en El Periódico; el segundo, de Enric González en El Mundo; el tercero, de Albert Soler, en el Diari de Girona, que complementa a los dos anteriores.




No tinc porno, tengo miedo


Para que luego digan que no importa una coma de más o de menos y que los correctores no son tan importantes, a fin de cuentas.

Ayer, en Valencia, en la manifestación de homenaje a las víctimas del ataque terrorista del 17 de agosto, las autoridades posaron con la siguiente pancarta:


Y creo que con esto ya lo he dicho todo. No tinc porno, tengo miedo.

La prueba del PP y el sesgo de confirmación


Esta prueba me la propuso un amigo. Ante una noticia donde Fulano de Tal, de Tal Partido Político, ha dicho, hecho o propuesto tal cosa, cámbiense los protagonistas y dígase que dijo, hizo o propuso lo mismo un Fulano de Tal del Partido Popular (PP), y entonces a ver qué dices o piensas de eso que ha dicho, hecho o propuesto. Si piensas lo mismo, vale; si no, cuidado, porque padeces el llamado sesgo de confirmación.

El genial Quino ilustrando el llamado sesgo de confirmación.

El sesgo de confirmación es frecuentísimo. Consiste el leer la realidad (o un dato) considerando si me conviene o no. Si me llega una información que confirma mis creencias, mi opinión, mi ideología, la tengo en muy alta consideración; si esa misma información, en cambio, contradice lo que creo, pienso u opino, será despreciada, dejada a un lado, discutida, oculta... Sobran los ejemplos y ustedes mismos (yo mismo) caen (caigo) en el sesgo de confirmación una y otra vez. En especial, cuando huye de opiniones que no comparte.

El refranero español observa que antes se aprecia la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Es otra manera de decirlo, muy gráfica.

La prueba del PP es un experimento que avala el sesgo de confirmación. 

Va mi partido (u otro) y privatiza organismos de la sanidad pública. Silencio, alguna queja en voz baja, incluso algún comentario a favor. Va el PP y privatiza organismos de la sanidad pública y se monta la de Dios es Cristo. ¿No es cierto?

Los míos patrocinan colegios privados (concertados) a los que no pueden acceder quienes no pueden pagar, y algunos de esos colegios segregan por sexo. Nadie dice una palabra. Va uno del PP y propone financiar escuelas del Opus (como las que financian los míos) y veran ustedes la que se organiza. 

Va la televisión (pública) de mi pueblo, ciudad, comunidad autónoma y sesga la información política, barriendo a favor de quien manda. ¿Partidista? Nooo... ¿Qué dices? Es ecuánime y objetiva. Va TVE y hace lo mismo (y vaya si lo hace) y ¿qué me cuentas ahora? 

No hablemos de la corrupción o del depotismo, incluso del despotismo. ¡Qué les contaré de patrias y naciones...! De banderas, de frases inconvenientes, de cambiarle el nombre a una calle, de sostener opiniones estúpidas... Etcétera, etcétera.

En mi casa, la prueba del PP es tremendamente reveladora y pone muchas cosas en su justo lugar. La suma de antiguos convergentes, republicanos y cuperos dice, hace o propone cosas que, de hacerlas el PP, pondría cianótico a más de uno, desgañitándose a gritos de airada protesta (y tendría toda la razón del mundo para quejarse). Hagan la prueba. Desde que la hago, el mundo se aparece ante mí de manera más clara y distinta.

Eh, eh, que no se libra nadie y no puedo (ni debo) limitarme a comparar la diferente apreciación a lo que dice, hace o propone la derecha nacionalista por ser o catalana o española. La prueba del PP es tremendamente reveladora aplicada al PSOE, Podemos y otros partidos de la competencia en éste o en cualquier otro territorio. También es muy interesante el juego de la prueba del PP en estos casos. Por ejemplo, si un alcalde de la órbita de Podemos otorga la medalla de la ciudad a una virgen de su pueblo, ¿provoca una misma reacción a la que provocaría si fuera un alcalde del PP? Miro hacia Cádiz, pero podría mirar a cualquier otra parte. Sírvanse ustedes mismos. A mí me parece idiota sea alcalde uno del PP, de Podemos o de Pisuerga, no sé si me explico.

Sin embargo, la prueba del PP tiene un serio problema de diseño: ¿cómo la aplicamos a un votante del PP? A uno que crea que el PP es el no va más.

En tal caso, tendría que ser, por ejemplo, la prueba del prusés, si uno es sensible a la tontería nacional, o quizá tendría que ser la prueba de Podemos, o del PSOE, si le puede más la manía por la izquierda. Imagínate que eso que dice, hace o propone Fulanito de Tal, de tu propio partido (recordemos, en este caso el PP), lo dijera, hiciera o propusiera, por ejemplo, Puigdemont, Sánchez o Iglesias. ¿Qué dirías? ¿Te parecería bien?

