
Esto se sabía, no pilla a nadie por sorpresa. A ver quién se escandaliza por ello.
Eso sí, no se decía en voz alta, sino de tapadillo. Sin eco en la prensa, se anunciaban medidas semejantes en jornadas y seminarios. Sin publicidad, a salvo de miradas indiscretas, se ultimaba el nuevo plan de recortes. Se afilaban las tijeras, con alevosía y nocturnidad.
Pero en campaña, era el adversario el que tenía planes ocultos. Madrid, básicamente, nuestro particular chivo expiatorio. Porque ellos, no, en absoluto, ellos no ocultaban nada, qué iba a ocultar. Pues, ya ven ustedes.
Es una acusación que podemos hacer en voz alta y clara, porque ¿acaso miento? Pero es una censura que podemos hacer a otros muchos, a todos los demás, como quien dice. Lo que no quita méritos a la triste manera en como éstos pretenden jugar con nosotros. El pecado es el mismo.
El ciudadano habría agradecido muchísimo a estos caballeros que nos hubieran dicho la verdad por una vez en la vida, y que nos hubieran dicho qué pensaban hacer, aunque lo sospecháramos. Nadie va con la verdad con delante, sino que vienen por detrás, sin avisar, y al final... zas. El resultado es previsible: el noble oficio de la política se corrompe y se nutre del engaño.
La honestidad en democracia es un valor, no un lastre, pero nuestros líderes patrios no acaban de comprender de qué va esto. La mediocridad les pierde y la realidad les abruma. Éste no será el problema, pero seguro que forma parte de él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario