El día que el USS South Dakota fundió los plomos


El USS South Dakota en el astillero.
Vista de la popa. Observen la torreta III y las dos catapultas para aviones.

El USS South Dakota (BB-57) comenzó su carrera en la Marina de los EE.UU. (US Navy) el 20 de marzo de 1942. Era el primero de su clase, un llamado superacorazado o acorazado rápido, capaz de andar a más de 27 nudos y responder al desafío de los acorazados rápidos japoneses de la clase Kongo. Se asentó su quilla en 1939 y se botó dos años más tarde, en junio de 1941, en Filadelfia.

Torretas I y II del USS South Dakota.

Era entonces, sin lugar a dudas, el mejor acorazado del mundo. Por una sencilla razón, porque contaba con nueve piezas de 406 mm y un excelente sistema de puntería. Los americanos habían desarrollado un radar y nuevas calculadoras de tiro para sus nuevos acorazados. Donde ponían el ojo, ponían la bala. No había nada igual a flote en todo el mundo.

El USS South Dakota se había diseñado para enfrentarse al enemigo a cañonazos, para batir a los cruceros y acorazados enemigos a pleno día y a gran distancia. Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941, era sólo cuestión de tiempo que el USS South Dakota corriera a batirse con los nipones.

Así fue. El 21 de agosto de 1942, atravesó el Canal de Panamá y doce días más tarde atracaba en Tonga, un archipiélago de ésos que cuesta encontrar en los mapas. A los dos días, chocó contra un arrecife de coral y tuvo que retirarse a Pearl Harbour. Allá lo repararon y lo dieron de alta el 12 de octubre.

El USS South Dakota en la batalla de Santa Cruz.
Disparó 25 toneladas de proyectiles antiaéreos en media hora.

Participó en la batalla de Santa Cruz, el 26 de octubre, escoltando al portaviones USS Enterprise. En vez de luchar contra acorazados enemigos, tuvo que enfrentarse a sus aviones. Poco después del mediodía se desataron todos los infiernos. El USS South Dakota disparó 25 toneladas de explosivos y metralla contra los bombarderos enemigos en poco menos de media hora de combate. Los marineros presumían de haber derribado 26 aeroplanos, aunque seguramente no fueran tantos. A cambio, los japoneses tocaron la torreta I (la que está más a proa) con una bomba de 250 kg. Aparte del ruido y del susto, poco más.

El USS South Dakota en Noumea, al lado de un buque taller y dos destructores.
Observen la torreta III y las dos catapultas para aviones, a popa.

Recibió más daños cuatro días después, en Noumea. Alguien divisó un submarino enemigo. Para despistarlo, el capitán del USS South Dakota ordenó un brusco viraje. El acorazado (35.000 toneladas) se echó encima del destructor USS Mahan (1.500 toneladas). A Dios gracias, no lo hundió, pero los dos buques se hicieron daño tuvieron que ser reparados a fondo.

En resumen, llevaba tres meses en combate y había sufrido más daños en accidentes de navegación que luchando contra el enemigo. Las grandes piezas de 406 mm seguían mudas y los radares y las calculadoras de tiro, esperando. ¿Cuándo se las verían con los acorazados japoneses?

Pronto, muy pronto.

El 14 de noviembre, el USS South Dakota tuvo la oportunidad de batirse contra dos acorazados japoneses de la clase Kongo en la llamada segunda batalla naval de Guadalcanal.

Los americanos contaban con dos acorazados (el USS Washington y el USS South Dakota) y cuatro destructores. Los japoneses, con un acorazado (el Kirishima), dos cruceros pesados (el Atago y el Takao), dos cruceros ligeros y veinte destructores. Por una vez, los americanos pillaron a los japoneses por sorpresa: los radares del USS South Dakota fueron los primeros en detectar al enemigo.

Sin embargo, el combate no salió como esperaban.

Abrió fuego el USS Washington. El USS South Dakota disparó una salva un minuto después.

