Portada provisional


Ya corre por la red una imagen de la portada provisional del segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía, que adjunto en esta entrada. Además, esta semana daré el visto bueno a las pruebas de impresión.


¡Ya falta menos!

Se publicará en septiembre, si Dios quiere, los elementos no lo impiden, la suerte nos acompaña y no se acaba el mundo.

Chist, en confianza: el texto es bonísimo. Háganme caso, porque lo he escrito yo y sé de qué va.

A sangre y fuego



Había leído alguna cosa de Manuel Chaves Nogales y me había gustado, pero sin exagerar. Escribía bien, sí, pero... También es verdad que no había leído mucho de él. Por eso me reservaba mi opinión. Pero después de haber leído la colección de relatos de A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (la versión que publica Asteroide, con dos relatos inéditos), después de haberla leído, decía, he descubierto a un gran narrador.

Tengo un amigo que no quiere ni oír hablar de libros o películas de la Guerra Civil. Dice que si no caen en el maniqueísmo caen en el aburrimiento y que no ha sido capaz de dar con alguna obra que le interese. Creo que se equivoca, pero... Quizá debería leer A sangre y fuego. ¡Se la recomiendo! Porque su eficacia narrativa es apabullante. A poco que uno comienza a leer uno de sus cuentos, se olvida de todo y se ve atrapado por el relato. Cierto es que el autor pretende transmitir un mensaje, pero ¡cómo domina la narración...! Sus cuentos emocionan, impresionan. Uno se indigna o queda consternado por el horror una página detrás de otra. El autor sabe pulsar las teclas que despiertan el interés del lector, que sostienen el ritmo del relato, y éste transmite pena, esperanza, alegría, horror... Son unos relatos magníficos, escritos con una prosa clara, sencilla, sin arabescos, directa, al alcance de cualquier lector, pero también al alcance de poquísimos narradores.

Ahí está también su prólogo, que es impresionante. Se presenta como quien había sido ciudadano de una república democrática y parlamentaria y se lamenta del curso de los acontecimientos. Justifica su exilio y transmite su dolor, y esa confesión explica el nervio y el sentimiento que yace como sustento de sus relatos. Vale la pena leerlo. De verdad que vale la pena.

Nostalgia



Se ha hablado mucho de Nostalgia, una recopilación de relatos (cuentos y novelas breves) de Mircea Cartarescu. Siento decir que no sé cómo escribir las a con sombrerito que se emplean en rumano, pero añado que me considero una persona muy afortunada por haber podido leer esta colección de relatos. ¡Qué maravilla!

Ojo, Cartarescu es difícil. Quiero mejor decir que no es fácil. Podría haber dicho que el lector ha de poner de su parte, tanto atendiendo a los delicados matices que adornan la prosa como dejándose llevar por un juego que no sé si es literario, metaliterario, poético o qué, pero ¿creen que me importa qué pueda ser? Uno se deja llevar y ya está. El goce de la lectura es, en este caso, una experiencia estética de pe a pa. Si el barroco es un juego de arabescos, simulaciones y enredos, es barroco; si la poesía busca la belleza, incluso entre la sordidez, es poético; si la literatura consiste en ir más allá del relato, innovando, pero con los pies bien asentados en los clásicos, es literatura de la buena. Etcétera. Todo lo que hayan dicho de Cartarescu no tengo por qué repetirlo aquí, pero casi todo es cierto o se aproxima. Me queda preguntarme cómo definir la prosa de este autor rumano y, he de reconocerlo, es hacer esa pregunta y verme en un aprieto. Es... Es Cartarescu.

No es sólo que me haya gustado lo que he leído. Que una obra guste más o menos no importa, pues importa su calidad y su efectividad, si me pongo a valorar un libro. En el detalle técnico, Nostalgia es soberbia. En su función de generar emociones y transportar al lector a una realidad tan próxima como soñada, también. Esta recopilación de relatos es simplemente magnífica. ¿No es apta para todos los lectores? No lo será, pero los que tienen tras de sí una experiencia lectora suficiente se enfrentarán a una obra maestra.

¡Pinchazo! (Gran Premio de Inglaterra 2017)



Qué mala pata... Aunque quizá no sea todo culpa del azar, cuidado. No se descarta la mala suerte y la casualidad, pero algo falló también. En la última vuelta, que ya es decir, los dos Ferrari pincharon un neumático. El segundo Ferrari pudo subir al podio, pues quedó tercero, pero el primer Ferrari, el de Vettel, no tuvo otra que acabar séptimo. Así que ¡pam! ¡uno! y justo después ¡pam! ¡el otro! Los aficionados rossocorsistas nos llevamos las manos a la cabeza. 

Pirelli afirma que los automóviles de este año son asimétricos (sic) y que no es lo mismo un neumático trasero derecho que uno izquierdo, y que no pueden intercambiarse, como hasta ahora. Eso explicaría por qué cinco (¡cinco!) ruedas traseras izquierdas pincharon en Silverstone, y alguna delantera. Pero podrían haber avisado, ¿no?

Pero la carrera la ganó Hamilton, y muy bien ganada. En casa, que dicen, en Silverstone, un circuito que tiene una larga tradición, como la de Monza, Spa-Francorchamps o Mónaco. Aunque ¿saben que decían de Silverstone en los años cincuenta? Es un circuito que carece de emoción, pues parece todo dispuesto para que los conductores no puedan matarse cuando se salen de la pista, tal cual. Eran otros tiempos.


La clasificación de Mercedes-Benz suma más puntos y adelanta a Ferrari en el Campeonato de Constructores, 330 a 275 (y en el tercer puesto, Red Bull, a 174). En el Campeonato de Pilotos, Vettel, el primero de Ferrari, mantiene una ventaja de un solo punto, uno, respecto a Hamilton, de Mercedes-Benz. Emocionante, ¿no?

Ola de calor



Encontrado en las redes. 
Después de un ataque de risa, lo añado a mi cuaderno.

Lo que vota o no vota el pueblo


Leo demasiadas veces que la culpa de todo la tiene un Tribunal Constitucional que declaró no aplicables 14 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006. Esa ley orgánica española había sido aprobada por tres de cada cuatro catalanes que fueron a votar en el referéndum, lo que da un 36% del censo electoral de aquel entonces. 

Solemos olvidar la rocambolesca historia de su génesis y sus mil detalles ridículos, con un episodio central bastante lamentable. En un rifirrafe parlamentario, el entonces presidente Maragall le dijo al entonces cabecilla de la oposición, el señor Mas, que ustedes (Convergència i Unió) tienen un problema, y ese problema se llama 3%. El señor Mas dijo que si no retiraba esas palabras, no seguía participando en la elaboración del Estatuto. Ahí tendría que haberse plantado el presidente, pero Maragall, vergonzosamente, se arrugó y retiró lo dicho. Meses más tarde Mas negoció en secreto (ejem) con Zapatero dar su apoyo al Estatuto a cambio de ser investido presidente en las siguientes elecciones (y echar a Maragall). El acuerdo sentó como una patada en el PSC, que se pasó el acuerdo por el forro, pero cambió Maragall por Montilla, repitió Tripartito, etcétera. Lo del 3% también ha dado mucho de qué hablar desde entonces.

Resulta casi un chiste que el 3% del texto del Estatuto fuera declarado inconstitucional. ¡El 3%...! En fin... Pero, seamos honestos, ¿alguien sabría decirme qué declararon inconstitucional exactamente? Sin consultar internet, no hagan trampa. Siempre hago esta pregunta y el silencio suele ser la respuesta. Cuando digo que, según el texto original del Estatuto, los catalanes no podríamos apelar al Tribunal Supremo ni pedir ayuda al Defensor del Pueblo (cuando el resto de los españoles sí que pueden), la gente no me cree, pero ahí está la sentencia. Búsquenla y léanla.

¡Vayamos al grano! Como esa ley orgánica había sido aprobada en referéndum y luego corregida por el Tribunal Constitucional (lo normal, lo que sucede y ha sucedido con tantas otras leyes aquí y en tantos otros países), el señor Puigdemont, en sede parlamentaria, a instancias de una pregunta de la oposición, dijo que él no tenía por qué cumplir con lo que dijera el Estatuto. No es el Estatuto que votó el pueblo, dijo, más exactamente, para justificarse. Unas palabras que no han tenido mucha repercusión en la prensa, aunque son una barbaridad, si nos paramos a pensar, porque ¿qué partido político hace lo que dijo que haría en período electoral? No conozco ni uno.

El Estatuto vigente y el anterior decían que Cataluña podía (y debía) tener su propia Ley Electoral, ley que tienen todas las demás Comunidades Autónomas. Pero aquí somos muy guapos y no la tenemos; vamos todavía con la de 1976. La cuestión es que esta ley necesita ser aprobada por una mayoría cualificada de dos tercios del Parlamento de Cataluña (90 diputados). Eso lo decían ambos Estatutos y esa parte del texto nunca lo tocó el Tribunal Constitucional. Es decir: el pueblo votó esta norma y no otra, dos veces, tanto que hablan de lo que el pueblo votó. 

