
Cuando se revuelve, se destapan aromas infectos, miasmas pestíferas. Fácil es, inevitable, que acuda el populismo, simple, visceral, arrogante, hueco, para alborotar al personal y luchar contra las ideas, y esa sustancia es el licor que convierte democracia en demagogia, y es fácil acabar embrutecido y dependiente de ese brebaje, que revuelve las tripas, alumbra la pasión y ofusca la razón.
Quiero decir, para que se me entienda, que agárrense, que vienen curvas. Ya se nos ha echado encima una campaña electoral que será bronca y que no nos dejará más remedio que escoger entre Guatemala y Guatepeor. Existe, eso sí, una práctica unanimidad entre los partidos que se proponen: conviene adelgazar la res publica cuando más se necesita; qué malos que son los inmigrantes, fíjese usted; vengan banderas para tapar vergüenzas, tanto da de qué color; la culpa es siempre del otro y si te he visto, no me acuerdo, si uno habla de corrupción, especulación urbanística, mala gestión o recortes del Estado del Bienestar.
Hace un tiempo, leía El Príncipe de Maquiavelo antes de una campaña electoral. Ahora no practico tan sano ejercicio, por respeto a Maquiavelo, que no se lo merece. Maquiavelo está muy por encima de tanta miseria, y no saben cuánto me apena tener que decirlo.
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