¡A mí la Legión! (IV)

El recién alcalde de Mataró, que es de CiU después de décadas de socialismo, se vio sorprendido por el desfile de los antiguos caballeros legionarios... y especialmente por los gritos que se alzaron desde los bancos de la oposición municipal, echándole en cara que promoviera el españolismo, el fascismo y yo qué sé.

Visto el apuro, acudió a la Comisión de la Semana Santa de Mataró. Ésta (subvencionada) afirmó que no sabía que se iban a sumar los antiguos militares a la procesión. Acto seguido, se contradijeron al añadir que no eran conscientes de la magnitud que tendría la presencia de los legionarios (sic). Se apresuraron a añadir, los de la comisión, que será el último año que los militares desfilan junto a sus cofrades. Confiesan que su intención era dar un poco más de lucimiento a la procesión (sic), que por lo visto era muy sosa, sin pensar en ningún momento que la presencia de los militares podría ser ofensiva.

Para no saber que se iban a desfilar los antiguos caballeros legionarios, no es poco lo que sabían o habían supuesto. Pues ¡claro que lo sabían! Anda que no. Se les ve el plumero, como a los otros legionarios, los romanos.

Fue la Candidatura Unida Popular, CUP, un grupo que opta por proponer la independencia de Cataluña, quien levantó la liebre del escándalo. Dijo, por ejemplo, que es (cito) inadmisible la participación activa de miembros de la Legión Española haciendo ostentación de su armamento, uniformes y profiriendo los mismos cánticos que en la época de la Dictadura Franquista. Además, exigen, vuelvo a copiar, que no permitan ninguna manifestación de españolismo y militarismo.

¡Toma, alcalde! Chúpate ésa.

Los dos concejales del grupo municipal de ICV-EuiA (Izquierda Unida, para entendernos) se sumaron al bombardeo. El grupo de la oposición (copio) considera intolerable la presencia de grupos militares como los Legionarios en una procesión de Mataró. Es más, según uno de los dos concejales, el señor Martínez, el desfile de esa hermandad es (copio) una falta de respeto a la ciudadanía que estuvo obligada a presenciar un acto de cariz antidemocrático. Se quejó de que la procesión de Semana Santa de Mataró (un activo cultural muy importante de la ciudad, observó) se convirtiera en un lugar donde algunos hicieran ostentaciones de símbolos y cánticos militaristas, más propios de la dictadura que de la democracia.

Olé, venga leña, que ya arde.

Ante la polémica, el alcalde, novato en estas lides, se muestra sorprendido (sic) y jura y perjura que la Legión no volverá a desfilar en Mataró. Esto no volverá a suceder, dice, como si hubiera ocurrido algo horrible. Porque, naturalmente, su partido no puede tolerar que vayan por ahí unos energúmenos gritando ¡Vivaspaña! y arrancando vítores del común. Añado que el señor alcalde es de CiU y es el primer alcalde de Mataró de derechas desde que murió Franco y le recuerdo que la mayoría de los socios de su partido de cierta edad gritaban ¡Vivaspaña! cuando vivía el tirano, aunque ahora disimulan. Pero ésa es otra pelea que dejaremos para otro día.


Salió en ayuda del jefe el señor Fernández, concejal de Cultura, que también es de CiU. Otra vez el yo no sabía nada, porque lo primero que ha declarado en los periódicos es que los munícipes no sabían que desfilaría la banda militar (sic). Ha roto el modelo de Semana Santa que desde hace veinticinco años impulsamos en Mataró, ha añadido. Pero ¡cómo ha callado la franca oposición que mostró CiU entonces a las procesiones! Pues ¿qué se habían creído esos inmigrantes andaluces? Primero, la Feria de Abril y ahora... Sólo cuando la Iglesia... Bah, nadie se acuerda ni a nadie importan estos cambios de chaqueta. ¡Cuánta hipocresía! ¡Qué poca memoria!

Ya ven, se armó la de Dios es Cristo.

¡A mí, la Legión! (V)

Quien me conozca, sabe que mi estima por Unamuno supera millones de veces la que (sólo hipotéticamente) podría sentir por el cabrón de Millán-Astray. Si no saben de qué va el asunto, busquen en el gúguel (pronúnciese Google).

Vamos a corregir una afirmación de los escandalizados munícipes de Mataró. La Hermandad de Antiguos Legionarios es una asociación civil, no militar. No son legionarios. Son, ya lo dice el nombre, antiguos legionarios. También desfilan con la hermandad niños disfrazados de legionarios y señoras de legionarios con el gorrito cuartelero encima del mantón de Manila, señoras que nunca han sido legionarias, pero que juzgamos tan carcas como respetables.

En resumen, que el ejército no desfiló por las calles de Mataró, aunque la Guardia Civil presidió la primera procesión de la Semana Santa de 1986 de la ciudad, y ése es un buen antecedente castrense. Pero ninguno de los que ahora se quejan se quejó entonces. No lo entiendo.

Si hablamos de un pasado franquista, y censuramos una manifestación como la de la Hermandad de Antiguos Legionarios, tendríamos que censurar la procesión entera. Toda ella. ¿Tengo que hablarles de la Iglesia de la Cruzada contra el rojoseparatismo? ¿Qué dice la CUP sobre este asunto? ¿Y los de izquierdas, qué dicen?

Puestos a decir barbaridades, las cofradías y hermandades del capirote, el cirio y los maderos simbolizan una etapa muy negra, oscura, supersticiosa y triste de nuestra historia, antigua y reciente. Pero la coherencia la dejamos para otro día, ¿verdad? Porque no me imagino al alcalde y compañía criticando las cafrerías y hermandades de Mataró por simbolizar la España negra y profunda de la Inquisición, o la más absoluta represión de los derechos de la mujer.

Pero el actual alcalde y su grupo político criticaron ferozmente las primeras procesiones de Semana Santa de Mataró de los años ochenta (del siglo pasado) por no ser catalanas, y cito textualmente. Ahora disimulan, no sea dicho.

