Rodeado de amarillos


Ayer me estrené como apoderado de mi partido. Fuí aplicado y obediente y me presenté hacia las ocho de la mañana en el colegio electoral, para encontrarme rodeado de amarillos. En mi colegio había cinco mesas electorales y a primera hora de la mañana ya había cinco amarillos por mesa (interventores aparte) y luego fueron llegando más. Uno contra quince. Luego divisé a dos naranjitos y a media mañana llegó un matrimonio de azules, pero él se puso malito y se quedó ella sola. También me enviaron refuerzos a mí, gracias, un chaval muy majo que tenía un largo historial de elecciones a sus espaldas. La proporción final fue de seis amarillos por mesa, más o menos, interventores aparte, contra uno de cualquier otro color.

El conjunto de los amarillos contenía personajes estereotipados. El más temible de todos ellos, el personaje de la tieta. La tieta es una mujer a la que no quisieras tener de suegra por nada del mundo. Se distingue por su permanente de peluquería, su abrigo de pieles, su maquillaje, su tono imperioso, incontenible, mandón, el que te obliga a callar durante las comidas de Navidad, por no hacerle un feo a tu mujer. Todo lo sabe, todo lo quiere como a ella le gusta, todo lo mangonea y pobre de ti que se te ocurra suspirar que no estás de acuerdo con lo que piensa, porque entonces te tragas el discurso de la tieta durante muchos, muy largos e interminables minutos. Sus intervenciones antes, durante y después del recuento hicieron a un presidente y dos vocales de mesa dignos de ir al cielo en la gloria del martirio. Con una hay suficiente para amenizar la jornada.

En honor a la verdad, el personaje de la tieta es predominante entre los amarillos, pero no es exclusivo. Un incidente de la jornada lo protagonizó una tieta del otro bando que se arrojó con todo su ánimo contra la mesa donde se disponían las papeletas en el orden asignado por la Junta Electoral. ¡Es que no están bien puestas, joven!, aseguró, y sin pensárselo dos veces y delante de todo el mundo, procedió a hacerse con los paquetes y ordenarlos a su gusto. De mutuo acuerdo, auspiciado por la necesidad, la urgencia y el peligro, conseguimos que esa señora abandonara el colegio y dejara las papeletas tranquilas entre todos, amarillos y demás colores, pero nos costó (no exagero) dos horas y la ayuda de la policía. Entre otras cosas, porque a la tieta de fuera se le opuso la tieta de dentro y un debate entre tietas es... En fin, huyan, créanme, salgan corriendo si tal ocurre delante de ustedes. Al final, una sufrida muchacha amarilla, muy voluntariosa, la acompañó hasta su casa porque la tenía vista del barrio y la pobre regresó con un síndrome postraumático.

Hubo un incidente anterior. Un tipo disfrazado con la parafernalia de los amarillos (lacitos, chapas con lemas patrios, etcétera), que era todo un armario, comenzó a increpar a todo bicho viviente, a voz de grito, y me tocó sonreír cuando el tipo me dijo que era (si mal no recuerdo) un perro fascista, un cerdo español, un puto traidor, y me prometía futuros ajustes de cuentas en alguna cuneta. Los amarillos se pusieron blancos, pues temieron que les echáramos en cara el espectáculo, y acudieron a la policía. Con mucha discreción, nos lo sacaron de encima y ya está. Era un tipo con problemas, con independencia de sus colores. Nadie le dio más importancia. Visto y no visto. 

El tercer incidente fue una reclamación por un voto nulo en la última mesa, en el último momento. Las cuentas no cuadraban, no cuadraban, y cuando el desespero se adueñaba del personal y la tieta se encontraba en su salsa, se consiguió cuadrarlo todo. ¡Albricias! Y entonces... ¡Quiero presentar una reclamación! Estaba en su derecho, pero... En fin, qué les voy a contar.

Llegué a la sede del partido con todas las copias de las actas pertinentes bien pasada la medianoche. Nadie parecía muy animado y a mí se me fue el santo al cielo al descubrir que sólo me habían dejado algunos cacahuetes. Mientras rebañaba el plato en busca de algo que llevarme a la boca, uno se subió a una silla y nos dijo que éramos estupendos, los mejores y esas cosas tan épicas que se dicen cuando a uno le han dado del derecho y del revés. Yo, en efecto, lamenté la situación, porque me había hecho ilusión de cenar algo más que el resto de una bolsa de cacahuetes. Estaba reventado.

Pero fue muy divertido y provechoso. Es una experiencia que recomiendo. Además, qué narices, tenía que hacer algo y  no se me ocurrió nada mejor que hacer. Díganme tonto... y échenme más cacahuetes, por favor.

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