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Las recetas del Dr. Lecter




Dejando a un lado las aventuras del cocodrilo del Pisuerga y sus diferencias o avenencias con el perrito de la vecina del quinto, quisiera anotar aquí que estoy viendo la serie Hannibal, construida alrededor del personaje creado por Thomas Harris en la novela El dragón rojo (1981). 

Llevo vistas las dos primeras temporadas de las tres que se hicieron. Me han fascinado, pero sepan que no es una serie del gusto de todos los públicos, ni una serie fácil. Contaba, eso sí, con mi entrega, porque el personaje del doctor Lecter me ha fascinado desde el día que lo conocí. Creo que es uno de los monstruos más conseguidos de los últimos tiempos, que se consagró en el cine después de tener un gran éxito de ventas en las librerías. 

Cuando pase la tercera temporada, ya les diré más cosas.

El cocodrilo del Pisuerga a finales de noviembre


Tengo el placer de anunciar que el cocodrilo del Pisuerga será criptozoológico, pero también escéptico.


La lluvia te reinventa.


El placer de las antiguas películas de James Bond.


Una aparición en YouTube

Queridos lectores míos:

Sigo por Twitter a gente muy interesante que a veces debate cosas también muy interesantes. Esta vez, Miguel Ángel Cajigal (más conocido como @elbarroquista en Twitter), Espido Freire (escritora) y Luis Pastor (ilustrador) se pusieron a discutir sobre la fidelidad histórica en las obras de ficción, principalmente en la novela, pero, cómo no, también en el cine o en la pintura.

Luis Pastor me invitó a participar en el debate, que se dirimía en las redes sociales apoyado en una colección de vídeos en YouTube. Tú haz un vídeo y me lo pasas, que nos interesa tu opinión, me dijeron. 

Bueno, es la primera vez que hago algo así, espero que me perdonen. 

El vídeo pueden verlo en esta dirección:
https://youtu.be/gyXu8yz0BuU

Como desees



Cary Elwes, con la ayuda de Joe Layden, es el autor de un libro titulado Como desees -- Historias inconcebibles del rodaje de La Princesa Prometida, que publica Ático de los Libros.

Esta brillante editorial había vuelto a publicar La Princesa Prometida y la leímos y la disfrutamos mucho. Como muchos de ustedes sabrán, el libro se convirtió en una película que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una película de culto, y una de esas películas tan maravillosas que pueden alegrar el día tanto a los nietos como a los abuelos. 

Cary Elwes es el actor que en aquel entonces encarnó a Westley, uno de los protagonistas del libro y de la película. Era un actor casi desconocido y cuenta, en este libro, las peripecias del rodaje por las que tuvo que pasar. Entre ellas, las necesarias para poder combatir espada en mano en uno de los mejores duelos coreografiados por Bob Anderson.

(Pueden ver este duelo aquí, en; https://youtu.be/lC6dgtBU6Gs).

Si a ustedes les gusta la película o sienten interés por conocer el punto de vista de un actor, lean Como desees. Algunas de sus anécdotas no tienen precio.

Matilde de Canossa y la esgrima en el cine


¡Ha salido el número 7 de Historia Hoy!


Estoy muy contento, porque me han publicado no uno, sino dos artículos.


El primero narra la biografía de un personaje excepcional, Matilde de Canossa. Fue una mujer de armas tomar que se inmiscuyó en las cuitas entre el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y el papa de Roma, en un período especialmente conflictivo. El personaje merece mucha más atención y extraña que sea relativamente desconocido por el gran público. ¡Qué película (o qué serie, si prefieren) podría hacerse con su vida!


El otro artículo salta siglos en el tiempo e intenta ilustrar la historia de la esgrima en el cine. Es una historia apasionante, por otra parte. Se titula Luces, cámara y... en garde! y espero que les guste, porque le tenía muchas ganas.

Vayan al kiosco, pidan la revista y échenle un vistazo. Merece la pena.

