Equidistancias


Los amarillos se rigen por el lema O conmigo o contra mí, propio del fanatismo e impropio del ejercicio de la política. Por eso, cargan con todas las pólvoras contra aquéllos que critican las acciones del Gobierno de España, pero también las del amarillismo imperante. En verdad, el Gobierno de España pone las cosas fáciles a quienes quieran criticarlo, y no hace falta entrar en detalles, que nos conocemos todos; el grotesco y esperpéntico caos del amarillismo tampoco invita a las alabanzas. Pero el fanatismo es lo que tiene y los amarillos emplean el término equidistante con un deje despectivo, en son de burla o, mejor dicho, de desprecio. A la que uno cuestiona un poco, un poquito, el prusés, queda fichado como equidistante y, por lo tanto, repudiado.

¿Quién sacó a relucir el término equidistante? La historia del lenguaje alrededor del prusés es apasionante y un caso digno de un doctorado de semiótica, pero quién empleó equidistante por vez primera para definir a un tipo que considera el gobierno del PP una catástrofe nacional y el gobierno de los amarillos, otra (aunque, maticémoslo, no tan mala) fue seguramente un tipo de la nueva izquierda (vamos a llamarla así), que no sé si son los que ahora sí que pueden, los comunes, los de Colau, los de Podemos o quiénes, porque, la verdad, no me aclaro con ese lío de coaliciones que llevan. En un intento de jugar con dos barajas e intentar contentar a tirios y troyanos, se inventaron eso de ser equidistantes, en vez de llamarse neutrales, por ejemplo. Cuanto más retorcido el término, mejor: coyuntura mejor que situación; proceso participativo mejor que consulta; etc. Equidistante sonaba bien.

Metáfora de la equidistancia.
El mundo real, sin embargo, rara vez tiene dos brazos y dos platos iguales.

En propiedad, un tipo equidistante es el que se mantiene a la misma distancia de éste que de aquél. Una distancia física (mesurable en metros, en segundos, etc.) u otra moral o filosófica. En algunos casos, la equidistancia es la mejor opción. Por ejemplo, cuanto más lejos esté de esos dos, mejor, porque no quiero saber nada del uno ni del otro, porque mi batalla es otra. De ahí que el mejor equidistante sea, en verdad, el distante, el que no quiere saber nada de tanta tontería y se mantiene lo más lejos posible, como bien explicó en su momento el escritor Javier Pérez Andújar.

Ahora bien, algunas interpretaciones de la equidistancia no son las mejores. A principios de septiembre, saltándose todo el ordenamiento jurídico y sin respetar los derechos políticos y parlamentarios hasta ese momento vigentes, los amarillos intentaron imponer un régimen prácticamente autoritario suprimiendo la actual Constitución e imponiendo otra cosa (catalana) que un gobierno (catalán) podía cambiar a discreción, por el procedimiento de urgencia y en cuestión de horas, sin que la oposición pudiera siquiera proponer alternativas o discutir al detalle la propuesta, y un sistema judicial impuesto a dedo por la presidencia de la Generalidad de Cataluña. Sea usted o no partidario de la independencia de Cataluña, siendo ecuánime, no tendrá más remedio que afirmar que los derechos de la ciudadanía, la separación de poderes o las garantías que supone un Estado de derecho, por ejemplo, iban a ser mucho peores en el sistema propuesto que en el entonces (y ahora) vigente. ¿El de ahora es mejorable? Sí, no lo dudo, pero el propuesto lo empeoraba.

En cambio, la aplicación del artículo 155 es reversible, legítima y legal y no ha habido para tanto. De hecho, hemos pasado unos días más tranquilos, que buena falta hacía. No todos comparten mi opinión y algunos creen que no ha sido legítima o legal, por ejemplo. Por eso, se ha presentado hace poco un recurso ante el Tribunal Constitucional por la aplicación de esta ley, y veremos qué se concluye, pero hay que notar que la Ley de Transitoriedad Jurídica que aprobaron los amarillos no permitía que ésta fuera cuestionada, bajo ningún concepto. Es decir, no era lo mismo ni proporcionaba las mismas garantías. 

Podemos decirlo así: Una cosa era muy mala y podía haberse evitado y la otra, simplemente, no es buena, pero no hubo más remedio que aplicarla (añadiendo que se ofreció la oportunidad de no aplicarla a cambio de un adelanto electoral). Los que se definen a sí mismos como equidistantes (con una nota de orgullo) dicen, por el contrario, que una cosa fue mala y la otra, igual de mala (a veces incluso peor, por ser de derechas quien la aplicó). Los que insultan a otros llamándolos equidistantes no soportan que se compare lo que ellos hicieron con lo que hizo el Gobierno de España y se pongan ambos a la misma altura de maldad o incompetencia.

En una balanza de contrapeso, no funciona la equidistancia.
En el mundo real, tampoco (o pocas veces).

Ojo: no hay que ser equidistante. Hay que ser ecuánime.

Es decir, si tal cosa es mala porque la hace A, es igual de mala si la hacen B, C o D. Si tal cosa es mala o no lo es según la haga A, B, C o D, entonces no somos ecuánimes y no podremos afirmar que nuestros juicios son objetivos y racionales, porque no lo son. Algunas equidistancias pertenecen al primer caso, pero algunas, al segundo.

Si uno defiende la medicina y otro se planta defendiendo tonterías como el reiki, la homeopatía o la acupuntura, no hay que ser equidistante. Todo lo contrario. Hay que estar con la ciencia y mantenernos distantes del disparate. Lo que vale para curar enfermedades del cuerpo, vale para manejar un cuerpo político. Equidistancias, las justas. Ecuanimidad, siempre.

Porque, en resumen, en política hay que ser ecuánimes, porque la política tendría que basarse en hechos contrastables y verificables y en juicios racionales, pero ¡qué les voy a contar! Pasen, vean y luego lean, que es una manera de conservar la inteligencia en medio de tanta tontería.

No hay comentarios:

Publicar un comentario