La homeopatía es un timo (al menos, en Australia)


Hay quien dice que los australianos hacen todo al revés porque están boca abajo, pero esa opinión admite ser discutida. Ciertamente, los australianos hacen cosas bien, cosas mal y la mayor parte de las cosas, como pueden. 

La homeópata Francine Scrayen, yendo a juicio.
Dejó morir a su paciente, si no es que la mató, con agua y azucarillos.

La señora Penelope Dingle no se quedaba embarazada y tuvo la mala idea de ponerse en manos de una homeópata, Francine Scrayen. En octubre de 2001 descubrió sangre en sus heces. Hemorroides, dijo la homeópata, y le recetó agua y azucarillos. Un año más tarde, en diciembre de 2002, la homeópata la mandó a preguntar a un médico de verdad. Hasta el momento, sólo la había tratado (homeopáticamente) contra la hemorroides.

Era un cáncer de colon. Clarísimo, además. Francine Scrayen y su marido, Peter Dingle (el doctor Dingle), la convencieron para que se pusiera en manos de la homeopatía.

El doctor Dingle y su nueva mujer, Martine, yendo a juicio.
Se ha hinchado a declarar que está siendo perseguido por una conjura de médicos e industrias farmacéuticas y que la operación quirúrgica a la que sometieron a su mujer fue lo que la mató. Sus cuñadas no piensan lo mismo.

Qué casualidad. Peter Dingle está diplomado en Magisterio de la Ciencia y Magisterio de la Ciencia Ambiental y se sacó el doctorado. Era profesor asociado en la Universidad de Murdoch, Perth, Australia, en la Escuela de Ciencias Ambientales, y daba conferencias sobre salud sostenible (sic). Otro más de ésos que confunden al personal con lo natural y lo ecológico, atacan a la industria farmacéutica y acusan a la ciencia de todos los males, como la monja Forcades. Carne de cañón de homeópatas y cantamañanas.

La señora Scrayen exigió a la señora Dingle que abandonara la alopatía (es decir, la medicina) porque su única esperanza era homeopática. Su marido y la señora Scrayen le propusieron un tratamiento homeopático y espiritual (sic). Es decir, para los entendidos, su esperanza estaba tan diluida que podemos asegurar que, en manos de la señora Scrayen, pasó a ser ninguna.

Así fue y murió de forma horrible, después de una larga y angustiosa agonía. Quizá hubiera muerto lo mismo, o quizá no, porque el cáncer de la señora Dingle fue detectado en una etapa en la que podría haber sido eliminado. Pero murió, de mala manera, sin calmantes ni analgésicos. Quizá no hubiera sufrido tanto, ni gritado tanto de dolor como gritó sus últimas semanas de vida. ¡Mala muerte, ésa! Y no es que me ponga melodramático, sólo menciono las palabras de la hermana de la desgraciada señora Dingle, la señorita Brown (Dingle, de soltera, era Brown). Leer la denuncia de la señorita Brown contra Francine Scrayen pone los pelos de punta.

El caso desató una gran polémica en Australia y leyendo el informe forense uno sabe muy pronto por qué. El forense se despacha a gusto contra la señora Scrayen, diciendo que es, como poco, incompetente, que carece de los más mínimos conocimientos de medicina, es incapaz de comprenderla y es la responsable directa de la muerte de la señora Dingle. Porque, afirmó, si se hubiera actuado a tiempo, habría habido muchas posibilidades de salvarla. En su informe, no se anda con chiquitas, la verdad. 

En inglés, entre otras muchas cosas, decía:

The unhealthy reliance placed on Mrs Scrayen’s homeopathic “cures” by the deceased and her husband, Dr Dingle, who appears to have been very much involved in the decision-making process, resulted in a tragic series of events and the deceased suffering extreme uncontrolled pain over an extended period of time at a level not normally experienced in societies where there is access to modern medical treatment.

La señora Dingle pasó por el quirófano en 2003, pero ya era demasiado tarde para hacer nada. Pasó por el quirófano porque las hermanas de la señora Dingle actuaron por su cuenta y riesgo, desobedeciendo a la homeópata y al marido, enviando al cuerno la espiritualidad y lo demás. El testimonio del cirujano que intentó salvarle la vida (ya inútilmente), Cameron Platell, también pone los pelos de punta. Su intervención nada pudo hacer por ella. Si hubiera actuado antes... Quién sabe. En cualquier caso, volvió a caer en manos homeopáticas, en las que la piedad se había disuelto como los principios activos de sus patrañas, y así murió, horriblemente.