La cuestión es que nunca, en más de treinta años y para nuestra vergüenza, han conseguido ponerse de acuerdo tantos diputados para aprobar la Ley Electoral. Ahora, mediante la Ley (Fantasma) de Transitoriedad de No Sé Qué, que nadie ha visto, el actual Gobierno de la Generalidad de Cataluña pretende saltarse tal mayoría cualificada y hacer un remedo de Ley Electoral sui generis con una mayoría simple, de la mitad más uno y andando, y (atención) sin debate previo, en lectura única, por sorpresa, con nocturnidad y alevosía. Así, por el morro, vamos, en cuestión de horas. En contra de lo que votó el pueblo, si nos ponemos puigdemontescos.

Puigdemont, el tercero por Gerona de la lista de candidatos de Junts pel Sí.

Pero, ahora que pienso... Al presidente Puigdemont tampoco lo escogió el pueblo. ¿Acaso era él el candidato de CiU y ERC? No. Ni por asomo. Si aplicamos la máxima que argumenta él mismo, que no tenemos por qué hacer caso de lo que el pueblo no votó... No diré más. Sólo diré que no pueden pedirse peras al olmo y que éste es el nivel. Llegados a este punto, mi angustia es creciente: ¿no queda nadie inteligente en política?

El Mundo del Entretenimiento de Piedra Dura


Yo no sé... La verdad, me desaniman. Corre por ahí desde hace ya tiempo la idea de montar en tierras de Tarragona un complejo de máquinas tragaperras que hará del lugar... No sé lo que hará. Si sé que tantos esfuerzos como ha hecho la Generalidad de Cataluña en promover el juego y la ludopatía en la zona los hubiera hecho en promover, pongamos por caso, viviendas sociales, investigación científica, escuelas públicas u hospitales, otro gallo cantaría. Pero ¡quiá! Sólo están por el dinero fácil y las banderas, y luego vendrán quejándose.

El complejo de vicio y perversión (inmobiliaria y de la otra) tenía que llamarse BCN World, por varias razones. La primera, porque la marca Barcelona supera con mucho otras marcas, por cuanto es mucho más conocida y valorada que la marca Cataluña, por ejemplo, y la marca Salou da una imagen que no es la que se buscaba; Barcelona vende y no se hable más. La segunda, porque es lógico que se llame BCN World si está en la provincia de Tarragona, como puede suponerse. Tercero, porque llamarla El Mundo de Barcelona (o El Món de Barcelona, en catalán) no mola tanto, y de eso comienzo a quejarme.

El Diari de Tarragona publica esta imagen de la amenaza hortera.

El proyecto nació con mal pie y después de muchas vicisitudes y ridículos, donde los convergentes y republicanos en el poder hicieron varias bajadas de pantalones que pasarán a la historia de la sodomía, se ha convertido en, agárrense, Hard Rock Entertainment World, porque pondrá los cuartos Hard Rock, un grupo empresarial multinacional del ramo de la hostelería, propiedad de los indios semínolas, y porque Entertainment World suena mejor que Casa de Juego (o de Citas). 

El conjunto arquitectónico-urbanístico promete elevar la categoría de lo hortera y lo kitsch a niveles jamás antes experimentados y miles de puestos de trabajo de baja cualificación servirán para que jóvenes sobradamente preparados puedan cobrar salarios de mierda, en vez de aprovechar las oportunidades de una inversión pública en investigación y desarrollo, pongamos por caso. Así que todos contentos... excepto los puñeteros, como yo, que se preguntan por qué c... narices, perdón, tiene que llamarse Hard Rock Entertainment World pudiendo llamarse Mundo del Entretenimiento de Piedra Dura, que suena mucho, pero mucho más divertido. ¡Qué manía la gente del márquetin con el inglés...!

Segundo volumen: galeradas y pruebas de impresión


El segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía está a punto de caramelo.

Como ya sabrán mis lectores, el primer volumen comenzaba en la antigua Grecia y acababa con la creación de la universidades europeas, en la segunda mitad de la Edad Media. Queda, pues, y de eso va el segundo volumen, la delirante historia de la filosofía desde entonces hasta ahora. Como no tengo abuela, lo diré yo mismo: si la primera parte era buena, ésta será mejor. Volviendo a leer lo escrito, escrito hace ya tiempo, no ahorré carcajadas.


El otro día me enviaron las galeradas, a las que presté una especial atención, como corresponde. Ahora queda la prueba de impresión. Mi visto bueno será el pistoletazo de salida de la impresión misma, que, si Dios quiere, los elementos acompañan y el azar permite, provocará que el libro nazca como tal a mitad de septiembre. Queda mucho para eso, o muy poco, según se mire, y con vacaciones en medio (que podrían aprovechar para leer el primer volumen, si no lo han leído). Así que ahí lo dejo. 

Con el nuevo curso, lectores míos, más filósofos. ¡Que sea leve!



Laralereliríiiii (Gran Premio de Austria 2017)



Ya saben que en el Tirol les da por vestirse con pantalones cortos y tirantes y cantar laralereliríiiii tan contentos, mientras trasiegan cerveza a destajo. Son costumbres locales que no pienso censurar, vistas nuestras propias costumbres locales. Pero por ahí también celebran un Grand Prix, con el patrocinio de Red Bull, en un circuito que también lleva su nombre. Este fin de semana se celebró el Gran Premio de Austria y Bottas, de Mercedes-Benz, volvió a ganar. Lo hizo muy bien, de la primera a la última vuelta. Tan bien lo hizo en la misma salida (salió limpio, el primero, sin pensárselo dos veces) que los comisarios creyeron que había salido antes de tiempo, pero no. Simplemente, salió el mejor de todos. Así, a la chita callando, va llenando su maleta de copas y laureles.

Detrás le perseguía el primer Ferrari, el de Vettel, que un poco más y lo atrapa... pero que no lo atrapó. Luego, otro que, calladito calladito, va haciendo, Ricciardo, que es de Red Bull. Aguantó el tipo perseguido por el Mercedes-Benz de Hamilton, que ya se había merendado al segundo Ferrari, pero que no pudo con el Red Bull. Así las cosas, en el Campeonato de Pilotos Vettel (Ferrari) le saca veinte puntos a Hamilton (Mercedes-Benz); en el de Constructores, en cambio, es Mercedes-Benz la que saca treinta y tres puntos a Ferrari. Son muchos puntos, pero no tantos como parecen. La cosa sigue emocionante y se acerca el Gran Premio de Italia.

¿A quién preguntan? ¿Quién cocina?


El mundo de las encuestas que llaman demoscópicas es todo un señor mundo. Visto desde fuera, parecen meteorólogos, que anuncian tempestades y no dan una; vistos desde cerca y con conocimiento de causa, los meteorólogos aciertan más de lo que se piensa, lo mismo que los demoscopistas, o como se llamen. El problema, como suele acontecer, son los medios (palabra polisémica). Si van cortos de dinero, con prisas y presionados por el pagano, salen márgenes de error que superan el 4% y apenas se apuntan las tendencias, porque un 4% en votos puede significar tener mayoría absoluta o irse a la oposición, así está el patio. Además, el pagano prefiere unos a otros resultados. Quizá esto explique lo que les voy a contar.

No es fácil evaluar los resultados de una encuesta.

Dos periódicos han explorado estos días pasados la intención de voto en España. Uno, El País; el otro, El Confidencial. Con una muestra estadística parecida, han llegado a resultados opuestos. Verán:

A El País le han podido las ganas y ha anunciado a bombo y platillo que desde que Pedro Sánchez se ha hecho con el PSOE, éste se hunde en las encuestas. En el gráfico que acompaña a la noticia, se dibuja una curva con una intención de voto socialista que en el último tramo se inclina ostentosamente hacia abajo. Cae. En El Confidencial, en cambio, el PSOE levanta el vuelo y sube. Sube. La curva de la intención de voto es en esencia idéntica a la de El País hasta que llegamos a la última encuesta. En El Confidencial apunta hacia arriba donde la anterior apuntaba hacia abajo. No se trata de un matiz, de una pequeña diferencia porcentual provocada por eso que llaman el cocinado (que tiene mucho más de arte que de ciencia). Se trata de un verdadero tú p'aquí y yo p'allá.

Mientras nos preguntamos cómo es posible que sucedan estas cosas más allá de un margen de error admisible, comparamos otras dos encuestas similares. Una es de La Vanguardia y otra, de nuevo, de El Confidencial. La de El Confidencial cuenta con una muestra más pequeña y un margen de error ligeramente superior. Sólo ligeramente superior, que conste. Ambas preguntan por la intención de voto en las próximas elecciones autonómicas catalanas (que podrían caer después del paripé del uno a cero). 

En esta última encuesta no hay problema con el ganador, ERC. Según La Vanguardia, se llevaría casi el 30% de los votos (no llega por poco) y unos 43 diputados. Según El Confidencial, un poco más (muy poco) del 30%. Dados los márgenes de error de ambas encuestas, esta pequeña diferencia es atribuible al ruido estadístico y las dos encuestas vienen a decir lo mismo. El problema viene cuando se valora a la antigua Convergència. 

