Murió la Palmera Torta


In situ, por el autor, hace seis años.

No sabía que la llamaban Palmera Torta, aunque un poco torta (torcida) sí que estaba, ésa es la verdad. Creía que no tenía nombre, que era un ser anónimo que, paciente y perseverante, había alcanzado la notoriedad. 

Era, a decir de algunos, el ser vivo más viejo del municipio. El más alto, seguro que sí. Un amigo me enseñó una fotografía de un diario de Vilanova donde posaban una pareja de la Guardia Civil y un requeté recién capturado por la Benemérita ante la palmera, entonces minúscula. Eran tiempos inmediatamente posteriores a la última guerra carlista. Hoy he leído que quizá no fuera esa palmera tan vieja como creía, pues dicen que fue plantada en 1906. Me gusta imaginármela más antigua, pero no negaré las pruebas. En cualquier caso, siempre llamó mi atención y despertó mi admiración.

Creció a lo alto, delgada y espigada, frente a la Casa del Rector y tocando al Ayuntamiento. Le fue bien hasta que su copa asomó por encima de los edificios de ese casco antiguo y empezó a bailar con la brisa del Mediterráneo. Quizá fuera entonces cuando se torció, dejándose llevar por el azul del mar, o quizá venía torcida de antes, con la querencia de acercarse a él. Sea como sea, durante muchos años ha asustado a muchos su altura desmedida y su delgadez extrema, peligrosamente inclinada hacia la mar. Tendría alma de marinera y nostalgia de mástil, soñaría con sostener lonas blancas flotando sobre la espuma, no sé, nunca lo sabremos.

Algunos intentaron corregir su vicio. La ataron y tiraron hacia un lado y hacia el otro, pero dejaron de hacerlo porque las ligaduras no iban con el espíritu libre del irredento vegetal. Temían quebrarla y temían que, si no la sujetaban, acabaría por quebrarse. Finalmente, se ha quebrado, justo por donde habían tirado de ella, justo donde la cicatriz del collar que habían intentado contenerla.

Quebrados y dolidos restos del mástil de tan bella bandera.

En la antigua Roma habrían considerado lo sucedido un mal augurio. Sopló el viento y al fin triunfó. Se llevó la copa por delante y ahí quedó el resto, truncado y muerto, finiquitado, de la Palmera Torta, que descanse en paz y viva en el más allá sus marineras aventuras.

En el más acá, mientras tanto, vivimos el suceso con pena y estupor. Bien cierto es que tales cosas suceden y que tenían que suceder, tarde o temprano, pero, aún así... El caso es que el quebranto de la palma pilló a todos por sorpresa. 

No murió sola, sino que se llevó por delante la motocicleta del señor alcalde.

Funesto presagio ha sido su ruptura y mala noticia recibió el señor alcalde, que había aparcado su motocicleta justo debajo del árbol. ¿Adónde fue a parar la copa cercenada por los vientos? Se precipitó desde lo más alto hasta caer encima mismo del vehículo del ilustrísimo señor y lo dejó hecho unos zorros, tal cual. ¡También es mala suerte que le caiga a uno encima todo el peso de la historia! Es el sino de nuestros tiempos, de todos los tiempos.

En fin, descanse en paz quien dibujó los cielos de mi niñez y me hizo mirar hacia arriba siempre. ¡Cómo la vamos a echar en falta!


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