El bicentenario de la batalla de Waterloo


La batalla de Waterloo, una matanza que cumple 200 años.

El 18 de junio de 1815, Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses, rey de los italianos, protector del Rhin, etcétera, se enfrentó a las tropas aliadas en su contra, al mando de sir Arthur de Wellesley, a quien conocerán ustedes como duque de Wellington o simplemente como Wellington, aunque también era entonces marqués de Douro, duque de Ciudad Rodrigo, vizconde de Talavera de la Reina y grande de España. Wellington había mostrado su muy alta capacidad militar luchando contra los franceses en España y Portugal, en la Guerra de la Independencia, que los británicos llaman Peninsular War, y de ahí tanto título español en su tarjeta de visita.

No entraremos en el detalle de la batalla, que da para mucho y no acabaríamos nunca. La batalla de Waterloo es uno de los acontecimientos bélicos que más tinta ha vertido sobre las páginas de los libros y que más ha emocionado a los europeos durante todo este tiempo. Sin ir más lejos y citándolos sólo a modo de ejemplo, La cartuja de Parma comienza con la batalla de Waterloo y ésta tiene un papel brillante en Los Miserables, de Víctor Hugo. 

La batalla es famosa porque significó el fin definitivo de los sueños imperiales de Napoleón, que sufrió una derrota tremebunda. Puso fin a los Cien Días, el breve segundo reinado del emperador, que escapó de la isla de Elba (su pequeño reino) para echar de nuevo al rey de Francia (Luis XVIII, hermano de Luis XVI) y ponerse él en su lugar. Para asegurarse el puesto, tuvo que ceder muchas prerrogativas de su cargo imperial al senado y volverse más liberal, pero de poco le sirvió, porque después de la derrota, su gobierno se deshizo como azucarillos y el pueblo, harto de guerras, le dió la espalda.

La campaña de Waterloo es a la vez una obra maestra de Napoleón, el estratega, y una derrota anunciada, un cúmulo de errores que no hizo más que estropearlo todo. El ejército imperial ya no era el de antaño y se veía muy superado en número por la alianza de la Séptima Coalición. Sumaba poco más o menos 120.000 hombres. La elección de sus generales no fue la mejor. Davout, su mejor general entonces, quedó en París; Berthier, su mejor y más preparado ayudante, había muerto días antes (¿accidente, suicidio, asesinato?); Ney iba bien para unas cosas, pero no para otras y Wellington podía con él; Grouchy, uno de los mejores generales de caballería de las guerras napoleónicas, recibió órdenes confusas (porque era Berthier el que ponía orden en las instrucciones de Napoleón, y en su ausencia...). Mal asunto.

Enfrente, Wellington, con las tropas británicas, de los Paises Bajos, hanoverianas, de Nassau, Brunswick, etcétera (el paraíso de los aficionados a los soldaditos de plomo, ¡tantos uniformes...!). En total, unos 110.000 hombres. Por el otro, los prusianos, sajones y demás germanos, que sumaban unos 120.000, a las órdenes de un viejo e impetuoso húsar, Blücher, que tenía una especial inquina contra los Bonaparte.

El plan de Napoleón era muy simple: impedir que los dos ejércitos se unieran, porque comenzaron la campaña separados entre sí. Lanzarse contra uno con el grueso del ejército y retener al otro, para que no pudiera acudir en su auxilio. Luego, perseguir al primero (derrotado) con una fuerza menor y lanzarse con el grueso de la tropa contra el segundo. Así, ahora tú, ahora tú, iba a derrotarlos. 

Se lanzó contra los prusianos en Ligny, les dió una soberana paliza. Retuvo a los británicos en Quatre Bras o mejor dicho, éstos resistieron los ataques franceses hasta que tuvieron que retirarse (y eso que eran más). Entonces, el día 18 de junio, con 72.000 hombres, se lanzó contra los aliados (68.000) en el Mont Saint Jean. El mariscal Grouchy, mientras tanto, perseguía a los prusianos con unos 30.000 hombres y poco después los encontraba y derrotaba en Wavre.

La batalla de Waterloo se llama de Waterloo porque ahí se firmó el orden del día y se dió noticia de la victoria. En verdad, se luchó en Mont Saint Jean, unos kilómetros más allá, y Napoleón ni se acercó a Waterloo. Después de varios, sangrientos e infructuosos ataques, de heroicas cargas de caballería de uno y otro bando (los Scot Greys, los coraceros franceses, los lanceros polacos, etc.), cuando parecía que el frente aliado iba a derrumbarse, aparecieron los prusianos y se torció todo. 

Napoleón, abandonando su coupé mientras la Guardia toma posiciones.
Maldita la gracia que le hizo a Napoleón tener que huir a caballo del campo de batalla, con el culo tan perjudicado por las hemorroides. ¡Es lo que tiene perder batallas!

Grouchy vencía en Wavre, pero no había sabido interponerse entre el grueso de los prusianos y Wellington. A última hora de la tarde, el ejército aliado y los prusianos por fin unidos pusieron en fuga a los franceses y los veteranos de la Vieja Guardia Imperial obligaron a Napoleón a salvar su vida, cosa que hizo a uña de caballo. Tuvieron que forzarlo. Él quería morir con sus gruñones (los veteranos) y lo de huir a caballo le daba grima (se cuenta que Napoleón sufrió en Waterloo un ataque de hemorroides y se culpa al mal del culo de la derrota del emperador). Sea como fuere, despacharon al jefe y se enfrentaron a su destino, a la historia y a todas esas cosas que se dicen cuando van a matarle a uno. En cuadro y perfectamente formados, fueron rodeados y conminados a rendirse. La respuesta de su comandante (el general Cambronne) fue histórica: Mérde! 

Varios botes de metralla después, ya no quedaba nada que rendir y la batalla se dió por terminada. Esa misma noche, mientras paseaba por el escenario de la carnicería, Wellington dijo aquello de Lo más triste después de una derrota es el escenario de una victoria.

Restos de un soldado muerto en Waterloo y de la bala de mosquete que lo mató.
Fueron hallados en 2012 y a día de hoy se cree que pueden ser los restos de Friedrich Brandt, un soldado hanoveriano de 23 años al servicio de las tropas hanoverianas del rey Jorge III.

La sangría fue tremenda. Uno de cada tres soldados aliados fue muerto o herido. Los franceses sufrieron unas 45.000 bajas (entre éstas, 10.000 soldados apresados por el enemigo). El Gran Ejército Imperial tuvo que huir, qué remedio, y Napoleón abdicó una vez más, días después. Esta vez, en ver de enviarlo de vuelta a la isla de Elba (en la Toscana), como rey, lo enviaron a la isla de Santa Elena, en el quinto pinto, como invitado de un gobernador británico con el que Bonaparte nunca acabó de llevarse del todo bien.

La paradoja de la campaña de Waterloo es que la batalla de Waterloo fue la única derrota que sufrieron los franceses. Fue más que suficiente. 

Waterloo, por Neyman le Roi.
Como ven, el asunto todavía despierta interés entre los pintores.

La última batalla de la campaña, la batalla de Versalles (hasta ahí llegaron los aliados, en efecto) fue una victoria francesa contra todo pronóstico. Un regimiento de húsares (el 5.º) se lanzó contra dos batallones de infantería prusianos y un regimiento de caballería, poniéndolos en fuga. Poco más de trescientos hombres se las apañaron para espantar a una tropa que quizá sumara diez veces más. Pero a esas alturas del cuento, a nadie le importó. Napoleón ya había abdicado.

