La carga de caballería más lenta de la historia


¡A la carga! La imagen romántica de una carga de caballería.

Uno guarda para sí la imagen romántica de la caballería, cargando al galope, sable en ristre, gritando ¡A la carga! ¡A la carga! Pero no hay nada romántico en una guerra, es algo muy sucio. En cuanto a las cargas de caballería, no son lo que parecen. Es cierto que hubo cargas de libro, que comienzan maniobrando al paso, aproximándose al trote y cargando al galope los últimos cien pasos, sable en alto y gritando ¡Viva el Emperador! o lo que sea. Pero algunas de las más famosas, en Eylau o Waterloo, se hicieron al trote, como se pudo y gracias. 

Así es. A poco que uno se informe, verá que muchas cargas de caballería se realizaron con extrema lentitud . Me ha dado por escoger una y decir de ella que fue la carga de caballería más lenta de la historia. No sé si lo será, pero que fue lenta, seguro, lentísima. Ya verán.

Tenemos que plantarnos en el 27 de agosto de 1813, hace poco más de doscientos años. Es el segundo día de la batalla de Dresde. El 16 de agosto, Napoleón ordena defender Dresde al cuerpo de ejército del mariscal Saint Cyr. Cuidado con Dresde, porque era la base de avituallamiento más importante de la Grande Armée (el Gran Ejército) de Napoleón en Alemania. Pero Saint Cyr cuenta con tan pocos hombres que no le llegan ni para cubrir todas las defensas de la ciudad. Se enteran los aliados en la Sexta Coalición, austríacos, rusos y prusianos, y se lanzan contra la ciudad. Son más de doscientos mil hombres contra poco menos de veinte mil. Van a ver estos gabachos lo que vale un peine.

Simulación del primer día de la batalla de Dresde, en un club de wargames británico.
A la izquierda, los aliados. A la derecha, los franceses.

Napoleón pilla las intenciones de los aliados, lo deja todo y corre hacia Dresde. Se planta en la ciudad con ochenta mil hombres el 26 de agosto. Cuando los aliados oyen gritar a los franceses Vive l'Empereur! detienen el ataque, que ya había comenzado. ¡Napoleón, en Dresde! El zar de Rusia, Nicolás, se estremece. El emperador Francisco, de Austria-Hungría, duda. Los generales no se ponen de acuerdo sobre qué hacer. Tiene que ser el rey de Prusia, Federico Guillermo, el que, dando golpes sobre la mesa, pregunte si tantos generales le tienen miedo a un solo hombre. La bronca surge efecto y el primer día de la batalla se inicia con retraso y poca fortuna.

Al día siguiente, llueve. Llueve y llueve. Llueve tanto que se mojan las pólvoras y los mosquetes no pueden tirar. Los franceses, que han pasado la noche bajo techo y no a la intemperie, están más frescos. Napoleón decide atacar. En proporción de uno contra dos, es cierto, pero dando lo mejor de sí. No describiré la batalla, pero diré que hacia las nueve de la mañana, Murat, apodado el Cuñado, por serlo de Napoleón, apareció vestido con la extravagancia de costumbre y se puso al frente de la Reserva de Caballería. Tenía delante el flanco izquierdo de los aliados, defendido por tres divisiones de infantería y más de treinta escuadrones de caballería.

El mariscal Murat, el Cuñado, valiente como pocos y vanidoso como ninguno.
Detrás de él, oficiales de Estado Mayor, vestidos à la hussarde, y un regimiento de dragones.
Murat enarbola una fusta, como de costumbre.

El mariscal Murat, vestido con una guerrera azul à la polonaise, un tahalí con clavos de oro del que colgaba un vistoso alfanje, pantalones de montar de color violeta con vivos dorados y botas de cuero amarillo, levantó la fusta que siempre llevaba consigo y gritó su famoso: En avant! En avant, mes amis! Tras él, tres divisiones de caballería, miles de hombres. En la primera línea, 13 escuadrones de cazadores a caballo, 6 escuadrones de coraceros, 9 de dragones y 4 de dragones italianos. En la segunda línea, 14 escuadrones de coraceros y 9 de coraceros sajones. Cuando digo tras él, digo literalmente tras él. Murat, con la fusta en alto, avanzó hacia el enemigo y, qué remedio, le fueron todos detrás.