La ristra de tuits que felicita la Navidad


Este último año he publicado algunas series de tuits en Twitter que han tenido una buena acogida. Cada una de esas series ha sido bautizada como #RistraDeTuits y, para celebrarlo y celebrar la Navidad con mis lectores, he hecho este resumen del último año.

Pueden verlo aquí:

Por cierto, que la felicitación de Navidad es ésta:


Los pájaros



Me regalaron y he leído con placer un breve relato de Daphne du Maurier titulado Los pájaros, publicado por Gallo Nero, ilustrado por Pablo Gallo (¡también es casualidad!) y traducido por Ma. Carmen de Bernardo. Es un relato magnífico y se lee de un tirón. Digo relato porque decir cuento ya no se estila, por mucho que me guste más el oficio de cuentista. Es un libro magníficamente editado y un objeto de regalo ideal. 


Quizá no sepan que la película Los pájaros (The Birds, 1963), la celebérrima película de Alfred Hitchcock, se basa en este cuento, escrito en 1952 y publicado en una colección de cuentos de terror en 1953. No es éste el momento de glosar la película, pero sí de constar cómo Hitchcock era capaz de sacar una grandísima película de un material tan escaso (escaso de volumen, de páginas, que no de buen oficio). 

El libro es muy bueno y la película, también.


La ristra de los duelistas



Para quien tenga acceso a Twitter, he aquí una nueva #RistraDeTuits sobre la historia del general Fournier, que inspiró a Joseph Conrad, quien, a su vez inspiró a Ridley Scott.

El enlace es:

El general Fournier es uno de esos personajes detestables a la vez que fascinantes. Son esos personajes que despiertan tanto interés en las páginas de un libro o en una pantalla, pero que ojalá nunca se crucen en la vida de uno.

¡Godzilla!


Queridos lectores:

Les anuncio que se ha publicado otro de mis artículos en Metrópoli Abierta. Se titula ¡Godzilla! y va de elecciones y pactos. Fíjense: la señora Colau puede escoger entre alimentar al monstruo amarillo, que todo lo devora, o intentar hacer algunas políticas de izquierda. 

Lo que sucederá a continuación, ya lo veremos.

Por mi parte, pienso ver así que pueda la versión de Godzilla de 1954, la original.

Aquí Godzilla cabreado porque una línea de metro no es amarilla.

Loving Vincent



Cuando era pequeñito, cogía unos libros de arte que corrían (y siguen corriendo) por casa y me entretenía horas y horas mirando las ilustraciones. Era un divertimento semiclandestino, porque los libros eran muy caros y tenía que pedir permiso y tratarlos muy, muy bien. Me dejaban hacer sin decir ni mu, felices de verme contemplando fotografías en blanco y negro de arquitectura clásica, láminas a todo color de pintura y cosas por el estilo. Un libro dedicado a Vincent van Gogh me llamaba poderosamente la atención. Las láminas a todo color eran algo diferente a lo que estaba acostumbrado. Ese colorido, esos trazos gruesos y en más de una ocasión esa distorsión de la perspectiva parecían cosas fácil y no lo eran en absoluto, de ninguna manera. Van Gogh me fascinó y me sigue fascinando. Cuando, el pasado noviembre, pasé por París y pasé por el Museo d'Orsay, no tengo ni que decirles dónde quedé enganchado, ¿verdad?

En 2017 se presentó en sociedad una película de animación cuanto menos singular, Loving Vincent. Pronto llamó la atención de los críticos y comenzó a ganar premios y nominaciones para grandes premios en 2017 y 2018. Lo que la hacía singular era la animación en sí, en la que trabajaron alrededor de 125 pintores que pintaron unos 65.000 cuadros siguiendo el estilo de van Gogh. El resultado es espectacular y a la vista del deslumbrante espectáculo, uno perdona que el guión no sea excelente (aunque esté bastante bien). Da lo mismo.

La acción transcurre un año después de la muerte del pintor. El cartero Roulin le pide a su hijo, Armand, que entregue una carta que en su día Vincent (van Gogh) no pudo enviar por correo a su hermano Theo. Pero Armand pronto descubrirá que Theo murió meses después que Vincent. A partir de aquí, comienza el interés de Armand por conocer los últimos días del pintor y el guión se inclina a dar plausibilidad a la teoría que sostiene que van Gogh no se suicidó, sino que... ¡No les pienso chafar el final! Además, si buscan, encontrarán. 

