Héroe porcino


Nuestro héroe, Tirpitz, en el Imperial War Museum.

A principios del siglo XX, las potencias occidentales tenían buques de guerra en la costa china para defender sus intereses y colonias. No iba a ser menos la Marina Imperial Alemana, que había destacado un escuadrón de cruceros con base en Tsingtao, el Ostasiengeschwader o Escuadrón del Lejano Oriente. Quedó en manos del conde y vicealmirante (von) Spee, un marino de primera con más responsabilidades y problemas que cualquier otro comandante de la Flota.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el Ostasiengeschwader lo formaban dos cruceros acorazados, el Scharnhorst y el Gneisenau y los cruceros ligeros Nürnberg, Leipzig, Dresden y Emden, que se apresuraron a abandonar la base. Dejaron atrás cuatro cañoneras, Iltis, Jaguar, Tiger y Luchs, y un buque torpedero, el S-90, que sus tripulaciones echaron a pique en noviembre de 1914, durante el sitio de Tsingtao, para evitar que cayeran en manos de los japoneses.

Perseguido por los ingleses, los franceses y los japoneses y más solo que la una, en la otra punta del mundo, lejos de todas partes, Spee cruzó el Océano Pacífico y se plantó en la costa de Chile, después de una epopeya llena de aventuras y astucias. El crucero Emden, para distraer al enemigo, inició una incursión en solitario por el Océano Índico que también merece un espacio propio en la historia de la marina. Quizá hablemos otro día del Emden.

El crucero ligero SMS Dresden, primer destino de Tirpitz.

A bordo del Ostasiengeschwader navegaban dos mil seiscientos marinos y algunas docenas de cerdos, y entre éstos, nuestro héroe porcino, Tirpitz. Todavía no se llamaba Tirpitz. De hecho, no se llamaba de ninguna manera. Era un puerco anónimo, uno más.

Por lo que sé, la Marina Imperial Alemana tenía la costumbre de embarcar gorrinos a bordo de los buques de guerra para poder disponer de salchichas y carne fresca en los largos cruceros, sin tener que acudir a la comida de lata. La vida de un gorrino de guerra alemán era, pues, una vida breve e inquietante.

Tirpitz era uno de los gorrinos del crucero ligero Dresden. El 1 de noviembre de 1914, los alemanes del Dresden avistaron al crucero enemigo Glasgow y viceversa. Ojo al dato, que el Glasgow dejaría su huella en la historia de nuestro porcino protagonista y ésta es su primera aparición.

Avisados por el Glasgow, iba a decir, los cruceros de un escuadrón de la Royal Navy se lanzaron en persecución del Dresden, pero se encontraron con el Ostasiengeschwader al completo y así dió comienzo la batalla de Coronel, donde los británicos perdieron dos cruceros y la Royal Navy sufrió la primera gran derrota naval en cien años.

El Glasgow pudo escapar y Tirpitz, el gorrino, también. Así fue: la victoria permitió que los alemanes se abastecieran de alimentos frescos en la costa de Chile. No hizo falta sacrificar más gorrinos y el cerdo marinero sobrevivió unos días más.

Un mes después, el 8 de diciembre, los buques de Spee se habían adentrado en el Atlántico Sur y preparaban un ataque por sorpresa contra las instalaciones de los británicos en las islas Falkland (Malvinas). ¿Sorpresa? ¡La sorpresa se la llevaron los alemanes! Se encontraron con dos cruceros de batalla, tres cruceros acorazados, varios cruceros ligeros... El Glasgow entre ellos, presto a vengar a sus camaradas perdidos en Coronel. La batalla de las Falkland (que no hay que confundir con la guerra de las Malvinas) acabó con el escuadrón de Spee. Fue una matanza. Murieron más de mil ochocientos marinos alemanes en cuestión de horas.

El Dresden escapó. Fue el único buque del Ostasiengeschwader que escapó, y a bordo seguía Tirpitz, el cerdo, que ya conocía los mares agitados, los grandes cruceros y las batallas navales. Nada de todo eso le hacía ninguna gracia, la verdad sea dicha.