Los antiguos convergentes (hoy pedetes o pedecatos) obtendrían, según La Vanguardia, casi el 15% de los votos y unos 23 diputados. Estarían prácticamente empatados con Ciudadanos, en segunda posición. Sin embargo, en El Confidencial cuecen otras habas. En esta segunda encuesta, los antiguos convergentes se hunden. No caen, no; se precipitan para abajo. Según El Confidencial, quedarían por detrás del PP y con alrededor de un 9% de los votos, lo que es (sería), se mire como se mire, un desastre. Si la previsión de La Vanguardia es mala (pasar de 62 a 23 diputados en cinco años) la de El Confidencial es horrible (pasaría de esos 62 a unos 10 u 11, más o menos). 

Me da, vistos estos resultados tan dispares, que los resultados de los estudios demoscópicos dependen de la muestra escogida... ¿al azar? En El País y La Vanguardia han empleado muestras de la más absoluta confianza; i.e., muestras que piensan como la dirección del periódico. En El Confidencial, se manipulan los titulares (¡todos manipulan los titulares!), pero la muestra parece otra. O eso es así o el cocinero echa en la sopa de los resultados de las encuestas las especias a gusto del cliente, que también pudiera ser. Ya saben: quien paga, manda.

Por supuesto (¡bien lo saben los demoscopistas!) todos mienten. De ahí la importancia del cocinero, siempre tan denostado, injustamente.

El uno a cero


Venga mi queja contra los que se encargan de eso de la comunicación y escriben los días con un número y la primera letra del mes, en mayúscula. Eso hace que nos llenemos de fechas históricas dichas en plan veinte ene, once ese, quince eme, veintisiete de... 

Si el siete jota es San Fermín, y canto uno e, dos efe, tres eme, cuatro a, cinco eme, seis jota y siete jota San Fermín, a Pamplona hemos de ir, etcétera, ya la tenemos liada. Porque fíjense que marzo y mayo son los dos eme, y junio y julio, jota. También podrían confundirse abril y agosto, y así tenemos a la mitad del calendario en zona confusa.

Nunca me ha gustado esta manera de señalar una fecha, cualquier fecha. Me resulta ridículo, incómodo, forzado, habiendo marzo, septiembre, diciembre... Pero, ay, en tiempos idiotas se cometen idioteces, y como decía un gran personaje, un tonto es quien comete tonterías.

Yo no leo el calendario, leo esto.

Una de estas abreviaturas me tiene entretenido, últimamente. Parece el resultado de un partido de fútbol. Hablo del uno a cero. Perdón, hablo del uno o. Pero yo, qué quieren que les diga, siempre que veo el uno o veo un uno a cero. Como tienen la manía de escribir los meses con mayúscula, como la o y el cero se parecen tanto... En fin, nunca aprenderán que mis dos lenguas son latinas, no anglosajonas, y que ninguna de las dos pone mayúscula en el mes. 

Hablaba del uno a cero, sí, perdonen. Parece ser que están cociendo algo para el uno a cero. Quieren convocar algo que no se sabe qué es, oficialmente, porque nadie ha firmado nada, nadie ha propuesto nada en un parlamento, nadie ha puesto negro sobre blanco, con toda clase de detalles su propuesta ni la ha sometido al escrutinio del resto de los agentes políticos del país, para que puedan argumentar a favor o en contra, proponer cambios o mejoras, criticarla, incluso rechazarla con razones. Quiero pensar, entonces, que el uno a cero será un acontecimiento deportivo, en el que alguien mete un gol y se da por ganador, justo cuando el partido no ha hecho más que comenzar.

Será Turquía la que esté ganando uno a cero. Porque aquí, como allá, operamos del mismo modo. Se pretende que las leyes se aprueben sin ser leídas, discutidas, expuestas o criticadas, arbitrariamente, a discreción de quien manda, por mayoría simple, digan lo que digan los demás agentes políticos, porque lo digo yo, amén. Algo muy erdoganiano. 

En la misma línea está la manipulación de los medios. La radiotelevisión pública da vergüenza ajena y se ha aprobado que los medios que no digan lo que el gobierno quiere que digan se quedarán sin subvención de ninguna clase. Tapan sus vergüenzas con la bandera y el ruido, pero no hacen nada para arreglar el destrozo que han sufrido los servicios sociales, la sanidad o la educación pública, las políticas de empleo, cultura, investigación... estos últimos cinco años que preceden al uno a cero, un acrónimo destinado a sostener a los mismos que han provocado el desastre justo donde están, donde puedan seguir haciendo daño y desastrándolo todo. Que no han parado de enriquecerse, mientras tanto, comisión y mano tendida mediante.

Ya sabemos a quién han metido el gol, quién lo acabará pagando.
Pierden los de siempre, y además, engañados.

Por el otro lado, hay motivos de risa en este empeño patrio del uno a cero. El episodio de las urnas, por ejemplo. Quizá acabe marcando el gol quien menos se le espera.

Un circuito callejero (Gran Premio de Azerbaiyán 2017)


Lo de Bakú ha dado de qué hablar. Por el otro lado, ha sido muy entretenido. Ha sido, en opinión de algunos, una especie de locura, una lotería, un caos... Topetazo por aquí, topetazo por allá, un Ferrari abandona por pinchar su neumático con los restos que su propio alerón había dejado en la pista. No será el único. Mientras los coches de seguridad entran y salen de la pista, Vettel (Ferrari) va detrás de Hamilton (Mercedez-Benz) y éste frena de golpe. Vettel se lo come, que se dice vulgarmente, y se abolla el alerón delantero. Se pica, pilla un rebote, se pone a la par de Hamilton y le golpea la rueda delantera con un golpe de volante. Así, como un niño con una rabieta. Diez segundos de penalización. Eso está feo.


Ha ganado un Red Bull y el segundo ha sido el compañero de Hamilton, Bottas. Vettel ha quedado cuarto y Hamilton, quinto. Un Williams ha completado el pòdium y entre los diez primeros están Haas, Sauber y McLaren, para que vean que la carrera ha sido, en efecto, de todo menos aburrida. Un poco bronca, eso sí.

En el Campeonato del Mundo de Pilotos, sigue por delante Vettel; en el de Constructores, Mercedes-Benz. Hamilton sigue pegado a Vettel y Ferrari a Mercedes- Benz. Aunque, me dicen, esta vez los italianos no lo han tenido tan fácil. Queda mucho por delante. Ya veremos.

Mucho teatro


Exclusiva: Ensayo general de la obra.

Me dicen que el Gobierno de la Generalidad de Cataluña, en vez de explicar una ley en el Parlamento, la explicará en un teatro, y con esto digo todo. 

Unos dicen que la obra es un esperpento; otros, que se repite demasiado; no son pocos los que señalan la intriga acerca del final, aunque no son menos los que anuncian un desenlace decepcionante. En general, tiene un aire azaroso e improvisado y sus autores se niegan a aceptar las críticas o recomendaciones del personal. La obra se retransmitirá en directo por el NO-DO y estará subvencionada con dinero público, aunque sólo beneficiará a unos cuantos, porque ése es el tema que se amaga tras el argumento.

La brillante oratoria del presidente


Hace unos días, fue noticia que el presidente de la Generalidad de Cataluña, el señor Puigdemont (el del flequillo, no se confundan), fue sonoramente pitado en el acto de dar por iniciadas las fiestas de un barrio popular de Badalona. Razones para la pitada no faltan, cada uno tiene las suyas, pero quizá convendría leer el discurso que hizo el personaje ante los ciudadanos de Badalona. Aquí lo tienen, convenientemente traducido:

Buenas tardes a todos, buenas tardes. 
[Muchos pitos y gritos de protesta.] 
¿Me dejáis hablar? Y si no os gusta, silbáis después. 
[El presidente tutea al público, menuda muestra de respeto... Siguen los pitos y flautas.]
Dejadme hablar. 
[Se acostumbra el hombre al desacuerdo del público y la gente se cansa de soplar. Así que empieza.] 
Estimada alcaldesa, querido presidente: 
[Pausa significativa, pero no por los pitos, sino por ver a ver qué digo.] 
Quiero que sepas que para mí es un verdadero honor haber podido aceptar tu invitación y estar a vuestro lado en lo que es un evento de los más importantes que se pueden hacer en un pueblo, porque veo espíritu de pueblo, que es las fiestas populares. 
¿Qué es una fiesta popular? Una fiesta popular es cuando todos, todos, nos reunimos en el espacio público, hacemos un esfuerzo para construir una oferta lúdica que ponemos al servicio de todos y algo muy importante, que tú has señalado en tu discurso, que es que nos abrimos y nos gusta que la gente venga a vernos. 
Espero que disfrutéis mucho de la fiesta. Seguro que sí. 
Muchas gracias. Sabed que para mí es un verdadero honor estar en uno de los barrios más importantes de la zona metropolitana.
[Se acabó lo que se daba. Apoteosis de pitos y protestas. El orador cede el micrófono, con señales de alivio, porque ya puede irse a casa y sentirse querido en otra parte. Fin.]