Si les gusta van Gogh, verán cobrar vida a sus paisajes y retratos, pura magia. Si no lo conocen, seguro que querrán conocerlo después de ésta.


El capitán


Willi Herold, en 1943, con 18 años.

En los primeros días de abril de 1945, el soldado paracaidista Willi Herold se separa de su unidad y se encuentra perdido en la retaguardia. Son los últimos días del Tercer Reich, reina el caos y la locura homicida. Herold, que puede ser capturado y fusilado o ahorcado por desertor en cualquier momento, se encuentra un automóvil abandonado y en ese automóvil, un uniforme de capitán de la Luftwaffe (la fuerza aérea nazi), profusamente condecorado. 

Herold se viste con el uniforme y a partir de ese momento se hará pasar por el capitán Herold, enviado especial del mismísimo Führer... sin documentación alguna que lo acredite. A pesar de ello, llegará a reunir una tropa de unos ochenta hombres, en su mayoría soldados separados de sus unidades que se unirán al Comando Herold. Cometerán toda clase de atrocidades en la retaguardia, hasta que Herold será capturado por los mismos alemanes y condenado. Escapará y un año más tarde, capturado ahora por los ingleses, el verdugo de Emsland (así se le conoce) será guillotinado, después de ser juzgado y condenado a muerte por crímenes de guerra. En su haber, más de 125 ejecuciones, entre las que contar alrededor de un centenar de soldados alemanes acusados de deserción recluidos en el campo de prisioneros de Aschendorfermoor, a mediados de abril de 1945.

Se trata de una historia real, tan sorprendente como espantosa. Herold había luchado en Italia, en Salerno, en Montecassino, era un soldado condecorado que se había negado a servir en el ejército y que había sido expulsado de las Juventudes Hitlerianas por indisciplinado, pero algo en su interior dejó la puerta abierta al monstruo que llevamos dentro. En un terreno abonado a la barbarie como la Alemania nazi de los últimos momentos, el monstruo se creció y se mostró en todo su tamaño. El de Herold no fue el único caso, pero sí uno de los más llamativos.


La película El capitán (Der Hauptmann, de Robert Schwentke, 2017) nos cuenta esta historia a su manera. Filmada en un soberbio blanco y negro, nos plantea el dilema del origen del mal, de su aceptación, de nuestra rendición ante el mismo. Quizá la película pierda fuelle hacia el final, pero el conjunto no desmerece. En ocasiones, el absurdo es tal que casi podría considerarse humorístico, si no fuera tan trágico y perverso. Porque, en efecto, seremos capaces de justificar las primeras acciones de Herold, pero ¿cuándo nos daremos cuenta de que ya hace tiempo que nos llevamos arrastrando por el lodo de la maldad?



La muerte visita al dentista



Hacía muchos años que no acariciaba las cubiertas de una novela de Agatha Christie. Recuerdo esos veranos en Sitges llenos de lecturas casi compulsivas, en los que leía todas las novelas de Agatha Christie que caían en mis manos, ya fueran las que estaban en mi casa, ya fueran las que me prestaba mi tía, que también las leía con la misma fruición. Eran esos ejemplares baratos, impresos en papel amarillento, gastados por el uso. Algunos de esos ejemplares (hoy lamentablemente perdidos) ¿cuántas veces los había leído?

Qué bien me lo pasé leyendo estas cosas. 
Y qué cubiertas. Fascinantes.

Curiosamente, era un tanto sibarita. Yo era seguidor de las aventuras de Hércules (así escrito) Poirot, el detective belga con cabeza de huevo (sic). Me preguntaba cómo sería su bigote mientras resolvía un enrevesado crimen gracias a sus células grises. Estaba fascinado.



Tres actores interpretando a Poirot en su viaje en el Orient Express.
Comenzando por lo alto, Albert Finney, Kenneth Branagh y Peter Ustinov.

