Florencia - Cuaderno de viaje (II)



La hoguera de las vanidades


Savonarola retratado como San Pedro Regalado, mártir
(véase la brecha en la cabeza, donde la tonsura).

Girolamo Savonarola sigue siendo una figura polémica. Como a los italianos les gusta ser los primeros en todo, sostienen que Savonarola se adelantó varios lustros a Lutero en su denuncia de la corrupción de la Santa Madre Iglesia; otros consideran a Savonarola un mártir a causa de su profunda fe cristiana, una de ésas que quería levantar la Jerusalén de San Agustín en las calles de Florencia, hasta que el Mal (una mezcla de los Medici y los Borgia) se lo llevó por delante. Unos hablan de un libertador; otros, de un líder patrio, de un revolucionario... Pero también hay quien considera que Savonarola hizo más mal que bien y mucho daño, y yo me sumo a esta opinión.

Savonarola procedía de una familia de Ferrara con buenas rentas y muchos hijos. Aprendió gramática, música y dibujo cuando niño. Luego, probó con la medicina, que abandonó para ingresar en el monasterio de San Agustín de Faenza.

Savonarola tenía mucho carisma y sus sermones eran muy seguidos por el común. Ahora no podemos concebirlo, pero entonces el sermón era un espectáculo, dicho sin ánimo de ofender. Los buenos predicadores, capaces de arrancar ayes y lamentos con la miseria del pecado, terrores con la amenaza del infierno y una pía devoción con la promesa del paraíso, se contaban con los dedos de la mano y eran muy solicitados. Solían ir de un pueblo al otro, o instalarse en la parroquia de una gran ciudad, para aleccionar a un público entregado, que pedía más que razón, emociones.

El padre Savonarola se hizo predicador y al poco tiempo escribió De Ruina Mundi (1472) y De Ruina Ecclesiae (1475), dos panfletos alarmistas y tremebundos en los que sostenía que la Roma del Papa era la Babilonia del Apocalípsis y que tanto pecado anunciaba el fin del mundo. Como para hacer amigos en Roma, en fin, y eso sólo fue el principio.

Pasó una temporada en Bolonia, estudiando Teología y martirizándose con penitencias durísimas. Sus sermones llegaron a convocar a quince mil boloñeses, predicando la vida simple y sencilla, la salvación por la fe y acusando a los demás curas de simonía, pereza, gula y avaricia, lo que siempre va bien para ganarse el favor de un italiano (que es tan católico como anticlerical). El colmo de la maldad, la corrupción, el pecado y la soberbia eran los papas, por fomentar las artes y el humanismo, por promover el paganismo, por vanos y banales, lujuriosos, vagos y sodomitas, a decir poco, porque coleccionar estatuas de señores musculosos en pelota picada no podía traer nada bueno, decía.

Suelta eso y ¿adónde lo envían los dominicos? Ni más ni menos que a predicar a Florencia, que también son ganas. Florencia, la cuna del Humanismo... Del diablo, en suma.

Se alojó en el convento de San Marcos. Tal fue el volumen de sus prédicas contra las artes y las letras que tuvo que abandonar Florencia una temporada, porque el público no aceptó que Petrarca, Boticelli o Lippi fueran pecado. Pero regresó poco después con la lección aprendida, se dejó de teologías y avanzó por la vía del populismo. Su fanatismo prendió la mecha y el pueblo se arremolinó a su alrededor.

Señaló que el arte y la cultura eran cosa de ricos, lujos vanos y pueriles que condenaban a la miseria y la pobreza a miles de florentinos, cuando las obras de arte más notables eran públicas y se exponían en las iglesias y plazas públicas. Acusó al papa (Borgia) de ser lo peor de lo peor que había pasado por el trono de San Pedro y ser, palabra de honor, una reencarnación del mismísimo diablo. Su fama de santo le llevó a ser confesor de Lorenzo, el Magnífico, pero maldito el favor que le hizo. En vez de ayudarlo a soportar la vejez y perdonarle los pecados, lo aterrorizó en público y en privado con la imagen del infierno, y lo maldijo a condenarse eternamente, deleitándose con el sufrimiento que provocó en el anciano al negarse a perdonarlo en su agonía.

