Hace doscientos años


Hace de esto 200 años. La abdicación de Napoleón.

Este año celebramos centenarios de todo y cualquier cosa. El más importante de todos es el centenario del inicio de la Gran Guerra, en verano de 1914, pero que no se nos pasen de largo los doscientos años que acaba de cumplir el Tratado de Fontainebleau. 

Los embajadores plenipotenciarios del Imperio Austro-Húngaro, Rusia y Prusia, más el embajador francés, firmaron este tratado el 11 de abril de 1814 en Fontainebleau, Francia, que está a un tiro de piedra de París. Dos días después, Napoleón I, Emperador de los Franceses, Rey de Italia, Protector del Rin, etcétera, abdicó de todas todas, esta vez de verdad (aunque no para siempre). Ahí acabó todo. 

El sueño napoleónico se había ido a tomar viento. Con él, gran parte del espíritu de la Revolución Francesa. Había dejado tras de sí veinte años de guerras y millones de muertos, ya ven, y lo que sucedió un año y pico después, los Cien Días, terminó trágicamente (heróica y estúpidamente, es lo mismo) en Waterloo.

Fue el final de la llamada Guerra de la Sexta Coalición, que va de Moscú a Fontainebleau, sin dejarnos la guerra en España, que seguía su curso cruel e inexorable. Austria-Hungría, Prusia, Rusia, Suecia (con un mariscal francés renegado jugando a ser rey de los suecos), el Reino Unido, España, Portugal y un buen puñado de estados alemanes se aliaron contra Francia. Es decir, contra Napoleón. Le vencieron.

En Rusia, Francia perdió medio millón de hombres. En la campaña de Leipzig, otro tanto. ¿Quién iba a poder resistir semejante sangría? 

Cuando todo parecía perdido, Napoleón sorprendió al mundo con la campaña más brillante de su carrera militar (con el permiso de su campaña en Italia). Al mando de 50.000 franceses, que no eran ni la sombra de un ejército, en su mayoría reclutas mal equipados, sin experiencia, con malas caballerías y escasos cañones, derrotó a todo el que se le puso por delante, a una suma de ejércitos que sumaba diez hombres por cada soldado de Napoleón. 

El cuadro de Meissonier, la imagen más famosa de la Campaña de los Seis Días.

La Campaña de los Seis Días es posiblemente su campaña menos conocida, pero quizá la más brillante. Entre el 10 y el 14 de febrero de 1814, con 30.000 soldados a sus órdenes, batió a rusos y prusianos en Champaubert, Montmirail, Château-Thierry y Vauchamps, en el norte de Francia. Derrotó a tres ejércitos que sumaban 330.000 hombres. ¡Lo nunca visto! Perdió unos 3.500 hombres, verdad, pero causó 18.000 bajas al enemigo y lo puso en fuga, capturó 25 cañones e hizo prisionero a uno de sus generales. 

¿De qué le sirvió? De bien poco. Los aliados ya estaban llegando a las afueras de París, eran demasiados. Además, no eran tontos. Que Napoleón estaba en el norte, atacaban por el sur, y viceversa. Se impusieron por la fuerza del número. 

El 31 de marzo, los aliados pidieron la abdicación de Bonaparte como condición para firmar las paces. En su proclama decían que sería imposible la paz si Francia continuaba en manos del Corso. Ahora bien, si Napoleón abdicaba... 

El 1 de abril, Alejandro, emperador de Rusia, liberó a 150.000 prisioneros franceses como señal de buena voluntad. Al día siguiente, el senado francés declaró que Napoleón I ya no era emperador, sino solamente el ciudadano Bonaparte. Su familia, además, no podría sucederle en el trono. El decreto se publicó el día 5 de abril en el Moniteur

Ahí se coció y se descubrió la llamada Traición de los Mariscales. Los antes fidelísimos generales de Napoleón, viéndolas venir, temiendo acabar pobres como ratas y sin rango, si no presos y condenados, después de una derrota que presentían inevitable, se plantaron delante del Corso y le pidieron que por el bien de Francia, etcétera, abdicara, no fueran a quedarse ellos sin rentas, honores y prebendas. Hasta el Cuñado, Murat, rey de Nápoles, lo abandonó. Berthier, enfermo, no salió a defenderlo. Ney se murió de vergüenza pidiéndole que abandonara.

El rebote de Napoleón fue tremendo. Dicen que intentó suicidarse, y el cuento es bastante verosímil. Pero, no, no se mató. Eso no iba con Bonaparte. Se resignó, al fin, a perderlo todo.