También vi por aquel entonces Muerte en el Nilo, protagonizada por Peter Ustinov en el papel de Poirot. Como Ustinov es un actorazo y no me había leído esta novela en particular (cosa que luego hice), disfruté como un camello, nada más propio. Sé que la película es un desfile de viejas glorias, como El asesinato en el Orient Express, donde también lucen los que, a mi entender, han sido los mejores interpretes de Poirot: Ustinov (ya mencionado) y Albert Finney (un Poirot genial). El Poirot de Kenneth Branagh en la misma tesitura también me gustó, aunque supongo que a muchos les contrarió un Poirot tan... tan movido, vamos a decirlo así. Pero en cuestión de gustos no hay nada escrito.

Si Jeremy Brett se ganó el derecho a ser Sherlock Holmes, David Suchet lo ganó para ser Hércules Poirot. Ambos, con creces.

También coincidirán conmigo en aplaudir a David Suchet, que hizo de Poirot en televisión, en una de esas magníficas series de la BBC. Lo bordó. Es hoy, para muchos, el mismísimo Poirot. 

Sin embargo, leyendo a Agatha Christie uno descubre que todos estos Poirots son válidos, o ninguno. Hay espacio para la interpretación y la caracterización. La imaginación del lector podría construir otro Poirot, fidelísimo al protagonista de las novelas y todavía inédito en la gran o pequeña pantalla.

Sé que me dirán que el género policíaco, tal y como lo escribía la señora Christie, está pasado de moda (lo dudo) y que hay cosas de más enjundia que llevarse para leer, pero sepan que éste ha sido un regreso a una vieja costumbre, el avivar un buen recuerdo. Además, la señora Christie domina el relato con trucos y trampas de gato viejo que un lector avezado sabe apreciar, y que un escritor tendría que saber identificar. 

En esta novela en concreto, como dice el título, van y asesinan al dentista del señor Poirot que, naturalmente, toma cartas en el asunto. Y no diré más.

Cosecha de Reyes



No existe mejor manera de comenzar el año que ser regalado con buenas letras. Los Reyes Magos me llenaron la casa de libros. Iba a decir de novedades, pero no todos los títulos lo son, y no importa que no lo sean. Ahí van los títulos, de los que hablaré, supongo, en El cuaderno de Luis, pero no sé muy bien cuándo, porque mi cola de lecturas es... ¡enorme!

La batalla por los puentes, de Antony Beevor, sobre la operación Market-Garden en la Segunda Guerra Mundial.

La guerra de trincheras, de Tardi, un tebeo estremecedor sobre la Gran Guerra. Tebeo por costumbre, porque ahora lo llaman novela gráfica o algo así.

Ellos, de Francine du Plessix Gray.

Historia de la belleza, de Joseph Roth.

En defensa de la Ilustración, de Steven Pinker.

Y dos novelas protagonizadas por el famoso detective belga Hércules Poirot, El asesinato de Roger Ackroyd y La muerte visita al dentista, de Agatha Christie.

Además, me cayó una novela autopublicada de más de ochocientas páginas, La bella Liu, de Jordi Singla, autor del blog El Celeste Imperio. 

Hubo otras aportaciones. Una película sobre Van Gogh, un paquete de penne rigate de la Toscana,  de un pastificio artesanal, con un condimento a juego, y dos acuarelas de una amiga, que lucen en las paredes de casa. 

Y carbón, toneladas de carbón, carbón para dar y repartir.

De vuelta a clase


Yo también vuelvo a clase después del paréntesis de agosto. A clase de esgrima, a tirar con sable. Basta con un mes para descubrir que el óxido no se deposita sólo en los metales, y que habrá que recuperar fuerzas, estilo y pericia. ¡En eso estamos! No es que tuviera muchas fuerzas, ni estilo, ni pericia, ya puestos, pero algo había y tendré que dar con ello.


Así que pulí hoja y cazoleta de mi sable y regresé a las clases la semana pasada. Uno, dos, marcha, fondo, romper, parar en quinta, responder, etc. La frustración es grande, pero el empeño es mayor y las ganas de mejorar, todas.