¿A quién voto?



Leo sobre la corteza orbitofrontal lateral, que los médicos llaman COFL para abreviar, copiando a sus colegas anglosajones, que ponen acrónimos hasta en la sopa. La corteza orbitofrontal lateral está, para que nos entendamos, justo detrás y un poco por encima de los ojos, en la base del cráneo. Los neurólogos y los psiquiatras han conseguido definir algunas funciones de este pedacito de seso, y no son pocas ni poco importantes. A día de hoy sabemos que se relaciona con el juicio y la toma de decisiones. Digamos que a la hora de decidir si me fío de alguien o de escoger entre un esmarfón u otro (que son todos iguales), la corteza orbitofrontal lateral comienza a sacar humo.

Ahora, la doctora Lesley Fellows, canadiense, neuróloga y neurocirujana (ahí es nada) ha dado a conocer un artículo sobre la corteza orbitofrontal lateral que tiene su miga. La doctora Fellows (aquí tienen su currículum) se ha especializado en el funcionamiento de la toma de decisiones: cómo generamos y organizamos las opciones a considerar para resolver una cuestión, cómo valoramos estas opciones y por qué acabamos casi siempre equivocándonos al tomar una decisión. 

El artículo se ha publicado en el Journal of Neuroscience y es hijo de una investigación conjunta del Montreal Neurological Institute (el Instituto Neurológico de Montreal, donde trabaja la doctora) y el Centre for the Study of Democratic Citizenship (Centro para el Estudio de la Ciudadanía Democrática, que dependerá de Ciencias Políticas). ¡Una perfecta combinación de ciencias y humanidades! Ambos centros son de la Universidad McGill, de Montreal. Los autores del estudio son Lesley Fellows y Chenjie Xia, neurólogos, y Dietlind Stolle y Elisabeth Gidengil, de políticas.

La doctora y su equipo ya sabían que la corteza orbitofrontal (cito) tiene un papel importante cuando la elección es difícil y nos ayuda a tomar una decisión entre varias opciones con un valor semejante. Por lo tanto, ha de participar activamente cuando llega la hora de decidir nuestro voto en unas elecciones, se dijeron, y ésta es la hipótesis de partida.

Para falsarla, realizaron un experimento. Contaron con setenta y ocho personas. Siete tenían una lesión en la corteza orbitofrontal lateral; dieciocho, una lesión cerebral que no afectaba a la corteza orbitofrontal lateral; finalmente, el resto tenían un cerebro en aparente buen estado. Los juntaron a todos y simularon una votación. 

Tenían que escoger entre unos candidatos desconocidos basándose en sus fotografías. Unos eran más guapos que otros; unos parecían más inteligentes que otros. Los sujetos sanos, daban su voto a uno u otro después de evaluar su atractivo físico y su capacidad o competencia (percibida siempre a través de las fotografías). Los sujetos con la corteza orbitofrontal lateral dañada podían percibir y evaluar la competencia de los candidatos, pero no les influía en el voto; se limitaban a votar al candidato más guapo, sin más. 

La hipótesis soportó el experimento. Parece que sí, que se vota diferente según esté la corteza orbitofrontal lateral.

Se abre un nuevo camino en la investigación de las relaciones sociales y políticas, que puede explicar el porqué de algunos comportamientos colectivos. También demuestra que el papel de la corteza orbitofrontal lateral en la toma de decisiones va más allá de lo que se creía. ¡Qué tema tan apasionante! A mí me lo parece.

Pero también abre un abismo ante nosotros. ¿Qué sucede en el Mediterráneo que afecta a nuestra corteza orbitofrontal lateral de semejante manera? Los votantes de (a rellenar por el lector) ¿sufren una lesión de la corteza orbitofrontal lateral o son así de burros, sin más? Un alimento u otro, una determinada exposición al sol, la ingesta de un medicamento o la estupidez televisivo-inducida ¿afectan realmente a nuestra corteza orbitofrontal lateral? El partido que consiga dominar la corteza orbitofrontal lateral ¿conseguirá dominar el mundo? Cuántas dudas.

Christopher Lee (1922-2015)


Está usted en una casa aislada en medio del campo. Ha caído la noche, estalla una tormenta con un gran aparato eléctrico y se va la luz. En medio de semejante pandemonio, que parece que se acaba el mundo, llaman a la puerta de la casa. Acude con la única luz de una bujía, abre la puerta y ¿a quién se encuentra? A un tipo alto, pálido, vestido de gala y envuelto en una capa que le pide permiso para entrar.

Les dí un susto de muerte, recordaba Christopher Lee. De camino a una gala benéfica, se me averió el automóvil y busqué un teléfono para pedir que vinieran a buscarme. Vi una casa cerca de la carretera, me acerqué a ella, llamé a la puerta... Lee hizo una pausa dramática antes de añadir: El dueño, al verme, se asustó y salió corriendo, gritando: ¡Drácula! ¡Drácula!

En su papel de Drácula, en 1958.

Christopher Lee explicaba esta historia con mucha guasa. Le sucedió en Italia en los años sesenta, cuando su imagen era inseparable de la imagen del príncipe de los vampiros. Hizo unas veinte películas haciendo de Drácula, y en total, unas doscientas cincuenta películas como actor. Muchas, malas, pero no importa, porque se convirtió en un icono cinematográfico. La serie B también tiene sus héroes y él es uno de ellos, indiscutible.

El éxito lo debe a las películas de miedo de la productora británica Hammer, aunque había interpretado algunos secundarios en películas de Hollywood. Su primer papel protagonista fue de criatura de Frankenstein en La maldición de Frankenstein (1957), con un monstruo completamente diferente al que había interpretado Boris Karloff. El de Karloff era más inofensivo y el de Lee, peor intencionado. Su primer gran éxito fue poco después, con su Drácula (1958), el papel que lo catapultó a la fama.

Sólo hay un Drácula comparable, el de Lugosi, pero recuerden que Lugosi acabó chiflado, durmiendo en un féretro, evitando el día. Lee, en cambio, era un tipo bastante normal, muy culto y educado, que no ocultaba un sentido del humor avisado y un tanto gamberro. Hablaba más de ocho lenguas, era hijo de aristócratas por parte de padre (británico) y madre (italiana), había luchado como agente secreto durante la Segunda Guerra Mundial (y sus misiones siguen considerándose secretas), era también músico... En fin, un tipo muy interesante.

Lee haciendo de Francisco Scaramanga, un asesino de origen español que quiere matar a James Bond... y casi, casi lo consigue. A lo largo de su carrera, Lee interpretó a muchos personajes de origen español. Por ejemplo, en El hidalgo de los mares

Uno de los últimos papeles de Lee, el de Saruman, en la saga de El señor de los anillos.

Es de los pocos actores que ha participado en tres de las sagas más famosas de la historia del cine, y siempre haciendo de malo, en las películas de James Bond, las de Star Wars y las de El señor de los anillos, ahí es nada. Y en estas últimas dos sagas, el chaval ya tenía muchos años a cuestas, pero despertó la pasión del personal. También ha interpretado a Sherlock Holmes y al heredero de los Baskerville (pero no en la misma película), a Fu-Manchú, al Dr. Jeckill, a Rasputín... Su físico y su voz dejaron huella en todos estos personajes.


Caravaggio, el pincel y la espada


En la portada, el héroe protege a la desvalida doncella.
Que no es doncella, pero ésa es otra historia.

