
Me encandilo soñando con la famiglia, qué le vamos a hacer.
Alguna vez he confesado este fenómeno. Si me escucha un turista accidental, sonríe. Mira que tienes unas ideas...
Si tengo la osadía de comentar el caso con un indígena, éste frunce el ceño, me mira fijamente, largo rato, se acaricia lentamente el bigote con el dedo índice, me señala y me dice: Eh, Luis, ¿te he faltado al respeto? Dime cuándo, cómo, y te pediré disculpas.
Luego cierra los ojos, suspira, chasquea la lengua y me pone una mano en el hombro. Escucha atentamente, que sólo lo diré una vez. Quien se ríe de San Bartolomé, se ríe de Sitges, y quien se ríe de Sitges, se ríe de mí, y ni a mí ni a mi amigo (señala a un lado) nos hace mucha gracia.
Extiende su mano, displicente. El sicario me observa atentamente. Me inclino y susurro, con un ay en el corazón, lo que dicta la prudencia: Bacio la sua mano, padrino.
Bene, bene... Me da unos golpecitos en la mejilla. ¿Has visto? No era tan difícil.
No, no era tan difícil, pero ya he vuelto a soñar en voz alta.
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