También, para ponerme en situación, eché mano del video y ayer me puse Captain Blood (Michael Curtiz, 1935), la película que resucitó a los espadachines en Hollywood después de la Gran Depresión y la incorporación del cine sonoro. Hay que ver a Flynn y Rathbone batiéndose en la playa, una toma que hicieron toda seguida, en directo y sin dobles. Aunque luego uno y otro harían demostraciones de esgrima más finas, esta escena arrancó el aplauso espontáneo de los extras que la vieron, y del equipo de producción, Curtiz incluido, porque ambos actores la ensayaron en secreto y fue, en verdad, una agradable y sorprendente sorpresa.

(Entre nosotros, alguna vez he puesto en práctica algún golpe visto en las películas, con buenos resultados. Pero visto en películas antiguas, que conste, porque los combates a espada o sable de las películas de ahora nada tiene que ver con la esgrima de verdad. Una pena, ¿no?).

Caravaggio, cartones y dibujos (III)


Ya hemos visto, en las entradas anteriores, que Caravaggio tuvo que aprender a pintar sin bocetos previos y que seguramente conocía la técnica de los cartones, que se emplea en la pintura al fresco. Esta técnica, conviene recordarlo, también sirve para componer la escena que va a pintarse. Los maestros solían dibujar unos cartones provisionales que desplazaban sobre la superficie a pintar hasta que la escena les resultaba satisfactoria, y esto lo hacían porque la forma de un techo o una cúpula afectaba tanto a la perspectiva como a la armonía del conjunto.

Nos queda, sin embargo, la escenografía y la teatralidad, que son la esencia de su obra.

El cardenal del Monte tenía en su biblioteca el Tratado de pintura de Leonardo da Vinci. También el marqués de Bassano, Vincenzo Giustiniani. Se da por casi seguro que Caravaggio consultaba con frecuencia los libros de la colección del cardenal: sus partituras musicales, sus tratados de óptica y perspectiva. Todo parece indicar que conocía la obra de Leonardo, que la había leído y estudiado. Conviene señalar que Leonardo sostenía que una pintura ha de ser (cito) como una ventana que se asoma al mundo. 

Incluso el Canasto de frutas juega con ser algo que sale del lienzo, que se convierte en una ventana abierta a la realidad, por la que el observador se asoma al mundo (mejor dicho, al escenario propuesto). Observen la cesta al borde de la mesa, que le da volumen y nos aproxima a ella. Hay cierta teatralidad en esta aparentemente sencilla obra.

Esta idea Caravaggio la tenía dentro de sí. Leer a Leonardo, contemplar y estudiar la obra de Michelangelo Buonarroti o Rafaello, o las obras de las colecciones de sus mecenas (que se contaban por cientos), refinaría su formación y su idea original. Aunque pervive la leyenda de un Caravaggio genial e impulsivo y él mismo presumía de no tener ningún maestro, lo cierto es que la mayoría de sus obras muestran una madurez intelectual sorprendentemente sólida, que sólo se adquiere mediante el estudio. En lo mejor de su etapa romana, además, no ocultó su admiración por su tocayo Michelangelo (Buonarroti); en los lienzos, eso sí, porque fuera de ellos presumía de lo contrario.

No nos asomamos al mundo, sino que contemplamos una escena en la que se representa (teatralmente) el mundo. Como si estuviéramos contemplando una escena teatral (hoy diríamos una película). En esto, Caravaggio es revolucionario, porque no oculta en ningún momento que pinta una escenografía. 

En suma, los lienzos de Caravaggio ¿pueden interpretarse como una ventana que se asoma al mundo? En parte sí, naturalmente, porque el espectador se asoma a una escena que se le plantea. En parte, no, porque son, más bien, ventanas que se asoman a un escenario. Repito: estamos viendo un escenario, no el mundo. Entramos directamente en el juego de la teatralidad barroca.

Si observamos un cuadro de Caravaggio con esta idea en la cabeza, cambian muchas cosas.