Hubo un tiempo en que eran tebeos. Luego se llamaron cómics. Ahora nadie mueve un dedo por nada que no sea una novela gráfica. En esencia, son lo mismo, historietas. Quizá no, quizá sean cosas completamente diferentes. La verdad es que no atino a poner el nombre correcto en cada caso y reconozco mis limitaciones en este ámbito. Por eso, hablar de un tebeo de Milo Manara me resultará más difícil de lo previsto, porque quizá no sea un tebeo. ¡Qué lío!

Caravaggio pintando el Muchacho con el canasto de frutas.
Detrás, apoyados en la pared, aparecen algunas pinturas que pintaría después, como, por ejemplo, el Baco hoy expuesto en Florencia.
El modelo, su aprendiz, amigo y quién sabe qué más Mario Minniti.

Editado por Norma Editorial, traducido por Víctor Balcells, El pincel y la espada (La Tavolozza e la Spada en original) es la primera parte de las dos que compondrán Caravaggio, escrita y dibujada por el autor italiano Milo Manara. Ya les digo que así que pueda, me agenciaré la segunda parte. ¡Ya la estoy esperando! En Italia, fue un éxito arrollador y se agotaron los ejemplares de las primeras ediciones en un abrir y cerrar de ojos.

El formato del Caravaggio de Manara requiere una simplificación de la historia y de sus matices, pero goza de las ventajas del soporte gráfico, que proporcionan una atmósfera y un ambiente a gusto del autor. Su rigor se mostrará en el dibujo y en el espíritu de la obra, dicho en cursi.

Caravaggio, en medio de una depresión, rodeado de algunas de sus más grandes obras.
De izquierda a derecha: La Deposición o El entierro de Cristo, pintada entre 1602 y 1604, expuesta en la Pinacoteca del Vaticano; el Cristo de Emaús, 1602, que puede verse en la National Gallery de Londres; la Crucifixión de San Pedro, pintada en 1601, que todavía sigue en la capilla Cerasi, en Santa Maria del Popolo, en Roma.

Y la historia, en efecto, se ha simplificado. Si nos ponemos tontos con el rigor histórico, tendríamos mucho que señalar. Por poner un solo ejemplo, quizá fuera otra la historia de las prostitutas y cortesanas que aparecen en escena con un papel protagonista (Anna Bianchini, Fillide Melandroni y Lena Antognetti). Digo quizá por ser amable.

La ambientación del tebeo está inspirada en grabados contemporáneos.
El rigor en el dibujo es de primera.

Aunque también podríamos alabar la documentación que ha empleado Manara para dibujar Roma. Esos fondos fantásticos no lo son tanto y se basan en varias colecciones de grabados de los siglos XVI y XVII que describían la ciudad de entonces. Otros muchos detalles señalan que Manara ha puesto mucho cuidado en la ambientación de Caravaggio, que yo calificaría de sobresaliente.

Si la cronología, algunos personajes y ciertos hechos aparecen alterados, no es por casualidad, sino por ligar una obra que busca captar y transmitir de modo sobresaliente lo esencial del entorno de Caravaggio en Roma (escenario de esta primera parte de la obra) y explorar la psicología del protagonista. Se trata de una obra de ficción, eso tiene que quedar claro, y la historia tiene que plegarse a los intereses de la narración. Para bien, en este caso. Los caravaggistas más puñeteros tendrán que admitir a regañadientes que el tebeo consigue retratar al personaje y su entorno llegando a las mismas conclusiones que los sesudos tratados académicos.

Progreso, proceso o deceso


La política catalana no tiene remedio. Quizá lo tenga, pero ahora mismo no lo veo. En parte, porque vivimos en permanente estado de confusión y agitación, a verlas venir. 

Trabajadores de Santa Coloma de Gramanet reclamando escuelas públicas.
En los años setenta, la gente de izquierdas era de izquierdas y Pujol, de Banca Catalana.

Tenemos un follón de padre y señor mío en distinguir izquierdas de derechas. Los catalanes son los españoles que se definen a sí mismos más a la izquierda. Pero también somos los que damos más votos a la derecha. No es cosa de ahora, sino que llevamos muchos años así y la serie histórica pone los pelos de punta (a uno de izquierdas). 

Será así porque la gente confunde las cosas. Creen que levantar una bandera es de izquierdas y levantar otra es de derechas. Así, más de la mitad de los votantes de CiU se consideran... ¡de izquierdas! No de centro izquierda, no: ¡de izquierdas! Es un caso de esquizofrenia política digno de estudio, no me digan que no.

He leído un dato que hecha más leña al fuego. Ustedes conocerán al señor Mas, don Artur, que es presidente de la Generalidad de Cataluña e hijo y heredero político de don Jordi Pujol, el de Banca Catalana. No les diré más de Mas, pero señalaré que es un político de derechas, muy de derechas. Mas es lo más a la derecha que conocemos en lo económico, lo social, lo cultural y lo nacional. ¡Hasta hace campaña electoral con una monja! No hay más que decir. 

Se pregunta a los encuestados si creen que Mas ha sido, es, un buen presidente. Ocho de cada diez votantes de CiU y de ERC (sí, señores, de ERC) creen que sí. Seis de cada diez votantes de la CUP (sí, señores, de la CUP), también. Si preguntan a esos votantes de ERC y la CUP, seguro, seguro, que se definen a sí mismos como de izquierdas. Ver para creer.

En cambio, todos (en verdad, casi todos) los votantes del PP creen que ha sido, es, un mal presidente, pese a ser de derechas y defender una misma política económica y social que el señor Mas (y votar lo mismo en Madrid). Nueve de cada diez votantes de Ciudadanos piensan igual de mal del presidente. En las izquierdas (llamémoslas así), el rechazo a la labor de Mas es igualmente claro. Ocho de cada diez votantes del PSC, de IC-V, de Podemos (o semejantes) también creen que no vale un pito como presidente. 

En Barcelona ciudad, vale la pena examinar el voto en los barrios más ricos y en los barrios más pobres. CiU, PP y la CUP (sí, la CUP) son los partidos más votados por las clases más adineradas. Quiero decir que el total de votos que consiguen estos partidos es directamente proporcional al nivel de renta de la población. Son los partidos de los ricos. En cambio, será inversamente proporcional a la renta en el caso del PSC y los alrededores de Podemos, que son los partidos más votados por las clases más empobrecidas. Son los partidos de los pobres. El voto de ERC, IC-V y Ciudadanos no depende tanto de la renta familiar como de otros factores (la lengua de uso habitual, por ejemplo).

Por eso pasan las cosas que pasan, y las izquierdas se abrazan con las derechas o les regalan la presidencia de la Diputación de Barcelona o Tarragona, porque todo se confunde y la bandera es chachi, aunque tape el cierre de plantas de un hospital público. ¿Que el presidente recién elegido de la Diputación de Tarragona está imputado por corrupción? No importa. Se tapa con la bandera y no se nota. Todo sea por el proceso. Primero, el proceso. Luego, cuando se decida qué partido de derechas manda aquí, si los burgueses de ciudad o los carlistas de pueblo (CiU o ERC), ya veremos si queda sitio para el progreso. Primero, qué hay de lo mío y segundo, donde dije digo digo Diego.

En el Ayuntamiento de Barcelona vuelve a darse esta confusión entre proceso y progreso, entre lo nacional y lo social, las izquierdas y las derechas. Tres de cada cuatro votantes de Podemos en Cataluña creen prioritarias las políticas sociales y una pérdida de tiempo las reivindicaciones nacionales, pero la señora Colau parece que baila la música de la derecha, la del proceso, y le ríe las gracias a una monja antivacunas (que debería de estar denunciada por poner en peligro la salud pública). Más de uno se llevará una desilusión y muchos (o quizá sean pocos) quedarán huérfanos de políticos, una vez más.

