¡Qué caras más duras!

¿Qué es una teleplastia? ¿Han oído hablar de ello? Cuentan que se inventó el palabro un médico alemán, Albert von Schrenck-Notzing (1862-1929), juntando las palabras tele (lejano, en griego) y plassein (modelar, en alemán). La teleplastia es un presunto fenómeno físico que se clasificaría dentro de una familia de presuntos fenómenos psicocinéticos, en los que un médium altera el mundo físico circundante a través del control del ectoplasma (sic). En pocas palabras, un camelo.

Las teleplastias se clasifican, a decir de los que de eso entienden, en tres tipos.

El primero, la aparición objetiva (sic). Es decir, una manifestación evanescente de fantasmas (sic), ya sea porque éstos pasaban por ahí y se dejaron ver, ya sea porque los llamó una médium, por charlar un rato. Se incluyen fenómenos como la materialización a distancia, la bilocalización (estar en dos sitios a la vez al mismo tiempo) y los casos de infestación (la perturbación que sufre un determinado lugar, eso que se da a llamar poltergeist y que da para tantas películas). Los ruidos raros (llamados psicofonías) se suman al carro.

El segundo, la materialización. Del cuerpo del médium emana una sustancia (el ectoplasma) que es capaz de tomar formas más o menos identificables.

El tercer tipo, la transfiguración, que es la modificación del entorno y del cuerpo del médium, e incluso de los que participan en una reunión espiritista. Es lo que pasa por abusar de los psicotrópicos, que diría un amigo mío.

No cabe añadir mucho más: todo esto es una gilipollez como una casa. Como la famosa casa de las Caras de Bélmez, que no se lo creerán, pero es una marca registrada por la familia de la médium que pintó las caras... perdón, que materializó las teleplastias en Bélmez de la Moraleja, Jaén.

Lo de las caras de Bélmez tiene guasa. Fue un fenómeno del tardofranquismo, donde parecía que hablar de tonterías paranormales era estar a las últimas. Los expertos (los expertos de verdad) que examinaron las caras, descubrieron hasta las hebras del pincel con que las habían pintado, así que no hay mucho más que decir. En 2004, con el auxilio del señor don Pedro Amorós y la SEIP (Sociedad Española de Estudios Paranormales), descubrieron nuevas caras y psicofonías en la casa de la sobrina de la médium. La prensa destapó la connivencia (si no la más plena colaboración) del ayuntamiento y estos caballeros en la falsificación, pues se trataba de una falsificación, evidentemente, y detrás de todo estaba... ¿Quién? ¡Don dinero! ¡Qué negocio el de las caras (o caraduras) de Bélmez! No se pueden hacer ni idea.

Pero los parapsicólogos no dan su brazo a torcer. Ellos insisten. O son idiotas o ya les está bien participar en el engaño, porque de algo hay que comer. Según ellos, ahora resulta que las Caras de Bélmez es o ha sido el fenómeno psíquico más importante del siglo XX (y yo que creía que el fenómeno en cuestión era Belén Esteban..., que es una teleplasta...).

Las caras son auténticas, aseguran. Sí, naturalmente, claro que sí: son auténticas porque ahí están... pero no son lo que dicen que son. Son, dígase alto y claro, una auténtica engañifa. Las pintó una señora y buen negocio que hizo aprovechándose de la gilipollez del común. Y todos detrás, como tontos.

¿A qué tanto rollo con la teleplastia y la estafa de las Caras de Bélmez? A que nos hemos vuelto todos locos, en serio.

En pleno descalabro económico, va y se anuncia a bombo y platillo que después del verano empezará a construirse el (agárrense) Centro de Interpretación de las Caras de Bélmez. El consistorio de Bélmez de la Moraleja pondrá 42.900 euros, la Diputación Provincial de Jaén, 208.000 y 587.000 euros más vendrán de no sé qué proyecto de la Comisión Europea. Pero, por el amor de Dios, esto ¿qué es? ¿Qué toman por nariz o vena los señores de tal comisión?

El centro tendrá dos plantas, trescientos cincuenta metros cuadrados y el patrimonio de la colección será... Bueno, no llega a dos docenas de fotos y alguna cinta magnetofónica que hace ruidos (psicofónicos, dicen). Es todo lo que tiene la Asociación de Parasicología de Puerto Real, que cede su colección. El alcalde, don Pedro Justicia (joder, vaya nombre para el caso) ha cedido los terrenos de la antigua escuela del pueblo para que, con los dineros públicos en tiempos de carestía, levantemos un monumento a la estupidez y la trapacería.

Es, a su manera, una metáfora muy triste.

Que venga ahora la Merkel a decirnos que no tiremos el dinero, porque hay para ponerla a caldo con la Comisión Europea y la madre que la parió.

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