El caso Dingle azuzó a las autoridades australianas y se impuso poner orden en este asunto. Lo primero y obligado era saber qué fiabilidad y efectividad podía tener la homeopatía, porque el caso de la homeópata Scrayen podía ser uno más de negligencia médica, pues ¿no hay médicos que cometen barbaridades con sus pacientes? Sí, pero la medicina es lo mejor que hay para curar enfermedades, ahora mismo. Por lo tanto, la pregunta era: ¿es efectiva la homeopatía en el tratamiento de las enfermedades de los seres humanos?


Así que pusieron a trabajar al Consejo de Investigación Biomédica de Australia (en verdad, el Consejo Nacional de Salud e Investigación Médica, o NHMRC). 

Se examinaron cientos y cientos de estudios y cientos y cientos de estudios fueron rechazados porque no cumplían los estándares de calidad exigidos. Básicamente, porque había pocos datos, poco fiables o se apreciaban fallos metodológicos serios. Sus conclusiones eran cuestionables, fueran cuales fueran. 

El problema al que se enfrentan los homeópatas no es tanto que no haya estudios, sino que están muy mal hechos. A la que se impongan las condiciones de doble ciego (el médico no sabe si proporciona homeopatía o no, y el paciente no sabe si recibe o no recibe tratamiento homeopático) o una muestra que permita una razonable fiabilidad estadística, las hipotéticas ventajas de la homeopatía quedan en nada (homeopáticamente disueltas). Ni les cuento la fiabilidad de los experimentos que no pueden ser reproducidos.

Tratarse con agua del grifo tiene los mismos efectos que tratarse con remedios homeopáticos.
Además, alivia la sed y es mucho más barato.

Hace dos años se publicaron los primeros avances del estudio y las partes podían hacer alegaciones. Básicamente, se esperaba que los homeópatas pudieran presentar trabajos de investigación por fin capaces de demostrar que los resultados de un tratamiento homeopático se pueden distinguir de los resultados del efecto placebo (la sugestión, para entendernos) o de lo que ocurre si no tomamos nada. Pruebas hospitalarias, de laboratorio, médicas, etc. Lo que fuera. Si no suficientes para demostrar que la homeopatía funciona, suficientes al menos para sembrar la duda y admitir que podría funcionar en algunos casos y que merece la pena seguir investigando.

¿El resultado? Las evidencias a favor de la homeopatía quedaron tan disueltas como sus principios activos. Hoy, la conclusión del NHMRC es contundente. Copio (y traduzco):

Basándose en el análisis de las evidencias de la efectividad de la homeopatía, la NHMRC concluye que no hay ninguna evidencia fiable de que existan enfermedades en las que pueda decirse que la homeopatía es eficaz. 

La homeopatía no debería utilizarse para tratar enfermedades crónicas, graves o potencialmente graves. Los pacientes que escojan la homeopatía tendrían que saber que ponen su salud en peligro si rechazan o dejan para más adelante tratamientos que son evidentemente efectivos y seguros. Los pacientes que considerasen utilizar la homeopatía deberían recibir primero el asesoramiento de personal sanitario legalmente reconocido. Aquéllos que recibieran un tratamiento homeopático deberían explicárselo a su médico y seguir los tratamientos prescritos por éste. 

El Consejo Nacional de Salud e Investigación Médica espera que sean ofrecidos al pueblo australiano los tratamientos y las terapias con la mejor evidencia disponible.

Resumen: la homeopatía no sirve para nada y habría que prohibir que se trataran enfermedades con ella.

Pueden leer la declaración del NHMRC, conseguida a través del blog Magonia (www.magonia.com, gracias), en la siguiente dirección:

Los papeles sobre homeopatía del NHMRC pueden verse todos aquí, en detalle, en su sitio web:

Poco más puede decirse, y ya se ha dicho muchas veces (las conclusiones de un comité español semejante al NHMRC fueron las mismas, por ejemplo, y las de los ingleses). En pocas palabras, la homeopatía es un timo, una patraña, un engañabobos. Quien la vende, sólo puede justificarse admitiendo que es un sinvergüenza que se aprovecha de los demás o quedando en evidencia por su falta de criterio científico. O por ambas cosas. Es lo que hay y no hay más.

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