Sea como sea, la Comisión de la Semana Santa de Mataró (cito) pide disculpas públicas a cualquier sensibilidad que se haya podido sentir herida. Pero si hubiera desfilado la Hermandad de Antiguos Mossos d'Esquadra llevando consigo el Cristo de la Coronación y cantando La Santa Espina, marcando el paso con las alpargatas y alzando los sombreros de copa al gritar los ¡Viva! de rigor al final del cántico (Visca Catalunya! Visca el Barça! Visquin els Mossos d'Esquadra!), ¿habríamos reaccionado igual? ¿Habríamos denunciado el acto por fascista? El público ¿habría aplaudido tanto como aplaudió a los antiguos legionarios? No, no y no.

Sólo me resta como argumento para decir que el asunto se les ha ido de madre echar un vistazo al espectáculo de los señores del capirote y a los tipos disfrazados de romanos de opereta. Si unos, que van de legionarios, hacen un mal papel, los demás son puro esperpento. No me digan que no.

Multipapá

La clínica Barton fue fundada en Londres en 1943. Fue el resultado de la suma del doctor Bertold Wiesner, un biólogo austríaco exiliado, y su señora, la doctora Mary Barton, médico. Se especializaron en resolver problemas de fertilidad y provocaban embarazos mediante la inseminación artificial. El matrimonio garantizaba semen de primera calidad, que se obtenía del círculo de amistades que frecuentaba. Eran todos médicos, filósofos, profesores de universidad... El doctor Wiesner, concretamente, decía siempre que se habían asegurado de que los donantes fueran personas con una inteligencia por encima de la media, una salud de hierro y una presencia física envidiable, así, tal cual.

El asunto exigía la máxima confidencialidad, pero también propaganda. A tal efecto, la clínica Barton publicó su trabajo en el British Medical Journal en 1945, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo. El revuelo que se organizó facilitó la tarea de propaganda, pero un par de la Cámara de los Lores denunció la actividad de la clínica Barton como, cito, obra de Belcebú, y el arzobispo de Canterbury, el principal cargo de la iglesia anglicana después de Su Graciosa Majestad, reclamó que se prohibiera por ley el trabajo de Wiesner y Barton, con santa indignación, mentando al diablo lo mismo. De hecho, en 1948 una comisión parlamentaria a la que nadie hizo caso recomendó prohibir la inseminación artificial en humanos.

El doctor Wiesner murió en 1972. Su clínica había conseguido más de mil quinientos embarazos de éxito mediante inseminación artificial entre 1943 y 1962, cuando cerró.

No sabemos si fue Belcebú o la carne, o la reticencia del círculo de amistades del matrimonio a dejar Inglaterra preñada con su semilla, pero la noticia saltó en 2001 cuando se supo que Dereck Richter, un famoso neurocirujano amigo de la familia, era el papá de más de cien hijos salidos de la clínica Barton. Le faltó poco al neurocirujano para alcanzar la marca de un donante anónimo de los EE.UU., que se le sabe padre de al menos ciento cincuenta criaturas. El caso del neurocirujano dio para unos chascarrillos y ahí quedó la cosa.

Pero ya había saltado la liebre. David Gollancz, un abogado londinense, y Barry Stevens, un realizador de documentales canadiense, comenzaron a investigar a los hijos de las madres inseminadas en la clínica Barton. No era para menos, porque la historia del neurocirujano... En 2007, tomaron muestras de ADN de dieciocho personas nacidas del semen que dispensaban Wiesner y Barton y ¡oh, sorpresa! descubrieron que el doctor Wiesner era el padre de al menos doce de las dieciocho criaturas.

Después de hurgar un poco más en el caso, el abogado y el cineasta aseguran que el doctor Wiesner fue el padre de, tirando corto, seiscientos bebés, pero ¡bien podrían ser mil!

Por eso, para evitar casos como éste, la legislación inglesa pone límites a las donaciones de semen. Un mismo donante no puede proporcionar semen a más de diez familias, pero nada limita el número de hijos que éstas puedan tener. Pero el doctor Wiesner... En fin, ustedes mismos.

Si hacen las cuentas, el doctor Wiesner hizo como poco veinte donaciones de semen al año. Al parecer, un donante sano puede hacer cincuenta donaciones al año, pero la señora Barton le dijo a su marido que veinte, no más, que luego... En fin, sean veinte al año, o algunas más, haciéndose pasar por otro. Muchas, en todo caso, porque, para que se hagan ustedes una idea, no bajamos de tres litros de semen si pretendemos preñar a seiscientas mamás británicas y emular la proeza del doctor Wiesner en la clínica Barton. Eso, fecundando a la primera, que rara vez se da.

Quién lo iba a decir, con esta carita de no romper un plato que gastaba el tipo.

Barracas, de nuevo

Han tenido que pasar muchos años para reconocer que una de las mayores lacras del franquismo en Cataluña no fue la represión de la cultura catalana, fuera lo que fuera eso, sino la explotación del inmigrante, que se manifiesta de la manera más cruda y cruel en el barraquismo. El problema es que quienes explotaban a esos inmigrantes eran ésos que ahora forman parte de la sociedad civil oficial, los apellidos de siempre, que vivían la mar de bien entonces y siguen viviendo ahora la mar de bien.

Resulta desagradable recordar que quienes de verdad padecían la peor represión policial fueran los habitantes de las barracas, y no los pijos de la gauche divine o los cumbayás de las asociaciones de boy scouts. Si no me creen, sumen los años de cárcel, o los muertos y heridos en las acciones policiales de la época. Fueron las huelgas, no las capuchinadas, las que alarmaron al franquismo (y a la burguesía catalana, que venían a ser uña y carne). Mientras unos ejercían de banqueros y creaban fundaciones con el gran capital que tenían tan a mano (Pujol, Carulla, Millet, etc.), los otros se agrupaban en sindicatos clandestinos y luchaban (luchaban de verdad) por derechos tan elementales que su historia pone los pelos de punta. Y luchaban contra el franquismo y contra sus patrones; contra sus patrones (catalanes, recuerdo), por su falta de escrúpulos y su vil abuso de poder; contra el franquismo, por permitir tanta ruindad y no tomar cartas en el asunto.