Dejando aparte el tuteo que gasta el tipo, su oratoria da mucho en qué pensar. Por ejemplo, se menciona el Volkgeist (el Espíritu del Pueblo), tan ensalzado en el idealismo alemán desde que lo inventara Herder, aunque... Bien, ahí lo dejo. Sus definiciones, observaciones, reflexiones... no tienen desperdicio. No hace falta ser crítico literario o haber leído la Oratoria de Cicerón para adivinar que el presidente padece limitaciones del lenguaje, en grado crónico, y que un maestro de escuela le hubiera mandado repetir la redacción. ¡Y dicen que fue periodista...! ¡Claro que no se venden periódicos!

Yo pregunto si un tipo que habla así es la persona idónea para encabezar una revolución nacional. Qué digo una revolución nacional... ¿Le dejarían escribir una columna de opinión a la semana, a un tipo que prepara un discurso y le sale esto?

Ah, el poder y la estulticia conjuntados... Qué peligro.


La gran fuga del abuelo



Imagínense a un niño que adora a su abuelo, aunque su abuelo comienza a mostrar los efectos de una demencia senil. No recuerda el nombre de su querido nieto y a veces se olvida de quién es, por ejemplo, y cree que la residencia donde vive es... ¡un campo de prisioneros de la Luftwaffe! Porque el abuelo en cuestión había sido piloto de la RAF, uno de los pocos que vencieron en la desesperada Batalla de Inglaterra. Ahora cree que vuelve a vivir esos tiempos de antaño y con la ayuda de su nieto pretende escapar de los alemanes y volver a pilotar su Spitfire.

Éste es el argumento de La gran fuga del abuelo, un cuento (yo mejor diría una novela infantil) escrito por David Walliams y que en España edita Montena. No suelo comentar esta clase de libros, pero en este caso haré una excepción porque es el primero que ha leído mi sobrino Cissé por propia iniciativa... ¡y le ha encantado! 

Había leído cuentos, sus padres procuran leerle algo cada día y le animan a leer constantemente, pero este libro ha sido especial. No sólo se ha sentido fascinado por la historia, sino que ha comenzado a investigar por su cuenta. Yo mismo le he buscado películas en internet como ésta, para que viera qué es un Spitfire y cómo vuela.


No contento con esto, partiendo de la documentación y la información que ha conseguido, ha procedido a construir su propio Spitfire. Su hermana se ha sumado a la fiesta. Es más pequeñita y en vez de pintar sus aviones mimetizados y con las insignias y distintivos de la RAF, los ha pintado de colorines, y podrían pasar perfectamente como aviones de entrenamiento.

Aquí tienen el resultado:

La escuadrilla Soravilla.

Luego he sabido del gran éxito que ha tenido este libro, y de lo bien valorado que está por muchos lectores. En mi opinión, es un libro que merece todos los elogios, aunque ya sé que no soy precisamente neutral, en este caso.

Sentido y sensibilidad



Confesaré un grandísimo pecado lector. A estas alturas de mi vida, que son muchas alturas, no había leído nada de Jane Austen. Así, tal cual, dicho con desvergüenza y no poco arrepentimiento. Porque acabo de leer Sentido y sensibilidad y todavía estoy aplaudiendo.

Ay, los clásicos... Por algo son clásicos. Me fascinó Sentido y sensibilidad desde la primera página, con esa elegante y discreta escritura, que ya no se ve, con esa manera de narrar y retratar a las personas con tanta ironía como profundidad. ¡Cuánto he disfrutado!

En otro orden de cosas, causa cierto pasmo contemplar una sociedad en la que una persona de treinta y cinco años es ya demasiado vieja como para enamorarse, o donde un personaje aconseja a otro que tenga paciencia con la suegra porque, en fin, tiene ya cincuenta años y sería muy dudoso que pudiera vivir diez años más. Las protagonistas, Marianne y Elinor, suman diecisiete y diecinueve años. Lo que nosotros llamaríamos novietes o tonterías de adolescente son, en su caso, verdaderos pretendientes a los que cabe analizar con cuidado, porque a poco que una se descuide anda metida en matrimonios. La exquisita educación de las señoritas Dashwood nos parece lejana e irreal, y quizá por ello también fascinante, etcétera.

Pero el mérito de la obra no es, ni mucho menos, esta suma de anécdotas. Son muy bienvenidas, naturalmente, pero lo que me ha enamorado es el dominio de la escritura, el delicado juego de decir, mostrar y explicar que muy pocos escritores dominan y que Austen domina a la perfección, en serio. 

No pretendo decir más. Sólo quería descubrir mi pecado y apelar al perdón. Aunque tardía, la dicha ha sido buena y Sentido y sensibilidad, un placer.

¿No la han leído? ¿A qué esperan?

Ahora tú, ahora yo (Gran Premio de Canadá 2017)


El pasado fin de semana la Fórmula 1 pasó por Canadá y yo, con estos pelos, retrasado. Por lo tanto, no me alargaré demasiado. El Ferrari de Vettel rompió el alerón delantero en los primeros pasos de la carrera (esas cosas pasan) y tuvo que cambiarlo. Como Mercedes-Benz cuenta con Hamilton y Hamilton en Canadá se mueve como pez en el agua, no desaprovechó la oportunidad y se llevó la carrera a casa; su compañero quedó segundo. ¡No está nada mal! Vettel tuvo que remontar desde atrás del todo y acabó cuarto, lo que tampoco está mal, porque fue sumando puntos y se llevó a casa el elogio de los periodistas del Circo, y su compañero, Raikkonen, tuvo que conformarse con la séptima posición, mejor que nada, pero no como para tirar cohetes. 


En la clasificación general, Vettel (Ferrari, 141) aguanta en la primera posición, con Hamilton (Mercedes-Benz, 129) pisándole los talones. En el Campeonato de Constructores, Mercedes-Benz (222) ha pasado a Ferrari (214), como Ferrari pasó antes a Mercedes-Benz. Es un ahora tú, ahora yo muy interesante y ojalá siga así hasta el final. Gane quien gane, será divertido.

La Santa Catalina de Caravaggio (Índice)


Después de haberme dejado ir en algunas entradas sobre un cuadro de Caravaggio, sin más ayuda que la memoria y la imaginación, improvisando, creo que lo mejor será ordenar lo que he escrito con este breve índice.

A modo de introducción:

La historia y la iconografía de Santa Catalina de Alejandría:

El ambiente cultural en el que fue pintado el cuadro:

La explicación de la escenografía del cuadro:

Varios niveles de lectura sobre el lienzo:

Podría haber dicho muchas más cosas, pero lo dejamos aquí por hoy.

La Santa Catalina de Caravaggio (El lienzo)


Vamos, por fin, a examinar el lienzo de la Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio. Vuelvo a reproducir la obra, empleando la imagen electrónica que proporciona el museo mientras no sea con fines comerciales. Los detalles de la imagen se han extraído de otras imágenes disponibles públicamente en internet.

Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio. 
Santa Catalina de Alejandría, c. 1598 
© Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Primera lectura del cuadro: Salta a la vista que la imagen representa a Santa Catalina de Alejandría. Es fiel a la iconografía de la santa y ahí están todos los elementos. Se apoya en la rueda, en la que se ven unos pinchos. Lleva en la mano una espada. Viste ropa elegante, propia de una persona de condición (recordemos que Catalina presumía de buena familia, si no de familia real). Se arrodilla sobre un cojín de terciopelo rojo donde está depositada una palma. A buen entendedor, pocas palabras: es la palma del martirio. Además, la mujer que aparece en el lienzo es joven y bella, como corresponde a la santa alejandrina. 

En este primer nivel de lectura del lienzo, pues, Caravaggio ha satisfecho el encargo del cardenal del Monte. Éste, devoto de Santa Catalina, quería que Caravaggio la pintara para su colección particular.

Caravaggio emplea una rueda rota como atrezzo, a la que pinta dos pinchos para que se vea que es la rueda del martirio. La encontraría en la calle, o en las cuadras del palacio Madama.

Vayamos un poco más allá. Caravaggio emplea muy pocos elementos escenográficos: una rueda (rota) a a que ha pintado un par de pinchos, para que no se diga; un almohadón de terciopelo rojo, que imagino prestado de algún asiento del palacio Madama; la palma del martirio; la espada. El suelo desnudo y el fondo oscuro, de un color pardo tirando a negro, que quizá represente un lienzo o una cortina, priva de todo paisaje. Toda la imagen se centra en una mujer arrodillada, apoyada a medias en la rueda, sosteniendo, acariciando, la espada contra sí. La figura está inclinada hacia la izquierda del espectador, formando una diagonal que podría parecer inquietante, que la larga espada subraya. La palma, que sube de izquierda a derecha, hace de contrapunto y equilibra un poco el conjunto. 

En el rostro es donde mejor se aprecia el foco luminoso.
La mujer es Filis Melandroni, entonces una joven de dieciocho años.

La luz proviene de la derecha y resalta la cara y el pecho de la santa, que brilla con luz propia sobre el fondo oscuro. Como Caravaggio prefería iluminar por la izquierda o empleando varios focos luminosos, se dice que el cuadro se exponía en un lugar iluminado por una ventana a la derecha del cuadro. Algo parecido sucede en La conversión de San Mateo, en la capilla Contarelli. 

