Felicidad




Observen el rostro de Lucifer bajo el cielo azul del verano suburense, tan alegre y feliz, quemando pólvoras y dejando un rastro de azufres, que para eso está. El santo, santo será, pero quien desfila primero es él, con su capa, su séquito, echando fuegos y risas, levantando gritos y correrías. El santo, en cambio, cuando asoma mucho más tarde, encuentra indígenas silenciosos, que se retiran buscando el pestífero sulfuro del ángel caído, dejando atrás el muermo envuelto en cirios de beatas y escoltado por las autoridades laicas. 

"Si lo llego a saber", confiesa Bartolo a sus más íntimos, "el año que viene me pongo el sayo, me lío la manta a la cabeza y me pido sitio entre las bestias y los demonios".

P.S.: Observen también las gafas del diablo. 

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