Pero el 14 de marzo de 1915, en las islas Juan Fernández, más concretamente en la isla de Más a Tierra (hoy, isla de Robinsón Crusoe), se acabó la historia del Dresden. Llevaba allá unos días, cargando víveres y carbón cuando asomaron los cruceros ingleses Kent y Glasgow (¡siempre el Glasgow!) y lo pillaron sin tiempo para levar anclas.

Tras algunos cañonazos, se alzó la bandera de tregua y un bote de remos con el teniente Canaris a bordo se propuso negociar la rendición del Dresden. Era una estratagema para ganar tiempo, porque mientras tanto los marinos alemanes abrían los tubos lanzatorpedos y las espitas y echaban a pique su propio buque, para evitar su captura. Se dio la orden de abandonar el barco y los ingleses se dieron cuenta demasiado tarde del sabotaje alemán.

Los últimos instantes del SMS Dresden. Tirpitz aparece nadando abajo, a la izquierda.

Pero el último en abandonar el barco no fue el capitán, sino un cerdo.

El marrano en cuestión, no se sabe cómo, logró escapar del estabulario y llegar al puente mientras el Dresden se hundía. Contempló el panorama, lanzó una última mirada al buque, cerró los ojos y se echó al mar. Nadó hacia los ingleses, en vez de nadar hacia tierra firme, y comenzó a gritar como sólo los gorrinos son capaces de gritar. Un suboficial del Glasgow lo vio y se lanzó al agua para rescatarlo. El cerdo creyó que el inglés venía con malas intenciones y se defendió. La lucha entre marranos alemanes y suboficiales británicos no aparece en el reglamento y tuvo que resolverse sobre la marcha, con el resultado de un suboficial empapado y contusionado y un gorrino confuso sobre la cubierta del Glasgow.

La placentera vida de Tirpitz a bordo del HMS Glasgow.

Los marinos del Glasgow enseguida adoptaron al cerdo como uno más de la tripulación. Se llamaría Tirpitz, en honor a Alfred von Tirpitz, el padre y ministro de la Marina Imperial Alemana, y se ganó una cruz de hierro de mentirijillas por ser el último alemán en abandonar el Dresden. ¡Qué cerdo más valiente!

Tirpitz se convirtió en un cerdo de la Royal Navy. Ya no corría el peligro de convertirse en salchichas (nadie se come a su mascota), pero navegó todavía un año más como tripulante del Glasgow. Vivió mil aventuras más, que sería prolijo relatar ahora.

En 1916, después de permanecer en cuarentena, fue cedido a la Escuela de Artillería de la Isla de Whale. Se cuenta que el Príncipe de Gales en persona intercedió para que se hiciera la vista gorda sobre la ley británica de importación de productos cárnicos, argumentando que Tirpitz no era un producto cárnico, sino un héroe de la batalla de Más a Tierra. Sea como sea, se salvó del sacrificio una vez más.

En 1919, acabada la guerra, fue subastado para recaudar fondos para la Cruz Roja Británica. Alguien pagó por él 1.785 libras esterlinas, ¡una fortuna entonces! ¿Quién? No me consta, pero si le constara a alguien, le agradecería que me lo hiciera saber. Luego, sir William Cavendish-Bentinck, sexto duque de Portland, compró el gorrino al postor anónimo, y Tirpitz murió en los brazos del noble ese mismo año, expirando marranamente después de una vida emocionante e intensa y provocando mucha pena entre los que navegaron con él.

Los recuerdos de las aventuras del cerdo Tirpitz en el Imperial War Museum.

El duque ordenó disecar la cabeza de Tirpitz y la donó al Imperial War Museum. El Glasgow, mientras tanto, conservó durante años un par de peúcos de plata que Tirpitz calzaba en las pezuñas en ocasiones especiales o cuando se pasaba revista, que también fueron a parar al museo años después, cedidos por la Royal Navy. La reliquias de Tirpitz son unas de las piezas más celebradas de la colección y mucha gente, ajena a las aventuras del gorrino, pregunta qué hace ése ahí.

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