Uno tiene que decidirse por las personas o por las banderas, por lo social o lo nacional. Que digan lo que quieran, pero hay que elegir. No queda otro remedio. O eso o vamos a peor, quedan avisados.

Proceso y progreso son incompatibles. El primero es hijo de la derecha hegeliana y el segundo, de su izquierda. Son alfa y omega, tesis y antítesis, blanco y negro. En los extremos de la muestra, los escamots de Estat Català disparaban contra los anarquistas, y viceversa. Sus herederos, hoy, avergonzarían a sus bisabuelos. Según Hegel, mal rayo le parta, nacerá una síntesis entre proceso y progreso, que mucho me temo será el deceso (social, económico, político y cultural, se entiende).

Como mis lectores sabrán, Hegel y yo nos llevamos fatal y no creo que vaya a salir una síntesis de nada. Me tendré que conformar con Nietzsche y no les extrañe verme abrazado a un caballo cualquier día de éstos. Como ahora.

El señor del bigote es Nietzsche, haciendo las veces de caballo.
La señora de la fusta NO es la señora Colau.


Habrá que ponerle remedio (Gran Premio de Canadá 2015)



El del Canadá es uno de mis grandes premios favoritos. Es un circuito muy técnico y muy exigente con los frenos y los motores. Si uno se descuida, se queda sin gasolina; si se despista, se da contra uno de los muros que rodean casi todo el circuito; si el piloto no se arriesga a pasar rozando esos muros, pierde un tiempo precioso en cada curva. Pero la historia del Gran Premio del Canadá de este año es que no ha habido mucha historia. 


En efecto, Mercedes-Benz ha vuelto a imponerse. Su motor ha dictado sentencia y Hamilton ha acabado primero y Rosberg, segundo. Detrás, un Williams, demostrando que alguien más está en la zona Ferrari. Detrás, los dos Ferrari, por cierto, que pudieron haber tenido mejor suerte, pero que no lo hicieron tan mal. Raikkonen quedó por delante de Vettel. Lástima que un trompo en mal momento le hizo perder la tercera plaza; Vettel salió de tan atrás, después de una malísima tanda de clasificación, que acabar donde acabó es cosa de mucho mérito.

El dominio de Mercedes-Benz, absoluto, semejante a otros dominios anteriores (el de Red Bull o el de Ferrari, sin ir muy lejos), pone sobre la mesa el fantasma del aburrimiento. La FIA ya no sabe qué hacer para evitar que ganen siempre los mismos y cuanto más se esfuerzan en evitarlo, más impresionante es el dominio de uno u otro equipo. En el futuro prometen repostar gasolina y escoger libremente los neumáticos, otra vez. ¿Conseguirán más igualdad, más emoción? ¡Ya veremos!


Un antídoto contra el monopolio de las victorias es que los equipos fuertes se aproximen más entre sí. Uno de estos grandes, McLaren, no está por la labor. ¡Todo lo contrario! Una escudería tan potente como McLaren y no da pie con bola este año. De hecho, su objetivo ya no es puntuar, sino ¡acabar las carreras que empiezan! El asunto es tan escandaloso, que ya se habla en voz alta de ponerle remedio de una vez, que entre las flechas de plata invencibles y los demás que no dan una, nos cargamos la diversión.

El día del desembarco



El día del desembarco en Normandía tenía que haber sido el 5 de junio, pero el tiempo sobre el Canal era horrible y no presagiaba nada bueno. El Alto Mando Supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa (SHAEF) se reunió con los meteorólogos. Pocas veces en la historia una predicción meteorológica fue tan importante como la que anunció que las condiciones mejorarían el día 6 y los siguientes. No mucho, un poquito. Se decidió retrasar un día toda la operación, con mucha tropa embarcada y algún buque a medio camino, capeando el temporal. Fue una decisión muy arriesgada.


Hoy hace setenta y un años, las tropas aliadas ponían su pie en Francia. Los paracaidistas y los regimientos aerotransportados en planeadores ya habían aterrizado de madrugada. Desperdigados y aislados, no consiguieron alcanzar muchos de sus objetivos, pero provocaron el caos en la retaguardia. El desembarco en las playas tuvo que esperar al amanecer. Los más madrugadores fueron los americanos, que también fueron los que más sufrieron el primer día en la playa Omaha, aunque el desembarco en la playa Utah fue más afortunado. Entre las siete y las siete y media de la mañana desembarcaron los británicos y algunas tropas de la Francia Libre en tres playas más. 

La historia militar nos dice que el desembarco fue mejor de lo esperado, pero que no se alcanzaron los objetivos que se habían propuesto alcanzar los primeros días. Una semana después, parecía que los aliados se habían atascado en los setos de Normandía. Los aliados tardaron un mes y medio en abrir una brecha en las defensas alemanas, en la segunda mitad de julio. En agosto, después de la batalla de Falaise, el frente alemán se quebró del todo. Una semana después, ochenta días después del desembarco, los aliados liberaban París. El avance fue tan rápido que los aliados se presentaron en la frontera de Alemania ¡trescientos días antes de lo previsto!


Se estima que las tropas alemanas que lucharon en Normandía entre junio y agosto de 1944 sumaron un millón de hombres. 240.000 fueron muertos o heridos y 200.000 más fueron capturados o se dieron por desaparecidos. Los alemanes perdieron además 1.500 carros de combate, 3.500 piezas de artillería, 20.000 vehículos y no menos de 3.600 aeroplanos. Una derrota sin paliativos, tremenda.


A finales de agosto, habían desembarcado en Francia algo más de dos millones de soldados aliados y más de 438.000 vehículos, sin contar con 3.100.000 toneladas de suministros. Pero sus bajas habían sido considerables: 200.000 hombres (unos 37.000, muertos), más 17.000 pilotos y aviadores de 4.100 aeroplanos de todo tipo perdidos durante esos tres meses de duro combate. ¡Y no nos olvidemos de las bajas civiles! A decir de algunos historiadores, 20.000 civiles franceses no vivieron para contarlo.


Gracias a tantos soldados anónimos, Europa se libró del nazismo y pudo aspirar a gobernarse libre y justamente. En ésas estamos, y qué fácil nos olvidamos de tan alto precio que tuvimos que pagar por considerar que las banderas están por encima de las personas, por creer que uno tiene más o menos derechos que otro por haber nacido aquí o allá, por pensar una cosa u otra, por afiliarse a una ideología determinada o por simple estulticia. La historia no se repite, pero insiste, y más vale tener en cuenta las lecciones aprendidas.


La Nueve


La Nueve esperando su lugar en la historia.
En Inglaterra, antes del desembarco de Normandía.

Muchos soldados de la antigua Segunda República Española malvivían en Francia cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Para muchos, después de una guerra civil, su vida fue de la derrota a los campos de internamiento y en cuestión de meses, de nuevo al campo de batalla. Algunos pudieron elegir entre regresar a España o alistarse en la Legión Extranjera. Cuando Francia fue estrepitosamente derrotada por Alemania, en 1940, la elección se amplió, pero no mejoró en absoluto. Pudieron escoger entre regresar a España, donde les esperaba Franco, alistarse en la Legión Extranjera en África (algo que sólo pudieron hacer unos pocos), convertirse en mano de obra esclava en Alemania (acabando incluso en un campo de concentración) o echarse al monte, a la vida clandestina y pendiente de un hilo.

