Un mal oficial


Las llamadas Guerras Revolucionarias, fruto de la enemistad de los reinos europeos con la recién nacida República Francesa, acabaron formalmente en 1802 con la firma del Tratado de Amiens, pero en verdad llegan a su fin con dos grandes batallas, la de Marengo y la de Hohenlinden. No negaré que los ingleses y los turcos arrebatan Egipto a los franceses, en 1801, y que la pérfida Albión prosigue su campaña naval contra Francia, pero en Europa misma ya no había nada que hacer. Napoleón (entonces Primer Cónsul) había triunfado sobre las potencias continentales.

La muerte del general Desaix en Marengo.
Justo cuando evita la derrota de Napoleón y da la vuelta a la batalla.
También es mala suerte.

La más conocida de esas dos batallas es la de Marengo, por dos razones. La primera, porque la ganó Napoleón (aunque sobre eso podríamos discutir un largo rato, mentando al general Desaix). La segunda, quizá tan importante como la primera, es que regaló a la humanidad con un plato exquisito, el famosísimo poulet à la Marengo, o pollo a la Marengo, que está de rechupete.

La batalla de Hohenlinden, en un paisaje boscoso y nevado.

Luego está la batalla de Hohenlinden. No es tan famosa como la de Marengo por otras dos razones. La primera, porque el comandante en jefe de las tropas francesas era el general Moreau. La segunda, porque el cocinero del general Moreau no era ni la mitad de bueno que el cocinero del cónsul Bonaparte.

Decían de Moreau que era un gran táctico, pero un estratega de poca monta, todo lo contrario de Bonaparte. Sostenían muy seriamente que si Moreau y Bonaparte se hubiesen enfrentado con sus ejércitos una contra el otro a una milla de distancia, Moreau se habría llevado la victoria de calle. Si en cambio hubieran comenzado su particular guerra a cien millas de distancia el uno del otro, Bonaparte le hubiera dado un repaso a Moreau de padre y señor mío, alzándose con la más completa victoria. Podrían haber hecho muy buena pareja, pero Moreau intentó un golpe de Estado contra Bonaparte y fracasó poco después de Hohenlinden. Un feo asunto. Tuvo que salir por piernas de Francia y unirse a los emigrées. Hasta vivió en los EE.UU. una temporada. Regresó a Europa, donde murió combatiendo contra el ya emperador Napoleón, al que nunca pudo vencer. Por eso, Bonaparte primero y muchos otros después se encargaron de que Moreau cayera bien pronto en el olvido y de no hacerle demasiado sitio en los libros de historia.

Dicho esto, cuidado, porque la batalla de Hohenlinden fue una señora batalla y Moreau merece un poco más de respeto.

Moreau, en plan héroe, aplastando a los austríacos en Hohenlinden.
No fue así, no hace falta que lo diga. Cosas de la propaganda.

Hohenlinden queda cerca de Múnich y allá se pelearon los franceses y los austríacos el 3 de diciembre de 1800. El mando francés del Ejército del Rin pertenecía a Moreau. El austríaco, al archiduque don Juan de Austria, que era hermano del comandante en jefe de todos los ejércitos austríacos, el archiduque don Carlos de Austria. Todo en familia, como ya ven.

En Marengo se batieron entre 50.000 y 60.000 hombres en el campo de batalla, sumando los dos bandos. En Hohenlinden, atención, se toparon los 180.000 hombres de Moreau con los 120.000 a las órdenes del archiduque don Juan de Austria. No diré más, aunque en el campo de batalla propiamente dicho sólo se vieron las caras alrededor de 55.000 franceses y unos 64.000 austríacos. Es la mayor batalla de las Guerras Revolucionarias y una de las mayores de todo el período napoleónico.

Los austríacos recibieron una soberana paliza. Tanto es así que Austria, derrotada, se vio finalmente obligada a firmar el armisticio. 

Otra imagen para la mayor gloria del general Moreau. 
Los austríacos, derrotados, reconocen su genio y valentía.