Oficialmente, el alcalde Maragall acabó con la última barraca de Barcelona mientras la ciudad se maquillaba para los Juegos Olímpicos. ¡Cuánto habíamos cambiado...! Sin embargo, las bases que hicieron posible el barraquismo seguían allí, esperando una mejor ocasión para volver a manifestarse. Esa ocasión es ahora, un ahora que ya tiene unos años. Y los protagonistas son casi los mismos.

Hoy publican los periódicos que cuatro personas han muerto asfixiadas en un incendio de la barraca en la que dormían. Eran tres hombres y una mujer, rumanos, pero ¿a quién le importa? Han muerto a la vista de los grandes rascacielos y edificios de firma y diseño que llenan el distrito 22@ y la zona del Fórum, el gran fiasco de la Barcelona post-moderna, el símbolo de nuestra particular idea de progreso. El suceso es, a su manera, una metáfora, una broma del destino. También, una molestia.

¿Se acuerdan de los pobres a los que retiraron la renta mínima de inserción (RMI)? Fue el señor Colet Petit, secretario general, segundo de a bordo del señor Mena, conseller. Treinta mil pobres de necesidad fueron privados de su única fuente de ingresos. ¿Saben que todavía hoy quedan diez mil expedientes de la RMI por resolver? Fue en agosto del año pasado. Pero ¿a quién le importa?

Las asociaciones que trabajan para intentar suavizar la miseria en la que viven muchos catalanes denuncian, y llevan años denunciando, que la cifra de pobres en Cataluña es escandalosa, no disminuye, sino que aumenta, que la bonanza económica enriqueció a pocos, pero se llevó por delante a muchos, y que la crisis que los primeros causaron les ha enriquecido todavía más, mientras los pobres son más, y más pobres todavía. Se habla de medio millón de catalanes por debajo del umbral de la pobreza, quizá sean más, hay quien habla de un millón... pero ¿a quién le importa?

Los recortes no afectan a las grandes fortunas, sólo a la gente de a pie, pero muy especialmente, muy gravosamente, a los que menos tienen, a los pensionistas, a los enfermos, a los más pobres. Eso sí, el Departamento de Salud de la Generalidad de Cataluña está preparando el terreno a la sanidad privada, que pocos podrán permitirse. Pero ¿a quién le importa?

Olvidado el episodio olímpico, las aguas volvieron a su cauce. Hoy, el Ayuntamiento de Barcelona tiene censados a mil habitantes de barracas en la ciudad; unos 460 gitanos portugueses, 400 negros de origen africano y 190 rumanos, que viven, qué casualidad, cerca de donde antes hubo barrios de barracas, tocando al Somorrostro. Hay que sumar unos cientos más que (mal)viven en naves industriales abandonadas, o edificios por derruir. Eso sí, ante la evidencia de los muertos, que son cuatro, y cuatro se dice pronto, sale un responsable municipal y declara delante de la prensa que no hay por qué preocuparse (sic), porque el ayuntamiento tiene un plan para solucionar este problema. ¿Un plan? ¿Qué plan? ¿Un plan rataplán? ¿O quizá un plan de verdad, con cara y ojos? Nadie conoce ese plan, yo creo que no existe, simplemente, y ojalá me equivoque, pero ¿a quién le importa?

La verdad, no le importa a nadie, ni menos a los que mandan, que prefieren seguir mirando hacia otra parte. Es más importante discutir sobre banderas, porque no saben vivir sin ellas, sustento y excusa de sus desmanes; antes vivían abrazando la gallina, y ahora, la cuatribarrada, y son los mismos. Y nosotros, dándoles la razón y fíjate, tú, qué malos que son en Madrid.

4 Lions

En 2010, Christopher Morris dirigió una película, 4 Lions (o Four Lions, con letras) que ya puede verse en video. Así que la puedan ver, véanla. De verdad que es muy recomendable.

Producida por Wild Bunch Films, Morris contó con el guión de Jesse Armstrong, Sam Bain, Simon Blackwell y él mismo, y hay que tener valor para querer hacer humor de un grupo de musulmanes británicos que se llaman a sí mismos los Rápidos, porque pretenden llegar al paraíso por la vía rápida, como mártires, suicidándose con explosivos en un atentado terrorista que deje un buen rastro de infieles muertos y heridos.

Riz Ahmed, Kayvan Novak, Nigel Lindsay, Adeel Akhtar, Arsher Ali y Preeya Kalidas son los protagonistas, y la historia comienza que parece estúpida y concluye estúpidamente, pero el espectador ya no puede separar la vista de la pantalla y lo que ocurre le produce a un mismo tiempo risa y estupor. Porque si algo muestra esta película es que ser fanático es ser un perfecto imbécil, y tanto da de qué religión, si musulmana, cristiana, socialista, fascista o de cualquier otra nación. El fanático es, siempre, un ser patético, y ésa es la moraleja.

A vueltas con un humor más que negro, negrísimo, 4 Lions divierte durante el visionado y da mucho en qué pensar después. Se llevó el premio BAFTA a la mejor opera prima de un director de cine (Morris) y estuvo nominada a la mejor película.


La rocambolesca teoría del Cervantes que es Servent

De un tiempo a esta parte se da demasiada publicidad a ciertas extrañas teorías históricas que pretenden demostrar que Cristóbal Colón era en verdad Colom y catalán, lo que ni nos va ni nos viene, sino es porque no se ha podido demostrar fehacientemente que lo fuera. Según la mayoría de historiadores que saben del caso, era un marino genovés. ¿Genovés de Génova? Podría ser genovés de pura cepa, pero en esa época y con ese oficio hubiera podido ser cualquier cosa y tener un padre cualquiera, pues en tales días no se concebía lo que nosotros concebimos como nación. De hecho, ¿qué más da que fuera genovés, valenciano, catalán, judío o de Pernambuco? Allá fue, a buscar Cipango, y tropezó con el Caribe. Lo demás, cuentos.

Pero la teoría tiene éxito en círculos que anteponen la fe nacional al cada vez más raro uso de la razón para dar con la verdad. Lo peor es que esas teorías, que no aguantarían diez minutos en manos de un entendido, se van haciendo sitio en la Cataluña oficial y la gente se las cree, como cree en los marcianos y la homeopatía. Eso nos da en qué pensar, y no es muy bueno, precisamente, lo que uno piensa de la gente y de la Cataluña oficial.

La última rocambolesca invención viene de lejos, pero tiene tela, y dice que el Quijote fue en verdad el Quixot, y que no lo escribió Cervantes, que no era más que un funcionario castellano (español, quiero decir) iletrado e inculto, sino un tal Servent, de Jijona, catalán de corazón y de verbo, aunque valenciano de carné, que escribió las aventuras de Alonso Quijano y Sancho Panza en catalán y que éstas, como resultaban intolerables para Su Católica Majestad, la de España, porque la ofendía tamaña desvergüenza y denuncia de su imperialismo opresor, de su maldad y demás, mandó traducirlas al castellano, atribuirlas al tal Cervantes y hacer desaparecer la autoría del valenciano para no dejar rastro de la catalanidad del texto.

Ahí queda eso, ahí es nada. Y lo dicen en TV3 como si se tratara de una hipótesis historiográfica seria y enjundiosa, y no una monumental gilipollez. Porque, le pese a quien le pese, es una monumental gilipollez.

La primera objeción seria que se me ocurre es que Su Católica Majestad habría podido quemar el libro y ahorrarse tantas molestias, de haberse sentido tan ofendido por ese personaje rico, culto, leído y guapo que era ese tal Servent, de Jijona. Hubiera sido más barato, rápido y efectivo acudir a la hoguera que no inventarse un Cervantes (pobre, manco, feo y tonto, según la teoría), traducir un libro y largar una historia tan complicada y rebuscada que ha sido capaz de engañarnos a todos durante más de cuatrocientos años (excepto al puñado de historiadores que han descubierto tal cosa, por supuesto, que son más listos que nadie, más que Abundio).

No mentaré la legión de lingüistas, académicos, literatos y estudiosos que han diseccionado el Quijote casi letra a letra, y de ellos viene el dicho que pregunta si era asno o pollino (pues Cervantes escribió unas veces que iba Sancho a lomos de burro y otras, a lomos de asno). Es tanto lo que sabemos del Quijote que sostener una teoría como ésta merecería pruebas extraordinarias, fuera de serie, inconcebiblemente sólidas y contundentes... que no existen. Cualquiera que haya leído el Quijote se llevará las manos a la cabeza al oír semejante disparate (lo del asno y el pollino, no, lo de su origen valenciano). Si encima lo ha estudiado...

No cabe ninguna duda a nadie que haya leído el Quijote que Cervantes conocía la literatura valenciana (elogia el Tirant lo Blanch mentándolo el mejor libro de caballerías jamás escrito, lo que tiene segundas intenciones para quien sepa leer) y se sentía muy a gusto con la cultura mediterránea, porque sirvió en galeras y combatió en Argel. De ahí a insinuar que Cervantes fuera Servent... En fin, qué decir.

La teoría del Quijote catalán tiene todos los síntomas de la teoría de la conspiración: un malo malísimo dispuesto a falsear la historia y engañarnos a todos; un plan absurdo, rocambolesco, inusitado y poco razonable, que deja en pañales al doctor Moriarty o a Pierre Nodoyuna; unas pruebas que poco prueban; un sagaz investigador que apela a una conjura contra su personal persona por parte de los historiadores oficiales (españoles, por supuesto) cuando se siente incómodo; una teoría que nos gustaría que fuera cierta, porque da alas a lo que deseamos, aunque sea más falsa que un duro de cuatro pesetas; etc. Es, palmo a palmo, idéntica a la de los marcianos de Roswell o la del Club Beinderberger... o como se llame, ya saben de quién hablo.

Eso sí, sale por TV3, aunque tenga menos fundamento que un castillo en el aire. Ya dijo Goebbels, uno que sabía de esto, que a base de mentiras al final se lo creerán.

José Guardiola (1930-2012)

Sabía tocar el violín y comenzó cantando en el coro de una parroquia. De ahí saltó a los festivales de música, entonces tan de moda. En un pispás, José Guardiola se convirtió en uno de los cantantes más celebrados del pop español. Tuvo un éxito tras otro tanto en España como en toda Sudamérica. Se especializó en cantar temas en español que habían triunfado en inglés, en francés o en italiano (Dieciséis toneladas, Macky Navaja, La estrella errante, Dí mamá, La canción del vagabundo...).

Para sorpresa de muchos jóvenes que no vivieron en sus días, cantó tanto en catalán como en castellano con Franco vivo y con Franco muerto, aunque entonces ya habían pasado sus días de gloria, pero nunca fue considerado miembro de la Nova Cançó, ni antes ni ahora (quizá porque tenía una buena voz y era socio del R.C.D. Español).

Ferdinand Alexander Porsche (1935-2012)

El Dr. Porsche fue uno de los mejores ingenieros que parió madre. Entre los muchos vehículos que diseñó destacan sus automóviles eléctricos, el Auto Unión de carreras, el primer Volkswagen utilitario... Su hijo, Ferry, volvió a levantar Volkswagen después de la guerra y en 1948 sacó a la venta el primer Porsche 356, demostrando que Porsche seguía en la brecha.

El nieto, Ferdinand Alexander, que ha muerto hace pocos días, tuvo un inicio más gris. Estudió ingeniería, cómo no, e hizo las prácticas en la casa Bosch, de electrónica del automóvil. Luego pasó a trabajar para el departamento de diseño de la empresa de papá, donde trabajó en lo que sería el sucesor del Porsche 356, el Porsche 901, que quiso presentar en París, en 1963.

Pero el 901 estaba registrado como un modelo de Peugeot. Así que le cambiaron el nombre. Sería el Porsche 911. Causó impresión en París. Comenzó a venderse en 1964 y sigue fabricándose y vendiéndose tal día como hoy.

Mientras tanto, Ferdinand Alexander fundó Porsche Design Studio en 1972. No sólo diseñó automóviles, sino también gafas, relojes, bicicletas, paraguas... Pero lo más importante es que Ferdinand Alexander, al principio con el beneplácito de papá, pero luego por méritos propios, sentó las bases del diseño de Porsche los últimos cuarenta años. A la vista de los resultados, lo hizo muy bien.

Pablito (in memoriam)

Hace muchos años, cuando se llamaba Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona y no Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Barcelona, es decir, cuando todavía no había lavabos de chicas en el edificio y la corrección política sólo existía en California, los que aprendíamos ingeniería compartíamos edificio con Pablito. Con Pablito y tres pavas, y no es un insulto, porque Pablito era un pavo real de los que gastaban cola y maneras de señor.

Vivían, Pablito y su harén, en un pequeño jardín, rodeados de cristal, a la vista de tantos estudiantes. Cuando llegaba la primavera, Pablito sacaba pecho, desplegaba la cola y lanzaba unos graznidos... No sé si graznidos, chillidos, aullidos... Nunca he sabido cómo se llama el ruido que hacen los pavos reales en su cortejo, pero se oía desde las aulas del undécimo piso. Es un grito inconfundible, hecho a partes iguales de orgullo y lujuria. Un grito muy ingenieril.

Caramba con Pablito, decíamos, porque ya podían prepararse las pavas.

En éstas, un mal día, próximos los exámenes, Pablito enmudeció para siempre. La historia fue triste y violenta y ha quedado para que se transmita de alumnos de quinto a alumnos de primero, en formato de leyenda o cuento, aunque es completamente verídica.

Aquella primavera, Pablito había vencido la resistencia de las hembras y pava más, pava menos, las preñó a todas tres. Al poco, montaron sus nidos y empollaron una nidada numerosa. Pablito paseaba entre las parturientas con ese aire lento y soberbio del monarca, hasta que tropezó con un equipo de paletas que habían enviado para arreglar no sé muy bien qué, si una pared, unos desagües o algo parecido. Pablito sacó pecho y avanzó hacia los intrusos con aire decidido. Quiso espantarlos con su grito y su plumaje, pero no consiguió más que matarse. Uno de los paletas le golpeó con la pala en toda la cocorota y así acabó con sus días, matándolo allá mismo.

Se acabaron los pavos en la escuela. Las pavas y los polluelos fueron cedidos al zoológico de Barcelona, donde todavía viven sus descendientes. Nunca más se oyeron los gritos de un pavo en celo en la escuela de ingenieros, aunque cuentan que, por la noche, si es primavera y uno está en el undécimo piso, todavía puede oír el lamento de Pablito preguntando por sus pavas.

El canicidio de Torá

Una de las escenas más escalofriantes de La familia de Pascual Duarte es la muerte del perro a tiros de escopeta. El relato pertenece a la ficción, pero la realidad le da mil vueltas. Hablamos del bruto, patán y cobarde regidor de Torà y de su alcaldesa, que no le va a la zaga.

Lo que ha sucedido se ha publicado en muchos periódicos y los grupos animalistas se están poniendo las botas con la cuestión. Yo no soy animalista ni en broma, si acaso soy animal, digo siempre, pero los personajes de Torà pertenecen al catálogo monstruoso de la España negra y profunda. Son, además, los cargos electos del gobierno municipal de Torá (en catalán, Torà, con la tilde del revés), un pueblecito de la provincia de Lérida y la comarca de la Segarra, que además del núcleo urbano (más de 1.200 habitantes), se había anexionado Llanera, en 1968, y también administra los núcleos de Cellers, Claret, Fontanet, Sant Serni de Llanera y Vallferosa.

Ocurrió hace unos días algo que es lamentablemente frecuente. Apareció en el pueblo un perro abandonado, que vagabundeaba por las calles buscando en la basura algo de comer. En estos casos, el chucho no está de humor para monerías y suele mostrar un carácter irascible. Cuentan que alguien recibió un mordisco por incordiar al can y el asunto llegó a oídos de la alcaldesa de la población, doña Mercè Valls, representante del Estado y la soberanía nacional en el municipio.

Resulta que los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, incluyendo la policía municipal, se hicieron el sueco y dijeron que eso de los perros no va conmigo. Tuvo que ser la pareja de la Guardia Civil, que todavía existe en algún remoto lugar de Cataluña, la que, después de una difícil operación conjunta de un agente y el otro, capturaron al perro de marras.

Ahora conviene recordar que la Guardia Civil (quien dice la Guardia Civil, dice la policía municipal o los mossos d'esquadra) no tiene más competencia que la de capturar al bicho si supone un peligro, y que correspondía a los servicios de salubridad pública del Ayuntamiento de Torà decidir qué hacer con el animal.

A la pregunta de dónde dejamos al chucho, señora alcaldesa, doña Mercè Valls ordenó que la ataran a un poste en una zona de aparcamiento de la población, en la vía pública, al lado del parque infantil, a la vista de todo el mundo. Allá, abandonado a su suerte, objeto de la curiosidad vecinal, sin nada que llevarse a la boca, comenzó a ladrar.

No sé cuánto tiempo estuvo ladrando, porque los periódicos no dan muchos detalles, pero si sé que se plantaron delante del perro y ante numerosos testigos doña Mercè Valls, la alcaldesa, y don Josep Maria Alsina, primer teniente de alcalde. Éste, el señor Alsina, llevaba consigo una escopeta de caza de tres tiros y un bastón relativamente grueso.

Del señor Alsina ya puedo decir que es un bruto, un patán y un cobarde, sin insultarlo, pues a los hechos y al diccionario me remito. Con una escopeta de caza menor (automática, de tres tiros), en medio de la calle, tiró desde lejos no uno, ni dos, sino tres veces contra el can, acertando todas ellas. Pero como el perro no era una liebre y los perdigones pensados para perdices no matan a un animal de cuarenta kilos, no hizo más que dejarlo malherido. Como no se moría, dejó la escopeta a un lado y echó mano del bastón, y arremetió contra el chucho, bastonazo va, bastonazo viene, hasta reventarlo y dejarlo muerto y bien muerto.

El suceso acaeció delante de la alcaldesa, que lo acompañaba para verificar que el señor Alsina mataba al perro, pero también delante de los vecinos de la población, en plena vía pública. Numerosos niños contemplaron con sus propios ojos la política de gestión sanitaria del gobierno municipal, y puedo afirmar que quedaron asombrados.

La noticia llegó a los periódicos. La alcaldesa dijo, por la mañana, que si querían que dimitiera, dimitía. Por la tarde, apartó al señor Alsina del cargo de teniente de alcalde, pero éste sigue de regidor, armado y dispuesto a salir de caza a la primera oportunidad. De la dimisión ya no se acordaba nadie y la señora Valls dijo digo donde dijo Diego. De ser quien ordenó tirar contra el perro pasó a ser una mujer conmocionada por los hechos. Más bien, digo yo, conmocionada por la publicidad de los hechos.

La ley en Cataluña es muy clara en estos casos. Sólo se dispara contra el animal si las personas corren peligro, en circunstancias muy excepcionales; el animal estaba atado. Puede sacrificarse al animal, por razones sanitarias o para evitarle un sufrimiento innecesario. La señora Valls pudo llamar al veterinario cuando el señor Alsina le propuso dejarse de gilipolleces y meterle un par de tiros al pulgoso. Es más, varias entidades que han puesto una demanda contra ambos personajes en los tribunales, y que cuentan con el beneplácito del fiscal, podrían haber adoptado al chucho y llevárselo a un lugar mejor.

Leyes aparte, la estética se ve insultada y los hechos muestran unos personajes cortos de entendederas, peligrosamente simples y violentos, burros y cobardes, que tienen en sus manos la responsabilidad de gestionar la cosa pública de un municipio.

Ah, se me olvidaba. La señora Mercè Valls i Querol es consejera nacional de Convergència Democràtica de Catalunya, y se la considera una històrica de CiU en la Segarra... aunque sólo tenga cincuenta y un años. El partido guarda silencio, pues no admite, ni oficial ni extraoficialmente, la existencia de una Cataluña pérfida y miserable, ni que sea para combatirla. Menos, en sus filas.

La defensa del buen ciclista (III)

En 1894, Galand, fabricante francés de municiones, sacó a la venta el primer cartucho Velo-Dog. Galand quería competir con los cartuchos de grueso calibre del British Bull Dog. En vez de diseñar un proyectil lento y pesado, como el inglés, diseñó un proyectil más ligero, pero mucho más rápido. Velo-Dog viene de velox (veloz) y dog, del British Bull Dog. Sin embargo, la leyenda dice que el origen de Velo-Dog es, en verdad, velocipede (velocípedo) y dog (perro). Y algo habrá de todo eso, porque Galand diseñó el cartucho pensando en los ciclistas. Se vendió como rosquillas y fue tal fue el éxito del cartucho que los revólveres que se construyeron a su alrededor (en su mayoría, belgas, españoles o alemanes) fueron bautizados como velo-dog, y se les ha quedado el nombre.

Los revólveres velo-dog eran pequeños y compactos. Todos eran de doble acción y el martillo permanecía oculto en el interior del revólver. Se cargaban y descargaban con un eyector diseñado por Adams en 1872. La mayoría tenían el gatillo plegable y no tenían guardamontes. En pocas palabras, no tenían aristas, no se enredaban en la ropa, disparar con ellos era muy fácil y era precisamente eso lo que buscaban los ciclistas.

Los ingleses no tardaron en protestar. La bala era blindada y pequeña (5,5 mm, del calibre .22), y aunque el cartucho era más largo que el .22 corto tan común entonces, utilizaba pólvora negra. Decían que un Velo-Dog no podría detener la embestida de un perro, mientras el .442 de Webley, sí. Bah, protestaron en vano. El proyectil era capaz de matar a un perro y la pólvora negra hacia ruido y humo; si no se le acertaba de lleno, se le daba un buen susto.

Poco a poco se amplió la gama de calibres velo-dog. Del 5,5 mm Velo-Dog al 5,75x30 mm R, el 5,6 mm Velodog, el 5,6x29,5 mm Velodog, el 5,8 mm Velo Dog, el 6 mm Velodog, etcétera.

El cambio de hábitos de los ciclistas y la venta del cartucho del .22 largo (.22 LR), más la precaución de los perros en relación con los ciclistas, hizo que las pistolas ciclistas pasaran a mejor vida. Hoy, los ciclistas visten de colorines horteras, no como caballeros que se precien de serlo, y los perros ya no son lo que eran. Si un ciclista esgrimiera uno de esos artilugios para defenderse del ataque de un chucho, no sería bien visto. Así que las pistolas ciclistas se han quedado para disfrute y deleite de los coleccionistas de armas y demás artilugios mecánicos.

La defensa del buen ciclista (II)

Hoy en día, los ciclistas urbanos o rurales son hijos del buenrollismo, el ecologismo, el panfilismo y el amor por todos los animales, menos los peatones, a los que embisten y aturullan. A ningún ciclista que presuma de serlo se le ocurriría llevar encima una pistola ciclista para soltarle cuatro tiros al primer chucho que se acercara al velocípedo. Pero eso es ahora, porque hubo un tiempo en que los ciclistas eran todo lo contrario: representaban el progreso industrial, el auge de la tecnología, el maquinismo, el dominio sobre la naturaleza y esa mentalidad moderna y proletaria, básicamente urbana, no veía ningún inconveniente en descerrajarle un tiro al primer perro que se opusiera al progreso.