Su hijo, Piero de Medici, dijo que hasta ahí habíamos llegado y quiso echar al cura, pero el fanatismo de Savonarola ya se había desatado del todo y sus seguidores se contaban por miles. Maldijo a los Medici y predijo que llegaría un héroe libertador para poner orden en la Iglesia e Italia y limpiar a las dos de tanta podredumbre. Como entonces Carlos VII de Francia atravesaba Italia con sus ejércitos, provocando desazón en el papa y tantos otros, Savonarola se alzó con la condición de profeta y pronto comenzó a desprender olor de santidad. Al rey francés le vino muy bien un Savonarola enardecido, todo sea dicho.

Cuando los franceses llegaron a Florencia, y no tardaron nada, Savonarola capitaneó la rebelión que expulsó al tirano (Piero de Medici) y creó la República Democrática de Florencia. ¿No les recuerda a nada el nombre?

Entonces se descubrió el Savonarola oculto... que ya se había anunciado sobradamente, la verdad sea dicha. Acusaba a practicamente cualquiera de sodomía, convencido de que el vicio se había instalado en la ciudad y había causado su corrupción. Veía sodomitas hasta en la sopa, era su obsesión. Persiguió las bebidas alcohólicas y el juego (cualquier juego: la comba, la pelota, los dados, el ajedrez...). Consideró la vanidad como el peor pecado y quiso obligar a los florentinos a llevar una vida sencilla. ¿Cómo?

Palazzo del Bargello, o sede de los esbirros de Florencia.
(
In situ, por el autor.)

Los esbirros del Bargello (el jefe de la policía, para entendernos) iban por ahí, de casa en casa, y si le pillaban a uno con un tablero de ajedrez (un juego), un perfume, un espejo, una peineta (vanidades) o ropa indecente (maricón), se le caía el pelo a uno y se tragaba los dientes. Era material de primera para la hoguera de las vanidades. Pillado in fraganti, el culpable de llevar una vida licenciosa, pecaminosa, corrupta y sucia tenía que quemar los tesoros que alimentaban su vanidad y echarlos al fuego.

En la Piazza della Signoria, el predicador había organizado una especie de autos de fe donde quemaba todo lo que pillaba el Bargello: la hoguera de las vanidades. Boticelli tuvo que llevar a la hoguera alguno de sus cuadros, mientras lloraba arrepentido por sus pecados (más bien, por la vergüenza y el agravio de verse obligado a ello). ¡Cuántas obras maestras se perdieron para siempre en aquellas hogueras...!

Libros, mandó quemar libros. Libros paganos, es decir, de autores clásicos, y la poesía de Petrarca o el verbo de Bocaccio. Libros indecentes, ya fuera que hablaran de sexo o de medicina. Eran inmorales, promotores de la sodomía, el ateísmo... Donde queman libros, acaban quemando personas, tendrían que haberle dicho.

Alejandro, el papa Borgia, excomulgó a Savonarola cuando éste le dijo de todo menos guapo. A partir de ese momento, Savonarola perdió el norte y sus prédicas fueron tan lejos que se condenó a muerte él solito. Además, los franciscanos (que nunca han podido ver a los dominicos) habían iniciado un movimiento... No se rían, los indignados. Los así mismos llamados arrabbiati (indignados) son perseguidos y torturados por el Bargello, pero los florentinos añoran los tiempos en los que no todo era pecado.

En 1498 muere el rey de Francia y en un pispás las tropas del papa entran en Florencia, sin ninguna oposición. Al contrario, todo fueron facilidades. Prego, signori, avanti, avanti... Capturan a Savonarola. Lo tienen en prisión en lo más alto de la torre del Palazzo della Signoria (todavía puede visitarse la celda) y lo condenan a morir estrangulado y luego quemado en la hoguera.

Celda donde estuvo preso Savonarola, en la torre del Palazzo della Signoria.(In situ, por el autor.)

Tienen que quemarlo varias veces para que su cuerpo se reduzca a cenizas, y los soldados tienen que proteger los restos de los cadáveres para que no se conviertan en reliquias. Durante muchos años, los dominicos de San Marco venerarán su figura como si fuera la de un santo mártir e insinuarán milagros. Piero de Medici vuelve a gobernar en Florencia. Vuelven las artes y las ciencias, el humanismo... y un poco de diversión, caramba.

Inscripción en el suelo de la Piazza della Signoria que recuerda dónde fue estrangulado y quemado Girolamo Savonarola. Lean el texto, si pueden, que no tiene desperdicio.
(In situ, por el autor.)