A raíz de lo que ya había acontecido en la campaña de Rusia (su desinterés en Borodinó o su tozudez en Moscú) y el berrinche que pilló al descubrir mariscales tan canallas, algunos historiadores señalan que Napoleón pudo haber padecido alguna forma de depresión, ansiedad, quizá un transtorno bipolar, en estos últimos años de su imperio. Dicen que podía haberse instalado en un estado nervioso inestable... Menos cuentos: se había empachado de poder. Descubrió demasiado tarde que se había aferrado a un clavo ardiendo.

El 3 de abril, Napoleón abdicó por primera vez, pero desobedeció al Senado (su Senado). Abdicó en favor de su hijo, y puso a su señora, María Luisa de Austria, como regente. Es decir, seguía mandando él en sus cosas y en las de Francia. Pero los aliados no aceptaron los términos y el Senado recordó que también había suprimido la línea sucesoria del Emperador. Además, los pocos ejércitos que le quedaban habían sido rodeados, París había caído, los aliados campaban a sus anchas por todas partes y...

Otra gran escena del imaginario bonapartista: Napoleón despidiéndose de la Vieja Guardia el 11 de abril de 1814. Los viejos gruñones lloran y el coronel del regimiento de granaderos le sale al paso, le abraza, le pide por favor, por favor, que no se vaya...

El Tratado de Fontainebleau constó de veintiún artículos. Los aliados ofrecieron una salida honorable a Napoleón. A él y a su señora se les conservó el título de Emperador y Emperatriz, pero se le prohibió mandar en Francia. A cambio, se creó el Reino de Elba, que todos reconocieron como tal. Napoleón pudo formar un ejército de 400 hombres y llevárselo a la isla. En su mayoría, viejos gruñones de la Guardia Imperial; algunos, polacos, que se habían quedado sin patria. 

El Reino de Elba, para la dinastía Bonaparte.

Los mamelucos, los pocos que quedaban verdaderamente egipcios, abandonaron la Guardia Imperial y se retiraron a vivir de rentas. Se conformaron con una pequeña pensión para ir tirando. La mayoría se fue a vivir a Marsella. Meses después, en un episodio vergonzoso de la historia de Francia, muchos fueron linchados por una muchedumbre, acusados de moros y mahometanos, comeniños y esas cosas. La chusma había sido alentada por los agentes del rey y la policía, que temían más a este puñado de antiguos soldados que a nada en este mundo. Eran tan pocos (no más de cincuenta), algunos casi ancianos y tan cansados todos de guerras que se le pone el cuerpo malo a uno al pensar cómo les agradecieron más de veinte años al servicio de Francia.

La emperatriz ganó tres títulos ducales y su hijo dejó de ser Rey de Roma para ser príncipe de Parma, Placentia y Guastalla. A la ex-señora de Napoleón, Josefina, le redujeron la renta anual y se la dejaron en 1.000.000 de francos (que no era poco).

El palazzo di San Martino, en Elba. Adivinen quién vivió aquí un año.

Los ingleses, cómo no, protestaron. Dijeron que Napoleón era un usurpador, que no tenía derecho a ningún reconocimiento, que Elba iba a ser (cito textualmente) un nido de jacobinos y qué sé yo. No firmaron el tratado y sus buques patrullaron los alrededores de la isla de Elba tan pronto Napoleón puso el pie en su nuevo reino. Qué mal que lo hicieron, que se les escapó un año después y se plantó en los Cien Días.

Oficialmente, la paz vino con el Tratado de París, o Paz de París, que se firmó el 23 de mayo de 1814 y que no fue ratificado por todos los aliados hasta julio. Francia se quedó con las fronteras de 1792. Talleyrand (vaya pájaro) negoció y consiguió el regreso de Luis XVIII, hermano de Luis XVI, que de ser un don nadie en el exilio se convirtió en rey de Francia. Se formó el Congreso de Viena, para ver cómo organizar Europa y apagar el fuego de la Revolución Francesa, qué vana empresa. 

Pero de los congresistas saldría en noviembre el llamado Segundo Tratado de París, que puso orden en Europa hasta la Gran Guerra, un siglo después. Lo de poner orden es un eufemismo, pero digamos que marcó profundamente el equilibrio de poder en Europa y la forma de éste durante cien años. Cuando el Imperio Alemán quiso cambiar este orden de las cosas y el Reino Unido se opuso, liamos la guerra del 14, la de 1914, pero ésa es otra historia.

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