La hoguera de las vanidades


Savonarola retratado como San Pedro Regalado, mártir
(véase la brecha en la cabeza, donde la tonsura).

Girolamo Savonarola sigue siendo una figura polémica. Como a los italianos les gusta ser los primeros en todo, sostienen que Savonarola se adelantó varios lustros a Lutero en su denuncia de la corrupción de la Santa Madre Iglesia; otros consideran a Savonarola un mártir a causa de su profunda fe cristiana, una de ésas que quería levantar la Jerusalén de San Agustín en las calles de Florencia, hasta que el Mal (una mezcla de los Medici y los Borgia) se lo llevó por delante. Unos hablan de un libertador; otros, de un líder patrio, de un revolucionario... Pero también hay quien considera que Savonarola hizo más mal que bien y mucho daño, y yo me sumo a esta opinión.

Savonarola procedía de una familia de Ferrara con buenas rentas y muchos hijos. Aprendió gramática, música y dibujo cuando niño. Luego, probó con la medicina, que abandonó para ingresar en el monasterio de San Agustín de Faenza.

Savonarola tenía mucho carisma y sus sermones eran muy seguidos por el común. Ahora no podemos concebirlo, pero entonces el sermón era un espectáculo, dicho sin ánimo de ofender. Los buenos predicadores, capaces de arrancar ayes y lamentos con la miseria del pecado, terrores con la amenaza del infierno y una pía devoción con la promesa del paraíso, se contaban con los dedos de la mano y eran muy solicitados. Solían ir de un pueblo al otro, o instalarse en la parroquia de una gran ciudad, para aleccionar a un público entregado, que pedía más que razón, emociones.

El padre Savonarola se hizo predicador y al poco tiempo escribió De Ruina Mundi (1472) y De Ruina Ecclesiae (1475), dos panfletos alarmistas y tremebundos en los que sostenía que la Roma del Papa era la Babilonia del Apocalípsis y que tanto pecado anunciaba el fin del mundo. Como para hacer amigos en Roma, en fin, y eso sólo fue el principio.

Pasó una temporada en Bolonia, estudiando Teología y martirizándose con penitencias durísimas. Sus sermones llegaron a convocar a quince mil boloñeses, predicando la vida simple y sencilla, la salvación por la fe y acusando a los demás curas de simonía, pereza, gula y avaricia, lo que siempre va bien para ganarse el favor de un italiano (que es tan católico como anticlerical). El colmo de la maldad, la corrupción, el pecado y la soberbia eran los papas, por fomentar las artes y el humanismo, por promover el paganismo, por vanos y banales, lujuriosos, vagos y sodomitas, a decir poco, porque coleccionar estatuas de señores musculosos en pelota picada no podía traer nada bueno, decía.

Suelta eso y ¿adónde lo envían los dominicos? Ni más ni menos que a predicar a Florencia, que también son ganas. Florencia, la cuna del Humanismo... Del diablo, en suma.

Se alojó en el convento de San Marcos. Tal fue el volumen de sus prédicas contra las artes y las letras que tuvo que abandonar Florencia una temporada, porque el público no aceptó que Petrarca, Boticelli o Lippi fueran pecado. Pero regresó poco después con la lección aprendida, se dejó de teologías y avanzó por la vía del populismo. Su fanatismo prendió la mecha y el pueblo se arremolinó a su alrededor.

Señaló que el arte y la cultura eran cosa de ricos, lujos vanos y pueriles que condenaban a la miseria y la pobreza a miles de florentinos, cuando las obras de arte más notables eran públicas y se exponían en las iglesias y plazas públicas. Acusó al papa (Borgia) de ser lo peor de lo peor que había pasado por el trono de San Pedro y ser, palabra de honor, una reencarnación del mismísimo diablo. Su fama de santo le llevó a ser confesor de Lorenzo, el Magnífico, pero maldito el favor que le hizo. En vez de ayudarlo a soportar la vejez y perdonarle los pecados, lo aterrorizó en público y en privado con la imagen del infierno, y lo maldijo a condenarse eternamente, deleitándose con el sufrimiento que provocó en el anciano al negarse a perdonarlo en su agonía.