Imaginen la colección de socialistas, anarquistas o comunistas condenados por los regímenes fascistas de España, Alemania y la Francia de Vichy. Condenados a muerte, si no a la peor prisión imaginable, se vieron forzados a enfrentarse a tan terrible elección. Pero hubo también españoles sin una marcada filiación política que compartieron esa angustia. Recordemos que más del 80% de la tropa que combatió en ambos bandos de la Guerra Civil Española no era voluntaria, sino que estaba formada por reclutas. Más de uno se encontró, de un día para otro, preso en Francia y enfrentado al terrible dilema de morir de una manera o morir de otra por el solo hecho de encontrarse en un pueblo y no en otro cuando le tocó la edad de hacer el servicio militar.

Sea como fuere, un buen número de españoles se sumó a las filas del ejército francés, con la esperanza de salvar su vida y con el propósito de combatir al fascismo (tenían sobradas razones para combatirlo). Muchos creían que una vez derrotada Alemania, iban a conseguir el apoyo de los Aliados para instaurar de nuevo una República Española.

Hubo españoles en la campaña de Noruega, en la de Francia y en el Norte de África, luchando en la Legión Extranjera por Francia primero y por la Francia Libre después. No tardaron en ganarse el respeto en el campo de batalla, por su valentía y tenacidad. 

Contraataque de los legionarios en Bir Hakeim.
Quizá aparezca algún español en la fotografía.

Uno de los hechos de armas más notables de los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial fue la batalla de Bir Hakeim, de la que muchos ni habrán oído hablar. Entre el 26 de mayo y el 11 de junio de 1942, unos 3.700 hombres de la 1.ª Brigada francesa libre del general Koenig se atrincheraron alrededor de un pozo y un nudo de carreteras, en Bir Hakeim, barrando el paso a los ejércitos de Rommel, que perseguían a los británicos en retirada. 

Entre las tropas de Koenig había de todo, blancos y negros, europeos, africanos, de cualquier parte del mundo. Había voluntarios tahitianos, tropas nativas de las colonias africanas, belgas, alemanes y austríacos (legionarios), soldados del ejército regular refugiados en Marruecos... Entre tanta gente de tantas partes del mundo, vale la pena prestar atención dos batallones de la 13.ª Démi-brigade (en español, un regimiento) de la Legión Extranjera. En esos batallones combatían alrededor de mil españoles, todos ellos antiguos soldados republicanos. 

Una pieza francesa de 75 mm disparando contra los carros italianos en Bir Hakeim.
Algunos artilleros eran también españoles.

Los 3.700 hombres de Koenig se enfrentaron a unos 45.000 hombres del Afrika Korps y del Real Ejército italiano, y los detuvieron en Bir Hakeim no uno, sino quince días y luego, antes de rendirse, se abrieron paso de noche entre las líneas enemigas y la mayoría logró burlar el cerco. Ahí es nada.

Los héroes de Bir Hakeim regresan a las líneas británicas.
Es posible que algunos de estos soldados sean españoles.

Su resistencia contra todo pronóstico atascó el avance del Afrika Korps hacia Egipto y permitió que los Aliados rehicieran sus líneas en El Alamein. Quince días dan para mucho y cuando Rommel consiguió alcanzar a los británicos, no pudo romper la línea defensiva aliada (primera batalla de El Alamein). Entonces, se atrincheró. Después, Montgomery pasó al ataque, en la segunda batalla de El Alamein, que es la más conocida. Rompió las líneas germano-italianas y Rommel no pudo rehacerse y tuvo que retirarse hasta Túnez. Meses después, ya en 1943, el Eje había perdido África para siempre y rendido un ejército de más de 250.000 hombres.

Sobrevivieron unos 2.600 hombres a la batalla de Bir Hakeim, los que pudieron escapar del cerco. Muchos, españoles. Causaron más de 3.500 bajas a los alemanes e italianos. Hitler ordenó fusilar a todos los prisioneros (poco más de 800), irritadísimo por la resistencia de esa tropa, pero Rommel se negó en redondo. Al contrario, obsequió su valor con un trato preferente y la misma ración de agua y comida que servía a sus hombres. Se negó a considerarlos soldados de segunda fila.

El general Lecrerc el 25 de agosto de 1944.
Acaba de liberar París.

Gran parte de esos legionarios españoles acabaron después en las filas de la 2.ª División Acorazada, que en francés es Division Blindée y suele escribirse 2 DB, aunque sea más conocida como División Leclerc. Equipada y organizada como una división acorazada de los EE.UU. (según los organigramas de 1943, en tres grupos de combate autónomos, RCA, RCB y RCC), alcanzó gran fama en la Segunda Guerra Mundial. En parte, por su general, Leclerc, toda una leyenda. En parte, porque fue la división que liberó París en agosto de 1944.

El banderín de la Nueve, a principios de 1945.

Ahí surge la leyenda de la Nueve. Hasta los franceses decían la Nueve. Alguno decía la Novena y no pocos decían la Española y pronto verán por qué. 

El Guadalajara, uno de los semiorugas de la Nueve.

La División Leclerc se formó en África, en 1943, con unos 16.000 hombres. De éstos, unos 2.000 eran españoles. Algunos de ellos habían estado en Bir Hakeim y algunos otros con Leclerc en el Chad. Había españoles en casi todas las unidades de la división, pero la mayoría estaban en el Régiment de marche du Tchad, de origen legionario. La 9.º Compañía del 3er. Batallón de este regimiento, formada por unos 160 hombres al mando del capitán Dronne, era la Nueve. Había un mejicano, dos o tres apátridas, un italiano, varios eslavos... y 146 españoles (otros dicen 148). A decir de los franceses, en su mayoría eran socialistas, comunistas y anarquistas, aunque dentro del mismo saco había gentes del PCE y gentes del POUM, por ejemplo, que tenían sus diferencias políticas. Cariñosamente (o no) los españoles eran conocidos como espingouins, de español y pingüino, a saber por qué.

En la Nueve se hablaba español y los vehículos que formaban parte de ella fueron casi todos bautizados con nombres españoles. El jeep del capitán se había bautizado Mort aux cons (algo así como Muerte a los gilipollas, dicho en fino y para no ofender) y su semioruga, Les Cosaques. Y ahora viene lo bueno.

Sin entrar en detalles, la Nueve la formaban veinte semiorugas, tres cañones contracarro de 57 mm (que formaban, los tres juntos y los tres semiorugas que los remolcaban, una sección de artillería contracarro), tres jeeps (uno del capitán, uno de artillería y otro del taller de mantenimiento) y dos camiones. El núcleo de la compañía lo formaban tres secciones (o pelotones) de seis semiorugas y un cañón contracarro cada una.

El Amiral Buiza, de la Nueve, desfilando el 26 de agosto de 1944.

El Guernica, que arrastraba un cañón de 57 mm, en el mismo desfile.

El España Cañí, liberando París. 
Después de esta experiencia, lo rebautizaron Libération.

Los españoles del Brunete saludando a un miembro de la Resistencia.
París estaba siendo liberada ahí mismo.

La 1.ª Sección tenía los semiorugas Don Quichotte, Cap Serrat, Les Pingouins... Éste tenía que llamarse Buenaventura Durruti, porque todos a bordo eran anarquistas de la vieja escuela, pero el capitán dijo que no, que a Durruti ni mentarlo, que podrían mosquearse en la división, y en vez de Buenaventura Durruti se quedó en Les Pingouins por eso de los espingouins que he dicho antes. Seguían el Madrid y el Guernica. La 2.ª Sección tenía los semiorugas Résistance, Teruel, España Cañí (qué pena que luego fuera rebautizado como Libération, aunque se entiende), Nous Voilà y Ebro. La 3.ª Sección, con Tunisie, Brunete, Amiral Buiza, Guadalajara, El Canguro y Santander. El semioruga que hacía las veces de taller de la compañía también fue bautizado como Belchite

Los soldados de la Nueve fueron autorizados a llevar una bandera republicana española cosida en la manga de su uniforme, un raro honor. También la llevaban en los semiorugas, con permiso... o sin él, que eran españoles, coño. Más de uno luchó con algún distintivo de la CNT o con un pañuelo rojo al cuello, aunque no formaran parte del uniforme y pusieran de los nervios a los oficiales franceses.

La Nueve llegó a Normandía y luchó a las órdenes del Tercer Ejército del general Patton. Después de la batalla de Falaise, se rompió el frente y se inició la carrera para liberar París. De Gaulle quería que fueran los franceses los que liberasen la ciudad y Lecrerc lanzó sus carros hacia delante, sin esperar ni pedir permiso.

El periódico Libération sostiene que los primeros fueron los franceses a las órdenes de Bronne (sic).
Según el titular, los americanos llegaron después.

Un jeep americano ante la torre Eiffel.
La fotografía se cree que se tomó el 29 de agosto.

Atención. Ante ustedes Capa (a la izquierda) y Hemingway (a la derecha).
En medio, el chófer de ambos, poco antes de echarse a la carretera y llegarse a París por propia iniciativa y sin pedir permiso, para darse el gusto en el bar del Ritz.

Durante años se discutió quién llegó primero a París, que fue oficialmente liberado el 25 de agosto de 1944. Los norteamericanos dicen que fueron unos jeeps de reconocimiento yanquis de un regimiento de caballería motorizada los que, de noche y sin saber dónde se habían metido, se encontraron en París. Los alcohólicos sostienen que el primero fue Hemingway, entonces corresponsal de guerra. Cuando el escritor supo que el camino hacia París parecía abierto, no se lo pensó dos veces: se subió con unos amigotes a un jeep, se echó a la carretera y se presentó en el bar del Ritz poco después, para pillar una curda como un piano, de ésas que hacen historia, mientras los alemanes se rendían a su alrededor. 

Hoy se admite que los jeeps americanos llegaron los primeros a la periferia de París, pero que no llegaron mucho más allá y que la borrachera de Hemingway no contribuyó decisivamente a la liberación de la capital de Francia, aunque sí al vaciado de la bodega del Ritz. En cualquier caso, su ejemplo incentivó a muchos después de él. Se da por bueno que los primeros aliados que entraron en París fueron soldados de la División Leclerc. Más concretamente, tres carros de combate Sherman del 501.º RCC de la división (los carros Montmirail, Champaubert y Romilly), algunos zapadores y ¡la Nueve! A esa formación improvisada se le llamó columna Dronne, porque el capitán de la Nueve era su comandante.

En el desfile del 26 de agosto, el teniente Amado Granell (de la Nueve) se presentó con un Tatra 57K capturado al enemigo. Aquí lo pueden ver, al volante de su nuevo automóvil.

La noche del 24 al 25 de agosto, los republicanos españoles se presentaron en el Ayuntamiento de París. A la mañana siguiente, soldados de la Nueve rindieron al comandante en jefe de la ciudad, que entregó su pistola a un español y sus respetos al capitán Dronne. ¡La liberación! La Nueve recibió el grandísimo honor de escoltar al general de Gaulle cuando desfiló por los Campos Elíseos celebrando la victoria, aclamada por la población. En las fotografías del desfile leemos los nombres de los semiorugas y nos llevamos más de una sorpresa. ¡Guadalajara! ¡Madrid! ¡Guernica...!

No me extenderé sobre los hechos de armas de la Nueve, antes y después de la liberación de París, que fueron muchos y notables. Lamentablemente, pronto cayeron en el olvido. La Guerra Fría enfrió el apoyo de los aliados a una hipotética Tercera República. El exilio se convirtió en perpetuo para la mayoría y muchos murieron lejos de casa. 

Una plaquita en la orilla del Sena, plantada en los años sesenta, rendía homenaje a los republicanos españoles que habían caído luchando por la República Francesa, a todos ellos, a los soldados y a los que se sumaron a la Resistencia. Pero es tan poca cosa que pasa desapercibida incluso cuando uno la busca sabiendo dónde está. No fue hasta 2004 que se reconoció oficial y públicamente el papel que habían tenido los soldados republicanos españoles en la liberación de París. Homenajes, placas conmemorativas en las calles de París (Por aquí pasó la Nueve), condecoraciones, que llegaron quizá demasiado tarde, pues sólo tres antiguos soldados de la Nueve pudieron verlo. Hoy sólo quedan dos.

Felipe VI descubriendo la placa de los Jardines de los Combatientes de la Nueve en el Ayuntamiento de París, ante su señora y la señora Hidalgo, de origen español, alcaldesa.

En marzo de 2015, el jardín del  Hôtel de Ville (Ayuntamiento) de París recibió un nuevo nombre: Jardin des Combattants de la Nueve. Este 3 de junio, el rey de España, Felipe VI, corrió a inaugurar los jardines y rindió homenaje a los soldados de la Nueve. Tenía que haber sido antes, pero el accidente del avión de Germanwings en los Alpes retrasó la visita del rey y la ceremonia de inauguración. Tiene miga, un rey alabando a los héroes de la Segunda República... ¡No me digan que no!

Cuando era niño, conocí a un español que había combatido en la División Leclerc, que había estado en Normandía, en Falaise, en París, en Alsacia, en Berchtesgaden... Que contaba cosas terribles de la guerra. Ay, si ahora pudiera hablar con él, ¡la de cosas que le preguntaría...! En sus ojos se leía el orgullo de haber liberado Francia, la nostalgia de una juventud perdida y la tristeza de un país que vivió sometido tantos años a la estupidez de una tiranía. No sé qué hubiera dicho al ver al rey de España rindiendo homenaje a la Nueve. Conociéndole, hubiera apreciado el chiste, porque tenía un fondo guasón.

Este homenaje ha generado polémica. En España, la Nueve no recibe homenaje público. Ni la Nueve ni nadie. Se señala que quedan todavía las fosas con los republicanos ejecutados que el gobierno no quiere conocer, que sumarán miles de cadáveres. Así las cosas y el rey (¡el rey!) haciendo el paripé en Francia... Los republicanos españoles (los de verdad) sienten urticaria (y les comprendo) cuando ven al bisnieto del rey que echaron, al hijo del rey que impuso Franco, ejerciendo el cargo de monarca y diciendo qué buenos españoles que fueron los de la Nueve, pero diciéndolo en Francia, claro, no aquí, en casa. ¡Vamos, hombre!

Pero también hay que notar lo que dicen los franceses, que España tendrá rey, vale, y no será república, vale, pero ya es una democracia de verdad (aunque hay días en que no lo parezca), un Estado social y de derecho, con su Constitución, la separación de poderes y todo lo demás, comparable a Francia, Alemania o cualquier otro, igual de bueno... e igual de malo. Que España tenga un mal gobierno... Que seamos tan patanes y tan idiotas... Bueno, eso pasa en las mejores familias. Se echa al gobierno y se pone otro, y en ésas estamos. La idiotez tarda más en curarse, pero también es ponerse a ello y aquí cada uno puede aportar su granito de arena.

Yo me quedo con el consuelo de ver a los franceses rindiendo homenaje a la Nueve. Mejor eso que nada y ¡caramba! ¡Se lo merecen! 

¡Salud, camaradas! Salud.

P.S.: A modo de experimento, consulten La Nueve en Wikipedia, en español, catalán y francés, y verán cuánto nos queda todavía para reconocer los méritos de nuestros compatriotas en la liberación de Francia y qué poca importancia le damos.

P.S. bis. En su crónica del 26 de agosto de 1944, Charles C. Wertenbaker, enviado especial de The New York Times, escribió: Sus tanques y autoblindados llevan pintados en la parte delantera y en sus lados nombres tan sugestivos como Ebro, Guadalajara, Belchite… y enarbolan la bandera republicana. Proseguimos la marcha y antes del mediodía alcanzábamos los arrabales de la capital, siempre precedidos por los republicanos españoles, que eran aclamados con un indescriptible delirio por la población civil. Eran los muchachos de la Nueve.

Si la comida fuera una vacuna...


Pillado en Twitter, este gráfico resume perfectamente la tontería.



Vacunas e imbéciles



Lamento recordar, y cómo lamento recordarlo, que estos días un niño de Olot se juega su vida en una unidad de cuidados intensivos del Hospital de la Vall d'Hebron de Barcelona porque sus padres se negaron a vacunarlo. ¡Ojalá pueda salir de ésta! Ojalá, pobrecito, que no tiene culpa de nada.

Pero si sale bien de ésta no será gracias a sus padres ni a sus estúpidas prácticas y creencias. Se ha convertido en el primer caso de difteria en España en veintitantos años y muestra el gravísimo riesgo que supone dejarse llevar por las modas de lo alternativo, lo natural, lo que predican monjas chifladas, curanderos homeópatas, sinvergüenzas sin escrúpulos y analfabetos funcionales. 

Perdonen que no emplee palabras más duras y me quede con éstas, por miedo a ofender a quien merece ser ofendido, autocensurándome tontamente. Pero, insisto, esa gente que predica contra las vacunas, mata. Mata personas, mata niños, pone en grave peligro la salud de la población, no hay más verdad que ésta. Mata. No puede hablar de asesinato, porque no mata queriendo (se supone), pero ¿por qué no de homicidio, o de intento de homicidio? Esos tipos que andan por ahí predicando en los medios qué malas que son las vacunas, merecerían ser llevados ante un tribunal, juzgados, condenados... y vacunados. Lamentablemente, no existe vacuna contra la estupidez y la maldad, así que los estúpidos y malvados tendrían que ser eficazmente aislados. Tal pienso, tal digo. ¿Acaso no llevan a juicio a gente por difamar? Pues, con más razón en este caso, porque difamar no mata, pero poner en riesgo la salud pública, sí.

Hace unos meses, tuvieron que cerrar el parque de atracciones que Disney tiene en París porque se propagó el sarrampión. Eso disparó muchas alarmas y el caso saltó a la prensa, pero no lo suficiente. La moda contra las vacunas, que carece de todo fundamento científico, que es ética y políticamente reprobable, ha conseguido que se incremente el número de afectados por enfermedades que estaban prácticamente erradicadas en Europa y los EE.UU. (y por contagio, se han incrementado en el Tercer Mundo). Y aunque parezca mentira, un sarrampión puede ser muy peligroso. También, una poliomelitis. O la difteria. Puede matar.

Así que, señor antivacunas, si usted quiere poner en riesgo su vida, no nos joda a los demás y mátese usted solo, háganos el favor. Procúrese un suicidio homeopático, con sobredosis de bolitas de sacarosa, por ejemplo, que quizá y con un poco de suerte se ahogue con un atasco de dulces y nos libre del peligro que usted supone.

Si no se vacuna, quizá no enferme. Quizá, sí. Como vive en un país rico que disfruta de un sistema sanitario aceptable, podría curarse y pasar la enfermedad sin sufrir demasiado; pero ¿sabe qué? Que gracias a usted la enfermedad será transmitida a otras personas. Algunas serán más débiles y sufrirán los efectos de su imbecilidad. Podrían quedar afectadas de por vida, si no pierden ésta antes. Otras personas, compatriotas de usted, o quizá de otro país, serán contagiados por su culpa. Esas personas, quizá no estén cubiertas por un sistema sanitario como el nuestro y al no disponer de los medios que usted tiene a su alcance, quién sabe cómo sufrirán la enfermedad, quién sabe si alguna de ellas incluso morirá. Qué valiente negarse a ser vacunado cuando tiene los riesgos cubiertos, qué heroísmo, y qué poca conciencia tiene usted.

¡No esgrima su derecho sobre si vacuna o no vacuna a sus niños! ¡No sea imbécil! El derecho de vacunación no es de usted, es del niño, y ojalá el Estado obligue a que se garantice y se ejerza siempre ese derecho. Es más, ojalá se le considere a usted culpable de algo gordo si se niega a vacunarlo, y de algo más gordo si, por culpa de esa estupidez antivacunera, su hijo enferma o contagia a los demás de una enfermedad que podría haberse evitado. ¿No existe en alguna parte el delito de poner en riesgo la salud pública? Sé que esta opinión no la comparte todo el mundo, pero es la que defiendo, qué le vamos a hacer.

Ahora, que venga la monja a hablarme de la vacuna de la difteria. No sé cómo la dejan salir del convento, la verdad. Por higiene y salud pública, que la clausuren, y con ella, a los demás que defienden que vacunar es malo. Por imbéciles. Pero antes, que los vacunen, a todos.

Ser amigo mío es funesto



Paseaba por mi librería de cabecera tan tranquilo y de repente ¡zas! Salté sobre la mesa de novedades y me hice con Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938). ¡No pude evitarlo! Porque el libro reúne en un volumen la mayor parte de la correspondencia conocida entre Joseph Roth y Stefan Zweig. La publica Acantilado (¡qué magnífica edición!) y la traducción es de Fontcuberta y Gil Bera. La edición original, en alemán, es de Madeleine Rietra y Rainer Joachim Siegel, que trabajo tuvieron en encontrar, catalogar y seleccionar tantas cartas.

He dicho que no pude evitarlo porque Roth y Zweig son dos de mis autores favoritos y rara vez resisto la tentación de leer una de sus obras. En mi modesta opinión, Roth es más sólido y mejor literato que Zweig, pero Zweig sale de vez en cuando con libros que son una verdadera maravilla. Los dos, cada uno con su estilo, cada uno a su manera, me han procurado felicísimas lecturas. Cuando eché el ojo a su correspondencia, me abalancé sobre ella.

La lectura de una carta tras otra no es como la lectura de una novela y algún lector no se sentirá especialmente atraído por ella. Pero nos recuerda la época en que la gente escribía a vuelapluma cartas para sus amigos y las echaba al buzón de correos en vez de enviar un guasap idiota. A poco que uno reflexione, se comprende que la estulticia triunfa donde ha fracasado el correo. Aparte de eso, conocemos un poco mejor a estos dos grandes escritores que tanto se parecen, que tan diferentes son el uno del otro. Y quizá recordemos que una cosa es leer un libro y otra, conocer personalmente a su autor. Lo segundo no siempre es aconsejable.