Un consejo de amigo: hagan la prueba del PP y no se cansen de hacerla. Si son del PP, pues entonces hagan la prueba contraria (del prusés, de Podemos o del PSOE, a discreción). Hagan, en resumen, una prueba del sesgo de confirmación cuando se enfrenten a una cuestión política que consideren interesante. Sean entonces honestos, reflexionen y obren en consecuencia.

El sesgo de confirmación es típico en debates entre creencias y evidencias científicas.

Ahora bien, si pretenden dejar de lado la razón y seguir abducidos por el sesgo de confirmación, luego no vayan a quejarse de que no les avisé.

Los videntes de Calonge


A medio camino entre la indignación y la vergüenza ajena, vemos como instituciones públicas (entre ellas, universidades) patrocinan la estafa de las pseudomedicinas y otras patrañas semejantes. De la homeopatía al reiki, pasando por la videncia, la acupuntura, el tarotismo, el coaching bio-cuántico-neuronal no sé qué y mil cosas más que asombrarían a cualquiera con dos dedos de frente, porque causa asombro que todavía se dé pábulo a semejantes majaderías (¡y con dinero público!). Las autoridades de Calonge (un pueblecito ampurdanés, en la Costa Brava) se han sumado al carro. 

Patrocinada por el Ayuntamiento de Calonge, la Oficina de Turismo de Calonge-Sant Antoni y Estiu Actiu (el programa municipal de promoción turística), se anunció la Feria Esotérica, que se celebraría los días 19 y 20 de agosto en el Paseo de San Antonio (el Paseo Marítimo, para entendernos). El acto central de esta feria era la muestra de videntes y adivinadores, que la tarde-noche del último día de la feria realizarían toda clase de predicciones, de ésas que nunca fallan, porque tampoco aciertan.


Sin embargo, ha ocurrido algo que ha llamado la atención del personal. Porque, debido a circunstancias imprevistas (sic), la Feria Esotérica ha tenido que retrasarse un par de días, hasta celebrarse el 21 y 22 de agosto, y nadie había sido capaz de predecirlo. Mucho menos, los videntes, que protagonizan con sus adivinaciones y profecías las últimas horas del espectáculo. Como quien dice, no lo vieron venir.

Una nota y una nota al margen


El Ayuntamiento de Barcelona y la Generalidad de Cataluña han convocado una manifestación el día 26 para honrar a las víctimas del atentado del pasado jueves. Todavía se debaten entre la vida y la muerte una docena de personas y ya se apuñalan las autoridades para ver quién y cómo preside la marcha y la CUP ya ha dicho que, si éste va, no voy yo, señalando al rey. 

Una manifestación ciudadana será difícil que acabe con el fanatismo, pero servirá para canalizar el duelo colectivo y es un homenaje a las víctimas, por un lado, y a las personas que sobrevivieron al ataque, a sus allegados, y a aquéllas que dieron y están dando lo mejor de sí para ayudarlas, sanarlas, consolarlas, para combatir el mal que habita entre nosotros y que tanto nos consterna y duele. A estos actos se acude dejando en casa las diferencias políticas e ideológicas, porque es más fuerte lo que nos une, que es o tendría que ser el respeto por el prójimo y sus derechos, como también, principalmente, un gesto de consuelo y apoyo para los que tenemos que tragar con esta amargura.

En este caso, decir que si éste va, yo no voy, o andar a bofetadas por ver quién y en qué orden preside la marcha, es una vileza mayúscula.

Los ciudadanos no nos merecemos esto.

Nota al margen: 

Cada cual se arrima a su ascua y la CUP y algunos más aprovechan la ocasión para señalar qué mala es España. No faltan los que hacen lo mismo señalando en dirección contraria. Es la vileza de la que hablaba.

Se señala al rey como cómplice de la venta de armas a Arabia Saudita, que patrocina el integrismo islámico en todo el mundo (y provoca matanzas horribles en Yemen, ahora mismo, de la que tan poco se habla). El rey es un mandao que sigue las instrucciones del Gobierno de España y, en efecto, uno tendría que preguntarse por qué los españoles vendemos armas a un gobierno y a un Estado como el saudí, el qatarí, etcétera. Es un tema complejo y desagradable, lleno de dólares, petróleo y alquitrán. Lo dejo aquí.

Pero quizá también sería bueno preguntarse cuántos empresarios catalanes se benefician de estas ventas (especialmente, en el sector de la electrónica), o por qué nadie dice nada cuando el F.C. Barcelona hace (o hacía) negocios de cientos de millones de euros con Qatar, que también patrocina el integrismo y es propietaria de hoteles y bienes inmuebles en Barcelona, o cuántas figuras públicas de todos conocidas han hecho negocios a su costa. Vamos, digo yo. Y no son pocos.

Si vamos de hipócritas, vamos de hipócritas; si vamos a todas, vamos a todas, y aquí no queda ni Dios.

Wolfgang (Extraordinari)



Venga, de entrada, una reflexión, que es personal y no pretende sentar cátedra. Cuando oigo hablar de literatura juvenil frunzo el ceño y disparo todas las alarmas. Porque lo que yo experimenté como literatura juvenil nada tiene que ver con lo que ahora llaman literatura juvenil. 

Un adolescente es (tendría que ser) un lector perfectamente capaz de enfrentarse con la mayor parte de la literatura adulta (póngase cursiva), aunque preferirá, como es natural, leer Dumas antes que vérselas con Proust, o visitar Londres de la mano de Arthur Conan Doyle a tener que pasearse por Dublín siguiendo las indicaciones de Joyce. Bueno, yo también, no puedo censurárselo. Eso es, en parte, porque todavía se está educando el gusto y el placer de la lectura y, en parte, porque el adolescente busca en los libros unas cosas y la persona adulta, otras.

Se disparan las alarmas y los recelos ante un género por el que las editoriales se dan de bofetadas, que bautizan (cómo no) en inglés. Así hablan de crossover, de young adults (¡menudo eufemismo!), etc., para no llamar a las cosas por su nombre, que es la de publicar libros facilones e insulsos que estropean el gusto de los lectores que se están formando y que, al mismo tiempo, pueden satisfacer a tantísimos adultos que nunca han llegado a formarlo del todo y que leen (o eso dicen) una novela de uvas a peras. Sobran los ejemplos y entre ellos se dan algunos grandes éxitos de ventas.


Por eso, cuando Laia me dijo que había publicado una novela juvenil, saltaron las bocinas de alerta. Ay, perdón... Laia es Laia Aguilar, la autora de Wolfgang (Extraordinari), una novela en catalán que ha publicado Columna, que se ha llevado el premio Carlemany 2016 (de fomento de la lectura) y que ya va por dos o tres reimpresiones. Brava! Llamarla por su nombre ha sido una falta motivada por el hecho de conocerla gracias a la casualidad y a unos cursos del Ateneo de Barcelona. Perdón.

Wolfgang es un niño de once años que actúa de narrador protagonista. Wolfgang es extraordinario: tiene un coeficiente intelectual de 152. Pero también tiene problemas, lo que se dice problemas, porque el chaval es un genio en unas cosas, pero un desastre en otras, porque es deficiente en la gestión de las emociones, la empatía o las relaciones sociales, y eso le pasa factura cuando ha de lidiar con una tragedia terrible que... que no explicaré, porque es la clave del desenlace de esta novela. El relato comienza cuando Wolfgang pierde a su madre y tiene que irse a vivir con su padre, del que hasta ese momento no tenía noticia. Wolfgang no tarda en querer escapar de una realidad que no le gusta nada y sueña con ser alumno de una prestigiosa academia de música en París, porque Wolfgang (¿no lo he dicho?) es un niño prodigio tan pronto acaricia las teclas de un piano. Y hasta aquí puedo leer, que suele decirse.

Tengo que decirlo: si uno se ha leído El curioso incidente del perro a medianoche, no podrá evitar, tarde o temprano, compararlo con Wolfgang (Extraordinari). En parte, porque emplea una técnica narrativa parecida (con un narrador protagonista en primera persona); en parte, también, por las semejanzas entre los protagonistas. Pero el relato de Haddon va por un lado y el de Aguilar, por otro. 

La autora ha trabajado como guionista de series de televisión y da clases de narrativa en el Ateneo de Barcelona, y eso se nota. Porque su novela es ágil, busca el ritmo, tira de la curiosidad y el interés, dosifica la información para mantener la intriga, emplea un lenguaje al alcance de cualquier lector y adorna el relato con pinceladas de humor y (ahí sale la televisión) con toques melodramáticos, que no censuro, porque, en este caso, son como esa pizca de sal que convierte en sabroso un plato. A ver, no será una obra profundamente literaria, de ésas de enjundia y tesis doctorales, que luego nadie lee, pero comprendo por qué se ha llevado el premio Carlemany. El premio lo conceden los votos de lectores entre catorce y dieciséis años y éstos han encontrado en la obra de Laia Aguilar un relato honesto, que no los toma por tontos, sino que pretende emocionar y entretener al lector, a cualquier lector, y ya está.

El caso es que también cuenta a su favor que Wolfgang (Extraordinari) es una lectura para todos los públicos. Es decir, es tan válida para una persona adulta como para alguien que todavía no lo es; puede leerla un lector ocasional y disfrutarla y puede leerla un lector bragado en mil novelas y pasar un rato agradable. La experiencia será diferente, claro, pero todos darán su aprobación. Ahora saldrá algún tonto diciendo entonces que es una crossover y yo le diré que no, que es, simplemente, una obra bien escrita, merluzo. Si quieres que la gente lea más, publica mejores novelas, añadiré, dejándome ir. De nuevo, perdonen ustedes.

Felicidades, Laia.