Multipapá

La clínica Barton fue fundada en Londres en 1943. Fue el resultado de la suma del doctor Bertold Wiesner, un biólogo austríaco exiliado, y su señora, la doctora Mary Barton, médico. Se especializaron en resolver problemas de fertilidad y provocaban embarazos mediante la inseminación artificial. El matrimonio garantizaba semen de primera calidad, que se obtenía del círculo de amistades que frecuentaba. Eran todos médicos, filósofos, profesores de universidad... El doctor Wiesner, concretamente, decía siempre que se habían asegurado de que los donantes fueran personas con una inteligencia por encima de la media, una salud de hierro y una presencia física envidiable, así, tal cual.

El asunto exigía la máxima confidencialidad, pero también propaganda. A tal efecto, la clínica Barton publicó su trabajo en el British Medical Journal en 1945, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo. El revuelo que se organizó facilitó la tarea de propaganda, pero un par de la Cámara de los Lores denunció la actividad de la clínica Barton como, cito, obra de Belcebú, y el arzobispo de Canterbury, el principal cargo de la iglesia anglicana después de Su Graciosa Majestad, reclamó que se prohibiera por ley el trabajo de Wiesner y Barton, con santa indignación, mentando al diablo lo mismo. De hecho, en 1948 una comisión parlamentaria a la que nadie hizo caso recomendó prohibir la inseminación artificial en humanos.

El doctor Wiesner murió en 1972. Su clínica había conseguido más de mil quinientos embarazos de éxito mediante inseminación artificial entre 1943 y 1962, cuando cerró.

No sabemos si fue Belcebú o la carne, o la reticencia del círculo de amistades del matrimonio a dejar Inglaterra preñada con su semilla, pero la noticia saltó en 2001 cuando se supo que Dereck Richter, un famoso neurocirujano amigo de la familia, era el papá de más de cien hijos salidos de la clínica Barton. Le faltó poco al neurocirujano para alcanzar la marca de un donante anónimo de los EE.UU., que se le sabe padre de al menos ciento cincuenta criaturas. El caso del neurocirujano dio para unos chascarrillos y ahí quedó la cosa.

Pero ya había saltado la liebre. David Gollancz, un abogado londinense, y Barry Stevens, un realizador de documentales canadiense, comenzaron a investigar a los hijos de las madres inseminadas en la clínica Barton. No era para menos, porque la historia del neurocirujano... En 2007, tomaron muestras de ADN de dieciocho personas nacidas del semen que dispensaban Wiesner y Barton y ¡oh, sorpresa! descubrieron que el doctor Wiesner era el padre de al menos doce de las dieciocho criaturas.

Después de hurgar un poco más en el caso, el abogado y el cineasta aseguran que el doctor Wiesner fue el padre de, tirando corto, seiscientos bebés, pero ¡bien podrían ser mil!

Por eso, para evitar casos como éste, la legislación inglesa pone límites a las donaciones de semen. Un mismo donante no puede proporcionar semen a más de diez familias, pero nada limita el número de hijos que éstas puedan tener. Pero el doctor Wiesner... En fin, ustedes mismos.

Si hacen las cuentas, el doctor Wiesner hizo como poco veinte donaciones de semen al año. Al parecer, un donante sano puede hacer cincuenta donaciones al año, pero la señora Barton le dijo a su marido que veinte, no más, que luego... En fin, sean veinte al año, o algunas más, haciéndose pasar por otro. Muchas, en todo caso, porque, para que se hagan ustedes una idea, no bajamos de tres litros de semen si pretendemos preñar a seiscientas mamás británicas y emular la proeza del doctor Wiesner en la clínica Barton. Eso, fecundando a la primera, que rara vez se da.

Quién lo iba a decir, con esta carita de no romper un plato que gastaba el tipo.

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