
La cuestión es que doña Clara Aguilera es, quizá, el ejemplo más obsceno de engullir pepinos que hemos visto estos días, pero no ha sido el único. Los políticos y especies afines han considerado un deber sacrosanto, una obligación patria, un no da más del heroismo, engullir pepinos en público. Aquí vemos a doña Esperanza Aguirre mordisqueando una rodaja de pepino delante de las cámaras; aquí, a don Mariano Rajoy repartiendo pepinos como quien reparte caramelos; se le echa en cara al señor Rodríguez Zapatero no comerse un pepino delante del país, que es lo único que le faltaba al pobre hombre; los debates televisivos y radiofónicos se llenan de patriotas que, pepino en mano, ensalzan sus virtudes sin par; la ministra Pajín anima a comer pepinos, que van muy bien para la salud...
El espectáculo es grotesco, no me digan que no.
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