La camisa de la santa, de blanco de plomo, ocupa el centro del cuadro, ligeramente elevado. Aunque la carga está descompensanda (la rueda a la izquierda, la santa apoyándose sobre ella...), esa luz empuja a mirar hacia el centro. En comparación, la cara está aproximándose a la sombra. Esta lucha de equilibrios provoca cierto interés y una cierta desazón.

Sabemos que el cardenal del Monte encargó el cuadro después de un tableaux vivant dedicado a la santa, en su palacio. Afirmo que el lienzo no representa tanto una Santa Catalina canónica como la Santa Catalina que se representó en un tableaux vivant aquel lejano 1598. Como un recuerdo de una gran representación, quizá. Es decir, a medida que profundizamos en la lectura descubrimos que no es una representación solamente, sino la representación de una representación. Comienza el juego, y no acaba.

Aunque se diga que son Marta y María Magdalena, son Annuccia y Filis. 
Annuccia ya había posado para dos o tres lienzos de Caravaggio.
Éste parece ser el primer posado de Filis para el pintor.

¡Y vaya juego! Comencemos por la santa, que no es tan santa. Es Filis (o Fillide) Melandroni. Es una cortesana, por no decir una puta de Roma. Su madre vendió (y cobró) su virginidad cuando la muchacha tenía catorce años. A partir de aquel entonces, sería una mujer de armas tomar. Su ficha policial no está libre de incidentes violentos. Filis, cuchillo en mano, no dudaba en marcarle la cara a una mujer por meterse con ella o con su negocio. Amiga íntima de Anna Bianchini, Annuccia, tendrá un golpe de suerte cuando Caravaggio, aficionado al bebercio y al puterío, contrata a su amiga como modelo. Annuccia, pelirroja, será María cuidando del Niño en su exilio hacia Egipto, será una llorosa María Magdalena (en solitario, o lamentándose después en la Muerte de la Virgen)... y compartirá protagonismo con Filis. 

Filis entra en el palacio Madama de la mano de Caravaggio, o quizá se convierte en modelo de Caravaggio cuando entra en el palacio Madama por sus propios medios. Porque la situación es la siguiente: un noble florentino, de rancio abolengo, Giulio Strozzi, se enamora de Filis y le va detrás. Filis aprovecha la ocasión para progresar socialmente, ganar dinero, conocer gente... Más adelante, Giulio y Filis podrían haberse casado en secreto, lo que equivale a decir exactamente que Filis se convierte en la única y exclusiva amante del florentino, no en su mujer legalmente o ante la Iglesia. Sacará un enorme rédito de esta unión, mientras el joven Strozzi no sacará más que cuernos de esa unión. Cuando Filis muera, a los 39 años, habrá hecho fortuna y vivido con holgura de medios. Es un caso raro entre las cortesanas de Roma.

Filis sujeta la espada de Caravaggio, con la que años después cometería homicidio.
Puede apreciarse una deformación en la articulación del dedo anular de la mano izquierda, posiblemente debida a una rotura mal soldada, un defecto que también se aprecia en otros lienzos. La espada es una espada ropera milanesa, de hoja larga (a la española, como era la moda entonces). Fíjense con qué cariño acaricia la santa el instrumento del martirio, o con qué cariño Filis acaricia la espada del pintor, que viene a ser lo mismo.

Siete u ocho años después de pintar este cuadro, Caravaggio matará con su espada (esa misma espada que Filis acaricia en el lienzo) a Ranuccio Tommassoni. En esta muerte se cuentan varios factores, como las peleas entre bandas (los Tommassoni eran del bando español y la banda de Caravaggio y Longhi, del francés), los líos de putas (parece ser que los Tommassoni ejercían el proxenetismo) y muy seguramente Filis, que podría haber acudido a Caravaggio para vengarse de Ranuccio, para meter cizaña, para protegerse de los Tomassoni... Quién sabe. En cualquier caso, Filis y Caravaggio permanecerán unidos en las fichas policiales, en las tabernas y palacios de Roma y quien sabe si fueron amantes en algún momento. Nada puede asegurarse.

La punta de la espada manchada de sangre se cruza con la palma del martirio.
¿Es sangre o un reflejo del almohadón de terciopelo rojo?
Otra vez el juego entre la representación y lo representado.

Yo diría que sí que fueron amantes, y el porqué está en este cuadro. Fíjense con que sensualidad acaricia Filis la espada de Caravaggio, y no hay que ir muy lejos para saber que la espada que penetra la carne (véase manchada de sangre en la punta) es una metáfora de la penetración en el acto sexual. Lo sé yo y lo sabían en el Cinquecento. 

El cardenal del Monte y los que podían permitirse el lujo de admirar su colección sabían quién era Filis Melandroni y reconocían la ropa con que viste en el cuadro por ser la que utilizaba cuando ejercía de cortesana del séquito del señorito Strozzi. El cuadro, pues, muestra a una prostituta con intenciones seductoras, vestida con sus mejores galas, mirando a la cara de un espectador (masculino) que asiste estupefacto a esta proposición.

Pero... No podemos quedarnos ahí. Porque Caravaggio va más allá y es ahora, cuando sabemos que la imagen es la imagen de una imagen, que la santa no es tan santa, que la espada no es precisamente el instrumento del martirio... Es ahora cuando, oh, maravilla, volvemos a componer la imagen iconográfica de Santa Catalina de Alejandría con tan pocos y simples elementos, y descubrimos que es mucho más grande que las imágenes convencionales. No pinta a una reina, virgen y mártir, ni una escenografía histórica y grandilocuente, sino a una cortesana que se hace pasar por la santa en un escenario vacío... y ¿saben qué? ¡No importa! Es más Santa Catalina ahora que antes. Es más próxima y más sublime que una iconografía convencional. En este juego de lecturas y apariencias se amaga la genialidad del cuadro.

La Santa Catalina de Caravaggio (Los tableauxs vivants)


La tradición de los tableauxs vivants (que podría traducirse como retablos vivientes) se remonta a los autos sacramentales medievales. Francisco de Asís fue uno de sus impulsores, empleándolos para dar a conocer, en manifestaciones populares, la Historia Sagrada y los relatos de los Evangelios. Esos espectáculos se fueron alejando de los círculos más cultos y refinados, pero a finales del siglo XVI habían regresado a los salones cortesanos. Esta vez, la temática se había ampliado, yendo de lo sagrado a lo profano, y se sumaban las escenas de la mitología pagana a las vidas de santos o representaciones de la Pasión de Cristo, por poner algún ejemplo.

Si bien su origen fuera probablemente italiano, ese arte se había refinado en la corte del rey de Francia (de ahí el nombre de tableaux vivant) y ahora regresaba a Italia de la mano de quienes querían contrarrestar la influencia cultural de la corte española en Roma. En pocas palabras, el cardenal del Monte, mecenas de Caravaggio, tuvo mucho que ver con su puesta de largo en Italia.

En un tableaux vivant se reunían todas las artes. La obra de arte total de Wagner, pues, no es ninguna novedad y es más vieja que el hambre. Quiero decir con eso que no se limitaba a reproducir una o varias escenas teatrales (en la que los actores permanecían en posición estática, como los personajes de un retablo, y de ahí su nombre), sino que se sumaban otras artes a la fiesta. 

De entrada, la música, pues la escena solía venir acompañada de composiciones musicales para uno o varios instrumentos. También, de recitales de poesía, que muchas veces solían cantarse con el auxilio de la orquesta de cámara que he dicho. La pintura tenía también algo que decir. La misma disposición escénica, que reproducía una escena bíblica o mitológica, era fruto de una composición de masas, volúmenes, colores, como si de un lienzo se tratase. Pero también estaba la misma escenografía que envolvía a los actores. Las más de las veces, además de recurrir a elementos de decoración (tapices, cortinas, muebles), el pintor de la corte reproducía un paisaje que servía de fondo a la representación y no eran pocas las veces que un lienzo tenía un papel protagonista en el escenario.

Cuando Caravaggio se fue a vivir al palacio Madama, los tableauxs vivants del cardenal del Monte eran celebrados en los palacios de toda Roma, y considerados todo un acontecimiento en la vida cultural y social de la Ciudad. De la Ciudad culta. El pueblo llano vivía ajeno a ellos y se contentaba con los populares actos sacramentales. Caravaggio se vio muy pronto implicado en estos pequeños acontecimientos de la más refinada y exquisita cultura del momento.

Il suonatore di liuto, de Caravaggio.
Hay quien afirma que el músico es Montoya, el castrato del palacio Madama.
La partitura y los instrumentos proceden de las colecciones del cardenal del Monte y de Vincenzo Giustiniani, a las que Caravaggio tenía acceso. El pintor, además, sabía leer e interpretar música.