Contemplemos, por ejemplo, su Santa Catalina. Con más detalle, en:


Primero, reconocemos el tema o motivo: la rueda, la palma del martirio, la espada, el cojín púrpura, la mujer arrodillada vestida como una princesa, pues tal era la santa, etcétera. Es, efectivamente, Santa Catalina. 

Si seguimos contemplando el lienzo, no tardaremos en descubrir el artificio: la rueda no es más que una rueda de carro; la espada es la del propio Caravaggio, una ropera española forjada seguramente en Milán; la santa no es tan santa, pues es Filis Melandroni, prostituta y cortesana, y además, ¡ojo!, ese acariciar la espada, ese mirar que dirige al espectador... No parece muy santa, la verdad. No hay nada más en el cuadro. Sólo un escenario vacío. La luz crea el volumen y destaca los elementos de la composición; lo demás está todo vacío, a oscuras.

Llegamos al tercer nivel, que es el que proporciona los mayores méritos al pintor. Sabemos que no estamos viendo a la verdadera Santa Catalina, sino a una representación de Santa Catalina, y no se disimula en absoluto (al contrario). Sin embargo, es ahora cuando vemos en esa representación lo mejor y más sublime del tema, porque es ahora que somos capaces de hacer un ejercicio de abstracción y componer nosotros mismos una imagen de la santa muy real a partir de elementos que son artificiosos y que sabemos que lo son. No sé si me he explicado bien, lo he intentado. Caravaggio no pinta un documental, sino un drama, en términos cinematográficos. Es en este tercer paso donde comprendemos que no importa que sea Filis Melandroni la mujer pintada, porque ahora es y será siempre Santa Catalina.

No se trata de un engaño, sino de un juego teatral. Caravaggio no nos abre una ventana al mundo, sino que levanta el telón de un escenario en el que se representa el mundo. Aunque digan de él que es naturalista, porque pinta del natural, porque pinta gente vulgar, pobre, tal cual es, etcétera, es, en verdad, un pintor teatral. Hoy diríamos cinematográfico.

Vittorio Storaro (Roma, 1940), director de fotografía de Apocalypse Now, Novecento o El último tango en París, con tres Oscar en su hacer, declaró en una rueda de prensa que Caravaggio me lo enseñó todo. Explicó lo siguiente (y copio): Un día fui a dar un paseo con mi mujer por el centro de Roma y nos detuvimos en la iglesia de San Luis de los Franceses, al lado de plaza Navona. Recuerdo que había un grupo de personas al fondo que observaban algo. Me acerqué y para mí fue una epifanía. No había visto jamás pinturas de esa fuerza. Especialmente La vocación de San Mateo. Nadie me había hablado jamás de Caravaggio... Quedé en shock. Me sentí un ignorante porque hasta ese momento no tenía ni idea del sentido mismo del arte. 




De arriba abajo, Apocalypse Now, Citizen Kane, David con la cabeza de Goliat, El Padrino.

Martin Scorsese cita a Caravaggio cuando cita la escenografía de algunas escenas de sus películas y Francis Ford Coppola le rindió un homenaje en el arranque de El Padrino, cuando don Vito recibe en su despacho. Bergmann también lo imita en El séptimo sello; Passolini, continuamente; la lista es interminable.

No es de extrañar la fuerte influencia del lenguaje de Caravaggio en el cine. Su dramatismo es teatral. 

Y lo refinó haciendo teatro de verdad, montando escenografías en el palacio Madama, residencia del cardenal del Monte, embajador en Roma de los Medici florentinos. Su escenografía prescindió de los fondos y los paisajes. Su dominio de la luz le permitió crear espacios en el vacío, iluminando apenas la escena con sus famosos claroscuros. Juegos de espejos y linternas, que luego aplicaría a sus cuadros. La luz hecha arquitectura, levantando una escena que no tiene nada más que uno o unos pocos personajes.

Ahora sólo nos queda sumar el teatro, los cartones y esa manía suya de no dibujar. Pero será en el siguiente apunte de El cuaderno de Luis.