Como una bolsa de caramelos



Aunque me gusta mucho conducir, los viajes en tren tienen su encanto, porque el viaje se pasa leyendo. Subo con una bolsa llena de libros. Libros para mis sobrinos, para mi hermano. También para el viaje. Normalmente, uno que estoy leyendo y otro más por si lo acabo durante el viaje de ida o de vuelta. Tomo asiento. Tengo por delante una hora y cuarto con la única y exclusiva misión de leer eso que traigo conmigo. Abro la bolsa como un niño abre una bolsa llena de caramelos. Me alegra decir que mis sobrinos abrirán los libros que les llevo con la misma ilusión. He de confesar que es en los trenes donde más disfruto de la lectura, mecido por el traqueteo.

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