Salva de las torretas I y II del USS South Dakota.
Cada cañón dispara un proyectil de 1.200 kg a 33 km de distancia.

Llegados a este punto, un paréntesis. Nos cuesta imaginar la potencia de un cañón de 16 pulgadas (406 mm) y la conmoción que producía cuando disparaba, la cantidad de energía que liberaba. Cuando se daba la orden de disparar uno de estos cañones, sonaba la alarma de disparo. Los marinos se tapaban los oídos y corrían a ponerse a resguardo. Cualquier marino en cubierta sorprendido por uno de estos cañonazos podía ser lanzado tres metros por los aires por la onda expansiva de su disparo. Lo más seguro es que, aparte de magullado, quedara sordo de por vida.

El hidroavión de reconocimiento Kingfisher. El USS South Dakota llevaba dos de estos aeroplanos en las catapultas de popa. En Guadalcanal, la onda expansiva de los cañones de la torreta III los destrozó e incendió..

Después de la primera salva, vino la segunda. El USS South Dakota había maniobrado de tal modo que la torreta III (la de popa) tuvo que disparar por encima de la catapulta de los aviones de reconocimiento.

¡Pumba!

La onda expansiva arrancó a los hidroaviones de sus catapultas, los hizo saltar por los aires y los destrozó. Se incendiaron. ¡Tal era la potencia de aquellos cañones!

Los japoneses, que hasta el momento sólo habían visto llover proyectiles de 1.200 kg de peso, vieron el fuego y supieron, al fin, quién les disparaba. El fuego de los aviones había puesto al descubierto al USS South Dakota. Se aprestaron a devolver los cañonazos.

La tercera salva del USS South Dakota consiguió dar en el blanco un par de veces. Todo un éxito. Después de la batalla se estimó que las calculadoras y radares de tiro americanos permitieron que una de cada cuatro granadas disparadas por los acorazados acertara en el blanco. En el mejor de los casos, los japoneses no acertaban ni una de cada diez.

La tercera salva (¡qué potencia!) arrojó los restos de los aviones al mar y casi apaga el incendio de un soplido, pero un poco más y también acaba con el USS South Dakota.

Porque entonces, justo entonces, en el peor momento, cuando sólo habían disparado tres salvas, los tremendos trabucazos de los nueve cañones de 405 mm fundieron los plomos. Así es: la trepidación de los disparos hizo temblar el cuadro eléctrico central, que se cortocircuitó. El USS South Dakota perdió toda la potencia eléctrica durante tres minutos. No podía disparar sus piezas principales, se había quedado sin radar, sin radar de tiro, sin calculadoras, sin nada, a oscuras todo él y sin timón. Quedó al pairo, a toda máquina. A popa, la gasolina de los aeroplanos seguía ardiendo.

Al menos cinco buques enemigos comenzaron a dispararle y lo alcanzaron 42 veces (repito, 42 veces). Le hicieron mucho daño en el equipo de radio, en el mástil del radar, lo sacudieron de arriba abajo. Se afectó el centro de mando, varias piezas de artillería antiaérea, etcétera.

Tan pronto los chispas de a bordo devolvieron la luz, se encontraron que el USS South Dakota había perdido su puesto en la formación. Peor todavía, ya no podía apuntar sus piezas principales al haberse quedado sin centro de tiro, sin radares, sin calculadoras. Aunque no corría ningún peligro de naufragio ni sufría vías de agua, los daños sufridos le obligaron a retirarse del combate, inútil e inválido.

Informe de daños del USS South Dakota en Guadalcanal.

A Dios gracias, vivió para contarlo. Después de un viaje renqueante y quejoso, llegó a Nueva York el 18 de diciembre. Allá pasaría dos meses, lamiéndose las heridas, hasta que le dieron el alta y pudo hacerse de nuevo a la mar.

Tal fue el bautismo de fuego del USS South Dakota, que sufrió lo indecible por culpa de los plomos.

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