El cardenal del Monte era una persona austera pensando en sí mismo: comía frugalmente, vestía sin grandes adornos, calzaba siempre (a decir de los cronistas) un par de viejos zapatos, pudiendo, como cardenal y príncipe de la Iglesia que era, vivir con gran lujo sin que nadie se lo hubiera echado en cara. Pero toda esa austeridad se iba a tomar viento cuando el cardenal se dedicaba a la ciencia o al arte. Era protector de matemáticos, físicos, poetas, artistas... y se codeaba con todos ellos. Su biblioteca era inmensa y muy bien dotada. Aprovechaba su influyente posición para disponer incluso de obras prohibidas por el Index Librorum (un pecado compartido por algunos de sus amigos, con quienes intercambiaba libros). En su corte vivía el gran Montoya, un castrato español que pasaba por ser el mejor cantante del momento, y su colección de instrumentos musicales era la envidia del barrio. ¡Qué decir de la pintura y las obras de arte! Su colección de pinturas y esculturas podría ser hoy comparable a la de los mejores museos de Europa.

Lo que merece la pena destacar es que el cardenal del Monte era el faro del mundillo cultural romano. Era el coleccionista que marcaba tendencia. Su gusto (siempre exquisito) era la referencia de cualquier aficionado a la pintura, la escultura, la poesía o la música de Roma, y conocía de primera mano el ambiente artístico de Florencia, Venecia y Lombardía. Recibía visitas frecuentes de personajes influyentes (en el ámbito político, pero también en el artístico) de Francia, Flandes y Alemania, sabía del quehacer de los turcos y conocía al dedillo las tendencias de moda en la corte española, que él, por su parte, combatía ofreciendo entretenimientos y obras de arte de mayor enjundia. El arte y la política iban de la mano, quizá más que nunca, en aquella Roma agitada y revuelta.

El cardenal del Monte tenía fama de piadoso y veneraba con especial devoción a Santa Catalina de Alejandría. Así que no se lo pensó dos veces y organizó un tableaux vivant que narraría la vida y milagros de la santa. Caravaggio, a las órdenes del cardenal, tuvo un papel protagonista en aquella representación, que haría historia.

Milesi, el poeta (y amigo personal de Caravaggio), compuso unos gozos a Santa Catalina de Alejandría. Pedro Montoya, el castrato del palacio Madama, cantaría acompañado por un grupo de músicos entre los que se encontraba el cardenal del Monte y su adversario político (a la vez que amigo) el cardenal Odoardo Farnese, que acompañarían con sus laúdes y guitarras el recitar de poetas y cantantes. Los tableauxs vivants del cardenal del Monte, como se ve, exigían la participación y la colaboración del público, que se entregaba a ello con devoción.

Caravaggio se encargaría de la escenografía y hacía las veces de director artístico. Su propuesta fue, simplemente, revolucionaria. Lo nunca visto.

Entre las propiedades de Caravaggio destaca el espejo que aparece en Marta y María Magdalena (que son, a su vez, Anna Bianchini, llamada Annuccia, y Filis Melandroni, que haría las veces de Santa Catalina). Quizá se valiera de este espejo en el tableaux vivant que nos ocupa.

Caravaggio había estudiado tratados de óptica y perspectiva en la biblioteca de su mecenas y sorprendió a todos los presentes con un escenario completamente a oscuras, en el que no se veía nada. De repente, a la señal, mientras Montoya comenzaba a recitar una cantiga y Caravaggio descorría una cortina (o algo parecido) y con la ayuda de uno o varios espejos concentraba la luz en un lugar del escenario.

¡Oh, maravilla! Allá donde todo era oscuridad, mientras la música se alzaba sublime, se iluminaba la figura de Santa Catalina, bellísima. Destacaba con luz propia sobre un fondo oscuro. Caravaggio, en vez de pintar una escenografía, un decorado, había conseguido un efecto sorprendente con un juego de luces y sombras. La luz recreaba la escena, que se plasmaba sobre un fondo negro. Una bella modelo hacía las veces de Santa Catalina y más de uno se sorprendió en reconocerla. Era Filis (o Fillide) Melandroni, una cortesana por la que un noble florentino, Giulio Strozzi, sentía una especial predilección. En el siguiente apunte hablaremos de ella.

Hoy estamos acostumbrados a un escenario vacío que sirve de marco a la figura protagonista, sea en el teatro, en la ópera o en el cinematógrafo. Pero en Roma, en 1597, la idea de Caravaggio dejó a todos sin habla. ¡Nunca se había visto nada parecido! ¡Qué osadía! Se quedaron todos sin habla y me atrevo a decir que hasta la música enmudeció un segundo, antes de proseguir con el recitativo.

El cardenal del Monte fue el primer sorprendido. Cierto que había dado carta blanca a Caravaggio, pero creía que emplearía su arte en una escenografía convencional. En cambio, empleo ese juego de luces y sombras y un atrezzo mínimo, simbólico. Construyó un mundo entero con poquísimos elementos y fue ahí, ahí mismo, donde su pintura se mostró tal y como se proponía ser. 

(Ahora, cuando vayan al teatro, descubran una escena oscura, la luz directa sobre el actor, y luego vean como el director de escena presume de una escenografía moderna, permítanse una sonrisa irónica y un silencio suficiente. ¡Moderna...! ¡Todo está inventado!)

El lienzo de Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio es un encargo del cardenal del Monte posterior a la representación del tableaux vivant que he reconstruido aquí (mezclando ficción y realidad). Es, podríamos llamarla así, un recuerdo de aquel momento. La obra se comprende y valora mejor si uno es consciente de lo que representa, y representa no sólo la iconografía de la santa, sino también un suceso profano en los salones del palacio Madama. Lo que vemos en el lienzo es lo que vieron los invitados del cardenal del Monte (y el propio del Monte) tan pronto se hizo la luz en una sala a oscuras. Vieron eso y nada más que eso mientras el castrado Montoya recitaba a Milesi o interpretaba una cantiga de Monteverdi. Me hubiera gustado ver la cara que pusieron todos, la que pongo yo, seguramente, cuando me planto ante este maravilloso lienzo.

Finalmente, una nota: No se pierdan este maravilloso vídeo sobre tableauxs vivants basados en la obra de Caravaggio, representados en el Museo Diocesano de Nápoles. Entenderán mucho mejor todo cuanto pueda haber dicho.


La Santa Catalina de Caravaggio (La corte del palacio Madama)


El cardenal Francesco Maria del Monte.

En 1598, Caravaggio vivía y trabajaba en el llamado palacio Madama. Hoy es la sede del Senado de la República de Italia, pero, en aquel entonces, era propiedad de la familia Medici desde los tiempos de León X. A finales del siglo XVI y principios del XVII residía en el palacio el cardenal Francesco Maria del Monte, pariente de los Borbones de Navarra (por lo tanto, pariente de los Medici) y embajador de Florencia en Roma. 

En aquella época, la política romana se dividía en dos partidos, el francés y el español. El primero pretendía que el papa fuera menos dependiente de la política imperial de la corona española reconociendo a Enrique IV de Navarra como legítimo rey de Francia. Cuando Enrique dijo que París bien valía una misa, el papa Clemente VIII lo reconoció como legítimo rey de Francia, al fin, porque así podría contrarrestar el inmenso poder de España en los asuntos (normalmente terrenales) de la Iglesia. Pero el rey Felipe de turno (el III) defendía su postura patrocinando al bando español en Roma, contrario a los intereses del rey Enrique. Durante años, España había ayudado a la Liga Católica en una guerra civil francesa, que pretendía el trono para el candidato de Guisa, no para Enrique de Navarra. 

Los dos partidos se enfrentaban a cara de perro en las calles. Las partidas y bandas de bravucones que se citaban para romperse la cara en los alrededores de las termas de Diocleciano estaban patrocinadas por las grandes familias italianas. Porque, en Roma, el asunto de Francia y España se había convertido en una excusa más para que las grandes familias tomaran partido unas contra otras, como siempre habían hecho. En el bando francés militaban los Medici, Sforza, Giustiniani, Aldobrandini, Crescenzi... y uno de sus capitanes era (naturalmente) el cardenal del Monte. Entre las familias que formaban el bando español destacaba una por encima de las demás, los Farnese, y el cardenal Farnese en Roma, Odoardo, era el capitán del bando español (como su hermano Alessandro había sido líder militar de los ejércitos de la Liga).

Lo que en las calles acababa a puñadas y puñaladas, provocando altercados y desórdenes públicos con relativa frecuencia (en los que, por cierto, iba a verse envuelto Caravaggio), en los palacios se trataba con guante de terciopelo.

El cortile d'onore (principal patio interior) del palacio Madama.

Asombrará a muchos que siendo capitanes de dos bandos tan contrarios y enfrentados Odoardo Farnese y Francesco Maria del Monte fueran tan buenos amigos. Consta que cuando el cardenal Farnese iba de putas (perdón), debidamente disfrazado de incógnito, era acompañado por el cardenal del Monte. Jugaban a seducir mozas fácilmente seducibles. El cardenal Farnese se plantaba delante de la casa de la moza y comenzaba a cantar una serenata; el cardenal del Monte le acompañaba con el laúd o la guitarra. El juego acababa con Odoardo en feliz fornicio con la moza y con Francesco Maria feliz de vuelta a casa, porque los gustos del cardenal en cuestiones de sexo no eran tan elementales como los de Odoardo.

