
Pero hablábamos de Moreno, no de Morán. Y, señor Morán, el libro me ha hecho reír, pero bueno, bueno, lo que se dice bueno... Eso sí, lo admito, lo reconozco, da mucho que pensar. Moreno es profesor leído y acusa sin remilgos al mundillo literario oficial que nos ha tocado en suerte. Nunca habíamos sufrido una generación de escritores tan mala, dice. Hombre... ¿Nunca?
Pero ¡caramba! No se limita a opinar. Ilustra sus palabras con sonados ejemplos, y reflexiona en voz alta sobre la literatura, los críticos y los escritores. Acusa de cantamañanas a figuras de renombre, de ésas que abundan en los suplementos literarios de El País, ABC o El Mundo, y nos ilustra sobre lo mal que escriben o las gilipolleces (perdón) que dicen. Señala la muchedumbre de lugares comunes tras la que se refugia el crítico inepto, los vicios y las manías de los escritores aupados por la fama... No se libra ni el apuntador.
Haciendo amigos entre Marías, Saramago, Suso de Toro, Muñoz Molina, Umbral, Azúa... Moreno nos invita a leer de otra manera, a contemplar la literatura sin tanto disparate conceptual como gastamos todos. Me incluyo.
Uno no está de acuerdo con algunas cosas de las que dice Moreno, faltaría más. ¿Por qué estar de acuerdo en todo? Pero no se trata de eso, sino de escuchar qué dice y por qué lo dice. Como dijo Nietzsche, va bien que de vez en cuando alguien nos dé un martillazo, para saber si nuestra cabeza suena a hueco.
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