
Roth, es decir, Joseph Roth, fue un gran periodista. Sus artículos tenían un tono literario que todavía nos asombra, y una intuición política y social aguda, afiladísima. En 1926, el Frankfurter Zeitung le propuso viajar a Rusia, la Rusia bolchevique, a cambio de una serie de artículos. Roth aceptó, y se lanzó a la aventura.
Los que conocen a Roth, dicen que ese viaje marcó un antes y un después. Fue recibido como un amigo del socialismo revolucionario por las autoridades; al despedirse, ya había sido declarado enemigo del pueblo, aunque no marchó por eso, sino por una minuta de gastos de viaje demasiado elevada. Por lo visto, Roth hacía muchas preguntas incómodas y decía en voz alta lo que más le hubiera valido callar.
Roth dijo que había entrado en Rusia con el alma bolchevique, y que había salido de ella monárquico. Walter Benjamin, que coincidió con Roth en Moscú y se entrevistó con él, dijo que era uno más de los rojo-rosados, gente de izquierdas cargada de ideas infantiles sobre la política y el mundo que visitaba la Rusia bolchevique sin atender a la realidad. Quién sabe. Creo que podría acusarse a Roth de utopía política, pero no de prescindir de la realidad, sobre la que siempre trabajó como periodista o escritor, siempre tan próximo a la gente sencilla que uno encuentra por la calle.
El Viaje a Rusia puede leerse como la historia de una desilusión, pero no como un ataque. Esperaba una cosa, encuentra otra; se felicita por algunos éxitos, se lamenta por algunos resultados, observa los problemas a los que se enfrenta el nuevo régimen y se pregunta... En fin, que Viaje a Rusia reúne algunos comentarios que podríamos llamar políticos y otros típicos de un viajero en tierra extraña. Los dos son muy interesantes y todavía hoy nos dan mucho en qué pensar.
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