Ya he mencionado antes que los ciclistas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX buscaban una pistola para, precisamente, espantar a los chuchos que se les echaban encima. También he dicho que la British Bull Dog, aunque efectiva, no era apropiada para un ciclista. Así que los ciclistas y los armeros miraron hacia otra parte, hacia las pistolas de pequeño calibre, que unos llaman pistolas de señorita y otros, de bolsillo, aunque también eran armas de truhanes y mentecatos.

Comenzaron los británicos con una pistola de bolsillo de Hopkins & Allen, la XL No. 3, que se fabricó entre 1875 y 1907. Era un revólver que utilizaba el calibre .22 corto, de seis tiros, con el martillo oculto, algo que buscaban los ciclistas. Aunque muchos consideran que fue la primera pistola ciclista, lo más propio sería afirmar que fue el primer modelo que compraron los ciclistas para tirar contra los chuchos, porque Hopkins & Allen diseñaron el modelo con otros fines.

En los EE.UU., lo mismo. El Smith & Wesson Safety Hammerless del calibre .32 se vendió como pistola ciclista y se fabricó entre 1888 y 1892; también fabricó el First Model Ladysmith, que fue, propiamente, el modelo 1902 con eyector manual, del calibre .22 (el de la fotografía), para competir en el mercado del pequeño calibre contra, por ejemplo, el revólver de siete tiros que sacó a la venta Iver Johnson en 1900. Etcétera. Todos estos revólveres nacieron como pistolas de señorita o de salón, pues estaban pensados para defender el honor y la virtud de las damiselas que tenían que enfrentarse a los desmanes de algunos mal llamados caballeros, o para recordarle a uno que no se hacen trampas en el póquer.

A los ciclistas, que presumían de hombría y poderío, cargar con pistolas de señorita no les hacía ninguna gracia y llevar encima pistolas de salón, tampoco. Pero qué suerte que los franceses estaban al quite.

La defensa del buen ciclista (I)

En 1872, Philip Webley & Son, de Birmingham, puso a la venta el primer revólver British Bull Dog. Era un revólver pequeño, compacto, de cañón corto (dos pulgadas y media), que cargaba cinco cartuchos de grueso calibre (el .44 Short Rimfire, el .442 Webley, o el .450 Adams, por ejemplo). El señor Webley había pensado en un revólver que un caballero pudiera llevar consigo bajo el abrigo sin llamar la atención, para defenderse de malandrines, anarquistas, pedigüeños y demás chusma, que ofendían a la decencia, el buen gusto y particularmente a la propia bolsa.

El British Bull Dog tuvo mucho éxito. Fue imitado por los norteamericanos (donde mató a un presidente de los EE.UU.), por los españoles, los belgas... En Francia, el éxito del British Bull Dog fue visto con resquemor, pues todavía en aquel entonces Francia competía con cualquier cosa que hicieran los ingleses, con el cuento de que ellos podrían hacerla mejor.

Mientras tanto, el invento del neumático y la producción en serie popularizaron la bicicleta como medio de transporte y ocio a finales del siglo XIX. Quién más, quién menos, los amantes del progreso, la ciencia y la tecnología se sumaron a la fiebre ciclista. En Francia, más que en el Reino Unido, sea todo dicho, porque aunque el neumático era británico, el ciclismo como deporte nació en Francia y la nación entera se sumó al ciclismo con frenesí.

Pero una cosa es querer y otra es poder. Los ciclistas se enfrentaban a muchos peligros. El ciclista embestía a los peatones, asustaba a las damas, irritaba a los caballeros, espantaba a los brutos... y no hablemos de los tranvías. En cualquier ciudad europea se repetía el suceso con demasiada frecuencia. Un grito de angustía, un chirriar de frenos, una multitud que corría hacia el tranvía. ¡Otro ciclista...! Cuenta Joseph Roth que en Viena corría un chiste que decía que la culpa era siempre de los judíos... o de los ciclistas.

Pero el incordio más molesto que sufrían los ciclistas era el de los canes. Así que un perro veía pasar a un ciclista, corría tras él para morderle la pantorrilla. Los chuchos perseguían a un ciclista sí y a otro también y provocaban muchos accidentes. Además, corrían entre los ciclistas leyendas de perros rabiosos capaces de contagiarle a uno la hidrofobia. Si bien Pasteur había descubierto la vacuna, los ciclistas creían en el progreso de la mecánica, pero todavía desconfiaban de los adelantos biomédicos.

Así que pronto se vieron ciclistas con la British Bull Dog o alguna de sus imitaciones a cuestas. Si asomaba un chucho, se echaba mano del revólver y pam, pam, asunto resuelto. Pero el revólver de Philip Webley & Son, de Birmingham, tenía el martillo a la vista y tenía un notable retroceso. Si uno se enfrentaba a un perro desde una bicicleta en marcha, tenía que desenfundar rápido; pero el martillo del revólver británico se enredaba en las ropas y las más de las veces el ciclista acababa besando tierra.

Era precisa una solución rápida y elegante, una pistola para ciclistas.

Antonio Mingote (1919-2012)

Ángel Antonio Julián Orson Dulce Nombre de María Mingote Barrachina, al que todos conocen como Antonio Mingote, ha muerto con 93 años. Nació en Sitges, el 17 de enero de 1919, en casa de sus abuelos. Su padre era músico y su abuelo, maestro de escuela, de ésos que educó a generaciones de suburenses, y quién iba a imaginar que el pequeño Antonio que sería uno de los grandes dibujantes y humoristas españoles del siglo XX.

Publicó su primer dibujo en un periódico con trece años, pero se inició como dibujante profesional con La Codorniz, en 1946. Desde 1953, y desde entonces sin interrupción, dibujó para el periódico ABC. Ha sido director de revistas, autor de teatro, guionista de cine, novelista... un no parar. Una de sus últimas grandes obras fue ilustrar una edición del quinto centenario de El Quijote, empresa a la que dedicó dos años.

