
Es un problema para el indígena necesitado, no le pase lo que a Tycho Brahe, el célebre astrónomo, que murió por aguantarse el pis. Antes de llegar a estos extremos de continencia, el suburense (y cualquier otro hijo de vecino que pase por ahí) hace sus micciones en algún lugar poco iluminado y reservado al principio, y al final, cuando la ingesta de cerveza ha sobrepasado el límite recomendable, en lugares menos discretos, mientras juega con sus amigos a ver quién mea más lejos. Surge, pues, un problema de salubridad pública que corresponde resolver a las autoridades municipales.
Una opción sería echar encima de los meones a una brigada especialmente entrenada de las fuerzas del orden, equipada con impermeables. Pero la Guardia Urbana no está por la labor y el Ayuntamiento ha optado por instalar numerosos urinarios en los lugares que ha previsto más concurridos por las personas con problemas de continencia.
Los indígenas contemplaban los urinarios con escepticismo. Comprendí el por qué una mañana de playa. El calor desató los vapores del ácido úrico que los meones habían depositado en el muro que queda justo detrás de los toldos de alquiler. No hay nada como ver quién mea más lejos a la luz de la luna, especialmente, cuando uno va, digámoslo así, un tanto alegre. C'est la vie!
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