(Paréntesis. Parece ser que, mientras sus facultades mentales fueron normales, el cardenal del Monte fue discreto hasta tal punto de que no pudieron señalársele aventuras galantes, fuera de las anteriormente dichas. Sin embargo, cuando envejeció... En esa época, mandaba que le trajeran niños a su habitación, los mandaba desnudar delante de él y entonces, a la vista de ellos, se masturbaba, y luego, satisfecho, los despedía, sin haberlos tocado siquiera. Los testigos coinciden en que, por aquel entonces, el cardenal ya chocheaba, víctima de algún tipo de demencia senil. Muchos historiadores sospechan que el cardenal del Monte había sido siempre homosexual, pero no pueden asegurarlo ni probarlo tajantemente. En mi opinión, su sexualidad era... ¿cómo decirlo? ¿Particular? ¿Era acaso un voyeur? ¿Un pedófilo? ¿Un poco de todo? Fin del paréntesis.)

Aspecto del palacio Madama en el siglo XVII.

La amistad entre el cardenal del Monte y el cardenal Farnese no se limitaba a las aventuras galantes en la noche romana. Compartían afición por el arte. En aquella Roma de finales del siglo XVI, el mayor coleccionista de arte de la ciudad era, sin duda, el cardenal del Monte. Atesoraba en el palacio Madama más de mil quinientas grandes obras. Si no era del Monte, era su mejor amigo, Vincenzo Giustiniani, marqués de Bassano, banquero y patrocinador del corso contra los navíos turcos, que también atesoraba otras tantas piezas en su palacio. Uno y otro, el cardenal y el banquero, fueron los grandes mecenas de Caravaggio. 

El cardenal del Monte descubrió a Caravaggio cuando pasó por la tienda de un tal Valentino, tratante de arte, que tenía su negocio en la plaza Navona. Allí pudo ver los primeros lienzos del genial pintor y no se lo pensó dos veces. Compró sus cuadros y le ofreció habitación y taller en el palacio Madama. Caravaggio, entonces muerto de hambre y pobre de solemnidad, dijo inmediatamente que sí. Del Monte y Giustiniani comprarían para su colección casi dos docenas de lienzos y conseguirían, en muy poco tiempo, que Caravaggio fuera el pintor mejor pagado de Roma (es decir, de Italia), aunque, por el momento, sólo fuera conocido por los más exquisitos coleccionistas y no por el gran público. Caravaggio saltó a la fama cuando pintó los lienzos que decoran la capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses. Dos años después, abandonó el palacio Madama y se instaló por su cuenta.

Los magníficos frescos de Annibale Carracci en la Gran Galería del palacio Farnese, en Roma.

El cardenal Farnese también era un gran aficionado al arte y tenía en nómina, trabajando exclusivamente para él, a Carracci, un pintor que hoy suele pasar desapercibido para el gran público, pero un gran pintor. Mientras Caravaggio pintaba para del Monte, Carracci decoraba el palacio Farnese en Roma con unos magníficos frescos, que todavía causan admiración, aunque hay que pedir hora para verlos. El palacio de quien fuera capitán del bando español es hoy embajada de Francia, un guiño del destino que no está desprovisto de humor.

Carracci y Caravaggio juntos, en la capilla Cerasi, en la iglesia de Santa Maria del Popolo.
La obra de Carracci preside la capilla, sobre el altar, pero ante la crucifixión de Pedro y la conversión de Pablo que pintó Caravaggio suele pasar desapercibida y anónima.

Caravaggio y Carracci tenían todos los números para convertirse en enemigos despiadados uno del otro. Sin embargo, Caravaggio dijo siempre de Carracci que era el mejor pintor de Roma y le mostró respeto y admiración. Carracci, por su parte, reconoció el genio de Caravaggio y no compartió las críticas de la Academia a su trabajo. Salta a la vista que sus estilos eran muy diferentes y que tanto el uno como el otro no se dejaron influenciar ni se imitaron mutuamente. Caravaggio estaba un poco hasta las narices de ver como otros pintores de gran fama en Roma comenzaban a imitarle, si no a copiarle directamente, y todo porque el caravaggismo se había puesto de moda entre los coleccionistas. Supongo que descubrir que Carracci se negaba a ello le interesó y le gustó. Carracci, por su parte, abducido por el cardenal Farnese, vivía alejado de la hipocresía mercantilista de la Academia y no tuvo reparos en anunciar que Caravaggio pintaba como el mejor.

Tratado de perspectiva de Guidobaldo del Monte, hermano del cardenal del Monte, publicado en 1600. Es prácticamente seguro que Caravaggio leyó este libro.

En el palacio Madama, además de arte había libros. Una biblioteca magnífica. Porque del Monte no sólo era mecenas del arte, sino también de la ciencia y la filosofía. Lo mismo que Giustiniani, era aficionado a la alquimia, la matemática, la astronomía... En el palacio Madama, Caravaggio tuvo acceso a las grandes obras sobre teoría del arte y es más que probable que leyera el tratado de pintura de Leonardo da Vinci y un buen puñado de tratados de óptica y perspectiva. 

Google Maps nos ofrece esta vista aérea de los alrededores del palacio Madama. A la izquierda, el círculo más pequeño señala donde un tal Valentino tenía su tienda, en la que vendió los primeros lienzos de Caravaggio. A la derecha, un círculo más grande señala el palacio Madama, donde vivía el cardenal del Monte y donde se alojó Caravaggio. A la derecha, el palacio Giustiniani, de su otro gran mecenas, el marqués de Bassano. Unos metros hacia el norte, la iglesia de San Luis de los Franceses, donde Caravaggio se dio a conocer ante el gran público. Todo, como ven, a pocos pasos de distancia.

Porque, atención, Caravaggio era un personaje muy culto y en el palacio Madama tenía acceso a la biblioteca. Nuestro amigo sabía latín, tocaba varios instrumentos musicales y sabía leer partituras, tenía rudimentos de matemáticas, sabía algo de óptica... ¡Cuidado! No era solamente ese bruto borracho y peleón que asoma en las biografías. Además, había tenido la oportunidad de tratar con Galileo (un protegido del cardenal del Monte), con varios grandes matemáticos de la época (entre los que contar a un hermano del cardenal del Monte, Guidobaldo), con una docena de influyentes cardenales, con poetas, músicos, arquitectos y pintores de primera línea... Es posible que conociera a Rubens, incluso.

Por aquel entonces, Caravaggio ya conocía al abate Crescenzi, confesor de Felipe Neri, que tan importante papel tendría en el encargo de las pinturas de la capilla Contarelli. El cardenal del Monte simpatizaba con el Oratorio y los seguidores de Felipe Neri (algo que no hacía demasiada gracia al bando español, por cierto). Fue en el palacio Madama donde la religiosidad de Caravaggio se inclinó hacia la Chiesa povera (la Iglesia de los pobres). También fue en el palacio Madama donde conoció la doctrina de los jesuitas y donde contactó (con la ayuda de Vincenzo Giustiniani) con la Orden de Malta. Que Caravaggio fuera de putas y follones, de vinos, peleas, juergas y tabernas, no quita que no fuera, al mismo tiempo, un personaje especialmente devoto. Es uno de los aspectos del pintor que más cuesta de comprender hoy en día, pero ahí está.

Caravaggio alcanzó su madurez pictórica en el palacio Madama. Una madurez que va más allá de la técnica del pincel, una madurez que también alcanza a su intelecto, que normalmente pasa desapercibida, pero sin la cual es imposible comprender su genio y su valía.

La Santa Catalina de Caravaggio (Hagiografía e iconografía)


Como es lógico, la protagonista de Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio es Catalina, la santa. Caravaggio no la representó protagonizando conversiones y milagros, sino que pintó su imagen iconográfica. Es decir, una imagen que resumiera (nunca mejor dicho) su vida y milagros y que fuera identificable por quienes contemplaran el cuadro. Eso nos obliga a saber de la vida y milagros de Santa Catalina de Alejandría. 

Hay quien sostiene que Santa Catalina es una respuesta cristiana a la persona de Hipatia de Alejandría. Ésta era una filósofa (en verdad, una matemática y astrónoma) que, a sus sesenta años, fue salvajemente linchada por una turba de fanáticos cristianos, que pasearon su cadáver mutilado por las calles de la ciudad hasta depositarlo a los pies del altar de su iglesia. Un acto de caridad verdaderamente espeluznante.

El asunto mostró claramente a los paganos que los cristianos eran contrarios a la libertad de credo (como luego se demostró sobradamente) y llenó de infamia su recuerdo. Quien abraza esta teoría dice que Catalina sería (digámoslo así) una Hipatia cristiana, un contrapunto. Los publicistas cristianos no eran malos, como prueba que Hipatia murió a sus sesenta años (anciana para la época) y en cambio Catalina ya era filósofa a sus dieciocho, además de ser una bellísima doncella, con la que apetecía casarse (y de ahí vinieron muchos de sus problemas). La heroína, si guapa, mejor.