Joseph Roth

Ambos, judíos. Ambos, perseguidos por la estupidez del nacionalismo alemán. Ambos, atentos a su entorno, pronostican la barbarie a la que se verá sometida Europa. Ambos serán perseguidos por escribir ¡novelas! Sus libros serán quemados en público por los que creen que el pueblo es uno en cuerpo y alma y no la unión cívica y civilizada de muchas personas, cada una con sus propios valores y preferencias. Como dijo otro alemán, un siglo antes, donde queman libros acaban quemando personas. A la vista del percal, los dos acabaron destruyéndose a sí mismos. Roth, entregándose al alcohol; Zweig, suicidándose.

Roth era, de los dos, el más pesimista. Ergo, también el más realista, el más certero a la hora de percibir el futuro de Europa... y su propio futuro. Zweig, el más optimista, hasta que la realidad se le echó encima en forma de un atropello por parte de las SA en su propia casa, en 1934. Zweig combatió contra el nazismo buscando la complicidad de otros artistas y con una obra que reivindicaba las libertades. Roth, en cambio, perdida toda esperanza, se pasó a la derecha monárquica austríaca (algo así como una excentricidad), se hizo católico (sólo por reforzar su postura a favor del Imperio Austro-Húngaro) y también borracho. El alcohol se lo llevó por delante en 1939. Zweig duró algo más. En Brasil, exiliado, llegó a la conclusión de que Europa, sometida a la barbarie del nazismo, el fascismo, el estalinismo y la guerra, nunca más sería terreno fértil para la belleza y la libertad y simplemente, se mató, en 1943.

Stefan Zweig

Roth era la viva imagen del artista amargado y desgraciado, que vaga por el mundo arrastrando calamidades; Zweig, en cambio, aparentaba una vida más feliz, coronada por el éxito literario. Habría que matizar esta visión, puesto que Roth también tuvo grandes éxitos literarios, pero derrochó el dinero con tal despreocupación que las deudas lo acosaron toda su vida, mientras que Zweig era, en cierto modo, más conservador. Roth era un vagabundo, sin dirección fija, que iba de hotel en hotel arrastrando una maleta consigo (por eso no se conservan tantas cartas de Zweig a Roth). Zweig era más burgués, vamos a decirlo así, aunque no sea exacto.

No sigo, pero la correspondencia entre estos dos es fascinante. Hay confidencias eróticas, consejos para mejorar un manuscrito, relaciones con editores y periódicos, libros, libros y más libros, problemas de dinero, política, exilio, dolor, amor, y una amistad sólida, pero también poco convencional y sometida al genio de dos personajes tan particulares, tan distintos entre sí, tan irremisiblemente unidos el uno al otro. Léanlo y ya me dirán. Vale la pena que un lector asiduo de Roth y Zweig eche un vistazo a esta correspondencia.

Café Context y cosas de libros



He dicho Café Context, pero lo correcto habría sido Cafè, porque está escrito en catalán. Se anuncia como llibreria cafè, o librería café, y el logotipo es un juego de palabras entre catalán y castellano, Context(o). Porque ¡qué suerte tenemos! Una cultura con dos lenguas, fíjense. Poder disfrutar no de una, sino de dos literaturas... Poder leer en versión original, sin más esfuerzo que el de sostener el libro, Incerta glòria y Cien años de soledad no tiene precio. Qué placer encontrar las versiones catalana y española de un novelón de Flaubert y decidirte por la del mejor traductor. Pero me parece que me he desviado del tema.


La librería café Context está en Gerona (en catalán, Girona) y es un lugar acogedor provisto de un buen librero. Uno puede tomarse un café, hasta comer alguna cosa al mediodía, sin demasiadas complicaciones, y luego, o antes, o mientras, comprar un libro y leérselo ahí mismo, en casa o donde apetezca. Es una librería modesta, que muestra un fondo pequeño, pero exquisito, seleccionado con un afilado gusto literario. Gerona cuenta con buenas librerías y buenos libreros y ésta, aunque pequeñita, está a la altura de cualquier otra.

Digo todo esto por dos razones y una tercera, que me apetece. La primera razón, porque fueron amabilísimos con mis sobrinitos, que corrían entre los libros mientras un servidor curioseaba haciendo la digestión. Eso tiene mucho mérito y cumplieron con nota. La segunda, porque me hizo pensar en el papel de las librerías (por qué no, de las pequeñas librerías) no sólo en el mundo libresco, sino en la vitalidad cultural de nuestro país en general. 

Hace más un buen librero por la cultura que mil consejeros del ramo. Lo digo, afirmo, creo y constato porque tengo un problema de percepción e imaginación. Me explicaré: Cuando veo al consejero (o al ministro) de Cultura, no puedo imaginármelo hablando de libros con un librero de verdad. Entonces me vienen encima todos los males y pesares de una era bárbara, que premia la estulticia y fomenta la burrada. ¡Serán tonterías mías, no lo sé!

Hay que distinguir entre una librería y una tienda de libros. Las tiendas de libros están muy bien, son necesarias, cumplen una función, pero una librería no tiene precio. En la librería, el librero te dirá ¡Mira, ha salido éste, que te gustará! o te arrancará un libro de las manos, diciendo ¡Éste no vale la pena! Te aconsejará, será honesto y dirá cuándo no se lo ha leído, pero te dirá qué piensan los otros clientes, buscará conocerte y buscará dejarte satisfecho con buenos libros. Muchas librerías organizan talleres de lectura, cursos, conferencias, invitan a rapsodas, editores, escritores... Un no parar.

Yo tengo mi librería de cabecera en Barcelona (La Caixa d'Eines) y disfruto de ese trato exquisito, todo un lujo. Visito otras librerías igualmente interesantes. Tengo suerte, una suerte inmensa, de vivir en Barcelona, donde se han abierto algunas librerías modestas, pero magníficas, señal de que todavía no hemos perdido toda esperanza. También tengo la mala, muy mala suerte de vivir en Barcelona, que ha visto cerrar tantas librerías y ha dejado perder... mejor dicho, donde las instituciones han arruinado parte de ese carácter cultural abierto y cosmopolita que una vez acarició para instalar en su lugar la cerrazón provinciana y folclórica. Pero ¡ésas son otras batallas! 

Sueño con una ciudad con librerías, no con tiendas de libros, y por eso, cada vez que veo al consejero (o al ministro) de Cultura, me entran sudores fríos. ¿Se lo imaginan preguntando por una edición de los cuentos de Chéjov? ¿Tentado por una novela de Michon? Yo no. Serán imaginaciones mías, pero ¡no creo, no puedo creer, que de verdad amen los libros! No veo en él (el consejero o el ministro, tanto monta, monta tanto) más que al tipo que sueña con liberalizar el precio del libro. Eso ya se ha visto y se conocen los resultados: la ruina de las librerías y las editoriales independientes, menor calidad literaria de los libros publicados, una paradójica subida de precios, un retroceso en la cultura urbana y escrita y el libro como producto, no como bien común. Pregunten a los ingleses, si no me creen. ¡No, por favor!

Digo yo que, ahora que estamos a ver quién será alcalde, algo podría hacerse a favor de las librerías en los ayuntamientos. Podrían invertir dinero en la promoción de actos culturales, por ejemplo, qué sé yo. Así como veo a la próxima alcaldesa de Madrid entrando en una librería (no en una tienda de libros), no sé yo si entre todos los munícipes de Barcelona llegan a leer la faja de un libro superventas. ¡Qué envidia me dan los madrileños! A veces, mucha envidia. Pero éstas son otras batallas y no es el momento de entrar en ellas.


A lo que íbamos. Si pasan por Gerona, Girona en catalán, echen un vistazo al Cafè Context, y ahora sí, ahora lo he escrito bien.