La maestría de su oficio ha sido reconocida muchas veces y de él dicen los dibujantes españoles que fue luz y faro. Su humor es irónico, sutil, muy literario, y su dibujo es capaz de describir con pocos trazos toda la fuerza de un personaje. Es un estilo inconfundible, a veces poético. Fue premiado con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes (1961), el Premio Nacional de Periodismo (1980), fue escogido Miembro de la Real Academia Española (con el sillón de la letra erre minúscula), etc. El Rey le concedió el marquesado de Daroca.

Decía, en son de broma, que era el único humorista de la RAE. Los demás académicos no se lo tomaron en serio, y esto es un elogio.

La historia del reloj ferroviario

Los aficionados a los relojes valoran que su colección cuente con un reloj ferroviario. Los entendidos afirman que, técnicamente, son los mejores relojes de bolsillo jamás construidos, en cuanto a exactitud y fiabilidad. Pero ¿saben cuál es la historia de los relojes ferroviarios?

Comienza en la pequeña población de Kipton, Ohio, en los EE.UU. La estación de tren de Kipton contaba con almacén, dos andenes y provisión de agua y carbón para el ferrocarril. Era una parada frecuente para la mayoría de los trenes de la Lake Shore and Michigan Southern Railroad que cubrían el sur de los Grandes Lagos. En 1976, la línea se abandonó y desmanteló y hoy es un camino del ferrocarril que se suma a la red de caminos que hacen las delicias de los excursionistas americanos.

Pero Kipton, Ohio, no es famoso por el ocio campestre, sino por (así la llaman) la Gran Chatarra Ferroviaria de Kipton, que otros han bautizado como el Desastre de Kipton. El desastre fue un choque de trenes que sucedió ahí mismo, hace ciento un años, el 19 de abril de 1891. La noticia puede consultarse en la hemeroteca del Oberlin Weekly News del 23 de abril de ese mismo año.

El periódico señala que el choque se produjo a cincuenta pies del almacén de la estación de Kipton. La violencia del choque fue tal que la caldera de una de las locomotoras salió volando y aterrizó sobre el techo del almacén, y ya pueden imaginarse el destrozo.

Ocurrió que un tren de pasajeros llegó a Oberlin (al este de Kipton) con retraso. Un tren de mercancías esperaba en el apartadero a que pasara el tren correo, que venía del oeste a toda máquina, tan puntual como siempre. El maquinista del tren de pasajeros consultó su reloj y calculó que, a ocho millas por hora, llegaría a Kipton con tiempo suficiente como para esperar ahí a que pasara el tren correo. No hacía falta esperarlo en Oberlin.

Lo que no sabía el maquinista es que su reloj llevaba cuatro minutos de retraso.

Así las cosas, el tren de pasajeros prosiguió su camino hacia el este a marcha moderada, mientras el tren correo avanzaba hacia el oeste a cuarenta y cinco millas por hora. Cuentan las crónicas que el maquinista del tren correo no pudo ver cómo se echaba encima del tren de pasajeros porque una curva y el edificio del almacén de la estación de Kipton no le dejaron verlo. Cuando lo vio, fue demasiado tarde. No pudo frenar y se lo llevó por delante, como hemos dicho, a pocos pasos de la estación.

Murieron los dos maquinistas y un fogonero, tres empleados de correos y dos pasajeros. El desastre dio la vuelta al país, dio mucho que hablar y la Lake Shore and Michigan Southern Railroad tomó cartas en el asunto, para esclarecer lo sucedido. El señor Webb C. Ball fue nombrado inspector jefe de la investigación, que trató de adivinar qué había pasado exactamente en la estación de Kipton, Ohio.

El señor Ball era un relojero de Cleveland y lo primero que hizo fue reconstruir, minuto a minuto, los acontecimientos que precedieron al choque. Su oficio le hizo trabajar con precisión mecánica y no tardó en descubrir que el control horario del ferrocarril era muy deficiente, y que el maquinista del tren de pasajeros llevaba un reloj que no iba a la hora. En 1893, el señor Ball redactó un informe donde recomendó sistemas de control horario y métodos de inspección para garantizarlos. Como era relojero, añadió los estándares que tendría que cumplir un reloj para ser un buen reloj ferroviario; es decir, el reloj de los maquinistas y jefes de estación.

El informe del señor Ball dio la vuelta a los EE.UU. y el señor Ball hizo carrera como Chief Time Inspector, algo así como Inspector Jefe de Horarios. Además, puso a la venta el Ball Railroad Watch, el primer reloj ferroviario que cumplía con los estándares americanos.

Queda para la anécdota que los maquinistas, los interventores y los jefes de estación estaban obligados a tener un reloj ferroviario, y tenían que pagarlo de su bolsillo. Además, tenían que preocuparse de llevarlo a la hora, porque un inspector de la compañía podía preguntarle qué hora era y pillarlo en falta.

Los estándares del señor Ball exigían que el reloj tuviera una esfera blanca con números arábigos de gran tamaño. Se ponía en hora por tirete (un tirador lateral), para evitar cambiar la hora al dar cuerda con la corona y la caja se roscaba por ambas tapas, para evitar que entrase el polvo. Tenía un segundero pequeño, a las seis. En cuanto a la máquina, las exigencias eran mucho mayores: volante equilibrado y compensado por temperatura (para evitar que el calor o el frío pudieran afectar a su precisión); regulador de marcha micrométrico; no menos de diecisiete rubíes; un error máximo de treinta segundos en una semana; además, tenía que funcionar completamente ajustado boca arriba, de un lado, del otro lado, del revés, en posición correcta... no hacia falta que el ajuste también fuera boca abajo, pero, ya puestos, hubo relojeros que lo hicieron.

En resumen, el reto tecnológico fue enorme, pero los relojeros americanos pusieron manos a la obra. El reloj ferroviario americano destacó incluso por encima de los cronómetros suizos, que ya es decir. Hoy, los relojes ferroviarios americanos son objeto del deseo de los coleccionistas, como ya he dicho.