Típica imagen iconográfica de Santa Catalina de Alejandría.
La espada, la corona, la rueda...

Lo cierto es que los primeros documentos que hablan de Catalina de Alejandría datan de unos 500 años después de su muerte y un examen de su leyenda medianamente objetivo nos muestra que es un disparate histórico de los pies a la cabeza. No existe prueba alguna de su existencia, aunque no puede descartarse que hubiera una Catalina en Alejandría que inspirase el cuento. Pero, de haber habido tal Catalina, no sería la Catalina del santoral.

Como todas las leyendas de santos, la historia de Santa Catalina de Alejandría es fantástica y poética, tiene un toque de ingenuidad tan maravilloso como disparatado. Es también, cómo no, crudelísima, con escenas de brutalidad verdaderamente bestias, porque, no lo olvidemos, Catalina murió mártir.

Esta Santa Catalina porta corona, ropajes nobles, libro y espada.

Dice la leyenda que Catalina era de sangre real y apunta a los reyes de Sicilia... aunque en Sicilia, alrededor del siglo III dC, no había reyes. Pero ¿qué importa? Sangre real o nobilísima, en cualquier caso. De buena familia. Educada exquisitamente. De ahí que la niña fuera un prodigio y dechado de sabiduría y que a sus dieciocho años fuera una filósofa de gran inteligencia y agudos razonamientos. Además, se había convertido al cristianismo. ¿Cómo?

Por lo visto, se le apareció la Virgen con el Niño y ella se ofreció en matrimonio (místico) con Él. Como todavía no estaba bautizada, Él le dijo que era muy fea para casarse. Se bautizó y entonces Él aceptó su matrimonio. Catalina hizo del Cristo su único esposo, lo que impedía su matrimonio con quien quisiera desposarse con ella y fuera de carne y hueso. De virgen y mártir ya tenemos la virginidad resuelta. 

El matrimonio místico fue una metáfora medieval muy extendida a partir del siglo VIII, justo cuando nace la leyenda canónica de la santa. Lo digo por si preguntan.

En éstas que el emperador romano... perdón, bizantino (el Imperio era ahora el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente)... el emperador, da igual si de aquí o de allá, se presenta en Alejandría. La leyenda nos dice que era un emperador malo, malísimo, el terror de los cristianos, a los que perseguía con saña y crueldad infinita. También, que era lujurioso, lascivo... En fin, que no le faltaba de nada. Un malo perfecto para el cuento. Ahora sólo falta la heroína.

El emperador acude a un templo para oficiar un sacrificio en honor de los dioses. Recordemos que el emperador era la primera autoridad política y religiosa del Imperio, de cualquier religión, algo que los cristianos no aceptaban. A Catalina no se le ocurre nada más que interrumpir la ceremonia para echarle en cara al monarca el punto de vista cristiano del asunto. El malvado emperador se molesta por la interrupción, pero la contemplación de tan bella moza aparta de su cabeza una inmediata ejecución. Así que envía a un pequeño ejército de filósofos para que convenzan a Catalina del error de su religión (y, de paso, querrá obligar a Catalina a casarse con uno de ellos, que podrá escoger a discreción).

Dicho esto, a la vista del contenido del paréntesis, imagino que, más que una disputa filosófica, aquello fue una competición de varones para ver cuál de ellos era capaz de llevársela al huerto. Es decir, de filosofía, lo que entendemos por filosofía, poca, aunque los cronistas medievales insisten en la sutileza de ese ejército de sofistas y en la profundidad del debate en la que tiraban todos contra la tesis de Catalina.

La cuestión es que Catalina, al final del debate, había convertido a cincuenta de estos sofistas al cristianismo (sic) y seguía soltera. El emperador pilló un berrinche y mandó degollar a los cincuenta, sin pensárselo dos veces. Éstos aceptaron el castigo con alegría, seguros de ser recibidos en el Paraíso con los brazos abiertos. 

Entonces fueron Constanza y Porfirio a tratar con Catalina. Constanza era la mujer del emperador y Porfirio, el jefe de la guardia. Quizá Constanza quisiera convencer a Catalina para que se casara con Porfirio (o con quien fuera) porque el emperador ya le estaba echando el ojo a la moza. ¿El resultado de la reunión? Constanza se convirtió al cristianismo. Porfirio y doscientos soldados de la guardia imperial (¡doscientos!) también.

Segundo y notable berrinche del emperador. Mandó matar a Porfirio y a los doscientos soldados recién convertidos al cristianismo, organizando un considerable degüello. A su señora le reservó un trato especial: mandó que le arrancaran los pechos y luego la decapitó.

Ahora le tocaba el turno a Catalina. Mandó azotarla con un escorpión (un látigo con bolas de acero con pinchos). Cuenta la leyenda que Catalina pasó la prueba con nota, pues sanó milagrosamente de sus heridas. Se insinúa que bajaron unos ángeles del Cielo a proporcionarle los primeros auxilios tan pronto los verdugos la depositaron en la celda, más muerta que viva.

La bellísima Santa Catalina pintada por Rafael, expuesta en Londres.
Su único atributo, en este caso, es la rueda.

Mosqueado por la inefectividad del escorpión, el emperador mandó que la ataran a la rueda. Lo de la rueda es una tortura que no se sabe muy bien en qué consistía. Te ataban a una rueda llena de pinchos y según unas versiones esa rueda estaba engranada en un mecanismo que daba vueltas y vueltas y tú padecías un rato. Según otras fuentes, te ataban a la rueda llena de pinchos y te echaban a rodar pendiente abajo, hasta que la rueda caía por un barranco o se estrellaba contra una pared. Antes de morir del golpe padecías un rato, también. La rueda medieval, que luego emplearía la Inquisición con tanta afición hasta el siglo XIX (en España), se inspira en éstas, pero no es exactamente igual.

Aquí tienen a los ángeles liberando a Santa Catalina de la rueda.

La cuestión es que ataron a Catalina en la rueda y... ¡zas! ¡Pum! Primera versión: Dios envió un rayo desde el cielo que se cargó la rueda y todo el aparato, dejando libre e incólume a Catalina y chamuscados a los verdugos. Si la primera versión pasa por casual, la segunda es maravilla, porque en ésta bajaron unos ángeles del Cielo y desmontaron la máquina, ahí, delante de todo el mundo, haciéndola trizas. 

Ahora sí que el berrinche imperial fue de los que hacen historia. El asunto se zanjó deprisa y corriendo. Se acercaron unos soldados a Catalina y ahí mismo la degollaron y decapitaron. Fin.


La tumba de Santa Catalina de Alejandría en el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, que aparece en la imagen inferior. Es un lugar maravilloso.

¡Alto! ¡No tan deprisa! Porque prosigue la leyenda y dice que su cuerpo se lo llevaron en volandas unos ángeles al Sinaí. Unos monjes (cristianos) que habitaban en el lugar encontraron, siglos después(quizá en el siglo VIII), el cuerpo momificado de una joven en una cueva e inmediatamente dedujeron (¿cómo?) que los ángeles lo habían depositado ahí (sic) y que era, sin duda, Santa Catalina de Alejandría. Se la llevaron al convento, que es desde entonces conocido como el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, donde también veneran la zarza que viera arder Moisés camino de la Tierra Prometida. 

La he visto, la zarza. Ya no arde sin consumirse. Es un pedazo de zarza.

Aunque ni un solo hecho de los relatados puede probarse (ni siquiera que existiera la tal Catalina), la historia tuvo mucho éxito y Santa Catalina de Alejandría fue venerada como una de las catorce santas más eficaces del santoral (sic). Sólo Santa Bárbara podía hacerle la competencia, qué barbaridad. Luego su fama tuvo altibajos. Veneradísima en la Edad Media, su fama decayó en el siglo XIV. Pero no demasiado.

Santa Catalina de Alejandría se representa en la iconografía cristiana (católica y ortodoxa) con una corona (porque era de sangre real) o ropas nobles (porque, si no de sangre real, era al menos de muy buena familia). También, a veces, con un libro en la mano (por lo de filósofa), aunque, con más frecuencia, esgrimiendo la espada que acabó con su vida. No falta la palma del martirio (los mártires agitarán las palmas delante del Trono) y no puede faltar la rueda, en cualquiera de sus variantes. Recordemos estos símbolos cuando, más adelante, hablemos de la Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio.

Dada su leyenda, Catalina de Alejandría es la patrona de la virginidad de las monjas ingresadas en un convento, que, como ella, se han casado todas con Dios. También lo es de las mozas solteras, para que sigan siendo vírgenes, naturalmente. Por supuesto, porque ocupa el lugar de Hipatia en la iconografía cristiana, es patrona de las mujeres que estudian y también de los filósofos. Su paso por la rueda la convierte igualmente en patrona de los carreteros y los mecánicos. El asunto de la rueda también inspiró a los relojeros; existe una rueda dentada en el mecanismo de algunos relojes llamada rueda catalina, por eso de los pinchos. Que coloquial e informalmente las tetas se llamen catalinas supongo que tendrá que ver con el final de la mujer del emperador, pero no lo sé seguro, sólo lo supongo.