El vascuence dogón


Miembros de una sociedad gastronómica donostiarra.

Mi padre conocía a un padre jesuita navarro que había destacado en la universidad por sus estudios de lingüística. Sostenía, el padre jesuita en cuestión, que no sé qué etnia de pescadores de unas islas al norte del Japón, allá lejos, hablaban vascuence. Ahí queda eso.

Con decir que hablaban vascuence quiero decir que los japoneses de por ahí y los vascos de acá compartían algún léxico y me pareció entender que alguna estructura gramatical. Destacaba, por ejemplo, el uso del ahí va, pues, y el nombre de Pachi, que se escribe, en japonés, Patxi.

La teoría del sacerdote decía que los pueblos vascuences han sido, desde siempre, buenos navegantes y que uno (sería de Bilbao) salió a navegar por ver si pescaba algo que llevar a casa y ¡anda, pues, Pachi! Que nos hemos plantao en Japón, ahí va Dios, como quien no quiere la cosa. Como los vascos son raza de mucha valía y mérito, los japoneses se plegaron a sus enseñanzas y aprendieron a decir las cosas por su nombre (vascuence, por supuesto). Lo que no consiguieron los pescadores vascos, ni p'atrás, es enseñarles cocina, que se comen el pescao crudo, Pachi, pues, y se niegan a hacerlo al pil-pil (que es palabro japonés que significa rico, rico).

Hechicero dogón procediendo al ancestral rito del levantamiento de piedras.

Mi padre se tomó muy en serio los estudios de su compadre navarrico, porque era personaje con estudios, pero el relato del japonés vascuence no llegó nunca mucho más allá de la anécdota en las sobremesas, porque no se sostenía. Que yo sepa, y puedo equivocarme, la teoría del vascuence oriental no cuenta hoy con muchos reconocimientos, pero la teoría del bilbaíno echando unos vinos en Japón no se descarta completamente.

Digo esto para señalar la extraordinaria afición que tienen los vascos por los estudios lingüísticos sobre el vascuence, especialmente por aquéllos que rozan el ridículo. Los vascos pueden presumir (con razón) de emplear una lengua, el vascuence, antiquísima, bellísima y seguramente anterior a las lenguas indoeuropeas, característica que sólo un puñado de lenguas europeas posee (el finés, el estonio, el húngaro y el maltés, por ejemplo). Pero existe poquísimo vascuence escrito antes de la Edad Media y el debate sobre el origen y la genealogía del vascuence está servido.

Unos sostienen que el vascuence fue la lengua de los íberos, o quizá fuera una de las lenguas de los íberos. Otros sostienen que el vascuence nace en una lengua caucásica extendida por Europa. Los de más allá, insinúan un origen bereber (han leído bien). Pero mi teoría favorita es el tubalismo de Larramendi, que sostiene que el vasco era la lengua que se hablaba en Babel justo antes de levantar la torre, ésa que nos costó luego hablar tantos idiomas y tener que pagar para aprender inglés. Larramendi sostenía que una lengua tan perfecta sólo podría haber sido inspirada por el mismísimo ingenio de Dios, y tanta modestia me abruma y me parece merecedora de un aplauso.

Pues, como les iba diciendo, ahora me salen con que el vascuence es una lengua dogón. Una más, porque no puede hablarse con puridad del dogón, sino de las lenguas dogones, que son legión.

Danzarines de Andoain ejecutando un zorcico.

Estas lenguas las hablan más de medio millón de personas en el sur y este de Malí, sobre la ribera izquierda del Níger, y en la frontera de Burkina Faso. Los antropólogos sienten debilidad por los dogones y no se cansan de hacer estudios de campo y observaciones participativas que concluyen que no se sabe muy bien por qué usan boina, comen bacalao al pil-pil, bailan zorcicos y hacen concursos de levantar piedras.

El problema del dogón y del vascuence es en esencia el mismo: no se puede asegurar ni conocer seguramente el llamado árbol filogenético del dogón (ergo, de dónde viene).

Del vascuence, pues. De dónde, si no, se pregunta Jaime Martín, licenciado en Filología Románica y profesor numerario de Lengua y Literatura en el Instituto Cervantes de Madrid durante cuarenta años. El profesor Martín ha publicado Un enigma esclarecido: el origen del vasco donde propone algo semejante. El título también refleja la típica modestia bilbaína.

El profesor Martín asegura que existe una relación estrecha entre el euskera y el dogón, tanto en estructura lingüística como en vocabulario. Habla, pues, del orden de construcción de las frases, diferente al de las lenguas románicas, pero semejante, si no idéntico, al dogón. El orden sujeto, objeto directo y verbo y encontrarse los demostrativos después, que no antes, del nombre son coincidencias inquietantes. Con el vocabulario, más de lo mismo. Ha comparado 2.274 términos y ha considerado semejantes con el vascuence a 1.633 de la lista (casi un 72%). Eso es mucho coincidir.

En dogón, hacer leña del árbol caído se llama aiz ko lari, que en vascuence significa venga un hacha, pues.

Según el profesor Martín, los hablantes del vascuence-dogón vivían tan contentos en el Sáhara cuando, zas, catapún, se lió parda y se desertizó. Mientras en Egipto nacían los faraones, los que hoy son dogones se fueron para el sur y se quedaron en Malí y los vascuences se calaron la boina hasta las orejas, apretaron los dientes, cruzaron a nado el Mediterráneo y se plantaron en Bilbao, que fue lo más parecido que encontraron al Sáhara que habían dejado atrás.

Los filólogos más serios cuestionan al menos algunos puntos de este estudio. Por ejemplo, comparar el euskara batua (el vascuence normalizado), que nació en 1968, con las lenguas dogonas y concluir que una palabra de origen latino (sic) semeja una palabra en dogón noroccidental, por decir algo, y deducir de ahí lo que se deduce es, cuanto menos, arriesgado.

Eso ha dicho Javier Quintana, perdón, Xabier Kintana, secretario de la Euskaltzaindia (una especie de Academia de la Lengua Vasca). El señor Kintana ha dicho en un programa de radio que tal teoría no tiene ni pies ni cabeza, que son especulaciones baratas, que peca de falta de metodología, etcétera. Vamos, que no se ha leído el estudio.

¿Por qué no decir que el dogón se creó del euskera?, se ha preguntado, al fin, y he ahí el intríngulis de todo este asunto.

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