Esto se acaba, qué negocio



El fin del mundo ya está aquí. Esto se acaba. ¡Cuántas veces no nos han venido con el cuento...! Pero esta vez, dicen, va en serio, porque los mayas eran muy listos y no erraban. Si el calendario maya se acababa el 21 de diciembre, este 21 de diciembre por algo será. Porque se cansaron y no quisieron calcular más, diría yo, pero los apocalípticos niegan tal razón. ¡Porque se acaba el mundo! ¡Se acaba el calendario porque se acaba el mundo!

Caramba.

Entre los apocalípticos están los que creen en un colapso de la sociedad (¿de toda sociedad, de la sociedad occidental o de nuestro país?) y los que creen que esto se acaba del todo, que llega el fin del mundo, el final donde todo se acaba. Qué alegrías.

Lo más curioso del percal es que los creyentes se llaman preparacionistas, porque se preparan para el fin del mundo. Si esto se acaba de verdad, ¿de qué sirve prepararse? Ahora bien, si sólo es un colapso económico, político, social y demás, entonces, vale prepararse, pero ¿para qué?

El problema es que los preparacionistas creen que sobrevivirán a cualquiera de los finales, incluyendo ése en el que todo se acaba, y se pasan los días construyendo refugios antinucleares, almacenando víveres, armas y municiones. Especialmente, armas y municiones. Supongo, es un suponer, que cuando esto acabe saldrán de sus escondrijos y madrigueras y se dedicarán a acabar con lo poco que quede a base de balaceras y tiroteos. No sé, digo yo.

Pero ¿cómo acabará el mundo? En esto no se ponen de acuerdo, lo que supone un problema. Porque no es lo mismo una tormenta solar, un meteorito gigante, un deshielo del polo, una guerra nuclear, una glaciación, una pandemia, una invasión extraterrestre o que se estropee el televisor. En alguno de estos casos, no servirá de nada refugiarse bajo tierra. En otros, sobrevivirán muchos sin demasiados esfuerzos.

En esos casos, dicen los preparacionistas, si sobrevive mucha gente, habrán revueltas sociales, revoluciones, altercados, y sólo nosotros estaremos preparados. Lo dicen acariciando un fusil de asalto con mira telescópica, lanzagranadas y cargador de tambor, lo que nos da una idea de lo que pretenden hacer con la gente que, en esa situación de apuro, salga a la calle a reclamar un poco de atención.

Ya vemos por dónde van los tiros, nunca mejor dicho. Se trata de un grupo de chalados ultraconservadores, partidarios de armarse hasta los dientes, que gastan una buena pasta en comprar oro, semillas y útiles agrícolas, generadores eléctricos, libros y manuales de supervivencia, alimentos no perecederos, medicamentos, millones de cartuchos y fusiles, pistolas, ametralladoras y demás. ¡Qué negocio! Qué locura.

Un millón seiscientos mil estadounidenses solicitaron permiso de armas entre enero y octubre de este año en un país donde hay 160 millones de rifles y 90 millones de escopetas, sin contar con casi 200 millones de pistolas en manos privadas. Cada día mueren 34 personas tiroteadas en el país. No está mal.

Habrán adivinado que ésta es una moda norteamericana. ¡El fin del mundo...! Les encanta creer que volverá la conquista del Oeste y la ley del más rápido. Pero ¿y aquí?

Los europeos no parecemos muy preocupados por este supuesto fin. Todo lo contrario. En 2007, los EE.UU. importaron más de mil millones de dólares en armas cortas y largas: revólveres, pistolas, fusiles y escopetas, y la munición correspondiente; la mayor parte, europeas. En 2010, fueron 1.220 millones de dólares. Italia, Alemania y Austria, por ese orden, son los primeros beneficiados por el negocio de la paranoia yanqui.

¡Que se acabe el mundo! piden en la sede de H&K, Beretta o Steyr. Que se acabe una y otra vez. De hecho, para no perder ventas a partir del 21 de diciembre, comienza a correr el rumor de otro fin del mundo. Será ¿en 2014? Ya veremos. Todo es ponerse.

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