Fue una batalla que a Moreau le vino al dedillo, como hecha a medida, una batalla que comenzó casi sin querer y que acabó en un juego táctico en un terreno muy restringido. Moreau demostró su valía en las distancias cortas y se impuso decisivamente. Perdió unos 6.000 hombres, contando muertos y heridos. Pero los austríacos perdieron 20.000, entre muertos, heridos y prisioneros.

Quería contar una anécdota de la batalla, ya que hablé unos días de los polacos que lucharon con Napoleón en España. También los hubo luchando en el bando de Moreau, exiliados después de la partición y reparto de Polonia entre Austria, Prusia y Rusia. Formaban tropas de ulanos (lanceros) y eran soldados de caballería de primera, de ésos que realizan proezas increíbles. Y una de esas proezas la llevó a cabo el soldado Pawlikowski, en Hohenlinden.

Caballería polaca durante el Consulado.
Pronto se ganaron a pulso la fama de gallardos y osados.
También, de bebedores empedernidos e invencibles.

Pawlikowski tenía 23 años y era sargento de ulanos. Se vio metido en una batalla que en algún momento fue bastante confusa y pronto quedó aislado de su escuadrón. En éstas, en medio del follón, descubrió a una compañía de infantería enemiga en un bosquecillo. Él y un cazador a caballo francés que pasaba por ahí, tan loco como el polaco, un tipo llamado Gotebeuf, no tuvieron otra idea que cargar contra la infantería enemiga. Lanza en ristre el polaco, sable en alto el francés, picaron espuelas. Los dos contra un centenar de austríacos, ahí les arriendo la ganancia. 

El primero en llegarse a los austríacos fue Pawlikowski. Mató a dos oficiales con su lanza (zas, zas) y amenazó al resto con hacerles lo mismo. De Gotebeuf no se volvió a saber nada, porque quizá fue detrás de los que huyeron, presas del pánico, en vez de quedarse a tomar prisioneros como hizo el polaco, o no. No se cita en las crónicas. 

El general Decean estaba en sus cosas, mandando su división (y ganando la batalla), cuando vio aparecer por la carretera al sargento polaco seguido por un oficial y 56 soldados austríacos que había hecho prisioneros. Suponemos que el cazador a caballo Gotebeuf cerraría el desfile, pero es sólo un suponer. El polaco era, en efecto, Pawlikowski.

El general, maravillado por la hazaña, se acercó al sargento polaco y lo felicitó efusivamente. Le prometió una gran recompensa por su valor y se ofreció a nombrarlo teniente ahí mismo. Tal dijo, tal saltó el polaco. En mal francés, respondió algo que me atrevo a traducir así:

No saber leer, no saber escribir, no ser oficial.

Así quedó la cosa y así la recogieron las crónicas. Jan Pawlikowski, del 1.º de Lanceros de la Primera Legión (polaca) se conformó con seguir de sargento, aunque la República Francesa le regaló una Carabina de Honor, una carabina con la siguiente inscripción: La Republique Françaisa à son defenseur, le citoyen Jan Pawlikowski, lancier de la cavalerie polonaise, qui pendant le bataille de 12 frimaire de l'an IX de la Republique, fit 57 prisonniers.

Una carabina de honor como la que se entregó a Jan Pawlikowski, recientemente subastada y en perfecto estado de conservación. Solían encargarse al armero Boutet, de Versalles, quizá el mejor armero francés de su época, y eran armas de primera categoría (aunque basadas en el modelo reglamentario). Eran, en tiempos del Consulado, la máxima condecoración y premio al valor que concedía la República Francesa.

De esta primera Legión Polaca saldrían parte de los oficiales de los regimientos de caballería de la Guardia Imperial y la Legión del Vístula, como también de los regimientos de caballería regulares del futuro Gran Ducado de Varsovia. ¿Qué fue de Pawlikowski en esos años que siguieron? Me apena decir que no lo sé, aunque se ganó unas líneas en la pequeña historia. Pero ésas son otras batallas y quizá otro día hable de ellas.

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