La cena de los infieles



Llámenme tonto, si quieren, que no serán los primeros, pero yo no conocía a Beryl Bainbridge, una escritora británica que murió en 2010, a los 76 años, que se considera en su patria una de las escritoras más influyentes del siglo XX. En verdad, alguno ha dicho que es una de las grandes damas de las letras inglesas, y cuando alguien dice que la señora Tal es una gran dama de las letras inglesas, hay para echarse a temblar. Agatha Christie, sin ir más lejos, tiene más muertes a sus espaldas que nadie y la señora Bainbridge, leído lo leído, no es de las que deja títere con cabeza.

Su biografía nos muestra una mujer que tuvo problemas en la vida y con la vida, en general, y con sus relaciones sentimentales en particular, de donde se deduce la causa y efecto de ambas cosas, un carácter difícil. Meterse en esas investigaciones puede ser útil para un lector, pero más útil será leer la obra. En este caso, será La cena de los infieles (en su versión original, Injury Time), traducida por Julia Cabezas Ortiz y publicada por Ático de los Libros. Una magnífica edición, cabe decir.

A poco que uno va leyendo, se aprecia que sí, que la señora Bainbridge gastaba una mala leche de padre y señor mío y que tira con bala contra la hipocresía y la estupidez de nuestra sociedad. Tira con bala y acierta con puntería, comete un verdadero estropicio y no deja títere con cabeza. No se salva ni uno solo de los personajes que aparecen en la obra y el panorama que nos va mostrando es desolador y tremendo. Reparte a diestro y siniestro y no tiene piedad. A tal punto es así que la mayoría de los críticos y lectores profesionales que han juzgado la obra hablan de su sentido del humor y la presentan incluso como humorística, aunque lo que es, sin duda de ninguna clase, es cínica, y si hay humor es el que proviene de la ironía con que los cínicos contemplan el mundo. 

Dicho esto, es un relato magnífico, que se estructura al modo (formal) de una comedia donde aquello que puede ir mal no va mal, sino peor, y se procede a un suma y sigue que llega a cotas surrealistas. Es brillante.

El argumento gira alrededor de Edward, un tipo de clase media, contable y felizmente casado, como suele decirse, con Helen. En verdad Edward tiene una amante, Binny, y es un tipo un poco patético. También lo es Binny. También lo es Simpson, y su mujer, una pareja a la que Edward y Binny invitan a cenar. No se libra Alma, una amiga de Binny, ni las hijas de Binny, ni el vecindario, ya puestos. Sucede la cena y sucede lo imprevisto, y no diré más, pero todos esos personajes llegan al límite de lo absurdo de sus vidas gracias al arte, al salero y a la mala baba de la señora Bainbridge, que parece disfrutar con ello. Hay que confesarlo: el lector, también.

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