Los polacos en Somosierra (IV)


Los españoles no vieron a los polacos hasta que enfilaron la carretera, a unos setecientos metros de distancia. Con buen criterio, cargaron los dos cañones con botes de metralla y dispararon contra los polacos cuando se arrimaron a unos 300 metros de distancia. La metralla diezmó las primeras filas y el escuadrón se detuvo. Apenas unos segundos, el tiempo que tardaron los oficiales de las filas posteriores en sustituir a los caídos y volver a liderar la carga. De nuevo, al trote, y los españoles echándoles metralla encima. 

Fue entonces cuando el pelotón del teniente Niegolewski (que regresaba de una patrulla) se sumó a las fuerzas del escuadrón. Allá mismo mataron a su caballo y tuvo que montar en otro que había perdido a su jinete bajo la lluvia de metralla. Ségur sostiene que él fue herido (seis veces) en la toma de esa primera batería de Somosierra y que no pudo ir más allá. Pero otros (polacos ellos) describieron los sucesos posteriores en sus memorias. 

Una impresión artística del ataque.

Bajo los cañonazos, el único remedio es darse prisa y el trote dejó paso al galope. Poco después de las primeras descargas de artillería, llegaron donde los dos primeros cañones y se liaron a sablazos con los artilleros y la milicia. En la primera batería no se dio cuartel y no hubo prisioneros. Los españoles que tuvieron suerte, huyeron al monte, pies para qué os quiero.

Una imagen muy repetida, pero errónea. 
Las baterías que los polacos encontraron a lo largo de la carretera eran de dos cañones, aunque el artista ha considerado que tres quedaban mejor. 

El comandante Kozietulski descubrió a la segunda batería a 700 metros de la primera y adivinó que los españoles ya estaban tirando con bala. Si querían sobrevivir, no les quedaba otra que seguir avanzando lo más rápido posible y ordenó seguir adelante, adelante, ¡a la carga!

Esta vez también tiraban con mosquete desde un lado y otro de la carretera, pero los polacos siguieron adelante, gritando Naprzód! Naprzód! (¡Adelante! ¡Adelante!). Entonces murió el teniente Krzyzanowski; el caballo del jefe de escuadrón Kozietulski cayó desventrado; el capitán Dziewanowski tuvo que tomar el mando y así, perdiendo cada vez más hombres, llegaron hasta la segunda batería ¡y la tomaron al asalto!

Naprzód! Naprzód!
Lo estrecho del desfiladero obligaba a avanzar deprisa.

Sucedió aproximadamente lo mismo. Todo el desfiladero estaba lleno de humo de pólvoras y los cañones de la tercera batería, viendo que se acercaban los jinetes polacos, abrieron fuego; y los polacos, a merced de la artillería, optaron por volver a cargar en vez de retirarse. Naprzód! Naprzód!

Cuentan las memorias del entonces teniente Niegolewski que el teniente Rowicki le gritó entonces que no podía frenar a su caballo. Una bala de cañón le había arrancado las riendas de la mano y otra, en ese mismo momento, le hizo estallar la cabeza. El capitán Dziewanowski cayó en la cuneta, con la pierna herida y el brazo roto. El capitán Krasinski tomó el mando del escuadrón y siguió adelante, adelante, hacia la tercera batería. 

Sucedió que el pánico se apoderó de la milicia y salió corriendo a la vista de los polacos. Sólo los soldados del ejército regular tuvieron valor para vaciar sus mosquetes contra la caballería que se les echaba encima. Así perdió Krasinski su caballo y tuvo suerte de salir vivo de ésa. Tuvo que regresar por la carretera, magullado, a pie, a la posición de partida. Sucedió lo increíble y ¡tomaron la tercera batería!

La perspectiva española de la batalla.
Los artilleros, de azul y rojo. La infantería de línea, de blanco.
Al fondo, los polacos, que se echan encima.

Dirigidos ahora por el teniente Niegolewski (el único oficial que todavía seguía en pie) cargaron de frente contra la última posición, donde estaban esperando diez cañones y 2.000 hombres atrincherados.

Los soldados españoles echándose sobre Niegolewski.

¡A la carga! En ese momento, el teniente Niegolewski se volvió hacia el sargento Sokolowski y preguntó: ¿Dónde están los chicos? El sargento respondió: ¡Han muerto todos, señor! Decir eso y caer derribado del caballo fue todo una. Se le echaron encima unos soldados españoles y lo atacaron con mucha mala leche. Niegolewski recibió nueve heridas de bayoneta, un sablazo en la cabeza y dos heridas de mosquete. Milagrosamente, sobrevivió para contarla.

Los polacos, tomando la gran batería que cerraba Somosierra.

Resultará increíble para el lector, pero los polacos llegaron hasta los cañones y provocaron el pánico entre los españoles. ¡No eran más de diez! Pero surgieron de entre el humo de los cañonazos gritando como locos, imparables, y los defensores de los cañones no se creyeron que fueran tan pocos hombres. Al verlos venir, salieron corriendo. Luego, cuando vieron que eran tan pocos, regresaron la mayoría.

En total, habían transcurrido ocho o diez minutos desde que se inició el ataque.

Mientras sucedía todo esto, Napoleón, al ver que el 3.er Escuadrón había tomado la primera batería que defendía la carretera, envió al 1.er Escuadrón, comandado por Lubienski (menos el pelotón de Niegolewski, que, como ya se ha dicho, se había sumado al ataque por su cuenta). También se sumó un pelotón de los Cazadores a Caballo de la Guardia Imperial. 

Una visión artística casi contemporánea de la carga de caballería.
Me llama la atención el dominico que intenta detener a los polacos con la cruz.

Lubienski no se conformó con asegurar la primera posición, sino que avanzó a toda prisa por la carretera y fue recogiendo a los jinetes del 3.er Escuadrón que habían quedado rezagados. Su avance fue más lento, por tener que sortear tantos obstáculos como había dejado la carga de caballería de sus camaradas por el camino, pero llegó a la cima justo a tiempo para presenciar la última carga contra la gran batería. Sumó a todos los supervivientes del 3.er Escuadrón a la tropa que llevaba consigo y, ahora sí, volvió a cargar, retomó los cañones y puso a los españoles en fuga de una vez por todas. 

Se sumaron entonces el 1.er y el 4.º Escuadrón y éstos se sumaron a la persecución del enemigo. El 96.º de Infantería de Línea aseguró la posición un cuarto de hora más tarde. La batalla había terminado.

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