Su hijo, Piero de Medici, dijo que hasta ahí habíamos llegado y quiso echar al cura, pero el fanatismo de Savonarola ya se había desatado del todo y sus seguidores se contaban por miles. Maldijo a los Medici y predijo que llegaría un héroe libertador para poner orden en la Iglesia e Italia y limpiar a las dos de tanta podredumbre. Como entonces Carlos VII de Francia atravesaba Italia con sus ejércitos, provocando desazón en el papa y tantos otros, Savonarola se alzó con la condición de profeta y pronto comenzó a desprender olor de santidad. Al rey francés le vino muy bien un Savonarola enardecido, todo sea dicho.

Cuando los franceses llegaron a Florencia, y no tardaron nada, Savonarola capitaneó la rebelión que expulsó al tirano (Piero de Medici) y creó la República Democrática de Florencia. ¿No les recuerda a nada el nombre?

Entonces se descubrió el Savonarola oculto... que ya se había anunciado sobradamente, la verdad sea dicha. Acusaba a practicamente cualquiera de sodomía, convencido de que el vicio se había instalado en la ciudad y había causado su corrupción. Veía sodomitas hasta en la sopa, era su obsesión. Persiguió las bebidas alcohólicas y el juego (cualquier juego: la comba, la pelota, los dados, el ajedrez...). Consideró la vanidad como el peor pecado y quiso obligar a los florentinos a llevar una vida sencilla. ¿Cómo?

Palazzo del Bargello, o sede de los esbirros de Florencia.
(
In situ, por el autor.)

Los esbirros del Bargello (el jefe de la policía, para entendernos) iban por ahí, de casa en casa, y si le pillaban a uno con un tablero de ajedrez (un juego), un perfume, un espejo, una peineta (vanidades) o ropa indecente (maricón), se le caía el pelo a uno y se tragaba los dientes. Era material de primera para la hoguera de las vanidades. Pillado in fraganti, el culpable de llevar una vida licenciosa, pecaminosa, corrupta y sucia tenía que quemar los tesoros que alimentaban su vanidad y echarlos al fuego.

En la Piazza della Signoria, el predicador había organizado una especie de autos de fe donde quemaba todo lo que pillaba el Bargello: la hoguera de las vanidades. Boticelli tuvo que llevar a la hoguera alguno de sus cuadros, mientras lloraba arrepentido por sus pecados (más bien, por la vergüenza y el agravio de verse obligado a ello). ¡Cuántas obras maestras se perdieron para siempre en aquellas hogueras...!

Libros, mandó quemar libros. Libros paganos, es decir, de autores clásicos, y la poesía de Petrarca o el verbo de Bocaccio. Libros indecentes, ya fuera que hablaran de sexo o de medicina. Eran inmorales, promotores de la sodomía, el ateísmo... Donde queman libros, acaban quemando personas, tendrían que haberle dicho.

Alejandro, el papa Borgia, excomulgó a Savonarola cuando éste le dijo de todo menos guapo. A partir de ese momento, Savonarola perdió el norte y sus prédicas fueron tan lejos que se condenó a muerte él solito. Además, los franciscanos (que nunca han podido ver a los dominicos) habían iniciado un movimiento... No se rían, los indignados. Los así mismos llamados arrabbiati (indignados) son perseguidos y torturados por el Bargello, pero los florentinos añoran los tiempos en los que no todo era pecado.

En 1498 muere el rey de Francia y en un pispás las tropas del papa entran en Florencia, sin ninguna oposición. Al contrario, todo fueron facilidades. Prego, signori, avanti, avanti... Capturan a Savonarola. Lo tienen en prisión en lo más alto de la torre del Palazzo della Signoria (todavía puede visitarse la celda) y lo condenan a morir estrangulado y luego quemado en la hoguera.

Celda donde estuvo preso Savonarola, en la torre del Palazzo della Signoria.(In situ, por el autor.)

