
El misterio se resuelve cuando estos jovenzuelos, a los que no cabe calificar de insensatos, aunque sí de exagerados, corren a enfrentarse con las pólvoras de bestias y diablos. Así protegidos del fuego, hacen ver que danzan bajo las chispas, pero la verdad es que se acercan, se arrugan y salen pitando, pies para qué os quiero. Luego presumen de tal o cual quemadura. Mira qué agujero me ha hecho, mira dónde me ha dado, y preguntan con insistencia si su proeza varonil ha sido contemplada por la pánfila adolescente que se deja seducir y gritan excitados que ha sido una pasada, lo más.
Yo no recuerdo este uniforme de combate a su edad, pero sí los comentarios que he dicho, porque nos quemábamos lo mismo, nos emocionábamos igual y ellas eran tan pánfilas como las que he visto este año. Ahora, con la edad, uno se enfrenta al fuego encogiéndose de hombros, cubriéndose los ojos con las manos y resignándose. Si lleva la cámara fotográfica en la mano, se refugia justo detrás, porque es leyenda entre aficionados que si vas haciendo fotos no te quemas, pero eso no es más que una leyenda, una falacia, si lo sabré yo.
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