Sorprende que todavía haya gente que considere a Savonarola una especie de libertador, como sorprende que haya quien quiera hacerlo santo. Se levantaron estatuas en su honor y una piedra señala dónde fue entregado a las llamas en la Piazza della Signoria, que está, qué casualidad, más o menos donde la hoguera de las vanidades. Quien quema un Boticelli, merece quemarse.

Ejecución de Savonarola, fragmento.
El original puede verse en el Palazzo della Signoria.

El mejor legado de Savonarola es un modelo de silla plegable que lleva su nombre, la savonarola, que es muy cómoda. También, la lección que deberían aprender los pueblos cuando dejan la razón a un lado y se dejan arrastrar por las emociones.

Florencia - Cuaderno de viaje (I)


El café de Florencia


Se conocía la infusión de antiguo, por tener trato con los turcos, pero no se apreciaba nada que no fuera amargura en el brebaje. Hasta que justo después del Gran Sitio de Viena (1683), Marco d'Aviano, padre capuchino, inventó... il cappuccino. En 2003, la Santa Madre Iglesia lo declaró beato, como justa muestra de agradecimiento.

Porque el café, en Italia... Oh, el café italiano... Cómo no, también el florentino.


Los italianos presumen del Caffè Florian, en Venecia, que abrió sus puertas en 1720 y todavía sigue ahí, con terraza y orquesta. La cafetería más antigua de Europa. Pero también pueden presumir del Caffé Gilli, en Florencia, que abrió sus puertas en 1733, aunque luego trasladó el local a la Piazza della Repubblica, recién inaugurada en la segunda mitad del siglo XIX. ¡No está mal! Presume, el Gilli, no sólo del café (realmente bueno), sino también de pastelitos, dulces, confites y chocolates. Es un pequeño paraíso en la tierra.

Como el Gilli, otros cafés de postín se pelean por un lugar de honor entre los mejores: el Rivoire, en la Piazza della Signoria, o el Scudieri, en la del Duomo, serían dos ejemplos clásicos, que también ponen azúcares y golosinas a disposición de los señores clientes. Pero no son los únicos, aunque sí los más selectos.



Con todo, el más famoso es el Giubbe Rosse, que se anuncia como Caffè Letterario Giubbe Rosse. Para que se hagan una idea, es algo así como el Café Gijón de Italia. Podría traducirse como el Café de los Chalecos Colorados, porque los camareros van así vestidos, à la viennoise.


Curiosamente, se inauguró como cervecería, no como cafetería, en 1897. Fueron los hermanos Reininghaus (austríacos) los que compraron el local y pretendieron dar de beber al turista sediento. Al final, tuvieron que comprar una cafetera y se enfrentaron a un problema imprevisto: los florentinos no sabían pronunciar Reininghaus. Así que, cuando un grupo de amigos quería reunirse donde los austríacos, decían: Andiamo da quelli delle giubbe rosse.

Aunque los Reininghaus nunca supieron pronunciar correctamente Giubbe Rosse, el nombre caló y se quedó ahí para siempre.

También se quedaron los intelectuales, agarrados a la mesa con desesperación, porque con un café podían pasar la tarde hablando de sus cosas en un lugar calentito y arreglar el mundo sin vérselas con el casero. Allá, en el Giubbe Rosse, se parió el futurismo florentino, que declaró el café como su sede en 1913. Los futuristas exclamaron en voz alta que tendrían que derribarse los museos y las bibliotecas para gozar del presente sin las ataduras del pasado (sic), abrazando la ciencia y la ingeniería. Por ejemplo, la cafetera exprés, que nació por aquel entonces.

En la Giubbe Rosse se discutió si, en efecto, el último Alfa Romeo era más bello que la Venus de Milo. Se dijo que no, no porque el Alfa Romeo no fuera bonito, sino porque el Alfa Romeo era milanés y los futuristas florentinos y los futuristas milaneses se llevaban como el perro y el gato. El asunto fue muy polémico, corrieron ríos de tinta y algunos intelectuales llegaron a las manos por un quítame de allá esas pajas.

La cuestión es que no iban en serio. Los futuristas se pitorreaban de todo el mundo, pero inspiraron algunas tesis fascistas y otras zarandajas, y ésas ya no hicieron luego tanta gracia.

En todo caso, tanto ruido armaron que la Giubbe Rosse se convirtió en la cafetería más famosa de Italia (que no en la que servía el mejor café, que ésa es el Sant'Eustacchio, de Roma, si me permiten opinar). Sigue ahí, con otros dueños y sin futuristas, pero sigue ahí.

Una bistecca alla fiorentina


Allá donde ha estado el hombre, hay un japonés tomando fotos. La resistencia del pueblo nipón es admirable, son incapaces de rendirse ante nada que no sea... una bistecca alla fiorentina. Lo digo no porque me lo hayan contado, sino porque lo he visto. A mitad del yantar, dos japoneses que compartían una bistecca soltaron los cubiertos y exclamaron que ya no podían con su alma. Eso dice mucho della bistecca alla fiorentina, y de la comida japonesa.


Este famoso bistec tiene su origen en la vaca, llamada buey por los carniceros. Si acude a la macelleria (carnicería) y pide carne para delle bistecche, el macellaio (carnicero) le servirá la mitad de la vaca, cortada en tajos gruesos como tres o cuatro dedos (si finos) o más (a discreción). Lo que sigue es cocinar y comer.


La bistecca alla fiorentina no tiene trampa: se toma una parte de la vaca, se corta en lonchas gruesas, se pone a la parrilla, bien caliente... Si la sirven como Dios manda, recién, recién hecha, está cocida por fuera y conserva los jugos por dentro, y sale tierna como un angelito. Se sirve tal cual, con unas gotitas de aceite puro de oliva virgen por encima (italiano, naturalmente). Ya puede usted hincarle el diente.

Hay quien sostiene que la bistecca alla fiorentina tiene su origen en la figura de San Lorenzo, mártir, que murió asado a la parrilla por cristiano. Para celebrar su onomástica, cuentan, echaban a la parrilla lo mejor que tenían a mano y de ahí el plato. No sé yo si será verdad.

Este plato tan exquisito como excesivo es la trampa en la que caen muchos turistas. Atraídos por la fama del asunto, piden una bistecca, sin saber en qué lío se meten.

--Scusi, signore --llama la atención el turista, muy educado.
--Prego.
--Vorrei una bistecca alla fiorentina.
--Va bene un chilo di bistecca? --pregunta el camarero, dándolo por sentado.
--Come un chilo...!? Forse meno --responde el turista, asustado.
--Beh, meno... Quanto meno? --el camarero parece indignado.

El turista duda y el camarero bufa y se retira. ¡Otro turista...! Le traerá la bistecca que le parezca bien, y será grande. El turista tendrá que acabársela o acabará respondiendo ante el cocinero.

Algunos turistas hacen trampa. Una parejita de enamorados, por ejemplo, pedirá una bistecca para compartir. ¡Para compartir...! Como están acaramelados mirándose entre sí, no habrán visto la cara del camarero camino de la cocina. Beh, turisti... A mitad de la bistecca, los tortolitos ya parecen capones en espera de la Navidad y el camarero sonríe complacido.

El truco está en comer despacito: sin prisas, pero sin pausas. El plato es delicioso, pero puede producir insomnio, flatulencias, gases, pesadez de estómago, modorra, morriña... En casos extremos, el éxtasis cárnico se expresa mediante suspiros, lágrimas, ayes y eructos y una vez el comilón concilia el sueño, verá cómo se le aparecen los ángeles del Señor sosteniendo la parrilla y la palma del martirio, mientras una voz potente reza: Maxima gloria bistecca fiorentinae mangiare est!

Amén... y buon appetito!


Via delle Belle Donne



Es decir, Calle de las Bellas Mujeres (antigua Calle de la Cruz del Trebbio). Bravo!

De Barcelona a Florencia



Me da que el aeropuerto de Barcelona es una metáfora. Es gigantesco, enorme, se sale de grande y no contiene apenas nada. No es más que un hueco, como huecos fueron los cráneos ilustres que alumbraron su necesidad y tanto derroche. Mi país, me apena decirlo, tiene más hueco que sustancia.


Con esa idea en la cabeza, me sentí incapaz de calcular cuánto dinero se habrá perdido inútilmente en esa burrada, primero, y luego en líneas aéreas condenadas al fracaso, después. ¡Cuánto bien hubieran hecho esos dineros en cosas más útiles...! ¡Cuánto perderá al día...! Pero aparté de mí el cáliz de la indignación y el pasmo. Tenía otras cosas en qué pensar. El avión me impone mucho respeto.


Busqué dónde comer un bocadillo, que pagué a precio indecente, dónde hacer pis, que es cosa urgente por los nervios, por dónde caía la puerta de embarque, lejos, y dónde sentarme a leer durante la espera, interminable.

El vuelo, bien. Apretado en asientos mínimos, yo, que soy máximo, y agitado por perturbaciones... ¿o acaso fueron perturbados?

Al llegar, se anunciaban lluvias. Pero me daba lo mismo, porque ya estaba en casa.


Tras los pasos de Stendhal

Uno viaja porque va de un sitio al otro; a veces, porque no tienemás remedio. Pero la figura del viajero se torna mítica. La vida es un viaje y el viaje es como la vida, fatal. El héroe, pues, viaja; es decir, se enfrenta a su destino, a lo que venga; sigue por el camino tan resuelto como la manecilla de un reloj.

¿Qué quieren que les diga? Yo prefiero ser un simple turista. Qué tonto, dirán. Turista... Pues, sí, por qué no.

Mi trágico destino me lo sirven y me lo como cada día, me guste o no. Un plato amargo, sin condimentos. No nací héroe, pero lo que hay que hacer para ir tirando... De aquí para allá, viajero, todos los días, y no me dan cuerda.


Lo que de verdad me apetece es ser dueño de mí. Tendría suficiente con creer serlo. ¡Qué solemne tontería! No será menos tonto pretender controlar las circunstancias, que son tantas. No doblegarse, sino inclinarse hacia donde uno quiera, no lo será menos. Rendir homenaje a los grandes hombres que me precedieron y conversar con ellos, de tú a tú, como si se pudiera, tonto que es uno.

Pero ¿saben qué les digo? Mejor tonto que viajado.


Para desgracia de todos, inventaron el menú turístico, y Mark Twain, de viaje por Europa, ya se reía del turista americano, recién millonario, que se pasaba los días de hotel en hotel detrás de un guía por ver si se le pegaba algo de cultura. Le Grand Tour se había convertido en una vanidad o peor, en una vulgaridad.


En el mejor de los casos, el turismo es un negocio; lo normal es que tanto turista suponga un engorro, porque el turismo puede semejarse a una plaga bíblica. Lo que no pudieron los elementos, lo pudo el turista, dirán, consternados.

Lo sé, no me descubren nada nuevo y no seré yo más o menos que los demás. Pero quiero ser turista, a mucha honra, y tonto por quererle dar gusto al ánima y vida a los sentidos. Por creer lo que dijeron Goethe y Stendhal, por hacerme ilusiones, tonto. Como tonto es uno por sonreír ante el fugaz momento en que, a pesar de tanta tontería, se vislumbra la belleza, la razón, la poesía, que son tres y una. Tonto por negarme a viajar, por ser, querer ser, turista.


Una semana en la capital toscana da para mucho y sabe a poco. Ha sido un regreso. Visité Florencia hace veinte años, un tanto pasmado. He vuelto, pues. Más sabio, no. Sólo más viajado, pero quisiera dejar atrás tantos viajes.

Así, pues, á la Stendhal.

Teoria dei cornuti (en italiano)


Vengo con cornuti, ora. Uno scopre le tresche che li fanno in casa, fa un macello: non è cornuto nato. Ma se fa finta di niente, o con la corna si da pace: e allora è nato cornuto... [...]

Il popolo. Il popolo... Il popolo cornuto era e cornuto resta: la differenza è che il fascismo appendeva una bandiera sola alle corna del popolo e la democrazia lascia che ognuno se l'apprenda da se, del colore che gli piace, alle proprie corna... Siamo al discorso di prima: non ci sono soltanto certi uomini a nascere cornuti, ci sono anche popoli interi; cornuti dall'antiquità, una generazione appresso all'altra... [...]

Ma noi, caro mio, camminiamo sulla corna degli altri; come se ballassimo... [...]

Un bosco di corna, l'umanità, più fitto del bosco della Ficuzza quand'era bosco davvero. E sa chi se la spassa a passeggiare sulle corna? Primo, tienilo bene a mente: i preti; secondo, i politici, e tanto più dicono di essere col popolo, di volere il bene del popolo, tanto più gli calcano i piedi sulle corna; terzo, quelli come me e come te...

Leonardo Sciascia, Il giorno della civetta, 1961

Retransmisión radiofónica de la Diada


Mientras la banda municipal ultima los últimos acuerdos de Els Segadors...


Corresponsal, Cadena SER, en directo.

Sintomatología del síndrome de Stendhal



Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme.

De los diarios del Viaje a Italia, de Henri Beyle, Stendhal
Trad. por Elisabeth Falomir Archanbault

¡Catapum! ¡Cras! ¡Pom! (Gran Premio de Bélgica 2012, Spa-Francorchamps)

El circuito de Spa-Francorchamps, en medio de las Ardenas, es un circuito con muchos años de carreras a sus espaldas. Ha visto de todo, y este fin de semana conoció la lluvia el viernes, un Button en la cronometrada del sábado que era para aplaudirlo en pie y una salida el domingo que empezó bien y acabó en la primera curva como un montón de chatarra.

Por lo visto, un Lotus-Renault (Grossjean) se emocionó y salió demasiado rápido (sic), obligando a un McLaren (Hamilton) a desplazarse a un lado y a partir de ese momento... ¡Catapum! ¡Cras! ¡Pom! San Cristóbal mediante, no hubo heridos, pero quedaron fuera varios bólidos (el Ferrari de Alonso entre ellos). Button (McLaren) se libró del susto y acabó la carrera en primera posición (muy merecida). El segundo Ferrari (Massa) acabó quinto, lo que les indica cómo fue de grande el estropicio.

Les dejo con una serie de fotografías de las agencias AFP y Reuters, publicadas ayer en internet.








Amor bajo llave



Una incursión por Girona (Gerona) me bastó para certificar lo que me habían dicho: la moda de los candados moccianos ha llegado hasta nosotros. Se dan las primeras manifestaciones de la epidemia, pero todavía no se ha agudizado o cronificado en esa ciudad (en otras, sí).

¿Qué es un candado mocciano? Federico Moccia (1963), un antiguo guionista y director de televisión italiano, se atrevió con la novela y le ha ido bien. Es decir, no es que sus novelas sean una maravilla, precisamente, pero los derechos de autor le dan para ir a desayunar en Ferrari. Pues va el tipo y escribe Ho voglia di te (traducido como Tengo ganas de ti) en 2006. Dos de los protagonistas se quieren y va uno de ellos y cierra un candado alrededor de la barandilla de un puente (el ponte Milvio, Roma) y echa la llave al río (el Tíber). Luego le suelta la cursilada a la novia: Así, no nos separaremos nunca. Qué bonito.

El que echa mano del candado es el varón, y la mujer se lo mira. En el fondo, el macho ha establecido una relación de propiedad: eres mía, para siempre. La refrenda, además, con la violencia del cierre metálico. Es más que curioso, es la norma, que la cultura popular sea muy conservadora y poco dada a novedades. 

El primer candado mocciano fue novelesco, pero los adolescentes abrazaron la idea y pronto se vieron candados de verdad donde dijo Moccia y al año de publicada la novela, una farola del ponte Milvio se vino abajo por el peso de tanto hierro (y eso que era una farola...). Poco a poco, iban apareciendo candados moccianos en los puentes europeos. Se complicó el asunto, llegando a la categoría de vandalismo (en París) o de demencia (en Roma).

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, es una opción; o te querré yo para siempre jamás; o eres mi media naranja (Aristófanes, citado por Platón); también está aquello ni contigo ni sin ti... Pero aquí te tengo yo sujeta con el candado... No sé yo.

Dichos populares



Sirva la traducción (libre): Dale al yantar, luego al cagar y no le temas a palmar. Amén.

Este verano se abre ante nosotros...



Quise saber cuáles eran o habían sido las perspectivas de mis lectores sobre el verano, qué planes tenían, que previsiones.

Ninguno de ellos ha pensado en visitar una oficina de empleo durante estas vacaciones. Tampoco ha pensado en abrir sus corazones al amor. En uno u otro caso, ya estarían servidos o escocidos, eso no lo sé yo. Ni uno sólo ha creído que el verano le ofrecía una oportunidad única... Única ¿para qué? Sabe Dios, una oportunidad única, punto.

Una sexta parte de mis lectores contemplaba el verano como un campo abonado al más absoluto tedio. El dolce far niente no está hecho para ellos, y no saben lo que se pierden. Otro tanto ha previsto visitar el frigorífico, mostrando un verano muy lejano al ideal de la Operación Bikini.

Una cuarta parte de mis lectores tenían previsto practicar el paracaidismo, el tirarse desde lo alto de un puente o echarse por un barranco con la cabeza por delante, porque, para ellos, las puertas del verano se abrían ante un abismo sin fondo, y supongo yo que será eso.

A Dios gracias, la mayoría de mis lectores prefería algo mucho menos peligroso. La mitad ha elegido el verano para abrir las páginas de un libro y... ¿leerlo? ¡No será para tanto!

Me corroe la duda.