Tienen que quemarlo varias veces para que su cuerpo se reduzca a cenizas, y los soldados tienen que proteger los restos de los cadáveres para que no se conviertan en reliquias. Durante muchos años, los dominicos de San Marco venerarán su figura como si fuera la de un santo mártir e insinuarán milagros. Piero de Medici vuelve a gobernar en Florencia. Vuelven las artes y las ciencias, el humanismo... y un poco de diversión, caramba.

Inscripción en el suelo de la Piazza della Signoria que recuerda dónde fue estrangulado y quemado Girolamo Savonarola. Lean el texto, si pueden, que no tiene desperdicio.
(In situ, por el autor.)

Sorprende que todavía haya gente que considere a Savonarola una especie de libertador, como sorprende que haya quien quiera hacerlo santo. Se levantaron estatuas en su honor y una piedra señala dónde fue entregado a las llamas en la Piazza della Signoria, que está, qué casualidad, más o menos donde la hoguera de las vanidades. Quien quema un Boticelli, merece quemarse.

Ejecución de Savonarola, fragmento.
El original puede verse en el Palazzo della Signoria.

El mejor legado de Savonarola es un modelo de silla plegable que lleva su nombre, la savonarola, que es muy cómoda. También, la lección que deberían aprender los pueblos cuando dejan la razón a un lado y se dejan arrastrar por las emociones.

2 comentarios:

  1. Madre mía... he llegado por casualidad a esta página, buscando información más detallada de la que ya podía tener y me voy con regusto de desinformación y la convicción de que la parcialidad y el "arrimar continuo del ascua a la sardina" son malas armas para luchar contra la intolerancia.

    Resumir de esta forma la "cuestión Savonarola" es mucho más que frivolidad.... no quiero ser descortés utilizando términos como la ignorancia. Dejando al margen cuestiones dogmáticas y fanatismos propios de la época (por favor, juzgamos con pensamientos de 500 años después!!!) hay expresiones en tu artículo que me ponen los pelos de punta, aún más que cualquier "hoguera de las vanidades".

    Al margen de que negar que el arte era utensilio de los ricos para subyugar a los miserables, o que los Médici eran tiranos despreciables que han comprado al europeo del futuro con sus encargos a los artistas de moda, es algo bastante discutible.

    Pero, decir cosas como: "A partir de ese momento, Savonarola perdió el norte y sus prédicas fueron tan lejos que se condenó a muerte él solito" suponen un ataque tan violento a la libertad de expresión, una justificación de la barbarie por razón de opinión, que me dejan atónito.

    Decir que "lo condenan a morir estrangulado y luego quemado en la hoguera" obviando que durante 42 días fue torturado salvajemente, dejándole solo sano el brazo con el que iba a firmar su confesión, es pasar de puntillas sobre lo salvaje que podía ser un papa, o uno de esos simpáticos Médici que encargaban bonitos cuadros.

    Afirmar que "Piero de Medici vuelve a gobernar en Florencia. Vuelven las artes y las ciencias, el humanismo" y un poco de diversión, sin tener en cuenta que vuelven también la represión, las ejecuciones a rivales y la defenestración del "popolo minuti", es parecido a lo del anuncio de la Master Card, "no tiene precio".

    Y finalmente, decir alegremente que "quien quema un Boticelli, merece quemarse", me resulta tan incalificable para resumir la historia de una persona, que con sus errores y su fanatismo aportó un pedazo importante de la historia de Florencia, que me quedan dudas sobre si algún fanático religioso de la actualidad no podría pensar que quien escribe cosas como haces tú, merece un trato semejante. Esperemos que no...

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    1. ¿Ven como Savonarola es todavía polémico? Agradezco su comentario porque permite ver la cuestión desde el otro punto de vista, que tiene sus razones, y no son pocas. Pero sostener que Savonarola defendía la libertad de expresión... Savonarola, el quemador de libros... Savonarola, que persiguió a tantos por protestar... Savonarola, el fanático, el integrista... Savonarola es en cierto modo un precalvinista y recomiendo la lectura de "Castellio contra Calvino" de Zweig para poder ilustrar mi tesis. Quizá lo correcto sería preguntarse si uno prefiere vivir bajo la tiranía de un protector de las artes y las ciencias o bajo la tiranía de un integrista religioso. Ahí queda eso.

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