Recuerdo que llovía. Que llovía tanto que los aliados apenas pudieron emplear sus mosquetes. La artillería podía abrir fuego, pero los soldados de a pie tenían que conformarse con las bayonetas. De repente, se acerca la caballería pesada enemiga, los coraceros franceses formados en línea, aterradores. Marchaban al paso, porque era tanto el barro que los caballos no podían ni trotar. 

Coraceros, formados en línea. La fuerza de choque de la Grande Armée.

Al paso, sí, pero fue una de las cargas de caballería más brillantes de las guerras napoleónicas. Los austríacos que se enfrentaban a Murat formaron en cuadros. La artillería austríaca hizo daño a los coraceros, algunas formaciones de infantería rechazaron a la primera línea de la caballería, pero sucumbieron a la segunda. La artillería a caballo de los franceses pudo seguir a los escuadrones de Murat y batir con metralla a los austríacos. Pronto, cuadro tras cuadro de infantería, cayeron todos o se rindieron después de verse rodeados y ametrallados. En Pennrich, una elevación del campo de batalla, hubo una lucha brutal. Cuando se impuso la caballería francesa, comenzaron a rendirse los aliados aquí y allá. Murat hizo 9.000 prisioneros ese día.

Teniente de coraceros, con el uniforme que llevaría en Dresde.
Faltan el barro y la porquería, que la guerra es muy sucia.

Entonces sucedió la carga de caballería más lenta de la historia. 

Murat se esforzaba en reunir de nuevo a todos sus escuadrones, dispersos por el campo de batalla. La pausa permitió la retirada de los restos de la infantería austríaca. Sin embargo, un escuadrón de dragones franceses fue tras ella, con la intención de hostigarla y no dejarla en paz. En éstas, tropezó con un batallón austríaco formado en cuadro, erizado de bayonetas. ¡Caramba! El comandante del escuadrón no se lo pensó dos veces y ordenó ir a por ellos. Pero, mi comandante, que ya no podemos con nuestra alma, que nuestros caballos se caen rendidos. Pues, a joderse: a por ellos y sanseacabó.

Los caballos hundían sus patas hasta las rodillas, apenas podían avanzar al paso, lenta, muy lentamente. Los austríacos no podían disparar porque tenían toda su pólvora mojada. Seguía lloviendo. Llovía, llovía y llovía. Los franceses avanzaron. Ahora estaban a cien pasos, a cincuenta pasos, a veinte pasos. Su comandante ordenó desenfundar las pistolas, que los soldados guardaron bajo sus capas. Como las pistolas habían permanecido en las pistoleras, muchas todavía conservaban algo de pólvora seca, en condiciones de disparar. No todos los soldados llevaban pistolas consigo, ni todas podían disparar, pero eso era menos que nada. Siguieron aproximándose, chapoteando en el barrizal, lenta, lenta, muy lentamente.

Veinte pasos, diez pasos... La infantería apretaba los dientes y la caballería avanzaba en el más estricto silencio. Piafaban o resoplaban algunos caballos. Algún austríaco exclamaría aquello de ¡Venid aquí, si tenéis c...! Al grito respondieron los franceses con la orden de ¡Fuego! Los dragones dispararon a tocar de las bayonetas, casi a boca de jarro. Se quemaron todos los cartuchos que no se habían mojado en un crepitar de pólvoras que sorprendió a todos. Algunos caballos se encabritaron, cayeron soldados austríacos, todos gritaron, del susto. Se desenvainaron los sables. El comandante gritó ¡A la carga! ¡A la carga! y los dragones se sumaron a la grita. ¡A por ellos! ¡A la carga! Se echaron los dragones encima de los soldados de a pie, aprovechando el hueco que habían dejado los caídos. Al paso, siempre al paso, que los caballos no daban más de sí. Hubo pinchazos de bayoneta, tajos y sablazos. Al poco de repartir cuchilladas, se rindieron los austríacos.

Dragones a la carga en la batalla de Dresde.
Como hemos visto, no fue exactamente así.

Luego vino el ataque del mariscal Victor, el bombardeo del centro, el ataque de la Guardia Imperial... También el dolor de barriga que obligó a Napoleón a abandonar la batalla y permitió que una gran derrota no se convirtiera en una derrota humillante. Meses después, en Leipzig, los aliados se vengaron, pero ésa es ya otra historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario